jueves, 27 de noviembre de 2014

SAUDADES DE QUEQUEN

   De noche a veces me asalta el insomnio, tengo un leve sueño para siempre volver a despertar.
   Salgo a caminar por las calles como si fuera la primera vez, paso frente a la iglesia Stella Maris, observo pensativo su atrio, antesala de la entrada. Y el rio Quequén con su puerto, con sus barcos de papel cargados de ilusiones, navegando el tiempo.
   Después, remonto la calle costanera, descanso un poco frente al hotel Quequén observo sus paredes amarillas, (ellos me hacen recordar aquella cena que apreciamos una noche en su lujoso restaurant) camino hacia la plaza “3 de Agosto” y no resisto la tentación de sentarme en uno de sus bancos de cemento, con la iglesia Stella Maris y la costanera “Juan de Garay” a mis espaldas. Ellos están en silencio, tal vez, pensativos.
   Luego de haber descansado, camino lento hacia la pileta del antepuerto, bajo las escalinatas como quien desciende a un abismo eterno, escucho el movimiento de la marea. Tomo por la Ate Brown hacia la plaza de los Niños desde ahí paso hasta el apeadero Quequén-Necochea donde sólo quedan  ruinas y eludiendo obstáculos  bordeo la rivera del Rio Quequén subo hasta la Loma de Gil allí donde Pedro Luro en 1870 realizó el primer embarque.
   No sé por qué, me viene a la memoria cuando vivíamos en aquella otra casa antigua, de la calle Malaespina, con su amplio patio, jardín al frente y el fondo poblado de árboles siempre verdes y pájaros, trinando en la mañana como sonoros despertadores. Recuerdo que eran otros tiempos cuando mi padre jubilado  se sentaba a la mesa aguardando la cena. Aquella sopa humeante, el pan fresco y medio litro de vino tinto, papa bebía apenas un vaso con soda. Era cuando se oía radio, aquellos programas como olvidarlos, la cabalgata Gillette, los Pérez García, la locución, la música en vivo, el noticiero Esso y de tarde las novelas que escuchaba mamá.
   Recuerdo cuando papá contaba su triste historia de necesidades. El abuelo había quedado sin trabajo y lo hizo abandonar la escuela primaria en segundo grado, enviándolo junto a su hermano dos años menor a recoger carbón en el puerto de Dock Sud para venderlo y hacerse de dinero.
    Así trascurrió su vida hasta que pudo entrar a la Chade, la compañía de luz. Lo observaba siempre tan sufrido pero a su vez tan pujante, tan emprendedor y tan medido. Aquella casa era linda, se respiraba amor, alegrías y tristezas.  Luego que murió mamá, papá siguió viviendo en Malaespina, se consolaba cuidando el jardín y pintando cada tanto las paredes como queriendo encontrar el color de la vida.
    Ahora recapacito lo que quedó atrás, cuando yo era niño tomado de la mano de mis padres, yo no lo sabía, era la seguridad que hoy a veces me falta, la firmeza contra duda que me paraliza. Ayer mismo subí a mi auto y comencé a conducir y me pregunté, ¿adónde voy?... escuché la voz del viento susurrando entre el follaje…”va…va…”
    ¡No me resigno! Sé que los muertos no regresan. Pero quisiera que ellos volvieran, que me abrazaran fuertemente y me cubrieran con frazadas calientes en invierno. Y al llegar el verano, caminar juntos tomados de la mano desde la escollera de Quequén hasta Punta Carballido, como era antes, sin hablar, mirando como rompen las olas y luego besan las playas, pensando, sólo pensando…
   Sólo que…cuando llega la noche…
   De noche a veces no duermo. O apenas tengo un leve sueño, para volver a despertar.
   Sé que ellos andan por la casa. Los llamo…pero fingen no oírme.
   Siempre tuve la esperanza que oyesen mis suplicas. Los oigo andar por mi dormitorio, con leves pasos, otras veces, balancean las blancas cortinas de la ventana…
  La otra noche me pareció oírlos hablar en el comedor que está cerrado desde que papá murió…
  Yo sé. Ellos se esconden de mí. ¿Por qué?
  Y la pregunta queda suspendida en el espacio sin respuesta alguna. ¡Papá, mamá!





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