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jueves, 10 de septiembre de 2026

 

SER VIEJO

El músico Andrés Segovia decía que la tragedia de la edad no es ser viejo, sino que se sea joven y la gente no lo vea.

Lo había leído hacía muchos años y, como suele suceder con ciertas frases, la había guardado en algún rincón de la memoria sin saber para qué.

Esta mañana lo entendí.

Fue en Petrobras.

Soy cliente desde hace años. Vivo en Quequén y, a esta altura de la vida, uno termina conociendo a los empleados de las estaciones de servicio casi tanto como a los vecinos del barrio. Pero había una chica nueva.

Bonita, amable, parlanchina. De esas personas que sonríen mientras hablan y hacen que uno se quede un rato más de lo necesario.

—¿Cómo es tu nombre? —le pregunté.

—Emiliana, pero lo odio. Todos me dicen Emi. ¿Y el suyo?

—Francisco. Y me gusta. Por suerte nunca me llamaron Pancho.

Sonrió todavía más.

—¡Ay, qué genial! ¡Igual que mi abuelo! ¡Qué amor!

Me quedé pensando en ese “igual que mi abuelo”.

Después llegó la pregunta inevitable:

—¿Usted tiene nietos?

Ahí estaba.

La palabra.

Usted.

—Tutéame, por favor, Emi.

Largó una pequeña carcajada nerviosa, como si hubiera cometido una falta que no sabía cómo reparar.

Yo sonreí.

Pero por dentro algo se había movido.

Aquella muchacha de veintidós años me acababa de colocar, sin mala intención, en una categoría perfectamente definida: viejo.

No un hombre.

No Francisco.

No siquiera un cliente.

Un viejo.

Y lo peor era que yo no me sentía viejo.

Me sentía, en todo caso, un joven entrado en años.

Que no es lo mismo.

Hay una enorme diferencia.

El problema es que esa diferencia la conoce uno solo.

Para los demás, la edad se ve desde afuera.

Para uno, se siente desde adentro.

Y yo no me amilané.

La conversación siguió.

En algún momento apareció el tema de la fidelidad. Yo le tiraba algunas pelotas, a ver cómo las devolvía. Pero Emi no veía las pelotas.

O quizá las veía y hacía como que no.

Para ella yo era un viejo charlatán al que había que llevarle la corriente.

“Total, no parece malo.”

Ni siquiera verde me veía.

Eso, debo reconocerlo, me tranquilizó un poco.

Aunque también me hizo pensar.

Es triste que a los viejos nos digan de todo: arcaicos, añosos, rancios, carcamanes, vejestorios, anticuados, gastados, deslucidos.

Palabras que parecen sacadas de un cajón donde se guardan las cosas que ya no sirven.

Nos denigran desde la Real Academia hasta el último de los mohicanos.

Y nosotros tampoco somos inocentes.

Tengo amigos de mi edad que son mucho más viejos que yo.

Sus olvidos, sus repeticiones, esas historias que vuelven una y otra vez hasta que uno ya sabe de memoria cómo terminan, me sacan de quicio.

Entonces, frente a ellos, ocurre algo curioso.

Me convierto inmediatamente en joven joven.

Y a ellos los declaro viejos viejos.

Vale decir: estropeados por el uso.

Pobres.

Quizá la vejez consista precisamente en eso: en una competencia secreta donde cada uno intenta demostrar que el otro es más viejo.

Pero esta mañana había aprendido algo nuevo.

No importa demasiado cuántos años tenga uno.

Importa cuántos años creen los demás que tiene.

Antes de irme, Emi me miró y sonrió.

—Mañana lo tuteo, Francisco.

—¿Seguro?

—Seguro.

Salí de Petrobras pensando en Andrés Segovia.

Tal vez tenía razón.

La verdadera tragedia no sea cumplir años.

Quizá sea que un día alguien te mire y, sin conocerte, vea en vos solamente a un viejo.

Mañana voy a volver.

No sé qué me preocupa más:

si que Emi finalmente me tutee...

o que vuelva a decirme:

—¿Qué va a llevar, señor?