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lunes, 28 de septiembre de 2026

El error más grande de mi vida


El 6 de marzo de 2015 fui a despertar a mi esposa, que se había quedado dormida en el sofá.

Eran alrededor de las diez y media de la mañana. La noche anterior se había acostado con una bronquitis muy grave, una bronquitis de fumadora. Había tomado algunos sedantes y también unas pastillas de morfina que conservaba de una cirugía realizada muchos años atrás.

Cuando la vi dormida, pensé que necesitaba descansar. Decidí dejarla dormir hasta el mediodía.

Ese fue el error más grande de mi vida.

Al mediodía fui a despertarla.

No respiraba. No tenía pulso. Estaba fría, muy fría.

Comencé a gritar, a sacudirla, a intentar obtener alguna respuesta.

Nada.

No respondía.

Estaba muerta.

Entonces entré en modo RCP. Comencé a practicarle reanimación y, de alguna manera, conseguí recuperar su respiración, aunque apenas.

Llamé al 911. La ambulancia llegó diez minutos después y los médicos consiguieron mantenerla con vida.

Pero la falta de oxígeno le había provocado un daño cerebral severo.

Nunca volvería a hablar ni a moverse.

Pasó un año entero en el hospital. Cuando finalmente pudo regresar a casa, comenzó otra etapa de nuestras vidas.

Llevábamos treinta y cinco años casados. Éramos marido y mujer, amantes, compañeros y, sobre todo, grandes amigos.

Ella todavía está consciente.

Puede recordarme.

A veces se ríe de alguna de mis bromas.

Mira televisión conmigo.

Y yo sigo a su lado.

No pasa un solo día sin que me arrepienta de haber decidido dejarla dormir aquellas dos horas.

Todos me dicen que no fue mi culpa.

Pero yo no puedo creerles.

Siempre voy a pensar que, si la hubiera despertado antes, todo habría sido diferente.

No sé qué hacer con ese sentimiento, salvo seguir cuidándola.

Le sostengo la mano. Le acaricio los pies. Estoy con ella las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

No me he separado de su lado durante estos dos años.

He hecho un voto de soledad. No porque alguien me lo haya pedido, sino porque cuidar de ella es, para mí, un honor.

También es mi orgullo.

Con el tiempo, la familia y los amigos se fueron alejando. Algunos desaparecieron porque no sabían cómo enfrentarse a algo tan terrible.

Yo sí sé qué hacer.

Quedarme.

Amarla.

Cuidarla.

Estar allí.

Después de treinta y cinco años juntos, quizá eso sea lo único que realmente importa.

Todos dicen que no fue mi culpa.

Yo todavía no puedo perdonarme.

Pero mientras ella pueda recordar quién soy, mientras pueda mirarme, mientras alguna vez vuelva a reírse de una de mis bromas, voy a seguir tomando su mano.

Porque aquel día pude haber cometido el error más grande de mi vida.

Pero todavía tengo la oportunidad de demostrarle, cada día, cuánto la amo.


La maldición de Isondu

 

 

Che Tangazo se quedaba todas las noches largo rato mirando al cielo. De tanto observar, en los últimos días, el ingreso de varias naves en el océano, le había agarrado tortícolis en el pescuezo.

Lo que más le había llamado la atención fue que, hacía tres días, había visto un grupo de cuatro aeronaves alineadas en fila, cuyo resplandor había durado casi una hora.

Le pregunté si las había fotografiado, pues a toda hora andaba con su cámara fotográfica colgada al cuello.

Dijo que sí, que las había fotografiado incluso con una cámara infrarroja y otra digital, pero que, al revelar las imágenes, no entendía qué fenómeno se había producido, pues no se veía nada.

Lo miré con dudas.

—No habrás cometido algún error y las sacaste a contraluz, encandilando el lente de la cámara.

Exhaló y dijo:

—No cometí ningún error. Era de noche y, salvo al amanecer o al ocaso, jamás en otro momento del día tienes el sol en el mar.

Una vez que llegamos al lugar donde debíamos girar para internarnos en el continente, la arena nos tragó sin esfuerzo. El aspecto metafórico de los médanos inducía mil pensamientos dispares, solemnes, sobrios, desconocidos... Eran grandes, con forma de media luna. El más bajo tendría sesenta metros de altura y el más alto, ciento ochenta.

El avance se hizo lento y difícil. A través de ese terreno, el movimiento en línea recta era imposible. A una velocidad de un kilómetro y medio por hora, avanzábamos rodeando los profundos hoyos de arena crujiente con los que tropezábamos constantemente a nuestro paso.

Los afilados bordes de las crestas y estrías de arena cedían bajo nuestros pies, salpicando la dorada arena suelta a nuestro alrededor.

Luchamos con gran fervor, médano tras médano. Cada paso se hizo odioso, y uno se agitaba y temblaba a causa del agotamiento.

Finalmente, nos sentamos a esperar alguna señal.

—¿Quieres que te cuente una leyenda? —me dijo Che Tangazo, mientras estaba a su lado, tirado boca arriba—. La leyenda, presta atención. Especialmente vos, te interesará escucharla. Siempre hablaste de las incursiones de los indios pampas por esta zona. Es un relato de un viejo poblador de la estancia El Moro, de Lobería.

—Te contaré la historia de Isondu, quien fue rey de los indios mapuches hace mucho, muchísimo tiempo.

De acuerdo con lo que me contó don Zoilo, Isondu fue un rey siniestro, el más siniestro que conocieron las tierras de Neuquén. Era temerario y belicoso. Construyó muchas armas de guerra: arcos, lanzas, boleadoras, etcétera. Cuando no estaba guerreando contra sus vecinos, organizaba expediciones y malones de saqueo a Chile y a la pampa de Buenos Aires.

Ahora bien, el curandero de los mapuches en ese momento era Okondu. Afirmaba ser descendiente del gran curandero Xiofo y, por ello, exigía absoluto respeto hacia su persona y hacia los grandes conocimientos curativos que poseía.

Aborrecía los actos agresivos de Isondu y le aconsejaba que condujera a su pueblo a una vida apacible. Le decía que la tierra que habitaban era muy noble y que debían vivir de los cultivos y de la crianza de animales. Señalaba que los actos de Isondu despertarían la cólera de los dioses.

Esta oposición irritó a Isondu, quien atribuía las ocasionales derrotas a su curandero, pues decía que no invocaba a los dioses en su favor.

Cuando regresaba de un ataque fracasado, depositó su poncho en una fuente y lanceó a un perro negro. Cuando Okondu se quejó de su comportamiento, lo amenazó con hacerlo correr la misma suerte.

La conducta del rey desagradaba al curandero. Además, ocupaba su tiempo libre en diversiones y todo tipo de depravaciones. Disponía de un centenar de mujeres y los festines, acompañados de borracheras, se prolongaban durante días y semanas.

Por aquellos tiempos se acercaba la semana de festejos por el comienzo del año nuevo, que se celebraba el 21 de junio. Como preparación, Isondu exigió contribuciones muy elevadas al pueblo mapuche. Ordenó que le trajeran grandes contingentes de guerreros y que los jefes menores se presentaran ante él durante las celebraciones.

Esta orden provocó gran enojo en la población. Okondu y los demás curanderos, en lugar de calmar los ánimos, estimularon aún más el descontento de la gente.

Cuando Isondu lo supo, resolvió librarse de una vez por todas del curandero. Su intención era matar a Okondu. Contaba con el apoyo de Lunoku, un segundo curandero que esperaba ocupar el lugar del primero.

Isondu buscó excusas para matar a Okondu, pero el curandero era muy anciano, su conducta siempre había sido intachable y el pueblo lo quería. Finalmente, encontró el motivo para acabar con él.

En una ocasión, ordenó que le trajeran algunas gaviotas de las montañas. La gaviota es un ave acuática y rara vez aparece en la zona cordillerana. Como su carne no era comestible y sus plumas no servían como adornos, todos se asombraron del pedido de Isondu. Sin embargo, los gobernantes de la época, tal como ocurre todavía hoy, rara vez explicaban sus actos.

Cuando el grupo estaba por partir, Isondu dijo:

—Quiero que las aves provengan únicamente de la cordillera. No acepto ninguna que venga del mar.

El jefe del grupo de cazadores sabía que la gaviota era un ave de mar y se sintió sorprendido. Miró al curandero, que estaba cerca, y le preguntó:

—¿Es posible hallarla en la cordillera?

El curandero respondió:

—Estas aves no están en la cordillera. Deberán tender las trampas junto al mar.

Isondu se alteró terriblemente y le preguntó al curandero:

—¿Osas desafiar mis órdenes? ¡Ordené a los cazadores que fueran a la cordillera y tú los envías a tender sus trampas junto al mar! ¡Qué bonito!

El curandero respondió:

—Le pido al rey que recuerde que yo no imparto órdenes.

—¡Pero te atreviste a interferir con las mías! Escucha, curandero de morondanga. Mis hombres irán a la cordillera a buscar las aves que solicité. Si las encuentran, ordenaré que te ajusticien por ser un falso hechicero y un mentiroso con el pueblo.

Okondu tenía presente que las palabras del rey representaban la muerte para él y la destrucción de su familia.

Expresó en voz alta una maldición:

—Como los dioses lo desean, debo someterme a esta prueba. Pero, ya que todo esto es una patraña, ¡cuidado con la mano que me apalee, con los ojos que presencien el crimen y con la tierra que beba mi sangre!

A esta altura, con los ojos bien abiertos, estábamos muy atentos a su historia. Saqué un termo de una mochila y bebí un poco de agua. El Che tomó un gran sorbo, aclaró su voz y continuó el relato...

A los siete días de haber partido, muy temprano por la mañana, regresaron los cazadores, trayendo en las alforjas de sus caballos un gran número de aves.

El perverso rey, riéndose, señaló las aves y le dijo al curandero:

—Todas estas aves fueron atrapadas en la cordillera. Por lo tanto, te condeno a morir como falso hechicero, como hombre que se separó de los dioses y como engañador y timador del pueblo.

El curandero tomó una de las aves entre sus manos y declaró sabiamente:

—Estas aves no provienen de la cordillera. Aún tienen el olor del mar.

Pero los cazadores afirmaron enérgicamente que las aves habían sido atrapadas en las regiones altas, y el rey declaró que, ante la honorable palabra de aquellos hombres, quedaba demostrado que el curandero mentía.

Sabiéndose condenado y consciente de que los cazadores habían recibido la orden de mentir, decidió demostrarle al pueblo que tenía razón.

Pidió permiso para abrir tres de las aves. De muy mala gana, el rey mapuche lo autorizó.

El curandero abrió los buches de las tres aves y descubrió que estaban llenos de cornalitos, unos peces pequeños.

Entonces exclamó:

—¡Estos son mis testigos!

Y mostró, a diestra y siniestra, los buches abiertos a todos los presentes.

Enloquecido, Isondu se apoderó de una lanza y la hundió ferozmente en el corazón de Okondu, asesinándolo al instante.

Un grito surgió de quienes presenciaron el crimen, pues la violencia contra el curandero era inconcebible.

Pero el rey ni se inmutó. Entregó a su asistente el arma ensangrentada y se alejó caminando.

Llamó a Lunoku, el curandero ayudante, y le ordenó que exterminara a toda la familia y quemara la casa de Okondu.

Orgulloso, Lunoku cumplió las órdenes del rey y después se dirigió al pie de la cordillera, donde se encontraba la entrada de una cueva. Llevaba consigo el cuerpo del sumo curandero.

Cuando se aproximaba a la entrada, la cruz de madera que indicaba la santidad del lugar cayó al suelo.

En el interior, la cueva comenzó a temblar. Brotaron gemidos de las imágenes pintadas de los dioses mapuches, el altar cayó al suelo y se produjo una abertura de la que brotaron fuego y humo.

Lunoku dejó el cuerpo y huyó, temblando de miedo.

Lo que contó a la gente suscitó escaso temor, aun cuando comenzaron a suceder hechos inéditos.

Se produjo un temblor leve, pero constante. Desde el norte venía un viento cálido y sofocante. Se oían extraños sonidos e incluso caían gotas de sangre de las nubes.

Para colmo, los ríos y los lagos se estaban secando.

El rey, en un tono más moderado, reconoció haber irritado a los dioses con la muerte de Okondu.

El pueblo, desesperado por la sequía que se acercaba, hizo sacrificios humanos, logrando calmar el temblor, los ruidos y las gotas de sangre.

Pero la sequía continuó y el sufrimiento general se acentuó día tras día.

Después de que todos los esfuerzos por detener la temida maldición fracasaran, y viendo que su reino quedaba casi despoblado por el éxodo, Isondu huyó a Neuquén con unos pocos de sus fieles.

Pero la sequía lo siguió hasta allí.

Dondequiera que iba, el agua dulce se hundía en la tierra y las nubes no producían lluvia. Viajaba de un lugar a otro llevando consigo la sed.

Durante cinco años anduvo errante y, en el transcurso de sus viajes, desoló todo lo que tocó.

Finalmente, Isondu murió de sed y hambre, tal como lo anunciaba la maldición.

Sus huesos quedaron al sol y, desde entonces, se oye el famoso dicho:

«Se pudren al sol los huesos de Isondu».

Los mapuches nombraron un nuevo rey, que estableció un gobierno prudente. Una vez terminada la maldición, comenzó a llover para el bien de su gente.

Le pregunté:

—¿Pero aquí sigue esa maldición, Che?

—No —fue su respuesta—. Pero no entiendo a qué se debe tu pregunta.

—Es que aquí es todo árido y seco. Son médanos de arena y nunca llueve.

—Pero lo que te conté ocurrió cerca de la cordillera. Ellos venían a este lugar solo en verano, en busca de armonizar sus energías.

—Ah... —respondí, saliendo de mi asombro—. Igualmente, las expediciones de Alsina y Roca extendieron la República hasta alcanzar los Andes y Magallanes. Los indios se fueron al lado chileno.

«Nadie es perfecto… ¡Yo soy Dios!».

 




ALGUIEN dice:

Nadieeeeeeeeeeee.

ALGUIEN dice:

¿Quién es nadie?

NADIE dice:

Nadie es perfecto. Yo soy nadie. Yo soy perfecta. Dios es perfecto. ¡Yo soy Dios!

ALGUIEN dice:

Perdona, no quieras suplantar mi personalidad.

ALGUIEN dice:

¡Yo soy Dios!

NADIE dice:

Pero estamos en un mundo donde la mujer está gobernando.

Y si tú eres Dios, puedes ser Jesús.

Solo quería decirte que me llamo María Magdalena. Un placer conocerte. Y si estás libre de culpa, pues tira la primera piedra.

ALGUIEN dice:

Bueno, la mujer no gobernará nunca.

Por desgracia, cada día la mujer quiere ser más parecida al hombre.

MIGUEL ÁNGEL dice:

¡Y eso la hará pendeja!

NADIE dice:

Eso es verdad.

Pero también, por fortuna, el hombre quiere ser más parecido a la mujer, y eso lo hace gay.

ALGUIEN dice:

Bueno.

MIGUEL ÁNGEL dice:

Ya sabes que un gay es una persona desfavorecida, la cual es una mujer en el cuerpo de un hombre.

Aunque se sienten para mear, eso sí.

NADIE dice:

No, un gay es un hombre con deseos de superación.

ALGUIEN dice:

¡Ya quisieran los gays poder ser montados!

Perdón, ¡superados!

NADIE dice:

Ya quisieran los hombres poder aceptar que les fascina ser dominados.

ALGUIEN dice:

¡Buf!

¡Qué mal!

Sería incapaz de ser dominado.

MIGUEL ÁNGEL dice:

Jamás he podido asumir eso.

NADIE dice:

Más bien, serías incapaz de reconocerlo.

ALGUIEN dice:

No, de verdad.

NADIE dice:

¡Son los primeros síntomas gays! Y nada tengo en contra de ellos, ¡aclaro!

ALGUIEN dice:

Mi personalidad no me lo permite.

Siempre tengo que llevar razón.

Y pocas veces pido perdón.

Muy pocas.

Porque procuro no confundirme para no tener que pedir excusas.

MIGUEL ÁNGEL dice:

¿Y tú podrías ser dominada?

NADIE dice:

Es muy probable. Siempre he buscado un hombre para eso...

Para hacerle creer que me domina.

ALGUIEN dice:

Yo tenía una amiga que hacía eso con su marido.

Y cuando el marido se fue de casa, se quiso suicidar.

NADIE dice:

¡Qué bien!

ALGUIEN dice:

Aún no puede vivir sin él.

Y él se está «tirando» a una diez años más joven.

MIGUEL ÁNGEL dice:

...

NADIE dice:

Yo también tenía una amiga que tenía un marido que creía que la dominaba. Decidió irse de la casa y, cuando lo hizo, se dio cuenta de que era un pobre pendejo que no valía nada sin su mujer.

ALGUIEN dice:

Pero ese es un pobre imbécil.

NADIE dice:

Ella se tiró no a uno más joven, sino a un hombre más viejo, que supo cómo era la manera de tratarla y tenía más sabiduría.

Se dio cuenta el güey de que la vida es un constante dominio y una lucha.

ALGUIEN dice:

Por eso te digo que era un imbécil.

NADIE dice:

Sí, ese tipo lo era. Jamás asumió que era dominado, aunque lo era.

ALGUIEN dice:

La vida es armonía y mucha comunicación.

Y, sobre todo, un término medio.

NADIE dice:

Y decía yo: «Muy pocas veces pido perdón. Procuro no confundirme para no tener que dar excusas».

ALGUIEN dice:

Créeme que no me confundo.

Por eso me van bien las cosas.

Porque nunca dejo participar a una mujer en mis negocios.

NADIE dice:

Sí, parece que lo conoces. Eso mismo decía el güey, exactamente las mismas palabras que tú.

En fin, cosas de la vida.

ALGUIEN dice:

Pero el que es dominado por una mujer...

Es dominado por nadie.

Eso sí.

NADIE dice:

Por eso...

MIGUEL ÁNGEL dice:

Guardo el respeto a todo el universo.

NADIE dice:

Yo soy nadie. Nadie es perfecto. Yo soy perfecta. Dios es perfecto.

¡Yo soy Dios!

Lo acabas de aceptar.

¡Ja!

ALGUIEN dice:

Sí, acepto que soy Dios.

¿Y tú, María Magdalena?

NADIE dice:

¡Ni madres! ¡Acepta que perdiste!

ALGUIEN dice:

¿Y tú, María Magdalena?

NADIE dice:

¡Webos!

ALGUIEN dice:

¡Gané!

NADIE dice:

Está bien, tú ganas.

(Ja, ja, ja... ¡Pobrecito! Sigue creyendo que él ganó  

Adaptación Carlos Bonserio 

jueves, 10 de septiembre de 2026

 

SER VIEJO

El músico Andrés Segovia decía que la tragedia de la edad no es ser viejo, sino que se sea joven y la gente no lo vea.

Lo había leído hacía muchos años y, como suele suceder con ciertas frases, la había guardado en algún rincón de la memoria sin saber para qué.

Esta mañana lo entendí.

Fue en Petrobras.

Soy cliente desde hace años. Vivo en Quequén y, a esta altura de la vida, uno termina conociendo a los empleados de las estaciones de servicio casi tanto como a los vecinos del barrio. Pero había una chica nueva.

Bonita, amable, parlanchina. De esas personas que sonríen mientras hablan y hacen que uno se quede un rato más de lo necesario.

—¿Cómo es tu nombre? —le pregunté.

—Emiliana, pero lo odio. Todos me dicen Emi. ¿Y el suyo?

—Francisco. Y me gusta. Por suerte nunca me llamaron Pancho.

Sonrió todavía más.

—¡Ay, qué genial! ¡Igual que mi abuelo! ¡Qué amor!

Me quedé pensando en ese “igual que mi abuelo”.

Después llegó la pregunta inevitable:

—¿Usted tiene nietos?

Ahí estaba.

La palabra.

Usted.

—Tutéame, por favor, Emi.

Largó una pequeña carcajada nerviosa, como si hubiera cometido una falta que no sabía cómo reparar.

Yo sonreí.

Pero por dentro algo se había movido.

Aquella muchacha de veintidós años me acababa de colocar, sin mala intención, en una categoría perfectamente definida: viejo.

No un hombre.

No Francisco.

No siquiera un cliente.

Un viejo.

Y lo peor era que yo no me sentía viejo.

Me sentía, en todo caso, un joven entrado en años.

Que no es lo mismo.

Hay una enorme diferencia.

El problema es que esa diferencia la conoce uno solo.

Para los demás, la edad se ve desde afuera.

Para uno, se siente desde adentro.

Y yo no me amilané.

La conversación siguió.

En algún momento apareció el tema de la fidelidad. Yo le tiraba algunas pelotas, a ver cómo las devolvía. Pero Emi no veía las pelotas.

O quizá las veía y hacía como que no.

Para ella yo era un viejo charlatán al que había que llevarle la corriente.

“Total, no parece malo.”

Ni siquiera verde me veía.

Eso, debo reconocerlo, me tranquilizó un poco.

Aunque también me hizo pensar.

Es triste que a los viejos nos digan de todo: arcaicos, añosos, rancios, carcamanes, vejestorios, anticuados, gastados, deslucidos.

Palabras que parecen sacadas de un cajón donde se guardan las cosas que ya no sirven.

Nos denigran desde la Real Academia hasta el último de los mohicanos.

Y nosotros tampoco somos inocentes.

Tengo amigos de mi edad que son mucho más viejos que yo.

Sus olvidos, sus repeticiones, esas historias que vuelven una y otra vez hasta que uno ya sabe de memoria cómo terminan, me sacan de quicio.

Entonces, frente a ellos, ocurre algo curioso.

Me convierto inmediatamente en joven joven.

Y a ellos los declaro viejos viejos.

Vale decir: estropeados por el uso.

Pobres.

Quizá la vejez consista precisamente en eso: en una competencia secreta donde cada uno intenta demostrar que el otro es más viejo.

Pero esta mañana había aprendido algo nuevo.

No importa demasiado cuántos años tenga uno.

Importa cuántos años creen los demás que tiene.

Antes de irme, Emi me miró y sonrió.

—Mañana lo tuteo, Francisco.

—¿Seguro?

—Seguro.

Salí de Petrobras pensando en Andrés Segovia.

Tal vez tenía razón.

La verdadera tragedia no sea cumplir años.

Quizá sea que un día alguien te mire y, sin conocerte, vea en vos solamente a un viejo.

Mañana voy a volver.

No sé qué me preocupa más:

si que Emi finalmente me tutee...

o que vuelva a decirme:

—¿Qué va a llevar, señor?