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sábado, 24 de octubre de 2026

ELENA GREENHILL, BANDIDA RURAL INGLESA

 

            Elena Greenhill, hacia 1900.

DESAFIÓ A LA POLICÍA EN LA PATAGONIA

Una mujer, un Winchester y una vida fuera de la ley

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

1. Una inglesa en la inmensidad patagónica

La Patagonia de fines del siglo XIX y comienzos del XX era una tierra de horizontes interminables, caminos polvorientos, puestos aislados y grandes arreos de ganado. En aquel escenario apareció una mujer que terminaría convirtiéndose en leyenda: Elena Greenhill Blacker, conocida como la Inglesa Bandolera.

Había nacido en Inglaterra y llegó a Chile siendo adolescente. En 1894, con apenas diecinueve años, se casó con Manuel de la Cruz Astete, un comerciante chileno vinculado al movimiento de ganado. Más tarde cruzó los Andes y se estableció en territorio argentino.

En la frontera patagónica, donde las autoridades estaban lejos y los conflictos por la propiedad eran frecuentes, Elena aprendió a montar y a manejar armas. Su vida tomó un rumbo muy distinto del que la sociedad de su época reservaba a las mujeres.

2. El Winchester y la fama de la Inglesa

Los relatos sobre Greenhill destacan su puntería y su destreza con las armas. El escritor patagónico Elías Chucair, que recogió testimonios de antiguos pobladores, contribuyó a preservar su historia.

Se contaba que acertaba a blancos pequeños con notable precisión. El Winchester se convirtió en parte inseparable de su imagen, junto con las botas, el chambergo y la ropa de hombre que, según las versiones, solía vestir.

Su fama creció en una región donde los robos de ganado, el contrabando y las disputas entre pobladores y autoridades formaban parte de una realidad compleja.

Un proverbio inglés dice: “Where there's a will, there's a way”: «Querer es poder». Elena tenía voluntad y audacia, aunque las empleara en actividades que la llevaron a enfrentarse con la ley.

3. Tres mil ovejas y un comisario en apuros

Uno de los episodios más conocidos de su vida ocurrió hacia 1909, cuando Elena y sus compañeros fueron acusados de participar en el robo de un gran rebaño de ovejas. Las versiones más difundidas hablan de tres mil animales.

Una partida policial llegó para exigir los documentos que acreditaran la propiedad del ganado. Según los relatos, el procedimiento terminó en un enfrentamiento armado y los policías quedaron a merced de los bandoleros.

La anécdota más repetida sostiene que Elena y sus compañeros desarmaron al comisario y a su ayudante, los despojaron de sus ropas y los obligaron a realizar tareas domésticas antes de liberarlos.

Los detalles varían según las fuentes y no todos pueden confirmarse documentalmente. Sin embargo, la historia contribuyó a alimentar la fama de la Inglesa y el resentimiento de las autoridades.

Como dice el refrán criollo: «No hay que escupir para arriba». La partida había llegado para imponer la ley y, según la leyenda, terminó protagonizando una humillación que se recordaría durante años.

4. Una vida fuera de las convenciones

La vida de Elena estuvo marcada por relaciones sentimentales, desplazamientos y conflictos. Después de su matrimonio con Astete, su nombre quedó vinculado a otros hombres que compartieron con ella distintos tramos de su trayectoria.

En aquella frontera, el comercio legal podía mezclarse con el contrabando y el robo de ganado. Greenhill terminó asociada a actividades delictivas y perseguida por las autoridades.

El proverbio inglés “Honesty is the best policy” significa «La honestidad es la mejor política». Elena eligió otro camino, y su fama de mujer temible no la libró de las consecuencias.

5. Gan Gan: el último enfrentamiento

En junio de 1915 llegó el desenlace. Elena se encontraba con Martín Taborda en la región de Gan Gan, en el actual territorio de Chubut, cuando una partida policial encabezada por el comisario Félix Valenciano salió a detenerlos.

El encuentro terminó en un tiroteo. Las reconstrucciones periodísticas describen a Elena herida y refugiada detrás de un caballo muerto, mientras Taborda intentaba resistir desde otra posición.

La situación se volvió desesperada. La mujer que había construido su fama alrededor del Winchester ya no tenía una salida clara.

Elena murió durante el enfrentamiento. Los relatos difieren en algunos detalles de sus últimos minutos, pero coinciden en el desenlace: la Inglesa Bandolera cayó ante la partida policial en la inmensidad patagónica.

«Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe», dice el refrán. Después de años de persecuciones y enfrentamientos, su historia terminó violentamente.

6. Entre la historia y la leyenda

Tras su muerte, Elena Greenhill continuó viviendo en los relatos de los pobladores. Elías Chucair recuperó parte de esa memoria en La Inglesa bandolera y otros relatos patagónicos, obra fundamental para acercarse a su historia.

No todas las hazañas que se le atribuyen pueden verificarse con la misma certeza. Algunas proceden de testimonios orales recogidos décadas después, por lo que conviene distinguir entre los hechos conocidos y las anécdotas transmitidas por la tradición.

Elena no fue una heroína sin manchas ni una simple figura de leyenda. Fue una mujer que desafió las convenciones de su tiempo, se vinculó con el bandolerismo rural y terminó muriendo en un enfrentamiento con la policía.

Sentencia final

Hay quienes recorren la vida por caminos tranquilos y quienes, aun equivocando el rumbo, prefieren afrontar la tormenta antes que renunciar a su libertad.

Elena Greenhill cabalgó por la Patagonia siguiendo su propio destino. Cuando el viento borró sus huellas, quedó una historia de audacia, violencia y soledad, como tantas otras que todavía guarda la inmensidad del sur.

jueves, 22 de octubre de 2026

PATRÓN COSTAS Y LA CACERÍA DE LOS BANDIDOS RURALES


 


La recompensa, los operativos policiales, la muerte del Mono Araya y el final de Pelayo Alarcón.

El combate del puente Elordi, la muerte del Mono Araya y el último tiroteo en Tucumán

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

Hay persecuciones que terminan cuando el perseguido cae; otras continúan mucho después, porque quedan preguntas sin responder. La historia de Pelayo Alarcón pertenece a esta segunda categoría. Entre fines de 1924 y abril de 1925, el norte argentino se convirtió en escenario de una verdadera cacería policial. Hubo emboscadas, telégrafos cortados, agentes muertos, fugitivos que desaparecieron en el monte y una recompensa atribuida al poderoso Robustiano Patrón Costas.

Pero detrás de los disparos y los partes policiales aparece una pregunta que todavía merece investigación: ¿cómo consiguió Pelayo escapar tantas veces de la persecución y quién fue, finalmente, el hombre que acabó con su vida en Tucumán?

Una cuadrilla que inquietaba al poder

Pelayo Alarcón, conocido también por el alias de El Tartancho, había conseguido fugarse de la cárcel de Salta el 5 de junio de 1924. Según la reconstrucción del historiador Marcelo Rubén Agüero Urquiza, escapó oculto en una bolsa de basura que retiraba del presidio un carrero. Después de aquella fuga, su rastro se perdió durante meses. No tardó en reaparecer al frente de una banda integrada, entre otros, por Norberto Figueroa, Segundo Araya —El Mono— y Antonio Díaz, apodado El Mocho. La prensa salteña comenzó a hablar de la «cuadrilla de Pelayo Alarcón». <sup>1</sup>

En aquella región, el poder económico y el político mantenían vínculos estrechos. En El Tabacal se encontraba el ingenio de los Patrón Costas, una de las familias más influyentes de Salta. La recompensa que se atribuye a Robustiano Patrón Costas contra los bandoleros forma parte del contexto de esta historia; para reconstruir su alcance exacto, sin embargo, es necesario establecer las condiciones, la fecha y la fuente documental del ofrecimiento.

Mientras tanto, los comerciantes de Orán estaban alarmados. El 30 de diciembre de 1924, según la investigación de Agüero Urquiza, los diarios locales registraron las quejas de vecinos que exigían medidas urgentes al jefe de Policía, Lucio Ortiz.

La persecución ya no era un asunto menor: se había convertido en un desafío a la autoridad.

El Tabacal: primer encuentro con la policía

El 30 de diciembre de 1924, la cuadrilla se enfrentó con efectivos policiales en las inmediaciones de El Tabacal. La comisión estaba al mando del subcomisario Nabor Frías.

Los bandoleros consiguieron escapar. El episodio fue una advertencia de lo que vendría: la policía tendría que internarse en una geografía difícil, con montes espesos, caminos escasos y poblaciones dispersas. Allí, conocer el terreno podía significar la diferencia entre capturar a un fugitivo o perderlo de vista.

La banda habría intentado luego llegar hasta la comisaría de San Ramón de la Nueva Orán para liberar a un preso, aunque no logró su propósito ante la resistencia policial. La presión de los comerciantes y las noticias de nuevos movimientos obligaron a intensificar la vigilancia.

Como dice el refrán, «quien conoce el terreno lleva ventaja». Y en el norte salteño, el monte era un aliado que no figuraba en ningún parte oficial.

El combate del puente Manuel Elordi

El primer gran episodio sangriento ocurrió el 1 de enero de 1925.

La cuadrilla asaltó el obraje de Gronda y Compañía, en la zona de Pichanal. Durante el ataque hubo heridos y tomaron como rehén a Julio del Prado. Las noticias llegaron a la policía, pero los fugitivos recibieron una advertencia que les permitió adelantarse a sus perseguidores.

Un maquinista ferroviario habría comunicado a Alarcón los movimientos de la comisión policial. La banda se preparó entonces cerca del puente ferroviario de Manuel Elordi, en las proximidades de Embarcación.

Cuando llegó la comisión encabezada por Nabor Frías, se desató un intenso tiroteo. La lucha se prolongó desde aproximadamente las nueve de la noche hasta la medianoche, según la reconstrucción publicada por Agüero Urquiza a partir de la prensa de la época. 

El saldo fue terrible. Murieron el rehén Julio del Prado y el agente Nicolás Córdoba. El agente Manuel Burgos quedó gravemente herido y falleció posteriormente. El propio subcomisario Frías sufrió heridas serias y tuvo que ser trasladado a la ciudad de Salta.

La cuadrilla, además, había cortado los hilos del telégrafo, dificultando las comunicaciones y la coordinación de la persecución.

Aquel combate dejó una lección amarga: una comisión policial podía llegar armada y decidida, pero una emboscada bien preparada podía cambiar el resultado en cuestión de minutos.

«A río revuelto, ganancia de pescadores», dice el viejo refrán. En este caso, el desorden y la confusión favorecieron la fuga; el precio lo pagaron tanto los perseguidos como quienes salieron a capturarlos.

Campo Grande: cae el Mono Araya

El 10 de enero de 1925, una comisión policial sorprendió a la cuadrilla en el paraje conocido como La Junta del San Antonio, en Campo Grande.

Se produjo un nuevo tiroteo. Esta vez, el desenlace fue fatal para Segundo Araya, El Mono, que cayó muerto. Pelayo Alarcón y Antonio Díaz, El Mocho, consiguieron escapar internándose en el monte.

La reconstrucción de Agüero Urquiza señala que los dos fugitivos huyeron en condiciones desesperadas: sin calzado, sin camisas, sin provisiones y sin armas. 

La muerte del Mono no terminó, sin embargo, con su historia. Su cuerpo fue llevado a Orán y, después de su entierro, su tumba comenzó a recibir velas y ofrendas de personas humildes. Con el tiempo, el lugar pasó a integrar el mapa de las devociones populares de la región.

Así, mientras la policía daba por abatido a uno de los integrantes de la cuadrilla, una parte de la población empezaba a convertirlo en leyenda.

El monte había devuelto un muerto, pero todavía guardaba a los dos fugitivos.

Salazuti: otro combate y más víctimas

La persecución continuó. El 15 de enero de 1925, una comisión policial que procuraba capturar a Pelayo Alarcón se enfrentó con los fugitivos en el paraje de Salazuti, en el departamento de Orán.

En el tiroteo murió el sargento Joaquín Albornoz, alcanzado por un disparo de escopeta. El soldado bombero Manuel Méndez también resultó herido, con una lesión de bala en el maxilar izquierdo.

Este último caso no depende solamente de una narración posterior: el Boletín Oficial de Salta publicó un decreto del 26 de octubre de 1925 que reconocía expresamente que Méndez había sido herido el 15 de enero mientras formaba parte de la comisión policial que intentaba capturar al prófugo Pelayo Alarcón en Salazuti. El documento señala que las secuelas lo habían dejado inutilizado para el servicio. 

Es una prueba administrativa importante. Confirma la continuidad de la persecución y demuestra que sus consecuencias se prolongaron mucho después del enfrentamiento.

Sin embargo, tras la muerte de Albornoz. Alarcón y Díaz volvieron a escapar. Con policías movilizados desde distintos puntos de Salta y una región en estado de alerta, su desaparición alimentó las conjeturas. Se ha sugerido que pudieron subir clandestinamente a un tren y recibir ayuda de pobladores, pero esas explicaciones no deben presentarse como hechos comprobados.

¿Cómo lograron salir de una zona vigilada? ¿Quién les facilitó el camino? ¿Cuánto hubo de habilidad, de suerte o de colaboración?

Son preguntas que todavía necesitan respuestas documentales.

Tucumán: el último cerco

El 1 de abril de 1925, Pelayo Alarcón apareció en San Miguel de Tucumán. Tenía alrededor de 25 años y llevaba meses escapando de la persecución salteña.

La reconstrucción publicada por el historiador Carlos Abrahan señala que fue localizado en un barrio popular, en un contexto en el que se lo vinculaba con la falsificación de billetes. La policía de Investigaciones, efectivos de la fuerza local y personal militar participaron en el operativo que terminó cercándolo. 

Alarcón murió de un disparo de fusil en la cabeza. Durante un tiempo circuló la versión oficial de que se había suicidado. Pero la intervención de un periodista del diario tucumano El Orden puso en cuestión esa explicación.

Aquí aparece uno de los puntos centrales de esta investigación. Agüero Urquiza incluye entre sus referencias una nota titulada «Muerte de Pelayo Alarcón», publicada por El Orden el 2 de abril de 1925, en las páginas 14 y 15. Esa edición es una fuente fundamental para reconstruir las últimas horas del bandido y determinar quién disparó contra él. 

Una versión posterior sostiene que un oficial de alto rango del Ejército lo habría abatido con un fusil provisto de mira telescópica, desde una distancia considerable. Pero, mientras no se identifique al tirador mediante una fuente contemporánea confiable, ese detalle debe conservarse como una versión por verificar, no como una certeza.

El hombre que había burlado una y otra vez a sus perseguidores ya no podía hablar. La explicación de su muerte quedó en manos de las autoridades y de los periodistas que se atrevieron a investigar.

Las preguntas que deja la persecución

La historia de Pelayo Alarcón no termina con la lista de combates y muertos. También deja una serie de cuestiones históricas que merecen una investigación propia:

  • La recompensa: establecer el anuncio original atribuido a Robustiano Patrón Costas, su monto, sus condiciones y sus destinatarios.

  • El mando policial: reconstruir las órdenes impartidas por el jefe de Policía Lucio Ortiz y la actuación de Nabor Frías antes y después del combate de Manuel Elordi.

  • Los caídos y heridos: reunir los nombres, grados, destinos y actuaciones de los policías y soldados que participaron en los operativos.

  • La fuga después de Salazuti: determinar cómo consiguieron escapar Alarcón y Díaz y qué fuentes contemporáneas explican su desplazamiento hacia Tucumán.

  • El último disparo: consultar la edición de El Orden del 2 de abril de 1925 y buscar otras crónicas, partes policiales o documentos militares que permitan identificar al oficial involucrado.

En esta reconstrucción, el trabajo de Agüero Urquiza ofrece una cronología valiosa; la prensa de la época y los documentos oficiales permiten comprobar episodios concretos. Pero aún quedan nombres y circunstancias por establecer. La historia gana rigor cuando reconoce lo que sabe y también lo que todavía ignora.

Porque la persecución de Pelayo Alarcón fue mucho más que una sucesión de tiroteos. Fue una lucha entre una cuadrilla que conocía los caminos del monte y un aparato policial decidido a terminar con ella, en una región donde el poder económico, la autoridad política y la vida cotidiana se entrecruzaban de manera compleja.

Y como dice el refrán, «la verdad es hija del tiempo». A veces tarda décadas en salir de los archivos; otras, espera en una vieja página de diario, amarillenta y olvidada, a que alguien vuelva a leerla.

Sentencia final

Se apagó entre disparos la vida del perseguido,
el monte guardó sus huellas, la historia su verdad;
los hombres caen en la noche, no cae lo sucedido:
el tiempo abre los archivos y juzga la eternidad.


Fuentes de consulta

  1. Marcelo Rubén Agüero Urquiza, Bandoleros rurales: una motocicleta entre balas, tinta, pentagramas y celuloides, trabajo presentado en 2020. Incluye referencias a Nueva Época del 30 de diciembre de 1924 y del 5 de enero de 1925, y a El Orden de Tucumán del 2 de abril de 1925.

  2. Boletín Oficial de la Provincia de Salta, decreto del 26 de octubre de 1925, expediente de Manuel Méndez, herido durante el operativo de captura de Pelayo Alarcón en Salazuti. 

  3. Carlos Abrahan, «Pelayo Alarcón | El bandido rural que asoló a los poderosos en Salta entre 1922-1925», Cuarto, 6 de octubre de 2025.

EL MONO ARAYA BANDIDO RURAL DE SALTA

 



DEL MONTE SALTEÑO A LOS ALTARES POPULARES

La historia de un bandido rural que murió a balazos y terminó rodeado de velas y promesas

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

En los caminos polvorientos del norte argentino, donde el monte esconde secretos y el silencio puede anunciar una desgracia, hubo hombres que hicieron de la fuga un oficio y del enfrentamiento con la policía una forma de vida. Algunos quedaron registrados en los prontuarios; otros, en las canciones y las leyendas populares. Y unos pocos, después de muertos, ingresaron en ese territorio misterioso donde el delito, la pobreza y la fe se mezclan hasta volverse inseparables.

Uno de ellos fue Segundo Araya, conocido como el Mono o Monito Araya, integrante de la cuadrilla de Pelayo Alarcón, que sembró inquietud en el norte de Salta durante los años 1924 y 1925.

Su historia es la de un hombre perseguido por la ley, pero también la de una devoción popular que sobrevivió a las balas.

Porque, como dice el refrán campero, «el hombre propone y Dios dispone». Y a veces, cuando el hombre cae, comienza la leyenda.

Una cuadrilla en tierra salteña

La Argentina de la década de 1920 era un país de profundas desigualdades. Mientras las ciudades crecían y el ferrocarril extendía sus rieles, en las regiones rurales persistían la pobreza, las relaciones de poder y los conflictos sociales. En el norte salteño, los grandes ingenios azucareros concentraban riqueza e influencia, mientras muchos trabajadores vivían en condiciones difíciles.

En ese escenario apareció Pelayo Alarcón, un bandido conocido por sus fugas y sus enfrentamientos con la autoridad. Después de escapar de la cárcel de Salta en 1924, organizó una cuadrilla que la prensa de la época identificó con su nombre.

Entre sus compañeros estaban Norberto Figueroa, Segundo Araya, apodado «El Mono», y Antonio Díaz, conocido como «El Mocho».

No conocemos con certeza todos los detalles de la vida personal de Araya. Las fuentes disponibles lo muestran principalmente a través de sus andanzas junto a Alarcón. Su historia, por lo tanto, debe reconstruirse a partir de los episodios en los que aparece documentado.

En el mundo del bandolerismo rural, la fama solía crecer con rapidez. Una fuga espectacular, un asalto o un tiroteo bastaban para convertir a un perseguido en personaje de conversación en pulperías, estaciones ferroviarias y poblaciones enteras.

«Cuando el río suena, agua lleva», dice el refrán. Pero en las historias de bandidos, el rumor también agranda los hechos, mezcla verdades con exageraciones y convierte a los hombres en personajes de leyenda.

Diciembre de 1924: comienzan los enfrentamientos

El 30 de diciembre de 1924, la cuadrilla se enfrentó con fuerzas policiales en las inmediaciones de El Tabacal, bajo el mando del subcomisario Nabor Frías.

La zona tenía una importancia económica considerable por la presencia del ingenio azucarero de los Patrón Costas. Los comerciantes y vecinos comenzaron a manifestar preocupación por las acciones de los bandoleros y reclamaron a las autoridades medidas para detenerlos.

La persecución se intensificó.

Pocos días después, el 1 de enero de 1925, la banda atacó un establecimiento maderero de Gronda y Compañía, cerca de Pichanal. El episodio terminó con personas muertas y heridas, y con Julio del Prado tomado como rehén.

La policía salió en persecución de los fugitivos. Sin embargo, los bandoleros recibieron información sobre los movimientos de sus perseguidores y se prepararon para enfrentarlos cerca del puente ferroviario de Manuel Elordi, en las proximidades de Embarcación.

Allí se produjo un violento tiroteo que se prolongó durante horas. Murieron el rehén Julio del Prado y el agente Nicolás Córdoba; el agente Manuel Burgos falleció después de resultar herido, mientras que el subcomisario Frías quedó gravemente lesionado.

La cuadrilla también cortó los hilos del telégrafo para dificultar las comunicaciones.

Aquellos acontecimientos mostraron que la persecución había dejado de ser una simple búsqueda policial para convertirse en una sucesión de enfrentamientos armados, con consecuencias trágicas para bandoleros, policías y civiles.

En el campo se dice que «no hay peor astilla que la del mismo palo», pero también que «el que juega con fuego termina quemándose». En aquella persecución, cada movimiento podía ser el último.

Campo Grande: la última jornada del Mono

El 10 de enero de 1925, una comisión policial sorprendió a la cuadrilla en la zona conocida como la Junta del San Antonio. El enfrentamiento pasó a la historia como el combate de Campo Grande.

Los disparos rompieron la quietud del paisaje salteño.

En medio de la balacera cayó muerto Segundo Araya, el Mono. Pelayo Alarcón y Antonio Díaz lograron escapar internándose en el monte.

Para Araya no hubo una nueva fuga ni una segunda oportunidad. Su trayectoria terminó en aquella refriega, lejos de los grandes centros urbanos y en un territorio donde el monte podía ofrecer refugio, pero también convertirse en una trampa.

Los policías y algunos vecinos trasladaron su cadáver a San Ramón de la Nueva Orán, donde fue sepultado.

Hasta aquí, la historia pertenece a la crónica policial. Pero después de la muerte comenzó otro capítulo, mucho más difícil de explicar con las categorías habituales.

Porque el Mono, que había sido perseguido como bandido, empezó a ser recordado por una parte de la población de una manera distinta.

De perseguido a figura de devoción

Según las investigaciones sobre el bandolerismo y las devociones populares del norte argentino, poco después del entierro la tumba de Araya comenzó a recibir velas y ofrendas de personas humildes.

Aparecieron promesantes que le atribuían favores recibidos y acudían a su sepultura para agradecer o pedir ayuda. Con el tiempo, el nombre del Monito Araya pasó a formar parte de ese universo popular en el que ciertas figuras, aun sin reconocimiento oficial de ninguna Iglesia, adquieren una condición casi sagrada para sus devotos.

La devoción llegó a despertar preocupación entre las autoridades, que intentaron impedirla. Sin embargo, las prohibiciones no lograron borrar aquellas prácticas.

El lugar de su sepultura continuó recibiendo muestras de agradecimiento, entre ellas placas y objetos ofrecidos por quienes creían haber recibido su protección.

¿Por qué un hombre muerto en un enfrentamiento policial podía convertirse en destinatario de semejante veneración?

No existe una explicación única. En las devociones populares del norte argentino se repite una combinación de factores: la muerte violenta, la identificación de los sectores humildes con personajes marginados, la búsqueda de protección y la creencia en la capacidad de los difuntos para interceder en los asuntos de los vivos.

El bandido puede convertirse así en una figura contradictoria: para unos representa el delito y el temor; para otros, alguien que padeció las injusticias de su tiempo o cuya muerte trágica merece una memoria especial.

Eso no significa que sus acciones violentas desaparezcan ni que las víctimas deban ser olvidadas. Significa que la memoria popular no siempre coincide con los expedientes judiciales.

«La justicia tarda, pero llega», afirma un viejo dicho. Sin embargo, la justicia histórica exige algo más: conocer los hechos, reconocer a las víctimas y comprender por qué una sociedad conserva determinadas leyendas.

En el caso del Mono Araya, la investigación permite conocer su participación en una cuadrilla armada y su muerte en Campo Grande. La devoción posterior, por su parte, nos habla de las creencias y necesidades de quienes comenzaron a encender velas junto a su tumba.

Son dos dimensiones diferentes de una misma historia.

El bandido y la memoria del pueblo

La figura del Monito Araya pertenece a una tradición argentina que también incluye a otros bandidos rurales y personajes de la marginalidad convertidos en leyendas. En algunas regiones, esos nombres pasaron a las canciones; en otras, sobrevivieron en relatos transmitidos de generación en generación o en tumbas visitadas por promesantes.

El fenómeno no se limita a Salta. En distintos lugares del país, la gente ha construido formas propias de veneración alrededor de personas que murieron violentamente y a las que atribuye poderes protectores.

El investigador Hugo Chumbita estudió este fenómeno bajo el concepto de los bandoleros santificados, mientras que trabajos históricos sobre el norte argentino reconstruyeron las andanzas de Alarcón, Araya y otros protagonistas de aquella época.

Para la historia, el Mono fue un integrante de una cuadrilla perseguida por delitos y enfrentamientos armados. Para algunos habitantes de Orán, su recuerdo adquirió otro significado.

Entre ambos retratos queda una pregunta que no admite respuestas sencillas: ¿qué encuentra el pueblo en un personaje que la ley persiguió y que, sin embargo, después de muerto recibe plegarias y promesas?

Quizás una mezcla de compasión, rebeldía, esperanza y necesidad. Quizás la búsqueda de un protector cercano, salido de la misma tierra y alejado de los altares oficiales.

Lo cierto es que la devoción no convierte automáticamente a un bandido en héroe, del mismo modo que un prontuario no explica por sí solo la relación que una comunidad establece con sus muertos.

El Mono Araya cayó en enero de 1925. Su vida terminó en el monte salteño, pero su nombre siguió circulando entre quienes visitaban su sepultura.

Y allí, donde una vez hubo un cadáver llevado por policías y vecinos, comenzaron a encenderse las velas de una memoria popular que desafió el paso del tiempo.

Porque el monte se traga las huellas, la lluvia borra los caminos y los años desdibujan los rostros. Pero hay historias que se niegan a morir.

Sentencia poética final

En el monte salteño se apagó su destino,
la pólvora escribió su postrer oración;
y el pueblo, entre las sombras del viejo camino,
encendió sobre su tumba una humilde devoción.

No absuelve una vela la sangre derramada,
ni vuelve justo al hombre la leyenda rural;
pero el tiempo rescata, de la historia olvidada,
lo que guarda en silencio la memoria popular.

Carlos Bonserio
Plaza de los Poetas

Referencias para documentar el artículo

  • Marcelo Agüero Urquiza, Bandoleros rurales: cuestión social y folklore en el norte argentino. El trabajo reconstruye la cuadrilla de Alarcón y el combate en que murió Segundo Araya

  • Cuarto, «Pelayo Alarcón, el bandido rural que asoló a los poderosos en Salta entre 1922-1925», con referencias a los episodios de diciembre de 1924 y enero de 1925.

miércoles, 21 de octubre de 2026

LA POLICÍA RURAL CONTRA LOS BANDOLEROS RURALES DE LA PATAGONIA

 



Cuando la ley salió a perseguir a los pistoleros del Lejano Oeste que encontraron refugio en los confines de la Argentina.

Un lejano Oeste en el fin del mundo

A comienzos del siglo XX, la Patagonia era una tierra de grandes distancias, estancias aisladas, pueblos pequeños y caminos difíciles. Allí donde las montañas se recortaban contra el cielo y el viento parecía barrer hasta los últimos rastros, llegaron algunos hombres que ya tenían una historia delictiva a sus espaldas.

No eran gauchos matreros de la campaña bonaerense. Eran pistoleros norteamericanos, fugitivos de la justicia de su país, que habían participado en asaltos a bancos y trenes y que buscaban comenzar una nueva vida lejos de sus perseguidores.

Entre ellos estaban Butch Cassidy y Sundance Kid, dos nombres que el cine convertiría en leyenda.

Robert LeRoy Parker, conocido como Butch Cassidy, y Harry Longabaugh, llamado Sundance Kid, llegaron a la Argentina en 1901, acompañados por Etta Place. Se instalaron en la zona de Cholila, en Chubut, donde intentaron presentarse como ganaderos.

La Patagonia les ofrecía algo que escaseaba en las ciudades: espacio, aislamiento y la posibilidad de ocultar el pasado. Pero la distancia no garantizaba impunidad.

Porque, como dice el refrán, «no hay escondite que dure para siempre».

De estancieros a sospechosos

Durante un tiempo, los norteamericanos llevaron una vida que parecía la de cualquier poblador dedicado a la cría de animales. Sin embargo, las autoridades de Estados Unidos seguían interesadas en su paradero.

La agencia de detectives Pinkerton había reunido antecedentes sobre sus actividades y procuraba establecer dónde se encontraban. La información llegó a las autoridades argentinas y comenzó a crecer la sospecha de que aquellos supuestos ganaderos podían volver a las andadas.

En 1905 se produjo un asalto bancario en Río Gallegos que las crónicas y las investigaciones posteriores vincularon con Cassidy, Sundance Kid y otros integrantes de su círculo. Las identidades de todos los participantes y algunos detalles del episodio han sido discutidos por los historiadores, pero el robo puso en movimiento a la policía.

Los investigadores reunieron testimonios, examinaron compras efectuadas antes del asalto y procuraron reconstruir los desplazamientos de los sospechosos. Los presuntos delincuentes, por su parte, contaban con caballos, armas, provisiones y una enorme ventaja: conocían cómo desaparecer en un territorio donde las distancias podían jugar a favor del fugitivo.

La policía debía seguir rastros, interrogar a los pobladores y averiguar si los sospechosos habían tomado rumbo al norte, hacia Chile o hacia zonas más apartadas.

No era una persecución sencilla. No había helicópteros, radios portátiles ni caminos asfaltados. Cada pista podía conducir a un campamento vacío o a un rastro que el viento había borrado.

La frontera y los hombres sin patria

La Patagonia de aquellos años era también una región de fronteras difíciles de vigilar. Ganaderos, trabajadores rurales, comerciantes y pobladores de distintas nacionalidades se movían entre Argentina y Chile. El ganado cruzaba la cordillera y el contrabando se mezclaba con las actividades legales.

En ese escenario actuaban los cuerpos de Policía de Fronteras y las fuerzas policiales territoriales. No siempre disponían de recursos suficientes para cubrir semejante extensión. Los agentes debían recorrer grandes distancias, apoyarse en informantes y actuar en condiciones duras.

La persecución de los bandidos extranjeros se convirtió en un problema de seguridad, pero también en un episodio de la historia de una Patagonia que intentaba consolidar sus instituciones.

Cassidy y Sundance no permanecieron para siempre en Cholila. Las investigaciones y el riesgo de ser capturados contribuyeron a su salida de la región. Más tarde, su historia continuaría en Chile y Bolivia, donde las versiones sobre su destino definitivo se volvieron parte de una leyenda internacional.

Pero la historia de la policía patagónica no terminó con su partida.

La cacería de Wilson y Evans

Un episodio posterior muestra con mayor claridad el peligro que afrontaban los policías rurales.

A fines de 1911, los bandoleros William Wilson y Robert Evans fueron localizados en las inmediaciones de Río Pico, en Chubut, después de una prolongada persecución. Evans estaba relacionado con el mundo delictivo que había rodeado a Cassidy y Sundance durante su estancia patagónica.

Las investigaciones históricas describen una búsqueda que se extendió durante más de seis meses. La policía reunió información sobre los fugitivos y terminó por alcanzarlos en una zona aislada.

La partida llegó preparada para el enfrentamiento. Los hombres perseguidos, sin embargo, no estaban dispuestos a entregarse. Se produjo un tiroteo en el que murieron los dos bandoleros y también perdió la vida un policía; otro agente resultó herido.

No fue una captura limpia ni una escena de película. Fue un choque armado en el que los hombres que representaban a la ley pagaron un precio alto.

La muerte de aquellos delincuentes puso fin a una persecución prolongada, pero también dejó al descubierto la dureza de la tarea policial en los territorios patagónicos.

La historia no siempre ofrece nombres tan conocidos como los de los pistoleros. A menudo recuerda a los bandidos y deja en segundo plano a los agentes que salieron a buscarlos. En este caso, sabemos que una partida policial logró alcanzarlos, aunque las fuentes consultadas no permiten convertir a un único agente en protagonista exclusivo de la operación.

El precio de perseguir a los fugitivos

La policía rural de la Patagonia no combatía solamente a pistoleros extranjeros. También debía enfrentar el robo de ganado, los conflictos entre pobladores, el contrabando y la violencia de una sociedad en la que las distancias dificultaban el control del territorio.

Los agentes podían pasar días sin encontrar a nadie y, de pronto, verse frente a hombres armados que conocían perfectamente el terreno. Una mala decisión podía costarles la vida.

No conviene idealizar aquella época. La actuación policial podía ser eficaz, pero también hubo abusos y procedimientos cuestionados. La historia de las fuerzas fronterizas merece ser examinada con el mismo rigor que la de los delincuentes a los que perseguían.

Lo que sí resulta indiscutible es que la persecución de los bandoleros patagónicos formó parte de la construcción de la autoridad estatal en el sur argentino.

Cassidy y Sundance se convirtieron en leyendas mundiales. Wilson y Evans terminaron muertos en una región que parecía no tener fin. Los policías, en cambio, regresaron —cuando pudieron hacerlo— a sus puestos, a sus familias y a una vida que rara vez entraba en los libros de aventuras.

Y, sin embargo, sin aquellos hombres que siguieron rastros y se internaron en los campos, muchos de estos episodios habrían quedado sin siquiera una crónica.

El último rastro

La Patagonia conserva las casas, los caminos y los paisajes que formaron parte de aquellas historias. La cabaña de Cholila recuerda la presencia de los norteamericanos; Río Gallegos guarda la memoria del asalto bancario; Río Pico evoca el final violento de Wilson y Evans.

Entre el mito y la documentación queda una historia humana: la de hombres que huyeron de la ley y la de otros que arriesgaron la vida para alcanzarlos.

En el campo, un rastro puede perderse. En la memoria, a veces ocurre lo contrario: cuanto más se aleja el tiempo, más crece la leyenda.

Epílogo: Rastros en la Patagonia

Por la estepa solitaria
cabalgó la persecución;
la noche guardó secretos,
el viento borró el rastro y la voz.

Unos buscaban la fuga,
otros cumplían su misión;
y entre disparos y sombras
la tierra escribió su canción.

No todo fue hazaña,
ni todo fue honor;
hubo hombres que cayeron
bajo el mismo cielo feroz.

La Patagonia guarda silencio,
pero no olvida el camino:
unos quedaron en la leyenda,
otros murieron cumpliendo su destino.

Adaptación Carlos Bonserio

GORRA COLORADA: EL COMISARIO QUE SALIÓ A CAZAR MATREROS Y BANDIDOS RURALES

 


Luis Aldaz, el hombre de la boina roja que recorrió la campaña bonaerense enfrentándose a los delincuentes rurales.

Un hombre de armas tomar

En aquellos tiempos en que los caminos eran huellas polvorientas, las pulperías servían de refugio a paisanos y matreros, y un caballo podía significar la diferencia entre la libertad y la prisión, hubo un policía que se ganó fama de hombre duro y decidido.

Se llamaba Luis Aldaz, había nacido en Pamplona, España, el 21 de junio de 1842, y en la Argentina sería conocido por un apodo que no necesitaba presentación: Gorra Colorada.

Su sobrenombre provenía de la boina roja, característica de los carlistas españoles, movimiento político al que se asociaba su tradición familiar y cultural. Alto, fornido y de carácter enérgico, Aldaz parecía hecho para una época en la que la autoridad policial se imponía muchas veces a caballo y frente a frente con hombres armados.

No era un personaje de novela, aunque su vida tuvo episodios dignos de una. Fue un funcionario real, con destinos en diferentes localidades bonaerenses y una larga carrera dedicada a perseguir matreros, ladrones de ganado y delincuentes rurales.

Como dice el refrán: «El que la hace, la paga». Pero en la campaña del siglo XIX, encontrar al que la había hecho podía demandar semanas de rastreo y poner en peligro la vida de quienes salían a buscarlo.

La campaña bonaerense: una tierra difícil de vigilar

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la provincia de Buenos Aires se transformaba rápidamente. Crecían los pueblos, avanzaban las estancias, se extendían los alambrados y aumentaba el valor de la hacienda.

Pero la inmensidad del territorio seguía planteando dificultades enormes para la policía.

El robo de ganado, conocido como abigeato, constituía un problema persistente. También había desertores, hombres perseguidos por homicidios, gauchos alzados y delincuentes que aprovechaban las distancias para desaparecer de un partido y reaparecer en otro.

La policía debía conocer los caminos, las aguadas, los pasos de los arroyos y los lugares donde un fugitivo podía encontrar refugio. A veces, la información de un vecino valía tanto como una partida entera.

Aldaz ingresó como voluntario en la Guardia Nacional en 1871. Más adelante se vinculó con la reorganización de la Policía Rural bonaerense. En 1878 se le encomendó una función en la segunda sección de esa fuerza, que comprendía los partidos de Benito Juárez, Necochea y Tres Arroyos.

Su trabajo lo puso en contacto con una realidad áspera: la de los pobladores que querían trabajar tranquilos y la de los hombres que vivían al margen de la ley.

No todos los perseguidos eran iguales, ni todas las acusaciones resultaban verdaderas. Pero la tarea policial exigía localizar a los sospechosos y ponerlos a disposición de la justicia.

El Tigre del Quequén

Uno de los episodios más recordados de la trayectoria de Aldaz está relacionado con un personaje que ya conocemos en estas páginas: Felipe Pacheco, el Tigre del Quequén.

Pacheco se había convertido en una figura temida de la campaña. Sobre él circulaban historias de violencia, persecuciones y enfrentamientos. Su nombre quedó ligado a los caminos de la región y a las cuevas que todavía conservan su recuerdo.

Según las reseñas históricas, Aldaz consiguió capturarlo en 1875, en las proximidades de lo que hoy es Copetonas. Conviene señalar que algunas cronologías de su carrera policial presentan diferencias respecto de sus primeros destinos oficiales, pero la captura de Pacheco aparece reiterada en las historias locales.

La detención puso fin a la fuga de un hombre al que se le atribuían numerosos delitos. Sin embargo, la justicia solamente pudo condenarlo por el crimen cometido en Lobería. Después de cumplir su pena, Pacheco se radicó en Toay, La Pampa, donde murió en 1895.

El episodio muestra una diferencia importante entre la leyenda y la justicia: una cosa era la fama que un hombre adquiría en los caminos y otra, las pruebas que podían sostenerse ante un tribunal.

Aldaz no necesitó que la historia lo convirtiera en héroe de ficción. La captura de un bandido célebre bastaba para darle un lugar en la memoria de la policía rural.

Un perseguidor de larga trayectoria

La vida profesional de Gorra Colorada no terminó con aquella captura. Durante décadas ocupó distintos destinos en la provincia de Buenos Aires, entre ellos Azul, Guaminí, Balcarce, Bolívar y otros partidos.

En 1884 estuvo destinado en Puan, al frente de la Policía de Frontera, y posteriormente tuvo responsabilidades en la región de Guaminí. En años sucesivos continuó prestando servicios, alternando funciones policiales con otras actividades públicas.

Las crónicas lo describen como un hombre temerario, de gran fuerza física, que en ciertas ocasiones habría preferido enfrentarse cuerpo a cuerpo con los delincuentes antes que recurrir inmediatamente a las armas. También se mencionan las cicatrices que habría recibido durante su carrera.

Estos relatos deben leerse con prudencia: la admiración de los contemporáneos podía engrandecer las hazañas de un funcionario. Aun así, su prolongada trayectoria y la diversidad de sus destinos confirman que fue una figura reconocida en la policía bonaerense.

El 12 de noviembre de 1920 murió en La Plata. La institución policial le rindió honores, recordándolo como uno de sus funcionarios más antiguos y destacados.

Había llegado desde España, había recorrido una provincia que cambiaba de rostro y había pasado buena parte de su vida persiguiendo a quienes desafiaban la ley.

El hombre detrás de la boina

Hoy, cuando los caminos rurales están atravesados por alambrados, teléfonos y patrulleros, cuesta imaginar las dificultades de aquellos policías. No existían las comunicaciones modernas ni los medios de transporte actuales. Una persecución dependía de los caballos, de la resistencia de los hombres y de la información que pudieran reunir.

Gorra Colorada perteneció a esa época. Su figura representa a los primeros agentes que intentaron establecer una presencia policial más permanente en la campaña bonaerense.

No fue el único, ni todos los procedimientos de aquellos años estuvieron libres de excesos. La historia exige mirar tanto el valor como los límites de la autoridad. Pero su nombre quedó asociado a la persecución de los matreros y a la captura de uno de los bandidos rurales más conocidos de nuestra región.

Porque hay hombres que se hacen famosos por escapar y otros que pasan a la historia por alcanzarlos.

Epílogo: La boina roja

Por la llanura galopaba,
bajo el sol abrasador;
la boina roja flameaba
como una señal de honor.

Tras el rastro del matrero,
sin descanso ni temor,
iba el hombre de la ley
por el campo y su rumor.

Ya no se escucha su caballo,
ni su voz en el fortín;
pero en la historia del pago
queda un nombre: Luis Aldaz.

Porque el tiempo borra huellas,
pero no siempre al perseguidor;
quien cabalgó tras la leyenda
también merece su lugar en la historia.

Plaza de los Poetas — Historias de bandidos, policías y hombres de la campaña argentina.

Adaptación y recopilación Carlos Bonserio

EL GAUCHITO GIL BANDIDO RURAL


 



EL GAUCHO REBELDE QUE SE CONVIRTIÓ EN SANTO DEL PUEBLO

Una historia de persecución, sangre, injusticia y fe que cruzó las fronteras de Corrientes para instalarse en los caminos de toda la Argentina.

Un gaucho nacido en la tierra correntina

En los pagos de Mercedes, provincia de Corrientes, donde el horizonte parece perderse entre los pastizales y los caminos de tierra guardan secretos antiguos, nació Antonio Mamerto Gil Núñez, conocido para siempre como el Gauchito Gil.

Se estima que nació alrededor de 1847, aunque los datos de su vida no son del todo precisos. Fue un hombre del campo, un peón rural acostumbrado a las tareas duras, al caballo, al facón y a esa libertad que el gaucho defendía como parte de su propia sangre.

De su existencia se conoce menos de lo que se cuenta. No abundan los documentos capaces de reconstruir con exactitud su biografía. En cambio, sobran relatos transmitidos de boca en boca, historias que los abuelos contaron a sus nietos y que, con el correr de las generaciones, fueron mezclando los hechos con la leyenda.

Porque hay personajes cuya vida termina con la muerte, y hay otros que, por obra del pueblo, comienzan una segunda existencia después de ella.

El Gauchito Gil pertenece a estos últimos.

Entre la guerra y la rebeldía

La Argentina de aquellos años estaba lejos de ser una tierra pacificada. Las guerras civiles, las luchas entre facciones políticas y los enfrentamientos armados habían dejado profundas heridas en el país.

La tradición cuenta que Antonio Gil participó en la Guerra de la Triple Alianza, que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay entre 1864 y 1870. Más adelante habría sido reclutado para intervenir en los conflictos políticos de Corrientes.

Pero la leyenda le atribuye una decisión que marcaría su destino: negarse a derramar la sangre de sus semejantes.

Según una de las versiones más difundidas, una aparición divina en sueños le habría advertido que no debía matar a sus hermanos. Convencido de ese mensaje, Gil abandonó las filas militares y se convirtió en desertor.

En aquellos tiempos, desobedecer una orden militar no era una simple falta. Podía significar la persecución, la cárcel o la muerte.

El gaucho, que acaso buscaba escapar de una guerra que consideraba injusta, terminó enfrentado con la autoridad.

Y cuando un hombre se enfrenta al poder, el poder rara vez olvida.

El amor, el comisario y la persecución

Otra historia muy repetida sostiene que Gil se enamoró de una mujer viuda, Estrella Díaz Miraflores, pretendida también por un comisario de la zona. La relación habría encendido los celos y contribuido a la persecución policial.

No puede asegurarse que cada detalle haya ocurrido exactamente como lo cuenta la tradición. Sin embargo, el episodio expresa uno de los temas centrales de la leyenda: el hombre humilde que desafía a una autoridad acostumbrada a imponer su voluntad.

A partir de entonces, Antonio Gil habría vivido perseguido, moviéndose por los campos y buscando refugio entre paisanos que le ofrecían comida, techo y protección.

Con el tiempo, la figura del gaucho alzado empezó a transformarse en la del justiciero rural. Para sus admiradores, no era simplemente un fugitivo: era un hombre que se rebelaba contra los abusos y que protegía a quienes menos tenían.

Se decía que robaba animales a los poderosos para repartirlos entre los pobres, que socorría a los necesitados y que se enfrentaba a los que abusaban de su autoridad.

Como sucede con tantos personajes populares, resulta difícil separar la historia comprobable de la imagen idealizada que fue construyendo el pueblo.

Pero esa imagen tuvo una fuerza extraordinaria.

A veces, la justicia de los pobres comienza donde termina la confianza en la justicia de los poderosos.

La captura y la muerte

La suerte de Antonio Gil estaba echada. Las autoridades lo buscaban y, tarde o temprano, la persecución debía terminar.

Según la tradición, fue capturado por una partida policial cerca de Mercedes. Los relatos sitúan su muerte un 8 de enero, aunque el año continúa siendo discutido: algunas versiones señalan 1874 y otras, 1878.

La historia popular cuenta que los hombres encargados de trasladarlo decidieron ejecutarlo antes de que pudiera llegar a ser juzgado. Lo habrían colgado de un árbol, a veces identificado como un espinillo o un algarrobo, y finalmente lo degollaron.

No hubo una despedida gloriosa ni una última batalla de película. Hubo un hombre vencido por quienes tenían las armas y el poder de decidir sobre su vida.

Pero la leyenda reservaba para aquel instante el nacimiento de un mito.

Se cuenta que, antes de morir, Gil le anunció a su verdugo que su hijo estaba gravemente enfermo y que se salvaría si rezaba por él y pedía su intercesión. El ejecutor habría cumplido la orden después de regresar a su casa, y el niño se habría recuperado.

La tradición sostiene que aquel hombre volvió al lugar de la ejecución y levantó una cruz sobre la tumba del gaucho.

Así habría comenzado la devoción.

No es posible presentar este episodio como un hecho documentalmente probado. Es el relato milagroso que los creyentes han conservado y transmitido durante generaciones. Y en esa narración, la sangre del condenado se convierte en la primera señal de una fe que no dejaría de crecer.

De bandido rural a santo popular

Después de su muerte, Antonio Gil dejó de pertenecer solamente a la historia de Corrientes. Su nombre comenzó a circular entre los paisanos, los viajeros y las familias humildes.

En el lugar donde se creía que había sido ejecutado, los devotos levantaron cruces y encendieron velas. Más adelante aparecieron pequeños altares junto a los caminos, en las entradas de los pueblos y en las banquinas de las rutas.

El color rojo se convirtió en su emblema: banderas, cintas, pañuelos y ofrendas que parecen anunciar desde lejos la presencia del Gauchito.

El 8 de enero, miles de personas llegan al santuario principal situado cerca de Mercedes, Corrientes. Algunos piden salud; otros, trabajo, protección para sus familias o ayuda para salir de una situación desesperada. Muchos regresan para agradecer lo que consideran un favor recibido.

Camioneros, trabajadores rurales, comerciantes, jubilados, jóvenes y familias enteras se acercan a su imagen. No todos comparten las mismas creencias religiosas, pero muchos encuentran en el Gauchito una figura cercana, alguien que, según la fe popular, comprende las necesidades de la gente común.

Su devoción se extendió por toda la Argentina y cruzó incluso las fronteras nacionales.

¿Por qué él y no tantos otros gauchos que vivieron perseguidos y murieron violentamente?

Quizás porque su leyenda reúne tres elementos que conmueven profundamente: la rebeldía frente a la autoridad, la solidaridad con los humildes y la promesa de que la muerte no siempre tiene la última palabra.

El gaucho que vive en los caminos

En la historia argentina hubo muchos hombres perseguidos por la ley. Algunos fueron delincuentes; otros se convirtieron en personajes admirados por su oposición al orden establecido. En ocasiones, las dos condiciones se mezclaron y dieron lugar a relatos difíciles de juzgar con los criterios de nuestro tiempo.

El Gauchito Gil también habita esa frontera.

No contamos con pruebas suficientes para convertir cada episodio de su leyenda en una verdad histórica. Tampoco podemos ignorar la fuerza social de una devoción que continúa reuniendo multitudes.

El historiador puede preguntar quién fue Antonio Gil, qué hizo realmente y cómo murió. El creyente, en cambio, puede responder que lo importante es lo que representa y los favores que le atribuye.

Ambas miradas ayudan a comprender por qué su figura permanece viva.

En cada bandera roja que flamea junto a una ruta, en cada vela encendida al caer la tarde y en cada bocina que saluda un santuario, se renueva una historia nacida en los campos correntinos.

Quizás el Gauchito Gil ya no sea solamente aquel gaucho que desafió a la autoridad. Se convirtió en el símbolo de quienes buscan amparo cuando la vida se vuelve cuesta arriba.

Porque, como dice el viejo refrán, «la voz del pueblo es la voz de Dios». Y el pueblo, que a veces olvida a sus gobernantes y a sus generales, sigue recordando al gaucho de las cintas rojas.

Epílogo: La cruz del camino

No tuvo palacio ni corona,
ni una tumba de señor;
lo cubrió la tierra roja,
lo veló el pueblo con dolor.

Dicen que cayó por rebelde,
que su sangre el campo bebió;
pero el gaucho que muere en la tierra
puede vivir en el corazón.

Hoy flamea su bandera
donde el camino se abrió;
y entre rezos y promesas
su leyenda se agrandó.

Gauchito, paisano errante,
de Corrientes, tierra y sol:
la historia pregunta quién fuiste,
y el pueblo responde: «¡Protector!»

Plaza de los Poetas — Historias de gauchos, rebeldes y personajes que dejaron su huella en la memoria popular. Carlos Bonserio