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domingo, 18 de octubre de 2026

"EL PIBE CABEZA"




El pistolero que puso en jaque a la policía

En la Argentina de la década de 1930, cuando los caminos de tierra unían pueblos agrícolas, las noticias viajaban al ritmo del ferrocarril y los automóviles comenzaban a ser un signo de modernidad, un joven delincuente logró convertirse en uno de los pistoleros más famosos del país. Se llamaba Rogelio Gordillo, aunque la historia lo recordaría por un apodo que parecía salido de una novela policial: el Pibe Cabeza.

Su carrera criminal tuvo como escenario distintas localidades de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa. Con una banda organizada, automóviles modernos y armas de gran potencia, protagonizó asaltos, persecuciones y enfrentamientos que alimentaron las crónicas policiales de su tiempo. Su figura terminaría inspirando relatos, libros y una película de Leopoldo Torre Nilsson, estrenada en 1975 y protagonizada por Alfredo Alcón.

Pero detrás del personaje famoso hubo una vida breve, marcada por la violencia, las fugas y una persecución policial que terminó durante los festejos del Carnaval porteño.

De la peluquería a la cárcel

Rogelio Gordillo nació el 9 de junio de 1910 en Colón, provincia de Buenos Aires. Era hijo de una familia de chacareros. Tras la muerte de su padre, en 1926, la familia se trasladó a General Pico, en La Pampa. Allí, Rogelio aprendió el oficio de peluquero, una ocupación que le permitía ganarse la vida.

Sin embargo, su historia tomó otro rumbo cuando se enamoró de una joven llamada Juana Prado. La familia de ella se oponía al noviazgo y el conflicto terminó de manera violenta: Gordillo baleó a la madre de la muchacha y huyó con su enamorada a una chacra. La policía encontró a la pareja el 18 de febrero de 1928.

Todavía era menor de edad y recibió una condena de ocho meses de prisión por lesiones. Durante su encierro entró en contacto con delincuentes de mayor experiencia. Aquella cárcel, que debía servir para corregir su conducta, terminó acercándolo al mundo del delito.

Podría decirse, quien siembra vientos cosecha tempestades. Pero sería simplificar demasiado su historia atribuir toda su trayectoria a un solo episodio. Lo cierto es que, a partir de entonces, las detenciones y los robos comenzaron a repetirse.

En 1932 se trasladó a Rosario, ciudad que por su actividad portuaria, comercial e industrial ofrecía oportunidades para los negocios legales, pero también para el delito. Allí se relacionó con integrantes del ambiente criminal y participó en nuevos asaltos.

Ese mismo año fue detenido por un robo y recibió una condena de cuatro años de prisión. Salió en libertad condicional el 16 de agosto de 1935. Tenía apenas 25 años y todavía le quedaba por delante el período que lo haría famoso.

Una banda diferente

En aquellos tiempos, los asaltantes dependían de la sorpresa, de la intimidación y de la posibilidad de escapar antes de que llegara la policía. Gordillo llevó ese procedimiento a una escala más organizada.

Formó una banda cuyos integrantes se desplazaban en automóviles robados, utilizaban armas de fuego de gran potencia y procuraban cambiar de vehículo y de escondite para dificultar las investigaciones. Entre sus compañeros figuraban Antonio Caprioli, conocido como el Vivo, y Floreal Martínez, apodado el Nene, además de otros cómplices.

Las ametralladoras Thompson, armas automáticas de origen estadounidense, daban a los asaltantes una capacidad de fuego considerable. La banda podía irrumpir en un comercio o una oficina, reducir a sus ocupantes y emprender la fuga en pocos minutos.

La novedad no residía solamente en las armas, sino también en la organización y la movilidad. Los delincuentes cruzaban límites provinciales, cambiaban los automóviles y aprovechaban las dificultades de coordinación entre las distintas policías.

Una banda relativamente pequeña podía así mantener en jaque a los investigadores de varias jurisdicciones.

Pero conviene no confundir eficacia criminal con valentía ni con inteligencia puesta al servicio del bien común. Detrás de la espectacularidad de los golpes había personas amenazadas, trabajadores expuestos a la violencia y familias que padecían sus consecuencias.

La persecución se extiende

Después de recuperar la libertad, Gordillo volvió rápidamente a los robos. Durante 1935 y 1936, él y sus compañeros protagonizaron distintos asaltos en La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires.

En octubre de 1935, la banda atacó la estancia La Chapela, en La Pampa. Los enfrentamientos posteriores con la policía dejaron muertos y heridos, mientras Gordillo lograba escapar. Su capacidad para desaparecer y reaparecer en lugares inesperados aumentó su fama.

En Rosario también participó en asaltos que adquirieron repercusión pública. Uno de los objetivos fue la Compañía Nobleza de Tabacos, cuyas oficinas fueron atacadas en mayo de 1936. La audacia del golpe alimentó las crónicas periodísticas.

Los investigadores descubrieron conexiones entre los delincuentes y personas que les facilitaban información o protección. Gordillo llegó incluso a vincularse con sectores políticos locales y a aspirar a un cargo de juez de paz en Los Molinos, Santa Fe. El contraste era llamativo: un hombre perseguido por numerosos delitos intentaba presentarse también como candidato a una función pública.

La historia revela que el delito organizado no siempre actúa aislado. Puede encontrar refugio en complicidades, favores y silencios. Cuando quienes deben garantizar la ley ayudan a burlarla, la sociedad entera paga las consecuencias.

En agosto de 1936, la banda robó la recaudación de los mataderos municipales de Rosario. Para escapar, utilizó vehículos diferentes, incluido un automóvil de una empresa funeraria, cuyo aspecto podía facilitar el paso por los controles.

Meses después volvió a asaltar una joyería. Los investigadores siguieron el rastro de los vehículos y de algunos cómplices, mientras los pistoleros continuaban cambiando de refugio.

El asalto que precipitó la caída

A fines de 1936, Gordillo y sus compañeros continuaron recorriendo pueblos y caminos rurales. Los asaltos a comercios y automovilistas se multiplicaron. En algunas ocasiones, la violencia parecía desproporcionada respecto del botín obtenido.

Uno de los episodios más graves ocurrió en enero de 1937, cuando la banda se desplazaba por Córdoba. Un automóvil atropelló accidentalmente a un canillita, Ubelindo González, de unos once años. Los delincuentes le ofrecieron dinero por el incidente y se disponían a marcharse cuando apareció el cabo primero Santiago Pilar Contreras.

El policía quiso intervenir y llevarlos a la comisaría. Los asaltantes lo redujeron y lo obligaron a subir al automóvil. También se llevaron al niño y, durante la huida, secuestraron a otras personas.

La banda consiguió escapar y trasladar a sus cautivos entre distintos vehículos y escondites. El canillita y una mujer fueron liberados días después. Sin embargo, Contreras había sido asesinado: su cuerpo apareció con siete impactos de bala en la espalda.

El crimen provocó una conmoción que superó el ámbito policial. Ya no se trataba solamente de una sucesión de robos: los delincuentes habían secuestrado a un niño, privado de libertad a varias personas y asesinado a un agente que intentaba cumplir con su deber.

La persecución se intensificó. Las autoridades de distintas provincias buscaban a los integrantes de la banda, mientras los diarios publicaban noticias sobre sus movimientos y reclamaban medidas más eficaces.

El cerco comenzaba a cerrarse.

Carnaval y muerte en Mataderos

A comienzos de febrero de 1937, los investigadores consiguieron indicios de que Gordillo se encontraba en Buenos Aires. Algunas de las mujeres vinculadas sentimentalmente con los fugitivos habían alquilado una vivienda en el barrio de Mataderos.

La policía organizó vigilancias y recorridas para localizar a los hombres. Mientras tanto, la ciudad se preparaba para celebrar el Carnaval, con comparsas, disfraces y murgas que llenaban las calles de música y movimiento.

La tarde del 9 de febrero, durante los festejos, los policías identificaron a Gordillo y a Caprioli. Los dos intentaron escapar y se produjo un enfrentamiento armado.

Desde seis puntos, abiertos en abanico, parten los disparos. Gordillo está cercado. Nunca se había sentido tan solo. Nunca había experimentado aquel vértigo, ese vacío helado en el centro del estómago, cuando hasta el hombre más audaz comprende que ya no hay escapatoria.

De pronto, la esquina se llena de silencio. El arma, recalentada por los disparos, se le escapa de las manos y cae al suelo.

Detrás del árbol, el Pibe Cabeza se desploma. Y con él, lentamente, comienza a derrumbarse su leyenda.

Vecinos y policías se acercan al cuerpo. Algunos todavía parecen esperar que se levante, que vuelva a empuñar el arma, que intente una última fuga. Pero no. El Pibe ha muerto.

El oficial Antequena contempla el cadáver con una excitación que apenas puede disimular. Sabe que la bala que derribó a Gordillo salió de su arma. Lo mira con una extraña mezcla de rencor y lástima, como si frente a aquel cuerpo inmóvil se enfrentaran, por última vez, el perseguidor y su presa.

La policía ha terminado con el fugitivo. Pero otra historia acaba de comenzar.

Porque mientras los curiosos se amontonan alrededor del muerto, mientras los comentarios empiezan a correr de boca en boca y los diarios se preparan para contar el final, los secretos mecanismos del mito ya están en movimiento.

El hombre ha caído. La leyenda, en cambio, acaba de echarse a andar.

Del prontuario a la leyenda

La muerte de Gordillo no terminó con su historia. Por el contrario, comenzó otra etapa: la transformación del delincuente en personaje popular.

Los periódicos lo habían presentado como un enemigo público temible. Sin embargo, alrededor de su figura surgió una fascinación que resulta difícil de explicar. Algunos testimonios recogidos con posterioridad señalaron que en ciertos barrios despertaba respeto e incluso simpatía.

¿Por qué un hombre responsable de asaltos, amenazas y asesinatos podía convertirse en objeto de admiración?

Tal vez influyera la imagen del rebelde que desafiaba a la autoridad, la espectacularidad de sus fugas o la manera en que la prensa narraba sus aventuras. También pudo pesar la tradición del bandido que, en el imaginario popular, se enfrenta a los poderosos. Pero Gordillo no fue un héroe social ni un luchador por una causa política: su trayectoria estuvo marcada por el beneficio propio y la violencia.

El comisario Enrique Fentanes publicó en 1953 un libro dedicado al personaje. Décadas después, Leopoldo Torre Nilsson llevó su historia al cine en El Pibe Cabeza, estrenada en 1975, con Alfredo Alcón en el papel principal. Así, la crónica policial pasó a formar parte de la cultura popular argentina.

Hay una diferencia fundamental entre recordar un personaje y convertirlo en modelo. La historia del Pibe Cabeza permite conocer una época, los métodos de investigación policial, la circulación de armas y automóviles y las dificultades que enfrentaban las autoridades ante bandas que atravesaban varias provincias.

También invita a reflexionar sobre el poder de los medios para convertir a un delincuente en leyenda. La notoriedad no borra los delitos, y la audacia no transforma la crueldad en virtud.

La fama puede crecer donde la justicia se estremece; pero ninguna leyenda devuelve la vida a sus víctimas.

Cuarteta final

Del camino al callejón,
fue dejando su condena;
la violencia fue su pena,
y el final, su perdición.

MUJERES ALIENADAS EN LA ARGENTINA:

 


UNA LOCA HISTORIA

 Alienadas en la Colonia

Durante la época colonial, las mujeres que padecían trastornos mentales vivían una realidad difícil. La medicina todavía no comprendía estas enfermedades como lo hace hoy, y la locura solía explicarse mediante creencias religiosas, prejuicios y juicios morales. Quienes se apartaban de las conductas consideradas normales podían terminar aisladas de sus familias y de la sociedad.

La suerte de aquellas mujeres dependía también de su posición económica. Las familias acomodadas podían mantenerlas recluidas en sus hogares; las pobres, en cambio, quedaban más expuestas al abandono, la intervención de las autoridades y el encierro en instituciones religiosas o cárceles.

Se las llamaba alienadas, como si hubieran quedado apartadas de la razón y, por eso mismo, de la comunidad. La palabra reflejaba una época en la que resultaba más sencillo separar a quien era diferente que comprender su sufrimiento.

Como dice el refrán, «Ojos que no ven, corazón que no siente». Apartar a estas mujeres de la mirada pública podía tranquilizar a la sociedad, pero no solucionaba sus problemas.

De cepos, calabozos y otras hierbas

En la Buenos Aires colonial no existía una red especializada para atender a las personas consideradas dementes. La asistencia se repartía entre hospitales, conventos y establecimientos de reclusión. En determinados casos, la cárcel se convertía en destino de quienes alteraban el orden público o eran juzgadas como peligrosas.

Los cepos, las cadenas y los calabozos eran instrumentos de contención y castigo. No constituían tratamientos médicos en el sentido moderno, sino respuestas propias de una sociedad que veía la locura como una amenaza al orden establecido.

La pobreza, los conflictos familiares y la falta de protección agravaban la situación de muchas mujeres. Algunas permanecían encerradas durante largos períodos, sin perspectivas claras de recuperación.

Pero no toda conducta considerada extraña era necesariamente una enfermedad mental. La agitación, la desobediencia y el incumplimiento de las normas sociales podían confundirse con señales de locura. En una sociedad rígida, apartarse de lo establecido podía tener consecuencias graves, especialmente para las mujeres.

El primer loquero de Buenos Aires

Con el crecimiento de la ciudad, las autoridades comenzaron a organizar establecimientos para atender a la población enferma. Los primeros hospitales generales recibían también a personas consideradas dementes, que compartían espacios con otros enfermos y personas sin hogar.

La Residencia y posteriormente el Hospital General de Hombres desempeñaron un papel importante en la concentración de pacientes alienados. Sin embargo, aquellos establecimientos eran, al mismo tiempo, lugares de asistencia y de encierro.

La palabra popular loquero resume la imagen que quedó de estos sitios: espacios donde se reunía a quienes la sociedad no sabía cómo tratar.

La falta de recursos, las condiciones sanitarias deficientes y la escasez de personal especializado dificultaban la atención. Para las mujeres, el panorama era todavía más complejo, porque dependían de establecimientos femeninos y de instituciones de beneficencia.

Con el tiempo se avanzó hacia la creación de instituciones específicas. Pero, como suele decirse, «No todo lo que brilla es oro»: separar a las pacientes en un hospital especializado no garantizaba, por sí solo, una atención digna ni la desaparición de los prejuicios.

El Protomedicato y los primeros peritajes

El Protomedicato fue una institución fundamental para organizar y regular la práctica médica durante el período colonial. Su existencia representó un paso hacia una mayor intervención de las autoridades sanitarias, aunque las creencias religiosas y morales siguieran influyendo en la interpretación de las enfermedades.

La cuestión de la locura también adquirió importancia judicial. Era necesario determinar si una persona comprendía sus actos, podía administrar sus bienes o debía responder ante la justicia. Así comenzaron a cobrar relevancia los peritajes médicos.

Sin embargo, aquellos procedimientos estaban lejos de la psiquiatría actual. Los conocimientos eran limitados y los diagnósticos dependían de las concepciones de cada época.

En el caso de las mujeres, la obediencia, la moral sexual y el cumplimiento de las obligaciones familiares pesaban especialmente en la evaluación de sus conductas. La autoridad médica fue ganando espacio para decidir quién era considerado normal y quién debía ser apartado.

La historia nos obliga a mirar con cautela aquellos diagnósticos: detrás de cada expediente había una persona, una familia y un destino que podían quedar sujetos a decisiones difíciles de revertir.

El Hospital General de Mujeres y su depósito de alienadas

Durante mucho tiempo, las mujeres consideradas dementes fueron alojadas en el Hospital General de Mujeres, sin contar con un establecimiento exclusivo para su atención.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852, la Sociedad de Beneficencia volvió a desempeñar un papel importante en la administración de instituciones asistenciales. Tomasa Vélez Sarsfield, vinculada a la inspección del Hospital de Mujeres, advirtió sobre las condiciones de las enfermas y promovió la búsqueda de un lugar más apropiado.

Se habilitó un espacio conocido como Patio de Dementes, pero la solución resultó insuficiente. El aumento de las internaciones y la precariedad de las instalaciones dificultaban la atención.

La palabra depósito expresa una realidad inquietante: las mujeres eran alojadas y vigiladas, pero no siempre recibían los cuidados que necesitaban. La prioridad parecía ser mantenerlas bajo control antes que ofrecerles posibilidades de recuperación.

La creación de un establecimiento separado fue una respuesta a esa situación. Sin embargo, también inauguró una nueva etapa en la historia del encierro psiquiátrico femenino.

Locas y peligrosas

La asociación entre locura y peligrosidad influyó durante mucho tiempo en la manera de tratar a las personas con trastornos mentales. Quienes eran considerados peligrosos podían quedar sometidos a vigilancia y aislamiento, incluso cuando esa calificación no respondía a hechos violentos concretos.

En las mujeres, los prejuicios sociales podían adquirir un peso particular. Una conducta que desafiara las normas tradicionales de obediencia y sumisión podía interpretarse como señal de anormalidad.

Esto no significa que las enfermedades fueran imaginarias ni que todas las internaciones carecieran de justificación. Significa que debemos distinguir entre la enfermedad, el diagnóstico médico y los prejuicios culturales que podían influir en las decisiones.

En medio de aquella historia, vale detenerse en el destino de tantas mujeres cuya voz apenas aparece en los documentos:

Tras los muros se apagaba
una voz que nadie oía;
la sociedad la encerraba,
pero el dolor persistía.

La cuarteta recuerda que detrás de las rejas no había solamente expedientes o diagnósticos, sino seres humanos con temores, sentimientos y derechos.

De la Convalecencia al Hospital Moyano

En 1854 se organizó en Buenos Aires un establecimiento específico para las mujeres consideradas alienadas, en el predio conocido como la Convalecencia. La iniciativa estuvo vinculada a Tomasa Vélez Sarsfield, la Sociedad de Beneficencia y el médico Ventura Bosch.

En marzo de ese año se habilitó el establecimiento y fueron trasladadas allí las mujeres internadas en el Hospital General de Mujeres. Los registros históricos mencionan aproximadamente entre 64 y 68 pacientes en aquel traslado inicial.

La apertura representó un cambio importante: las mujeres disponían ahora de una institución destinada específicamente a su atención. Sin embargo, la especialización no eliminó las dificultades. La escasez de recursos y el aumento de la población internada volvieron a generar problemas de hacinamiento.

Durante las décadas siguientes se proyectaron nuevas instalaciones. En 1894 comenzaron las gestiones para construir un hospital de mayor capacidad, con pabellones y espacios organizados para atender a las pacientes. Las obras se prolongaron durante años y el establecimiento ampliado fue inaugurado en 1908.

A través de sucesivas transformaciones institucionales, aquel lugar se convirtió en antecedente del actual Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano.

El recorrido desde los calabozos coloniales hasta el hospital especializado muestra un cambio profundo en la historia de la asistencia sanitaria. Pero también revela la persistencia de problemas: recursos insuficientes, hacinamiento y una tendencia a resolver aquello que incomodaba a la sociedad mediante el aislamiento.

La historia de las mujeres alienadas es, en definitiva, la historia de muchas personas pobres, enfermas o desprotegidas cuya voz quedó relegada al silencio de los archivos.

Sentencia final

No hay razón que justifique
despojar a nadie de su dignidad;
la verdadera humanidad
se demuestra en cómo se cuida.

Una sociedad no se mide por la manera en que trata a quienes considera normales, sino por la dignidad y la compasión que brinda a quienes más necesitan su ayuda.

Carlos Bonserio. Recopilación basada en el artículo de Andrea Orozco y Valeria Dávila y en aportes de otros autores argentinos.


 

viernes, 16 de octubre de 2026

LOS CROTOS: viajeros de la libertad, el hambre y los caminos

 



Una historia de hombres que recorrieron la Argentina con un atado de ropa al hombro, durmiendo junto a las vías y buscando en cada estación una oportunidad para ganarse el pan.

Hubo un tiempo en que por los campos argentinos, las estaciones ferroviarias y los caminos rurales circulaban unos personajes que parecían no pertenecer a ningún lugar. Vestían ropas gastadas, llevaban pocas pertenencias y viajaban de un sitio a otro siguiendo el ritmo de las cosechas y las changas.

Eran los crotos, también llamados linyeras. Para algunos, vagabundos; para otros, trabajadores trashumantes que habían elegido —o a quienes la vida había empujado a— una existencia alejada de las obligaciones convencionales.


Como dice el refrán: «Cada cual sabe dónde le aprieta el zapato». Detrás de aquellas ropas andrajosas había historias que pocos se detenían a escuchar.

¿De dónde viene la palabra croto?

La explicación más difundida relaciona el término con José Camilo Crotto, gobernador bonaerense entre 1918 y 1921.

Durante su gobierno se dictó una disposición que permitió a determinados peones rurales viajar gratuitamente en trenes de carga para trasladarse hacia los lugares donde se necesitaban trabajadores para las cosechas.

Aquellos hombres comenzaron a ser asociados con la expresión «viajar por Crotto», y con el tiempo la palabra croto pasó a identificar a personas pobres, desaliñadas o que llevaban una vida errante.

Pero no todos eran iguales. Algunos eran trabajadores golondrina que se desplazaban según las temporadas agrícolas. Otros habían abandonado sus hogares por conflictos familiares, dificultades económicas o el deseo de vivir sin ataduras.

No todo el que viajaba era un vagabundo, ni todo el que parecía vagabundo carecía de oficio.

El ferrocarril: una patria de rieles

Para los crotos, el ferrocarril fue mucho más que un medio de transporte. Era el eje de su mundo.

Las vías comunicaban pueblos, estancias, puertos y ciudades. Donde había una cosecha o una posibilidad de ganar unas monedas, allí podía dirigirse el viajero.

Los trenes de carga les permitían recorrer grandes distancias. El croto aprendía a conocer estaciones, campos y lugares donde encontrar trabajo, alimento o refugio.

No tenía domicilio fijo, pero conocía una geografía que muchos habitantes sedentarios jamás llegaban a descubrir.

«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar», escribió Antonio Machado. Para aquellos hombres, el camino no era solamente una metáfora: era su vida cotidiana.

La ranchada y el mono

Al caer la noche, los crotos solían reunirse en lugares apartados para formar una ranchada. Allí encendían un fuego, preparaban algo de comer y compartían las noticias recogidas durante sus viajes.

Cada uno podía aportar lo que hubiera conseguido: un poco de pan, yerba o algún alimento. No siempre había abundancia, pero la solidaridad podía marcar la diferencia entre pasar una noche soportable y sufrirla en soledad.

Sus pertenencias eran escasas. El mono era el atado donde guardaban la ropa y los objetos personales. El equipaje debía ser liviano: cuando toda la vida cabe en un bulto, cada cosa tiene que justificar su peso.

La ranchada también tenía sus códigos. Había que saber compartir, respetar lo ajeno y evitar conflictos innecesarios. La experiencia enseñaba a reconocer a los compañeros confiables.

Por supuesto, no todos los encuentros eran fraternales. También existían disputas y engaños. Pero el fuego compartido podía crear vínculos profundos entre hombres que, pocas horas después, quizá volvieran a separarse.

Como dice el refrán: «En la necesidad se conoce al amigo».

El hambre y el frío

La imagen del hombre libre que recorre el mundo con su equipaje al hombro puede resultar atractiva. Sin embargo, la realidad de muchos crotos era mucho más dura.

El hambre, el frío, las enfermedades y la falta de un lugar seguro para dormir eran problemas cotidianos. Una lluvia prolongada podía arruinar el viaje; una temporada sin cosechas podía dejarlos sin ingresos.

Algunos trabajaban en la recolección de cereales y otras tareas rurales. Otros dependían de empleos ocasionales o de la ayuda de sus compañeros.

La libertad tenía un precio: no estar atado a un patrón permanente también significaba carecer de un salario asegurado, una vivienda estable y protección para la vejez.

«No es oro todo lo que reluce». La vida errante podía ofrecer independencia, pero también una dureza difícil de imaginar desde afuera.

Bepo: un hombre que ayudó a contar aquella historia

Entre los personajes que permiten comprender ese mundo se encuentra José Américo Ghezzi, conocido como Bepo, cuya experiencia fue recogida por Hugo Nario.

Bepo vivió durante años como linyera. Sus recuerdos de los caminos, los compañeros y las experiencias vividas permitieron conocer mejor aquella forma de existencia.

Su historia muestra que detrás de la figura del croto había mucho más que pobreza o desaliño: había observación, sensibilidad y una manera particular de entender la vida.

La relación entre Bepo y Nario permitió rescatar recuerdos que, de otro modo, podrían haberse perdido. Así, una experiencia individual se convirtió en una ventana hacia la vida de muchos otros.

La historia oral tiene precisamente ese valor: escuchar a quienes estuvieron allí antes de que desaparezcan los últimos testigos.

El trabajo y las luchas

Aunque la imagen popular suele asociar al croto con la libertad individual, muchos eran trabajadores rurales que dependían de empleos temporarios y de condiciones económicas que no controlaban.

Las transformaciones del campo, las crisis y la mecanización agrícola fueron modificando sus posibilidades de trabajo.

También hubo organización y conflictos colectivos. Los trabajadores rurales reclamaron mejores condiciones y defendieron sus posibilidades de empleo y subsistencia. La historia de los crotos no estuvo separada de las luchas obreras de su tiempo.

El hombre que viajaba solo podía descubrir que compartía los mismos problemas que muchos otros.

Porque «La unión hace la fuerza», incluso entre quienes no tenían una casa fija ni un lugar permanente donde reunirse.

El ocaso de una forma de vida

Con los cambios en el transporte ferroviario, el avance de los camiones y la mecanización de las cosechas, el mundo croto fue perdiendo sus antiguos espacios.

Algunos se establecieron en pueblos y ciudades; otros continuaron viajando mientras pudieron. La vejez, sin embargo, planteaba una pregunta difícil: ¿qué sucede cuando un hombre acostumbrado a caminar ya no tiene fuerzas para continuar?

Sin vivienda estable ni una familia cercana, envejecer podía convertirse en una experiencia de soledad y desamparo.

Hoy, la palabra croto suele utilizarse como insulto para describir a alguien desaliñado. Pero su historia es mucho más rica: habla de trabajadores que recorrieron enormes distancias, aprendieron a sobrevivir con poco y formaron parte de una Argentina rural que ya no existe de la misma manera.

No todos eligieron aquella vida por las mismas razones. Algunos buscaron escapar de las obligaciones; otros sencillamente necesitaban trabajar donde hubiera una oportunidad.

Hugo Nario contribuyó a rescatar ese pasado y a conservar la memoria de hombres cuyas vidas difícilmente habrían aparecido en los grandes libros de historia.

Como dice el refrán: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

Unas líneas para despedirnosPor los rieles de la pampa,

con su mono y su soledad,
fueron buscando trabajo,
un techo y una oportunidad.
La historia guardó sus pasos,
el viento los vio partir;
quien escucha sus recuerdos,
los ayuda a revivir.

Una adivinanza para los lectores

No soy casa ni valija,
pero guardo lo esencial;
voy colgado de un hombro
por caminos sin final.

¿Qué soy?

Respuesta: el mono, el atado donde el croto llevaba sus pertenencias.

Y ahora, una pregunta para quienes visitan este blog: ¿recuerdan haber visto alguna vez a un croto o linyera en una estación ferroviaria, en un campo o junto a las vías? ¿Conocieron a alguien que llevara esa vida?

Los recuerdos de nuestros mayores pueden completar lo que los libros no alcanzaron a contar.

Porque hay hombres que no dejaron monumentos, pero dejaron caminos. Y mientras alguien recuerde sus pasos, no habrán desaparecido del todo.

— Secretos de Necochea y Quequén

Autor y recopilador: Carlos Bonserio

Referencia Histórica Hugo Nario

LAS LUCHAS FEMINISTAS EN LA ARGENTINA



 




Mujeres que se animaron a cambiar la historia

Una historia de derechos negados, voces rebeldes y mujeres que se atrevieron a reclamar un lugar bajo el sol.

Hay historias que durante mucho tiempo quedaron escondidas entre las páginas de los libros. No porque fueran pequeñas, sino porque quienes las protagonizaron eran mujeres a las que pocas veces se les reconocía el derecho de hablar, decidir y participar en la vida pública.

La historia del feminismo argentino es una de ellas.  

Para comprender aquellas luchas, hay que trasladarse a una época en la que muchas mujeres tenían limitada su autonomía jurídica, encontraban enormes dificultades para acceder a la educación superior y recibían salarios inferiores a los de los hombres. Además, se esperaba de ellas que su principal destino fuera el hogar, el matrimonio y la crianza de los hijos.

Como dice el refrán: «El que no llora, no mama». Pero durante mucho tiempo, cuando las mujeres levantaban la voz, había quienes pretendían hacerlas callar.

Una sociedad que reservaba pocos derechos para las mujeres

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la Argentina recibía inmigrantes, construía ferrocarriles, ampliaba sus ciudades y se transformaba económicamente. Sin embargo, el progreso no llegaba de la misma manera a todos.

Las mujeres trabajaban en fábricas, talleres, comercios y casas particulares. Muchas otras realizaban tareas domésticas sin remuneración, una labor indispensable para sostener a sus familias, pero escasamente reconocida como trabajo.

La situación era todavía más difícil para las mujeres pobres, que debían ganarse el sustento en condiciones frecuentemente precarias.

La contradicción era evidente: mientras las mujeres contribuían al crecimiento del país, tenían escasas posibilidades de intervenir en las decisiones políticas que afectaban sus propias vidas.

¿Acaso el esfuerzo tenía sexo? ¿La inteligencia dependía de ser hombre o mujer?

Aquellas preguntas comenzaron a convertirse en reclamos concretos.

Las primeras voces de la emancipación

Las ideas feministas encontraron eco entre mujeres vinculadas al socialismo, el anarquismo, el liberalismo y otros movimientos de renovación social. No todas pensaban igual, pero muchas coincidían en una cuestión fundamental: las mujeres debían tener derechos propios y no depender permanentemente de la voluntad masculina.

Entre las figuras destacadas estuvo Cecilia Grierson, primera médica argentina, graduada en 1889, que debió enfrentar prejuicios para estudiar y ejercer su profesión.

También sobresalió Julieta Lanteri, médica y militante por los derechos políticos femeninos, quien hizo de la participación electoral una de sus principales banderas.

Alicia Moreau de Justo, médica y socialista, dedicó buena parte de su vida a la educación, los derechos de las mujeres y las reivindicaciones obreras.

Otra figura fue Elvira Rawson, médica y defensora de los derechos civiles y políticos femeninos.

Estas mujeres no luchaban únicamente por obtener reconocimiento personal. Pretendían modificar las reglas de una sociedad que consideraba natural la subordinación femenina.

Y aquí viene a cuento otro dicho popular: «El camino se hace al andar». Cada una abrió una senda que otras pudieron continuar.

El trabajo femenino también fue un campo de batalla

Las reivindicaciones feministas no se limitaron al derecho a votar. Incluyeron las condiciones laborales, la educación, la igualdad ante la ley y la posibilidad de disponer de los propios ingresos.

En fábricas y talleres, las trabajadoras enfrentaban jornadas extensas, salarios bajos y escasa protección. Las obreras textiles y las empleadas de distintos establecimientos participaron en protestas y organizaciones gremiales.

Entre las militantes que se ocuparon de estos problemas se destacó Carolina Muzzilli, trabajadora y socialista que investigó las condiciones de vida de las obreras y denunció la explotación laboral.

Las demandas incluían mejores salarios, reducción de la jornada, descanso, protección de la maternidad y condiciones de trabajo más seguras.

Había también una discusión de fondo: si una mujer trabajaba y aportaba al sostenimiento de su familia, ¿por qué debía recibir menos que un hombre por tareas equivalentes?

La cuestión sigue teniendo resonancias en nuestros días.

Porque «No hay peor ciego que el que no quiere ver»: ignorar el trabajo de las mujeres no lo hacía menos necesario, sino menos reconocido.

Los derechos civiles y políticos

Uno de los grandes obstáculos era la situación jurídica de las mujeres casadas, cuya autonomía estaba limitada por la legislación de la época.

La Ley 11.357, sancionada en 1926, amplió los derechos civiles de las mujeres, aunque no estableció una igualdad jurídica completa.

En el terreno político, el reclamo era todavía más difícil. Las mujeres no podían votar en las elecciones nacionales y quedaban excluidas de una parte esencial de la ciudadanía.

Julieta Lanteri llegó a votar en elecciones municipales porteñas en 1911, aprovechando que las normas vigentes no excluían expresamente a las mujeres de aquel registro electoral. Fue una experiencia excepcional que mostró las contradicciones del sistema.

El movimiento sufragista organizó campañas, presentó peticiones, impulsó simulacros electorales y reclamó que la ciudadanía no dependiera del sexo.

Finalmente, en 1947 se sancionó la Ley 13.010, que reconoció los derechos políticos de las mujeres en el ámbito nacional. En 1951, las argentinas votaron por primera vez en una elección presidencial.

Fue una conquista decisiva, aunque no significó que todas las desigualdades desaparecieran de un día para otro.

Como suele decirse, «Roma no se hizo en un día». Los cambios legales abren puertas, pero transformar las costumbres y los prejuicios requiere tiempo.

Los prejuicios contra el feminismo

Las primeras feministas tuvieron que enfrentar burlas, descalificaciones y argumentos que presentaban sus reclamos como una amenaza para la familia y el orden social.

A algunas se las consideraba excéntricas por estudiar una carrera, hablar en público o participar en reuniones políticas. Otras debían conciliar su militancia con el trabajo y las responsabilidades familiares.

El feminismo tampoco fue un movimiento uniforme. Hubo diferencias entre quienes priorizaban los derechos políticos, quienes destacaban las condiciones de las trabajadoras y quienes defendían transformaciones sociales más profundas.

Sin embargo, esas diferencias no borraban el punto central: la idea de que las mujeres debían tener capacidad para decidir sobre su educación, su trabajo, su patrimonio y su participación pública.

La historia demuestra que los derechos que hoy parecen evidentes muchas veces fueron considerados imposibles antes de conquistarse.

Una lucha que no terminó

Al recordar aquellas pioneras, no se trata de imaginar que todas tenían las mismas ideas ni de convertirlas en heroínas sin contradicciones. Se trata de reconocer el valor de quienes cuestionaron desigualdades aceptadas durante generaciones.

Feijoó dedicó su investigación a recuperar ese pasado cuando la historia de las mujeres todavía ocupaba un espacio reducido en numerosos relatos históricos. Su trabajo contribuyó a dar visibilidad a luchas que no debían quedar relegadas al olvido.

Hoy, muchos de aquellos reclamos se encuentran incorporados a las leyes y a la vida cotidiana. Sin embargo, la igualdad formal no elimina automáticamente todas las desigualdades reales.

Por eso, conocer esta historia sirve para comprender que los derechos no aparecieron por generación espontánea. Fueron resultado de debates, organizaciones, sacrificios y perseverancia.

Dicho popular: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

Unas líneas para recordar

Hubo mujeres que abrieron caminos,
cuando era más fácil callar;
sembraron derechos y sueños,
que otras pudieron cosechar.

Una adivinanza para los lectores

No tengo espada ni corona,
pero puedo transformar una nación.
Cuando me niegan, me reclaman;
cuando me conquistan, cambia una generación.

¿Qué soy?

Deja tu respuesta en los comentarios. Y si conoces alguna historia de mujeres de tu familia que hayan tenido que luchar para estudiar, trabajar o decidir por sí mismas, compartila.

Porque detrás de cada derecho conquistado hay una historia humana que merece ser contada.

La historia también se escribe con aquellas voces que, durante demasiado tiempo, otros quisieron 

Autor y recopilador: Carlos Bonserio

Referencia :María del Carmen Feijoó



EL OFICIO DE PICAR PIEDRA EN TANDIL


 Una historia tallada en piedra


Hombres de martillo y barreno, inmigrantes de muchas tierras, familias enteras viviendo al pie de las sierras y una lucha obrera que dejó huellas mucho más profundas que las de sus herramientas.

Hay historias que no se escribieron con tinta, sino con sudor, golpes de martillo y pedazos de granito. Una de ellas es la de los picapedreros de Tandil, aquellos hombres que durante décadas trabajaron las piedras de las sierras y contribuyeron a levantar calles, veredas y edificios de numerosas ciudades argentinas.

Pero su historia no se limita al oficio. Fue también la de una comunidad singular, casi un pequeño mundo dentro de otro mundo, con sus propias costumbres, sus viviendas, sus conflictos, sus ideas políticas y sus luchas por una vida más digna.

Como dice el refrán: «Cada piedra tiene su historia, aunque no siempre encontremos quién la cuente».

Una industria nacida de las sierras

Hacia fines del siglo XIX, la Argentina vivía una etapa de crecimiento. Las ciudades se extendían, se abrían calles y los adoquinados se convertían en una necesidad. Tandil contaba con una riqueza natural extraordinaria: sus sierras de granito.

La piedra extraída no se enviaba simplemente en bruto. En las mismas canteras se la transformaba en adoquines, cordones y otras piezas utilizadas en la construcción. Era una actividad minera y artesanal al mismo tiempo.

Con la llegada del ferrocarril a Tandil, en 1883, el transporte se hizo más sencillo y la industria pudo abastecer mercados cada vez más distantes.

Para realizar aquel trabajo no bastaba con tener fuerza. Había que conocer las vetas, manejar herramientas con precisión y aprender a reconocer cómo debía golpearse cada bloque para obtener la pieza deseada.

El oficio se transmitía de los trabajadores experimentados a los jóvenes, y de padres a hijos. Cada especialidad tenía sus secretos, aprendidos a través de la práctica.

«La experiencia es la madre de la ciencia», dice otro refrán. En las canteras, muchas veces, la experiencia se adquiría a fuerza de errores, paciencia y manos lastimadas.

Inmigrantes que trajeron algo más que sus herramientas

Muchos de los primeros trabajadores especializados llegaron de Italia, donde ya conocían el oficio de la piedra. Más tarde se incorporaron españoles, yugoslavos y otros inmigrantes. Con ellos llegaron diferentes idiomas, comidas, canciones, costumbres e ideas políticas.

No se trataba solamente de un conjunto de hombres que concurrían diariamente a trabajar. Alrededor de las canteras se formaron comunidades con una identidad propia.

Las familias vivían cerca de los lugares de trabajo, en campamentos y viviendas sencillas. Los niños crecían viendo trabajar a sus mayores y, desde pequeños, se familiarizaban con las herramientas y los movimientos del oficio.

Las canteras, en muchos casos, estaban cercadas y los trabajadores residían dentro de esos predios. Esa circunstancia contribuyó a que se desarrollara un mundo relativamente aislado, del que incluso muchos vecinos de Tandil conocían poco.

La vida cotidiana mezclaba el trabajo agotador con las reuniones familiares, las amistades, las fiestas, los conflictos y la solidaridad entre compañeros.

Porque, como suele decirse, «Donde hay una comunidad, también hay una historia compartida».

Las curiosas reglas de aquel mundo

Una de las características más llamativas era el sistema de pago mediante vales o fichas, conocidos como plecas. En lugar de recibir siempre dinero de circulación corriente, los trabajadores podían cobrar con esos instrumentos y utilizarlos en las proveedurías vinculadas a las canteras.

El sistema favorecía la dependencia respecto de los patrones, especialmente cuando los comercios estaban dentro de los propios establecimientos y los trabajadores tenían dificultades para comprar libremente en otros lugares.

Las jornadas podían extenderse desde el amanecer hasta el anochecer, y las condiciones laborales eran duras. El esfuerzo físico, el riesgo de accidentes y la incertidumbre sobre los ingresos formaban parte de la vida cotidiana.

Había, además, una relación particular entre patrones y obreros. Algunos testimonios recogidos posteriormente describieron vínculos casi paternalistas; pero esa relación no eliminaba las desigualdades ni los reclamos por mejores condiciones.

El problema no era solamente cuánto se ganaba. También importaban la libertad de movimiento, el derecho a elegir dónde comprar, el descanso y la posibilidad de organizarse para defender intereses comunes.

Cuando el trabajo no alcanza para vivir con dignidad, la paciencia tiene un límite.

La organización obrera y la Huelga Grande

El 6 de octubre de 1906 quedó constituida la Unión Obrera de las Canteras de Tandil. La organización buscaba defender a los trabajadores y mejorar sus condiciones laborales.

En algunas explotaciones se consiguieron acuerdos, pero las mejoras no alcanzaban a todos. Era necesario extenderlas al conjunto de las canteras.

El 26 de octubre de 1908 comenzó la histórica Huelga Grande, que se prolongó durante aproximadamente once meses, hasta septiembre de 1909.

Los reclamos incluían el reconocimiento del sindicato, el pago en dinero en reemplazo de las plecas, la reducción de las jornadas y el descanso dominical. También estaba en juego la posibilidad de comprar fuera de las proveedurías patronales.

La huelga exigió organización y perseverancia. Hubo trabajadores detenidos, episodios de represión y momentos difíciles para familias que dependían de sus salarios. La solidaridad entre compañeros resultó fundamental para sostener el conflicto.

La influencia de las ideas anarquistas y de otras corrientes del movimiento obrero formó parte de aquella experiencia. Sin embargo, no todos los trabajadores pensaban igual ni perseguían necesariamente los mismos objetivos: para muchos, la preocupación inmediata era conseguir trabajo, alimentar a sus hijos y vivir sin tantas restricciones.

Como recordó un viejo trabajador en una frase recogida en la tradición oral de aquellas luchas: «El hambre es la guerra».

La victoria de la Huelga Grande significó un cambio profundo. Los obreros obtuvieron conquistas laborales y mayor libertad para desenvolverse fuera de las canteras. El dinero que antes quedaba condicionado por el sistema de las proveedurías comenzó a circular también por los comercios de Tandil.

La ciudad recibió así el movimiento económico de una población trabajadora que hasta entonces había vivido, en buena medida, apartada de ella.

El apogeo y el ocaso

La industria de la piedra alcanzó una gran expansión durante los primeros años del siglo XX. En 1913, según la información histórica reunida sobre la actividad, la producción llegó a unas 410.000 toneladas y ocupaba a alrededor de 2.500 trabajadores.

Pero ninguna prosperidad está garantizada para siempre. Las crisis económicas, la reducción de la demanda y los cambios en los métodos de explotación fueron debilitando la antigua organización del trabajo.

Cuando las canteras perdieron actividad, numerosas familias debieron buscar otras ocupaciones. Algunos picapedreros emigraron hacia otros centros de trabajo, entre ellos Mar del Plata, donde se emplearon en la elaboración de piedra para la construcción.

El antiguo mundo de las canteras comenzó a desintegrarse. Con él se fueron perdiendo formas de convivencia, conocimientos transmitidos de generación en generación y recuerdos que, de no haber sido recogidos, habrían desaparecido con sus protagonistas.

El escritor e investigador Hugo Nario dedicó años a reconstruir esa historia mediante documentos y testimonios de antiguos trabajadores y sus descendientes. Su investigación permitió rescatar no solamente las huelgas y las estadísticas, sino también aspectos de la vida íntima de aquella comunidad.

Una memoria que merece perdurar

Hoy, cuando contemplamos las sierras de Tandil, es fácil admirar su belleza y olvidar que durante décadas fueron también lugares de trabajo, sacrificio y esperanza.

Los picapedreros transformaron la piedra, pero ellos mismos fueron transformados por las condiciones en que vivieron. Aprendieron un oficio exigente, construyeron familias, organizaron sindicatos y lucharon por derechos que no recibieron como regalo.

Quizá el mejor homenaje sea recordar que detrás de cada adoquín hubo una mano trabajadora, y detrás de cada trabajador, una vida entera.

La piedra puede durar siglos. La memoria, en cambio, necesita que alguien la mantenga viva.

Unas líneas para despedirnos:

Golpe a golpe, piedra a piedra,
se fue tallando el camino;
quedó el sudor en la sierra,
y en la historia, su destino.

Una adivinanza para los lectores

Nací dentro de una sierra,
me golpearon sin cesar;
viajé para muchas ciudades
y ayudé sus calles a formar.

¿Qué soy?

Dejá tu respuesta en los comentarios. Y si en tu familia hubo un picapedrero, o conservás alguna historia de aquellos trabajadores, compartila: los recuerdos familiares también forman parte de la historia de los pueblos.

Porque los hombres pasan, pero sus obras y sus luchas pueden seguir hablando a través del tiempo.

Referencias: Hugo Nario, Los picapedreros

jueves, 15 de octubre de 2026

Está embrujada Necochea

 





Jajaja…

¿No estaremos embrujados los necochenses y quequenenses? No creo en las brujas, pero que las hay, las hay. Siempre veo escobas en las casas de mis amigos y parientes. ¡Y algunas parecen tener más años que sus dueños!

Como dice un viejo refrán: «Yo no creo en las brujas, pero de que vuelan, vuelan».

¿Quién no se ha hecho leer las manos, consultar la borra del café, acudir a una curandera o pedir que le echen las cartas para conocer el futuro? ¿Cuántos hemos recurrido a esos lugares, perseguidos por dudas e incertidumbres? A veces creemos que la solución está más allá de nuestra inteligencia. Y hasta las personas más importantes y preparadas tienen sus temores.

Porque, como dice el refranero popular, «el miedo no es zonzo, pero a veces se disfraza de prudencia».

Aunque científicamente no se haya comprobado la existencia de poderes mágicos, hay quienes aseguran haber encontrado alivio en estas creencias. ¿Será sugestión, casualidad, fe o algo que todavía no alcanzamos a comprender?

Como dice otro dicho: «Cuando la razón se queda sin respuestas, la imaginación abre sus ventanas».

Este tema me retrotrae a la década del noventa, cuando escribí Médano Blanco. En sus páginas encontré una historia que merece ser contada.

El intendente y el centro de energía

En las charlas habituales que Bastian mantenía con Don Juan, un día el viejo le confesó que tenía algo importante que contarle sobre sus incursiones al centro de energía. Le pidió absoluta discreción y le rogó que no divulgara la historia hasta después de su muerte.

Don Juan tenía una linda amistad con un médico anestesista al que había conocido siendo muy joven y que, con el tiempo, llegó a convertirse en un importante político local.

Era frecuente que el médico visitara la casa del viejo, en la playa de Quequén. Mate de por medio, conversaban sobre distintos temas. Don Juan le contaba sus vivencias de la época en que había trabajado como procurador y sus viajes como piloto de avión.

Pero todo cambió alrededor de 1995, cuando aquel médico fue elegido intendente de la ciudad.

La responsabilidad de conducir una comuna, los intereses políticos contrapuestos y los problemas sociales comenzaron a ejercer una presión enorme sobre él. Su salud se resintió y su organismo empezó a dar señales de desequilibrio.

La hipertensión lo atacaba durante las discusiones: la cara se le transformaba y los nervios parecían dominarlo. Cuando los problemas se volvían difíciles de resolver, aparecía el insomnio. No podía dormir.

En sus charlas con Don Juan, le confesaba que cada día recurría a más sedantes para tranquilizarse, pero el resultado era contraproducente. Su rendimiento desmejoraba y, durante los actos de gobierno, a veces tartamudeaba al pronunciar sus discursos. En su casa parecía un zombi.

Su esposa le recomendó consultar a una psicoanalista amiga. Él, poco convencido de esa terapia, prefirió pedirle consejo al viejo.

Don Juan le explicó que, muchas veces, para curar las heridas de la mente necesitamos recurrir a aquello que menospreciamos o que no alcanzamos a comprender.

Y aquí cabe aquel refrán poco recordado: «No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír».

El viejo se ofreció a llevarlo al centro de energía de Médano Blanco, con la intención de ayudarlo a equilibrar sus energías, demasiado alteradas —según su interpretación— por la intensidad de la actividad política. Allí realizarían los rituales necesarios y observarían los resultados.

El médico, por su formación profesional, le respondió que no podía aceptar semejante método de curación. Sin embargo, pasado un tiempo, terminó aceptando la propuesta.

Y fue con fe. Con esa fe que mueve a los creyentes, confiando en la palabra del viejo que lo acompañó tres veces durante un período de dos meses. En cada visita lo expuso en el punto exacto del supuesto vórtice energético.

Según cuenta la historia, a partir de entonces las cosas comenzaron a cambiar.

Dios pareció acompañarlo. El intendente logró afirmarse en su carrera, dejó de participar en discusiones estériles y se mostró más maduro, sereno y flemático. Finalmente, concluyó su mandato con éxito y el gobernador lo designó director de Salud de la provincia de Buenos Aires.

Una vez al año regresaba al centro de energía acompañado por Don Juan. Pero había una condición que no debía olvidar: obrar correctamente, mantenerse alejado de la corrupción y no perder la inocencia.

Porque, como advierte un viejo dicho: «El que juega con fuego, tarde o temprano se quema».

Y en política, donde las tentaciones abundan, más de uno termina comprobando que no todo lo que brilla es oro.

Una cuarteta entre el misterio y la razón

En Médano Blanco, donde el viento escribe
sobre la arena su antigua canción,
hay un secreto que en silencio vive
entre la fe, el misterio y la razón.

Cuando desaparece el guardián

En aquel lugar, decía Don Juan, existían misterios y cosas insondables.

Lamentablemente, cuando el viejo falleció, el político dejó de concurrir. Según el relato, ya no contaba con la autorización del guardián para ingresar por su propia cuenta.

Al dejar de regresar al centro de energía, habría perdido el equilibrio que, según creía, había conseguido. Con el tiempo, dilapidó su posición al frente del área de Salud y terminó abruptamente su período como intendente, en medio de reclamos en su contra.

¿Coincidencias? ¿Decisiones equivocadas? ¿El desgaste natural del poder? ¿O había algo más que escapaba a la comprensión humana?

Uno se pregunta si pueden ocurrir estas cosas, capaces de producir semejantes estragos en las personas. Ante tanta maledicencia, tantas rivalidades y tantas historias que circulan en los ambientes políticos, uno termina por quedarse espantado.

Decimos que no creemos en estas cosas, pero cuando escuchamos relatos semejantes, la duda comienza a trabajar silenciosamente.

Y no solamente les sucede a las personas comunes. También quienes ocupan cargos importantes, quienes tienen títulos universitarios y quienes se consideran dueños de una mente racional pueden albergar temores que jamás confesarían públicamente.

Difícilmente alguien salga a reconocer ante todo el mundo que necesita ayuda para combatir un mal que no sabe explicar. Mucho menos se atrevería a decirle a Che Tangazo, delante de todos: «Llevame al centro de energía de Médano Blanco».

Son miedos inconfesados, temores que se guardan bajo siete llaves.

Como dice un refrán de esos que invitan a desconfiar de las apariencias: «Las paredes oyen y los montes tienen ojos».

Los secretos de Médano Blanco

¿Existe un poder superior en aquel lugar misterioso? ¿Son sugestiones, creencias ancestrales o fenómenos que todavía no sabemos interpretar?

En este relato, el demonio parece hacer sus cosechas en Necochea. Y resulta difícil aceptar las supersticiones cuando uno pretende encontrar una explicación racional para todo lo que sucede.

Pero hay una pregunta que sigue dando vueltas en mi cabeza: ¿cómo habría logrado aquel personaje neutralizar los daños que, según creía, le ocasionaban las intrigas y las malas acciones de los demás? ¿Fue gracias a los rituales realizados junto a Don Juan? ¿O fue la confianza que depositó en el viejo lo que le permitió recuperar la serenidad y tomar mejores decisiones?

Y hay otra incógnita todavía más inquietante: ¿por qué Don Juan no le transmitió a aquel político el permiso para ingresar al centro de energía y, en cambio, sí se lo concedió a Che Tangazo?

Muchas preguntas y pocas respuestas.

Quizá haya llegado el momento de recordar que no todo lo que se cuenta puede demostrarse, pero tampoco todas las historias desaparecen por el simple hecho de que no encontremos una explicación.

Médano Blanco guarda sus misterios. ¿Quién los conoce realmente? ¿Quién decide quién puede entrar y quién debe quedarse afuera?

¿Será una logia masónica secreta y hermética la que comanda Damián, el guardián, mientras Che Tangazo ocupa el lugar de su discípulo?

Jajaja… No creo en las brujas, pero que las hay, las hay.

Y si alguna noche, caminando por Necochea o por Quequén, ven una escoba apoyada detrás de una puerta, no se asusten. Puede ser simplemente una escoba.

Aunque, por las dudas, yo no preguntaría demasiado.

Sentencia final

«El misterio no necesita demostrar que existe; le basta con sembrar una duda para que la razón pase la noche en vela».