Buscar este blog

lunes, 26 de octubre de 2026

VALDIR SEVERO MARTINS Y LA BANDA QUE CRUZABA EL RÍO URUGUAY - BANDIDOS RURALES MODERNOS




San Javier, Misiones: cuando la frontera parecía no tener límites

«Hecha la ley, hecha la trampa», dice el refrán. Pero hay trampas que se aprovechan de la geografía, de los caminos escondidos y de un río que, en lugar de separar, puede convertirse en una puerta de escape.

En la frontera misionera, el río Uruguay une y separa al mismo tiempo. De un lado, San Javier, en la Argentina; del otro, Porto Xavier, en Brasil. Durante mucho tiempo, el intercambio entre ambas orillas formó parte de la vida cotidiana de sus habitantes. Pero esa misma cercanía también fue aprovechada por delincuentes que encontraron en los pasos clandestinos una manera de robar en un país y esconder el botín en el otro.

A fines de 2012, la Policía comenzó a seguir los movimientos de un grupo que actuaba en localidades del centro de Misiones y en territorio brasileño. La investigación culminaría en marzo de 2013 con varias detenciones y con la captura de un hombre que había escapado de una prisión de Brasil: Valdir Severo Martins.

Un prófugo al otro lado del río

Martins era oriundo de Cruz Alta, en el estado brasileño de Río Grande do Sul. En noviembre de 2012, aproximadamente, había escapado del presidio de São Luiz Gonzaga, donde cumplía una condena de veinte años. Según las informaciones publicadas entonces por la prensa misionera, tenía antecedentes por homicidio, robos y hurtos, además de otras investigaciones abiertas en su país.

La fuga encendió las alarmas de las autoridades brasileñas, que advirtieron sobre la posibilidad de que el prófugo hubiese cruzado a Misiones.

No era un desconocido para la Justicia. Las crónicas periodísticas lo describían como un hombre con experiencia en el manejo de armas y las artes marciales. Sin embargo, su captura no se produjo inmediatamente. Durante varios meses, los investigadores procuraron reconstruir sus movimientos y localizar a las personas que podían estar ayudándolo.

La frontera ofrecía numerosas posibilidades para desaparecer. Bastaba cruzar el río por alguno de los pasos utilizados fuera de los controles habituales para cambiar de jurisdicción y complicar la persecución.

La conexión argentina: el hombre apodado Negrón

Una de las pistas principales surgió de la detención de un argentino conocido como «Negrón», identificado por la prensa como Hugo Celso M., de 42 años.

Según las publicaciones de marzo de 2013, Negrón había conocido a Martins durante su paso por una prisión brasileña, donde había cumplido una condena por falsificación de dinero. Cuando recuperó la libertad y regresó a la Argentina, habría mantenido el contacto con el brasileño y facilitado su llegada a Misiones.

Negrón también quedó involucrado en una causa por el robo de más de cinco mil pesos y una alcancía con monedas de la vivienda de un administrador de Aduana que residía en San Javier.

A partir de esa detención, los investigadores comenzaron a relacionar distintos hechos delictivos y a seguir los pasos de Martins y de sus presuntos colaboradores.

La Policía sospechaba que el grupo había cometido robos en San Javier, Leandro N. Alem, Oberá y localidades brasileñas próximas a la frontera. No todos esos hechos fueron esclarecidos judicialmente en las noticias disponibles, pero la investigación permitió reconstruir una posible modalidad de funcionamiento.

Las Correderas: el río como camino clandestino

El paso conocido como Las Correderas, en la zona de San Javier, ocupó un lugar central en las informaciones periodísticas.

De acuerdo con las fuentes policiales citadas por los diarios, los integrantes del grupo sustraían bienes en una de las dos orillas y los trasladaban a la otra. Lo robado en la Argentina podía ocultarse en Brasil, mientras que los objetos sustraídos en territorio brasileño podían ingresar a Misiones.

De esa manera, el río Uruguay se convertía en algo más que una frontera geográfica: era una vía utilizada para dificultar la recuperación de los bienes y la identificación de sus responsables.

No se trataba de una banda compuesta exclusivamente por brasileños. Entre los sospechosos había argentinos, y los investigadores procuraban establecer si existían otros colaboradores.

Las crónicas también mencionaron la posibilidad de que el grupo preparara un asalto a un banco de Alem. Sin embargo, esa versión fue presentada como una hipótesis policial: no hay fundamento para afirmar que el asalto se hubiera concretado.

La captura en Leandro N. Alem

El viernes 15 de marzo de 2013, después de una prolongada vigilancia, la Policía detuvo a Martins en un hospedaje de Leandro N. Alem.

Los investigadores habían seguido sus movimientos durante varios días. Cuando el brasileño regresó al alojamiento, los efectivos que aguardaban en las inmediaciones intervinieron y lo arrestaron. No ofreció resistencia.

En la habitación encontraron un equipo de música que había sido denunciado como robado. Junto a Martins fue detenido un joven argentino de unos 24 años, identificado por distintas publicaciones como Rubén Q. o Elisardo Q., quien había pertenecido a la Prefectura Naval Argentina y había sido separado de la fuerza en 2009, según la prensa de la época.

El equipo de música resultó una pista decisiva: permitió vincular el procedimiento con un robo ocurrido en la zona rural de San Javier.

Pero la investigación no terminó allí.

Nuevas detenciones en San Javier

El 21 de marzo fueron detenidos en el barrio Niño Jesús de San Javier otros dos hombres: Idelmar G. D. O., de 47 años, conocido como «Bombón», y Luis E., de 53.

Los allanamientos permitieron recuperar dos desmalezadoras, una motosierra, un machete, ropa, calzado y distintas herramientas. Según la investigación, esos objetos pertenecían a Nelson B., un vecino de 31 años que había denunciado un robo en su vivienda el 7 de marzo.

La recuperación de los elementos y las coincidencias con el equipo de música encontrado en Alem llevaron a los investigadores a relacionar a los detenidos con el mismo grupo.

Así, en el curso de pocos días, la pesquisa produjo varias detenciones y permitió reconstruir parte de la red de contactos que conectaba a los sospechosos de ambas orillas.

La prensa habló entonces de una banda fronteriza desarticulada. No obstante, corresponde recordar que las detenciones y las sospechas policiales no equivalen, por sí mismas, a una condena judicial por todos los hechos atribuidos.

La Justicia y el destino de Martins

La situación de Martins tuvo un recorrido más complicado de lo que sugerían los titulares iniciales.

El 27 de abril de 2013, el diario Primera Edición informó que la Justicia misionera lo había procesado por hurto. Según las fuentes judiciales citadas, las pruebas reunidas en aquella causa permitían sostener esa imputación, pero no una más grave.

La Justicia argentina aguardaba, además, la documentación formal de Brasil para tramitar su extradición, pues allí lo reclamaban por los delitos relacionados con su condena y sus antecedentes.

La historia no terminó con aquel arresto. En junio de 2015, El Territorio publicó que Martins había vuelto a quedar detenido en la Argentina, después de otra fuga carcelaria, esta vez de una unidad penitenciaria de Misiones. Para entonces estaba vinculado a una causa por transporte de estupefacientes y se habían reactivado los trámites relacionados con su entrega a las autoridades brasileñas.

La trayectoria posterior de Martins muestra que su captura de marzo de 2013 no significó el final inmediato de sus problemas con la Justicia.

Una frontera, dos países y una misma persecución

La historia de Valdir Severo Martins y sus presuntos colaboradores permite observar una dificultad característica de las zonas fronterizas: cuando los delincuentes se desplazan entre dos jurisdicciones, la persecución depende de la cooperación entre las autoridades y de la rapidez con que circule la información.

San Javier y Porto Xavier no eran solamente dos localidades enfrentadas a ambos lados del río. Eran también puntos de contacto entre comunidades, comercios, familias y trabajadores. La actividad de un grupo delictivo no debe confundirse con la vida de toda una población fronteriza.

En marzo de 2013, varios sospechosos fueron detenidos, se recuperaron bienes robados y la investigación permitió reconstruir una presunta red que operaba entre la Argentina y Brasil. Pero las noticias disponibles no permiten afirmar que todos los delitos investigados hubieran sido probados ni que cada detenido hubiera recibido condena por ellos.

La historia conserva, sin embargo, una imagen poderosa: un prófugo que cruzó el río buscando refugio, contactos que lo ayudaron a instalarse y una investigación policial que terminó alcanzándolo en un hospedaje de Alem.

Porque el río puede ocultar una huella durante un tiempo, pero no siempre consigue borrar el camino que deja detrás.


Fuentes consultadas

  • Ricardo Saidman, «La historia de una banda delictiva que operaba en las dos orillas», El Territorio, 7 de abril de 2013.

  • «Desarticulan peligrosa banda de delincuentes», Primera Edición, 18 de marzo de 2013.

  • «Cayeron otros dos integrantes de la banda del brasileño Valdir», El Territorio, 23 de marzo de 2013.

  • «Martins fue procesado por hurto y ahora aguardan por la extradición», Primera Edición, 27 de abril de 2013.

  • «Brasil extraditará a un peligroso bandido que atemorizó la frontera», El Territorio, 26 de junio de 2015.

domingo, 25 de octubre de 2026

N°28 LOS HERMANOS MUGAS BANDIDOS RURALES DE CORDOBA

 


TRES GAUCHOS, FUGAS ESPECTACULARES Y UNA LEYENDA QUE SOBREVIVIÓ AL TIEMPO

En los caminos polvorientos de Córdoba y Santa Fe, hacia fines del siglo XIX, el apellido Mugas se convirtió en sinónimo de persecuciones, enfrentamientos con la policía y fugas increíbles. Pero detrás del personaje legendario habría habido tres hermanos, cuyas historias terminaron mezclándose hasta formar una sola leyenda: la del gaucho Mugas.

Cuando el apellido se convirtió en leyenda

La historia argentina está poblada de gauchos alzados, hombres que se enfrentaron a la autoridad y terminaron perseguidos por la justicia. Algunos fueron elevados a la categoría de héroes populares; otros quedaron en la memoria como delincuentes temidos. Y no faltan aquellos cuya vida real se confundió con la leyenda, hasta el punto de que resulta difícil distinguir dónde termina la historia y dónde comienza el relato popular.

Entre estos últimos aparecen los hermanos Mugas, protagonistas de episodios que circularon por la campaña cordobesa y santafesina durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.

Según las versiones recogidas por distintos relatos históricos, la familia estaba integrada por tres hermanos: Lindor, Pedro y Jesús. Sin embargo, con el correr del tiempo, sus nombres, sus correrías y sus enfrentamientos se mezclaron. Así nació una confusión que todavía persiste: muchas aventuras atribuidas al «gaucho Mugas» pudieron corresponder a más de un integrante de la familia.

Porque, como suele suceder con los personajes populares, la fama viaja más rápido que los documentos. Una hazaña contada en una pulpería, repetida en una estación ferroviaria y adornada junto al fogón podía terminar convertida en una historia extraordinaria.

Y los Mugas tenían material de sobra para alimentar esa fama.

Tres hermanos y una vida fuera de la ley

Las versiones tradicionales presentan a los Mugas como hombres acostumbrados a la vida rural, vinculados a una época en la que los conflictos por la propiedad, el ganado, el trabajo y la autoridad podían desembocar en enfrentamientos violentos.

No todos los gauchos perseguidos por la policía fueron necesariamente víctimas de una injusticia, ni todos los hombres que vivieron fuera de la ley fueron héroes. Pero para comprender estos personajes hay que mirar el mundo en el que actuaron: una campaña donde las distancias eran enormes, las comunicaciones lentas y la presencia policial desigual.

En ese escenario, un hombre conocedor de los caminos, de los montes y de las estancias podía convertirse en un adversario difícil de atrapar.

De acuerdo con una de las versiones difundidas sobre los hermanos, Pedro habría muerto en un enfrentamiento con la policía hacia 1890. Lindor y Jesús, en cambio, habrían resistido a los agentes con armas blancas, hiriendo a varios antes de terminar detenidos.

Los detalles de aquellos episodios no aparecen siempre de la misma manera en los relatos disponibles. Por eso conviene tomarlos con cautela. Lo que se repite es la imagen de una familia perseguida, de arrestos y fugas, y de hombres que parecían encontrar siempre una manera de escapar de sus guardianes.

El viejo refrán dice: «Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe». Pero en la historia de los Mugas, al menos según la tradición, el cántaro parecía romperse una y otra vez sin que sus dueños dejaran de escapar.

Lindor: una

muerte que también forma parte del misterio

La suerte de Lindor aparece rodeada de versiones que no coinciden por completo. Una de ellas sitúa su muerte en 1892, a manos de un comisario de policía.

Los relatos de la época habrían lamentado que aquel hombre, de haber tomado otro camino, podría haber llegado a ser alguien distinto. Esa clase de reflexión aparecía con frecuencia en las crónicas sobre gauchos perseguidos: junto al relato de sus delitos, se insinuaba la idea de una vida desperdiciada, de un destino que pudo haber sido otro.

Pero esa mirada no debe confundirse con una absolución. La muerte violenta, los delitos y los enfrentamientos tenían consecuencias reales para las víctimas y sus familias.

Además, las fechas atribuidas a Lindor no son uniformes en todas las versiones posteriores. Por eso, el año 1892 debe presentarse como una de las versiones de su final, no como una certeza definitiva.

En torno a los Mugas, la documentación parece abrir preguntas más que cerrarlas. Y esa incertidumbre es parte del trabajo del historiador: no llenar los vacíos con imaginación, sino señalar dónde terminan los hechos comprobables y dónde comienza la leyenda.

Jesús Mugas: el hombre que no se resignaba a la prisión

Si hubo un integrante de la familia que alimentó especialmente la fama de los Mugas, ese fue Jesús.

Su nombre aparece asociado a varias evasiones carcelarias. Una de las más conocidas ocurrió en Córdoba, donde habría logrado escapar de la Penitenciaría en 1897. La historia cuenta que, tras la fuga, fue recapturado luego de un violento enfrentamiento en el que murieron algunos de sus compañeros.

Los relatos más dramáticos sostienen que Jesús recibió numerosos impactos de bala y aun así sobrevivió. Se habla incluso de catorce heridas en el cuerpo y otra en el cráneo. Son cifras que pertenecen a versiones transmitidas sobre el episodio y que merecen ser cotejadas con documentación contemporánea antes de aceptarlas como un registro médico exacto.

Lo que sí vuelve una y otra vez en la tradición es su extraordinaria capacidad para escapar de la prisión y mantenerse fuera del alcance de sus perseguidores.

Seis años después, en abril de 1903, habría protagonizado otra fuga de la Penitenciaría cordobesa, esta vez mediante un túnel. El episodio quedó asociado a las crónicas sobre las evasiones del llamado último gaucho Mugas.

Un túnel bajo los muros de una cárcel no es poca cosa. Requería tiempo, paciencia, herramientas y, posiblemente, ayuda. También suponía correr el riesgo de que cualquier ruido, movimiento sospechoso o delación terminara con el plan.

La pregunta inevitable es cómo pudo organizarse una maniobra semejante sin que los guardianes lo descubrieran a tiempo. Los detalles precisos necesitan respaldo documental, pero la historia de la evasión explica por qué el nombre de Jesús Mugas siguió circulando durante años.

En el lenguaje popular se dice: «No hay cárcel para el hombre que sabe buscar la salida». No es un refrán tradicional en sentido estricto, sino una frase que bien podría resumir la leyenda de Jesús.

Sin embargo, escapar de una prisión no significaba quedar libre para siempre. Afuera lo esperaban los caminos, la persecución y la posibilidad de volver a caer en manos de la justicia.

El encuentro junto al ferrocarril: ¿delincuente o anfitrión?

Entre las historias atribuidas al gaucho Mugas hay una que parece salida de una novela rural.

La escena se ubica alrededor de 1918, en las cercanías de Logroño, en la provincia de Santa Fe. Un contratista que trabajaba en reparaciones de vías ferroviarias habría quedado sorprendido por una tormenta eléctrica. Sin un refugio adecuado, encontró una vivienda rural y fue recibido por un hombre que le ofreció techo, mate y un lugar donde pasar la noche.

El visitante aceptó la hospitalidad sin saber, según cuenta la tradición, que estaba bajo el techo de uno de los fugitivos más temidos de la región.

A la mañana siguiente regresó al campamento de los trabajadores. Allí le habrían advertido que había pasado la noche con el célebre gaucho Muga, a quien se atribuían numerosas muertes.

Lo extraordinario de la anécdota no es solamente que el viajero hubiera compartido la noche con un hombre buscado por la justicia. Es que, de acuerdo con el relato, el anfitrión no lo robó ni le hizo daño alguno.

¿Ocurrió exactamente así? No contamos aquí con elementos suficientes para asegurar cada detalle. La historia debe leerse como una leyenda transmitida sobre el personaje, no como un hecho plenamente comprobado.

Pero la anécdota tiene fuerza porque introduce una contradicción muy humana: el hombre temido por sus perseguidores aparece, durante unas horas, como alguien capaz de brindar refugio a un desconocido.

La hospitalidad rural era un valor importante en aquellos tiempos. Compartir el mate y ofrecer reparo al viajero formaban parte de una cultura que no desaparecía necesariamente por el hecho de que alguien viviera al margen de la ley.

Claro que una anécdota amable no borra los delitos que se le atribuyen a un personaje. Pero sí ayuda a comprender cómo se construyen las leyendas: una historia puede conservar al mismo tiempo el temor que inspiraba un hombre y la imagen de un gesto generoso.

Entre la historia y la leyenda

Los hermanos Mugas pertenecen a esa galería de personajes rurales cuya fama sobrevivió a la documentación precisa de sus vidas. Los nombres de Lindor, Pedro y Jesús aparecen ligados a episodios de violencia, persecuciones y evasiones, pero sus trayectorias se mezclaron hasta que resulta difícil separar cada aventura de su protagonista.

Jesús quedó especialmente asociado a las fugas de la Penitenciaría cordobesa. Lindor, en cambio, aparece envuelto en versiones contradictorias sobre su muerte. Pedro habría caído en un enfrentamiento policial, aunque los detalles también requieren comprobación.

Lo prudente es conservar esas diferencias y no convertir cada relato repetido en una verdad indiscutible. La historia no pierde interés por reconocer sus dudas; al contrario, se vuelve más honesta.

Los Mugas vivieron en una época de profundas transformaciones. El ferrocarril avanzaba sobre la llanura, las poblaciones crecían y el Estado extendía sus mecanismos de control. En ese mundo cambiante, el gaucho que antes podía desaparecer entre los montes encontraba cada vez menos lugares donde ocultarse.

Pero la memoria popular no siempre se rinde ante los archivos. A veces, un apellido sigue recorriendo los caminos mucho después de que sus portadores desaparecieron.

Y así, entre una muerte discutida, una prisión burlada y una noche de tormenta compartida con un desconocido, los hermanos Mugas quedaron atrapados en esa frontera donde la historia se cruza con la leyenda.

Porque, como dice el viejo refrán, «cuando el río suena, agua lleva»; pero el historiador debe averiguar cuánta agua hay en el río y cuánto ruido agregó el viento.

Para cerrar

Por los caminos de la historia,
entre el recuerdo y la verdad,
hay hombres que pierden la gloria
y ganan la inmortalidad.

No todo lo que cuenta el viento
es mentira ni es realidad:
la leyenda guarda un fragmento,
los documentos, la verdad.

Plaza de los Poetas — Historias de hombres, caminos y leyendas de nuestra tierra.

sábado, 24 de octubre de 2026

N°27 ELENA GREENHILL, BANDIDA RURAL INGLESA

 

            Elena Greenhill, hacia 1900.

DESAFIÓ A LA POLICÍA EN LA PATAGONIA

Una mujer, un Winchester y una vida fuera de la ley

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

1. Una inglesa en la inmensidad patagónica

La Patagonia de fines del siglo XIX y comienzos del XX era una tierra de horizontes interminables, caminos polvorientos, puestos aislados y grandes arreos de ganado. En aquel escenario apareció una mujer que terminaría convirtiéndose en leyenda: Elena Greenhill Blacker, conocida como la Inglesa Bandolera.

Había nacido en Inglaterra y llegó a Chile siendo adolescente. En 1894, con apenas diecinueve años, se casó con Manuel de la Cruz Astete, un comerciante chileno vinculado al movimiento de ganado. Más tarde cruzó los Andes y se estableció en territorio argentino.

En la frontera patagónica, donde las autoridades estaban lejos y los conflictos por la propiedad eran frecuentes, Elena aprendió a montar y a manejar armas. Su vida tomó un rumbo muy distinto del que la sociedad de su época reservaba a las mujeres.

2. El Winchester y la fama de la Inglesa

Los relatos sobre Greenhill destacan su puntería y su destreza con las armas. El escritor patagónico Elías Chucair, que recogió testimonios de antiguos pobladores, contribuyó a preservar su historia.

Se contaba que acertaba a blancos pequeños con notable precisión. El Winchester se convirtió en parte inseparable de su imagen, junto con las botas, el chambergo y la ropa de hombre que, según las versiones, solía vestir.

Su fama creció en una región donde los robos de ganado, el contrabando y las disputas entre pobladores y autoridades formaban parte de una realidad compleja.

Un proverbio inglés dice: “Where there's a will, there's a way”: «Querer es poder». Elena tenía voluntad y audacia, aunque las empleara en actividades que la llevaron a enfrentarse con la ley.

3. Tres mil ovejas y un comisario en apuros

Uno de los episodios más conocidos de su vida ocurrió hacia 1909, cuando Elena y sus compañeros fueron acusados de participar en el robo de un gran rebaño de ovejas. Las versiones más difundidas hablan de tres mil animales.

Una partida policial llegó para exigir los documentos que acreditaran la propiedad del ganado. Según los relatos, el procedimiento terminó en un enfrentamiento armado y los policías quedaron a merced de los bandoleros.

La anécdota más repetida sostiene que Elena y sus compañeros desarmaron al comisario y a su ayudante, los despojaron de sus ropas y los obligaron a realizar tareas domésticas antes de liberarlos.

Los detalles varían según las fuentes y no todos pueden confirmarse documentalmente. Sin embargo, la historia contribuyó a alimentar la fama de la Inglesa y el resentimiento de las autoridades.

Como dice el refrán criollo: «No hay que escupir para arriba». La partida había llegado para imponer la ley y, según la leyenda, terminó protagonizando una humillación que se recordaría durante años.

4. Una vida fuera de las convenciones

La vida de Elena estuvo marcada por relaciones sentimentales, desplazamientos y conflictos. Después de su matrimonio con Astete, su nombre quedó vinculado a otros hombres que compartieron con ella distintos tramos de su trayectoria.

En aquella frontera, el comercio legal podía mezclarse con el contrabando y el robo de ganado. Greenhill terminó asociada a actividades delictivas y perseguida por las autoridades.

El proverbio inglés “Honesty is the best policy” significa «La honestidad es la mejor política». Elena eligió otro camino, y su fama de mujer temible no la libró de las consecuencias.

5. Gan Gan: el último enfrentamiento

En junio de 1915 llegó el desenlace. Elena se encontraba con Martín Taborda en la región de Gan Gan, en el actual territorio de Chubut, cuando una partida policial encabezada por el comisario Félix Valenciano salió a detenerlos.

El encuentro terminó en un tiroteo. Las reconstrucciones periodísticas describen a Elena herida y refugiada detrás de un caballo muerto, mientras Taborda intentaba resistir desde otra posición.

La situación se volvió desesperada. La mujer que había construido su fama alrededor del Winchester ya no tenía una salida clara.

Elena murió durante el enfrentamiento. Los relatos difieren en algunos detalles de sus últimos minutos, pero coinciden en el desenlace: la Inglesa Bandolera cayó ante la partida policial en la inmensidad patagónica.

«Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe», dice el refrán. Después de años de persecuciones y enfrentamientos, su historia terminó violentamente.

6. Entre la historia y la leyenda

Tras su muerte, Elena Greenhill continuó viviendo en los relatos de los pobladores. Elías Chucair recuperó parte de esa memoria en La Inglesa bandolera y otros relatos patagónicos, obra fundamental para acercarse a su historia.

No todas las hazañas que se le atribuyen pueden verificarse con la misma certeza. Algunas proceden de testimonios orales recogidos décadas después, por lo que conviene distinguir entre los hechos conocidos y las anécdotas transmitidas por la tradición.

Elena no fue una heroína sin manchas ni una simple figura de leyenda. Fue una mujer que desafió las convenciones de su tiempo, se vinculó con el bandolerismo rural y terminó muriendo en un enfrentamiento con la policía.

Sentencia final

Hay quienes recorren la vida por caminos tranquilos y quienes, aun equivocando el rumbo, prefieren afrontar la tormenta antes que renunciar a su libertad.

Elena Greenhill cabalgó por la Patagonia siguiendo su propio destino. Cuando el viento borró sus huellas, quedó una historia de audacia, violencia y soledad, como tantas otras que todavía guarda la inmensidad del sur.

jueves, 22 de octubre de 2026

N°26 PATRÓN COSTAS Y LA CACERÍA DE LOS BANDIDOS RURALES


 


La recompensa, los operativos policiales, la muerte del Mono Araya y el final de Pelayo Alarcón.

El combate del puente Elordi, la muerte del Mono Araya y el último tiroteo en Tucumán

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

Hay persecuciones que terminan cuando el perseguido cae; otras continúan mucho después, porque quedan preguntas sin responder. La historia de Pelayo Alarcón pertenece a esta segunda categoría. Entre fines de 1924 y abril de 1925, el norte argentino se convirtió en escenario de una verdadera cacería policial. Hubo emboscadas, telégrafos cortados, agentes muertos, fugitivos que desaparecieron en el monte y una recompensa atribuida al poderoso Robustiano Patrón Costas.

Pero detrás de los disparos y los partes policiales aparece una pregunta que todavía merece investigación: ¿cómo consiguió Pelayo escapar tantas veces de la persecución y quién fue, finalmente, el hombre que acabó con su vida en Tucumán?

Una cuadrilla que inquietaba al poder

Pelayo Alarcón, conocido también por el alias de El Tartancho, había conseguido fugarse de la cárcel de Salta el 5 de junio de 1924. Según la reconstrucción del historiador Marcelo Rubén Agüero Urquiza, escapó oculto en una bolsa de basura que retiraba del presidio un carrero. Después de aquella fuga, su rastro se perdió durante meses. No tardó en reaparecer al frente de una banda integrada, entre otros, por Norberto Figueroa, Segundo Araya —El Mono— y Antonio Díaz, apodado El Mocho. La prensa salteña comenzó a hablar de la «cuadrilla de Pelayo Alarcón». <sup>1</sup>

En aquella región, el poder económico y el político mantenían vínculos estrechos. En El Tabacal se encontraba el ingenio de los Patrón Costas, una de las familias más influyentes de Salta. La recompensa que se atribuye a Robustiano Patrón Costas contra los bandoleros forma parte del contexto de esta historia; para reconstruir su alcance exacto, sin embargo, es necesario establecer las condiciones, la fecha y la fuente documental del ofrecimiento.

Mientras tanto, los comerciantes de Orán estaban alarmados. El 30 de diciembre de 1924, según la investigación de Agüero Urquiza, los diarios locales registraron las quejas de vecinos que exigían medidas urgentes al jefe de Policía, Lucio Ortiz.

La persecución ya no era un asunto menor: se había convertido en un desafío a la autoridad.

El Tabacal: primer encuentro con la policía

El 30 de diciembre de 1924, la cuadrilla se enfrentó con efectivos policiales en las inmediaciones de El Tabacal. La comisión estaba al mando del subcomisario Nabor Frías.

Los bandoleros consiguieron escapar. El episodio fue una advertencia de lo que vendría: la policía tendría que internarse en una geografía difícil, con montes espesos, caminos escasos y poblaciones dispersas. Allí, conocer el terreno podía significar la diferencia entre capturar a un fugitivo o perderlo de vista.

La banda habría intentado luego llegar hasta la comisaría de San Ramón de la Nueva Orán para liberar a un preso, aunque no logró su propósito ante la resistencia policial. La presión de los comerciantes y las noticias de nuevos movimientos obligaron a intensificar la vigilancia.

Como dice el refrán, «quien conoce el terreno lleva ventaja». Y en el norte salteño, el monte era un aliado que no figuraba en ningún parte oficial.

El combate del puente Manuel Elordi

El primer gran episodio sangriento ocurrió el 1 de enero de 1925.

La cuadrilla asaltó el obraje de Gronda y Compañía, en la zona de Pichanal. Durante el ataque hubo heridos y tomaron como rehén a Julio del Prado. Las noticias llegaron a la policía, pero los fugitivos recibieron una advertencia que les permitió adelantarse a sus perseguidores.

Un maquinista ferroviario habría comunicado a Alarcón los movimientos de la comisión policial. La banda se preparó entonces cerca del puente ferroviario de Manuel Elordi, en las proximidades de Embarcación.

Cuando llegó la comisión encabezada por Nabor Frías, se desató un intenso tiroteo. La lucha se prolongó desde aproximadamente las nueve de la noche hasta la medianoche, según la reconstrucción publicada por Agüero Urquiza a partir de la prensa de la época. 

El saldo fue terrible. Murieron el rehén Julio del Prado y el agente Nicolás Córdoba. El agente Manuel Burgos quedó gravemente herido y falleció posteriormente. El propio subcomisario Frías sufrió heridas serias y tuvo que ser trasladado a la ciudad de Salta.

La cuadrilla, además, había cortado los hilos del telégrafo, dificultando las comunicaciones y la coordinación de la persecución.

Aquel combate dejó una lección amarga: una comisión policial podía llegar armada y decidida, pero una emboscada bien preparada podía cambiar el resultado en cuestión de minutos.

«A río revuelto, ganancia de pescadores», dice el viejo refrán. En este caso, el desorden y la confusión favorecieron la fuga; el precio lo pagaron tanto los perseguidos como quienes salieron a capturarlos.

Campo Grande: cae el Mono Araya

El 10 de enero de 1925, una comisión policial sorprendió a la cuadrilla en el paraje conocido como La Junta del San Antonio, en Campo Grande.

Se produjo un nuevo tiroteo. Esta vez, el desenlace fue fatal para Segundo Araya, El Mono, que cayó muerto. Pelayo Alarcón y Antonio Díaz, El Mocho, consiguieron escapar internándose en el monte.

La reconstrucción de Agüero Urquiza señala que los dos fugitivos huyeron en condiciones desesperadas: sin calzado, sin camisas, sin provisiones y sin armas. 

La muerte del Mono no terminó, sin embargo, con su historia. Su cuerpo fue llevado a Orán y, después de su entierro, su tumba comenzó a recibir velas y ofrendas de personas humildes. Con el tiempo, el lugar pasó a integrar el mapa de las devociones populares de la región.

Así, mientras la policía daba por abatido a uno de los integrantes de la cuadrilla, una parte de la población empezaba a convertirlo en leyenda.

El monte había devuelto un muerto, pero todavía guardaba a los dos fugitivos.

Salazuti: otro combate y más víctimas

La persecución continuó. El 15 de enero de 1925, una comisión policial que procuraba capturar a Pelayo Alarcón se enfrentó con los fugitivos en el paraje de Salazuti, en el departamento de Orán.

En el tiroteo murió el sargento Joaquín Albornoz, alcanzado por un disparo de escopeta. El soldado bombero Manuel Méndez también resultó herido, con una lesión de bala en el maxilar izquierdo.

Este último caso no depende solamente de una narración posterior: el Boletín Oficial de Salta publicó un decreto del 26 de octubre de 1925 que reconocía expresamente que Méndez había sido herido el 15 de enero mientras formaba parte de la comisión policial que intentaba capturar al prófugo Pelayo Alarcón en Salazuti. El documento señala que las secuelas lo habían dejado inutilizado para el servicio. 

Es una prueba administrativa importante. Confirma la continuidad de la persecución y demuestra que sus consecuencias se prolongaron mucho después del enfrentamiento.

Sin embargo, tras la muerte de Albornoz. Alarcón y Díaz volvieron a escapar. Con policías movilizados desde distintos puntos de Salta y una región en estado de alerta, su desaparición alimentó las conjeturas. Se ha sugerido que pudieron subir clandestinamente a un tren y recibir ayuda de pobladores, pero esas explicaciones no deben presentarse como hechos comprobados.

¿Cómo lograron salir de una zona vigilada? ¿Quién les facilitó el camino? ¿Cuánto hubo de habilidad, de suerte o de colaboración?

Son preguntas que todavía necesitan respuestas documentales.

Tucumán: el último cerco

El 1 de abril de 1925, Pelayo Alarcón apareció en San Miguel de Tucumán. Tenía alrededor de 25 años y llevaba meses escapando de la persecución salteña.

La reconstrucción publicada por el historiador Carlos Abrahan señala que fue localizado en un barrio popular, en un contexto en el que se lo vinculaba con la falsificación de billetes. La policía de Investigaciones, efectivos de la fuerza local y personal militar participaron en el operativo que terminó cercándolo. 

Alarcón murió de un disparo de fusil en la cabeza. Durante un tiempo circuló la versión oficial de que se había suicidado. Pero la intervención de un periodista del diario tucumano El Orden puso en cuestión esa explicación.

Aquí aparece uno de los puntos centrales de esta investigación. Agüero Urquiza incluye entre sus referencias una nota titulada «Muerte de Pelayo Alarcón», publicada por El Orden el 2 de abril de 1925, en las páginas 14 y 15. Esa edición es una fuente fundamental para reconstruir las últimas horas del bandido y determinar quién disparó contra él. 

Una versión posterior sostiene que un oficial de alto rango del Ejército lo habría abatido con un fusil provisto de mira telescópica, desde una distancia considerable. Pero, mientras no se identifique al tirador mediante una fuente contemporánea confiable, ese detalle debe conservarse como una versión por verificar, no como una certeza.

El hombre que había burlado una y otra vez a sus perseguidores ya no podía hablar. La explicación de su muerte quedó en manos de las autoridades y de los periodistas que se atrevieron a investigar.

Las preguntas que deja la persecución

La historia de Pelayo Alarcón no termina con la lista de combates y muertos. También deja una serie de cuestiones históricas que merecen una investigación propia:

  • La recompensa: establecer el anuncio original atribuido a Robustiano Patrón Costas, su monto, sus condiciones y sus destinatarios.

  • El mando policial: reconstruir las órdenes impartidas por el jefe de Policía Lucio Ortiz y la actuación de Nabor Frías antes y después del combate de Manuel Elordi.

  • Los caídos y heridos: reunir los nombres, grados, destinos y actuaciones de los policías y soldados que participaron en los operativos.

  • La fuga después de Salazuti: determinar cómo consiguieron escapar Alarcón y Díaz y qué fuentes contemporáneas explican su desplazamiento hacia Tucumán.

  • El último disparo: consultar la edición de El Orden del 2 de abril de 1925 y buscar otras crónicas, partes policiales o documentos militares que permitan identificar al oficial involucrado.

En esta reconstrucción, el trabajo de Agüero Urquiza ofrece una cronología valiosa; la prensa de la época y los documentos oficiales permiten comprobar episodios concretos. Pero aún quedan nombres y circunstancias por establecer. La historia gana rigor cuando reconoce lo que sabe y también lo que todavía ignora.

Porque la persecución de Pelayo Alarcón fue mucho más que una sucesión de tiroteos. Fue una lucha entre una cuadrilla que conocía los caminos del monte y un aparato policial decidido a terminar con ella, en una región donde el poder económico, la autoridad política y la vida cotidiana se entrecruzaban de manera compleja.

Y como dice el refrán, «la verdad es hija del tiempo». A veces tarda décadas en salir de los archivos; otras, espera en una vieja página de diario, amarillenta y olvidada, a que alguien vuelva a leerla.

Sentencia final

Se apagó entre disparos la vida del perseguido,
el monte guardó sus huellas, la historia su verdad;
los hombres caen en la noche, no cae lo sucedido:
el tiempo abre los archivos y juzga la eternidad.


Fuentes de consulta

  1. Marcelo Rubén Agüero Urquiza, Bandoleros rurales: una motocicleta entre balas, tinta, pentagramas y celuloides, trabajo presentado en 2020. Incluye referencias a Nueva Época del 30 de diciembre de 1924 y del 5 de enero de 1925, y a El Orden de Tucumán del 2 de abril de 1925.

  2. Boletín Oficial de la Provincia de Salta, decreto del 26 de octubre de 1925, expediente de Manuel Méndez, herido durante el operativo de captura de Pelayo Alarcón en Salazuti. 

  3. Carlos Abrahan, «Pelayo Alarcón | El bandido rural que asoló a los poderosos en Salta entre 1922-1925», Cuarto, 6 de octubre de 2025.

N°25 EL MONO ARAYA BANDIDO RURAL DE SALTA

 



DEL MONTE SALTEÑO A LOS ALTARES POPULARES

La historia de un bandido rural que murió a balazos y terminó rodeado de velas y promesas

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

En los caminos polvorientos del norte argentino, donde el monte esconde secretos y el silencio puede anunciar una desgracia, hubo hombres que hicieron de la fuga un oficio y del enfrentamiento con la policía una forma de vida. Algunos quedaron registrados en los prontuarios; otros, en las canciones y las leyendas populares. Y unos pocos, después de muertos, ingresaron en ese territorio misterioso donde el delito, la pobreza y la fe se mezclan hasta volverse inseparables.

Uno de ellos fue Segundo Araya, conocido como el Mono o Monito Araya, integrante de la cuadrilla de Pelayo Alarcón, que sembró inquietud en el norte de Salta durante los años 1924 y 1925.

Su historia es la de un hombre perseguido por la ley, pero también la de una devoción popular que sobrevivió a las balas.

Porque, como dice el refrán campero, «el hombre propone y Dios dispone». Y a veces, cuando el hombre cae, comienza la leyenda.

Una cuadrilla en tierra salteña

La Argentina de la década de 1920 era un país de profundas desigualdades. Mientras las ciudades crecían y el ferrocarril extendía sus rieles, en las regiones rurales persistían la pobreza, las relaciones de poder y los conflictos sociales. En el norte salteño, los grandes ingenios azucareros concentraban riqueza e influencia, mientras muchos trabajadores vivían en condiciones difíciles.

En ese escenario apareció Pelayo Alarcón, un bandido conocido por sus fugas y sus enfrentamientos con la autoridad. Después de escapar de la cárcel de Salta en 1924, organizó una cuadrilla que la prensa de la época identificó con su nombre.

Entre sus compañeros estaban Norberto Figueroa, Segundo Araya, apodado «El Mono», y Antonio Díaz, conocido como «El Mocho».

No conocemos con certeza todos los detalles de la vida personal de Araya. Las fuentes disponibles lo muestran principalmente a través de sus andanzas junto a Alarcón. Su historia, por lo tanto, debe reconstruirse a partir de los episodios en los que aparece documentado.

En el mundo del bandolerismo rural, la fama solía crecer con rapidez. Una fuga espectacular, un asalto o un tiroteo bastaban para convertir a un perseguido en personaje de conversación en pulperías, estaciones ferroviarias y poblaciones enteras.

«Cuando el río suena, agua lleva», dice el refrán. Pero en las historias de bandidos, el rumor también agranda los hechos, mezcla verdades con exageraciones y convierte a los hombres en personajes de leyenda.

Diciembre de 1924: comienzan los enfrentamientos

El 30 de diciembre de 1924, la cuadrilla se enfrentó con fuerzas policiales en las inmediaciones de El Tabacal, bajo el mando del subcomisario Nabor Frías.

La zona tenía una importancia económica considerable por la presencia del ingenio azucarero de los Patrón Costas. Los comerciantes y vecinos comenzaron a manifestar preocupación por las acciones de los bandoleros y reclamaron a las autoridades medidas para detenerlos.

La persecución se intensificó.

Pocos días después, el 1 de enero de 1925, la banda atacó un establecimiento maderero de Gronda y Compañía, cerca de Pichanal. El episodio terminó con personas muertas y heridas, y con Julio del Prado tomado como rehén.

La policía salió en persecución de los fugitivos. Sin embargo, los bandoleros recibieron información sobre los movimientos de sus perseguidores y se prepararon para enfrentarlos cerca del puente ferroviario de Manuel Elordi, en las proximidades de Embarcación.

Allí se produjo un violento tiroteo que se prolongó durante horas. Murieron el rehén Julio del Prado y el agente Nicolás Córdoba; el agente Manuel Burgos falleció después de resultar herido, mientras que el subcomisario Frías quedó gravemente lesionado.

La cuadrilla también cortó los hilos del telégrafo para dificultar las comunicaciones.

Aquellos acontecimientos mostraron que la persecución había dejado de ser una simple búsqueda policial para convertirse en una sucesión de enfrentamientos armados, con consecuencias trágicas para bandoleros, policías y civiles.

En el campo se dice que «no hay peor astilla que la del mismo palo», pero también que «el que juega con fuego termina quemándose». En aquella persecución, cada movimiento podía ser el último.

Campo Grande: la última jornada del Mono

El 10 de enero de 1925, una comisión policial sorprendió a la cuadrilla en la zona conocida como la Junta del San Antonio. El enfrentamiento pasó a la historia como el combate de Campo Grande.

Los disparos rompieron la quietud del paisaje salteño.

En medio de la balacera cayó muerto Segundo Araya, el Mono. Pelayo Alarcón y Antonio Díaz lograron escapar internándose en el monte.

Para Araya no hubo una nueva fuga ni una segunda oportunidad. Su trayectoria terminó en aquella refriega, lejos de los grandes centros urbanos y en un territorio donde el monte podía ofrecer refugio, pero también convertirse en una trampa.

Los policías y algunos vecinos trasladaron su cadáver a San Ramón de la Nueva Orán, donde fue sepultado.

Hasta aquí, la historia pertenece a la crónica policial. Pero después de la muerte comenzó otro capítulo, mucho más difícil de explicar con las categorías habituales.

Porque el Mono, que había sido perseguido como bandido, empezó a ser recordado por una parte de la población de una manera distinta.

De perseguido a figura de devoción

Según las investigaciones sobre el bandolerismo y las devociones populares del norte argentino, poco después del entierro la tumba de Araya comenzó a recibir velas y ofrendas de personas humildes.

Aparecieron promesantes que le atribuían favores recibidos y acudían a su sepultura para agradecer o pedir ayuda. Con el tiempo, el nombre del Monito Araya pasó a formar parte de ese universo popular en el que ciertas figuras, aun sin reconocimiento oficial de ninguna Iglesia, adquieren una condición casi sagrada para sus devotos.

La devoción llegó a despertar preocupación entre las autoridades, que intentaron impedirla. Sin embargo, las prohibiciones no lograron borrar aquellas prácticas.

El lugar de su sepultura continuó recibiendo muestras de agradecimiento, entre ellas placas y objetos ofrecidos por quienes creían haber recibido su protección.

¿Por qué un hombre muerto en un enfrentamiento policial podía convertirse en destinatario de semejante veneración?

No existe una explicación única. En las devociones populares del norte argentino se repite una combinación de factores: la muerte violenta, la identificación de los sectores humildes con personajes marginados, la búsqueda de protección y la creencia en la capacidad de los difuntos para interceder en los asuntos de los vivos.

El bandido puede convertirse así en una figura contradictoria: para unos representa el delito y el temor; para otros, alguien que padeció las injusticias de su tiempo o cuya muerte trágica merece una memoria especial.

Eso no significa que sus acciones violentas desaparezcan ni que las víctimas deban ser olvidadas. Significa que la memoria popular no siempre coincide con los expedientes judiciales.

«La justicia tarda, pero llega», afirma un viejo dicho. Sin embargo, la justicia histórica exige algo más: conocer los hechos, reconocer a las víctimas y comprender por qué una sociedad conserva determinadas leyendas.

En el caso del Mono Araya, la investigación permite conocer su participación en una cuadrilla armada y su muerte en Campo Grande. La devoción posterior, por su parte, nos habla de las creencias y necesidades de quienes comenzaron a encender velas junto a su tumba.

Son dos dimensiones diferentes de una misma historia.

El bandido y la memoria del pueblo

La figura del Monito Araya pertenece a una tradición argentina que también incluye a otros bandidos rurales y personajes de la marginalidad convertidos en leyendas. En algunas regiones, esos nombres pasaron a las canciones; en otras, sobrevivieron en relatos transmitidos de generación en generación o en tumbas visitadas por promesantes.

El fenómeno no se limita a Salta. En distintos lugares del país, la gente ha construido formas propias de veneración alrededor de personas que murieron violentamente y a las que atribuye poderes protectores.

El investigador Hugo Chumbita estudió este fenómeno bajo el concepto de los bandoleros santificados, mientras que trabajos históricos sobre el norte argentino reconstruyeron las andanzas de Alarcón, Araya y otros protagonistas de aquella época.

Para la historia, el Mono fue un integrante de una cuadrilla perseguida por delitos y enfrentamientos armados. Para algunos habitantes de Orán, su recuerdo adquirió otro significado.

Entre ambos retratos queda una pregunta que no admite respuestas sencillas: ¿qué encuentra el pueblo en un personaje que la ley persiguió y que, sin embargo, después de muerto recibe plegarias y promesas?

Quizás una mezcla de compasión, rebeldía, esperanza y necesidad. Quizás la búsqueda de un protector cercano, salido de la misma tierra y alejado de los altares oficiales.

Lo cierto es que la devoción no convierte automáticamente a un bandido en héroe, del mismo modo que un prontuario no explica por sí solo la relación que una comunidad establece con sus muertos.

El Mono Araya cayó en enero de 1925. Su vida terminó en el monte salteño, pero su nombre siguió circulando entre quienes visitaban su sepultura.

Y allí, donde una vez hubo un cadáver llevado por policías y vecinos, comenzaron a encenderse las velas de una memoria popular que desafió el paso del tiempo.

Porque el monte se traga las huellas, la lluvia borra los caminos y los años desdibujan los rostros. Pero hay historias que se niegan a morir.

Sentencia poética final

En el monte salteño se apagó su destino,
la pólvora escribió su postrer oración;
y el pueblo, entre las sombras del viejo camino,
encendió sobre su tumba una humilde devoción.

No absuelve una vela la sangre derramada,
ni vuelve justo al hombre la leyenda rural;
pero el tiempo rescata, de la historia olvidada,
lo que guarda en silencio la memoria popular.

Carlos Bonserio
Plaza de los Poetas

Referencias para documentar el artículo

  • Marcelo Agüero Urquiza, Bandoleros rurales: cuestión social y folklore en el norte argentino. El trabajo reconstruye la cuadrilla de Alarcón y el combate en que murió Segundo Araya

  • Cuarto, «Pelayo Alarcón, el bandido rural que asoló a los poderosos en Salta entre 1922-1925», con referencias a los episodios de diciembre de 1924 y enero de 1925.

miércoles, 21 de octubre de 2026

N°24 LA POLICÍA RURAL CONTRA LOS BANDOLEROS RURALES DE LA PATAGONIA

 



Cuando la ley salió a perseguir a los pistoleros del Lejano Oeste que encontraron refugio en los confines de la Argentina.

Un lejano Oeste en el fin del mundo

A comienzos del siglo XX, la Patagonia era una tierra de grandes distancias, estancias aisladas, pueblos pequeños y caminos difíciles. Allí donde las montañas se recortaban contra el cielo y el viento parecía barrer hasta los últimos rastros, llegaron algunos hombres que ya tenían una historia delictiva a sus espaldas.

No eran gauchos matreros de la campaña bonaerense. Eran pistoleros norteamericanos, fugitivos de la justicia de su país, que habían participado en asaltos a bancos y trenes y que buscaban comenzar una nueva vida lejos de sus perseguidores.

Entre ellos estaban Butch Cassidy y Sundance Kid, dos nombres que el cine convertiría en leyenda.

Robert LeRoy Parker, conocido como Butch Cassidy, y Harry Longabaugh, llamado Sundance Kid, llegaron a la Argentina en 1901, acompañados por Etta Place. Se instalaron en la zona de Cholila, en Chubut, donde intentaron presentarse como ganaderos.

La Patagonia les ofrecía algo que escaseaba en las ciudades: espacio, aislamiento y la posibilidad de ocultar el pasado. Pero la distancia no garantizaba impunidad.

Porque, como dice el refrán, «no hay escondite que dure para siempre».

De estancieros a sospechosos

Durante un tiempo, los norteamericanos llevaron una vida que parecía la de cualquier poblador dedicado a la cría de animales. Sin embargo, las autoridades de Estados Unidos seguían interesadas en su paradero.

La agencia de detectives Pinkerton había reunido antecedentes sobre sus actividades y procuraba establecer dónde se encontraban. La información llegó a las autoridades argentinas y comenzó a crecer la sospecha de que aquellos supuestos ganaderos podían volver a las andadas.

En 1905 se produjo un asalto bancario en Río Gallegos que las crónicas y las investigaciones posteriores vincularon con Cassidy, Sundance Kid y otros integrantes de su círculo. Las identidades de todos los participantes y algunos detalles del episodio han sido discutidos por los historiadores, pero el robo puso en movimiento a la policía.

Los investigadores reunieron testimonios, examinaron compras efectuadas antes del asalto y procuraron reconstruir los desplazamientos de los sospechosos. Los presuntos delincuentes, por su parte, contaban con caballos, armas, provisiones y una enorme ventaja: conocían cómo desaparecer en un territorio donde las distancias podían jugar a favor del fugitivo.

La policía debía seguir rastros, interrogar a los pobladores y averiguar si los sospechosos habían tomado rumbo al norte, hacia Chile o hacia zonas más apartadas.

No era una persecución sencilla. No había helicópteros, radios portátiles ni caminos asfaltados. Cada pista podía conducir a un campamento vacío o a un rastro que el viento había borrado.

La frontera y los hombres sin patria

La Patagonia de aquellos años era también una región de fronteras difíciles de vigilar. Ganaderos, trabajadores rurales, comerciantes y pobladores de distintas nacionalidades se movían entre Argentina y Chile. El ganado cruzaba la cordillera y el contrabando se mezclaba con las actividades legales.

En ese escenario actuaban los cuerpos de Policía de Fronteras y las fuerzas policiales territoriales. No siempre disponían de recursos suficientes para cubrir semejante extensión. Los agentes debían recorrer grandes distancias, apoyarse en informantes y actuar en condiciones duras.

La persecución de los bandidos extranjeros se convirtió en un problema de seguridad, pero también en un episodio de la historia de una Patagonia que intentaba consolidar sus instituciones.

Cassidy y Sundance no permanecieron para siempre en Cholila. Las investigaciones y el riesgo de ser capturados contribuyeron a su salida de la región. Más tarde, su historia continuaría en Chile y Bolivia, donde las versiones sobre su destino definitivo se volvieron parte de una leyenda internacional.

Pero la historia de la policía patagónica no terminó con su partida.

La cacería de Wilson y Evans

Un episodio posterior muestra con mayor claridad el peligro que afrontaban los policías rurales.

A fines de 1911, los bandoleros William Wilson y Robert Evans fueron localizados en las inmediaciones de Río Pico, en Chubut, después de una prolongada persecución. Evans estaba relacionado con el mundo delictivo que había rodeado a Cassidy y Sundance durante su estancia patagónica.

Las investigaciones históricas describen una búsqueda que se extendió durante más de seis meses. La policía reunió información sobre los fugitivos y terminó por alcanzarlos en una zona aislada.

La partida llegó preparada para el enfrentamiento. Los hombres perseguidos, sin embargo, no estaban dispuestos a entregarse. Se produjo un tiroteo en el que murieron los dos bandoleros y también perdió la vida un policía; otro agente resultó herido.

No fue una captura limpia ni una escena de película. Fue un choque armado en el que los hombres que representaban a la ley pagaron un precio alto.

La muerte de aquellos delincuentes puso fin a una persecución prolongada, pero también dejó al descubierto la dureza de la tarea policial en los territorios patagónicos.

La historia no siempre ofrece nombres tan conocidos como los de los pistoleros. A menudo recuerda a los bandidos y deja en segundo plano a los agentes que salieron a buscarlos. En este caso, sabemos que una partida policial logró alcanzarlos, aunque las fuentes consultadas no permiten convertir a un único agente en protagonista exclusivo de la operación.

El precio de perseguir a los fugitivos

La policía rural de la Patagonia no combatía solamente a pistoleros extranjeros. También debía enfrentar el robo de ganado, los conflictos entre pobladores, el contrabando y la violencia de una sociedad en la que las distancias dificultaban el control del territorio.

Los agentes podían pasar días sin encontrar a nadie y, de pronto, verse frente a hombres armados que conocían perfectamente el terreno. Una mala decisión podía costarles la vida.

No conviene idealizar aquella época. La actuación policial podía ser eficaz, pero también hubo abusos y procedimientos cuestionados. La historia de las fuerzas fronterizas merece ser examinada con el mismo rigor que la de los delincuentes a los que perseguían.

Lo que sí resulta indiscutible es que la persecución de los bandoleros patagónicos formó parte de la construcción de la autoridad estatal en el sur argentino.

Cassidy y Sundance se convirtieron en leyendas mundiales. Wilson y Evans terminaron muertos en una región que parecía no tener fin. Los policías, en cambio, regresaron —cuando pudieron hacerlo— a sus puestos, a sus familias y a una vida que rara vez entraba en los libros de aventuras.

Y, sin embargo, sin aquellos hombres que siguieron rastros y se internaron en los campos, muchos de estos episodios habrían quedado sin siquiera una crónica.

El último rastro

La Patagonia conserva las casas, los caminos y los paisajes que formaron parte de aquellas historias. La cabaña de Cholila recuerda la presencia de los norteamericanos; Río Gallegos guarda la memoria del asalto bancario; Río Pico evoca el final violento de Wilson y Evans.

Entre el mito y la documentación queda una historia humana: la de hombres que huyeron de la ley y la de otros que arriesgaron la vida para alcanzarlos.

En el campo, un rastro puede perderse. En la memoria, a veces ocurre lo contrario: cuanto más se aleja el tiempo, más crece la leyenda.

Epílogo: Rastros en la Patagonia

Por la estepa solitaria
cabalgó la persecución;
la noche guardó secretos,
el viento borró el rastro y la voz.

Unos buscaban la fuga,
otros cumplían su misión;
y entre disparos y sombras
la tierra escribió su canción.

No todo fue hazaña,
ni todo fue honor;
hubo hombres que cayeron
bajo el mismo cielo feroz.

La Patagonia guarda silencio,
pero no olvida el camino:
unos quedaron en la leyenda,
otros murieron cumpliendo su destino.

Adaptación Carlos Bonserio