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viernes, 9 de octubre de 2026

ARGENTINA: ¿UN PAÍS EN DECADENCIA O UN PARAÍSO QUE NO SABEMOS VALORAR?

 


¿Por qué llegan inmigrantes e inversores a un país que tantos argentinos consideran un fracaso?

Hay una pregunta que merece una reflexión más profunda: si la Argentina es ese desastre económico que algunos describen, ¿por qué sigue atrayendo a inmigrantes, empresarios e inversores de distintas partes del mundo?

Algo no termina de cerrar en ese razonamiento. Si nuestro país fuera tan mediocre, tan pobre en oportunidades y tan carente de futuro como pretenden hacernos creer, ¿por qué hay personas que abandonan sus lugares de origen para instalarse aquí? ¿Y por qué otros, que ya tienen dinero, buscan invertir en nuestras tierras, propiedades y recursos naturales?

No se trata de negar la realidad. La inflación, la pobreza, los salarios insuficientes y las crisis recurrentes son problemas concretos que padecen millones de argentinos. Pero una cosa es reconocer las dificultades de una nación y otra muy diferente es convencernos de que esa nación carece de valor.

Un país puede tener una economía débil y, al mismo tiempo, poseer una riqueza extraordinaria.

El error consiste en confundir la pobreza de una parte de sus habitantes con la pobreza del territorio que habitan. Y esa confusión puede resultar muy conveniente para quienes saben reconocer las oportunidades que aparecen cuando los demás solamente ven desgracias.

Los que llegan y los que se van

La Argentina ha sido históricamente un país de inmigrantes. Millones de personas llegaron desde Europa y otros lugares del mundo buscando trabajo, tierras y un futuro para sus hijos. Muchos encontraron aquí oportunidades que no tenían en sus países de origen y contribuyeron a construir la nación que hoy conocemos.

En la actualidad, los motivos son diversos. Algunos llegan para trabajar, otros para estudiar, reunirse con sus familias o encontrar mejores condiciones de vida. La educación pública, la atención sanitaria pública y determinadas políticas sociales pueden representar ventajas importantes para quienes provienen de lugares donde el acceso a esos servicios resulta más difícil.

Eso no significa que todo funcione bien ni que cualquier extranjero tenga automáticamente derecho a todas las prestaciones. Significa que la Argentina conserva recursos e instituciones que pueden resultar atractivos para quienes buscan una oportunidad.

También hay argentinos que emigran porque no encuentran aquí los ingresos o la estabilidad que desean. Pero eso no demuestra que los países a los que se marchan sean mejores en todos los aspectos. Cada persona compara oportunidades, necesidades y expectativas.

La emigración no es un concurso que determine qué país es el mejor del mundo. Sin embargo, los movimientos migratorios nos obligan a preguntarnos qué ofrece cada sociedad y qué posibilidades brinda a sus habitantes.

La Argentina atrae tanto a personas con pocos recursos como a otras con grandes capitales, aunque por razones diferentes.

Los primeros pueden buscar empleo, educación, servicios públicos o una vida más segura. Los segundos pueden interesarse por nuestras tierras fértiles, los inmuebles, el turismo, la energía, los minerales y las posibilidades de desarrollar negocios.

No todos los inversores extranjeros buscan aprovecharse de una crisis. Muchos aportan tecnología, crean empleo y desarrollan actividades productivas. Pero tampoco debemos ser ingenuos: el capital busca oportunidades y, cuando una economía atraviesa dificultades, esas oportunidades pueden multiplicarse.

La riqueza que tenemos delante

La Argentina posee agua dulce, tierras fértiles, recursos energéticos, minerales, bosques, biodiversidad y una extensa costa marítima. Tiene una enorme diversidad climática, desde regiones subtropicales hasta territorios fríos, desde las grandes llanuras agrícolas hasta las montañas y los paisajes patagónicos.

A esa riqueza natural debemos sumar nuestras universidades, científicos, profesionales, técnicos, trabajadores especializados y una cultura reconocida internacionalmente.

No todos esos recursos están igualmente disponibles ni aprovecharlos resulta sencillo. Se necesitan inversiones, infraestructura, planificación y políticas estables. Pero el potencial existe.

Entonces, ¿Cómo se explica que un territorio con semejantes posibilidades conviva con crisis económicas recurrentes y dificultades sociales tan profundas?

La respuesta incluye errores de gobierno, inestabilidad institucional, problemas de productividad, endeudamiento y decisiones económicas equivocadas. Sin embargo, hay algo que no deberíamos olvidar: la mala administración de una riqueza no convierte esa riqueza en inexistente.

Una empresa puede quebrar pese a poseer maquinaria valiosa. Una estancia puede endeudarse sin que sus tierras dejen de ser fértiles. Y un país puede empobrecer a sus habitantes mientras conserva activos que otros consideran extraordinariamente valiosos.

Por eso, cuando vemos que inversores extranjeros compran tierras y propiedades en la Argentina, debemos preguntarnos qué ven ellos que nosotros no estamos viendo.

La propiedad de la tierra merece especial atención. Los registros oficiales argentinos han documentado millones de hectáreas rurales en manos extranjeras. Esa realidad no significa que los extranjeros posean la mayor parte del territorio nacional, pero demuestra que existe un interés concreto por nuestros recursos.

La tierra no es una mercancía cualquiera. Su extensión es limitada, y su valor puede depender de la fertilidad, el agua, la ubicación, los minerales o el potencial turístico. No podemos fabricar nuevas pampas ni multiplicar a voluntad nuestros acuíferos.

Por eso, el debate no debería reducirse a estar a favor o en contra del capital extranjero. La pregunta fundamental es si las inversiones benefician al país, generan empleo, desarrollan la producción y respetan el ambiente, o si simplemente permiten adquirir activos estratégicos en condiciones excepcionalmente ventajosas.

Grecia: cuando una crisis convierte la propiedad en una oportunidad

El caso de Grecia permite comprender esta paradoja.

A partir de 2009, la crisis de deuda griega provocó una profunda contracción económica, aumentó el desempleo y golpeó al mercado inmobiliario. Los precios de la vivienda cayeron más del 40 % entre 2008 y 2016, según análisis del Fondo Monetario Internacional. Con el tiempo, el mercado comenzó a recuperarse y volvió a atraer compradores e inversores extranjeros.

Las propiedades griegas despertaron interés por sus precios relativos, el turismo y las posibilidades de obtener ganancias futuras. También influyeron programas que ofrecían residencia a determinados inversores extranjeros.

¿Qué ocurrió? Mientras numerosos propietarios sufrían dificultades económicas, quienes disponían de capital podían aprovechar las bajas valoraciones para comprar inmuebles y terrenos.

No significa que todas las compras se hicieran a precio de ganga ni que la crisis hubiera sido organizada deliberadamente para beneficiar a inversores. Para sostener semejante acusación harían falta pruebas. Pero el mecanismo económico es evidente: cuando los precios caen y los propietarios necesitan vender, quienes tienen dinero disponible pueden comprar en condiciones que antes no existían.

Después, si el mercado se recupera, los nuevos propietarios pueden obtener importantes ganancias. Entretanto, los antiguos dueños quizá ya no estén en condiciones de recuperar sus bienes.

Y aparece una segunda paradoja: la recuperación del mercado inmobiliario no garantiza que los habitantes puedan acceder más fácilmente a una vivienda. Si los precios suben más rápido que los ingresos, el país puede resultar atractivo para los inversores mientras sus propios ciudadanos encuentran cada vez más dificultades para comprar.

Una crisis puede empobrecer a una parte de la población y, al mismo tiempo, crear oportunidades para quienes disponen de capital.

Grecia no demuestra que todas las crisis sean provocadas para facilitar compras extranjeras. Sí demuestra por qué debemos observar quiénes pierden patrimonio durante una crisis y quiénes están en condiciones de adquirirlo.

¿Podría ocurrir algo parecido en la Argentina?

Imaginemos una economía debilitada, propietarios endeudados, empresas con dificultades y productores obligados a vender para sobrevivir. Al mismo tiempo, hay compradores con dólares, financiamiento internacional y capacidad para esperar una recuperación.

Los primeros venden por necesidad; los segundos compran porque encuentran una oportunidad.

Años después, si mejoran las condiciones económicas, esos bienes pueden valer mucho más. El comprador obtiene una ganancia, mientras el antiguo propietario quizá ya no tenga posibilidades de recuperarlos.

Esto puede suceder sin que exista un plan secreto. Basta con que una parte de la sociedad atraviese una crisis y otra disponga de los recursos necesarios para aprovechar los precios bajos.

Por eso, debemos preguntarnos si determinadas decisiones económicas están ayudando a construir un país más productivo o si, por el contrario, terminan facilitando la transferencia de activos a quienes tienen mayor capacidad financiera.

No se trata de cerrar las fronteras ni de desconfiar de todo inversor. Se trata de establecer reglas claras, defender el interés nacional y evitar que la necesidad de hoy se convierta en la pérdida de oportunidades para las generaciones futuras.

¿Quién decide cuánto vale la Argentina?

En determinados discursos políticos y económicos, nuestro país aparece como un territorio condenado al fracaso, incapaz de progresar por sus propios medios y necesitado de entregar sus recursos a quienes supuestamente saben administrarlos mejor.

Es legítimo criticar la corrupción, el despilfarro y las políticas que destruyen la inversión. Lo que no resulta razonable es presentar a toda la nación como un fracaso irremediable.

También existen intereses económicos que pueden beneficiarse de una crisis, una privatización mal negociada o la compra de activos depreciados. Eso no significa que todos los críticos del país respondan a esos intereses ni que toda inversión extranjera sea perjudicial.

Significa que debemos examinar cada operación y preguntarnos quién gana, quién pierde y qué obtiene la sociedad a cambio.

¿Se crean empleos? ¿Se desarrolla tecnología? ¿Se construye infraestructura? ¿Se protege el ambiente? ¿Se reinvierten ganancias? ¿O los beneficios quedan concentrados mientras los costos recaen sobre la población?

El dinero que ingresa puede ser una herramienta de desarrollo, pero no reemplaza la necesidad de tener un proyecto nacional.

La riqueza de un país no debería medirse solamente por el valor de sus tierras o el volumen de inversiones recibidas. También debe medirse por la capacidad de sus habitantes para vivir dignamente, acceder a oportunidades y participar de los frutos del desarrollo.

El verdadero paraíso argentino

Quizá el mayor problema de la Argentina no sea la falta de riqueza, sino nuestra dificultad para convertirla en bienestar duradero.

Tenemos una enorme capacidad agropecuaria, recursos energéticos y minerales, posibilidades turísticas extraordinarias y una sociedad que ha producido científicos, artistas, escritores, deportistas y profesionales reconocidos en todo el mundo.

Sin embargo, todavía nos cuesta construir una economía estable que ofrezca oportunidades a quienes viven aquí.

El verdadero patriotismo no consiste en negar los problemas ni en afirmar que todo tiempo pasado fue mejor. Consiste en reconocer lo que está mal, exigir responsabilidades y trabajar para que las riquezas del país se traduzcan en mejores condiciones de vida.

También consiste en comprender que el patrimonio nacional no se limita a los campos, los bosques, las minas o los yacimientos. Incluye la educación, la cultura, la memoria histórica, los conocimientos acumulados y la posibilidad de que las nuevas generaciones construyan aquí su futuro.

La Argentina puede tener una economía débil sin ser pobre en recursos. Puede tener malos gobiernos sin ser una nación mediocre. Y puede atravesar una crisis sin haber perdido su potencial.

Tal vez el problema no sea que nuestro país valga poco, sino que todavía no hemos aprendido a transformar todo lo que vale en bienestar para quienes lo habitamos.

Mientras algunos argentinos solo ven motivos para marcharse, otros analizan nuestras tierras, nuestras aguas, nuestras costas, nuestra energía y nuestras posibilidades productivas.

Ellos hacen sus cuentas. Nosotros deberíamos hacer las nuestras.

Porque la patria no es solamente el lugar donde nacimos. También es el patrimonio que recibimos, la cultura que compartimos y el futuro que tenemos la responsabilidad de construir.

Un pueblo que desconoce el valor de lo que posee puede terminar perdiéndolo, no porque carezca de riqueza, sino porque nunca aprendió a defenderla.

 

 

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

OLEADAS DE OVNIS EN MÉDANO BLANCO

 



OLEADAS DE OVNIS EN MÉDANO BLANCO

En febrero de 2026, una noticia comenzó a despertar la curiosidad de quienes seguían de cerca los fenómenos inexplicables que, de tanto en tanto, parecían cruzar los cielos argentinos.

En declaraciones a un periodista de FM Sur, el investigador especializado en fenómenos OVNI Antonio Gámez aseguró que durante lo que restaba de febrero, marzo y abril se produciría un “pico de observación” de estos extraños fenómenos.

Según explicó, las apariciones no se producían de manera uniforme a través del tiempo, sino que tendían a concentrarse en determinados lugares y períodos.

—El comportamiento de los ovnis es en oleada —señaló Gámez—. Nunca las apariciones son uniformes en el tiempo, ya que, por una serie de factores, se concentran espacial y temporalmente en ciertos lugares y en ciertos momentos, lo que produce picos de observaciones.

Para el investigador, aquella época podía marcar el comienzo de una nueva oleada que se manifestaría en distintos puntos del país.

Y entre los lugares que mencionó apareció un nombre que, para los habitantes de Necochea y Quequén, tenía un significado muy particular:

Médano Blanco.

En los días anteriores se habían producido allí varios avistamientos que llamaron la atención de los investigadores.

Según los testimonios recogidos, el fenómeno se presentó en diferentes horarios. El lunes fue observado alrededor de las diez de la noche y nuevamente a las 23.05. Al día siguiente volvió a aparecer, esta vez alrededor de las cuatro de la tarde y luego a las 21.30.

Los testigos describieron el objeto como una especie de esfera de color naranja, cuyo tamaño aparente era semejante al de la Luna llena.

El relato tenía todos los ingredientes de una historia difícil de olvidar.

El objeto habría surgido desde detrás del Médano Blanco y, una vez sobre la cumbre, comenzó a balancearse en el aire. Luego descendió lentamente en dirección al océano Atlántico.

Pero cuando parecía que iba a desaparecer sobre el mar, volvió a elevarse.

Finalmente, se perdió entre los médanos.

¿Qué habían visto aquellas personas?

Esa era, precisamente, la pregunta que quedaba flotando.

Gámez sostenía que estos fenómenos no eran nuevos ni exclusivos de un determinado lugar del país. Por el contrario, afirmaba que se habían producido observaciones semejantes en distintos puntos de la Argentina.

Por aquellos mismos días también se hablaba de un extraño objeto observado en las proximidades del cerro Uritorco y de reiterados avistamientos de luces en el cielo de Villaguay, en la provincia de Entre Ríos.

Para el investigador, todos aquellos episodios podían formar parte de una misma oleada.

Médano Blanco, además, parecía ocupar un lugar especial dentro de esa historia.

—Médano Blanco y toda la zona de médanos parece atraer, por una característica propia, estas manifestaciones —afirmó Gámez.

Según su interpretación, allí no solamente se habían registrado observaciones de objetos voladores no identificados, sino también relatos relacionados con entidades, fenómenos espirituales y experiencias vinculadas con la sanación.

Había quienes creían en aquellas historias y quienes las escuchaban con una sonrisa incrédula.

Y es que, como dice el viejo refrán, “cuando el río suena, agua lleva”.

Pero también es cierto que “del dicho al hecho hay mucho trecho”.

Entre una cosa y otra queda justamente el misterio.

Gámez sostenía que las llamadas “oleadas”, o flaps, podían ser estudiadas mediante determinados patrones. Si detrás de aquellos fenómenos existía una conducta inteligente, argumentaba, entonces esa conducta debía tener una motivación y, por lo tanto, determinadas pautas que podían llegar a ser previsibles.

Según explicaba, los modelos matemáticos permitían anticipar, con algunos meses de anticipación, aquellos períodos en los que convenía prestar mayor atención al cielo.

No se trataba, decía, de hacer una profecía barata.

Se trataba de observar, comparar y buscar coincidencias.

Mientras tanto, en Necochea, Médano Blanco seguía allí, enorme y silencioso, como había estado siempre.

Durante el día, solamente era arena, viento y horizonte.

Pero cuando llegaba la noche, cuando el último resplandor del sol desaparecía sobre el Atlántico y las sombras comenzaban a cubrir los médanos, la imaginación hacía el resto.

Quizás aquella esfera anaranjada había sido un fenómeno natural.

Quizás había una explicación sencilla que algún día permitiría descifrar lo ocurrido.

O quizás no.

Porque hay lugares donde la realidad parece dejar una pequeña puerta abierta para que entre el misterio.

Y Médano Blanco, con sus dunas interminables y sus noches profundas, parecía tener una de esas puertas.

Tal vez por eso, desde aquella noche, algunos habitantes comenzaron a mirar un poco más hacia arriba.

Porque cuando el cielo guarda un secreto, basta una luz extraña para que todo vuelva a comenzar.

Sobre la arena quedó el viento,
sobre el mar quedó la mirada,
y en el cielo, la pregunta suspendida.

La Ley de las Sombras


 Prólogo

El que maneja la sombra

cree que la luz no le llega Carson,

pero el destino no ciega

al que por matar se nombra.

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La Ley de las Sombras

Acto I: La ley de los médanos

A principios de los años noventa, el paraje costero de Costa Bonita era un territorio de contrastes. Por un lado, la Hostería de la familia Julio —el icónico Hotel Ostende— se llenaba cada verano con la vibrante y reservada comunidad LGBT que buscaba refugio y libertad frente al mar; por el otro, al caer el sol, el lugar se volvía poco más que un puñado de casas de veraneo sumergidas en el silencio absoluto de los médanos y el viento indomable del Atlántico. Un lugar perfecto para esconderse, y un escenario ideal para los negocios invisibles. Bien dicen en el campo que "el zorro sabe por zorro, pero más sabe por viejo", y el sargento primero aplicaba esa máxima en cada rincón de la costa.

Allí comenzó a fraguarse el mito del hombre al que internamente llamaban el dueño de las esquinas. En los papeles de la Jefatura figuraba con un nombre común, pero en el barro de la calle su palabra era ley absoluta. Tenía la mirada fría, el bigote espeso típico de la época y una pistola Browning Hi-Power calibre 9 milímetros calzada en la cintura como una extensión de su propio cuerpo.

Aquella tarde en Costa Bonita, el silencio de la playa se rompió con el estruendo de una balacera. Dos delincuentes dedicados al saqueo de viviendas terminaron con el pecho perforado por el plomo sobre la arena. El sargento primero regresó a la seccional con el uniforme intacto, su arma reglamentaria humeante y un acta de procedimiento impecable: un enfrentamiento en flagrancia, dos ladrones abatidos en cumplimiento del deber. La Superioridad lo felicitó por su valentía y los vecinos respiraron aliviados.

Sin embargo, la sospecha popular es un pozo hondo. Ya lo reza el dicho: "en río revuelto, ganancia de pescadores". En los rincones oscuros de la noche costera, el rumor corrió como el agua entre los dedos. Se decía que aquellos dos muertos no eran desconocidos para el sargento; se decía que eran su "mano de obra", jóvenes ladrones que habían limpiado más de 30 casas de la zona que él mismo les marcaba a cambio de un porcentaje.

La voz de la calle aseguraba algo mucho más macabro sobre esa tarde en la playa: que no hubo tal tiroteo, sino una ejecución a sangre fría. Para justificar el supuesto enfrentamiento ante los peritos, el sargento se habría agachado sobre los cuerpos aún tibios para "plantarles" la evidencia, encajando a la fuerza un oxidado revólver calibre .22 corto en los dedos rígidos de uno, y un viejo Pasper calibre .32 con el niquelado gastado en la mano del otro. El tiroteo en la arena no había sido justicia, sino un ajuste de cuentas camuflado de procedimiento oficial. Una advertencia silenciosa para cualquiera que intentara quedarse con más dinero de lo pactado o amagara con "mexicanear" al jefe. El sargento no dejaba cabos sueltos, y los muertos no hablan.

Acto II: La esquina de la traición

Pasaron los años y la reputación del sargento creció como una sombra protectora sobre los comercios del centro de Necochea. Para el año 1995, ya era un veterano de cuarenta años, respetado por los comerciantes y con placas de reconocimiento en su haber. Pero la impunidad tiene una fecha de vencimiento silenciosa, porque "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe".

El mediodía de un jueves de septiembre de 1995 amaneció denso. Dos jóvenes audaces y desesperados, conocidos en el hampa local como "El Cabezón" y "El Chapa", recorrerían las calles céntricas a bordo de un scooter. En cuestión de minutos, desataron un raid violento: asaltaron dos comercios sobre la transitada Avenida 59, entre ellos la firma "Gabi Gom". Entraron con los caños calientes de sus armas cortas —un pesado revólver calibre .38 Largo y un viejo .32 con tambor volcable, del tipo "lechucero"—, redujeron a empleados y clientes bajo amenaza de muerte, y vaciaron las cajas con una velocidad que denotaba demasiada confianza. Demasiada tranquilidad.

Pero esta vez, el libreto cambió de golpe. Al llegar a la esquina de la Avenida 59 y la calle 46, el ruidoso motor del scooter se topó de frente con el trompo de un patrullero que les cortó la marcha. "No por mucho madrugar se amanece más temprano", habrán pensado los delincuentes al ver las balizas reflejadas en las vidrieras céntricas.

El sargento abrió la puerta antes de que el móvil terminara de frenar. No hubo voces de alto ni protocolos de manual. Se abalanzó directamente sobre el conductor en un forcejeo cuerpo a cuerpo feroz, salvaje, sobre el cemento céntrico. Los testigos que miraban de reojo y aterrados desde las vidrieras jurarían después que aquello no parecía la detención de un delincuente, sino una pelea a muerte entre hombres que se conocían demasiado bien. Fue en ese cruce de respiraciones y brazos trabados cuando el proyectil de un revólver entró a quemarropa por la espalda del sargento, provocándole una herida letal que lo derribó en el acto.

La respuesta de sus compañeros de armas fue un infierno de fuego cruzado con las pistolas 9mm que transformó el centro de la ciudad en una zona de guerra. "El Cabezón" cayó seco en medio del asfalto con el pecho destrozado, con los billetes del robo volando a su alrededor. "El Chapa" recibió un balazo certero en la columna vertebral que lo tiró junto al scooter, dejando las armas de los asaltantes tiradas sobre el cordón de la vereda.

Acto III: El final del secreto

Mientras el sargento moría por esa herida letal en la esquina de la Avenida 59, el único delincuente sobreviviente iniciaba su propia agonía. Trasladado bajo estricta custodia al Hospital Penna de Bahía Blanca, quedó postrado, con el cuerpo paralizado de la cintura para abajo debido al daño irreversible en su médula. Pasó casi dos meses inmóvil en una cama, con los ojos fijos en el techo, sabiendo en carne propia que "el que siembra vientos, cosecha tempestades". Se llevó los secretos en la garganta hasta que el 23 de noviembre de ese mismo año su corazón se detuvo.

La historia oficial volvió a escribir las letras de bronce: un héroe caído en combate, un ascenso postmórtem y discursos oficiales con la voz quebrada.

Pero en las mesas de los cafés de Necochea, las piezas del rompecabezas ya habían encajado de otra manera. Los memoriosos unieron los hilos invisibles que conectaban a los dos ladrones muertos en Costa Bonita con la balacera de la Avenida 59. Comprendieron que como en el conurbano, cada vez que algo salía mal en los arreglos espurios de la calle, las bandas terminaban completamente exterminadas y los supuestos tiroteos servían para sellar las bocas que podían comprometer al uniforme.

Los hombres que sabían la verdad exacta de lo que se pactaba en las sombras cayeron uno a uno. El caso se cerró en los archivos judiciales, dejando a la región dividida para siempre entre el recuerdo…

El perro delator




Sudeste bonaerense

En el campo perteneciente a la sucesión de Julio Pueyrredón, la madrugada del 22 de mayo de 1938 transcurrió aparentemente como tantas otras. Sin embargo, antes de que amaneciera, manos desconocidas ingresaron al establecimiento y sustrajeron dos animales de buen valor para aquellos tiempos: un borrego Lincoln y un carnero Ramboullet, valuados en nada menos que 60 pesos fuertes.

Los ladrones no se limitaron a llevarse los animales. Los carnearon allí mismo, aprovechando la tranquilidad del campo y pensando seguramente que, de esa manera, podrían transportar solamente la carne y dejar atrás aquello que les resultara más pesado o comprometedor.

Así fue como abandonaron los cueros.

Pero en el apuro cometieron un error que terminaría resultando fatal para sus planes.

Al retirarse, dejaron olvidado un perro que habían atado a una tranquera.

Quizás pensaron que nadie repararía en el animal. Quizás simplemente no se dieron cuenta de que aquel silencioso testigo podía convertirse en el mejor aliado de la policía.

Cuando se descubrió el robo y llegaron los agentes, encontraron al perro todavía atado.

Lo soltaron y, en lugar de llevárselo o dejarlo marchar, decidieron seguirlo a prudente distancia.

El animal tomó su rumbo.

Y los policías, detrás.

De esa manera, sin interrogatorios, sin confesiones y sin necesidad de perseguir a ningún sospechoso, el perro terminó conduciendo a los agentes hasta la guarida de los ladrones.

El rastro llevó directamente al domicilio de los hermanos Juan y Herminio Sazu.

Una vez allí, la policía procedió a revisar el rancho. Y la búsqueda dio sus frutos: ocultas y tapadas con unas bolsas encontraron las dos reses de animal lanar, completamente frasca.

El misterio estaba resuelto.

Los animales robados habían sido encontrados y el camino hasta ellos había sido señalado, nada menos que por el propio perro de los delincuentes.

Los ladrones habían pensado en los animales, en la carne, en los cueros y en la manera de transportar el botín.

Pero se olvidaron de un detalle.

Al perro.

Y aquel descuido terminó echando por tierra toda la operación.

En aquellos tiempos no había cámaras de seguridad, teléfonos celulares ni modernas técnicas de investigación. Para seguir una pista hacía falta observar, preguntar y, algunas veces, saber aprovechar una casualidad.

Esta vez, la casualidad tenía cuatro patas.

Y así quedó para la historia aquella curiosa investigación policial ocurrida en mayo de 1938, en la que un perro terminó haciendo, sin proponérselo, el trabajo de un verdadero detective.

Porque, como dice el viejo refrán, por la boca muere el pez.

Aunque en este caso habría que hacerle una pequeña modificación:

por el perro, cayó el ladrón.

Y eso que dicen que el mejor amigo del hombre es el perro.

lunes, 5 de octubre de 2026

EL DÍA QUE DESCUBRÍ CUÁNTO COBRABA

 


Trabajo en una empresa que fabrica preservativos y soy el encargado del control de calidad.

Una vez fabricados, me los pruebo. Si no pierden y no tienen agujeros, los vuelvo a meter en su bolsita y la sello. Es un trabajo delicado, de mucha responsabilidad y, sobre todo, de gran compromiso con la empresa.

Y no es porque mi pene sea grande. Todo lo contrario. Es bastante normal, tirando a miserable. Digamos que soy el patrón de medida perfecto para todos los varones del mundo.

Si funciona conmigo, funciona con cualquiera.

Y allí estaba yo, tan ricamente enfrascado en mi faena, cuando vi que se acercaban las dos mujeres de Recursos Humanos.

Venían con las nóminas y algo más en las manos.

Era una calculadora de doble pantalla que convierte los pesos en dólares y los dólares en pesos. Al parecer, la empresa no se fía de que nuestro cerebro sea capaz de realizar semejante operación matemática.

Y no era para menos.

Mi calculadora, comparada con las de los demás colaboradores, tenía tres dígitos menos.

Las dos mujeres se miraron y soltaron una risita sarcástica.

Yo apenas les presté atención. Estaba demasiado concentrado en mi trabajo.

Además, como dice el refrán, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Y yo, hasta ese momento, era un hombre feliz.

Fue al terminar mi jornada laboral, mientras me dirigía hacia el subte, cuando se me ocurrió mirar la nómina.

Nunca lo hago.

Lo que cobro lo tengo asumido. Es como saber que mañana va a amanecer: uno no necesita comprobarlo todos los días.

Pero aquel día cometí el error de mirar.

Vi la primera cifra.

Cuatro dígitos.

Y dos decimales.

Entré inmediatamente en un bucle cerrado.

—Mierda...

Lo repetí una vez.

—Mierda...

Y otra.

—¡MIERDA!

Mi mundo se hizo pequeño de golpe.

Creí estar dentro de una pesadilla y esperaba despertarme de un momento a otro. Pero no.

Aquello era real.

Demasiado real.

Toda mi vida pasó delante de mis ojos en cuestión de segundos: los años trabajados, los madrugones, los viajes en subte, las horas extras, las preocupaciones, las facturas, los impuestos...

Y entonces comprendí una verdad universal:

a perro flaco, todo son pulgas.

Lloré.

Blasfemé.

Insulté a mi mujer, a mis hermanos, a mis primos y hasta a mi madre, aunque algunos de ellos no tenían absolutamente ninguna responsabilidad en el asunto.

Grité de dolor y clavé las rodillas en el suelo con el sentimiento de quien ha sido violado y, encima, tiene que pagar la consulta del psicólogo.

Elevé los brazos al cielo y grité:

—¡Me cago en Dios! ¡La puta madre que los parió!

En ese preciso instante, un hombre se acercó.

Tenía el pelo castaño, barba castaña y una túnica que, por suerte, no era castaña, sino blanca.

Sus ojos transmitían una bondad infinita y eran de un verde intenso, casi tan bonitos como los míos.

Apoyó su mano sobre mi cabeza, como si yo fuera su discípulo, y me dijo con voz serena:

—Tranquilo. Todo se arreglará. Busca la paz en tu interior.

Levanté lentamente los ojos hacia él.

Lo miré fijamente.

Y le respondí:

—Encima no me toques los huevos. ¡Vafanculo!

Me sentía desgarrado.

Y es que, como suele decirse, “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Pero aquello no me consolaba absolutamente nada.

Y esto me ha pasado hoy.

Por suerte, cuando parecía que el día iba camino de terminar en tragedia, tuve una conversación erótica con una mujer sensual, tremendamente excitante, una auténtica bomba.

Aquello consiguió devolverme parcialmente a la vida.

No solucionó mi problema económico, claro.

No hizo que aparecieran mágicamente los dólares que faltaban.

Pero consiguió que el día no terminara en tragedia.

Eso sí...

Me salió un poco caro en teléfono.

Porque, al fin y al cabo, al mal tiempo, buena cara.

Y si además la conversación es buena...

¡Que la pague la compañía telefónica!


Vafanculo: expresión italiana, pronunciada tal como está escrita. Es una forma vulgar de mandar a alguien “a la mierda” o, literalmente, “a hacer algo relacionado con el culo”.

FUTBOLISTAS HACIENDO VANGUARDIA

 

 

Adictos a lo ajeno se habían agenciado de una vaquillona de una estancia vecina. Y como dice el refrán, “a caballo regalado no se le miran los dientes”, aunque en este caso el animal no había sido precisamente regalado.

Como tenían un equipo de fútbol y eran buenos para la gambeta —dentro y fuera de la cancha—, invitaron a sus compañeros para compartir una comida campestre. La ocasión pintaba de maravillas: partido, asado y buena camaradería. ¿Qué más se podía pedir?

A un costado de la cancha, varias parrillas comenzaron a echar humo. La vaquillona, convenientemente acomodada al asador, esperaba su destino gastronómico mientras los improvisados cocineros se daban aires de grandes maestros parrilleros.

El partido terminó en un justo empate: uno a uno. Nadie ganó ni perdió, y todos quedaron conformes. Porque, como dicen por ahí, “lo comido y lo bailado nadie te lo quita”.

Terminada la contienda deportiva, los jugadores se dirigieron hacia las parrillas para observar los toques finales. El ambiente era de fiesta. Había bromas, sonrisas y carcajadas, especialmente cuando alguno recordaba al dueño del animal y hacía algún comentario sobre la suerte que había tenido la vaquillona de terminar convertida en asado.

—¡Esta noche comemos como reyes! —decía uno.

—¡Y mañana veremos! —contestaba otro entre risas.

La carne ya comenzaba a dorarse y el aroma se extendía por los alrededores. Los muchachos tenían la boca hecha agua. “Barriga llena, corazón contento”, pensaban, aunque todavía faltaba lo mejor.

Cuando todo estuvo a punto de caramelo, llegó el momento de preparar la carneada. Habían afilado los cuchillos y hasta se permitieron la humorada de hacer una buena limpieza de los dientes con aquellas afiladas puntas de acero, para después masticar con mayor comodidad.

La mesa estaba servida… aunque todavía faltaba llevar la comida a la mesa.

Y fue justamente entonces cuando ocurrió lo inesperado.

De repente, el cielo pareció oscurecerse.

Pero no era una tormenta.

No venía lluvia.

No era viento.

Era algo mucho peor para aquellos parrilleros improvisados.

Por el camino apareció el dueño de la vaquillona… acompañado por la policía.

Las risas se apagaron de golpe.

Las bromas quedaron suspendidas en el aire.

Y aquellos hombres que hacía apenas unos minutos se sentían dueños del mundo comprendieron, de la manera más amarga, que “la alegría dura poco en la casa del pobre”.

El asado quedó a medio terminar, los cuchillos dejaron de brillar y más de uno sintió que se le había cerrado el apetito.

Porque, como enseña el viejo refrán, “quien mal anda, mal acaba”.

Y aquella tarde descubrieron que hacer vanguardia tiene sus riesgos: especialmente cuando uno marcha adelante… ¡con una vaquillona ajena!

domingo, 4 de octubre de 2026

LA ARISTOCRÁTICA HISTORIA DE QUEQUÉN...LOS GUERRICO LAMARCA

 



El Arenal, el castillo de los Guerrico Lamarca

Hay lugares que desaparecen mucho antes de que sus paredes caigan.

Dejan de existir cuando ya nadie recuerda las voces que los habitaron, las risas que alguna vez llenaron sus habitaciones, los pasos que recorrieron sus escaleras o las historias que quedaron atrapadas entre sus paredes.

En Quequén hubo uno de esos lugares.

Se llamó El Arenal.

Y durante muchos años fue mucho más que una enorme residencia frente al mar. Fue parte de una época, de una manera de vivir y de aquel Quequén aristocrático que alguna vez recibió a familias de la alta sociedad porteña.

AQUEL QUEQUÉN DE LOS VERANOS

Ya hacia 1890, el Hotel Quequén recibía durante el verano a familias distinguidas de la sociedad argentina y a políticos de renombre.

Llegaban atraídos por el mar, por la tranquilidad del lugar y también por la posibilidad de levantar allí sus propias casas de veraneo.

Quequén comenzaba entonces a cambiar de fisonomía.

Los arquitectos porteños llegaban con sus tableros y sus proyectos. Sobre terrenos altos, donde la arena todavía imponía sus propias reglas, comenzaron a levantarse grandes villas y casonas palaciegas inspiradas en la arquitectura europea de aquellos años.

Se calcula que fueron alrededor de quince las propiedades de estas características.

Muchas se encontraban en las proximidades de la avenida Almirante Brown y del Hotel Quequén.

Eran verdaderos palacetes.

Postales de una época en la que pasar el verano junto al mar podía significar permanecer tres meses lejos de Buenos Aires, rodeado de familiares, amigos, invitados y personal de servicio.

Porque, como dice el viejo refrán:

“Cada época tiene su encanto y cada recuerdo, su historia.”

Y aquella época tuvo un encanto muy particular.

EL ARENAL

Entre aquellas grandes residencias se encontraba El Arenal, perteneciente a la familia Guerrico Lamarca.

Estaba apenas a unos cien metros del Hotel Quequén.

Era una construcción inspirada en una maison francesa, con detalles delicados y una arquitectura que parecía llegada desde otro mundo.

Pero había algo contra lo que ni los arquitectos, ni los propietarios, ni el dinero podían luchar:

la arena.

Todos los años, cuando la familia regresaba, encontraba frente a la entrada un nuevo huésped.

Un médano.

A veces tan grande que había que retirarlo para poder entrar.

Quequén tenía entonces una manera muy particular de recordarles a sus visitantes quién mandaba allí.

El mar y la arena.

UN VIAJE A EUROPA

Las historias de El Arenal parecen sacadas de una novela.

En aquellos tiempos los viajes a Europa se realizaban en barco y podían durar varios meses.

Las familias llevaban incluso su propia vaca para disponer de leche fresca y grandes barras de hielo para conservar los alimentos durante la travesía.

En uno de esos viajes llegaron a Ámsterdam y se encontraron con una feria de muebles y objetos para el hogar.

Allí adquirieron una colección que había obtenido el primer premio del certamen.

Muebles, cuadros y adornos que reflejaban, de alguna manera, el espíritu de Holanda.

Eran muebles robustos, de líneas rectas, construidos en roble macizo y pertenecientes al entonces moderno estilo Art Nouveau.

Cada habitación tenía su propio anagrama.

Las figuras geométricas, realizadas mediante incrustaciones de marfil en respaldos y armarios, diferenciaban unas habitaciones de otras.

Todo aquello cruzó nuevamente el océano.

Desde Ámsterdam hasta Puerto Quequén.

Y así, pedazo a pedazo, Europa fue entrando en El Arenal.

UNA CASA QUE TENÍA ALMA

La casa estaba llena de madera, boiseries y hermosos pisos.

La iluminación había sido originalmente a gas.

Cuando llegó la electricidad hubo que rehacer toda la instalación.

El agua provenía de un pozo.

El comedor era enorme.

Había un escritorio que también podía convertirse en dormitorio y una habitación para los varones donde se alineaban numerosos catres.

En el office se tomaba el desayuno.

Una escalera de madera conducía al segundo piso, donde estaban los dormitorios, mientras que en el tercero se encontraban las habitaciones destinadas al servicio.

La cocina estaba en el sótano y allí funcionaba una cocina económica.

Pero aquella casa, tan hermosa en verano, tenía un enemigo durante el invierno:

el frío del mar.

No tenía calefacción y se encontraba a pocos pasos de la costa.

El viento entraba por las ventanas y el invierno podía convertirse en una verdadera prueba de resistencia.

Sin embargo, hubo años en que las familias debieron permanecer allí más tiempo del previsto.

UNA CASA ABIERTA

Desde la década de 1940, El Arenal fue utilizado por Albertina Lamarca de González Moreno, sus diez hijos y una sobrina.

La casa cobraba vida durante los veranos.

Había cocina a leña, heladeras que diariamente recibían enormes barras de hielo y un servicio doméstico de temporada compuesto por una cocinera, una ayudante de cocina, dos mucamas y una lavandera.

En la segunda planta estaban las habitaciones.

Desde allí se accedía a un mirador de 360 grados que rodeaba el tanque de agua.

En sus primeros tiempos, el mirador tenía una enorme sombrilla de madera.

Pero un temporal decidió que aquella sombrilla no pertenecía al paisaje.

La levantó por los aires y se la llevó.

Así era Quequén.

A veces hermoso.

A veces imprevisible.

OCHO CATRES Y OCHO HOMBRES

El Arenal tenía fama de ser una casa abierta.

Si alguien llegaba a Quequén y no tenía dónde alojarse, siempre podía encontrar una cama allí.

En la habitación destinada a biblioteca, mi madre colocó unos catres del ejército que se transformaban en camas.

Y más de una vez se produjo lo que hoy llamaríamos overbooking.

**Ocho catres.

Ocho hombres.**

Y seguramente alguna historia más para contar.

Porque las casas grandes tienen algo especial:

siempre parecen tener una habitación más.

EL ASCENSOR DE LOS CHICOS

Había un montacargas que llevaba la comida desde la cocina del sótano hasta el office.

Para los adultos era un montacargas.

Para los chicos, en cambio, era un ascensor.

Hasta que un buen día descarrilaba.

Entonces había que llamar al casero para que recompusiera las cuerdas y devolviera aquel extraño aparato a su funcionamiento habitual.

Las comidas para catorce o dieciséis personas eran habituales.

Treinta huevos pasados por agua podían desaparecer de la mesa como por arte de magia.

Y las enormes fuentes de puchero parecían destinadas a alimentar a un ejército.

En El Arenal siempre había movimiento.

Campeonatos de ping-pong sobre la mesa del comedor.

Partidos de croquet.

Bicicletas.

Un carrito para llevar a los más pequeños que parecía una diligencia.

Y por las noches, sobre una mesa supletoria, aparecía un enorme rompecabezas de diez mil piezas.

Se comenzaba durante el verano y se iba armando entre todos.

Cada visitante agregaba alguna pieza.

Quizás sin saberlo, todos contribuían a construir también el recuerdo.

Y algunas noches llegaban las guitarras.

Entonces comenzaban las guitarreadas.

Con mayor o menor afinación.

Pero siempre con entusiasmo.

EL ROLLS-ROYCE ROSA

Una amiga de la familia, de origen polaco, contrajo matrimonio con un miembro de la familia Ybarra, vinculada a una importante empresa aceitera.

El hombre había vivido la Guerra Civil Española y, según el recuerdo familiar, llevaba alrededor del cuello un aro que nunca quiso quitarse, como una forma de no olvidar aquello que había vivido.

Su esposa llegó un verano a pasar unos días en El Arenal.

Y entonces Quequén conoció uno de esos acontecimientos que durante mucho tiempo quedan en la memoria colectiva.

La mujer recorrió el pueblo en un Rolls-Royce de color rosa, conducido por un chofer negro.

La escena parecía salida de una película.

La gente se agolpaba en las puertas de las casas para contemplar aquel automóvil.

En un Quequén de carros, bicicletas y sulkys, aquel Rolls-Royce rosa parecía pertenecer a otro planeta.

CUANDO EL TIEMPO COMENZÓ A VENCERLA

Pero los años pasan.

Y hasta las casas más fuertes terminan sintiendo el peso del tiempo.

En 1956, durante el año de la epidemia de poliomielitis, la familia permaneció en Quequén hasta fines de abril por recomendación de no regresar todavía a Buenos Aires.

Para entonces, El Arenal comenzaba a mostrar sus primeras heridas.

Goteras.

Ventanas que dejaban entrar el viento de los temporales.

Cortes de luz.

Maderas que necesitaban reparación.

La casa comenzaba a envejecer.

Se hicieron arreglos.

Pero parecía cumplirse aquella vieja frase:

“Cuando se tapa un agujero, aparece otro.”

Y poco a poco, casi sin que nadie quisiera admitirlo, El Arenal comenzó a morir.

EL ÚLTIMO CAPÍTULO

Los caseros, los Herrero, habían fallecido.

Sus hijos quedaron a cargo de la casa durante los inviernos.

Después llegaron los robos.

Y el vandalismo.

Se llevaron los techos artesonados, ventanas, muebles y adornos.

Objetos cuyo valor quizás no estaba en el dinero, sino en los recuerdos que encerraban.

Y hubo algo todavía peor.

Algunos muebles fueron destruidos deliberadamente.

También relojes, cuartos de baño y diferentes partes de la casa sufrieron daños.

La que había sido una residencia llena de vida terminó convertida en una construcción herida y abandonada.

Finalmente, Albertina tomó una decisión dolorosa.

Vendió o regaló lo poco que todavía podía salvarse.

Y luego llegó la demolición.

Para muchos vecinos fue incomprensible.

Algunos criticaron aquella decisión.

Pero pocos conocían lo que había ocurrido dentro de El Arenal durante sus últimos años.

Y tal vez allí esté la verdadera enseñanza de esta historia:

nadie debería juzgar el final de una casa sin conocer primero todo lo que tuvo que soportar.

EL ÚLTIMO RECUERDO

Hoy El Arenal ya no está.

No podemos caminar por sus habitaciones.

No podemos subir aquella escalera de madera.

No podemos asomarnos al mirador.

No podemos escuchar el ruido del montacargas ni las voces de los chicos jugando.

Tampoco podemos contemplar aquel Rolls-Royce rosa atravesando las calles de Quequén.

Pero queda algo.

Queda la memoria.

Porque las casas pueden ser demolidas.

Los muebles pueden desaparecer.

Los techos pueden caer.

Los médanos pueden cubrir las huellas.

Pero hay recuerdos que se niegan a morir.

El Arenal fue una casa.

Pero también fue una familia.

Fue un verano.

Fue una mesa llena.

Fue una guitarra desafinada.

Fue un rompecabezas de diez mil piezas.

Fue el ruido de los chicos.

Fue el viento golpeando las ventanas.

Fue el mar.

Y fue, sobre todo, una parte de aquel Quequén que ya no volverá.

Tal vez por eso, cuando caminamos hoy por aquellas calles, deberíamos mirar un poco más allá de lo que vemos.

Porque debajo de la arena todavía puede dormir una historia.

Y quizás el viento, cuando sopla desde el mar, todavía venga a contárnosla.

CUARTETA FINAL

Se fue El Arenal, se fue su historia,
quedó en Quequén su antiguo esplendor;
la arena escondió aquella memoria,
pero el recuerdo la guarda con amor.