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lunes, 19 de octubre de 2026

EL PETISO OREJUDO:

 



CRÓNICA DE UNA VIDA MARCADA POR EL CRIMEN

De los conventillos de Buenos Aires al presidio de Ushuaia: la historia de Cayetano Santos Godino, uno de los criminales más célebres de la Argentina.

Una ciudad, una infancia y un destino sombrío

A comienzos del siglo XX, Buenos Aires crecía a pasos agigantados. La inmigración, los ferrocarriles y las fábricas transformaban la ciudad, mientras miles de familias se apiñaban en conventillos, tratando de abrirse camino en una sociedad desigual. Entre aquellas calles pobladas de vendedores ambulantes, carros, talleres y chicos que jugaban en las veredas, comenzó a escribirse una de las historias criminales más inquietantes del país.

El protagonista fue Cayetano Santos Godino, nacido en Buenos Aires el 31 de octubre de 1896, hijo de inmigrantes italianos. Pasaría a la historia con un apodo que se haría tristemente célebre: el Petiso Orejudo.

Su historia obliga a internarse en un territorio donde se cruzan la crónica policial, la medicina legal y las preguntas sobre la infancia abandonada. Pero conviene advertirlo desde el principio: una infancia difícil puede ayudar a comprender un contexto, aunque no alcanza, por sí sola, para explicar ni justificar una conducta criminal.

Como dice un viejo refrán, «el camino se hace al andar»; pero no todos los caminos conducen al mismo destino, ni las circunstancias de la vida eximen a nadie de examinar sus actos.

Los primeros episodios

Desde muy pequeño, Godino comenzó a protagonizar episodios de violencia. Los testimonios reunidos posteriormente por investigadores y periodistas describieron una conducta preocupante, con agresiones contra otros niños y actos de crueldad que fueron escalando con el tiempo.

La familia vivía en condiciones económicas precarias. En aquellos años, la atención psicológica infantil era muy distinta de la actual y las instituciones disponían de pocos recursos para abordar comportamientos que hoy exigirían una evaluación especializada.

No obstante, reconstruir una biografía exige separar los hechos comprobables de las interpretaciones posteriores. Durante décadas, el caso fue contado con un lenguaje sensacionalista que convirtió al protagonista en una figura casi legendaria.

Y aquí cabe una máxima que vale tanto para el investigador como para el lector: «Las apariencias engañan y las pruebas acompañan». En una investigación seria, la impresión que produce un sospechoso nunca debe reemplazar la demostración de los hechos.

El miedo se instala en Buenos Aires

Los ataques atribuidos a Godino contra niños pequeños comenzaron a provocar alarma. Algunos episodios terminaron con víctimas heridas; otros, con consecuencias fatales. La sucesión de hechos llevó a la policía a investigar las circunstancias y a reconstruir los movimientos del sospechoso.

La vulnerabilidad de las víctimas hizo que el caso despertara una particular conmoción. Los niños debían poder jugar en las calles y plazas sin convertirse en blanco de la violencia de un adulto o de otro menor.

La prensa encontró en aquellos acontecimientos un tema de enorme repercusión. Los diarios publicaban detalles de la investigación y alimentaban el interés del público. El apodo de Petiso Orejudo terminó desplazando al nombre de Cayetano Santos Godino y quedó asociado para siempre con una de las páginas más oscuras de la historia criminal argentina.

En la crónica policial existe una regla elemental: «Los indicios hablan, pero hay que saber escucharlos». Una pista puede orientar una investigación, aunque solo el análisis de las pruebas permite establecer si conduce al responsable.

La investigación y la detención

La investigación policial fue reuniendo testimonios y relacionando distintos episodios. La detención de Godino permitió profundizar las averiguaciones sobre los ataques y las muertes que se le atribuían.

Su edad planteaba una dificultad adicional. No se trataba solamente de establecer qué había ocurrido, sino también de determinar cómo debía responder la justicia ante un adolescente acusado de delitos de extrema gravedad.

A comienzos del siglo XX, la medicina legal y la psiquiatría criminal buscaban explicaciones para conductas que desconcertaban a la sociedad. Algunas teorías de la época atribuían una importancia excesiva a los rasgos físicos, las características hereditarias o supuestos signos corporales de peligrosidad. Muchas de aquellas ideas carecían de fundamento científico suficiente y hoy deben examinarse críticamente.

El caso de Godino se convirtió así en un asunto que excedía la investigación policial. También puso en discusión los límites entre la responsabilidad penal, la enfermedad mental y la capacidad de las instituciones para tratar a una persona considerada peligrosa.

Un dicho popular sostiene que «del dicho al hecho hay mucho trecho». En materia judicial, esa distancia debe cubrirse con testimonios, peritajes, pruebas y procedimientos legales, no con rumores ni con el clamor de la calle.

El juicio y la condena

El proceso contra Godino tuvo una enorme repercusión pública. Las autoridades debían establecer su responsabilidad por los hechos investigados y resolver qué destino correspondía a un joven cuya conducta había causado un profundo temor social.

Los exámenes médicos y psiquiátricos ocuparon un lugar importante en la discusión sobre su estado mental. Sin embargo, no deben confundirse las interpretaciones formuladas en aquella época con los criterios diagnósticos actuales.

Finalmente, Godino fue condenado y enviado al presidio de Ushuaia, en Tierra del Fuego. La decisión lo alejó de Buenos Aires y lo colocó bajo un régimen penitenciario particularmente severo.

La justicia no puede medirse por la indignación que provoca un delito, sino por la responsabilidad con que se investigan los hechos y se aplican las leyes. «La justicia no debe improvisar: necesita pruebas para juzgar». Esta máxima conserva su valor incluso en los casos que despiertan mayor repudio.

Ushuaia: tras los muros del presidio

El presidio de Ushuaia se encontraba en uno de los lugares más australes del país. El aislamiento geográfico, el clima riguroso y las condiciones de encierro lo convirtieron en símbolo del castigo penitenciario de la época.

Allí pasó Godino los últimos años de su vida. El hombre que había provocado temor en Buenos Aires quedó recluido lejos de la ciudad donde había cometido sus crímenes.

Con el tiempo, su nombre continuó circulando en publicaciones policiales, libros y relatos populares. Cada nueva narración sumó detalles y versiones, no siempre distinguiendo con claridad los documentos de las leyendas.

Por eso, al reconstruir su trayectoria, resulta indispensable verificar las circunstancias concretas de su vida carcelaria, los episodios que protagonizó dentro del penal y las causas de su muerte mediante fuentes históricas confiables.

Godino murió en 1944. Su final cerró una vida que había quedado ligada para siempre a la violencia y al encierro, aunque no terminó con el interés que su caso despertaría en las generaciones posteriores.

El hombre detrás del apodo

La historia del Petiso Orejudo suele contarse como una sucesión de crímenes, investigaciones y castigos. Pero la historia no consiste únicamente en enumerar delitos ni en recrear escenas macabras para despertar curiosidad.

También exige recordar a las víctimas, respetar el dolor de sus familias y comprender el contexto social e institucional en que ocurrieron los hechos.

El caso permite observar cómo reaccionaba una sociedad ante la violencia ejercida contra los más indefensos, qué herramientas tenían la policía y la justicia y cuánto pesaban las ideas médicas de la época en las decisiones judiciales.

Además, deja una advertencia para el lector: no toda explicación es una justificación y no toda versión repetida durante décadas se convierte, por ello, en verdad histórica.

Como dice el refrán, «quien siembra vientos, cosecha tempestades». Pero, frente a un caso criminal, la sentencia popular no reemplaza el trabajo de reconstruir los hechos con rigor.

La figura de Cayetano Santos Godino quedó incorporada a la memoria colectiva argentina como uno de sus delincuentes más conocidos. Su nombre continúa despertando preguntas sobre la violencia, la responsabilidad y la capacidad de una sociedad para proteger a sus miembros más vulnerables.

La crónica policial puede atraer la atención; la investigación histórica debe ir más allá. Porque, cuando se apagan los titulares y se cierran los expedientes, permanece una obligación moral: recordar a las víctimas y aprender de los errores de las instituciones.

Sentencia final

Tras los barrotes se apaga
la luz de una vida oscura;
i el tiempo borra la herida
ni absuelve la sepultura.

Recopilación y adaptación: Carlos Bonserio, sobre la base de material de archivo de la Policía Federal Argentina y documentación histórica consultada.

domingo, 18 de octubre de 2026

"EL PIBE CABEZA"




El pistolero que puso en jaque a la policía

En la Argentina de la década de 1930, cuando los caminos de tierra unían pueblos agrícolas, las noticias viajaban al ritmo del ferrocarril y los automóviles comenzaban a ser un signo de modernidad, un joven delincuente logró convertirse en uno de los pistoleros más famosos del país. Se llamaba Rogelio Gordillo, aunque la historia lo recordaría por un apodo que parecía salido de una novela policial: el Pibe Cabeza.

Su carrera criminal tuvo como escenario distintas localidades de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa. Con una banda organizada, automóviles modernos y armas de gran potencia, protagonizó asaltos, persecuciones y enfrentamientos que alimentaron las crónicas policiales de su tiempo. Su figura terminaría inspirando relatos, libros y una película de Leopoldo Torre Nilsson, estrenada en 1975 y protagonizada por Alfredo Alcón.

Pero detrás del personaje famoso hubo una vida breve, marcada por la violencia, las fugas y una persecución policial que terminó durante los festejos del Carnaval porteño.

De la peluquería a la cárcel

Rogelio Gordillo nació el 9 de junio de 1910 en Colón, provincia de Buenos Aires. Era hijo de una familia de chacareros. Tras la muerte de su padre, en 1926, la familia se trasladó a General Pico, en La Pampa. Allí, Rogelio aprendió el oficio de peluquero, una ocupación que le permitía ganarse la vida.

Sin embargo, su historia tomó otro rumbo cuando se enamoró de una joven llamada Juana Prado. La familia de ella se oponía al noviazgo y el conflicto terminó de manera violenta: Gordillo baleó a la madre de la muchacha y huyó con su enamorada a una chacra. La policía encontró a la pareja el 18 de febrero de 1928.

Todavía era menor de edad y recibió una condena de ocho meses de prisión por lesiones. Durante su encierro entró en contacto con delincuentes de mayor experiencia. Aquella cárcel, que debía servir para corregir su conducta, terminó acercándolo al mundo del delito.

Podría decirse, quien siembra vientos cosecha tempestades. Pero sería simplificar demasiado su historia atribuir toda su trayectoria a un solo episodio. Lo cierto es que, a partir de entonces, las detenciones y los robos comenzaron a repetirse.

En 1932 se trasladó a Rosario, ciudad que por su actividad portuaria, comercial e industrial ofrecía oportunidades para los negocios legales, pero también para el delito. Allí se relacionó con integrantes del ambiente criminal y participó en nuevos asaltos.

Ese mismo año fue detenido por un robo y recibió una condena de cuatro años de prisión. Salió en libertad condicional el 16 de agosto de 1935. Tenía apenas 25 años y todavía le quedaba por delante el período que lo haría famoso.

Una banda diferente

En aquellos tiempos, los asaltantes dependían de la sorpresa, de la intimidación y de la posibilidad de escapar antes de que llegara la policía. Gordillo llevó ese procedimiento a una escala más organizada.

Formó una banda cuyos integrantes se desplazaban en automóviles robados, utilizaban armas de fuego de gran potencia y procuraban cambiar de vehículo y de escondite para dificultar las investigaciones. Entre sus compañeros figuraban Antonio Caprioli, conocido como el Vivo, y Floreal Martínez, apodado el Nene, además de otros cómplices.

Las ametralladoras Thompson, armas automáticas de origen estadounidense, daban a los asaltantes una capacidad de fuego considerable. La banda podía irrumpir en un comercio o una oficina, reducir a sus ocupantes y emprender la fuga en pocos minutos.

La novedad no residía solamente en las armas, sino también en la organización y la movilidad. Los delincuentes cruzaban límites provinciales, cambiaban los automóviles y aprovechaban las dificultades de coordinación entre las distintas policías.

Una banda relativamente pequeña podía así mantener en jaque a los investigadores de varias jurisdicciones.

Pero conviene no confundir eficacia criminal con valentía ni con inteligencia puesta al servicio del bien común. Detrás de la espectacularidad de los golpes había personas amenazadas, trabajadores expuestos a la violencia y familias que padecían sus consecuencias.

La persecución se extiende

Después de recuperar la libertad, Gordillo volvió rápidamente a los robos. Durante 1935 y 1936, él y sus compañeros protagonizaron distintos asaltos en La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires.

En octubre de 1935, la banda atacó la estancia La Chapela, en La Pampa. Los enfrentamientos posteriores con la policía dejaron muertos y heridos, mientras Gordillo lograba escapar. Su capacidad para desaparecer y reaparecer en lugares inesperados aumentó su fama.

En Rosario también participó en asaltos que adquirieron repercusión pública. Uno de los objetivos fue la Compañía Nobleza de Tabacos, cuyas oficinas fueron atacadas en mayo de 1936. La audacia del golpe alimentó las crónicas periodísticas.

Los investigadores descubrieron conexiones entre los delincuentes y personas que les facilitaban información o protección. Gordillo llegó incluso a vincularse con sectores políticos locales y a aspirar a un cargo de juez de paz en Los Molinos, Santa Fe. El contraste era llamativo: un hombre perseguido por numerosos delitos intentaba presentarse también como candidato a una función pública.

La historia revela que el delito organizado no siempre actúa aislado. Puede encontrar refugio en complicidades, favores y silencios. Cuando quienes deben garantizar la ley ayudan a burlarla, la sociedad entera paga las consecuencias.

En agosto de 1936, la banda robó la recaudación de los mataderos municipales de Rosario. Para escapar, utilizó vehículos diferentes, incluido un automóvil de una empresa funeraria, cuyo aspecto podía facilitar el paso por los controles.

Meses después volvió a asaltar una joyería. Los investigadores siguieron el rastro de los vehículos y de algunos cómplices, mientras los pistoleros continuaban cambiando de refugio.

El asalto que precipitó la caída

A fines de 1936, Gordillo y sus compañeros continuaron recorriendo pueblos y caminos rurales. Los asaltos a comercios y automovilistas se multiplicaron. En algunas ocasiones, la violencia parecía desproporcionada respecto del botín obtenido.

Uno de los episodios más graves ocurrió en enero de 1937, cuando la banda se desplazaba por Córdoba. Un automóvil atropelló accidentalmente a un canillita, Ubelindo González, de unos once años. Los delincuentes le ofrecieron dinero por el incidente y se disponían a marcharse cuando apareció el cabo primero Santiago Pilar Contreras.

El policía quiso intervenir y llevarlos a la comisaría. Los asaltantes lo redujeron y lo obligaron a subir al automóvil. También se llevaron al niño y, durante la huida, secuestraron a otras personas.

La banda consiguió escapar y trasladar a sus cautivos entre distintos vehículos y escondites. El canillita y una mujer fueron liberados días después. Sin embargo, Contreras había sido asesinado: su cuerpo apareció con siete impactos de bala en la espalda.

El crimen provocó una conmoción que superó el ámbito policial. Ya no se trataba solamente de una sucesión de robos: los delincuentes habían secuestrado a un niño, privado de libertad a varias personas y asesinado a un agente que intentaba cumplir con su deber.

La persecución se intensificó. Las autoridades de distintas provincias buscaban a los integrantes de la banda, mientras los diarios publicaban noticias sobre sus movimientos y reclamaban medidas más eficaces.

El cerco comenzaba a cerrarse.

Carnaval y muerte en Mataderos

A comienzos de febrero de 1937, los investigadores consiguieron indicios de que Gordillo se encontraba en Buenos Aires. Algunas de las mujeres vinculadas sentimentalmente con los fugitivos habían alquilado una vivienda en el barrio de Mataderos.

La policía organizó vigilancias y recorridas para localizar a los hombres. Mientras tanto, la ciudad se preparaba para celebrar el Carnaval, con comparsas, disfraces y murgas que llenaban las calles de música y movimiento.

La tarde del 9 de febrero, durante los festejos, los policías identificaron a Gordillo y a Caprioli. Los dos intentaron escapar y se produjo un enfrentamiento armado.

Desde seis puntos, abiertos en abanico, parten los disparos. Gordillo está cercado. Nunca se había sentido tan solo. Nunca había experimentado aquel vértigo, ese vacío helado en el centro del estómago, cuando hasta el hombre más audaz comprende que ya no hay escapatoria.

De pronto, la esquina se llena de silencio. El arma, recalentada por los disparos, se le escapa de las manos y cae al suelo.

Detrás del árbol, el Pibe Cabeza se desploma. Y con él, lentamente, comienza a derrumbarse su leyenda.

Vecinos y policías se acercan al cuerpo. Algunos todavía parecen esperar que se levante, que vuelva a empuñar el arma, que intente una última fuga. Pero no. El Pibe ha muerto.

El oficial Antequena contempla el cadáver con una excitación que apenas puede disimular. Sabe que la bala que derribó a Gordillo salió de su arma. Lo mira con una extraña mezcla de rencor y lástima, como si frente a aquel cuerpo inmóvil se enfrentaran, por última vez, el perseguidor y su presa.

La policía ha terminado con el fugitivo. Pero otra historia acaba de comenzar.

Porque mientras los curiosos se amontonan alrededor del muerto, mientras los comentarios empiezan a correr de boca en boca y los diarios se preparan para contar el final, los secretos mecanismos del mito ya están en movimiento.

El hombre ha caído. La leyenda, en cambio, acaba de echarse a andar.

Del prontuario a la leyenda

La muerte de Gordillo no terminó con su historia. Por el contrario, comenzó otra etapa: la transformación del delincuente en personaje popular.

Los periódicos lo habían presentado como un enemigo público temible. Sin embargo, alrededor de su figura surgió una fascinación que resulta difícil de explicar. Algunos testimonios recogidos con posterioridad señalaron que en ciertos barrios despertaba respeto e incluso simpatía.

¿Por qué un hombre responsable de asaltos, amenazas y asesinatos podía convertirse en objeto de admiración?

Tal vez influyera la imagen del rebelde que desafiaba a la autoridad, la espectacularidad de sus fugas o la manera en que la prensa narraba sus aventuras. También pudo pesar la tradición del bandido que, en el imaginario popular, se enfrenta a los poderosos. Pero Gordillo no fue un héroe social ni un luchador por una causa política: su trayectoria estuvo marcada por el beneficio propio y la violencia.

El comisario Enrique Fentanes publicó en 1953 un libro dedicado al personaje. Décadas después, Leopoldo Torre Nilsson llevó su historia al cine en El Pibe Cabeza, estrenada en 1975, con Alfredo Alcón en el papel principal. Así, la crónica policial pasó a formar parte de la cultura popular argentina.

Hay una diferencia fundamental entre recordar un personaje y convertirlo en modelo. La historia del Pibe Cabeza permite conocer una época, los métodos de investigación policial, la circulación de armas y automóviles y las dificultades que enfrentaban las autoridades ante bandas que atravesaban varias provincias.

También invita a reflexionar sobre el poder de los medios para convertir a un delincuente en leyenda. La notoriedad no borra los delitos, y la audacia no transforma la crueldad en virtud.

La fama puede crecer donde la justicia se estremece; pero ninguna leyenda devuelve la vida a sus víctimas.

Cuarteta final

Del camino al callejón,
fue dejando su condena;
la violencia fue su pena,
y el final, su perdición.

MUJERES ALIENADAS EN LA ARGENTINA:

 


UNA LOCA HISTORIA

 Alienadas en la Colonia

Durante la época colonial, las mujeres que padecían trastornos mentales vivían una realidad difícil. La medicina todavía no comprendía estas enfermedades como lo hace hoy, y la locura solía explicarse mediante creencias religiosas, prejuicios y juicios morales. Quienes se apartaban de las conductas consideradas normales podían terminar aisladas de sus familias y de la sociedad.

La suerte de aquellas mujeres dependía también de su posición económica. Las familias acomodadas podían mantenerlas recluidas en sus hogares; las pobres, en cambio, quedaban más expuestas al abandono, la intervención de las autoridades y el encierro en instituciones religiosas o cárceles.

Se las llamaba alienadas, como si hubieran quedado apartadas de la razón y, por eso mismo, de la comunidad. La palabra reflejaba una época en la que resultaba más sencillo separar a quien era diferente que comprender su sufrimiento.

Como dice el refrán, «Ojos que no ven, corazón que no siente». Apartar a estas mujeres de la mirada pública podía tranquilizar a la sociedad, pero no solucionaba sus problemas.

De cepos, calabozos y otras hierbas

En la Buenos Aires colonial no existía una red especializada para atender a las personas consideradas dementes. La asistencia se repartía entre hospitales, conventos y establecimientos de reclusión. En determinados casos, la cárcel se convertía en destino de quienes alteraban el orden público o eran juzgadas como peligrosas.

Los cepos, las cadenas y los calabozos eran instrumentos de contención y castigo. No constituían tratamientos médicos en el sentido moderno, sino respuestas propias de una sociedad que veía la locura como una amenaza al orden establecido.

La pobreza, los conflictos familiares y la falta de protección agravaban la situación de muchas mujeres. Algunas permanecían encerradas durante largos períodos, sin perspectivas claras de recuperación.

Pero no toda conducta considerada extraña era necesariamente una enfermedad mental. La agitación, la desobediencia y el incumplimiento de las normas sociales podían confundirse con señales de locura. En una sociedad rígida, apartarse de lo establecido podía tener consecuencias graves, especialmente para las mujeres.

El primer loquero de Buenos Aires

Con el crecimiento de la ciudad, las autoridades comenzaron a organizar establecimientos para atender a la población enferma. Los primeros hospitales generales recibían también a personas consideradas dementes, que compartían espacios con otros enfermos y personas sin hogar.

La Residencia y posteriormente el Hospital General de Hombres desempeñaron un papel importante en la concentración de pacientes alienados. Sin embargo, aquellos establecimientos eran, al mismo tiempo, lugares de asistencia y de encierro.

La palabra popular loquero resume la imagen que quedó de estos sitios: espacios donde se reunía a quienes la sociedad no sabía cómo tratar.

La falta de recursos, las condiciones sanitarias deficientes y la escasez de personal especializado dificultaban la atención. Para las mujeres, el panorama era todavía más complejo, porque dependían de establecimientos femeninos y de instituciones de beneficencia.

Con el tiempo se avanzó hacia la creación de instituciones específicas. Pero, como suele decirse, «No todo lo que brilla es oro»: separar a las pacientes en un hospital especializado no garantizaba, por sí solo, una atención digna ni la desaparición de los prejuicios.

El Protomedicato y los primeros peritajes

El Protomedicato fue una institución fundamental para organizar y regular la práctica médica durante el período colonial. Su existencia representó un paso hacia una mayor intervención de las autoridades sanitarias, aunque las creencias religiosas y morales siguieran influyendo en la interpretación de las enfermedades.

La cuestión de la locura también adquirió importancia judicial. Era necesario determinar si una persona comprendía sus actos, podía administrar sus bienes o debía responder ante la justicia. Así comenzaron a cobrar relevancia los peritajes médicos.

Sin embargo, aquellos procedimientos estaban lejos de la psiquiatría actual. Los conocimientos eran limitados y los diagnósticos dependían de las concepciones de cada época.

En el caso de las mujeres, la obediencia, la moral sexual y el cumplimiento de las obligaciones familiares pesaban especialmente en la evaluación de sus conductas. La autoridad médica fue ganando espacio para decidir quién era considerado normal y quién debía ser apartado.

La historia nos obliga a mirar con cautela aquellos diagnósticos: detrás de cada expediente había una persona, una familia y un destino que podían quedar sujetos a decisiones difíciles de revertir.

El Hospital General de Mujeres y su depósito de alienadas

Durante mucho tiempo, las mujeres consideradas dementes fueron alojadas en el Hospital General de Mujeres, sin contar con un establecimiento exclusivo para su atención.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852, la Sociedad de Beneficencia volvió a desempeñar un papel importante en la administración de instituciones asistenciales. Tomasa Vélez Sarsfield, vinculada a la inspección del Hospital de Mujeres, advirtió sobre las condiciones de las enfermas y promovió la búsqueda de un lugar más apropiado.

Se habilitó un espacio conocido como Patio de Dementes, pero la solución resultó insuficiente. El aumento de las internaciones y la precariedad de las instalaciones dificultaban la atención.

La palabra depósito expresa una realidad inquietante: las mujeres eran alojadas y vigiladas, pero no siempre recibían los cuidados que necesitaban. La prioridad parecía ser mantenerlas bajo control antes que ofrecerles posibilidades de recuperación.

La creación de un establecimiento separado fue una respuesta a esa situación. Sin embargo, también inauguró una nueva etapa en la historia del encierro psiquiátrico femenino.

Locas y peligrosas

La asociación entre locura y peligrosidad influyó durante mucho tiempo en la manera de tratar a las personas con trastornos mentales. Quienes eran considerados peligrosos podían quedar sometidos a vigilancia y aislamiento, incluso cuando esa calificación no respondía a hechos violentos concretos.

En las mujeres, los prejuicios sociales podían adquirir un peso particular. Una conducta que desafiara las normas tradicionales de obediencia y sumisión podía interpretarse como señal de anormalidad.

Esto no significa que las enfermedades fueran imaginarias ni que todas las internaciones carecieran de justificación. Significa que debemos distinguir entre la enfermedad, el diagnóstico médico y los prejuicios culturales que podían influir en las decisiones.

En medio de aquella historia, vale detenerse en el destino de tantas mujeres cuya voz apenas aparece en los documentos:

Tras los muros se apagaba
una voz que nadie oía;
la sociedad la encerraba,
pero el dolor persistía.

La cuarteta recuerda que detrás de las rejas no había solamente expedientes o diagnósticos, sino seres humanos con temores, sentimientos y derechos.

De la Convalecencia al Hospital Moyano

En 1854 se organizó en Buenos Aires un establecimiento específico para las mujeres consideradas alienadas, en el predio conocido como la Convalecencia. La iniciativa estuvo vinculada a Tomasa Vélez Sarsfield, la Sociedad de Beneficencia y el médico Ventura Bosch.

En marzo de ese año se habilitó el establecimiento y fueron trasladadas allí las mujeres internadas en el Hospital General de Mujeres. Los registros históricos mencionan aproximadamente entre 64 y 68 pacientes en aquel traslado inicial.

La apertura representó un cambio importante: las mujeres disponían ahora de una institución destinada específicamente a su atención. Sin embargo, la especialización no eliminó las dificultades. La escasez de recursos y el aumento de la población internada volvieron a generar problemas de hacinamiento.

Durante las décadas siguientes se proyectaron nuevas instalaciones. En 1894 comenzaron las gestiones para construir un hospital de mayor capacidad, con pabellones y espacios organizados para atender a las pacientes. Las obras se prolongaron durante años y el establecimiento ampliado fue inaugurado en 1908.

A través de sucesivas transformaciones institucionales, aquel lugar se convirtió en antecedente del actual Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano.

El recorrido desde los calabozos coloniales hasta el hospital especializado muestra un cambio profundo en la historia de la asistencia sanitaria. Pero también revela la persistencia de problemas: recursos insuficientes, hacinamiento y una tendencia a resolver aquello que incomodaba a la sociedad mediante el aislamiento.

La historia de las mujeres alienadas es, en definitiva, la historia de muchas personas pobres, enfermas o desprotegidas cuya voz quedó relegada al silencio de los archivos.

Sentencia final

No hay razón que justifique
despojar a nadie de su dignidad;
la verdadera humanidad
se demuestra en cómo se cuida.

Una sociedad no se mide por la manera en que trata a quienes considera normales, sino por la dignidad y la compasión que brinda a quienes más necesitan su ayuda.

Carlos Bonserio. Recopilación basada en el artículo de Andrea Orozco y Valeria Dávila y en aportes de otros autores argentinos.


 

sábado, 17 de octubre de 2026

HOLANDA Y ARGENTINA


 



De los primeros colonos al casamiento real

 .

1. Escapando de la pobreza

Detrás de cada inmigrante hay una historia de necesidades, sacrificios y esperanzas. Los neerlandeses que llegaron a la Argentina buscaban, como tantos europeos, una salida a las dificultades económicas que sufrían en su tierra natal.

Los Países Bajos tenían regiones agrícolas importantes, pero eso no significaba que todos sus habitantes disfrutaran de bienestar. Para muchas familias rurales, emigrar era una posibilidad de escapar de la pobreza y ofrecerles a sus hijos un futuro diferente.

En 1889 se sitúan los primeros asentamientos mencionados en este recorrido. Aquellos inmigrantes dejaron atrás sus hogares, sus familiares y sus costumbres para aventurarse en un país del que conocían poco, pero del que esperaban mucho.

La Argentina necesitaba trabajadores y pobladores. Para los recién llegados, América representaba la posibilidad de comenzar de nuevo. Sin embargo, el viaje era apenas el comienzo de una historia en la que las ilusiones tendrían que enfrentarse con una realidad mucho más complicada.

2. La tierra de la esperanza

El destino argentino ofrecía oportunidades agrícolas en distintas regiones. Los inmigrantes neerlandeses fueron enviados a provincias como Chaco, Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Mendoza.

La expectativa era que pudieran trabajar la tierra, producir alimentos y establecerse definitivamente. Pero para una familia que llegaba sin recursos suficientes, la tarea no resultaba sencilla. Había que conseguir vivienda, herramientas, semillas y animales, además de adaptarse a un clima y a unas condiciones de producción diferentes de las europeas.

Las promesas de una nueva vida podían resultar atractivas, aunque el éxito dependía de las condiciones reales de cada establecimiento. No era lo mismo disponer de capital propio que depender de un arrendador o de un intermediario.

La tierra de la esperanza podía convertirse también en una tierra de preocupaciones. El trabajo no siempre rendía lo suficiente y las dificultades económicas amenazaban con frustrar los proyectos familiares.

3. Pobreza y explotación

Uno de los aspectos más duros de esta historia fue la situación de los inmigrantes que encontraron condiciones de trabajo y de vida muy inferiores a las que esperaban.

Según el recorrido que presenta Oberman, algunos se quejaron del maltrato y de las condiciones en que debían trabajar. Habían cruzado el océano para escapar de la pobreza y, sin embargo, volvían a encontrarse con privaciones, dependencia económica y escasas posibilidades de progresar.

La situación contrastaba con la de otros integrantes de la colectividad neerlandesa que vivían en Buenos Aires, especialmente en barrios acomodados como Barrio Norte y Belgrano. Mientras algunos disfrutaban de una posición económica holgada, otros apenas podían sostener a sus familias.

La inmigración no había producido una experiencia única. Las posibilidades dependían de los recursos personales, las relaciones y las oportunidades de cada uno.

Ante el descontento, hubo protestas y personas que decidieron abandonar los establecimientos donde trabajaban. Algunos optaron por regresar a Holanda. Para ellos, la Argentina no había sido la tierra prometida, sino una experiencia que no justificaba los sacrificios realizados.

4. Del campo a la ciudad

Cuando la actividad agrícola no permitía sostener a las familias, trasladarse a la ciudad podía parecer una alternativa. Buenos Aires ofrecía oportunidades laborales en comercios, talleres, fábricas y otros sectores de la economía.

Pero cambiar el campo por la ciudad no significaba resolver todos los problemas. Los inmigrantes debían encontrar trabajo, pagar una vivienda y aprender a desenvolverse en una sociedad que tenía sus propias dificultades.

En ese proceso, las relaciones con compatriotas y conocidos podían ser importantes. Los vínculos comunitarios ayudaban a conseguir empleo, encontrar alojamiento y conservar las costumbres del país de origen.

La historia de los neerlandeses muestra así diferentes caminos: algunos continuaron en el campo, otros buscaron oportunidades urbanas y otros, desilusionados, regresaron a Europa.

5. El sur también existe

El sur de la provincia de Buenos Aires también formó parte de esta historia migratoria. Las posibilidades agrícolas de la región atrajeron a familias que buscaban establecerse y vivir del trabajo rural.

En el sudeste bonaerense, la actividad agropecuaria constituía una oportunidad, aunque no garantizaba el éxito. La rentabilidad dependía de las condiciones de los arrendamientos, los gastos de producción, las cosechas y los precios obtenidos.

La adaptación exigía perseverancia y conocimientos. A los inmigrantes les tocaba aprender las particularidades de una nueva tierra, establecer relaciones con sus vecinos y encontrar la forma de mantener a sus familias.

Con el tiempo, algunos lograron arraigarse y construir una vida estable. Otros sufrieron frustraciones y debieron modificar sus proyectos.

6. Un respiro para Tres Arroyos

Entre 1923 y 1925 se produjo una etapa de radicación de inmigrantes neerlandeses en la zona de Tres Arroyos.

El establecimiento en esta región ofrecía nuevas posibilidades para quienes buscaban dedicarse a la agricultura. La presencia de compatriotas y la formación de vínculos comunitarios contribuían a hacer menos difícil la adaptación.

La historia de estas familias se incorporó a la vida rural del sudeste bonaerense. El trabajo, los hogares y las relaciones entre generaciones permitieron que la colectividad mantuviera parte de su identidad, al mismo tiempo que se integraba a la sociedad argentina.

No todos tuvieron la misma suerte, pero estos asentamientos constituyeron un capítulo importante de la presencia neerlandesa en la provincia de Buenos Aires.

7. Una experiencia frustrante

En 1931 se desarrolló otro intento de colonización en Los Pinos, en las cercanías de Balcarce. Según el relato de Oberman, se había prometido construir treinta granjas para favorecer el establecimiento de los inmigrantes.

La iniciativa despertó expectativas. Para las familias que buscaban una oportunidad, disponer de una explotación agrícola podía significar la posibilidad de trabajar por cuenta propia y asegurar el futuro.

Sin embargo, el proyecto terminó convirtiéndose en una experiencia frustrante. Las condiciones económicas eran tan difíciles que, según el relato que recordás del artículo, lo obtenido con la producción apenas alcanzaba para cubrir la alimentación familiar y afrontar el arrendamiento.

Cuando el fruto del trabajo no deja margen para ahorrar ni invertir, el esfuerzo pierde su capacidad de generar progreso. El agricultor puede trabajar desde el amanecer hasta la noche y, aun así, no conseguir mejorar su situación.

La experiencia de Los Pinos muestra la distancia que puede existir entre una promesa de colonización y las condiciones concretas que encuentran quienes deben llevarla adelante. Tener tierra para producir no equivale necesariamente a tener una vida digna.

8. Tampoco la pesca

La búsqueda de una salida llevó también a algunos inmigrantes a intentar suerte en la actividad pesquera de Mar del Plata.

La pesca ofrecía una alternativa a las dificultades del campo, pero requería conocimientos, equipos y recursos. No bastaba con acercarse al mar: había que disponer de los medios para trabajar y encontrar compradores para el producto.

Según la síntesis del artículo, la experiencia tampoco dio los resultados esperados y hubo personas que fueron estafadas.

De ese modo, una actividad que podía representar una nueva oportunidad terminó sumando otra decepción. Los inmigrantes se encontraron con dificultades para defender sus intereses y sostener económicamente sus proyectos.

La sucesión de intentos frustrados revela una realidad que muchas veces queda fuera de los relatos tradicionales sobre la inmigración: no todos los que llegaron consiguieron prosperar, aunque estuvieran dispuestos a trabajar duramente.

9. Amores compartidos

Pese a las dificultades, los neerlandeses conservaron sus lazos con Holanda. La lengua, las costumbres, las tradiciones religiosas y los vínculos familiares ayudaron a mantener viva la memoria del lugar de origen.

Al mismo tiempo, la vida en la Argentina produjo una integración progresiva. Las nuevas generaciones nacieron o crecieron aquí, compartieron la escuela y el trabajo con personas de otros orígenes y formaron familias.

De esa convivencia surgieron historias comunes. Los descendientes podían sentirse plenamente argentinos sin perder el recuerdo de sus antepasados neerlandeses.

La relación entre ambos países no se construyó solamente a través de la diplomacia o el comercio. También se desarrolló en los hogares, en las comunidades rurales y en las amistades y matrimonios que unieron a personas de distintas procedencias.

10. La Máxima

El recorrido llega a un acontecimiento que renovó la atención sobre los vínculos entre Holanda y la Argentina: el casamiento de Máxima Zorreguieta con el príncipe heredero Guillermo Alejandro, celebrado en Ámsterdam el 2 de febrero de 2002.

La boda despertó un enorme interés en nuestro país y colocó a la Argentina en el centro de la atención pública neerlandesa. Para las comunidades de descendientes de inmigrantes, también fue una ocasión para recordar su historia y fortalecer los vínculos con la tierra de sus antepasados.

Localidades que conservaban una importante presencia neerlandesa, como Tres Arroyos, encontraron una oportunidad para dar a conocer sus raíces y sus tradiciones.

El casamiento no borraba las dificultades que habían sufrido los primeros colonos ni convertía en exitosos los proyectos agrícolas que fracasaron. Pero simbolizaba una relación que había sobrevivido a las distancias, las frustraciones y el paso de las generaciones.

Una mujer argentina pasaba a formar parte de la familia real neerlandesa. La historia daba así una vuelta inesperada: quienes habían llegado desde Holanda a la Argentina en busca de un futuro mejor veían cómo, más de un siglo después, una argentina se convertía en princesa de los Países Bajos.

Epílogo: dos países unidos por la historia

La inmigración neerlandesa fue una historia de esperanzas, sacrificios y resultados desiguales. Algunos encontraron en la Argentina una oportunidad para establecerse; otros padecieron la pobreza, el maltrato y las promesas incumplidas. Hubo proyectos agrícolas frustrados, intentos de encontrar trabajo en las ciudades y hasta experiencias fallidas en la pesca.

Pero también hubo familias que echaron raíces, conservaron sus costumbres y participaron en la construcción de las comunidades donde vivieron.

La historia de Holanda y Argentina no puede contarse solamente a través de los éxitos ni únicamente por medio de los fracasos. Está hecha de ambos, de la decisión de emigrar y de la lucha por construir una vida nueva.

Y el casamiento de Máxima, en 2002, añadió un capítulo singular a esa relación: el de dos países que, después de más de un siglo de encuentros y desencuentros, quedaron unidos también por una historia familiar.

Cuarteta para los inmigrantes

Cruzaron el mar con sus sueños, 
dejaron su hogar y su cielo;
sembraron trabajo y empeño,
y echaron raíces en suelo ajeno.

Adaptación y recopilación Carlos Bonserio
Articulo de Oberman

viernes, 16 de octubre de 2026

LOS CROTOS: viajeros de la libertad, el hambre y los caminos

 



Una historia de hombres que recorrieron la Argentina con un atado de ropa al hombro, durmiendo junto a las vías y buscando en cada estación una oportunidad para ganarse el pan.

Hubo un tiempo en que por los campos argentinos, las estaciones ferroviarias y los caminos rurales circulaban unos personajes que parecían no pertenecer a ningún lugar. Vestían ropas gastadas, llevaban pocas pertenencias y viajaban de un sitio a otro siguiendo el ritmo de las cosechas y las changas.

Eran los crotos, también llamados linyeras. Para algunos, vagabundos; para otros, trabajadores trashumantes que habían elegido —o a quienes la vida había empujado a— una existencia alejada de las obligaciones convencionales.


Como dice el refrán: «Cada cual sabe dónde le aprieta el zapato». Detrás de aquellas ropas andrajosas había historias que pocos se detenían a escuchar.

¿De dónde viene la palabra croto?

La explicación más difundida relaciona el término con José Camilo Crotto, gobernador bonaerense entre 1918 y 1921.

Durante su gobierno se dictó una disposición que permitió a determinados peones rurales viajar gratuitamente en trenes de carga para trasladarse hacia los lugares donde se necesitaban trabajadores para las cosechas.

Aquellos hombres comenzaron a ser asociados con la expresión «viajar por Crotto», y con el tiempo la palabra croto pasó a identificar a personas pobres, desaliñadas o que llevaban una vida errante.

Pero no todos eran iguales. Algunos eran trabajadores golondrina que se desplazaban según las temporadas agrícolas. Otros habían abandonado sus hogares por conflictos familiares, dificultades económicas o el deseo de vivir sin ataduras.

No todo el que viajaba era un vagabundo, ni todo el que parecía vagabundo carecía de oficio.

El ferrocarril: una patria de rieles

Para los crotos, el ferrocarril fue mucho más que un medio de transporte. Era el eje de su mundo.

Las vías comunicaban pueblos, estancias, puertos y ciudades. Donde había una cosecha o una posibilidad de ganar unas monedas, allí podía dirigirse el viajero.

Los trenes de carga les permitían recorrer grandes distancias. El croto aprendía a conocer estaciones, campos y lugares donde encontrar trabajo, alimento o refugio.

No tenía domicilio fijo, pero conocía una geografía que muchos habitantes sedentarios jamás llegaban a descubrir.

«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar», escribió Antonio Machado. Para aquellos hombres, el camino no era solamente una metáfora: era su vida cotidiana.

La ranchada y el mono

Al caer la noche, los crotos solían reunirse en lugares apartados para formar una ranchada. Allí encendían un fuego, preparaban algo de comer y compartían las noticias recogidas durante sus viajes.

Cada uno podía aportar lo que hubiera conseguido: un poco de pan, yerba o algún alimento. No siempre había abundancia, pero la solidaridad podía marcar la diferencia entre pasar una noche soportable y sufrirla en soledad.

Sus pertenencias eran escasas. El mono era el atado donde guardaban la ropa y los objetos personales. El equipaje debía ser liviano: cuando toda la vida cabe en un bulto, cada cosa tiene que justificar su peso.

La ranchada también tenía sus códigos. Había que saber compartir, respetar lo ajeno y evitar conflictos innecesarios. La experiencia enseñaba a reconocer a los compañeros confiables.

Por supuesto, no todos los encuentros eran fraternales. También existían disputas y engaños. Pero el fuego compartido podía crear vínculos profundos entre hombres que, pocas horas después, quizá volvieran a separarse.

Como dice el refrán: «En la necesidad se conoce al amigo».

El hambre y el frío

La imagen del hombre libre que recorre el mundo con su equipaje al hombro puede resultar atractiva. Sin embargo, la realidad de muchos crotos era mucho más dura.

El hambre, el frío, las enfermedades y la falta de un lugar seguro para dormir eran problemas cotidianos. Una lluvia prolongada podía arruinar el viaje; una temporada sin cosechas podía dejarlos sin ingresos.

Algunos trabajaban en la recolección de cereales y otras tareas rurales. Otros dependían de empleos ocasionales o de la ayuda de sus compañeros.

La libertad tenía un precio: no estar atado a un patrón permanente también significaba carecer de un salario asegurado, una vivienda estable y protección para la vejez.

«No es oro todo lo que reluce». La vida errante podía ofrecer independencia, pero también una dureza difícil de imaginar desde afuera.

Bepo: un hombre que ayudó a contar aquella historia

Entre los personajes que permiten comprender ese mundo se encuentra José Américo Ghezzi, conocido como Bepo, cuya experiencia fue recogida por Hugo Nario.

Bepo vivió durante años como linyera. Sus recuerdos de los caminos, los compañeros y las experiencias vividas permitieron conocer mejor aquella forma de existencia.

Su historia muestra que detrás de la figura del croto había mucho más que pobreza o desaliño: había observación, sensibilidad y una manera particular de entender la vida.

La relación entre Bepo y Nario permitió rescatar recuerdos que, de otro modo, podrían haberse perdido. Así, una experiencia individual se convirtió en una ventana hacia la vida de muchos otros.

La historia oral tiene precisamente ese valor: escuchar a quienes estuvieron allí antes de que desaparezcan los últimos testigos.

El trabajo y las luchas

Aunque la imagen popular suele asociar al croto con la libertad individual, muchos eran trabajadores rurales que dependían de empleos temporarios y de condiciones económicas que no controlaban.

Las transformaciones del campo, las crisis y la mecanización agrícola fueron modificando sus posibilidades de trabajo.

También hubo organización y conflictos colectivos. Los trabajadores rurales reclamaron mejores condiciones y defendieron sus posibilidades de empleo y subsistencia. La historia de los crotos no estuvo separada de las luchas obreras de su tiempo.

El hombre que viajaba solo podía descubrir que compartía los mismos problemas que muchos otros.

Porque «La unión hace la fuerza», incluso entre quienes no tenían una casa fija ni un lugar permanente donde reunirse.

El ocaso de una forma de vida

Con los cambios en el transporte ferroviario, el avance de los camiones y la mecanización de las cosechas, el mundo croto fue perdiendo sus antiguos espacios.

Algunos se establecieron en pueblos y ciudades; otros continuaron viajando mientras pudieron. La vejez, sin embargo, planteaba una pregunta difícil: ¿qué sucede cuando un hombre acostumbrado a caminar ya no tiene fuerzas para continuar?

Sin vivienda estable ni una familia cercana, envejecer podía convertirse en una experiencia de soledad y desamparo.

Hoy, la palabra croto suele utilizarse como insulto para describir a alguien desaliñado. Pero su historia es mucho más rica: habla de trabajadores que recorrieron enormes distancias, aprendieron a sobrevivir con poco y formaron parte de una Argentina rural que ya no existe de la misma manera.

No todos eligieron aquella vida por las mismas razones. Algunos buscaron escapar de las obligaciones; otros sencillamente necesitaban trabajar donde hubiera una oportunidad.

Hugo Nario contribuyó a rescatar ese pasado y a conservar la memoria de hombres cuyas vidas difícilmente habrían aparecido en los grandes libros de historia.

Como dice el refrán: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

Unas líneas para despedirnosPor los rieles de la pampa,

con su mono y su soledad,
fueron buscando trabajo,
un techo y una oportunidad.
La historia guardó sus pasos,
el viento los vio partir;
quien escucha sus recuerdos,
los ayuda a revivir.

Una adivinanza para los lectores

No soy casa ni valija,
pero guardo lo esencial;
voy colgado de un hombro
por caminos sin final.

¿Qué soy?

Respuesta: el mono, el atado donde el croto llevaba sus pertenencias.

Y ahora, una pregunta para quienes visitan este blog: ¿recuerdan haber visto alguna vez a un croto o linyera en una estación ferroviaria, en un campo o junto a las vías? ¿Conocieron a alguien que llevara esa vida?

Los recuerdos de nuestros mayores pueden completar lo que los libros no alcanzaron a contar.

Porque hay hombres que no dejaron monumentos, pero dejaron caminos. Y mientras alguien recuerde sus pasos, no habrán desaparecido del todo.

— Secretos de Necochea y Quequén

Autor y recopilador: Carlos Bonserio

Referencia Histórica Hugo Nario

LAS LUCHAS FEMINISTAS EN LA ARGENTINA



 




Mujeres que se animaron a cambiar la historia

Una historia de derechos negados, voces rebeldes y mujeres que se atrevieron a reclamar un lugar bajo el sol.

Hay historias que durante mucho tiempo quedaron escondidas entre las páginas de los libros. No porque fueran pequeñas, sino porque quienes las protagonizaron eran mujeres a las que pocas veces se les reconocía el derecho de hablar, decidir y participar en la vida pública.

La historia del feminismo argentino es una de ellas.  

Para comprender aquellas luchas, hay que trasladarse a una época en la que muchas mujeres tenían limitada su autonomía jurídica, encontraban enormes dificultades para acceder a la educación superior y recibían salarios inferiores a los de los hombres. Además, se esperaba de ellas que su principal destino fuera el hogar, el matrimonio y la crianza de los hijos.

Como dice el refrán: «El que no llora, no mama». Pero durante mucho tiempo, cuando las mujeres levantaban la voz, había quienes pretendían hacerlas callar.

Una sociedad que reservaba pocos derechos para las mujeres

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la Argentina recibía inmigrantes, construía ferrocarriles, ampliaba sus ciudades y se transformaba económicamente. Sin embargo, el progreso no llegaba de la misma manera a todos.

Las mujeres trabajaban en fábricas, talleres, comercios y casas particulares. Muchas otras realizaban tareas domésticas sin remuneración, una labor indispensable para sostener a sus familias, pero escasamente reconocida como trabajo.

La situación era todavía más difícil para las mujeres pobres, que debían ganarse el sustento en condiciones frecuentemente precarias.

La contradicción era evidente: mientras las mujeres contribuían al crecimiento del país, tenían escasas posibilidades de intervenir en las decisiones políticas que afectaban sus propias vidas.

¿Acaso el esfuerzo tenía sexo? ¿La inteligencia dependía de ser hombre o mujer?

Aquellas preguntas comenzaron a convertirse en reclamos concretos.

Las primeras voces de la emancipación

Las ideas feministas encontraron eco entre mujeres vinculadas al socialismo, el anarquismo, el liberalismo y otros movimientos de renovación social. No todas pensaban igual, pero muchas coincidían en una cuestión fundamental: las mujeres debían tener derechos propios y no depender permanentemente de la voluntad masculina.

Entre las figuras destacadas estuvo Cecilia Grierson, primera médica argentina, graduada en 1889, que debió enfrentar prejuicios para estudiar y ejercer su profesión.

También sobresalió Julieta Lanteri, médica y militante por los derechos políticos femeninos, quien hizo de la participación electoral una de sus principales banderas.

Alicia Moreau de Justo, médica y socialista, dedicó buena parte de su vida a la educación, los derechos de las mujeres y las reivindicaciones obreras.

Otra figura fue Elvira Rawson, médica y defensora de los derechos civiles y políticos femeninos.

Estas mujeres no luchaban únicamente por obtener reconocimiento personal. Pretendían modificar las reglas de una sociedad que consideraba natural la subordinación femenina.

Y aquí viene a cuento otro dicho popular: «El camino se hace al andar». Cada una abrió una senda que otras pudieron continuar.

El trabajo femenino también fue un campo de batalla

Las reivindicaciones feministas no se limitaron al derecho a votar. Incluyeron las condiciones laborales, la educación, la igualdad ante la ley y la posibilidad de disponer de los propios ingresos.

En fábricas y talleres, las trabajadoras enfrentaban jornadas extensas, salarios bajos y escasa protección. Las obreras textiles y las empleadas de distintos establecimientos participaron en protestas y organizaciones gremiales.

Entre las militantes que se ocuparon de estos problemas se destacó Carolina Muzzilli, trabajadora y socialista que investigó las condiciones de vida de las obreras y denunció la explotación laboral.

Las demandas incluían mejores salarios, reducción de la jornada, descanso, protección de la maternidad y condiciones de trabajo más seguras.

Había también una discusión de fondo: si una mujer trabajaba y aportaba al sostenimiento de su familia, ¿por qué debía recibir menos que un hombre por tareas equivalentes?

La cuestión sigue teniendo resonancias en nuestros días.

Porque «No hay peor ciego que el que no quiere ver»: ignorar el trabajo de las mujeres no lo hacía menos necesario, sino menos reconocido.

Los derechos civiles y políticos

Uno de los grandes obstáculos era la situación jurídica de las mujeres casadas, cuya autonomía estaba limitada por la legislación de la época.

La Ley 11.357, sancionada en 1926, amplió los derechos civiles de las mujeres, aunque no estableció una igualdad jurídica completa.

En el terreno político, el reclamo era todavía más difícil. Las mujeres no podían votar en las elecciones nacionales y quedaban excluidas de una parte esencial de la ciudadanía.

Julieta Lanteri llegó a votar en elecciones municipales porteñas en 1911, aprovechando que las normas vigentes no excluían expresamente a las mujeres de aquel registro electoral. Fue una experiencia excepcional que mostró las contradicciones del sistema.

El movimiento sufragista organizó campañas, presentó peticiones, impulsó simulacros electorales y reclamó que la ciudadanía no dependiera del sexo.

Finalmente, en 1947 se sancionó la Ley 13.010, que reconoció los derechos políticos de las mujeres en el ámbito nacional. En 1951, las argentinas votaron por primera vez en una elección presidencial.

Fue una conquista decisiva, aunque no significó que todas las desigualdades desaparecieran de un día para otro.

Como suele decirse, «Roma no se hizo en un día». Los cambios legales abren puertas, pero transformar las costumbres y los prejuicios requiere tiempo.

Los prejuicios contra el feminismo

Las primeras feministas tuvieron que enfrentar burlas, descalificaciones y argumentos que presentaban sus reclamos como una amenaza para la familia y el orden social.

A algunas se las consideraba excéntricas por estudiar una carrera, hablar en público o participar en reuniones políticas. Otras debían conciliar su militancia con el trabajo y las responsabilidades familiares.

El feminismo tampoco fue un movimiento uniforme. Hubo diferencias entre quienes priorizaban los derechos políticos, quienes destacaban las condiciones de las trabajadoras y quienes defendían transformaciones sociales más profundas.

Sin embargo, esas diferencias no borraban el punto central: la idea de que las mujeres debían tener capacidad para decidir sobre su educación, su trabajo, su patrimonio y su participación pública.

La historia demuestra que los derechos que hoy parecen evidentes muchas veces fueron considerados imposibles antes de conquistarse.

Una lucha que no terminó

Al recordar aquellas pioneras, no se trata de imaginar que todas tenían las mismas ideas ni de convertirlas en heroínas sin contradicciones. Se trata de reconocer el valor de quienes cuestionaron desigualdades aceptadas durante generaciones.

Feijoó dedicó su investigación a recuperar ese pasado cuando la historia de las mujeres todavía ocupaba un espacio reducido en numerosos relatos históricos. Su trabajo contribuyó a dar visibilidad a luchas que no debían quedar relegadas al olvido.

Hoy, muchos de aquellos reclamos se encuentran incorporados a las leyes y a la vida cotidiana. Sin embargo, la igualdad formal no elimina automáticamente todas las desigualdades reales.

Por eso, conocer esta historia sirve para comprender que los derechos no aparecieron por generación espontánea. Fueron resultado de debates, organizaciones, sacrificios y perseverancia.

Dicho popular: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

Unas líneas para recordar

Hubo mujeres que abrieron caminos,
cuando era más fácil callar;
sembraron derechos y sueños,
que otras pudieron cosechar.

Una adivinanza para los lectores

No tengo espada ni corona,
pero puedo transformar una nación.
Cuando me niegan, me reclaman;
cuando me conquistan, cambia una generación.

¿Qué soy?

Deja tu respuesta en los comentarios. Y si conoces alguna historia de mujeres de tu familia que hayan tenido que luchar para estudiar, trabajar o decidir por sí mismas, compartila.

Porque detrás de cada derecho conquistado hay una historia humana que merece ser contada.

La historia también se escribe con aquellas voces que, durante demasiado tiempo, otros quisieron 

Autor y recopilador: Carlos Bonserio

Referencia :María del Carmen Feijoó