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martes, 27 de octubre de 2026

LA PESCA EN PUERTO QUEQUÉN SU OCASO

 


LAS LANCHAS AMARILLAS  

De los pescadores italianos a las fábricas que se llevó el viento económico

«Quien vive del mar conoce dos cosas: la esperanza de la pesca y la incertidumbre del regreso».

Hubo un tiempo en que la banquina de Puerto Quequén era mucho más que un rincón de trabajo. Era un mundo de lanchas amarillas, redes tendidas, cajones repletos de pescado, fábricas humeantes y familias que encontraban en el mar su sustento.

Al caer la tarde, los pescadores regresaban mientras vecinos y turistas se acercaban al muelle para contemplar la descarga. En tierra, los estibadores, transportistas, fileteadores y comerciantes completaban una cadena productiva que llegó a proporcionar miles de puestos de trabajo.

Pero aquella prosperidad no duraría para siempre. Esta es la historia de una actividad que nació con el esfuerzo de inmigrantes, alcanzó su esplendor durante los años setenta y sufrió después una prolongada decadencia.

 

1895: los primeros pescadores italianos

Para encontrar los orígenes documentados debemos remontarnos a 1895. El naturalista Fernando Lahille, durante una recorrida por la costa bonaerense, registró en Necochea la presencia de catorce pescadores napolitanos que disponían de cuatro pequeñas embarcaciones.

Aquellos hombres trabajaban con medios modestos, redes y aparejos sencillos. La pesca todavía no constituía una industria consolidada, pero ya estaba presente la semilla de una actividad que crecería durante el siglo siguiente.

La inmigración italiana desempeñaría un papel fundamental. Llegaron pescadores procedentes de Campania, Calabria, Sicilia y Basilicata, muchos de ellos con conocimientos heredados de sus mayores.

No todos se dedicaron exclusivamente a salir al mar. Algunas familias elaboraban redes, otras comercializaban el pescado y otras terminarían vinculadas con las fábricas procesadoras.

El refrán marinero lo resume bien: «A la mar, quien sabe navegar».

Y aquellos inmigrantes sabían hacerlo. Trajeron consigo el oficio, las herramientas y una cultura en la que el mar era, al mismo tiempo, sustento, sacrificio y destino.

1930-1950: nacen las lanchas amarillas

Durante estas décadas se afianzaron las primeras lanchas de madera pintadas de amarillo, un color que permitía distinguirlas mejor sobre el agua.

Eran embarcaciones pequeñas, algunas sin cabina, con motores a nafta y escasos elementos de seguridad. Salir a pescar significaba enfrentarse a temporales y regresar muchas veces con la vida pendiente de un hilo.

Las familias Bruno y Cannattá, entre otras, participaron en los comienzos de esta tradición. La fabricación de trasmallos, redes empleadas para capturar distintas especies, formaba parte de aquel universo de trabajo.

Por entonces, el consumo de pescado todavía era limitado y parte de las capturas se destinaba a la elaboración de harina para alimentos balanceados.

El negocio estaba lejos de alcanzar su máximo desarrollo, pero el oficio se transmitía de padres a hijos. Cada embarcación representaba una pequeña empresa familiar y cada salida al mar una apuesta por el sustento cotidiano.

«Donde hay patrón, no manda marinero», dice otro refrán marinero. Sin embargo, en aquellas lanchas el patrón también dependía de sus compañeros: una red no se recogía sola ni un temporal se enfrentaba con palabras.

Los años cincuenta y sesenta: el puerto cobra vida

La actividad fue creciendo y la zona portuaria comenzó a transformarse. La llegada de las embarcaciones atraía a compradores y curiosos, mientras el pescado alimentaba una red cada vez mayor de comercios y establecimientos industriales.

Los nombres de familias como Dato, Bruno, Ruggiero, Morello, Incorvaia y Grilli quedaron ligados a la tradición pesquera local.

También existían astilleros que construían y reparaban embarcaciones, entre ellos Vanoli, el taller de Ismael Larraburu, conocido como «El Vasquito», y El Atlántico.

La pesca no vivía aislada del resto de la economía: generaba trabajo para carpinteros, mecánicos, vendedores, transportistas y pequeños comerciantes.

Y había otro acontecimiento que reunía a la comunidad: la Fiesta de los Pescadores. Los festejos incluían música, bailes, paseos en lancha, elección de la reina y homenajes a quienes habían perdido la vida en el mar.

En las cantinas de la banquina se escuchaban melodías italianas y griegas, mientras los aromas de los frutos de mar se mezclaban con las conversaciones de los trabajadores.

El puerto tenía su propio lenguaje y su propia memoria.

Los años setenta: el esplendor de la pesca

Fue durante la década de 1970 cuando la actividad alcanzó su época dorada.

Las crónicas locales recuerdan unas treinta lanchas saliendo a pescar y cerca de veinte empresas procesadoras que llegaron a proporcionar entre 3.000 y 3.500 puestos de trabajo, incluyendo el fileteado y otras tareas industriales.

Entre las firmas más importantes figuraba Mar Claro, posteriormente conocida como Bajamar. Su planta ocupaba una manzana de avenida 59, entre las calles 18 y 20, y llegó a emplear aproximadamente a 450 trabajadores.

Allí se procesaba merluza que también llegaba en barcos de mayor porte. La producción abastecía mercados y se preparaba para la exportación.

En Quequén se destacaba Huemul, perteneciente al grupo Sasetru, con instalaciones en la avenida Juncal, actual calle 536, y una flota propia. La planta llegó a contar con unos 750 empleados.

También funcionaban Industrial Pesquera, Roda Pesquera, Sitarp, La Marplatense, Papá Falcone y Engraulis, especializada en el procesamiento y envasado de anchoas.

La actividad era un engranaje económico que sostenía a miles de familias. Cuando sonaba la sirena del mediodía, conocida popularmente como «la vaca», los trabajadores salían en bicicleta y el barrio se llenaba de movimiento.

«A río revuelto, ganancia de pescadores», afirma un conocido dicho. Pero aquella prosperidad no dependía de la confusión, sino de un equilibrio delicado entre las capturas, los precios, los mercados y la continuidad de las fábricas.

1980: un puente que también separó una época

El derrumbe del puente Ignacio Ezcurra durante las inundaciones de 1980 alteró profundamente el paisaje de la zona portuaria.

Desapareció una vía de comunicación importante y, con el tiempo, también se transformaron los muelles, los accesos y los espacios donde el público contemplaba la descarga de las lanchas.

Pero sería injusto atribuirle al derrumbe la decadencia de toda la industria. La actividad ya enfrentaba problemas relacionados con la explotación de los recursos, los cambios económicos y el cierre de establecimientos.

El puente caído quedó, sin embargo, como una imagen poderosa del final de una época.

1983-1984: los reembolsos patagónicos

En 1983 se estableció el régimen de reembolsos adicionales para exportaciones efectuadas por puertos situados al sur del río Colorado. El sistema comenzó a aplicarse desde enero de 1984.

La política buscaba impulsar el desarrollo de la Patagonia, pero introdujo una ventaja económica para las exportaciones que se realizaban por los puertos comprendidos en el régimen.

Para ciertas empresas pesqueras, operar desde el sur podía resultar más conveniente, especialmente cuando se combinaba con la disponibilidad de especies de alto valor comercial, como el langostino.

En Necochea y Quequén, la pérdida de competitividad se sumó a otros problemas: la presión sobre los recursos pesqueros, los cambios en los mercados y las dificultades financieras de las compañías.

Distintas crónicas locales señalan que varias procesadoras se trasladaron a Puerto Madryn y Rawson, donde encontraron condiciones favorables para continuar sus operaciones.

Conviene ser precisos: los reembolsos no explican por sí solos la crisis, y no todas las empresas tuvieron el mismo destino. Pero constituyen una pieza importante para comprender la transformación de la industria pesquera argentina.

1990-1999: Bajamar y Vieira

El retroceso de la actividad dejó instalaciones vacías y trabajadores sin empleo.

Bajamar, que había sido una de las grandes empresas de la zona, terminó con su planta rematada en 1999. La manzana que había ocupado quedó como testimonio de una época de prosperidad industrial.

En 1996 se inauguró en avenida 59, entre las calles 20 y 22, una planta frigorífica de la empresa española Vieira. Su función era almacenar pescado congelado para enviarlo a España. La firma también trasladaría sus operaciones al sur del país, según la prensa local.

La historia de ambas compañías refleja un proceso más amplio: Necochea y Quequén perdían parte de la infraestructura y del empleo que habían convertido a la pesca en una de sus actividades características.

No todas las empresas cerraron por las mismas razones. Para reconstruir el recorrido de cada una hacen falta testimonios y documentación empresarial que permitan distinguir los problemas financieros de las decisiones de relocalización.

2011-2012: resistir para no desaparecer

La decadencia continuó durante el nuevo siglo. Industrial Pesquera quebró y parte de sus trabajadores impulsó la recuperación de la planta, dando origen a La Recuperada.

Engraulis también encontró continuidad a través de Engraucoop, una cooperativa formada por trabajadores que buscaron sostener la producción y preservar sus puestos de trabajo.

Estas experiencias demuestran que la historia no terminó solamente con cierres y fracasos. También hubo solidaridad, organización y resistencia.

Porque, como enseña otro dicho marinero, «después de la tempestad viene la calma». Aunque para quienes perdieron sus empleos, la calma no siempre llegó y la reconstrucción fue una tarea difícil.

Una historia que no debe quedar a la deriva

La pesca comercial de Necochea y Quequén fue mucho más que una sucesión de empresas. Fue una cultura del trabajo construida por inmigrantes italianos y sus descendientes, por patrones pescadores, tripulantes, fileteadoras, estibadores y familias enteras.

Las lanchas amarillas, las cámaras frigoríficas, las fábricas y las cantinas formaban parte de un mismo paisaje. Cuando desaparecieron muchas de aquellas instalaciones, no se perdieron únicamente puestos de trabajo: también se debilitaron oficios, vínculos y recuerdos compartidos.

Hoy, las fotografías de las embarcaciones y las voces de los antiguos trabajadores pueden ayudarnos a recuperar ese pasado.

Porque el mar sigue estando allí, pero la historia de quienes vivieron de él merece que no la dejemos hundirse en el olvido.

Cuarteta final

Las lanchas pintadas de amarillo
surcaron las aguas con valor,
hoy duerme el puerto en su silencio,
pero no se apaga su memoria ni su honor.

¿Cómo lidiar con Marcel Marcel?


Una persona que no reconoce su incompetencia o desconocimiento?

Hay personas que opinan de manera tajante sobre cualquier tema, aunque no tengan los conocimientos necesarios para hacerlo. Hablan con una seguridad que no admite dudas, subestiman a los demás y, cuando alguien intenta señalarles un error, reaccionan como si se estuviera cuestionando su autoridad. No escuchan para aprender, sino para reafirmar lo que ya creen saber.

Tratar con alguien así puede generar un profundo malestar. La primera reacción suele ser la irritación, el enojo o la tentación de demostrarle, con argumentos, que está equivocado. Sin embargo, muchas veces ese esfuerzo termina siendo inútil. Cuanto más intentamos convencerlo, más se aferra a sus opiniones, como si reconocer un error fuera una derrota personal.

La primera regla para lidiar con estas personas es conservar la calma. No todas las discusiones merecen nuestro tiempo ni todas las opiniones necesitan una respuesta. Recordemos que no podemos controlar lo que los demás dicen o piensan, pero sí podemos decidir cuánto poder les concedemos sobre nuestro estado de ánimo.

Si alguien demuestra desconocimiento sobre un asunto, su seguridad al hablar no convierte sus afirmaciones en verdades. Conviene distinguir entre quien sabe, quien reconoce que no sabe y quien, sin saber, está convencido de que posee la razón. Este último caso es el más difícil, porque el problema ya no reside solamente en la falta de conocimientos, sino también en la incapacidad de reconocerla.

Si no deseamos prolongar la conversación, podemos responder con serenidad: «He escuchado tu opinión. Gracias». Es una manera educada de poner punto final al intercambio sin entrar en una discusión estéril. No hace falta tener la última palabra para conservar la razón, ni demostrar nuestra capacidad a quien no está dispuesto a reconocerla.

Ahora bien, si realmente nos interesa ayudar a esa persona a comprender sus limitaciones, debemos evitar las expresiones que la humillen. Decirle «no sabés de lo que hablás» o «no tenés ni idea» puede ser cierto en determinadas circunstancias, pero difícilmente contribuya a que cambie de actitud. Lo más probable es que se sienta atacada, levante sus defensas y convierta la conversación en una disputa personal.

Es preferible plantear preguntas que la inviten a reflexionar: «¿En qué datos te apoyás para afirmar eso?», «¿Consideraste la posibilidad de que exista otra explicación?» o «¿Qué pasaría si los hechos fueran diferentes de lo que suponés?». Estas preguntas permiten comprobar si existe una base real para sus afirmaciones y, al mismo tiempo, le ofrecen la oportunidad de revisar sus conclusiones sin sentirse directamente humillada.

También conviene recordar que todos somos ignorantes en determinadas materias. Nadie conoce todo, nadie tiene siempre razón y hasta las personas más preparadas pueden equivocarse. Reconocer lo que desconocemos no constituye una debilidad; por el contrario, es el primer paso para aprender. La verdadera inteligencia no consiste en tener una respuesta para cada pregunta, sino en saber cuándo debemos escuchar, investigar o admitir que estamos equivocados.

El problema aparece cuando alguien confunde seguridad con conocimiento, autoridad con razón y desacuerdo con falta de respeto. En esos casos, cualquier observación se interpreta como un desafío y cualquier argumento contrario se considera una ofensa. La conversación deja de ser un intercambio de ideas y se transforma en una competencia en la que lo importante ya no es descubrir la verdad, sino evitar que el otro tenga razón.

Hay, además, una diferencia fundamental entre no saber y negarse a aprender. La primera situación se resuelve con información, paciencia y experiencia. La segunda exige una disposición personal que nadie puede imponer desde afuera. Podemos ofrecer argumentos, acercar fuentes, formular preguntas y compartir nuestra experiencia, pero no podemos obligar a otro a reconocer aquello que se empeña en negar.

Por eso, también debemos aprender a poner límites. Si una persona descalifica sistemáticamente a los demás, desprecia los argumentos ajenos o convierte cada conversación en una demostración de superioridad, no estamos obligados a seguir participando. A veces, retirarse a tiempo es una señal de inteligencia, no de debilidad. Hay batallas que se ganan no entrando en ellas.

Al fin y al cabo, la humildad intelectual consiste en comprender que siempre tenemos algo que aprender, mientras que la soberbia consiste en creer que los demás siempre tienen algo que aprender de nosotros. Y cuando alguien se considera dueño de la verdad, hasta los hechos más evidentes pueden convertirse en enemigos.

Todo esto parece sencillo cuando hablamos en términos generales. La teoría nos aconseja paciencia, respeto, preguntas oportunas y voluntad de diálogo. Pero la realidad suele ser bastante más complicada cuando tenemos delante a alguien que no admite sus errores, no reconoce sus limitaciones y está convencido de que sabe más que quienes lo rodean.

Porque, al final, para aprender hay que aceptar que uno no lo sabe todo. Y para reconocer un error hace falta una virtud que no se adquiere leyendo libros ni acumulando años: la humildad.

Y todo lo dicho es razonable, aconsejable y hasta fácil de poner en práctica… siempre que no se trate de Marcel.

EL GORDO VALOR: BANDIDO TERROR DE LOS CAMIONES BLINDADOS

 



EL HOMBRE QUE HIZO TEMBLAR A LOS BLINDADOS

La historia de uno de los asaltantes más conocidos de la Argentina, la llamada Superbanda y una fuga que quedó grabada en la memoria policial.

«El que mal anda, mal acaba».

Hay hombres que alcanzan la fama por sus hazañas deportivas, sus descubrimientos o sus obras. Otros, en cambio, ingresan en la historia por el camino del delito. Luis Alberto Valor González, conocido popularmente como el Gordo Valor, pertenece a esta última categoría.

Durante las décadas de 1980 y 1990, su nombre quedó asociado a los asaltos contra bancos y camiones blindados. Para la Policía, llegó a convertirse en uno de los delincuentes más buscados del país. Para las crónicas policiales, fue el rostro de una época en la que las bandas organizadas desafiaban a las fuerzas de seguridad con armas de guerra, vehículos preparados y golpes cuidadosamente planificados.

Pero detrás del apodo y de la leyenda había una historia menos cinematográfica: la de un hombre que pasó buena parte de su vida entrando y saliendo de prisión.

De los primeros robos a la piratería del asfalto

Luis Alberto Valor González nació en 1953. Según relató en distintas entrevistas, sus primeros pasos en el mundo del delito estuvieron vinculados al robo de automóviles. En 1975 tuvo su primera detención, y posteriormente volvió a quedar preso por otros hechos delictivos.

Después de recuperar la libertad, fue ingresando en una modalidad que adquiría importancia en las rutas y zonas industriales del Gran Buenos Aires: la piratería del asfalto, es decir, el robo de camiones que transportaban mercaderías.

El siguiente paso sería todavía más ambicioso.

A mediados de los años ochenta, Valor y sus compañeros comenzaron a concentrarse en bancos y transportes de caudales. Los blindados que trasladaban grandes sumas de dinero se convirtieron en uno de sus principales objetivos.

El dinero, las armas y la organización transformaron aquellos asaltos en episodios que ocupaban las primeras planas de los diarios.

En una entrevista publicada por La Nación en 2006, Valor afirmó que habían llegado a realizar cinco o seis asaltos a blindados por mes. La cifra, atribuida a su propio testimonio, da una idea de la frecuencia que él adjudicaba a las operaciones del grupo.

Como suele ocurrir en el mundo del hampa, la ambición terminó imponiéndose sobre cualquier supuesto deseo de abandonar el delito.

La Superbanda: una organización que desafió a la Policía

Durante aquellos años se hizo célebre la llamada Superbanda, vinculada a los robos de bancos y camiones blindados.

En el imaginario popular, el nombre quedó asociado principalmente a Valor y a Hugo Sosa Aguirre, alias «La Garza». Sin embargo, las reconstrucciones periodísticas posteriores señalaron que la organización tuvo otros integrantes y que su conducción fue más compleja de lo que sugería la fama de sus dos figuras más conocidas.

La banda llegó a reunir numerosos hombres y utilizaba armas de gran poder de fuego. Sus integrantes se preparaban para intervenir en operaciones que podían resolverse en pocos minutos, aunque exigían una planificación previa.

Los objetivos eran elegidos por el dinero que transportaban y por las posibilidades de concretar el golpe. Después venían la huida, la dispersión de los participantes y el intento de desaparecer de la mirada policial.

A la Superbanda se le atribuyeron decenas de asaltos a bancos y blindados. Las cifras varían según las crónicas y los períodos considerados, por lo que conviene no confundir los hechos judicialmente acreditados con todas las acciones que se le adjudicaron.

La organización se convirtió en una preocupación permanente para las autoridades. La violencia de sus operaciones y el empleo de armamento pesado elevaron el riesgo tanto para los policías como para quienes quedaban atrapados en medio de los asaltos.

Porque en un robo con armas de guerra no hay garantías de que todo salga según lo previsto. Basta un disparo para que un golpe calculado termine en tragedia.

La fuga de Villa Devoto: una imagen para la historia policial

Si hubo un episodio que contribuyó a convertir al Gordo Valor en una figura reconocible para millones de argentinos, fue la fuga de la cárcel de Villa Devoto.

El 16 de septiembre de 1994, Valor escapó junto con otros cuatro presos, entre ellos La Garza Sosa. La fuga tuvo una repercusión extraordinaria y las imágenes de los fugitivos descendiendo por el muro del penal quedaron incorporadas a las crónicas policiales de aquellos años.

Los relatos periodísticos reconstruyeron una operación en la que hubo preparativos, prendas para facilitar la salida y una soga confeccionada con sábanas anudadas. Los fugitivos consiguieron superar el perímetro carcelario y ganar la calle.

La fuga no significó el final de la persecución. Por el contrario, abrió otro capítulo de la historia criminal de Valor.

A partir de entonces, su nombre volvió a ocupar los titulares y la búsqueda de los evadidos se convirtió en una prioridad policial.

Escapar de una prisión no era lo mismo que recuperar la libertad. Fuera de los muros comenzaba otra carrera: la de mantenerse oculto, evitar los controles y no caer nuevamente en manos de la Justicia.

Y aquella libertad duraría poco para algunos de los protagonistas.

La Reja: un asalto que terminó en muerte

Tres días después de la fuga, el 19 de septiembre de 1994, se produjo un asalto frustrado contra un camión blindado en La Reja, partido de Moreno.

El episodio terminó con la muerte de un policía bonaerense y dos integrantes del grupo delictivo. La violencia del hecho marcó un punto dramático en la persecución de la banda.

Valor fue condenado posteriormente a veinte años de prisión por ese caso, aunque sostuvo que no había participado en el asalto. Esa negativa debe consignarse como su versión, sin confundirla con el resultado de las actuaciones judiciales.

El episodio demuestra hasta qué punto aquellas operaciones podían desembocar en una tragedia. El dinero perseguido durante meses podía desaparecer en minutos; las consecuencias de los disparos, en cambio, no podían deshacerse.

En el ambiente del delito se habla a menudo de códigos, lealtades y reglas propias. Pero ninguna de esas palabras devuelve la vida a quien cae durante un enfrentamiento armado.

Prisiones, condenas y nuevas detenciones

La trayectoria posterior de Valor estuvo marcada por sucesivas condenas, períodos de encierro, excarcelaciones y nuevas detenciones.

En 1998 recibió una condena por la fuga de Villa Devoto. Al año siguiente fue condenado por distintos asaltos, mientras que otras sentencias se relacionaron con el caso de La Reja. Las penas fueron objeto de discusiones y recursos judiciales.

En 2007 obtuvo la libertad después de haber pasado un largo período detenido. Sin embargo, volvió a ser arrestado en 2009, luego de una persecución policial que terminó en un country de Pablo Nogués. En ese episodio se investigó su participación en un robo y se encontraron armas en el vehículo en el que se desplazaba.

En los años siguientes volvió a prisión. En 2014 obtuvo un beneficio de libertad asistida, pero fue detenido nuevamente poco después en un control policial en el que se encontraron armas de fuego. Finalmente, en julio de 2018 recuperó la libertad tras cumplir una condena de cuatro años.

Según las crónicas de La Nación, para entonces había pasado alrededor de 34 años de sus 62 años de vida en prisión.

Una existencia consumida entre golpes, persecuciones, expedientes judiciales y celdas.

El precio de la leyenda

Con los años, el Gordo Valor pasó de ser un nombre temido en los informes policiales a convertirse en un personaje habitual de entrevistas y reconstrucciones periodísticas.

Él mismo habló de su pasado y manifestó su arrepentimiento por los años dedicados al delito. También sostuvo que el dinero obtenido en los asaltos no había compensado las consecuencias de aquella vida.

En una entrevista publicada en 2020, La Nación recogió una frase suya que resumía esa experiencia: «No es negocio ser ladrón».

La sentencia tiene una sencillez que contrasta con la complejidad de su historia. Después de tantos años, la supuesta fortuna no había significado una vida tranquila ni una libertad sin sobresaltos.

La fama criminal, por otra parte, suele ser engañosa. Las películas y las crónicas pueden convertir una fuga en una aventura y un asalto en una demostración de astucia. Pero la realidad incluye víctimas, trabajadores amenazados, policías muertos y familias que padecen las consecuencias de la violencia.

El Gordo Valor quedó como uno de los nombres más reconocibles de la delincuencia argentina de fines del siglo XX. Su historia permite comprender una época en la que los asaltos a blindados alcanzaron una escala extraordinaria y la persecución policial se convirtió en noticia cotidiana.

Pero la conclusión no necesita adornos.

El delito puede fabricar una leyenda, aunque rara vez construye una vida que valga la pena imitar.

Porque, como dice el viejo refrán campero, «no hay atajo sin trabajo»; y cuando el atajo elegido conduce a la violencia, el precio puede ser mucho más alto que cualquier botín

lunes, 26 de octubre de 2026

VALDIR SEVERO MARTINS Y LA BANDA QUE CRUZABA EL RÍO URUGUAY - BANDIDOS RURALES MODERNOS




San Javier, Misiones: cuando la frontera parecía no tener límites

«Hecha la ley, hecha la trampa», dice el refrán. Pero hay trampas que se aprovechan de la geografía, de los caminos escondidos y de un río que, en lugar de separar, puede convertirse en una puerta de escape.

En la frontera misionera, el río Uruguay une y separa al mismo tiempo. De un lado, San Javier, en la Argentina; del otro, Porto Xavier, en Brasil. Durante mucho tiempo, el intercambio entre ambas orillas formó parte de la vida cotidiana de sus habitantes. Pero esa misma cercanía también fue aprovechada por delincuentes que encontraron en los pasos clandestinos una manera de robar en un país y esconder el botín en el otro.

A fines de 2012, la Policía comenzó a seguir los movimientos de un grupo que actuaba en localidades del centro de Misiones y en territorio brasileño. La investigación culminaría en marzo de 2013 con varias detenciones y con la captura de un hombre que había escapado de una prisión de Brasil: Valdir Severo Martins.

Un prófugo al otro lado del río

Martins era oriundo de Cruz Alta, en el estado brasileño de Río Grande do Sul. En noviembre de 2012, aproximadamente, había escapado del presidio de São Luiz Gonzaga, donde cumplía una condena de veinte años. Según las informaciones publicadas entonces por la prensa misionera, tenía antecedentes por homicidio, robos y hurtos, además de otras investigaciones abiertas en su país.

La fuga encendió las alarmas de las autoridades brasileñas, que advirtieron sobre la posibilidad de que el prófugo hubiese cruzado a Misiones.

No era un desconocido para la Justicia. Las crónicas periodísticas lo describían como un hombre con experiencia en el manejo de armas y las artes marciales. Sin embargo, su captura no se produjo inmediatamente. Durante varios meses, los investigadores procuraron reconstruir sus movimientos y localizar a las personas que podían estar ayudándolo.

La frontera ofrecía numerosas posibilidades para desaparecer. Bastaba cruzar el río por alguno de los pasos utilizados fuera de los controles habituales para cambiar de jurisdicción y complicar la persecución.

La conexión argentina: el hombre apodado Negrón

Una de las pistas principales surgió de la detención de un argentino conocido como «Negrón», identificado por la prensa como Hugo Celso M., de 42 años.

Según las publicaciones de marzo de 2013, Negrón había conocido a Martins durante su paso por una prisión brasileña, donde había cumplido una condena por falsificación de dinero. Cuando recuperó la libertad y regresó a la Argentina, habría mantenido el contacto con el brasileño y facilitado su llegada a Misiones.

Negrón también quedó involucrado en una causa por el robo de más de cinco mil pesos y una alcancía con monedas de la vivienda de un administrador de Aduana que residía en San Javier.

A partir de esa detención, los investigadores comenzaron a relacionar distintos hechos delictivos y a seguir los pasos de Martins y de sus presuntos colaboradores.

La Policía sospechaba que el grupo había cometido robos en San Javier, Leandro N. Alem, Oberá y localidades brasileñas próximas a la frontera. No todos esos hechos fueron esclarecidos judicialmente en las noticias disponibles, pero la investigación permitió reconstruir una posible modalidad de funcionamiento.

Las Correderas: el río como camino clandestino

El paso conocido como Las Correderas, en la zona de San Javier, ocupó un lugar central en las informaciones periodísticas.

De acuerdo con las fuentes policiales citadas por los diarios, los integrantes del grupo sustraían bienes en una de las dos orillas y los trasladaban a la otra. Lo robado en la Argentina podía ocultarse en Brasil, mientras que los objetos sustraídos en territorio brasileño podían ingresar a Misiones.

De esa manera, el río Uruguay se convertía en algo más que una frontera geográfica: era una vía utilizada para dificultar la recuperación de los bienes y la identificación de sus responsables.

No se trataba de una banda compuesta exclusivamente por brasileños. Entre los sospechosos había argentinos, y los investigadores procuraban establecer si existían otros colaboradores.

Las crónicas también mencionaron la posibilidad de que el grupo preparara un asalto a un banco de Alem. Sin embargo, esa versión fue presentada como una hipótesis policial: no hay fundamento para afirmar que el asalto se hubiera concretado.

La captura en Leandro N. Alem

El viernes 15 de marzo de 2013, después de una prolongada vigilancia, la Policía detuvo a Martins en un hospedaje de Leandro N. Alem.

Los investigadores habían seguido sus movimientos durante varios días. Cuando el brasileño regresó al alojamiento, los efectivos que aguardaban en las inmediaciones intervinieron y lo arrestaron. No ofreció resistencia.

En la habitación encontraron un equipo de música que había sido denunciado como robado. Junto a Martins fue detenido un joven argentino de unos 24 años, identificado por distintas publicaciones como Rubén Q. o Elisardo Q., quien había pertenecido a la Prefectura Naval Argentina y había sido separado de la fuerza en 2009, según la prensa de la época.

El equipo de música resultó una pista decisiva: permitió vincular el procedimiento con un robo ocurrido en la zona rural de San Javier.

Pero la investigación no terminó allí.

Nuevas detenciones en San Javier

El 21 de marzo fueron detenidos en el barrio Niño Jesús de San Javier otros dos hombres: Idelmar G. D. O., de 47 años, conocido como «Bombón», y Luis E., de 53.

Los allanamientos permitieron recuperar dos desmalezadoras, una motosierra, un machete, ropa, calzado y distintas herramientas. Según la investigación, esos objetos pertenecían a Nelson B., un vecino de 31 años que había denunciado un robo en su vivienda el 7 de marzo.

La recuperación de los elementos y las coincidencias con el equipo de música encontrado en Alem llevaron a los investigadores a relacionar a los detenidos con el mismo grupo.

Así, en el curso de pocos días, la pesquisa produjo varias detenciones y permitió reconstruir parte de la red de contactos que conectaba a los sospechosos de ambas orillas.

La prensa habló entonces de una banda fronteriza desarticulada. No obstante, corresponde recordar que las detenciones y las sospechas policiales no equivalen, por sí mismas, a una condena judicial por todos los hechos atribuidos.

La Justicia y el destino de Martins

La situación de Martins tuvo un recorrido más complicado de lo que sugerían los titulares iniciales.

El 27 de abril de 2013, el diario Primera Edición informó que la Justicia misionera lo había procesado por hurto. Según las fuentes judiciales citadas, las pruebas reunidas en aquella causa permitían sostener esa imputación, pero no una más grave.

La Justicia argentina aguardaba, además, la documentación formal de Brasil para tramitar su extradición, pues allí lo reclamaban por los delitos relacionados con su condena y sus antecedentes.

La historia no terminó con aquel arresto. En junio de 2015, El Territorio publicó que Martins había vuelto a quedar detenido en la Argentina, después de otra fuga carcelaria, esta vez de una unidad penitenciaria de Misiones. Para entonces estaba vinculado a una causa por transporte de estupefacientes y se habían reactivado los trámites relacionados con su entrega a las autoridades brasileñas.

La trayectoria posterior de Martins muestra que su captura de marzo de 2013 no significó el final inmediato de sus problemas con la Justicia.

Una frontera, dos países y una misma persecución

La historia de Valdir Severo Martins y sus presuntos colaboradores permite observar una dificultad característica de las zonas fronterizas: cuando los delincuentes se desplazan entre dos jurisdicciones, la persecución depende de la cooperación entre las autoridades y de la rapidez con que circule la información.

San Javier y Porto Xavier no eran solamente dos localidades enfrentadas a ambos lados del río. Eran también puntos de contacto entre comunidades, comercios, familias y trabajadores. La actividad de un grupo delictivo no debe confundirse con la vida de toda una población fronteriza.

En marzo de 2013, varios sospechosos fueron detenidos, se recuperaron bienes robados y la investigación permitió reconstruir una presunta red que operaba entre la Argentina y Brasil. Pero las noticias disponibles no permiten afirmar que todos los delitos investigados hubieran sido probados ni que cada detenido hubiera recibido condena por ellos.

La historia conserva, sin embargo, una imagen poderosa: un prófugo que cruzó el río buscando refugio, contactos que lo ayudaron a instalarse y una investigación policial que terminó alcanzándolo en un hospedaje de Alem.

Porque el río puede ocultar una huella durante un tiempo, pero no siempre consigue borrar el camino que deja detrás.


Fuentes consultadas

  • Ricardo Saidman, «La historia de una banda delictiva que operaba en las dos orillas», El Territorio, 7 de abril de 2013.

  • «Desarticulan peligrosa banda de delincuentes», Primera Edición, 18 de marzo de 2013.

  • «Cayeron otros dos integrantes de la banda del brasileño Valdir», El Territorio, 23 de marzo de 2013.

  • «Martins fue procesado por hurto y ahora aguardan por la extradición», Primera Edición, 27 de abril de 2013.

  • «Brasil extraditará a un peligroso bandido que atemorizó la frontera», El Territorio, 26 de junio de 2015.

domingo, 25 de octubre de 2026

N°28 LOS HERMANOS MUGAS BANDIDOS RURALES DE CORDOBA

 


TRES GAUCHOS, FUGAS ESPECTACULARES Y UNA LEYENDA QUE SOBREVIVIÓ AL TIEMPO

En los caminos polvorientos de Córdoba y Santa Fe, hacia fines del siglo XIX, el apellido Mugas se convirtió en sinónimo de persecuciones, enfrentamientos con la policía y fugas increíbles. Pero detrás del personaje legendario habría habido tres hermanos, cuyas historias terminaron mezclándose hasta formar una sola leyenda: la del gaucho Mugas.

Cuando el apellido se convirtió en leyenda

La historia argentina está poblada de gauchos alzados, hombres que se enfrentaron a la autoridad y terminaron perseguidos por la justicia. Algunos fueron elevados a la categoría de héroes populares; otros quedaron en la memoria como delincuentes temidos. Y no faltan aquellos cuya vida real se confundió con la leyenda, hasta el punto de que resulta difícil distinguir dónde termina la historia y dónde comienza el relato popular.

Entre estos últimos aparecen los hermanos Mugas, protagonistas de episodios que circularon por la campaña cordobesa y santafesina durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.

Según las versiones recogidas por distintos relatos históricos, la familia estaba integrada por tres hermanos: Lindor, Pedro y Jesús. Sin embargo, con el correr del tiempo, sus nombres, sus correrías y sus enfrentamientos se mezclaron. Así nació una confusión que todavía persiste: muchas aventuras atribuidas al «gaucho Mugas» pudieron corresponder a más de un integrante de la familia.

Porque, como suele suceder con los personajes populares, la fama viaja más rápido que los documentos. Una hazaña contada en una pulpería, repetida en una estación ferroviaria y adornada junto al fogón podía terminar convertida en una historia extraordinaria.

Y los Mugas tenían material de sobra para alimentar esa fama.

Tres hermanos y una vida fuera de la ley

Las versiones tradicionales presentan a los Mugas como hombres acostumbrados a la vida rural, vinculados a una época en la que los conflictos por la propiedad, el ganado, el trabajo y la autoridad podían desembocar en enfrentamientos violentos.

No todos los gauchos perseguidos por la policía fueron necesariamente víctimas de una injusticia, ni todos los hombres que vivieron fuera de la ley fueron héroes. Pero para comprender estos personajes hay que mirar el mundo en el que actuaron: una campaña donde las distancias eran enormes, las comunicaciones lentas y la presencia policial desigual.

En ese escenario, un hombre conocedor de los caminos, de los montes y de las estancias podía convertirse en un adversario difícil de atrapar.

De acuerdo con una de las versiones difundidas sobre los hermanos, Pedro habría muerto en un enfrentamiento con la policía hacia 1890. Lindor y Jesús, en cambio, habrían resistido a los agentes con armas blancas, hiriendo a varios antes de terminar detenidos.

Los detalles de aquellos episodios no aparecen siempre de la misma manera en los relatos disponibles. Por eso conviene tomarlos con cautela. Lo que se repite es la imagen de una familia perseguida, de arrestos y fugas, y de hombres que parecían encontrar siempre una manera de escapar de sus guardianes.

El viejo refrán dice: «Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe». Pero en la historia de los Mugas, al menos según la tradición, el cántaro parecía romperse una y otra vez sin que sus dueños dejaran de escapar.

Lindor: una

muerte que también forma parte del misterio

La suerte de Lindor aparece rodeada de versiones que no coinciden por completo. Una de ellas sitúa su muerte en 1892, a manos de un comisario de policía.

Los relatos de la época habrían lamentado que aquel hombre, de haber tomado otro camino, podría haber llegado a ser alguien distinto. Esa clase de reflexión aparecía con frecuencia en las crónicas sobre gauchos perseguidos: junto al relato de sus delitos, se insinuaba la idea de una vida desperdiciada, de un destino que pudo haber sido otro.

Pero esa mirada no debe confundirse con una absolución. La muerte violenta, los delitos y los enfrentamientos tenían consecuencias reales para las víctimas y sus familias.

Además, las fechas atribuidas a Lindor no son uniformes en todas las versiones posteriores. Por eso, el año 1892 debe presentarse como una de las versiones de su final, no como una certeza definitiva.

En torno a los Mugas, la documentación parece abrir preguntas más que cerrarlas. Y esa incertidumbre es parte del trabajo del historiador: no llenar los vacíos con imaginación, sino señalar dónde terminan los hechos comprobables y dónde comienza la leyenda.

Jesús Mugas: el hombre que no se resignaba a la prisión

Si hubo un integrante de la familia que alimentó especialmente la fama de los Mugas, ese fue Jesús.

Su nombre aparece asociado a varias evasiones carcelarias. Una de las más conocidas ocurrió en Córdoba, donde habría logrado escapar de la Penitenciaría en 1897. La historia cuenta que, tras la fuga, fue recapturado luego de un violento enfrentamiento en el que murieron algunos de sus compañeros.

Los relatos más dramáticos sostienen que Jesús recibió numerosos impactos de bala y aun así sobrevivió. Se habla incluso de catorce heridas en el cuerpo y otra en el cráneo. Son cifras que pertenecen a versiones transmitidas sobre el episodio y que merecen ser cotejadas con documentación contemporánea antes de aceptarlas como un registro médico exacto.

Lo que sí vuelve una y otra vez en la tradición es su extraordinaria capacidad para escapar de la prisión y mantenerse fuera del alcance de sus perseguidores.

Seis años después, en abril de 1903, habría protagonizado otra fuga de la Penitenciaría cordobesa, esta vez mediante un túnel. El episodio quedó asociado a las crónicas sobre las evasiones del llamado último gaucho Mugas.

Un túnel bajo los muros de una cárcel no es poca cosa. Requería tiempo, paciencia, herramientas y, posiblemente, ayuda. También suponía correr el riesgo de que cualquier ruido, movimiento sospechoso o delación terminara con el plan.

La pregunta inevitable es cómo pudo organizarse una maniobra semejante sin que los guardianes lo descubrieran a tiempo. Los detalles precisos necesitan respaldo documental, pero la historia de la evasión explica por qué el nombre de Jesús Mugas siguió circulando durante años.

En el lenguaje popular se dice: «No hay cárcel para el hombre que sabe buscar la salida». No es un refrán tradicional en sentido estricto, sino una frase que bien podría resumir la leyenda de Jesús.

Sin embargo, escapar de una prisión no significaba quedar libre para siempre. Afuera lo esperaban los caminos, la persecución y la posibilidad de volver a caer en manos de la justicia.

El encuentro junto al ferrocarril: ¿delincuente o anfitrión?

Entre las historias atribuidas al gaucho Mugas hay una que parece salida de una novela rural.

La escena se ubica alrededor de 1918, en las cercanías de Logroño, en la provincia de Santa Fe. Un contratista que trabajaba en reparaciones de vías ferroviarias habría quedado sorprendido por una tormenta eléctrica. Sin un refugio adecuado, encontró una vivienda rural y fue recibido por un hombre que le ofreció techo, mate y un lugar donde pasar la noche.

El visitante aceptó la hospitalidad sin saber, según cuenta la tradición, que estaba bajo el techo de uno de los fugitivos más temidos de la región.

A la mañana siguiente regresó al campamento de los trabajadores. Allí le habrían advertido que había pasado la noche con el célebre gaucho Muga, a quien se atribuían numerosas muertes.

Lo extraordinario de la anécdota no es solamente que el viajero hubiera compartido la noche con un hombre buscado por la justicia. Es que, de acuerdo con el relato, el anfitrión no lo robó ni le hizo daño alguno.

¿Ocurrió exactamente así? No contamos aquí con elementos suficientes para asegurar cada detalle. La historia debe leerse como una leyenda transmitida sobre el personaje, no como un hecho plenamente comprobado.

Pero la anécdota tiene fuerza porque introduce una contradicción muy humana: el hombre temido por sus perseguidores aparece, durante unas horas, como alguien capaz de brindar refugio a un desconocido.

La hospitalidad rural era un valor importante en aquellos tiempos. Compartir el mate y ofrecer reparo al viajero formaban parte de una cultura que no desaparecía necesariamente por el hecho de que alguien viviera al margen de la ley.

Claro que una anécdota amable no borra los delitos que se le atribuyen a un personaje. Pero sí ayuda a comprender cómo se construyen las leyendas: una historia puede conservar al mismo tiempo el temor que inspiraba un hombre y la imagen de un gesto generoso.

Entre la historia y la leyenda

Los hermanos Mugas pertenecen a esa galería de personajes rurales cuya fama sobrevivió a la documentación precisa de sus vidas. Los nombres de Lindor, Pedro y Jesús aparecen ligados a episodios de violencia, persecuciones y evasiones, pero sus trayectorias se mezclaron hasta que resulta difícil separar cada aventura de su protagonista.

Jesús quedó especialmente asociado a las fugas de la Penitenciaría cordobesa. Lindor, en cambio, aparece envuelto en versiones contradictorias sobre su muerte. Pedro habría caído en un enfrentamiento policial, aunque los detalles también requieren comprobación.

Lo prudente es conservar esas diferencias y no convertir cada relato repetido en una verdad indiscutible. La historia no pierde interés por reconocer sus dudas; al contrario, se vuelve más honesta.

Los Mugas vivieron en una época de profundas transformaciones. El ferrocarril avanzaba sobre la llanura, las poblaciones crecían y el Estado extendía sus mecanismos de control. En ese mundo cambiante, el gaucho que antes podía desaparecer entre los montes encontraba cada vez menos lugares donde ocultarse.

Pero la memoria popular no siempre se rinde ante los archivos. A veces, un apellido sigue recorriendo los caminos mucho después de que sus portadores desaparecieron.

Y así, entre una muerte discutida, una prisión burlada y una noche de tormenta compartida con un desconocido, los hermanos Mugas quedaron atrapados en esa frontera donde la historia se cruza con la leyenda.

Porque, como dice el viejo refrán, «cuando el río suena, agua lleva»; pero el historiador debe averiguar cuánta agua hay en el río y cuánto ruido agregó el viento.

Para cerrar

Por los caminos de la historia,
entre el recuerdo y la verdad,
hay hombres que pierden la gloria
y ganan la inmortalidad.

No todo lo que cuenta el viento
es mentira ni es realidad:
la leyenda guarda un fragmento,
los documentos, la verdad.

Plaza de los Poetas — Historias de hombres, caminos y leyendas de nuestra tierra.

sábado, 24 de octubre de 2026

N°27 ELENA GREENHILL, UNICA BANDIDA RURAL INGLESA

 

            Elena Greenhill, hacia 1900.

DESAFIÓ A LA POLICÍA EN LA PATAGONIA

Una mujer, un Winchester y una vida fuera de la ley

Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas

1. Una inglesa en la inmensidad patagónica

La Patagonia de fines del siglo XIX y comienzos del XX era una tierra de horizontes interminables, caminos polvorientos, puestos aislados y grandes arreos de ganado. En aquel escenario apareció una mujer que terminaría convirtiéndose en leyenda: Elena Greenhill Blacker, conocida como la Inglesa Bandolera.

Había nacido en Inglaterra y llegó a Chile siendo adolescente. En 1894, con apenas diecinueve años, se casó con Manuel de la Cruz Astete, un comerciante chileno vinculado al movimiento de ganado. Más tarde cruzó los Andes y se estableció en territorio argentino.

En la frontera patagónica, donde las autoridades estaban lejos y los conflictos por la propiedad eran frecuentes, Elena aprendió a montar y a manejar armas. Su vida tomó un rumbo muy distinto del que la sociedad de su época reservaba a las mujeres.

2. El Winchester y la fama de la Inglesa

Los relatos sobre Greenhill destacan su puntería y su destreza con las armas. El escritor patagónico Elías Chucair, que recogió testimonios de antiguos pobladores, contribuyó a preservar su historia.

Se contaba que acertaba a blancos pequeños con notable precisión. El Winchester se convirtió en parte inseparable de su imagen, junto con las botas, el chambergo y la ropa de hombre que, según las versiones, solía vestir.

Su fama creció en una región donde los robos de ganado, el contrabando y las disputas entre pobladores y autoridades formaban parte de una realidad compleja.

Un proverbio inglés dice: “Where there's a will, there's a way”: «Querer es poder». Elena tenía voluntad y audacia, aunque las empleara en actividades que la llevaron a enfrentarse con la ley.

3. Tres mil ovejas y un comisario en apuros

Uno de los episodios más conocidos de su vida ocurrió hacia 1909, cuando Elena y sus compañeros fueron acusados de participar en el robo de un gran rebaño de ovejas. Las versiones más difundidas hablan de tres mil animales.

Una partida policial llegó para exigir los documentos que acreditaran la propiedad del ganado. Según los relatos, el procedimiento terminó en un enfrentamiento armado y los policías quedaron a merced de los bandoleros.

La anécdota más repetida sostiene que Elena y sus compañeros desarmaron al comisario y a su ayudante, los despojaron de sus ropas y los obligaron a realizar tareas domésticas antes de liberarlos.

Los detalles varían según las fuentes y no todos pueden confirmarse documentalmente. Sin embargo, la historia contribuyó a alimentar la fama de la Inglesa y el resentimiento de las autoridades.

Como dice el refrán criollo: «No hay que escupir para arriba». La partida había llegado para imponer la ley y, según la leyenda, terminó protagonizando una humillación que se recordaría durante años.

4. Una vida fuera de las convenciones

La vida de Elena estuvo marcada por relaciones sentimentales, desplazamientos y conflictos. Después de su matrimonio con Astete, su nombre quedó vinculado a otros hombres que compartieron con ella distintos tramos de su trayectoria.

En aquella frontera, el comercio legal podía mezclarse con el contrabando y el robo de ganado. Greenhill terminó asociada a actividades delictivas y perseguida por las autoridades.

El proverbio inglés “Honesty is the best policy” significa «La honestidad es la mejor política». Elena eligió otro camino, y su fama de mujer temible no la libró de las consecuencias.

5. Gan Gan: el último enfrentamiento

En junio de 1915 llegó el desenlace. Elena se encontraba con Martín Taborda en la región de Gan Gan, en el actual territorio de Chubut, cuando una partida policial encabezada por el comisario Félix Valenciano salió a detenerlos.

El encuentro terminó en un tiroteo. Las reconstrucciones periodísticas describen a Elena herida y refugiada detrás de un caballo muerto, mientras Taborda intentaba resistir desde otra posición.

La situación se volvió desesperada. La mujer que había construido su fama alrededor del Winchester ya no tenía una salida clara.

Elena murió durante el enfrentamiento. Los relatos difieren en algunos detalles de sus últimos minutos, pero coinciden en el desenlace: la Inglesa Bandolera cayó ante la partida policial en la inmensidad patagónica.

«Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe», dice el refrán. Después de años de persecuciones y enfrentamientos, su historia terminó violentamente.

6. Entre la historia y la leyenda

Tras su muerte, Elena Greenhill continuó viviendo en los relatos de los pobladores. Elías Chucair recuperó parte de esa memoria en La Inglesa bandolera y otros relatos patagónicos, obra fundamental para acercarse a su historia.

No todas las hazañas que se le atribuyen pueden verificarse con la misma certeza. Algunas proceden de testimonios orales recogidos décadas después, por lo que conviene distinguir entre los hechos conocidos y las anécdotas transmitidas por la tradición.

Elena no fue una heroína sin manchas ni una simple figura de leyenda. Fue una mujer que desafió las convenciones de su tiempo, se vinculó con el bandolerismo rural y terminó muriendo en un enfrentamiento con la policía.

Sentencia final

Hay quienes recorren la vida por caminos tranquilos y quienes, aun equivocando el rumbo, prefieren afrontar la tormenta antes que renunciar a su libertad.

Elena Greenhill cabalgó por la Patagonia siguiendo su propio destino. Cuando el viento borró sus huellas, quedó una historia de audacia, violencia y soledad, como tantas otras que todavía guarda la inmensidad del sur.