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miércoles, 14 de octubre de 2026

EL MALÓN DE 1853 EN EL SUDESTE BONAERENSE


 

Quequén Grande, Lobería y las estancias que perdieron casi 200.000 animales

Una historia de caciques, lanzas, hacendados y una frontera convulsionada por la guerra.

Antes de que existieran Necochea y Quequén

Hoy recorremos los campos de Lobería, las márgenes del río Quequén Grande y los caminos que conducen hacia Tres Arroyos. Vemos establecimientos rurales, alambrados, caminos y pueblos que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Pero si pudiéramos retroceder hasta febrero de 1853, encontraríamos un paisaje muy diferente. No existían Necochea ni Quequén como ciudades fundadas. Había extensas llanuras, aguadas, pastizales, caminos rurales y grandes establecimientos ganaderos.

Aquellas tierras formaban parte de un territorio recorrido y habitado por pueblos indígenas mucho antes de la llegada de los colonizadores españoles. Allí se desarrollaban actividades ganaderas, intercambios comerciales y relaciones políticas entre caciques, pobladores rurales y autoridades.

Las relaciones podían ser pacíficas, pero también había enfrentamientos por el territorio, el ganado, las raciones y las decisiones de los gobiernos.

Como dice un viejo refrán campero: «Campo sin hacienda es como rancho sin fuego». Para los estancieros de aquella época, el ganado era mucho más que una riqueza: representaba el sustento, el trabajo y el porvenir de sus establecimientos.

Y en febrero de 1853, una gran incursión indígena puso en peligro esa riqueza en el sudeste bonaerense.

Diciembre de 1852: Buenos Aires se divide

Para entender lo ocurrido, debemos conocer primero la situación política.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, en febrero de 1852, la Argentina atravesó un período de profundas disputas políticas.

El 11 de septiembre de ese año, Buenos Aires se separó del proceso de organización nacional impulsado por Justo José de Urquiza. Las diferencias desembocaron en una rebelión encabezada por el general Hilario Lagos, quien en diciembre comenzó a sitiar la ciudad.

La guerra movilizó tropas, milicias y recursos de la campaña. Muchos hombres fueron convocados para combatir y numerosos establecimientos rurales quedaron con menos protección.

En medio de esa situación, las autoridades debían atender simultáneamente la guerra civil y la defensa de una frontera extensa.

Las relaciones con los caciques también se volvieron más inestables. Se alteraron las alianzas, hubo problemas en la entrega de raciones y se multiplicaron las negociaciones entre los distintos bandos.

En el campo, cuando falta gente para cuidar la hacienda y los hombres están destinados a la guerra, cualquier amenaza se vuelve más peligrosa.

Como dicen los paisanos: «A río revuelto, ganancia de pescadores». La crisis política creó una oportunidad para que diferentes grupos indígenas desarrollaran sus propias estrategias, mientras los gobiernos enfrentados se acusaban mutuamente de favorecer las incursiones.

Enero de 1853: caciques, alianzas y negociaciones

Entre los protagonistas de aquellos acontecimientos estaban los caciques Pichuiñ, Baigorria y Juan Calfucurá, además de grupos indígenas procedentes de Tapalqué.

Calfucurá era uno de los dirigentes indígenas más influyentes de la región pampeana. Había construido una amplia red de relaciones y tenía capacidad para reunir numerosos guerreros.

Los grupos indígenas no constituían un ejército uniforme. Cada parcialidad tenía sus propios dirigentes, intereses y alianzas, que podían modificarse de acuerdo con las circunstancias.

A comienzos de enero se había celebrado un parlamento en Leubucó, en el que participaron caciques ranqueles, entre ellos Baigorria y Pichuiñ. Sin embargo, los compromisos políticos no impidieron que semanas después se produjera una incursión de gran magnitud.

Las autoridades criollas se acusaban entre sí de haber alentado los ataques. Los caciques, por su parte, actuaban dentro de una situación compleja, aprovechando las divisiones políticas y defendiendo sus propios objetivos.

La historiadora María Fernanda Barcos estudió este episodio a partir de correspondencia militar, informes de funcionarios y documentos conservados en archivos históricos.

Su investigación demuestra que no alcanza con explicar el malón como un simple robo de ganado: también hay que comprender la guerra civil, las alianzas políticas y las tensiones que atravesaban la frontera.

12 de febrero de 1853: comienza la incursión

La gran incursión sobre el sur de la provincia se desencadenó a partir del 12 de febrero de 1853.

Según la reconstrucción de Barcos, participaron alrededor de 4.700 lanceros, una cifra estimada por la historiografía y no un recuento exacto de combatientes.

Pichuiñ y Baigorria aparecen vinculados con la organización de la incursión, mientras que Calfucurá se sumó durante la marcha.

El objetivo mencionado en la investigación era avanzar sobre Tapalqué, pero el movimiento terminó afectando una extensa región de la campaña bonaerense, con consecuencias particularmente graves para las estancias de Lobería y Tres Arroyos.

Los grupos se desplazaban a caballo, conocían los caminos y las aguadas y podían recorrer grandes distancias.

Las estancias, por su parte, tenían que proteger sus rodeos, sus caballadas, sus viviendas y a las personas que trabajaban en ellas.

En aquella época, los caballos eran fundamentales para el transporte, el trabajo rural y la guerra. Los vacunos constituían una de las principales riquezas de la economía bonaerense.

Por eso, perder miles de animales no era un inconveniente pasajero. Podía representar la ruina de una explotación.

Cristiano Muerto, Tres Arroyos y el camino hacia el sur

Las comunicaciones militares citadas por Barcos permiten reconstruir parte del recorrido de los grupos indígenas.

La documentación menciona el arroyo Cristiano Muerto y Tres Arroyos. En esta última zona fue saqueada la estancia denominada La Rosa del Sud.

También se menciona el Paso del Médano, donde testigos afirmaron haber visto alrededor de 800 indígenas, en su mayoría procedentes de Tapalqué.

El 28 de febrero, grupos de la incursión se encontraban por el arroyo Napostá, en la zona de Bahía Blanca, y por el Sauce Grande, en las proximidades de Monte Hermoso.

En este último sector, unos 50 o 60 indígenas se llevaron aproximadamente 200 yeguadas de los establecimientos de Marcos Toledo. Allí también fue asesinado un peón.

Después se dirigieron al puesto de Benítez, donde quemaron ranchos y se llevaron caballos y yeguas. Más tarde pasaron por el establecimiento de Manuel Bentos, de donde arrebataron cuatro tropillas de caballos.

Finalmente, desde Tres Arroyos, los grupos se trasladaron hacia las tolderías de Carhué.

Este recorrido documentado nos permite comprender la dimensión territorial de la incursión. No fue un hecho circunscripto a un único establecimiento, sino una sucesión de acciones que afectaron distintas explotaciones rurales.

Quequén Grande: el documento que conserva los nombres

Aquí aparece el dato que más nos interesa para la historia regional.

La investigación reproduce una relación titulada:

«Relación de los daños causados por los indios de Quequén Grande afuera; según los partes recibidos por el Sargento Mayor don Manuel García y el Juez de Paz don Benigno Acosta. Firma: José Aguilar».

El documento reúne las denuncias de propietarios y damnificados que declararon pérdidas de vacunos, yeguarizos y lanares.

El registro es importante porque no habla solamente de un malón en términos generales. Permite conocer los nombres consignados y las cantidades de animales declaradas por cada damnificado.

La tabla siguiente reproduce los datos publicados por Barcos. Los guiones indican que el documento registra cero en esa categoría.

La nómina de estancieros y damnificados

Estanciero o damnificadoVacunosYeguarizosLanares
Medialuna de3.3001.0002.000
Fernando Pando000
Manuel Savino1.5008000
Juana Caseres3.00000
Asencio Orellanos2.00000
Caseres8.00000
Francisco Paz1.00000
Los pobres10.00000
Alfonso5.00000
Francisco Bosch20.0005.0000
Guerrico15.00000
Irola15.00000
José María Martínez1.00000
Feliciano Hernández1.5002.0000
Nicolás Ávalos1.40000
Pacheco3.5007000
Alberto Márquez3.000500
Mariano Villalba3.0002.0000
Sesano Cristiano10.0002.0000
Eusebio Funes4002000
Pedro Vega1.1805000
Cornelio Giménez30400
Mendiburo y compañía12.5002.5000
Vicente Igarzábal3.6001.5000
Elías Galván y la viuda Marta3.5504000
Mauricio Solera y Manuel Martínez1.7501.1300
Ignacio Salguero y Cosme Puchol4.3001.6000
Coria y Arana5.2001.1500
Antonio Córdoba2.3501.0000
Juan Zárate y Figueroa2.8502.0200
Luciano Medina y Pancho Paz4.2001.250200
La viuda Juana4.3501.7000
Orellano, Caseres y el Vasco2.6002.9000
Barraza2.20000
Justo Alfonso y Anastasio Giles2.7601.3100
Varios individuos sin nombre conocido9001.0000
Total denunciado161.92033.7502.200

Fuente: María Fernanda Barcos, «Tratos, batallas y malones», cuadro 2, basado en documentación del Archivo General de la Nación. Se conservan las denominaciones de la fuente; algunos nombres aparecen incompletos.

Francisco Bosch, Guerrico, Irola y los demás

Las cifras permiten apreciar la magnitud de las pérdidas denunciadas.

Francisco Bosch declaró la pérdida de 20.000 vacunos y 5.000 yeguarizos. En el caso de Guerrico e Irola, el registro consigna 15.000 vacunos para cada uno.

Mendiburo y compañía denunciaron 12.500 vacunos y 2.500 yeguarizos. Sesano Cristiano, por su parte, figura con 10.000 vacunos y 2.000 yeguarizos.

Pero la lista no incluye solamente a los grandes propietarios. También aparecen Juana Caseres, Francisco Paz, Eusebio Funes, Pedro Vega y otras personas cuyas explotaciones tenían dimensiones diferentes.

Hay dos anotaciones que merecen especial atención: «Los pobres», con 10.000 vacunos, y «varios individuos de los que no se les sabe el nombre», con 900 vacunos y 1.000 yeguarizos.

No podemos determinar con estos datos quiénes eran todas esas personas ni cómo se distribuían las pérdidas dentro de cada grupo. Sin embargo, su presencia recuerda que el impacto de una incursión no se limitaba a los nombres más conocidos de la campaña.

Como dice el refrán: «El que tiene hacienda tiene querencia». Y cuando se pierde el ganado, no solamente se pierde dinero: también se pone en peligro el trabajo de toda una familia.

Casi doscientas mil cabezas denunciadas

Al sumar las categorías del documento, se obtiene un total de 197.870 animales:

  • 161.920 vacunos.

  • 33.750 yeguarizos.

  • 2.200 lanares.

Estas cifras corresponden a las pérdidas denunciadas en el conjunto de la relación. No deben atribuirse exclusivamente al partido actual de Lobería ni a un punto específico del río Quequén Grande.

Tampoco debemos confundir las cantidades declaradas con un inventario comprobado animal por animal. Como advierte la investigación histórica, no es posible asegurar que todos los reclamos reflejaran con exactitud cada pérdida, ni que se hubieran denunciado todos los daños sufridos.

Aun con esa precaución, la documentación permite reconocer la enorme repercusión económica de la incursión.

La misma tabla incluye una columna denominada «negocio $», en la que aparecen, entre otros importes, 80.000 para Medialuna, 8.000 para Fernando Pando, 50.000 para Manuel Savino y 100.000 para Mendiburo y compañía. El total de esa columna es 238.000.

Es importante no confundir esos importes con la valoración económica general de los daños. Barcos calcula por separado una pérdida estimada de 350.996 pesos fuertes, considerando el ganado y otros perjuicios denunciados.

En otras palabras, los documentos permiten aproximarnos a la magnitud de la pérdida, aunque no debemos tratar cada cifra como si fuera una auditoría moderna.

No solamente se perdió ganado

La incursión también dejó víctimas humanas.

La investigación registra denuncias de diez muertos y catorce personas cautivas, además de la quema de ranchos y viviendas.

Detrás de esos números hubo familias afectadas, pobladores que perdieron sus pertenencias y trabajadores rurales expuestos a una situación de extrema violencia.

En la estancia de Marcos Toledo, por ejemplo, la documentación señala el asesinato de un peón, además del arrebato de caballadas.

Por eso, la historia no puede reducirse a una lista de animales perdidos. La dimensión económica fue enorme, pero también hubo sufrimiento humano y destrucción de hogares.

Como dicen los paisanos: «Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». El refrán pertenece a otra tradición de la cultura popular, pero sirve para recordar que detrás de las cifras económicas también están quienes soportaron las consecuencias de los conflictos.

¿Quién ordenó el malón?

Esta es una de las preguntas más difíciles.

En medio de la guerra civil, circularon acusaciones que atribuían la responsabilidad a distintos dirigentes políticos y militares. Se mencionó a Urquiza, a Hilario Lagos y a otros actores vinculados con los bandos enfrentados.

Los testimonios no son uniformes. Algunos responsabilizaban a determinados caciques; otros sostenían que ciertos grupos habían sido alentados por dirigentes criollos.

La propia investigación de Barcos advierte que no se conoce con certeza cómo se organizaron todas las decisiones que condujeron a la incursión.

Por eso, no corresponde afirmar como un hecho probado que un único gobernante haya ordenado el ataque.

Lo que sí está documentado es que la guerra civil debilitó la defensa de la frontera, alteró las relaciones políticas y permitió que distintas parcialidades actuaran con mayor autonomía.

Los grupos indígenas tenían sus propios intereses, sus redes de comunicación y sus estrategias. Algunos participaron en alianzas con fuerzas criollas, mientras otros actuaron en contra de las poblaciones rurales.

Reconocer esa complejidad no significa justificar los asesinatos, los cautiverios ni el robo de ganado. Significa reconstruir los acontecimientos sin sustituir la documentación por conjeturas.

Marzo de 1853: después de la incursión

Durante marzo continuaron las comunicaciones entre jefes militares, autoridades y emisarios.

El sargento Olivencia, enviado a negociar con Calfucurá, no pudo encontrar al cacique a su llegada porque este se había trasladado hacia Quequén Grande junto con Pichuiñ.

Cuando Calfucurá regresó a sus tolderías en marzo, se desarrollaron nuevas conversaciones sobre las responsabilidades por la incursión y la posibilidad de restablecer relaciones.

Los dirigentes indígenas ofrecieron distintas explicaciones sobre lo ocurrido, mientras las autoridades criollas intentaban negociar y recuperar la hacienda.

La frontera no recuperó la tranquilidad de inmediato. La guerra civil continuaba y las relaciones entre los distintos grupos permanecían marcadas por la desconfianza.

El malón de febrero de 1853 quedó registrado como uno de los episodios más importantes de aquella etapa, tanto por su extensión como por sus consecuencias económicas y humanas.

¿Qué tiene que ver todo esto con Necochea y Quequén?

Mucho, porque nos permite conocer una parte de la historia de nuestro territorio anterior a la fundación de las ciudades actuales.

El río Quequén Grande ya aparece mencionado en la documentación histórica vinculada con las estancias y las pérdidas de ganado.

Sin embargo, es importante precisar que el título del registro no demuestra por sí solo que los grupos hayan atravesado exactamente el lugar donde hoy se encuentra el centro de Necochea o de Quequén.

Para determinar los recorridos con mayor precisión habría que comparar los nombres de los establecimientos con mensuras antiguas, planos rurales, registros de propiedad y partes militares.

Ese trabajo podría permitirnos localizar las estancias mencionadas, reconstruir los caminos de la época y distinguir los lugares efectivamente documentados de aquellos cuya ubicación todavía es incierta.

Es una tarea que merece la pena. La historia de nuestras ciudades no comienza el día en que se fundaron: también está formada por los acontecimientos, los habitantes y los conflictos que transformaron el territorio mucho antes de su nacimiento.

Una reflexión para cerrar

El malón de 1853 nos dejó nombres, cifras y testimonios que permiten reconstruir un episodio doloroso de la historia bonaerense.

La documentación muestra las pérdidas sufridas por los propietarios rurales, la destrucción de viviendas y las muertes y cautiverios denunciados. La investigación histórica también permite comprender el contexto de guerra civil, las negociaciones y las alianzas indígenas que influyeron en los acontecimientos.

No se trata de elegir entre una historia que condene a unos y absuelva a otros. Se trata de comprender lo ocurrido, reconocer a sus víctimas y distinguir los hechos comprobados de las interpretaciones.

Porque los archivos no son simples papeles viejos. Son huellas de vidas que existieron, de riquezas que se perdieron y de conflictos cuyas consecuencias marcaron el destino de la región.

Como dice el refrán campero: «La hacienda se cuenta, pero las penas no se miden».

Y si hoy podemos reconstruir esta historia, es porque alguien dejó constancia de los nombres, las cantidades y los daños. Nuestro deber es recuperar esos testimonios y transmitirlos a las nuevas generaciones.

Sexteto final

Por Quequén cabalgó la historia,
entre haciendas, temores y dolor;
los archivos guardaron su memoria,
con los nombres de cada poblador.
Hoy rescatamos aquella historia,

para que el tiempo no borre su voz.

Fuente histórica: María Fernanda Barcos, «Tratos, batallas y malones. El accionar indígena en la frontera sur durante el sitio a la ciudad de Buenos Aires», revista Corpus, 2017. La relación de pérdidas citada en el artículo proviene de documentación histórica del Archivo General de la Nación.

PUERTO QUEQUÉN: PONGAN LAS BARBAS EN REMOJO



Después no digan que no les avisamos

El nuevo presidente del Consorcio de Gestión de Puerto Quequén y el gobernador de la provincia harían bien en poner las barbas en remojo. Después no digan que nadie les avisó.

Son las siete de la mañana y hoy vamos a abordar un tema que puede resultar polémico. Todo nuestro planteo se sostiene sobre una pregunta fundamental:

¿Cómo es posible que, frente a los problemas de conducción y las oportunidades de desarrollo que tiene Puerto Quequén, no se advierta una política más firme, planificada y eficaz?

No pretendemos tener todas las respuestas. Pero tenemos derecho a preguntar, analizar y exigir explicaciones. Una cosa es formular una acusación sin pruebas y otra muy distinta es señalar problemas que merecen ser investigados y corregidos.

La conducción y sus responsabilidades

En primer lugar, corresponde revisar la estructura jerárquica del puerto, las remuneraciones, las funciones asignadas y los resultados obtenidos. ¿Cada puesto está ocupado por personal con la formación, la experiencia y la capacidad necesarias? ¿Existen criterios transparentes para las designaciones y evaluaciones?

También es razonable preguntar si los vínculos personales o familiares pueden influir en esas decisiones. No afirmamos que exista una irregularidad por el solo hecho de que haya relaciones personales: reclamamos que la idoneidad sea el criterio principal y que las designaciones puedan justificarse con información verificable.

En una institución estratégica, las cuentas claras conservan la amistad. La sociedad tiene derecho a conocer cómo se utilizan los recursos y qué resultados obtiene a cambio.

Mientras tanto, dentro del puerto se acumulan preocupaciones. Y como dice el refrán, quien siembra vientos cosecha tempestades.

Durante la presidencia de Jorge Álvaro, según nuestra apreciación, hubo mayor tranquilidad en determinados aspectos de la gestión. Consideramos que procuraba anticiparse a los conflictos gremiales y buscar soluciones antes de que los problemas se agravaran. Esa experiencia merece ser examinada, porque en la actividad portuaria la prevención y el diálogo son fundamentales.

Más vale prevenir que curar.

El paro de camiones: ¿se pudo evitar?

El paro de camiones ocurrido este año dejó una enseñanza que no deberíamos ignorar: los conflictos portuarios pueden tener consecuencias que van mucho más allá de las partes involucradas.

En un país con inflación, los desacuerdos por tarifas, costos operativos y condiciones de trabajo son previsibles. Por eso sostenemos que una conducción experimentada, respaldada por asesores idóneos y conocedores de la actividad, debería anticiparse a esas dificultades.

¿Se pueden eliminar todos los conflictos? No sería serio garantizarlo. Pero sí se puede trabajar para prevenir los evitables, negociar antes de llegar a una paralización y reducir sus consecuencias.

La experiencia de un presidente se demuestra, sobre todo, en su capacidad para anticiparse a los problemas, no solamente en su reacción cuando ya estallaron.

A nuestro entender, la falta de experiencia y de asesoramiento técnico adecuado pudo haber contribuido a que el conflicto llegara a ese punto. Para establecer las responsabilidades concretas, naturalmente, habría que examinar las negociaciones, las decisiones adoptadas y la actuación de las partes.

Un puerto paralizado afecta a transportistas, productores, empresas y trabajadores; puede comprometer exportaciones y perjudicar el ingreso de divisas. En una Argentina que necesita generar actividad y empleo, estos riesgos requieren la máxima atención.

Señor gobernador: usted también debe responder

Aquí hay una responsabilidad política que no podemos pasar por alto.

El gobernador interviene en la designación de las autoridades del Consorcio. Por eso, además de elegir a quien considera adecuado, debe evaluar su desempeño y exigirle resultados. No alcanza con nombrar a un presidente y esperar que los problemas se resuelvan solos.

Además, el Gobierno provincial dispone de herramientas políticas e institucionales para facilitar el diálogo entre los sectores involucrados, contribuir a prevenir conflictos y coordinar políticas de desarrollo.

Esto no significa que el gobernador pueda resolver unilateralmente cada disputa. Significa que tiene la responsabilidad de utilizar sus atribuciones para promover soluciones y controlar la gestión de quienes designa.

Si la conducción no está a la altura de las circunstancias, corresponde revisar el rumbo. Quien tiene la responsabilidad de elegir también debe hacerse cargo de evaluar los resultados.

Por eso le preguntamos: ¿Qué plan tiene la provincia para que Puerto Quequén deje de administrar solamente la actividad cotidiana y se convierta en un verdadero motor de desarrollo regional?

Un puerto necesita proyectos, no solamente anuncios

Puerto Quequén necesita una relación permanente con los sectores productivos de su hinterland, es decir, su zona de influencia económica. Debe promover acuerdos con universidades, municipios, empresas pesqueras y otros actores productivos.

También es necesario estudiar la modernización ferroviaria, mejorar los caminos y evaluar la incorporación de una estación de contenedores que facilite el transporte de mercaderías con mayor valor agregado.

No basta con enumerar proyectos. Hay que analizar su viabilidad, calcular costos, buscar financiamiento y establecer plazos de ejecución.

Se anunciaron iniciativas que despertaron expectativas. Entre ellas, el soterramiento de las líneas eléctricas de alta tensión y el nuevo puente Ezcurra, que podría tener relevancia para la integración y la logística portuaria. Sus respectivos estados y posibilidades de concreción merecen información pública y actualizada.

Porque del dicho al hecho hay mucho trecho. Los anuncios no mejoran por sí solos la infraestructura ni crean puestos de trabajo. La comunidad necesita saber qué se hará, cuándo, con qué recursos y bajo qué responsabilidades.

Y llegamos a la pregunta central de este video:

¿Cuándo va a volver Puerto Quequén a ser un punto de desarrollo significativo para toda la región y no solamente una estructura dedicada a sostener su funcionamiento cotidiano?

Idoneidad, transparencia y desarrollo

Para conducir un puerto de esta importancia hacen falta conocimientos de comercio exterior, logística, infraestructura y negocios portuarios. La política es necesaria para establecer prioridades y construir acuerdos, pero no puede reemplazar la capacidad técnica.

El licenciado Luis Musolino, a quien identificamos por sus conocimientos en materia portuaria, ha puesto el acento en la importancia de la preparación para conducir instituciones de esta naturaleza. Compartimos ese criterio: los cargos deben responder a las necesidades de la institución y no convertirse en premios o soluciones personales.

Del mismo modo, los contratos, los gastos y las decisiones administrativas deben poder examinarse. Si existen dudas, hay que aclararlas con documentos, controles y rendición de cuentas. No corresponde dar por probados hechos que no se han demostrado, pero tampoco ignorar preguntas legítimas.

Puerto Quequén tiene una ubicación estratégica, una importante zona productiva y capacidad para contribuir al crecimiento de Necochea, Quequén y toda la región. Sin embargo, el potencial no se transforma automáticamente en prosperidad: hacen falta planificación, inversiones, coordinación y continuidad.

Una advertencia que todavía puede ser escuchada

Señor gobernador: usted tiene la responsabilidad política de exigir una gestión eficiente y de utilizar sus atribuciones para impulsar los cambios necesarios. Al nuevo presidente del Consorcio le corresponde demostrar que cuenta con la experiencia, el equipo y la capacidad para cumplir esa tarea.

No queremos que el puerto fracase. Queremos que crezca, genere trabajo, aumente las oportunidades para las empresas de la región y contribuya al desarrollo nacional.

No estamos anunciando una catástrofe. Estamos señalando riesgos y reclamando medidas preventivas. Gobernar es prever, corregir a tiempo es demostrar inteligencia y escuchar las críticas también forma parte de una gestión responsable.

Por eso terminamos con dos preguntas:

¿Están las autoridades preparadas para anticiparse a los conflictos y desarrollar todo el potencial de Puerto Quequén?

¿Quién asumirá la responsabilidad política si se dejan pasar las oportunidades y una crisis evitable termina perjudicando a toda la región?

Todavía están a tiempo de demostrar que pueden cambiar el rumbo.

Pongan las barbas en remojo. Después no digan que no les avisamos.

 

martes, 13 de octubre de 2026

HISTORIA SECRETA DE LA HOTELERIA DE NECOCHEA


Del esplendor de los grandes hoteles al recuerdo de una época

Cuando hablamos de la historia de Necochea, recordamos sus playas, el Parque Miguel Lillo, el puerto y aquellos veranos que marcaron a varias generaciones. Pero hay otra historia que merece ser contada: la de sus hoteles, aquellos establecimientos que recibieron a los primeros viajeros y acompañaron el crecimiento turístico de nuestra ciudad.

Porque, como dice el refrán, cada pueblo tiene su historia y cada historia guarda sus secretos.

Los primeros pasos

Necochea fue fundada el 12 de octubre de 1881 y, casi desde sus comienzos, necesitó lugares donde alojar a comerciantes, viajantes y familias que llegaban a conocer la nueva población.

Uno de los primeros establecimientos fue el Hotel El Progreso, que ya existía en 1882.

Poco después, el mar comenzó a convertirse en el gran atractivo. En 1883, Julián Azúa impulsó una primitiva casa de baños y, posteriormente, el establecimiento conocido como San Sebastián Argentino.

Así comenzaba a tomar forma una actividad que con el tiempo sería fundamental para la economía local: el turismo.

Las comodidades eran modestas, los caminos difíciles y viajar exigía paciencia. Pero Necochea tenía algo extraordinario: sus extensas playas y ese horizonte marino que invitaba a quedarse.

Como suele decirse, el que siembra, cosecha. Aquellos pioneros sembraron una idea que las generaciones siguientes se encargarían de desarrollar.

El esplendor de los grandes hoteles

Con la llegada del siglo XX, la hotelería necochense comenzó a vivir una etapa de crecimiento.

En 1908 se inauguró el Hotel Necochea, un establecimiento de importancia que contaba con numerosas habitaciones, restaurante y amplios salones para reuniones y actividades sociales.

Otro protagonista fue el Hotel Marino, ligado a la familia de José Marino y Genoveva Piloni, cuya trayectoria hotelera había comenzado en 1887. El edificio de la avenida 79 y calle 4, inaugurado en 1910, se convirtió en un símbolo de aquella época.

También se destacó el Hotel París, sucesor del antiguo San Sebastián Argentino.

Aquellos hoteles eran mucho más que un lugar para pasar la noche. Sus comedores reunían a los huéspedes, sus salones eran escenario de encuentros y sus habitaciones recibían a familias que, muchas veces, regresaban cada verano.

Eran tiempos en los que las vacaciones podían durar semanas y el hotel formaba parte de la experiencia turística.

¡Cuántas amistades habrán nacido alrededor de una mesa y cuántos recuerdos habrán quedado guardados entre aquellas paredes!

Porque, como dice el viejo dicho, recordar es volver a vivir.

Los hoteles del centro

La actividad hotelera no se limitaba a la zona de playa. En el centro también florecieron establecimientos que recibían a comerciantes, viajantes y pasajeros.

Entre los nombres recordados aparecen el Liverpool, el Grand Hotel, el Vasconia y el España, posteriormente conocido también como Central.

La llegada del ferrocarril en 1894 favoreció el movimiento de personas y mercaderías. La estación era una puerta de entrada a la ciudad y los hoteles céntricos acompañaban esa actividad.

Mientras algunos turistas llegaban buscando el mar, otros venían por negocios, trabajo o asuntos familiares.

Así, la hotelería se convirtió en parte de la vida cotidiana y del desarrollo económico de Necochea.

Cuando comenzaron a cambiar los tiempos

Con el correr de las décadas, el turismo se fue transformando. Las vacaciones comenzaron a estar al alcance de más familias y crecieron los hoteles familiares, las pensiones y los alojamientos de distintas categorías.

Uno de los grandes establecimientos de esa etapa fue el Hotel Atlántico, inaugurado en 1928. Contaba con más de cien habitaciones y amplios salones. Sin embargo, en 1958 dejó de funcionar como hotel y el edificio pasó a utilizarse como departamentos.

El Hotel Trocadero, por su parte, funcionó hasta 1979, cuando el lugar dio paso al desarrollo del Paseo Centenario.

Y en 1961 llegaron dos pérdidas importantes para el patrimonio hotelero: fueron demolidos el Hotel Necochea y el Hotel París.

Los tiempos habían cambiado. Los departamentos y las casas de alquiler ganaban terreno, mientras los costos y las nuevas costumbres modificaban el negocio hotelero.

Como dice el refrán, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, aunque en este caso no se trató solamente de dificultades: también cambió la manera de vacacionar.

El ocaso y la memoria

Cuando desaparece un hotel, no se pierde solamente un edificio. También se van historias de propietarios, empleados, cocineros, mozos y mucamas; recuerdos de familias y anécdotas de quienes pasaron allí sus vacaciones.

¿Cuántos chicos habrán conocido el mar por primera vez alojados en alguno de aquellos hoteles? ¿Cuántas familias habrán regresado año tras año al mismo establecimiento? ¿Cuántas historias de amor habrán comenzado durante un verano necochense?

Muchas de esas vivencias nunca quedaron escritas. Sobreviven en fotografías amarillentas y en la memoria de quienes tuvieron la suerte de conocer aquella época.

Por eso es importante recuperar testimonios, nombres, fechas y documentos. Cada recuerdo puede aportar una pieza a este rompecabezas de nuestra historia.

Porque, como dice otro viejo refrán, nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Necochea sigue siendo una ciudad turística, pero conocer su pasado nos ayuda a comprender cuánto esfuerzo hubo detrás de su desarrollo. Los hoteles de ayer fueron protagonistas de una época que merece ser recordada.

Los edificios pueden desaparecer, los negocios cerrar y las generaciones pasar. Pero mientras alguien conserve una fotografía o relate una anécdota, una parte de aquella historia seguirá viva.

Si conociste alguno de estos hoteles o guardás algún recuerdo familiar, compartilo en los comentarios. Entre todos podemos reconstruir la memoria de nuestra ciudad.

Y si te gustan estas historias, suscribite a Secretos de Necochea y Quequén.

 Los hoteles que se fueron

Se fueron los hoteles de antaño,
con sus historias de amor y amistad;
quedó la nostalgia de aquellos veranos,
sus voces dormidas en la inmensidad.
Necochea los guarda en su memoria,
¡porque un pueblo sin recuerdos pierde su historia!

Apogeo y ocaso de la hotelería turística en Quequén

 



Frente a la Prefectura de Quequén, la familia Díaz Llanos había instalado una pensión en una antigua casa donde se alojaban los trabajadores de los elevadores de la empresa Bunge y Born. Esta actividad se mantuvo hasta 1939, año en que la familia se radicó en San Cayetano.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, regresaron y abrieron un comercio dedicado a la provisión de los barcos. Con el paso de los años, la familia Díaz Llanos tuvo una participación destacada en la hotelería de Quequén, llegando a ser propietaria de tres de los once establecimientos que recordamos en esta historia.

En 1948 construyeron el Hotel Nueva Pompeya (1), sobre la avenida Almirante Brown. El establecimiento comenzó con veinte habitaciones y posteriormente incorporó diez más. En años siguientes se construyó, a su lado y sobre la misma avenida, el Hotel Mauna Loa (2). También perteneció a la familia el Hotel Continental (3).

El Hotel Turbión (4) fue construido por Raimundo. Durante la década de 1950 se realizaron allí varias fiestas. Más adelante pasó a manos del doctor Bicoff, quien cambió su nombre por el de Colonia Infantil Pinocho.

El señor Divito, de Necochea, había construido el Hotel Costa Azul (5), que posteriormente vendió al doctor Bicoff. Este volvió a cambiarle el nombre, denominándolo Ciervo Azul, y lo destinó a colonia infantil.

El Hotel Venturi (6), propiedad de don Luis Venturi, funcionó durante las décadas de 1950 y 1960. Recibía a empleados de la empresa eléctrica CADE, que enviaba a sus hijos a la colonia que tenía la compañía en el predio donde hoy se encuentra la UNICEN. También se alojaban allí turistas en general.

El Gran Hotel Quequén (7), fundado en 1894 por Juan Larraburu y Joaquín Arano, fue uno de los establecimientos históricos de la localidad.

El Hotel del Faro (8), construido aproximadamente hacia 1920, pertenecía a españoles de la familia de don Francisco Balinotti.

También funcionaba como alojamiento veraniego la pensión instalada en la casona de la familia Carballido (9).

En las proximidades de la estación ferroviaria se encontraba el Hotel Estación (10), que recibía a numerosos viajantes de comercio que recorrían la zona ofreciendo sus productos.

Por último, en la zona de las torres estaba la pensión La Martita (11), propiedad del señor Oberto, donde se alojaban familias que llegaban para trabajar durante la temporada.

El esplendor de los años sesenta

Durante la década de 1960, Quequén brillaba con un turismo de buen poder adquisitivo, de características selectas. Parte de su hotelería recibía a artistas, pintores, escritores, críticos y políticos.

Dentro de ese segmento se encontraban los tres establecimientos de la familia Díaz Llanos, la Casona Carballido, el Hotel Quequén y el Hotel del Faro.

Por su parte, el Hotel Venturi alojaba tanto a empleados de la empresa eléctrica como a turistas en general. Pinocho y Ciervo Azul funcionaban como colonias infantiles, mientras que el Hotel Estación atraía a numerosos viajantes que desarrollaban sus actividades comerciales en la región.

Eran tiempos en los que Quequén tenía una importante actividad turística y una identidad propia. Los hoteles formaban parte de ese movimiento y contribuían a la economía local.

Como dice el refrán, «Todo tiempo pasado fue mejor», aunque quizás no haya sido necesariamente mejor para todos. Lo cierto es que aquella época dejó recuerdos que todavía perduran entre quienes la conocieron.

Comienza la decadencia

La decadencia de la hotelería turística comenzó a hacerse visible a mediados de la década de 1970.

Los establecimientos tenían dificultades para modernizarse debido a la falta de servicios esenciales. La ausencia de cloacas, gas, teléfonos, agua corriente y pavimentos en los accesos constituía un obstáculo para mantener una oferta hotelera acorde con las nuevas exigencias del turismo.

Al mismo tiempo, el balneario fue perdiendo el esplendor de su rambla, que había llegado a contar con restaurante y pileta climatizada de agua salada.

El ferrocarril, que durante tantos años había sido un medio importante para llegar a Quequén, comenzó a reducir sus frecuencias. Los viajes demoraban cada vez más debido al mal estado de los rieles. En contraposición, proliferaban las compañías de micros de larga distancia, aunque sus tarifas eran superiores.

A estos inconvenientes se sumó el crecimiento de otros balnearios que ofrecían nuevas instalaciones y mejores servicios. Pinamar fue uno de los destinos que se beneficiaron con la apertura de la ruta 11, que facilitó el acceso desde la Capital Federal, situada a unos 300 kilómetros.

Mientras otros centros turísticos avanzaban, Quequén no conseguía resolver sus problemas de infraestructura. La falta de inversiones y las dificultades para competir fueron restándoles rentabilidad a los hoteles.

Y cuando un negocio deja de ser rentable, por más historia y esfuerzo que haya detrás, mantener sus puertas abiertas se vuelve cada vez más difícil.

Así, uno a uno, los establecimientos comenzaron a cerrar.

El Nueva Pompeya, el Mauna Loa, el Continental, el Turbión, el Costa Azul, el Venturi y los demás hoteles y pensiones fueron quedando atrás, como testimonios de una época en la que Quequén ocupaba un lugar destacado entre los destinos turísticos de la costa bonaerense.

El refrán lo resume con sencillez: «Agua que no has de beber, déjala correr». Pero en este caso, lo que corrió fue el tiempo, y con él se fueron oportunidades que quizá hubieran permitido conservar parte de aquella infraestructura turística.

Hoy, al recordar estos once establecimientos, no pretendemos quedarnos solamente con la nostalgia. También buscamos reconstruir una etapa de nuestra historia local, comprender las razones de su decadencia y preservar los nombres de quienes, con sus emprendimientos, contribuyeron al desarrollo de Quequén.

Porque detrás de cada hotel hubo trabajo, inversión y proyectos de futuro. Y detrás de cada cierre quedó una parte de aquel Quequén que supo recibir visitantes y ofrecerles algo más que una habitación frente al mar.

Como expresa la poesía, el tiempo puede borrar las huellas, pero no siempre consigue borrar los recuerdos.

Quequén tuvo su época de esplendor hotelero. Conocerla y contarla es una manera de mantener viva su historia.