
El día que cumplió treinta y cinco años, Mario Marcelo decidió darle un giro drástico a su vida. Tras haber acudido diariamente a la sala de juegos durante cinco años, por fin logró erradicar el vicio y recobrar la ansiada libertad. Hoy en día podía entrar y salir a su antojo del negocio que le había heredado su padre, sin que los empleados le guiñaran el ojo diciendo:
—Cualquier problema, lo buscamos en el bingo, «jefe».
El médico clínico naturista, quien solía comprarle discos compactos de música clásica, le aseguró que estaba totalmente recuperado. Por su parte, la psiquiatra, que también le compraba películas, aducía que nunca había estado enfermo de las facultades mentales. Eso sí, como entre sus pequeños libertinajes figuraba el de consumir vino tinto en exceso, la especialista le aconsejó abandonar el alcohol de forma gradual, hasta alcanzar un consumo aceptable que no intoxicara su organismo. Sin embargo, él fue más radical: no bebería ni una sola gota de ese oscuro y perverso brebaje. Según había pregonado a los cuatro vientos, no lo haría nunca más; sería un completo abstemio. Se lo prometió a su primo Eduardo con la condición de que le quitara de encima a Luisito y a Santiago —dos jugadores compulsivos que caían todos los días a la hora del cierre y a quienes a veces resultaba imposible diferenciar—, y de que no se publicara nada referente a su vida de ludópata en la revista Sudestor.
A todo esto, la edición de noviembre de Sudestor —una revista literaria— estaba a punto de salir. Para apoyarla, le alcanzó a Paco varios cuentos que había descargado del blog poetica.com.ar. Sabía que no estaba bien lo que hacía, pues no se debe publicar una obra sin la autorización del autor; pero no sabía cómo contactarlos, tampoco tenía tiempo para ubicarlos y eran lo mejor que circulaba por la red. En la sección de biografías, muy pocos firmaban con su nombre y apellido real. Aunque no se trataba de un plagio, le parecía más conveniente publicar el nombre verdadero en lugar de un simple seudónimo. De cualquier manera, Sudestor era una publicación intelectual de tendencia anarquista y alcance nacional, distribuida en los kioscos de diarios de toda la Argentina, si bien aceptaba colaboraciones de autores de todo el mundo. Parecía que ya estaba en proceso de impresión, aunque él no preguntaba demasiado porque le recordaban que, al no figurar en el staff de colaboradores, no tenía derecho a hacerlo.
Asimismo, Paco, quien era su subordinado, se cuidaba de no enterarle de nada. Jorge, por su parte, luego de hacerle la corrección de estilo a su novela, lo miraba de reojo; movido por un afán egoísta, no le perdonaba haber pautado publicidad en el diario Clarín en lugar de cooperar con ellos comprando un espacio importante en la revista para promocionar su obra, El día amaneció gris.
Pese a todo, su primo lo apreciaba. Mario Marcelo a veces pensaba que ese afecto se debía a la promesa que Eduardo le hizo a su madre antes de morir; además, notaba que estaba muy solo e intentaba integrarlo al grupo de la revista, pero Mario Marcelo, resentido por todo lo que Paco le ocultaba, se negaba a sumarse.
Realmente librado de sus adicciones, le sobraba el tiempo. Cada día salía a caminar y a hacer gimnasia al parque de Lomas de Zamora con la ilusión de mejorar su estado físico, bastante deteriorado tras cinco años de vida sedentaria. Una mañana, antes de cruzar el puente del arroyo del Rey en dirección a la pista de ciclismo, reconoció a Pedro, el profesor de gimnasia. Al verlo, Pedro no pudo disimular una amplia sonrisa; se le acercó con rapidez y le dijo:
—Usted tiene un cuerpo ideal para el trabajo físico —y agregó—: Pero antes debería hacerse un chequeo médico general para saber a qué atenerse.
Le recomendó la clínica Cureta, propiedad de un amigo. Durante dos mañanas a las que debió acudir en ayunas, le realizaron todo tipo de análisis, radiografías, tomografías, resonancias magnéticas y otros estudios. A la tercera mañana le entregaron los resultados, los cuales, según los expertos, distaban de ser satisfactorios:
Sistema óseo: Osteoporosis, artritis, artrosis.
Aparato respiratorio: Asma, tabaquismo crónico.
Aparato cardiovascular: Hipertensión, colesterol alto.
Sistema nervioso: Irracionalidad continua.
Aparato digestivo: Acidez gástrica.
Lo extraño era que él se sentía de maravillas y continuaba caminando buen tiempo en sus rutinas por el parque de Lomas. Todo aquello le resultaba insólito; no es que desconfiara por naturaleza, pero le dio la impresión de que esos dos estafadores solo querían sacarle dinero. Y es que, al recibir los resultados, el profesor y el médico susurraron entre sí y luego, poniendo cara adusta, le dijeron que no se hacían responsables de su vida, insistieron en que se acomodara en una silla de ruedas y lo acompañaron hasta la salida. Pensó para sus adentros que, infundiendo semejante pánico con esos chequeos, el profesor de gimnasia difícilmente conseguiría muchos clientes.
Pasados unos quince días, una mañana se levantó cansado de la gente, con el rostro serio, la sangre alborotada y una urgencia brutal por actuar. Lo mejor era volver a caminar por el parque de Lomas para relajarse y pensar, pues su siguiente paso no podía ser cualquier cosa: debía ser algo trascendente, algo que dejara huella por los siglos de los siglos. A veces reflexionaba sobre lo difícil que era desenvolverse en este mundo y sentía que había nacido en la época equivocada. Se consideraba un hombre de la Iglesia Católica Apostólica Romana, un vaticanista; o, más bien, un hombre hecho para los tiempos del Renacimiento.
Y ahora, con su peso algo más aliviado —había perdido un kilo novecientos gramos—, avanzaba a veces al trote y a veces caminando. Cruzó el puente del arroyo del Rey e ingresó a la pista de ciclismo, en cuyo centro se ubicaban dos canchas grandes de fútbol. Se detuvo un rato a mirar un partido. Los jugadores eran muchachos de unos diecisiete años: el equipo de la derecha lucía una camiseta naranja con una «V» azul en el pecho; el de la izquierda, una completamente roja. Los jóvenes jugaban con entusiasmo y, en el fragor de la disputa, se produjo una discusión sobre si había habido una falta desleal contra un jugador. Buscaron a una persona neutral; miraron hacia todos lados y lo encontraron a él, que era el único espectador.
—Maestro, ¿fue falta? —le preguntaron varios.
Lavándose las manos como Poncio Pilatos, él respondió:
—Estaba muy lejos y no pude ver bien. Mejor den un pique y listo —un fallo salomónico, indispensable para ser un buen árbitro.
Contra todo pronóstico, se pusieron de acuerdo y le hicieron caso. Fue en ese momento cuando lo invitaron:
—¿No quiere arbitrar?
Inspiraban confianza, de modo que no pudo negarse:
—Es que solo soy un aficionado.
—Será fácil, ni le protestaremos. Es para ordenarnos.
—Bueno, pero con una condición: dirigiré solo si hay un silbato, no me voy a desgañitar gritando.
Le consiguieron el silbato. Todo iba perfecto: nadie protestaba sus fallos y tampoco había demasiado roce. Cuando alguno caía, un rival le extendía la mano para levantarlo; no había mala intención. Su «siga, siga» fluía con naturalidad, sin darle mayor trascendencia a los pequeños toques o empujones.
De pronto, el arquero del equipo rojo exclamó:
—¡Miren, llegó Yanina con sus cuatro amigas!
Yanina era una joven bastante atractiva y sus amigas debían de tener la misma edad que los muchachos; parecían sus compañeras de escuela. Se pararon en el lugar exacto para ser vistas desde todos los ángulos: a mitad de la cancha, cerca de la línea de cal. Allí comenzaron a bailar y a alentar como verdaderas porristas; la estrategia de seducción consistía en exhibir las piernas al ritmo de un cántico:
«Dale ro… dale ro… dale… ro,
te vinimos a ver otra vez,
te alentamos con el corazón,
te queremos ver campeón…»
Al ver a Yanina y a sus amigas mover acompasadamente las piernas, los del equipo rojo mostraron un entusiasmo desmedido. Hasta ese momento, él había observado que los naranjas estaban mejor dotados técnica y físicamente, y no habían abierto el marcador por pura casualidad: tres pelotas estrelladas en los palos demostraban que solo les faltaba un poco de suerte para cantar el gol.
Sin embargo, incentivados por la tribuna femenina, los rojos sacaron fuerzas de flaqueza y comenzaron a desbordar. En una jugada de peligro, un larguirucho defensor naranja cometió penal como último recurso. Él no tuvo dudas y, cual experto y enérgico referee, señaló el punto de penal. Había que inspirar respeto; no se podía arbitrar si afloraba el menor sentimiento de lástima o misericordia. Dejando de lado los escrúpulos, no existía razón para perdonar aquella infracción. Pensó también que, para demostrar su amplio dominio del reglamento, debía expulsar al joven aplicando la regla del último recurso.
Pero los acontecimientos se precipitaron de forma imprevista. Una marea de jugadores lo rodeó; era demasiada tensión acumulada en muy poco tiempo. Entonces escuchó el primer grito:
—¿Qué cobrás, hijo de puta?
—¡Penal! Y no me insulten o saco la tarjeta roja y hago estragos, los expulso a todos —respondió con la voz elevada, envalentonado.
De ahí en adelante no vio nada más: empujones, escupitazos, patadas en los tobillos, tirones de pelo y una rápida revolcada por el suelo. Asustado, en cuanto logró levantarse de aquella incómoda nube de polvo, arrojó el silbato y echó a correr.
Algunos amagaron con perseguirlo, pero a los veinte metros, tras tirar un par de patadas voladoras al aire, se quedaron estáticos y soltaron la carcajada. Mientras huía, él giraba la cabeza y de reojo observó a los jugadores del equipo rojo, quienes, en lugar de defenderlo o al menos separar para que no lo agredieran, compartían una amable tertulia con Yanina y sus amigas.
Cruzó el arroyo del Rey con las piernas temblorosas y la mirada desencajada. Con la mano derecha se persignó trazando rápidas cruces en el aire. Con su andar vulgar y anodino, se sacudió el polvo de la ropa y, murmurando entre dientes mientras sacudía la cabeza, se recriminó a sí mismo quién lo mandaba a dirigir un partido de fútbol. En ese instante no faltó el imbécil que pasó de largo y le preguntó:
—¿Qué le pasó, maestro?
—Nada, gracias, solo me caí en la tierra. Ya estoy bien… —respondió, y apuró el paso.
Seguía pensando que había nacido en la época equivocada. Era necesario que algún día esos jovencitos vehementes, desprovistos del menor respeto por la experiencia, sintieran el peso del poder y la firmeza de una mano dura.
El camino natural estaba cobijado por una arboleda que infundía un verdor lleno de vida al parque: no solo por las aves que anidaban en las ramas, sino por los paseantes que, al transitar a paso lento o raudo, absorbían el oxígeno puro y el aroma de los inquietos pinos, alerces, castaños, abedules y robles.
Arribó así a la pista de atletismo que rodeaba otra cancha de fútbol. Allí se disputaba un encuentro femenino: muchachas de unos dieciséis años corrían tras una pelota de cuero. Imaginó que se trataría de un torneo escolar, pues vestían camisetas de diversos colores. Tomó un respiro, se sentó en el escalón más alto de una pequeña grada de adoquines y se dispuso a observar el juego. Las chicas eran dirigidas por un árbitro «profesional» de impecable uniforme negro. Él intentaba conservar el buen humor a pesar de la imbecilidad reinante; no era tarea fácil y requería un enorme autocontrol, aunque resultaba interesante ver a las jóvenes patear con fuerza, eludir rivales con simples amagues y, por supuesto, la torpeza graciosa de algunos desaciertos. Nunca había visto a tantas jugadoras con estilos tan disímiles; en definitiva, nunca había visto a tantas mujeres jugar al fútbol. Se notaba, por otra parte, el fuerte amateurismo del encuentro, pues el estado físico de varias dejaba mucho que desear: había gorditas, flacas altas, muchachas escuálidas, otras petisas de piernas musculosas, y apenas tres o cuatro que cumplían con los requisitos de haber entrenado desde pequeñas.
Ante semejante entusiasmo, más de una jugada de gol llegó a concretarse; pero las chicas, al ser tan bruscas, lo único que lograron en un momento dado fue lesionar al referee. Ocurrió durante un encontronazo en el área, aunque gran parte de la culpa recayó en él por no prever la impericia de las jugadoras. Quedó tendido en el césped tras chocar con la defensora más robusta, que calculó en unos cien kilos y que no medía bien las distancias. El pobre árbitro quedó tan dolorido que tuvieron que llevarlo a la enfermería.
Intentaron seguir jugando sin referí, pero resultaba inútil: siempre surgía alguna disputa. Hasta que alguien sugirió:
—Pidámosle al señor que está sentado en la tribuna que nos dé una mano.
—Sí —dijo cínicamente uno de los jugadores que lo habían agredido en el otro partido—. A ese señor lo vi dirigir muy bien.
—Afirmo, yo lo vi muchas veces —agregó otro.
Ante semejantes elogios hacia sus virtudes deportivas, no pudo negarse. Y allí estaba otra vez, henchido como un pavo real, olvidando el incidente previo y corriendo como un gamo mientras marcaba infracciones a diestra y siniestra.
«Realmente me he graduado, aunque más no sea, de árbitro de fútbol femenino», pensó. Al fin y al cabo, se decía para sus adentros, «el que sabe, sabe; y el que no, es político».
Iban dos a dos y faltaban cinco minutos. Se ejecutó un córner: era una situación de peligro. El equipo atacante mandó a todas sus jugadoras a cabecear el centro con la expectativa de que el balón cayera llovido al área chica; las defensoras, por su parte, intentaban bloquearlas. En medio de ese tumulto, él intervino para separar y evitar roces. Como la robusta defensora chocaba con sus rivales, no tuvo mejor idea que soltarle una frase desafortunada:
—A ver si bajás un par de kilos, gordita.
Aquello provocó la inmediata reacción de la joven, quien gritó con afán de venganza:
—¡Me tocaste el culo, degenerado de mierda!
—Yo solo separé —atinó a responder él.
—¡Yo lo vi y fue con la palma de la mano abierta! —acusó otra compañera que había oído el comentario.
Quiso arreglarlo y fue peor:
—Pero… si toque a alguien, fue sin intención.
A medida que retrocedía, le quitaron una zapatilla y le rompiaron la remera. Ya no lo perseguía un solo equipo: ahora eran los dos planteles completos, sumados a las madres que habían acudido como espectadoras. Corrió como si le fuera la vida en ello; si lo atrapaban, aquellas mujeres lo despedazarían a arañazos. Cuando logró ponerse a una distancia prudencial, vio a las jóvenes exhibir su zapatilla a modo de trofeo. Lo único que se le ocurrió fue dedicarles un gesto obsceno con el dedo medio en alto, gesto que fue respondido con insultos de toda calaña dirigidos a su madre.
No había asomo alguno de coherencia en sus paraísos terrenales de angustia y desazón: oscura suerte la suya, que lo conducía hacia un destino impenetrable. Cada vez que ponía el pie desnudo en el suelo, un ligero cosquilleo lo hacía reír mientras se dirigía hacia su casa a paso lento, rengueando por la zapatilla que le faltaba. Ya en voz alta, se recriminó quién lo había mandado a dirigir partidos de fútbol en semejantes condiciones. La próxima vez, si decidía retomar el arbitraje, lo haría con custodia policial, como todo un profesional. Algunos transeúntes se le quedaban mirando el pie y él les inquiría en tono desafiante:
—¿Y vos qué mirás?
Al cruzar la avenida Frías, sintió que lo llamaban desde un automóvil:
—¡Eh, Mario Marcelo, date vuelta! ¿Para dónde vas?
Era Luis, el fabricante de calzado. Al ver a una cara conocida, Mario Marcelo lo saludó efusivamente en busca de protección:
—Hola, Luis —dijo, y subió rápidamente al vehículo.
—¿Qué te pasó, hombre? Perdiste una zapatilla.
—Eso me pasa por entrometido. A unos chicos se les cayó la pelota al arroyo del Rey y no tuve mejor idea que ir a rescatarla. Como había quedado trabada en una piedra en medio de la corriente, intenté atraerla con una rama larga; pero al acercarme a la orilla trastabillé, se me salió la zapatilla y, para mi mala suerte, cayó justo al centro del arroyo, que corría con una turbulencia bárbara. Así que lo único que me quedó por hacer fue levantar la mano y despedirme de ella.
—No te hagas drama. Vamos a tomar unos mates a casa y te doy un par de las que fabrico.
Luis vivía solo. Había nacido en la Argentina, pero siempre había sido un buscavidas; rondaba los cincuenta años y llevaba en su haber tres matrimonios y seis hijos, todos radicados en el exterior.
Mario Marcelo se estaba probando un par de zapatillas en plena sesión de mates cuando sonó el timbre.
—Debe de ser Laurita, una amiga. Quédate con ella, vuelvo en un rato —dijo Luis.
Y, en efecto, era Laurita: un pimpollo de veinte años, exuberante. Mario Marcelo olvidó de inmediato todo lo ocurrido en el parque al contemplar a semejante belleza.
Luis regresó a las tres y media de la mañana, y Mario Marcelo volvió a su casa recién a las cuatro de la madrugada. Estaba bien oscuro, por lo que aún podría acostarse antes de que aclarara, algo fundamental para sus hábitos de sueño y vigilia: «Si llego a adivinar el primer vestigio del amanecer, estoy perdido —pensó—. Ya no podré mantener los ojos cerrados y el cansancio se me acumulará durante todo el sábado; voy a arrastrar mi cuerpo lastimoso hasta la noche y no podré disfrutar de mi tiempo libre».
Apuró el paso y, cuando estaba por introducir la llave en la cerradura, llegó claramente a sus oídos el primer canto de los pájaros.