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viernes, 16 de octubre de 2026

LOS CROTOS: viajeros de la libertad, el hambre y los caminos

 



Una historia de hombres que recorrieron la Argentina con un atado de ropa al hombro, durmiendo junto a las vías y buscando en cada estación una oportunidad para ganarse el pan.

Hubo un tiempo en que por los campos argentinos, las estaciones ferroviarias y los caminos rurales circulaban unos personajes que parecían no pertenecer a ningún lugar. Vestían ropas gastadas, llevaban pocas pertenencias y viajaban de un sitio a otro siguiendo el ritmo de las cosechas y las changas.

Eran los crotos, también llamados linyeras. Para algunos, vagabundos; para otros, trabajadores trashumantes que habían elegido —o a quienes la vida había empujado a— una existencia alejada de las obligaciones convencionales.


Como dice el refrán: «Cada cual sabe dónde le aprieta el zapato». Detrás de aquellas ropas andrajosas había historias que pocos se detenían a escuchar.

¿De dónde viene la palabra croto?

La explicación más difundida relaciona el término con José Camilo Crotto, gobernador bonaerense entre 1918 y 1921.

Durante su gobierno se dictó una disposición que permitió a determinados peones rurales viajar gratuitamente en trenes de carga para trasladarse hacia los lugares donde se necesitaban trabajadores para las cosechas.

Aquellos hombres comenzaron a ser asociados con la expresión «viajar por Crotto», y con el tiempo la palabra croto pasó a identificar a personas pobres, desaliñadas o que llevaban una vida errante.

Pero no todos eran iguales. Algunos eran trabajadores golondrina que se desplazaban según las temporadas agrícolas. Otros habían abandonado sus hogares por conflictos familiares, dificultades económicas o el deseo de vivir sin ataduras.

No todo el que viajaba era un vagabundo, ni todo el que parecía vagabundo carecía de oficio.

El ferrocarril: una patria de rieles

Para los crotos, el ferrocarril fue mucho más que un medio de transporte. Era el eje de su mundo.

Las vías comunicaban pueblos, estancias, puertos y ciudades. Donde había una cosecha o una posibilidad de ganar unas monedas, allí podía dirigirse el viajero.

Los trenes de carga les permitían recorrer grandes distancias. El croto aprendía a conocer estaciones, campos y lugares donde encontrar trabajo, alimento o refugio.

No tenía domicilio fijo, pero conocía una geografía que muchos habitantes sedentarios jamás llegaban a descubrir.

«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar», escribió Antonio Machado. Para aquellos hombres, el camino no era solamente una metáfora: era su vida cotidiana.

La ranchada y el mono

Al caer la noche, los crotos solían reunirse en lugares apartados para formar una ranchada. Allí encendían un fuego, preparaban algo de comer y compartían las noticias recogidas durante sus viajes.

Cada uno podía aportar lo que hubiera conseguido: un poco de pan, yerba o algún alimento. No siempre había abundancia, pero la solidaridad podía marcar la diferencia entre pasar una noche soportable y sufrirla en soledad.

Sus pertenencias eran escasas. El mono era el atado donde guardaban la ropa y los objetos personales. El equipaje debía ser liviano: cuando toda la vida cabe en un bulto, cada cosa tiene que justificar su peso.

La ranchada también tenía sus códigos. Había que saber compartir, respetar lo ajeno y evitar conflictos innecesarios. La experiencia enseñaba a reconocer a los compañeros confiables.

Por supuesto, no todos los encuentros eran fraternales. También existían disputas y engaños. Pero el fuego compartido podía crear vínculos profundos entre hombres que, pocas horas después, quizá volvieran a separarse.

Como dice el refrán: «En la necesidad se conoce al amigo».

El hambre y el frío

La imagen del hombre libre que recorre el mundo con su equipaje al hombro puede resultar atractiva. Sin embargo, la realidad de muchos crotos era mucho más dura.

El hambre, el frío, las enfermedades y la falta de un lugar seguro para dormir eran problemas cotidianos. Una lluvia prolongada podía arruinar el viaje; una temporada sin cosechas podía dejarlos sin ingresos.

Algunos trabajaban en la recolección de cereales y otras tareas rurales. Otros dependían de empleos ocasionales o de la ayuda de sus compañeros.

La libertad tenía un precio: no estar atado a un patrón permanente también significaba carecer de un salario asegurado, una vivienda estable y protección para la vejez.

«No es oro todo lo que reluce». La vida errante podía ofrecer independencia, pero también una dureza difícil de imaginar desde afuera.

Bepo: un hombre que ayudó a contar aquella historia

Entre los personajes que permiten comprender ese mundo se encuentra José Américo Ghezzi, conocido como Bepo, cuya experiencia fue recogida por Hugo Nario.

Bepo vivió durante años como linyera. Sus recuerdos de los caminos, los compañeros y las experiencias vividas permitieron conocer mejor aquella forma de existencia.

Su historia muestra que detrás de la figura del croto había mucho más que pobreza o desaliño: había observación, sensibilidad y una manera particular de entender la vida.

La relación entre Bepo y Nario permitió rescatar recuerdos que, de otro modo, podrían haberse perdido. Así, una experiencia individual se convirtió en una ventana hacia la vida de muchos otros.

La historia oral tiene precisamente ese valor: escuchar a quienes estuvieron allí antes de que desaparezcan los últimos testigos.

El trabajo y las luchas

Aunque la imagen popular suele asociar al croto con la libertad individual, muchos eran trabajadores rurales que dependían de empleos temporarios y de condiciones económicas que no controlaban.

Las transformaciones del campo, las crisis y la mecanización agrícola fueron modificando sus posibilidades de trabajo.

También hubo organización y conflictos colectivos. Los trabajadores rurales reclamaron mejores condiciones y defendieron sus posibilidades de empleo y subsistencia. La historia de los crotos no estuvo separada de las luchas obreras de su tiempo.

El hombre que viajaba solo podía descubrir que compartía los mismos problemas que muchos otros.

Porque «La unión hace la fuerza», incluso entre quienes no tenían una casa fija ni un lugar permanente donde reunirse.

El ocaso de una forma de vida

Con los cambios en el transporte ferroviario, el avance de los camiones y la mecanización de las cosechas, el mundo croto fue perdiendo sus antiguos espacios.

Algunos se establecieron en pueblos y ciudades; otros continuaron viajando mientras pudieron. La vejez, sin embargo, planteaba una pregunta difícil: ¿qué sucede cuando un hombre acostumbrado a caminar ya no tiene fuerzas para continuar?

Sin vivienda estable ni una familia cercana, envejecer podía convertirse en una experiencia de soledad y desamparo.

Hoy, la palabra croto suele utilizarse como insulto para describir a alguien desaliñado. Pero su historia es mucho más rica: habla de trabajadores que recorrieron enormes distancias, aprendieron a sobrevivir con poco y formaron parte de una Argentina rural que ya no existe de la misma manera.

No todos eligieron aquella vida por las mismas razones. Algunos buscaron escapar de las obligaciones; otros sencillamente necesitaban trabajar donde hubiera una oportunidad.

Hugo Nario contribuyó a rescatar ese pasado y a conservar la memoria de hombres cuyas vidas difícilmente habrían aparecido en los grandes libros de historia.

Como dice el refrán: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

Unas líneas para despedirnosPor los rieles de la pampa,

con su mono y su soledad,
fueron buscando trabajo,
un techo y una oportunidad.
La historia guardó sus pasos,
el viento los vio partir;
quien escucha sus recuerdos,
los ayuda a revivir.

Una adivinanza para los lectores

No soy casa ni valija,
pero guardo lo esencial;
voy colgado de un hombro
por caminos sin final.

¿Qué soy?

Respuesta: el mono, el atado donde el croto llevaba sus pertenencias.

Y ahora, una pregunta para quienes visitan este blog: ¿recuerdan haber visto alguna vez a un croto o linyera en una estación ferroviaria, en un campo o junto a las vías? ¿Conocieron a alguien que llevara esa vida?

Los recuerdos de nuestros mayores pueden completar lo que los libros no alcanzaron a contar.

Porque hay hombres que no dejaron monumentos, pero dejaron caminos. Y mientras alguien recuerde sus pasos, no habrán desaparecido del todo.

— Secretos de Necochea y Quequén

Autor y recopilador: Carlos Bonserio

Referencia Histórica Hugo Nario

LAS LUCHAS FEMINISTAS EN LA ARGENTINA



 




Mujeres que se animaron a cambiar la historia

Una historia de derechos negados, voces rebeldes y mujeres que se atrevieron a reclamar un lugar bajo el sol.

Hay historias que durante mucho tiempo quedaron escondidas entre las páginas de los libros. No porque fueran pequeñas, sino porque quienes las protagonizaron eran mujeres a las que pocas veces se les reconocía el derecho de hablar, decidir y participar en la vida pública.

La historia del feminismo argentino es una de ellas.  

Para comprender aquellas luchas, hay que trasladarse a una época en la que muchas mujeres tenían limitada su autonomía jurídica, encontraban enormes dificultades para acceder a la educación superior y recibían salarios inferiores a los de los hombres. Además, se esperaba de ellas que su principal destino fuera el hogar, el matrimonio y la crianza de los hijos.

Como dice el refrán: «El que no llora, no mama». Pero durante mucho tiempo, cuando las mujeres levantaban la voz, había quienes pretendían hacerlas callar.

Una sociedad que reservaba pocos derechos para las mujeres

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la Argentina recibía inmigrantes, construía ferrocarriles, ampliaba sus ciudades y se transformaba económicamente. Sin embargo, el progreso no llegaba de la misma manera a todos.

Las mujeres trabajaban en fábricas, talleres, comercios y casas particulares. Muchas otras realizaban tareas domésticas sin remuneración, una labor indispensable para sostener a sus familias, pero escasamente reconocida como trabajo.

La situación era todavía más difícil para las mujeres pobres, que debían ganarse el sustento en condiciones frecuentemente precarias.

La contradicción era evidente: mientras las mujeres contribuían al crecimiento del país, tenían escasas posibilidades de intervenir en las decisiones políticas que afectaban sus propias vidas.

¿Acaso el esfuerzo tenía sexo? ¿La inteligencia dependía de ser hombre o mujer?

Aquellas preguntas comenzaron a convertirse en reclamos concretos.

Las primeras voces de la emancipación

Las ideas feministas encontraron eco entre mujeres vinculadas al socialismo, el anarquismo, el liberalismo y otros movimientos de renovación social. No todas pensaban igual, pero muchas coincidían en una cuestión fundamental: las mujeres debían tener derechos propios y no depender permanentemente de la voluntad masculina.

Entre las figuras destacadas estuvo Cecilia Grierson, primera médica argentina, graduada en 1889, que debió enfrentar prejuicios para estudiar y ejercer su profesión.

También sobresalió Julieta Lanteri, médica y militante por los derechos políticos femeninos, quien hizo de la participación electoral una de sus principales banderas.

Alicia Moreau de Justo, médica y socialista, dedicó buena parte de su vida a la educación, los derechos de las mujeres y las reivindicaciones obreras.

Otra figura fue Elvira Rawson, médica y defensora de los derechos civiles y políticos femeninos.

Estas mujeres no luchaban únicamente por obtener reconocimiento personal. Pretendían modificar las reglas de una sociedad que consideraba natural la subordinación femenina.

Y aquí viene a cuento otro dicho popular: «El camino se hace al andar». Cada una abrió una senda que otras pudieron continuar.

El trabajo femenino también fue un campo de batalla

Las reivindicaciones feministas no se limitaron al derecho a votar. Incluyeron las condiciones laborales, la educación, la igualdad ante la ley y la posibilidad de disponer de los propios ingresos.

En fábricas y talleres, las trabajadoras enfrentaban jornadas extensas, salarios bajos y escasa protección. Las obreras textiles y las empleadas de distintos establecimientos participaron en protestas y organizaciones gremiales.

Entre las militantes que se ocuparon de estos problemas se destacó Carolina Muzzilli, trabajadora y socialista que investigó las condiciones de vida de las obreras y denunció la explotación laboral.

Las demandas incluían mejores salarios, reducción de la jornada, descanso, protección de la maternidad y condiciones de trabajo más seguras.

Había también una discusión de fondo: si una mujer trabajaba y aportaba al sostenimiento de su familia, ¿por qué debía recibir menos que un hombre por tareas equivalentes?

La cuestión sigue teniendo resonancias en nuestros días.

Porque «No hay peor ciego que el que no quiere ver»: ignorar el trabajo de las mujeres no lo hacía menos necesario, sino menos reconocido.

Los derechos civiles y políticos

Uno de los grandes obstáculos era la situación jurídica de las mujeres casadas, cuya autonomía estaba limitada por la legislación de la época.

La Ley 11.357, sancionada en 1926, amplió los derechos civiles de las mujeres, aunque no estableció una igualdad jurídica completa.

En el terreno político, el reclamo era todavía más difícil. Las mujeres no podían votar en las elecciones nacionales y quedaban excluidas de una parte esencial de la ciudadanía.

Julieta Lanteri llegó a votar en elecciones municipales porteñas en 1911, aprovechando que las normas vigentes no excluían expresamente a las mujeres de aquel registro electoral. Fue una experiencia excepcional que mostró las contradicciones del sistema.

El movimiento sufragista organizó campañas, presentó peticiones, impulsó simulacros electorales y reclamó que la ciudadanía no dependiera del sexo.

Finalmente, en 1947 se sancionó la Ley 13.010, que reconoció los derechos políticos de las mujeres en el ámbito nacional. En 1951, las argentinas votaron por primera vez en una elección presidencial.

Fue una conquista decisiva, aunque no significó que todas las desigualdades desaparecieran de un día para otro.

Como suele decirse, «Roma no se hizo en un día». Los cambios legales abren puertas, pero transformar las costumbres y los prejuicios requiere tiempo.

Los prejuicios contra el feminismo

Las primeras feministas tuvieron que enfrentar burlas, descalificaciones y argumentos que presentaban sus reclamos como una amenaza para la familia y el orden social.

A algunas se las consideraba excéntricas por estudiar una carrera, hablar en público o participar en reuniones políticas. Otras debían conciliar su militancia con el trabajo y las responsabilidades familiares.

El feminismo tampoco fue un movimiento uniforme. Hubo diferencias entre quienes priorizaban los derechos políticos, quienes destacaban las condiciones de las trabajadoras y quienes defendían transformaciones sociales más profundas.

Sin embargo, esas diferencias no borraban el punto central: la idea de que las mujeres debían tener capacidad para decidir sobre su educación, su trabajo, su patrimonio y su participación pública.

La historia demuestra que los derechos que hoy parecen evidentes muchas veces fueron considerados imposibles antes de conquistarse.

Una lucha que no terminó

Al recordar aquellas pioneras, no se trata de imaginar que todas tenían las mismas ideas ni de convertirlas en heroínas sin contradicciones. Se trata de reconocer el valor de quienes cuestionaron desigualdades aceptadas durante generaciones.

Feijoó dedicó su investigación a recuperar ese pasado cuando la historia de las mujeres todavía ocupaba un espacio reducido en numerosos relatos históricos. Su trabajo contribuyó a dar visibilidad a luchas que no debían quedar relegadas al olvido.

Hoy, muchos de aquellos reclamos se encuentran incorporados a las leyes y a la vida cotidiana. Sin embargo, la igualdad formal no elimina automáticamente todas las desigualdades reales.

Por eso, conocer esta historia sirve para comprender que los derechos no aparecieron por generación espontánea. Fueron resultado de debates, organizaciones, sacrificios y perseverancia.

Dicho popular: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

Unas líneas para recordar

Hubo mujeres que abrieron caminos,
cuando era más fácil callar;
sembraron derechos y sueños,
que otras pudieron cosechar.

Una adivinanza para los lectores

No tengo espada ni corona,
pero puedo transformar una nación.
Cuando me niegan, me reclaman;
cuando me conquistan, cambia una generación.

¿Qué soy?

Deja tu respuesta en los comentarios. Y si conoces alguna historia de mujeres de tu familia que hayan tenido que luchar para estudiar, trabajar o decidir por sí mismas, compartila.

Porque detrás de cada derecho conquistado hay una historia humana que merece ser contada.

La historia también se escribe con aquellas voces que, durante demasiado tiempo, otros quisieron 

Autor y recopilador: Carlos Bonserio

Referencia :María del Carmen Feijoó



EL OFICIO DE PICAR PIEDRA EN TANDIL


 Una historia tallada en piedra


Hombres de martillo y barreno, inmigrantes de muchas tierras, familias enteras viviendo al pie de las sierras y una lucha obrera que dejó huellas mucho más profundas que las de sus herramientas.

Hay historias que no se escribieron con tinta, sino con sudor, golpes de martillo y pedazos de granito. Una de ellas es la de los picapedreros de Tandil, aquellos hombres que durante décadas trabajaron las piedras de las sierras y contribuyeron a levantar calles, veredas y edificios de numerosas ciudades argentinas.

Pero su historia no se limita al oficio. Fue también la de una comunidad singular, casi un pequeño mundo dentro de otro mundo, con sus propias costumbres, sus viviendas, sus conflictos, sus ideas políticas y sus luchas por una vida más digna.

Como dice el refrán: «Cada piedra tiene su historia, aunque no siempre encontremos quién la cuente».

Una industria nacida de las sierras

Hacia fines del siglo XIX, la Argentina vivía una etapa de crecimiento. Las ciudades se extendían, se abrían calles y los adoquinados se convertían en una necesidad. Tandil contaba con una riqueza natural extraordinaria: sus sierras de granito.

La piedra extraída no se enviaba simplemente en bruto. En las mismas canteras se la transformaba en adoquines, cordones y otras piezas utilizadas en la construcción. Era una actividad minera y artesanal al mismo tiempo.

Con la llegada del ferrocarril a Tandil, en 1883, el transporte se hizo más sencillo y la industria pudo abastecer mercados cada vez más distantes.

Para realizar aquel trabajo no bastaba con tener fuerza. Había que conocer las vetas, manejar herramientas con precisión y aprender a reconocer cómo debía golpearse cada bloque para obtener la pieza deseada.

El oficio se transmitía de los trabajadores experimentados a los jóvenes, y de padres a hijos. Cada especialidad tenía sus secretos, aprendidos a través de la práctica.

«La experiencia es la madre de la ciencia», dice otro refrán. En las canteras, muchas veces, la experiencia se adquiría a fuerza de errores, paciencia y manos lastimadas.

Inmigrantes que trajeron algo más que sus herramientas

Muchos de los primeros trabajadores especializados llegaron de Italia, donde ya conocían el oficio de la piedra. Más tarde se incorporaron españoles, yugoslavos y otros inmigrantes. Con ellos llegaron diferentes idiomas, comidas, canciones, costumbres e ideas políticas.

No se trataba solamente de un conjunto de hombres que concurrían diariamente a trabajar. Alrededor de las canteras se formaron comunidades con una identidad propia.

Las familias vivían cerca de los lugares de trabajo, en campamentos y viviendas sencillas. Los niños crecían viendo trabajar a sus mayores y, desde pequeños, se familiarizaban con las herramientas y los movimientos del oficio.

Las canteras, en muchos casos, estaban cercadas y los trabajadores residían dentro de esos predios. Esa circunstancia contribuyó a que se desarrollara un mundo relativamente aislado, del que incluso muchos vecinos de Tandil conocían poco.

La vida cotidiana mezclaba el trabajo agotador con las reuniones familiares, las amistades, las fiestas, los conflictos y la solidaridad entre compañeros.

Porque, como suele decirse, «Donde hay una comunidad, también hay una historia compartida».

Las curiosas reglas de aquel mundo

Una de las características más llamativas era el sistema de pago mediante vales o fichas, conocidos como plecas. En lugar de recibir siempre dinero de circulación corriente, los trabajadores podían cobrar con esos instrumentos y utilizarlos en las proveedurías vinculadas a las canteras.

El sistema favorecía la dependencia respecto de los patrones, especialmente cuando los comercios estaban dentro de los propios establecimientos y los trabajadores tenían dificultades para comprar libremente en otros lugares.

Las jornadas podían extenderse desde el amanecer hasta el anochecer, y las condiciones laborales eran duras. El esfuerzo físico, el riesgo de accidentes y la incertidumbre sobre los ingresos formaban parte de la vida cotidiana.

Había, además, una relación particular entre patrones y obreros. Algunos testimonios recogidos posteriormente describieron vínculos casi paternalistas; pero esa relación no eliminaba las desigualdades ni los reclamos por mejores condiciones.

El problema no era solamente cuánto se ganaba. También importaban la libertad de movimiento, el derecho a elegir dónde comprar, el descanso y la posibilidad de organizarse para defender intereses comunes.

Cuando el trabajo no alcanza para vivir con dignidad, la paciencia tiene un límite.

La organización obrera y la Huelga Grande

El 6 de octubre de 1906 quedó constituida la Unión Obrera de las Canteras de Tandil. La organización buscaba defender a los trabajadores y mejorar sus condiciones laborales.

En algunas explotaciones se consiguieron acuerdos, pero las mejoras no alcanzaban a todos. Era necesario extenderlas al conjunto de las canteras.

El 26 de octubre de 1908 comenzó la histórica Huelga Grande, que se prolongó durante aproximadamente once meses, hasta septiembre de 1909.

Los reclamos incluían el reconocimiento del sindicato, el pago en dinero en reemplazo de las plecas, la reducción de las jornadas y el descanso dominical. También estaba en juego la posibilidad de comprar fuera de las proveedurías patronales.

La huelga exigió organización y perseverancia. Hubo trabajadores detenidos, episodios de represión y momentos difíciles para familias que dependían de sus salarios. La solidaridad entre compañeros resultó fundamental para sostener el conflicto.

La influencia de las ideas anarquistas y de otras corrientes del movimiento obrero formó parte de aquella experiencia. Sin embargo, no todos los trabajadores pensaban igual ni perseguían necesariamente los mismos objetivos: para muchos, la preocupación inmediata era conseguir trabajo, alimentar a sus hijos y vivir sin tantas restricciones.

Como recordó un viejo trabajador en una frase recogida en la tradición oral de aquellas luchas: «El hambre es la guerra».

La victoria de la Huelga Grande significó un cambio profundo. Los obreros obtuvieron conquistas laborales y mayor libertad para desenvolverse fuera de las canteras. El dinero que antes quedaba condicionado por el sistema de las proveedurías comenzó a circular también por los comercios de Tandil.

La ciudad recibió así el movimiento económico de una población trabajadora que hasta entonces había vivido, en buena medida, apartada de ella.

El apogeo y el ocaso

La industria de la piedra alcanzó una gran expansión durante los primeros años del siglo XX. En 1913, según la información histórica reunida sobre la actividad, la producción llegó a unas 410.000 toneladas y ocupaba a alrededor de 2.500 trabajadores.

Pero ninguna prosperidad está garantizada para siempre. Las crisis económicas, la reducción de la demanda y los cambios en los métodos de explotación fueron debilitando la antigua organización del trabajo.

Cuando las canteras perdieron actividad, numerosas familias debieron buscar otras ocupaciones. Algunos picapedreros emigraron hacia otros centros de trabajo, entre ellos Mar del Plata, donde se emplearon en la elaboración de piedra para la construcción.

El antiguo mundo de las canteras comenzó a desintegrarse. Con él se fueron perdiendo formas de convivencia, conocimientos transmitidos de generación en generación y recuerdos que, de no haber sido recogidos, habrían desaparecido con sus protagonistas.

El escritor e investigador Hugo Nario dedicó años a reconstruir esa historia mediante documentos y testimonios de antiguos trabajadores y sus descendientes. Su investigación permitió rescatar no solamente las huelgas y las estadísticas, sino también aspectos de la vida íntima de aquella comunidad.

Una memoria que merece perdurar

Hoy, cuando contemplamos las sierras de Tandil, es fácil admirar su belleza y olvidar que durante décadas fueron también lugares de trabajo, sacrificio y esperanza.

Los picapedreros transformaron la piedra, pero ellos mismos fueron transformados por las condiciones en que vivieron. Aprendieron un oficio exigente, construyeron familias, organizaron sindicatos y lucharon por derechos que no recibieron como regalo.

Quizá el mejor homenaje sea recordar que detrás de cada adoquín hubo una mano trabajadora, y detrás de cada trabajador, una vida entera.

La piedra puede durar siglos. La memoria, en cambio, necesita que alguien la mantenga viva.

Unas líneas para despedirnos:

Golpe a golpe, piedra a piedra,
se fue tallando el camino;
quedó el sudor en la sierra,
y en la historia, su destino.

Una adivinanza para los lectores

Nací dentro de una sierra,
me golpearon sin cesar;
viajé para muchas ciudades
y ayudé sus calles a formar.

¿Qué soy?

Dejá tu respuesta en los comentarios. Y si en tu familia hubo un picapedrero, o conservás alguna historia de aquellos trabajadores, compartila: los recuerdos familiares también forman parte de la historia de los pueblos.

Porque los hombres pasan, pero sus obras y sus luchas pueden seguir hablando a través del tiempo.

Referencias: Hugo Nario, Los picapedreros

jueves, 15 de octubre de 2026

Está embrujada Necochea

 





Jajaja…

¿No estaremos embrujados los necochenses y quequenenses? No creo en las brujas, pero que las hay, las hay. Siempre veo escobas en las casas de mis amigos y parientes. ¡Y algunas parecen tener más años que sus dueños!

Como dice un viejo refrán: «Yo no creo en las brujas, pero de que vuelan, vuelan».

¿Quién no se ha hecho leer las manos, consultar la borra del café, acudir a una curandera o pedir que le echen las cartas para conocer el futuro? ¿Cuántos hemos recurrido a esos lugares, perseguidos por dudas e incertidumbres? A veces creemos que la solución está más allá de nuestra inteligencia. Y hasta las personas más importantes y preparadas tienen sus temores.

Porque, como dice el refranero popular, «el miedo no es zonzo, pero a veces se disfraza de prudencia».

Aunque científicamente no se haya comprobado la existencia de poderes mágicos, hay quienes aseguran haber encontrado alivio en estas creencias. ¿Será sugestión, casualidad, fe o algo que todavía no alcanzamos a comprender?

Como dice otro dicho: «Cuando la razón se queda sin respuestas, la imaginación abre sus ventanas».

Este tema me retrotrae a la década del noventa, cuando escribí Médano Blanco. En sus páginas encontré una historia que merece ser contada.

El intendente y el centro de energía

En las charlas habituales que Bastian mantenía con Don Juan, un día el viejo le confesó que tenía algo importante que contarle sobre sus incursiones al centro de energía. Le pidió absoluta discreción y le rogó que no divulgara la historia hasta después de su muerte.

Don Juan tenía una linda amistad con un médico anestesista al que había conocido siendo muy joven y que, con el tiempo, llegó a convertirse en un importante político local.

Era frecuente que el médico visitara la casa del viejo, en la playa de Quequén. Mate de por medio, conversaban sobre distintos temas. Don Juan le contaba sus vivencias de la época en que había trabajado como procurador y sus viajes como piloto de avión.

Pero todo cambió alrededor de 1995, cuando aquel médico fue elegido intendente de la ciudad.

La responsabilidad de conducir una comuna, los intereses políticos contrapuestos y los problemas sociales comenzaron a ejercer una presión enorme sobre él. Su salud se resintió y su organismo empezó a dar señales de desequilibrio.

La hipertensión lo atacaba durante las discusiones: la cara se le transformaba y los nervios parecían dominarlo. Cuando los problemas se volvían difíciles de resolver, aparecía el insomnio. No podía dormir.

En sus charlas con Don Juan, le confesaba que cada día recurría a más sedantes para tranquilizarse, pero el resultado era contraproducente. Su rendimiento desmejoraba y, durante los actos de gobierno, a veces tartamudeaba al pronunciar sus discursos. En su casa parecía un zombi.

Su esposa le recomendó consultar a una psicoanalista amiga. Él, poco convencido de esa terapia, prefirió pedirle consejo al viejo.

Don Juan le explicó que, muchas veces, para curar las heridas de la mente necesitamos recurrir a aquello que menospreciamos o que no alcanzamos a comprender.

Y aquí cabe aquel refrán poco recordado: «No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír».

El viejo se ofreció a llevarlo al centro de energía de Médano Blanco, con la intención de ayudarlo a equilibrar sus energías, demasiado alteradas —según su interpretación— por la intensidad de la actividad política. Allí realizarían los rituales necesarios y observarían los resultados.

El médico, por su formación profesional, le respondió que no podía aceptar semejante método de curación. Sin embargo, pasado un tiempo, terminó aceptando la propuesta.

Y fue con fe. Con esa fe que mueve a los creyentes, confiando en la palabra del viejo que lo acompañó tres veces durante un período de dos meses. En cada visita lo expuso en el punto exacto del supuesto vórtice energético.

Según cuenta la historia, a partir de entonces las cosas comenzaron a cambiar.

Dios pareció acompañarlo. El intendente logró afirmarse en su carrera, dejó de participar en discusiones estériles y se mostró más maduro, sereno y flemático. Finalmente, concluyó su mandato con éxito y el gobernador lo designó director de Salud de la provincia de Buenos Aires.

Una vez al año regresaba al centro de energía acompañado por Don Juan. Pero había una condición que no debía olvidar: obrar correctamente, mantenerse alejado de la corrupción y no perder la inocencia.

Porque, como advierte un viejo dicho: «El que juega con fuego, tarde o temprano se quema».

Y en política, donde las tentaciones abundan, más de uno termina comprobando que no todo lo que brilla es oro.

Una cuarteta entre el misterio y la razón

En Médano Blanco, donde el viento escribe
sobre la arena su antigua canción,
hay un secreto que en silencio vive
entre la fe, el misterio y la razón.

Cuando desaparece el guardián

En aquel lugar, decía Don Juan, existían misterios y cosas insondables.

Lamentablemente, cuando el viejo falleció, el político dejó de concurrir. Según el relato, ya no contaba con la autorización del guardián para ingresar por su propia cuenta.

Al dejar de regresar al centro de energía, habría perdido el equilibrio que, según creía, había conseguido. Con el tiempo, dilapidó su posición al frente del área de Salud y terminó abruptamente su período como intendente, en medio de reclamos en su contra.

¿Coincidencias? ¿Decisiones equivocadas? ¿El desgaste natural del poder? ¿O había algo más que escapaba a la comprensión humana?

Uno se pregunta si pueden ocurrir estas cosas, capaces de producir semejantes estragos en las personas. Ante tanta maledicencia, tantas rivalidades y tantas historias que circulan en los ambientes políticos, uno termina por quedarse espantado.

Decimos que no creemos en estas cosas, pero cuando escuchamos relatos semejantes, la duda comienza a trabajar silenciosamente.

Y no solamente les sucede a las personas comunes. También quienes ocupan cargos importantes, quienes tienen títulos universitarios y quienes se consideran dueños de una mente racional pueden albergar temores que jamás confesarían públicamente.

Difícilmente alguien salga a reconocer ante todo el mundo que necesita ayuda para combatir un mal que no sabe explicar. Mucho menos se atrevería a decirle a Che Tangazo, delante de todos: «Llevame al centro de energía de Médano Blanco».

Son miedos inconfesados, temores que se guardan bajo siete llaves.

Como dice un refrán de esos que invitan a desconfiar de las apariencias: «Las paredes oyen y los montes tienen ojos».

Los secretos de Médano Blanco

¿Existe un poder superior en aquel lugar misterioso? ¿Son sugestiones, creencias ancestrales o fenómenos que todavía no sabemos interpretar?

En este relato, el demonio parece hacer sus cosechas en Necochea. Y resulta difícil aceptar las supersticiones cuando uno pretende encontrar una explicación racional para todo lo que sucede.

Pero hay una pregunta que sigue dando vueltas en mi cabeza: ¿cómo habría logrado aquel personaje neutralizar los daños que, según creía, le ocasionaban las intrigas y las malas acciones de los demás? ¿Fue gracias a los rituales realizados junto a Don Juan? ¿O fue la confianza que depositó en el viejo lo que le permitió recuperar la serenidad y tomar mejores decisiones?

Y hay otra incógnita todavía más inquietante: ¿por qué Don Juan no le transmitió a aquel político el permiso para ingresar al centro de energía y, en cambio, sí se lo concedió a Che Tangazo?

Muchas preguntas y pocas respuestas.

Quizá haya llegado el momento de recordar que no todo lo que se cuenta puede demostrarse, pero tampoco todas las historias desaparecen por el simple hecho de que no encontremos una explicación.

Médano Blanco guarda sus misterios. ¿Quién los conoce realmente? ¿Quién decide quién puede entrar y quién debe quedarse afuera?

¿Será una logia masónica secreta y hermética la que comanda Damián, el guardián, mientras Che Tangazo ocupa el lugar de su discípulo?

Jajaja… No creo en las brujas, pero que las hay, las hay.

Y si alguna noche, caminando por Necochea o por Quequén, ven una escoba apoyada detrás de una puerta, no se asusten. Puede ser simplemente una escoba.

Aunque, por las dudas, yo no preguntaría demasiado.

Sentencia final

«El misterio no necesita demostrar que existe; le basta con sembrar una duda para que la razón pase la noche en vela».

PUERTO QUEQUÉN: LA HISTORIA DE SUS ESCOLLERAS Y LA CONQUISTA DE LAS PROFUNDIDADES




 Dos escolleras penetran al mar,

guardan la boca, amparan la entrada;
entre los oleajes, la arena y la sal,
crece una epopeya de lucha y jornada.

Puerto Quequén, corazón navegante,
portal de nuestra riqueza al mundo;
en cada barco que parte viajero,
late el trabajo de la tierra profundo.

Que nunca te falten cereales ni viento,
ni manos dispuestas a verte crecer;
que el grano argentino, cruzando las aguas,
lleve nuestra esperanza a un nuevo amanecer.

Porque en tus muelles se queda la historia,
de quienes soñaron un puerto mayor;
y mientras tus barcos naveguen los mares,
seguirá vivo nuestro orgullo y amor.

 

Una historia de piedras, arena, barcos y hombres que buscaron abrirle camino al mar.

Cuando contemplamos un barco de ultramar entrando o saliendo de Puerto Quequén, pocas veces pensamos en todo lo que hubo que hacer para que esa maniobra fuera posible. Detrás de cada buque que cruza la boca del puerto hay más de un siglo de obras, dificultades, decisiones y esfuerzos para proteger la entrada, mantener los canales navegables y conseguir una profundidad que permita transportar cada vez más mercadería.

Porque, como dice un viejo refrán marinero, «Al mar hay que respetarlo, aunque uno sepa navegarlo». Y Puerto Quequén es una muestra de lo que ocurre cuando el ingenio humano se enfrenta a la fuerza del océano y al movimiento permanente de las arenas.

EL NACIMIENTO DE UN PUERTO DE ULTRAMAR

A comienzos del siglo XX, la producción agropecuaria de esta región necesitaba una salida directa hacia los mercados del mundo. La desembocadura del río Quequén Grande ofrecía una ubicación favorable, pero también presentaba dificultades: el oleaje del Atlántico, los bancos de arena y la acumulación de sedimentos complicaban la navegación.

No alcanzaba con tener un río que llegara al mar. Había que transformarlo en una vía de acceso segura para los barcos de carga.

En 1908 se aprobó la ley que impulsó la construcción del puerto. Las obras comenzaron en 1911 y estuvieron a cargo de la empresa francesa Société des Grands Travaux de Marseille. Se construyeron escolleras, muelles y las instalaciones necesarias para poner en funcionamiento un puerto de ultramar. Se trajo la famosa grúa Titan que traslado los bloque de piedra.


Finalmente, el 10 de diciembre de 1922, durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear, Puerto Quequén fue inaugurado oficialmente.

Había comenzado una nueva etapa para Necochea, Quequén y toda la región productiva.

DOS ESCOLLERAS PARA DEFENDER LA ENTRADA

Las escolleras son estructuras de abrigo que se internan en el mar y protegen la boca del puerto de la acción del oleaje. En nuestro caso, tenemos la escollera Norte, situada del lado de Quequén, y la escollera Sur, del lado de Necochea.

La construcción original de ambas se desarrolló entre 1911 y 1922. La Norte tuvo una longitud aproximada de 575 metros, mientras que la Sur alcanzó alrededor de 800 a 850 metros, según la etapa constructiva que se considere.

Para levantar semejantes estructuras se necesitaban enormes cantidades de piedra y hormigón. Parte de la piedra se transportaba desde la cantera Los Pinos, en la zona de Balcarce, hasta Quequén. Después había que trasladar los materiales hasta el lugar de colocación, enfrentando las dificultades propias de una obra realizada en contacto permanente con el mar.

No era una tarea sencilla. Cada bloque debía formar parte de una estructura capaz de resistir durante décadas el embate de las olas.

Y aquí cabe recordar otro dicho popular: «No se puede tapar el mar con las manos». El propósito de las escolleras no era detener al océano, sino disminuir la energía de las olas y crear condiciones más favorables para la navegación.

Con el paso del tiempo se comprobó que las estructuras originales necesitaban modificaciones y prolongaciones para acompañar el crecimiento de la actividad portuaria.

LA ESCOLLERA DE NECOCHEA CRECE

La escollera Sur tuvo una importante prolongación entre 1948 y 1952. Su longitud pasó de unos 800 metros a aproximadamente 1.250 metros.

Décadas después, volvió a plantearse la necesidad de extenderla. El objetivo de alcanzar los 1.600 metros ya había aparecido en proyectos anteriores, pero su concreción demandó mucho tiempo.

Los trabajos de prolongación comenzaron en 2003 y finalizaron en 2007. Se incorporaron bloques especiales de hormigón conocidos como Core-Loc, diseñados para mejorar la estabilidad de la estructura frente a la acción del oleaje.

De esta manera, la escollera Sur llegó a unos 1.600 metros de longitud.

La escollera Norte tuvo otra evolución. Su longitud original rondaba los 575 metros y, a comienzos de la década de 1930, se realizaron modificaciones en su extremo debido al deterioro provocado por el mar.

Las dos escolleras, por lo tanto, no tuvieron una evolución idéntica. Cada una respondió a las condiciones particulares de su ubicación y a las necesidades de protección de la boca portuaria.

Una escollera no es una obra que se construye para siempre y luego se olvida. El mar la pone a prueba todos los días.

LAS PIEDRAS NO ALCANZABAN: HABÍA QUE GANAR PROFUNDIDAD

Las escolleras protegían la entrada, pero existía otro problema fundamental: la profundidad.

Un barco puede encontrar una entrada relativamente protegida y, sin embargo, no disponer del calado necesario para ingresar con seguridad o cargar toda la mercadería que permite su capacidad.

Al inaugurarse Puerto Quequén, la profundidad registrada era de 24 pies en el canal de acceso y el recinto portuario, equivalentes a unos 7,32 metros.

Pero el río y el mar tienen una característica que obliga a trabajar continuamente: los sedimentos se desplazan y se depositan en el fondo. Por eso, los bancos de arena pueden reducir la profundidad disponible y dificultar el paso de los buques.

En los primeros años del puerto hubo que recurrir al dragado para recuperar y mantener las profundidades necesarias.

El dragado consiste en retirar materiales del fondo mediante equipos especialmente preparados para esa tarea. Puede realizarse con distintos tipos de dragas, según las características del terreno y el trabajo que se necesite ejecutar.

Con el paso de las décadas, las necesidades comerciales fueron aumentando. Los barcos crecieron en tamaño y capacidad, y cada pie adicional de profundidad podía representar una diferencia importante en la cantidad de mercadería transportada.

Como dice el refrán, «El que quiere celeste, que le cueste». Para que Puerto Quequén pudiera recibir barcos cada vez mayores, no bastaba con desearlo: había que invertir, proyectar y ejecutar obras.

DE LOS 30 A LOS 40 PIES

Durante buena parte del siglo XX, la profundidad fue una de las principales limitaciones del puerto.

En una etapa de trabajos que quedó interrumpida en 1972, se registraban aproximadamente 40 pies en el interior portuario, 30 pies en el antepuerto y 27 pies en el canal exterior.

Conviene explicar estas diferencias porque suelen generar confusiones.

El canal exterior es la vía de acceso desde el mar. La boca es el paso de entrada entre las escolleras. El antepuerto es la zona interior próxima a esa entrada, donde los buques deben realizar maniobras. Más adentro se encuentran los canales y los sitios de atraque.

Cada sector puede tener una profundidad diferente. Por eso, cuando se anuncia una profundidad máxima, es importante saber a qué parte del puerto corresponde.

En 1992 se alcanzaron 40 pies en el interior portuario y 46 pies en el canal exterior, con una solera de 120 metros de ancho en este último sector.

Aquello representó un avance importante, pero todavía quedaban desafíos para aprovechar mejor la capacidad de carga de los barcos.

UNA EXPERIENCIA PERSONAL: LAS EXPLOSIONES Y LA BÚSQUEDA DE OTRA SOLUCIÓN

Hay un episodio que viví personalmente y que considero importante incorporar a esta historia. Los datos precisos de las fechas, los equipos y las decisiones técnicas deberán completarse con documentación que todavía estoy buscando.

Allá por 1988 compré mi casa a unos 200 metros del mar y aproximadamente 500 metros del puerto.

En aquellos tiempos, según recuerdo, la boca no podía profundizarse más allá de los 30 o 33 pies. La explicación que se daba era que la roca de Tandilia llegaba hasta ese lugar y que, para avanzar, había que recurrir a explosivos.

Desde la década de 1960 se realizaban explosiones durante los veranos. Pero aquel año los estallidos fueron mucho más fuertes de lo habitual.

La onda expansiva se transmitía a través de la arena y hacía vibrar las viviendas. Uno podía estar acostado y sentir que la cama se movía como durante un temblor.

Recuerdo que una mañana llegué desde Buenos Aires, me acosté a descansar y mi cama saltó, según mi impresión, entre 20 y 30 centímetros.

Aquel mismo día, los pocos vecinos que vivían en la zona organizaron un cacerolazo para protestar contra las explosiones.

Fui con mi familia hasta la dependencia portuaria, donde nos recibió el administrador del puerto, de apellido Pérez de la Sierra, según recuerdo.

El funcionario invitó a ingresar a una delegación de vecinos. Yo no formaba parte de ella, pero el almacenero Ailito, que conocía mi actividad gremial, me insistió para que entrara en su lugar.

Finalmente acepté.

La reunión comenzó con la explicación de que no podían detenerse las explosiones porque eran necesarias para el progreso del puerto. Los vecinos pedían que se redujera la potencia de las cargas, pero el administrador sostenía que un informe de Agua y Energía indicaba que aquellas explosiones no causaban daños.

Entonces intervine.

Cuestioné aquel argumento y pedí que se detuvieran completamente las voladuras y se buscara otro procedimiento para realizar los trabajos.

Mi posición era sencilla: el progreso del puerto no debía significar que los vecinos tuvieran que soportar explosiones que hacían temblar sus casas.

También le señalé que el informe invocado no me resultaba convincente, dada la situación que atravesaba el sistema eléctrico nacional en aquel momento.

La discusión se puso tensa. El administrador me preguntó quién era yo para cuestionar sus decisiones.

Le respondí que era un vecino perjudicado.

Mi experiencia gremial me había enseñado a discutir argumentos, fijar posiciones y sostenerlas cuando consideraba que había razones para hacerlo.

La protesta llegó también a los medios de comunicación y, según recuerdo, las explosiones se detuvieron.

Pero la historia no terminó allí.

Al año siguiente apareció una solución técnica diferente: una draga  draga holandesa Oranje equipada con un trépano que, de acuerdo con mi recuerdo, Rompió la durísima restinga de piedra subacuática que bloqueaba el canal de acceso y llevó la boca del río Quequén a 45 pies.

Esto demoró dos años desde 1989 hasta 1992

No pretendo adelantar conclusiones que todavía deben documentarse. Pero sí considero importante dejar constancia de lo vivido y de la necesidad de buscar una alternativa a un procedimiento que afectaba a los vecinos.

Yo había ido a Necochea a descansar junto al mar. No tenía ningún cargo portuario ni esperaba intervenir en aquella reunión.

Sin embargo, terminé sentado frente al administrador, defendiendo una posición que consideraba justa.

A veces, las circunstancias nos llevan a lugares que no habíamos imaginado. Quizá, como digo siempre al recordar aquel episodio, alguien me puso en esa silla por alguna razón.

LOS MUELLES TAMBIÉN FORMAN PARTE DEL PROBLEMA

Conseguir una gran profundidad en el canal no resuelve automáticamente todas las limitaciones de un puerto.

Los bordes de los muelles pueden tener profundidades inferiores a las del canal exterior. Esto significa que un barco puede ingresar con un determinado calado y encontrar restricciones al aproximarse al sitio donde debe completar su carga.

Para aprovechar mejor la profundidad disponible, en algunos sitios de amarre se incorporaron defensas neumáticas flotantes que permiten mantener el casco separado de la estructura del muelle.

Estas defensas cumplen una función de protección y pueden favorecer el aprovechamiento del espacio acuático disponible. Pero es importante aclarar que no reemplazan al dragado ni garantizan por sí solas un calado determinado.

La operación depende de la profundidad real junto al muelle, la posición del barco, el nivel del agua y las condiciones de seguridad.

Este detalle demuestra que el crecimiento de Puerto Quequén no se explica mediante una sola obra. Es el resultado de combinar escolleras, dragado, mejoras en los sitios de atraque y soluciones técnicas para que los buques puedan operar de manera segura.

LA CONQUISTA DE LOS 50 PIES

En 2019, Puerto Quequén dio otro paso importante con las obras de profundización ejecutadas por la empresa Jan de Nul.

Los trabajos comenzaron el 15 de abril y finalizaron el 25 de noviembre de ese año. Se alcanzaron 50 pies en el canal exterior, equivalentes a unos 15,24 metros, y profundidades superiores a los 15 metros en sectores del interior portuario.

La cifra de 50 pies se convirtió en una referencia para el puerto, porque amplió las posibilidades de recibir buques de mayor calado y mejorar la capacidad de carga.

Sin embargo, debemos insistir en una distinción: los 50 pies del canal exterior no significan que cada rincón del antepuerto y todos los bordes de los muelles tengan esa misma profundidad.

Tampoco significa que el trabajo haya terminado para siempre.

Las arenas continúan desplazándose, los sedimentos se depositan y las condiciones del fondo cambian. Por eso, el dragado de mantenimiento es indispensable para conservar las profundidades operativas.

Como dice el viejo refrán marinero, «Después de la tempestad viene la calma». Pero en un puerto, esa calma nunca debe confundirse con la inactividad: mantenerlo navegable exige trabajo permanente.

UN PUERTO QUE ES MUCHO MÁS QUE PIEDRAS Y AGUA

Cuando miramos las escolleras desde la playa, vemos dos estructuras que parecen formar parte natural del paisaje. Sin embargo, cada metro de piedra y hormigón representa una decisión, una inversión y un esfuerzo colectivo.

Detrás de los 50 pies de profundidad hay décadas de trabajos, equipos especializados, proyectos y conocimientos técnicos.

Y detrás del movimiento de cada buque están los productores, los trabajadores portuarios, los camioneros, los ferroviarios, los técnicos y tantas otras personas que hacen posible que la mercadería llegue a destino.

El puerto no es solamente una entrada al mar. Es una herramienta económica de toda una región y una pieza fundamental de su historia.

Por eso, conocer cómo se construyeron las escolleras y cómo se ganó profundidad no es un ejercicio de nostalgia. Es comprender de dónde venimos, reconocer los esfuerzos realizados y recordar que las obras más importantes son aquellas que permiten mejorar la vida de la comunidad.

Porque «A grandes males, grandes remedios», pero también es cierto que una buena idea, una decisión oportuna y el trabajo de muchas personas pueden abrir caminos donde antes solamente había obstáculos.

Puerto Quequén es parte de nuestra identidad. Y cada barco que atraviesa sus escolleras lleva consigo algo más que cereales: lleva el esfuerzo de una región que aprendió a mirar el mar como una puerta abierta al mundo.