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domingo, 4 de octubre de 2026

LA ARISTOCRÁTICA HISTORIA DE QUEQUÉN...LOS GUERRICO LAMARCA

 



El Arenal, el castillo de los Guerrico Lamarca

Hay lugares que desaparecen mucho antes de que sus paredes caigan.

Dejan de existir cuando ya nadie recuerda las voces que los habitaron, las risas que alguna vez llenaron sus habitaciones, los pasos que recorrieron sus escaleras o las historias que quedaron atrapadas entre sus paredes.

En Quequén hubo uno de esos lugares.

Se llamó El Arenal.

Y durante muchos años fue mucho más que una enorme residencia frente al mar. Fue parte de una época, de una manera de vivir y de aquel Quequén aristocrático que alguna vez recibió a familias de la alta sociedad porteña.

AQUEL QUEQUÉN DE LOS VERANOS

Ya hacia 1890, el Hotel Quequén recibía durante el verano a familias distinguidas de la sociedad argentina y a políticos de renombre.

Llegaban atraídos por el mar, por la tranquilidad del lugar y también por la posibilidad de levantar allí sus propias casas de veraneo.

Quequén comenzaba entonces a cambiar de fisonomía.

Los arquitectos porteños llegaban con sus tableros y sus proyectos. Sobre terrenos altos, donde la arena todavía imponía sus propias reglas, comenzaron a levantarse grandes villas y casonas palaciegas inspiradas en la arquitectura europea de aquellos años.

Se calcula que fueron alrededor de quince las propiedades de estas características.

Muchas se encontraban en las proximidades de la avenida Almirante Brown y del Hotel Quequén.

Eran verdaderos palacetes.

Postales de una época en la que pasar el verano junto al mar podía significar permanecer tres meses lejos de Buenos Aires, rodeado de familiares, amigos, invitados y personal de servicio.

Porque, como dice el viejo refrán:

“Cada época tiene su encanto y cada recuerdo, su historia.”

Y aquella época tuvo un encanto muy particular.

EL ARENAL

Entre aquellas grandes residencias se encontraba El Arenal, perteneciente a la familia Guerrico Lamarca.

Estaba apenas a unos cien metros del Hotel Quequén.

Era una construcción inspirada en una maison francesa, con detalles delicados y una arquitectura que parecía llegada desde otro mundo.

Pero había algo contra lo que ni los arquitectos, ni los propietarios, ni el dinero podían luchar:

la arena.

Todos los años, cuando la familia regresaba, encontraba frente a la entrada un nuevo huésped.

Un médano.

A veces tan grande que había que retirarlo para poder entrar.

Quequén tenía entonces una manera muy particular de recordarles a sus visitantes quién mandaba allí.

El mar y la arena.

UN VIAJE A EUROPA

Las historias de El Arenal parecen sacadas de una novela.

En aquellos tiempos los viajes a Europa se realizaban en barco y podían durar varios meses.

Las familias llevaban incluso su propia vaca para disponer de leche fresca y grandes barras de hielo para conservar los alimentos durante la travesía.

En uno de esos viajes llegaron a Ámsterdam y se encontraron con una feria de muebles y objetos para el hogar.

Allí adquirieron una colección que había obtenido el primer premio del certamen.

Muebles, cuadros y adornos que reflejaban, de alguna manera, el espíritu de Holanda.

Eran muebles robustos, de líneas rectas, construidos en roble macizo y pertenecientes al entonces moderno estilo Art Nouveau.

Cada habitación tenía su propio anagrama.

Las figuras geométricas, realizadas mediante incrustaciones de marfil en respaldos y armarios, diferenciaban unas habitaciones de otras.

Todo aquello cruzó nuevamente el océano.

Desde Ámsterdam hasta Puerto Quequén.

Y así, pedazo a pedazo, Europa fue entrando en El Arenal.

UNA CASA QUE TENÍA ALMA

La casa estaba llena de madera, boiseries y hermosos pisos.

La iluminación había sido originalmente a gas.

Cuando llegó la electricidad hubo que rehacer toda la instalación.

El agua provenía de un pozo.

El comedor era enorme.

Había un escritorio que también podía convertirse en dormitorio y una habitación para los varones donde se alineaban numerosos catres.

En el office se tomaba el desayuno.

Una escalera de madera conducía al segundo piso, donde estaban los dormitorios, mientras que en el tercero se encontraban las habitaciones destinadas al servicio.

La cocina estaba en el sótano y allí funcionaba una cocina económica.

Pero aquella casa, tan hermosa en verano, tenía un enemigo durante el invierno:

el frío del mar.

No tenía calefacción y se encontraba a pocos pasos de la costa.

El viento entraba por las ventanas y el invierno podía convertirse en una verdadera prueba de resistencia.

Sin embargo, hubo años en que las familias debieron permanecer allí más tiempo del previsto.

UNA CASA ABIERTA

Desde la década de 1940, El Arenal fue utilizado por Albertina Lamarca de González Moreno, sus diez hijos y una sobrina.

La casa cobraba vida durante los veranos.

Había cocina a leña, heladeras que diariamente recibían enormes barras de hielo y un servicio doméstico de temporada compuesto por una cocinera, una ayudante de cocina, dos mucamas y una lavandera.

En la segunda planta estaban las habitaciones.

Desde allí se accedía a un mirador de 360 grados que rodeaba el tanque de agua.

En sus primeros tiempos, el mirador tenía una enorme sombrilla de madera.

Pero un temporal decidió que aquella sombrilla no pertenecía al paisaje.

La levantó por los aires y se la llevó.

Así era Quequén.

A veces hermoso.

A veces imprevisible.

OCHO CATRES Y OCHO HOMBRES

El Arenal tenía fama de ser una casa abierta.

Si alguien llegaba a Quequén y no tenía dónde alojarse, siempre podía encontrar una cama allí.

En la habitación destinada a biblioteca, mi madre colocó unos catres del ejército que se transformaban en camas.

Y más de una vez se produjo lo que hoy llamaríamos overbooking.

**Ocho catres.

Ocho hombres.**

Y seguramente alguna historia más para contar.

Porque las casas grandes tienen algo especial:

siempre parecen tener una habitación más.

EL ASCENSOR DE LOS CHICOS

Había un montacargas que llevaba la comida desde la cocina del sótano hasta el office.

Para los adultos era un montacargas.

Para los chicos, en cambio, era un ascensor.

Hasta que un buen día descarrilaba.

Entonces había que llamar al casero para que recompusiera las cuerdas y devolviera aquel extraño aparato a su funcionamiento habitual.

Las comidas para catorce o dieciséis personas eran habituales.

Treinta huevos pasados por agua podían desaparecer de la mesa como por arte de magia.

Y las enormes fuentes de puchero parecían destinadas a alimentar a un ejército.

En El Arenal siempre había movimiento.

Campeonatos de ping-pong sobre la mesa del comedor.

Partidos de croquet.

Bicicletas.

Un carrito para llevar a los más pequeños que parecía una diligencia.

Y por las noches, sobre una mesa supletoria, aparecía un enorme rompecabezas de diez mil piezas.

Se comenzaba durante el verano y se iba armando entre todos.

Cada visitante agregaba alguna pieza.

Quizás sin saberlo, todos contribuían a construir también el recuerdo.

Y algunas noches llegaban las guitarras.

Entonces comenzaban las guitarreadas.

Con mayor o menor afinación.

Pero siempre con entusiasmo.

EL ROLLS-ROYCE ROSA

Una amiga de la familia, de origen polaco, contrajo matrimonio con un miembro de la familia Ybarra, vinculada a una importante empresa aceitera.

El hombre había vivido la Guerra Civil Española y, según el recuerdo familiar, llevaba alrededor del cuello un aro que nunca quiso quitarse, como una forma de no olvidar aquello que había vivido.

Su esposa llegó un verano a pasar unos días en El Arenal.

Y entonces Quequén conoció uno de esos acontecimientos que durante mucho tiempo quedan en la memoria colectiva.

La mujer recorrió el pueblo en un Rolls-Royce de color rosa, conducido por un chofer negro.

La escena parecía salida de una película.

La gente se agolpaba en las puertas de las casas para contemplar aquel automóvil.

En un Quequén de carros, bicicletas y sulkys, aquel Rolls-Royce rosa parecía pertenecer a otro planeta.

CUANDO EL TIEMPO COMENZÓ A VENCERLA

Pero los años pasan.

Y hasta las casas más fuertes terminan sintiendo el peso del tiempo.

En 1956, durante el año de la epidemia de poliomielitis, la familia permaneció en Quequén hasta fines de abril por recomendación de no regresar todavía a Buenos Aires.

Para entonces, El Arenal comenzaba a mostrar sus primeras heridas.

Goteras.

Ventanas que dejaban entrar el viento de los temporales.

Cortes de luz.

Maderas que necesitaban reparación.

La casa comenzaba a envejecer.

Se hicieron arreglos.

Pero parecía cumplirse aquella vieja frase:

“Cuando se tapa un agujero, aparece otro.”

Y poco a poco, casi sin que nadie quisiera admitirlo, El Arenal comenzó a morir.

EL ÚLTIMO CAPÍTULO

Los caseros, los Herrero, habían fallecido.

Sus hijos quedaron a cargo de la casa durante los inviernos.

Después llegaron los robos.

Y el vandalismo.

Se llevaron los techos artesonados, ventanas, muebles y adornos.

Objetos cuyo valor quizás no estaba en el dinero, sino en los recuerdos que encerraban.

Y hubo algo todavía peor.

Algunos muebles fueron destruidos deliberadamente.

También relojes, cuartos de baño y diferentes partes de la casa sufrieron daños.

La que había sido una residencia llena de vida terminó convertida en una construcción herida y abandonada.

Finalmente, Albertina tomó una decisión dolorosa.

Vendió o regaló lo poco que todavía podía salvarse.

Y luego llegó la demolición.

Para muchos vecinos fue incomprensible.

Algunos criticaron aquella decisión.

Pero pocos conocían lo que había ocurrido dentro de El Arenal durante sus últimos años.

Y tal vez allí esté la verdadera enseñanza de esta historia:

nadie debería juzgar el final de una casa sin conocer primero todo lo que tuvo que soportar.

EL ÚLTIMO RECUERDO

Hoy El Arenal ya no está.

No podemos caminar por sus habitaciones.

No podemos subir aquella escalera de madera.

No podemos asomarnos al mirador.

No podemos escuchar el ruido del montacargas ni las voces de los chicos jugando.

Tampoco podemos contemplar aquel Rolls-Royce rosa atravesando las calles de Quequén.

Pero queda algo.

Queda la memoria.

Porque las casas pueden ser demolidas.

Los muebles pueden desaparecer.

Los techos pueden caer.

Los médanos pueden cubrir las huellas.

Pero hay recuerdos que se niegan a morir.

El Arenal fue una casa.

Pero también fue una familia.

Fue un verano.

Fue una mesa llena.

Fue una guitarra desafinada.

Fue un rompecabezas de diez mil piezas.

Fue el ruido de los chicos.

Fue el viento golpeando las ventanas.

Fue el mar.

Y fue, sobre todo, una parte de aquel Quequén que ya no volverá.

Tal vez por eso, cuando caminamos hoy por aquellas calles, deberíamos mirar un poco más allá de lo que vemos.

Porque debajo de la arena todavía puede dormir una historia.

Y quizás el viento, cuando sopla desde el mar, todavía venga a contárnosla.

CUARTETA FINAL

Se fue El Arenal, se fue su historia,
quedó en Quequén su antiguo esplendor;
la arena escondió aquella memoria,
pero el recuerdo la guarda con amor.

Hipólito Bouchard: una vida entre la tierra y el mar





Hipólito Bouchard nació en Francia en 1780 y llegó al Río de la Plata a comienzos del siglo XIX. Se incorporó a la causa de la Revolución y rápidamente abrazó la lucha por la independencia de las Provincias Unidas.

En 1812 se incorporó al Regimiento de Granaderos a Caballo creado por José de San Martín. Participó en el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, donde tuvo una destacada actuación y recibió el reconocimiento de sus superiores.

Pero Bouchard tenía una particular vocación por el mar. En los años siguientes se convirtió en uno de los principales marinos al servicio de la independencia argentina.

 Si hablamos de su gran viaje en La Argentina (1817-1819), los principales lugares donde realizó acciones fueron:

Madagascar: intervino contra buques dedicados al tráfico de esclavos. No fue un ataque contra Madagascar.

Filipinas: persiguió el comercio español y combatió en esas aguas; además rechazó el ataque de cinco barcos piratas malayos.

México: atacó Monterrey, California, entonces territorio del Virreinato de Nueva España. Bouchard tomó el fuerte durante varios días y allí flameó la bandera de las Provincias Unidas.

Nicaragua: atacó El Realejo, uno de los principales puertos de la región. Capturó dos barcos españoles y destruyó otros dos.

Pero antes de esa vuelta al mundo, durante la campaña corsaria de 1815-1816 con Guillermo Brown, también combatió en:

Chile, contra intereses y naves españolas.

Perú: atacó y bloqueó El Callao, la principal plaza naval española del Pacífico.

Ecuador: atacó fortificaciones próximas a Guayaquil.

Lo más impresionante

La Armada Argentina señala que durante los dos años del crucero de La Argentina, Bouchard y su tripulación protagonizaron 13 acciones navales importantes y capturaron o destruyeron 26 buques.

Su vida estuvo marcada por el coraje, la aventura y también por los conflictos propios de aquellos tiempos. Fue un hombre de carácter fuerte, dispuesto a arriesgarlo todo por la causa independentista.

Después de sus campañas navales, Bouchard se estableció en el Perú, donde continuó vinculado a la causa revolucionaria.

Murió allí en 1837, en circunstancias violentas, lejos de la tierra donde había comenzado su carrera militar.

Hoy su nombre permanece ligado a la historia naval argentina. Barrios, escuelas, calles, monumentos y buques llevan su nombre como homenaje a aquel francés que hizo de la bandera argentina una bandera de combate y la llevó por los mares del mundo.

Bouchard fue, en definitiva, un hombre de dos mundos: soldado en tierra y corsario en el mar.

Y por eso tu verso final resulta especialmente apropiado:

“Prócer de nuestra Patria,
así en la tierra como en el mar.”

sábado, 3 de octubre de 2026

RUBÉN RECALDE, UN ASESINO SERIAL DE JUNÍN

 



RUBÉN RECALDE, UN ASESINO SERIAL DE JUNÍN

“El que mal anda, mal acaba.”

Hay refranes que parecen escritos para determinadas historias. Y cuando uno conoce la vida de Rubén Rodolfo Recalde, cuesta no recordar aquel viejo dicho.

Recalde fue condenado a prisión perpetua por los asesinatos de Sandra Colo, ocurrido en 2012, y Paola Tomé, cometido en 2014, ambos en la ciudad bonaerense de Junín.

Durante el juicio, la fiscal Vanina Lisazo lo definió como un “asesino serial”. Distintos medios también lo mencionaron como el tercer asesino serial de la historia argentina, después de Carlos Robledo Puch y Cayetano Santos Godino, “el Petiso Orejudo”.

Pero esta historia no comienza con esos dos asesinatos.

Como suele decirse, “la verdad tarda, pero llega”.

Y en este caso llegó de la mano de una prueba que no suele olvidar: el ADN.

CUANDO EL FÚTBOL TAPABA OTRA NOTICIA

El 16 de agosto de 2012, las fotografías de Lionel Messi y Ángel Di María abrazados después de la victoria de la Selección Argentina ante Alemania por 3 a 1 ocupaban las tapas de los diarios.

Había sido un simple partido amistoso, pero el fútbol argentino necesitaba una alegría.

Mientras el país hablaba de goles, jugadores y festejos, en Junín ocurría una tragedia.

Una mujer era encontrada muerta en el salón de fiestas infantiles donde trabajaba.

Se llamaba Sandra Colo y tenía 43 años.

Había recibido golpes y había sido estrangulada.

El asesino había utilizado un elemento a modo de torniquete y también se encontraron manchas de sangre en el lugar.

Se había llevado 650 pesos, pero había dejado otros 1.600 y objetos de valor.

Algo no cerraba.

Si el objetivo era robar, ¿por qué dejar dinero y objetos que podían llevarse?

Sin embargo, la investigación fue encarada inicialmente como un homicidio cometido en ocasión de robo.

Y mientras los investigadores buscaban al responsable, la ciudad seguía con su vida cotidiana.

Porque “a río revuelto, ganancia de pescadores”, pero también es cierto que, en los grandes casos criminales, muchas veces las primeras respuestas son las que más tardan en llegar.

EL HOMBRE QUE YA HABÍA ATACADO

Tres años antes, en junio de 2009, María Cristina Belossi trabajaba en una juguetería de Junín.

Un hombre entró al comercio buscando juegos para niños.

Era Rubén Recalde.

Cuando Belossi se dio vuelta para mostrarle algunos productos, el hombre se abalanzó sobre ella y la tomó del cuello.

La amenazó con un revólver y la llevó hasta el baño.

La ató de pies y manos, la amordazó con su propia bufanda y comenzó a revolver el comercio.

También intentó quitarle la ropa, aunque finalmente no concretó la agresión sexual.

Antes de marcharse, le dejó una advertencia.

Le dijo que no contara nada, que él sabía que trabajaba sola y que conocía sus movimientos.

La víctima recordaría aquellas palabras años después, durante el juicio.

Recalde fue condenado por robo agravado y abuso sexual.

Pero obtuvo un beneficio que le permitió recuperar la libertad.

El 21 de junio de 2012 obtuvo la libertad asistida.

Menos de dos meses después, Sandra Colo sería asesinada.

A veces los hechos parecen acomodarse solos, como las piezas de un rompecabezas.

Y, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”.

En este caso no fue la boca.

Fue el ADN.

OTRA MUJER, OTRO COMERCIO, OTRO DÍA 16

Pasaron 518 días.

Y volvió a ser día 16.

El 16 de enero de 2014, en pleno verano, Junín volvió a despertarse con una noticia estremecedora.

La víctima fue Paola Tomé, de 38 años.

Tenía un local de venta de ropa para bebés.

Recalde llegó al comercio simulando ser un cliente.

Según establecieron los investigadores, amenazó a la mujer y la obligó a dirigirse hacia el entrepiso.

La golpeó en la cabeza y la amordazó.

Intentó abusar sexualmente de ella.

Cuando advirtió que Paola todavía se movía, terminó estrangulándola con un pañuelo.

Antes de escapar se llevó una pequeña cantidad de dinero de la caja registradora.

Después cerró la puerta con llave y desapareció.

Otra mujer.

Otro comercio relacionado con niños.

Otro ataque.

Y nuevamente, un día 16.

Como suele decirse, “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”.

Pero en este caso no fue la víctima quien debía aprender la lección.

Era la investigación la que comenzaba a descubrir que aquellos dos crímenes podían tener un mismo autor.

EL ADN HABLÓ

Los investigadores compararon las muestras obtenidas en ambos escenarios.

El resultado fue contundente.

El material genético pertenecía a la misma persona.

Los dos asesinatos, investigados inicialmente por separado, estaban conectados.

El nombre que apareció fue el de Rubén Rodolfo Recalde.

Había limpiado sus huellas dactilares.

Había tratado de no dejar rastros.

Pero cometió un error que terminaría siendo decisivo.

Dejó su ADN.

Y ahí se cumplió aquello de que “las paredes oyen”.

Solo que, en este caso, las paredes no hablaron.

Habló la ciencia.

LOS FANTASMAS DE UNA FAMILIA

El asesinato de Sandra Colo tenía además otra historia detrás.

Su hermana Claudia había sido asesinada en enero de 2000, también en Junín.

Tenía apenas 25 años y trabajaba en una compañía de seguros.

Fue estrangulada con un cable y su cuerpo apareció envuelto en bolsas de residuos.

Por ese crimen fue condenado a prisión perpetua José Luis Correa, compañero de trabajo de la víctima.

La familia Colo había sufrido, de ese modo, dos tragedias separadas por doce años.

Dos hermanas.

Dos asesinatos.

Una familia marcada para siempre.

Y cuando el dolor golpea dos veces, ningún refrán alcanza.

¿HABÍA OTRA VÍCTIMA?

Durante la investigación apareció otro nombre: María Fernanda Repetto.

Había sido asesinada en Junín en 1999.

Algunos investigadores encontraron semejanzas entre aquel crimen y los asesinatos de Colo y Tomé.

Además, Recalde había llegado a Junín aproximadamente un año antes, después de cumplir una condena por robo y violación en Mendoza.

La sospecha comenzó a tomar forma.

¿Podía Recalde estar relacionado también con aquel crimen?

La pregunta quedó flotando durante años.

Pero hay que hacer una distinción fundamental.

Nunca se obtuvo una prueba genética que permitiera atribuirle judicialmente el asesinato de Repetto.

Por eso, ese caso permanece como una hipótesis y no como un hecho probado.

Y en materia criminal, esa diferencia es enorme.

Porque “una cosa es decirlo y otra demostrarlo”.

EL JUICIO

Las pruebas reunidas durante la investigación, el ADN y los testimonios permitieron reconstruir la responsabilidad de Recalde en los asesinatos de Sandra Colo y Paola Tomé.

El Tribunal Oral en lo Criminal N.º 1 de Junín lo encontró culpable.

Por el crimen de Colo fue condenado por homicidio agravado criminis causa.

Por el de Tomé, por homicidio criminis causa y femicidio, entre otros delitos acreditados durante el juicio.

La condena fue prisión perpetua.

La defensa recurrió la sentencia y buscó posteriormente obtener un beneficio, pero los recursos no modificaron el resultado final.

Recalde quedó condenado por dos asesinatos.

Dos mujeres que nunca volvieron a sus casas.

Dos familias que quedaron destruidas.

Y una ciudad que durante mucho tiempo intentó comprender cómo un mismo hombre podía haber cometido semejantes crímenes.

DOS DÍAS 16

Hay algo particularmente inquietante en esta historia.

Sandra Colo fue asesinada el 16 de agosto de 2012.

Paola Tomé fue asesinada el 16 de enero de 2014.

Entre ambos crímenes pasaron exactamente 518 días.

Las dos víctimas trabajaban en comercios relacionados con niños.

En ambos casos, el atacante ingresó simulando ser cliente.

En ambos hubo violencia y estrangulamiento.

En ambos hubo un intento de robo.

Y en ambos quedaron rastros que finalmente permitieron descubrir al responsable.

El primer crimen parecía un caso aislado.

El segundo permitió mirar hacia atrás.

Entonces apareció el ADN.

Y aquello que parecía una coincidencia terminó convirtiéndose en una conexión.

Como dice el viejo refrán:

“El tiempo pone a cada uno en su lugar.”

A veces tarda.

A veces demasiado.

Pero cuando la ciencia, la investigación y la memoria consiguen unir las piezas, aquello que parecía perdido puede volver a aparecer.

La Justicia pudo demostrar la responsabilidad de Rubén Recalde en los asesinatos de Sandra Colo y Paola Tomé.

Sobre otros posibles hechos, en cambio, solamente quedaron sospechas.

Y quizás esa sea la parte más inquietante de esta historia.

Porque cuando se cierran los expedientes, cuando se apagan las luces del tribunal y cuando los diarios dejan de hablar de un crimen, algunas preguntas continúan viviendo en la memoria.

UNA ÚLTIMA PREGUNTA

¿Cuántas víctimas tuvo realmente Rubén Recalde?

Tal vez nunca lo sepamos.

Pero dos nombres quedaron definitivamente unidos a su historia:

Sandra Colo.

Paola Tomé.

Dos mujeres.

Dos familias.

Dos vidas que no pudieron continuar.

Y dos días 16 que Junín nunca olvidará.

CUARTETA FINAL

Dos dieciséis guarda Junín en la memoria,
dos mujeres quedaron sin mañana;
la verdad escribió su propia historia,
y el tiempo no perdona lo que el hombre calla.

MAESTRO DE LOS MAESTROS. EL IDOLO DE SENNA Y FRANCO COLAPÍNTO


 

jueves, 1 de octubre de 2026

LA VENGANZA DE EUSTAQUIO DÍAZ VÉLEZ CONTRA MURGA Y NECOCHEA

 


LA VENGANZA DE EUSTAQUIO DÍAZ VÉLEZ

Normalmente...

vemos las cosas de manera convencional.

La mayoría pensamos, actuamos, hablamos, nos cortamos el pelo y nos vestimos de la misma manera...

como si estuviéramos sometidos a una especie de identidad social que nos indica incluso...

qué es conveniente ver... y qué no.

A veces creemos que pensamos libremente...

cuando en realidad solamente repetimos aquello que otros nos enseñaron a pensar.

Como dice el refrán:

«El que sigue al rebaño nunca descubre nuevos caminos.»

Resulta casi ortodoxo asegurarle a un niño que un perro es un perro...

preguntarle a un necio si una manzana es una manzana...

o a un poeta...

qué ve cuando contempla el mar.

Pero...

¿qué pasaría si nadie nos hubiera enseñado previamente a mirar?

¿A qué se parecerían los perros?

¿Las manzanas?

¿Las casas?

¿El mar?

Quizás solamente veríamos...

formas.

Colores.

Sonidos.

Movimientos.

Porque después de todo...

no siempre vemos lo que existe.

Vemos lo que nos enseñaron a mirar.

Y a veces...

detrás de una simple puerta...

hay un mundo que no queremos encontrar.

Quizás el problema no esté en lo que vemos...

sino en aquello que somos incapaces de imaginar.

El mundo puede ser exactamente el mismo.

Lo que cambia...

es la mirada de quien lo contempla.

Y allí estábamos nosotros...

frente a aquellos datos que se acumulaban.

Numerosos.

Persistentes.

Avalados por quienes integraban ese misterioso mundo interno.

Como dice otro viejo refrán:

«Cuando el río suena... agua lleva.»

Aunque...

en este caso...

¡eh!

quizás el río no llevara solamente agua.

Quizás llevara...

secretos.

Y algunos secretos...

cuando permanecen demasiado tiempo enterrados...

terminan buscando la manera de salir a la superficie.

Varios hechos se habían concatenado para que, finalmente, en la Argentina se revelara...

en toda su magnitud...

el secreto de Necochea.

Y aquí...

conviene hacer una pausa.

La historia oficial cuenta los hechos.

La memoria popular, en cambio, suele recordar aquello que los documentos olvidaron.

Siempre se comenta entre los viejos parroquianos que Eustaquio Díaz Vélez, hijo...

había propuesto donar las tierras con una condición:

que la ciudad llevara el nombre de su padre.

A esta pretensión se oponía Ángel Murga.

Por entonces, Carlos Tejedor, gobernador de la provincia de Buenos Aires...

parecía darle la razón a Díaz Vélez.

Murga, finalmente, debió emigrar en 1877 al Paraguay para evitar ser detenido.

Ya tenían decidido bautizar a la ciudad con el nombre y apellido de su padre.

Pero...

la historia, como suele ocurrir...

tenía preparada una vuelta de tuerca.

¡Vaya uno a saber qué ocurrió realmente detrás de aquellas decisiones!

«El hombre propone y Dios dispone.»

Y en 1881...

cuando Dardo Rocha asumió la Gobernación de Buenos Aires...

las cosas tomaron otro rumbo.

Con él adquirieron predominio los francmasones...

y la ciudad terminó siendo fundada con el nombre de un ilustre masón:

el general Mariano Necochea.

Acompañante de San Martín en la campaña de liberación de los españoles.

Pero había un detalle...

un detalle que no dejaba de resultar inquietante.

Mariano Necochea... jamás había pisado este suelo.

¡Oh!

Entonces...

surgía inevitablemente una pregunta:

¿Qué ocurrió con Eustaquio Díaz Vélez?

Porque cuando a un hombre le quitan aquello que considera suyo...

pueden ocurrir dos cosas.

Puede resignarse...

o puede esperar.

Y el tiempo...

algunas veces...

es el mejor aliado de una venganza.

El tiempo guarda aquello que el hombre olvida.

Lo esconde en la arena.

Lo deja dormir.

Pero un día...

despierta la historia escondida.

y aquello que fue...

vuelve a insistir.

Según la historia que había llegado hasta nosotros...

su venganza habría sido silenciosa.

Pero definitiva.

Legó su casco de estancia...

dándole deliberadamente la espalda al mar.

¡Epa!

¿Casualidad?

¿Decisión?

¿Venganza?

¿O simplemente una de esas coincidencias que la historia acumula...

y que muchos años después alguien termina intentando descifrar?

Hay casualidades tan perfectas...

que terminan pareciendo decisiones.

Y aquí aparece nuevamente el viejo refrán:

«La venganza es un plato que se come frío.»

Porque si aquella fue realmente la intención de Eustaquio Díaz Vélez...

no habría sido una venganza inmediata.

Habría sido mucho más profunda.

Habría esperado décadas.

Quizás más de un siglo.

Como si hubiera dejado una marca invisible sobre la tierra.

Un mensaje destinado a las generaciones futuras.

En definitiva...

Eustaquio Díaz Vélez habría dicho a Murga:

—Si no le colocan el nombre de mi familia a la ciudad...

tu gente jamás verá el mar.

Silencio.

Y entonces...

un vecino ilustre, que siempre parecía encontrar una segunda lectura detrás de los hechos...

habría agregado:

—Pero cuidado...

porque cuando una historia permanece demasiado tiempo enterrada...

no siempre sabemos qué puede salir de la arena cuando finalmente comienza a moverse.

Quizás sea solamente una historia.

Quizás una leyenda.

Quizás una coincidencia.

Pero queda una pregunta.

Una sola.

¿Y si Eustaquio Díaz Vélez realmente hubiera dejado su venganza escrita sobre estas tierras?

Porque algunas historias...

no desaparecen.

Esperan.

Esperan que alguien vuelva a preguntar.

Y cuando alguien finalmente pregunta...

la tierra comienza a hablar.

Pausa.

Y en los secretos de Necochea...

todavía queda mucho por descubrir.