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jueves, 29 de octubre de 2026

JOAQUÍN SABINA: EL PIRATA COJO QUE LE CANTÓ A LA MUERTE, PERO NO QUIERE MORIR

 

                                   El rostro de un rebelde que nunca ocultó sus contradicciones.

Fue un rebelde que convirtió sus contradicciones en canciones, desafió las convenciones y se rio de las solemnidades de la vida. Pero cuando la muerte dejó de ser una metáfora y comenzó a mostrar su verdadero rostro, el pirata descubrió que todavía quería seguir navegando.

Durante décadas, Joaquín Sabina hizo de la rebeldía una forma de vida y de la palabra un refugio para sus contradicciones. Cantó al amor y al desamor, a las noches interminables, a los bares donde se mezclaban los sueños con las decepciones y a esos personajes que, aun perdiendo casi todo, conservaban la dignidad de no arrodillarse ante nadie.

Fue el cantor de los amores imposibles, de las mujeres inolvidables, de los perdedores entrañables y de las ciudades que nunca duermen. Detrás del sombrero, la voz ronca y la ironía mordaz había un observador atento de la condición humana, alguien que desconfiaba de las verdades absolutas y encontraba en las contradicciones una de las mayores riquezas de la existencia.

Hoy, a los 77 años, después de despedirse de las grandes giras, Sabina atraviesa una etapa diferente. El hombre que durante tanto tiempo hizo de la noche su territorio parece haber descubierto el valor de la tranquilidad, de los afectos cercanos y de esas horas que antes se escapaban entre viajes, conciertos y compromisos.

Pero hay una contradicción que merece detenerse a examinar: ¿qué sucede cuando el hombre que cantó tantas veces como si la vida fuera una aventura sin retorno descubre que no está dispuesto a abandonarla?


               Una vida desafiando convenciones; ahora, el desafío es aceptar el paso del tiempo.

Un rebelde que ya no cree en todas las banderas 

El paso del tiempo también modificó su mirada política. Sabina se identificó durante años con la izquierda y simpatizó con movimientos revolucionarios que prometían transformar la sociedad. Sin embargo, la experiencia y la evolución de algunos de aquellos procesos lo llevaron a revisar antiguas convicciones.

No se trata necesariamente de una conversión ideológica, sino de una actitud más escéptica frente a las promesas que no se cumplen. Las banderas, por sí solas, no garantizan justicia; las palabras grandilocuentes tampoco alimentan a los hambrientos ni resuelven los problemas de la gente.

Quizá haya comprendido que ninguna ideología merece una obediencia ciega y que la fidelidad a una causa no debe confundirse con la obligación de justificar todos sus errores.

Porque una cosa es defender ideales y otra muy distinta aceptar que quienes dicen representarlos estén siempre en lo cierto.

La felicidad también puede estar en casa

Durante buena parte de su vida, Sabina pareció perseguir aquello que después transformaría en canciones: el amor complicado, la pasión, las despedidas y las noches que terminaban cuando comenzaba a amanecer.

Pero la existencia tiene sus propias ironías. A veces, aquello que alimenta la inspiración no es necesariamente lo que proporciona felicidad.

Ahora, lejos del ritmo agotador de las giras, puede dedicar más tiempo a sus afectos y a la vida cotidiana. No es un cambio menor para alguien que pasó tantos años haciendo del movimiento una costumbre.

Tal vez haya descubierto que quedarse en casa no significa renunciar a la aventura, sino aprender a encontrarla en otros lugares. Que una conversación con un amigo, una tarde sin obligaciones o la compañía de la persona amada también pueden convertirse en pequeños triunfos sobre el tiempo.

El bohemio no desaparece de un día para otro, pero puede aprender a disfrutar de una mesa familiar tanto como antes disfrutaba de una madrugada interminable.

El pirata cojo que ya no quiere morir

Joaquín Sabina compuso un montón de canciones en las que desafió las convenciones, se burló de las solemnidades y se permitió vivir muchas vidas sin abandonar la suya. En La del pirata cojo, imaginó la posibilidad de ser otro: un personaje distinto, aventurero, capaz de recorrer el mundo sin someterse a las reglas de una existencia demasiado previsible.

En sus canciones hubo noches interminables, amores que terminaban mal, excesos, derrotas y personajes que parecían caminar al borde del abismo. La muerte tampoco estuvo ausente de ese universo. Sabina la miró de frente desde la poesía, la ironía y esa manera suya de convertir las desgracias en historias que otros podían cantar.

Pero una cosa es desafiar a la muerte con una guitarra entre las manos y otra muy distinta tenerla delante, sin metáforas, sin música y sin la posibilidad de convertirla en una estrofa.

Ahora, a los 77 años, el antiguo rebelde parece dispuesto a negociar con el tiempo. Ya no se trata de vivir cada noche como si fuera la última, sino de procurar que la última noche tarde todo lo posible en llegar.

¿Es una contradicción? Desde luego. ¿Es cobardía?

Alguien podría acusarlo de ello: después de haber cantado tantas veces como si la vida fuera una apuesta sin retorno, ahora quiere conservarla. El pirata que parecía no temerle a nada descubre que también él tiene razones para aferrarse a la orilla.

Sin embargo, hay que distinguir entre desafiar a la muerte en una canción y desearla en la vida real. La valentía artística no obliga a nadie a recibir el final con los brazos abiertos. Haber escrito sobre el abismo no significa querer caer en él.

La juventud juega con el peligro porque cree que siempre habrá un mañana. La vejez, en cambio, sabe que el mañana es un regalo y no una obligación.

Sabina no renuncia necesariamente a su rebeldía por querer vivir. Pero hay algo profundamente humano en esa distancia entre el personaje que construyó con sus canciones y el hombre que, llegado el momento, prefiere seguir aquí.

Tal vez el verdadero desenlace no sea el de un cobarde que le teme a la muerte, sino el de un rebelde que, después de cantarle tantas veces, descubre que todavía tiene motivos para no marcharse.

Y queda flotando una pregunta incómoda, de esas que Sabina probablemente habría sabido convertir en una canción: ¿es más valiente quien desafía a la muerte cuando todavía se siente invencible, o quien reconoce que le tiene miedo cuando comprende que ya no puede engañarla?

Cuando el tiempo empieza a pasar factura

La juventud suele concedernos una ilusión generosa: creemos que siempre habrá otra oportunidad, otro viaje, otro amor y otra noche para recuperar lo perdido.

La vejez modifica esa perspectiva. El futuro sigue existiendo, pero deja de parecer infinito.

Sabina ha hablado de la necesidad de envejecer bien y de conservar la salud. También ha reconocido que algunas noches y algunas horas de su vida podrían haberse dedicado a otras cosas, incluso a escribir más.

No parece renegar de su pasado. Sería absurdo exigirle que se arrepintiera de todo aquello que, de alguna manera, contribuyó a construir su obra. Pero reconocer que uno pudo haber hecho algunas cosas de otra manera es una forma de sinceridad que no siempre abunda.

Hay quienes llegan a la vejez convencidos de que todo lo hicieron bien. Otros descubren que la experiencia no consiste en acumular años, sino en aprender a mirar los propios errores sin necesidad de disfrazarlos.

Sabina parece acercarse a esa segunda actitud.

El mundo que ya no entusiasma

Quizá la transformación más profunda no esté en sus costumbres, sino en su manera de contemplar el mundo.

Quien ha vivido lo suficiente para ver cambiar gobiernos, revoluciones, costumbres y generaciones sabe que el progreso material no siempre viene acompañado de un progreso moral. Tenemos más tecnología, más información y más medios para comunicarnos, pero eso no garantiza que nos comprendamos mejor.

El desencanto aparece cuando las promesas chocan una y otra vez con la realidad. Y aparece también cuando uno comprueba que los mismos errores pueden repetirse bajo distintas banderas y con diferentes protagonistas.

Sin embargo, desconfiar no significa necesariamente rendirse. El escepticismo puede ser una forma de defensa frente a los engaños, siempre que no termine convirtiéndose en indiferencia.

Quizá Sabina haya perdido parte de su entusiasmo juvenil, pero conserva algo esencial en un escritor: la capacidad de observar, cuestionar y poner en palabras aquello que muchos sienten sin saber cómo expresarlo.

La última rebeldía

Joaquín Sabina no necesita demostrar que fue un rebelde. Su trayectoria ya forma parte de la historia de la canción en español. Tampoco necesita representar eternamente al personaje de las noches sin final, como si envejecer fuera una traición a su propia leyenda.

Hay una rebeldía distinta en aceptar que la vida cambia, que las ideas se revisan y que hasta los hombres más seguros de sus convicciones tienen derecho a equivocarse.

Quizá la madurez consista precisamente en eso: dejar de discutir con el tiempo y aprender a conversar con él.

El muchacho que alguna vez quiso desafiar al mundo se encuentra ahora ante una tarea más difícil: comprenderlo sin dejar de cuestionarlo.

Y tal vez esa sea la última lección de este trovador de las derrotas, los amores y las madrugadas: que vivir intensamente no consiste en prolongar la juventud para siempre, sino en conservar la curiosidad cuando los años empiezan a cerrar algunas puertas.

Porque al final, cuando se apagan los aplausos y las luces del escenario, queda lo esencial: lo que amamos, lo que aprendimos, los amigos que siguen a nuestro lado y la serenidad de poder mirar hacia atrás sin necesidad de inventarnos otra vida.

Hay rebeldías que se gritan en las calles y otras, más silenciosas, que consisten en reconocer los propios errores. Quizá la más difícil de todas sea aprender a envejecer sin renunciar a pensar por cuenta propia.

Y el pirata cojo, aquel que tantas veces pareció dispuesto a jugarse la vida en cada canción, descubre que todavía no quiere arriar las velas.

Porque una cosa es cantarle a la muerte y otra muy distinta tener ganas de morirse.

— Plaza de los Poetas- 

Carlos Bonserio

miércoles, 28 de octubre de 2026

LA SESIÓN CURATIVA EN EL CENTRO DE ENERGÍA DE MÉDANO BLANCO

 



El misterio del centro de energía

«Quien aprende a escuchar la tierra, descubre lo que el ruido del mundo le oculta».

Hay lugares donde el silencio parece tener una voz propia. Sitios en los que el viento, la arena y el horizonte se confunden en una extraña armonía, como si la naturaleza guardara secretos que el hombre moderno ha olvidado escuchar.

Médano Blanco es uno de esos lugares.

Allí, entre las dunas que cambian de forma con el viento y la inmensidad del cielo, se desarrollaba una experiencia singular: una sesión curativa alrededor de lo que sus practicantes denominaban el centro de energía. No se trataba, según explicaban, de una consulta médica convencional, sino de una ceremonia en la que la respiración, la meditación y la concentración mental ocupaban un lugar fundamental.

Quienes llegaban hasta aquel paraje debían prepararse para abandonar, al menos por un rato, las preocupaciones cotidianas. La intención era dejar atrás el ruido de la ciudad, los temores, las angustias y ese cansancio invisible que se acumula en el interior de las personas.

Pero antes de comenzar había una condición: aprender a escuchar el propio cuerpo.

El camino hacia el interior

Los participantes eran invitados a sentarse o permanecer en una posición cómoda. Luego debían cerrar los ojos y realizar tres respiraciones profundas, lentamente, sin apresurarse.

Después, la respiración recuperaba su ritmo natural. Cada uno debía concentrarse en el aire que ingresaba por sus pulmones y en aquel que, al salir, parecía llevarse consigo una parte de sus tensiones.

La voz del guía acompañaba el ejercicio.

—Concéntrense en su rostro. Respiren profundamente y sientan cómo se relajan los músculos. Dejen que la tensión desaparezca.

La atención se desplazaba después hacia el cuello y los hombros, donde tantas veces se acumulan las preocupaciones. Luego llegaba a los brazos, las piernas y el resto del cuerpo.

—Ahora imaginen una ola de tranquilidad que sube hasta su rostro y desciende lentamente hasta los pies. No tienen que hacer nada. Solamente sentir.

El viento de Médano Blanco continuaba su trabajo sobre las dunas. Afuera, la naturaleza seguía su curso; adentro, cada participante intentaba encontrar un espacio de quietud.

La voz volvía a escucharse:

—Imaginen que están cerca de una playa desierta. Sientan la arena bajo sus pies. Observen el azul del cielo, escuchen el mar. No hay apuro, no hay obligaciones. Solamente están ustedes y este lugar.

El ejercicio concluía con otras tres respiraciones profundas.

Según las instrucciones de la ceremonia, aquel estado de relajación permitiría alcanzar una mayor concentración y una disposición mental adecuada para la experiencia que estaba por comenzar.

Era entonces cuando se producía la transición: del paisaje exterior al mundo interior, de la inquietud a la calma, de los pensamientos dispersos a una atención concentrada.

Y allí aparecía la pregunta que parecía flotar sobre todos los presentes: ¿qué era, en realidad, aquello que llamaban centro de energía?

El centro invisible

Una vez finalizada la exposición de los participantes a lo que consideraban la energía del lugar, se realizaba una ceremonia colectiva.

El interlocutor reunía a todos a su alrededor. Su voz cambiaba. Ya no era la del hombre que había guiado los ejercicios de respiración, sino la de alguien que parecía asumir, por unos instantes, la responsabilidad de transmitir un conocimiento antiguo.

Hablaba de fuerzas invisibles, de vórtices energéticos y de puntos neurálgicos del cuerpo humano. Según su explicación, la energía vital penetraba en el organismo y se distribuía por una compleja red de caminos que conectaban los distintos órganos.

Cada parte del cuerpo, sostenía, estaría relacionada con otras mediante numerosos centros energéticos. La armonía entre ellos constituía, dentro de aquella concepción, una condición fundamental para el bienestar.

No todos podían comprender sus palabras de la misma manera. Algunos quizá las escuchaban con devoción; otros, con curiosidad. También habría quien mantuviera sus dudas.

El hombre hizo una pausa. Miró a los presentes y llevó la conversación hacia una cuestión mucho más delicada: la enfermedad.

—Cuando los científicos estudian el cáncer —explicaba—, examinan las células, buscan alteraciones, investigan sus mecanismos. Pero ¿qué ocurre si, además de observar el cuerpo, intentamos comprender la relación que existe entre la persona, sus pensamientos y su manera de vivir?

La pregunta quedó planteada ante el grupo.

En su discurso, el interlocutor atribuía a la mente un papel central. Hablaba del miedo, de la angustia y de los pensamientos negativos como fuerzas capaces de perturbar el equilibrio interior. En contraposición, presentaba la serenidad, la esperanza y la armonía como elementos importantes para afrontar la vida.

Su interpretación iba mucho más lejos: afirmaba que el origen de ciertas enfermedades podía encontrarse en un desequilibrio energético y que, al modificar los pensamientos, era posible transformar ese campo invisible.

Llegaba incluso a mencionar casos de remisión inesperada y personas que, según los relatos que invocaba, habrían recuperado la salud después de cambiar profundamente sus creencias.

No pronunciaba aquellas palabras como una reflexión menor. Lo hacía con la convicción de quien cree estar revelando una verdad que el mundo todavía no ha comprendido.

Pero hay una diferencia que conviene no perder de vista: la tranquilidad mental puede ayudar a afrontar una enfermedad, aunque no está demostrado que los pensamientos negativos originen el cáncer ni que cambiar las creencias pueda curarlo por sí solo. La meditación tampoco sustituye el diagnóstico y los tratamientos médicos.

En Médano Blanco, sin embargo, la ceremonia tenía su propia lógica, sostenida por la confianza de quienes participaban y por la fuerza evocadora de aquel paisaje.

La energía y el espíritu

—¿Qué es, entonces, un centro de energía? —preguntaba el hombre, como si la respuesta no debiera buscarse únicamente en sus palabras.

Para él, se trataba de fuerzas invisibles en movimiento, capaces de influir sobre el mundo físico. Relacionaba aquella idea con el concepto de espíritu: algo que no podía tocarse ni medirse con facilidad, pero cuya existencia muchas tradiciones habían intentado explicar a través de los siglos.

En su pensamiento, la mente transmitía energía y el ser humano debía aprender a reconocer sus propias tensiones para recuperar la armonía.

La curación, desde aquella perspectiva, comenzaba por una disposición interior: aquietar el pensamiento, abandonar por un momento el miedo y reencontrarse con uno mismo.

¿Era aquello una antigua sabiduría transmitida de generación en generación? ¿Una interpretación espiritual de la naturaleza humana? ¿O una creencia que encontraba en la soledad de las dunas el escenario perfecto para desplegar su poder de sugestión?

Quizá cada participante habría respondido de manera diferente.

Lo cierto es que Médano Blanco ofrecía un marco singular para una experiencia semejante. El aislamiento, el viento, la extensión de la arena y la cercanía del mar componían una escenografía natural en la que el tiempo parecía transcurrir de otra manera.

En aquel ambiente, una pausa podía convertirse en un acontecimiento y una palabra, pronunciada con la solemnidad adecuada, adquirir una fuerza extraordinaria.

Hermanos de la arena

Llegado cierto momento, el interlocutor abandonó las explicaciones y se dirigió a los presentes con un tono más íntimo.

—Hermanos míos, estén alertas. Hay cambios que están por encima de los intereses y las mezquindades de los hombres equivocados. No permitan que las preocupaciones de todos los días los aparten de aquello que consideran esencial. Sean fieles a la tierra.

Sus palabras tenían algo de advertencia y algo de despedida.

Habló de recuperar conocimientos antiguos, de poner al alcance de las personas ciertas prácticas sencillas y gratuitas, y de la necesidad de no dejarse arrastrar por aquello que conduce al desaliento.

En su visión, el ser humano debía convertirse en protagonista de su propia transformación. No bastaba con escuchar: había que actuar, perseverar y buscar dentro de uno mismo las respuestas que tantas veces se pretendían encontrar afuera.

El discurso adquirió entonces un tono casi profético.

—Cuando desdeñamos aquello que nos hace bien, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por una corriente que no sabemos adónde nos conduce.

Después llegó una afirmación todavía más categórica. El hombre prometía que allí podían curarse todos los males, como si el centro de energía constituyera una panacea universal.

Aquella promesa pertenecía a su particular concepción de la ceremonia, no a una eficacia médica demostrada. Pero, para comprender el clima de aquella reunión, importa también observar la fuerza que pueden adquirir las palabras cuando se pronuncian ante personas que buscan alivio, esperanza o una explicación para sus sufrimientos.

Porque el dolor no solamente afecta al cuerpo. También despierta preguntas, y algunas de ellas no encuentran respuesta inmediata.

El interlocutor terminó de hablar.

El hombre del bastón

Sostenía en una mano un bastón que había fabricado con una rama. No parecía tener apuro por concluir. Su mirada recorría a los presentes, aunque nadie podía saber con certeza qué estaba pensando.

La ceremonia parecía acercarse a su desenlace. Algunos aguardaban una última explicación; otros quizá esperaban una señal que confirmara lo que habían experimentado.

Después de un rato, el hombre levantó ligeramente el bastón.

Su voz volvió a sonar, ahora sin explicaciones ni promesas.

—Ahora partiremos, queridos hermanos. Todos partiremos. Y desde este momento les ordeno que se encuentren a ustedes mismos, aquí o en la ciudad.

No agregó nada más.

La ceremonia había terminado.

Los participantes comenzaron a dispersarse, llevándose consigo sus impresiones, sus creencias y sus dudas. El viento seguiría moviendo los médanos, borrando las huellas y modificando lentamente el paisaje.

Y el centro de energía permanecería allí, envuelto en el misterio que le habían atribuido.

Porque acaso el mayor enigma de aquella sesión no fuera descubrir si existía una fuerza invisible capaz de transformar el cuerpo, sino comprender por qué, cuando el sufrimiento nos acorrala y las respuestas habituales parecen insuficientes, los seres humanos seguimos buscando en la naturaleza, en la espiritualidad y en los rincones más solitarios del mundo una esperanza que nos permita continuar.

Los hombres se marchan, las huellas desaparecen, pero el misterio permanece.

Y quizá esa sea la última enseñanza que Médano Blanco ofrece a quienes se acercan en busca de respuestas: cada uno regresa a su casa con sus propias creencias, sus preguntas y la necesidad de encontrar, dentro de sí mismo, un camino para seguir adelante.

martes, 27 de octubre de 2026

DESAPARECIO LA PESCA EN PUERTO QUEQUÉN Y LAS LANCHAS AMARILLAS

 


LAS LANCHAS AMARILLAS  

De los pescadores italianos a las fábricas que se llevó el viento económico

«Quien vive del mar conoce dos cosas: la esperanza de la pesca y la incertidumbre del regreso».

Hubo un tiempo en que la banquina de Puerto Quequén era mucho más que un rincón de trabajo. Era un mundo de lanchas amarillas, redes tendidas, cajones repletos de pescado, fábricas humeantes y familias que encontraban en el mar su sustento.

Al caer la tarde, los pescadores regresaban mientras vecinos y turistas se acercaban al muelle para contemplar la descarga. En tierra, los estibadores, transportistas, fileteadores y comerciantes completaban una cadena productiva que llegó a proporcionar miles de puestos de trabajo.

Pero aquella prosperidad no duraría para siempre. Esta es la historia de una actividad que nació con el esfuerzo de inmigrantes, alcanzó su esplendor durante los años setenta y sufrió después una prolongada decadencia.

 

1895: los primeros pescadores italianos

Para encontrar los orígenes documentados debemos remontarnos a 1895. El naturalista Fernando Lahille, durante una recorrida por la costa bonaerense, registró en Necochea la presencia de catorce pescadores napolitanos que disponían de cuatro pequeñas embarcaciones.

Aquellos hombres trabajaban con medios modestos, redes y aparejos sencillos. La pesca todavía no constituía una industria consolidada, pero ya estaba presente la semilla de una actividad que crecería durante el siglo siguiente.

La inmigración italiana desempeñaría un papel fundamental. Llegaron pescadores procedentes de Campania, Calabria, Sicilia y Basilicata, muchos de ellos con conocimientos heredados de sus mayores.

No todos se dedicaron exclusivamente a salir al mar. Algunas familias elaboraban redes, otras comercializaban el pescado y otras terminarían vinculadas con las fábricas procesadoras.

El refrán marinero lo resume bien: «A la mar, quien sabe navegar».

Y aquellos inmigrantes sabían hacerlo. Trajeron consigo el oficio, las herramientas y una cultura en la que el mar era, al mismo tiempo, sustento, sacrificio y destino.

1930-1950: nacen las lanchas amarillas

Durante estas décadas se afianzaron las primeras lanchas de madera pintadas de amarillo, un color que permitía distinguirlas mejor sobre el agua.

Eran embarcaciones pequeñas, algunas sin cabina, con motores a nafta y escasos elementos de seguridad. Salir a pescar significaba enfrentarse a temporales y regresar muchas veces con la vida pendiente de un hilo.

Las familias Bruno y Cannattá, entre otras, participaron en los comienzos de esta tradición. La fabricación de trasmallos, redes empleadas para capturar distintas especies, formaba parte de aquel universo de trabajo.

Por entonces, el consumo de pescado todavía era limitado y parte de las capturas se destinaba a la elaboración de harina para alimentos balanceados.

El negocio estaba lejos de alcanzar su máximo desarrollo, pero el oficio se transmitía de padres a hijos. Cada embarcación representaba una pequeña empresa familiar y cada salida al mar una apuesta por el sustento cotidiano.

«Donde hay patrón, no manda marinero», dice otro refrán marinero. Sin embargo, en aquellas lanchas el patrón también dependía de sus compañeros: una red no se recogía sola ni un temporal se enfrentaba con palabras.

Los años cincuenta y sesenta: el puerto cobra vida

La actividad fue creciendo y la zona portuaria comenzó a transformarse. La llegada de las embarcaciones atraía a compradores y curiosos, mientras el pescado alimentaba una red cada vez mayor de comercios y establecimientos industriales.

Los nombres de familias como Dato, Bruno, Ruggiero, Morello, Incorvaia y Grilli quedaron ligados a la tradición pesquera local.

También existían astilleros que construían y reparaban embarcaciones, entre ellos Vanoli, el taller de Ismael Larraburu, conocido como «El Vasquito», y El Atlántico.

La pesca no vivía aislada del resto de la economía: generaba trabajo para carpinteros, mecánicos, vendedores, transportistas y pequeños comerciantes.

Y había otro acontecimiento que reunía a la comunidad: la Fiesta de los Pescadores. Los festejos incluían música, bailes, paseos en lancha, elección de la reina y homenajes a quienes habían perdido la vida en el mar.

En las cantinas de la banquina se escuchaban melodías italianas y griegas, mientras los aromas de los frutos de mar se mezclaban con las conversaciones de los trabajadores.

El puerto tenía su propio lenguaje y su propia memoria.

Los años setenta: el esplendor de la pesca

Fue durante la década de 1970 cuando la actividad alcanzó su época dorada.

Las crónicas locales recuerdan unas treinta lanchas saliendo a pescar y cerca de veinte empresas procesadoras que llegaron a proporcionar entre 3.000 y 3.500 puestos de trabajo, incluyendo el fileteado y otras tareas industriales.

Entre las firmas más importantes figuraba Mar Claro, posteriormente conocida como Bajamar. Su planta ocupaba una manzana de avenida 59, entre las calles 18 y 20, y llegó a emplear aproximadamente a 450 trabajadores.

Allí se procesaba merluza que también llegaba en barcos de mayor porte. La producción abastecía mercados y se preparaba para la exportación.

En Quequén se destacaba Huemul, perteneciente al grupo Sasetru, con instalaciones en la avenida Juncal, actual calle 536, y una flota propia. La planta llegó a contar con unos 750 empleados.

También funcionaban Industrial Pesquera, Roda Pesquera, Sitarp, La Marplatense, Papá Falcone y Engraulis, especializada en el procesamiento y envasado de anchoas.

La actividad era un engranaje económico que sostenía a miles de familias. Cuando sonaba la sirena del mediodía, conocida popularmente como «la vaca», los trabajadores salían en bicicleta y el barrio se llenaba de movimiento.

«A río revuelto, ganancia de pescadores», afirma un conocido dicho. Pero aquella prosperidad no dependía de la confusión, sino de un equilibrio delicado entre las capturas, los precios, los mercados y la continuidad de las fábricas.

1980: un puente que también separó una época

El derrumbe del puente Ignacio Ezcurra durante las inundaciones de 1980 alteró profundamente el paisaje de la zona portuaria.

Desapareció una vía de comunicación importante y, con el tiempo, también se transformaron los muelles, los accesos y los espacios donde el público contemplaba la descarga de las lanchas.

Pero sería injusto atribuirle al derrumbe la decadencia de toda la industria. La actividad ya enfrentaba problemas relacionados con la explotación de los recursos, los cambios económicos y el cierre de establecimientos.

El puente caído quedó, sin embargo, como una imagen poderosa del final de una época.

1983-1984: los reembolsos patagónicos

En 1983 se estableció el régimen de reembolsos adicionales para exportaciones efectuadas por puertos situados al sur del río Colorado. El sistema comenzó a aplicarse desde enero de 1984.

La política buscaba impulsar el desarrollo de la Patagonia, pero introdujo una ventaja económica para las exportaciones que se realizaban por los puertos comprendidos en el régimen.

Para ciertas empresas pesqueras, operar desde el sur podía resultar más conveniente, especialmente cuando se combinaba con la disponibilidad de especies de alto valor comercial, como el langostino.

En Necochea y Quequén, la pérdida de competitividad se sumó a otros problemas: la presión sobre los recursos pesqueros, los cambios en los mercados y las dificultades financieras de las compañías.

Distintas crónicas locales señalan que varias procesadoras se trasladaron a Puerto Madryn y Rawson, donde encontraron condiciones favorables para continuar sus operaciones.

Conviene ser precisos: los reembolsos no explican por sí solos la crisis, y no todas las empresas tuvieron el mismo destino. Pero constituyen una pieza importante para comprender la transformación de la industria pesquera argentina.

1990-1999: Bajamar y Vieira

El retroceso de la actividad dejó instalaciones vacías y trabajadores sin empleo.

Bajamar, que había sido una de las grandes empresas de la zona, terminó con su planta rematada en 1999. La manzana que había ocupado quedó como testimonio de una época de prosperidad industrial.

En 1996 se inauguró en avenida 59, entre las calles 20 y 22, una planta frigorífica de la empresa española Vieira. Su función era almacenar pescado congelado para enviarlo a España. La firma también trasladaría sus operaciones al sur del país, según la prensa local.

La historia de ambas compañías refleja un proceso más amplio: Necochea y Quequén perdían parte de la infraestructura y del empleo que habían convertido a la pesca en una de sus actividades características.

No todas las empresas cerraron por las mismas razones. Para reconstruir el recorrido de cada una hacen falta testimonios y documentación empresarial que permitan distinguir los problemas financieros de las decisiones de relocalización.

2011-2012: resistir para no desaparecer

La decadencia continuó durante el nuevo siglo. Industrial Pesquera quebró y parte de sus trabajadores impulsó la recuperación de la planta, dando origen a La Recuperada.

Engraulis también encontró continuidad a través de Engraucoop, una cooperativa formada por trabajadores que buscaron sostener la producción y preservar sus puestos de trabajo.

Estas experiencias demuestran que la historia no terminó solamente con cierres y fracasos. También hubo solidaridad, organización y resistencia.

Porque, como enseña otro dicho marinero, «después de la tempestad viene la calma». Aunque para quienes perdieron sus empleos, la calma no siempre llegó y la reconstrucción fue una tarea difícil.

Una historia que no debe quedar a la deriva

La pesca comercial de Necochea y Quequén fue mucho más que una sucesión de empresas. Fue una cultura del trabajo construida por inmigrantes italianos y sus descendientes, por patrones pescadores, tripulantes, fileteadoras, estibadores y familias enteras.

Las lanchas amarillas, las cámaras frigoríficas, las fábricas y las cantinas formaban parte de un mismo paisaje. Cuando desaparecieron muchas de aquellas instalaciones, no se perdieron únicamente puestos de trabajo: también se debilitaron oficios, vínculos y recuerdos compartidos.

Hoy, las fotografías de las embarcaciones y las voces de los antiguos trabajadores pueden ayudarnos a recuperar ese pasado.

Porque el mar sigue estando allí, pero la historia de quienes vivieron de él merece que no la dejemos hundirse en el olvido.

Cuarteta final

Las lanchas pintadas de amarillo
surcaron las aguas con valor,
hoy duerme el puerto en su silencio,
pero no se apaga su memoria ni su honor.

¿Cómo lidiar con Marcel Marcel?


Una persona que no reconoce su incompetencia o desconocimiento?

Hay personas que opinan de manera tajante sobre cualquier tema, aunque no tengan los conocimientos necesarios para hacerlo. Hablan con una seguridad que no admite dudas, subestiman a los demás y, cuando alguien intenta señalarles un error, reaccionan como si se estuviera cuestionando su autoridad. No escuchan para aprender, sino para reafirmar lo que ya creen saber.

Tratar con alguien así puede generar un profundo malestar. La primera reacción suele ser la irritación, el enojo o la tentación de demostrarle, con argumentos, que está equivocado. Sin embargo, muchas veces ese esfuerzo termina siendo inútil. Cuanto más intentamos convencerlo, más se aferra a sus opiniones, como si reconocer un error fuera una derrota personal.

La primera regla para lidiar con estas personas es conservar la calma. No todas las discusiones merecen nuestro tiempo ni todas las opiniones necesitan una respuesta. Recordemos que no podemos controlar lo que los demás dicen o piensan, pero sí podemos decidir cuánto poder les concedemos sobre nuestro estado de ánimo.

Si alguien demuestra desconocimiento sobre un asunto, su seguridad al hablar no convierte sus afirmaciones en verdades. Conviene distinguir entre quien sabe, quien reconoce que no sabe y quien, sin saber, está convencido de que posee la razón. Este último caso es el más difícil, porque el problema ya no reside solamente en la falta de conocimientos, sino también en la incapacidad de reconocerla.

Si no deseamos prolongar la conversación, podemos responder con serenidad: «He escuchado tu opinión. Gracias». Es una manera educada de poner punto final al intercambio sin entrar en una discusión estéril. No hace falta tener la última palabra para conservar la razón, ni demostrar nuestra capacidad a quien no está dispuesto a reconocerla.

Ahora bien, si realmente nos interesa ayudar a esa persona a comprender sus limitaciones, debemos evitar las expresiones que la humillen. Decirle «no sabés de lo que hablás» o «no tenés ni idea» puede ser cierto en determinadas circunstancias, pero difícilmente contribuya a que cambie de actitud. Lo más probable es que se sienta atacada, levante sus defensas y convierta la conversación en una disputa personal.

Es preferible plantear preguntas que la inviten a reflexionar: «¿En qué datos te apoyás para afirmar eso?», «¿Consideraste la posibilidad de que exista otra explicación?» o «¿Qué pasaría si los hechos fueran diferentes de lo que suponés?». Estas preguntas permiten comprobar si existe una base real para sus afirmaciones y, al mismo tiempo, le ofrecen la oportunidad de revisar sus conclusiones sin sentirse directamente humillada.

También conviene recordar que todos somos ignorantes en determinadas materias. Nadie conoce todo, nadie tiene siempre razón y hasta las personas más preparadas pueden equivocarse. Reconocer lo que desconocemos no constituye una debilidad; por el contrario, es el primer paso para aprender. La verdadera inteligencia no consiste en tener una respuesta para cada pregunta, sino en saber cuándo debemos escuchar, investigar o admitir que estamos equivocados.

El problema aparece cuando alguien confunde seguridad con conocimiento, autoridad con razón y desacuerdo con falta de respeto. En esos casos, cualquier observación se interpreta como un desafío y cualquier argumento contrario se considera una ofensa. La conversación deja de ser un intercambio de ideas y se transforma en una competencia en la que lo importante ya no es descubrir la verdad, sino evitar que el otro tenga razón.

Hay, además, una diferencia fundamental entre no saber y negarse a aprender. La primera situación se resuelve con información, paciencia y experiencia. La segunda exige una disposición personal que nadie puede imponer desde afuera. Podemos ofrecer argumentos, acercar fuentes, formular preguntas y compartir nuestra experiencia, pero no podemos obligar a otro a reconocer aquello que se empeña en negar.

Por eso, también debemos aprender a poner límites. Si una persona descalifica sistemáticamente a los demás, desprecia los argumentos ajenos o convierte cada conversación en una demostración de superioridad, no estamos obligados a seguir participando. A veces, retirarse a tiempo es una señal de inteligencia, no de debilidad. Hay batallas que se ganan no entrando en ellas.

Al fin y al cabo, la humildad intelectual consiste en comprender que siempre tenemos algo que aprender, mientras que la soberbia consiste en creer que los demás siempre tienen algo que aprender de nosotros. Y cuando alguien se considera dueño de la verdad, hasta los hechos más evidentes pueden convertirse en enemigos.

Todo esto parece sencillo cuando hablamos en términos generales. La teoría nos aconseja paciencia, respeto, preguntas oportunas y voluntad de diálogo. Pero la realidad suele ser bastante más complicada cuando tenemos delante a alguien que no admite sus errores, no reconoce sus limitaciones y está convencido de que sabe más que quienes lo rodean.

Porque, al final, para aprender hay que aceptar que uno no lo sabe todo. Y para reconocer un error hace falta una virtud que no se adquiere leyendo libros ni acumulando años: la humildad.

Y todo lo dicho es razonable, aconsejable y hasta fácil de poner en práctica… siempre que no se trate de Marcel.

EL GORDO VALOR: EL BANDIDO TERROR DE LOS CAMIONES BLINDADOS

 



EL HOMBRE QUE HIZO TEMBLAR A LOS BLINDADOS

La historia de uno de los asaltantes más conocidos de la Argentina, la llamada Superbanda y una fuga que quedó grabada en la memoria policial.

«El que mal anda, mal acaba».

Hay hombres que alcanzan la fama por sus hazañas deportivas, sus descubrimientos o sus obras. Otros, en cambio, ingresan en la historia por el camino del delito. Luis Alberto Valor González, conocido popularmente como el Gordo Valor, pertenece a esta última categoría.

Durante las décadas de 1980 y 1990, su nombre quedó asociado a los asaltos contra bancos y camiones blindados. Para la Policía, llegó a convertirse en uno de los delincuentes más buscados del país. Para las crónicas policiales, fue el rostro de una época en la que las bandas organizadas desafiaban a las fuerzas de seguridad con armas de guerra, vehículos preparados y golpes cuidadosamente planificados.

Pero detrás del apodo y de la leyenda había una historia menos cinematográfica: la de un hombre que pasó buena parte de su vida entrando y saliendo de prisión.

De los primeros robos a la piratería del asfalto

Luis Alberto Valor González nació en 1953. Según relató en distintas entrevistas, sus primeros pasos en el mundo del delito estuvieron vinculados al robo de automóviles. En 1975 tuvo su primera detención, y posteriormente volvió a quedar preso por otros hechos delictivos.

Después de recuperar la libertad, fue ingresando en una modalidad que adquiría importancia en las rutas y zonas industriales del Gran Buenos Aires: la piratería del asfalto, es decir, el robo de camiones que transportaban mercaderías.

El siguiente paso sería todavía más ambicioso.

A mediados de los años ochenta, Valor y sus compañeros comenzaron a concentrarse en bancos y transportes de caudales. Los blindados que trasladaban grandes sumas de dinero se convirtieron en uno de sus principales objetivos.

El dinero, las armas y la organización transformaron aquellos asaltos en episodios que ocupaban las primeras planas de los diarios.

En una entrevista publicada por La Nación en 2006, Valor afirmó que habían llegado a realizar cinco o seis asaltos a blindados por mes. La cifra, atribuida a su propio testimonio, da una idea de la frecuencia que él adjudicaba a las operaciones del grupo.

Como suele ocurrir en el mundo del hampa, la ambición terminó imponiéndose sobre cualquier supuesto deseo de abandonar el delito.

La Superbanda: una organización que desafió a la Policía

Durante aquellos años se hizo célebre la llamada Superbanda, vinculada a los robos de bancos y camiones blindados.

En el imaginario popular, el nombre quedó asociado principalmente a Valor y a Hugo Sosa Aguirre, alias «La Garza». Sin embargo, las reconstrucciones periodísticas posteriores señalaron que la organización tuvo otros integrantes y que su conducción fue más compleja de lo que sugería la fama de sus dos figuras más conocidas.

La banda llegó a reunir numerosos hombres y utilizaba armas de gran poder de fuego. Sus integrantes se preparaban para intervenir en operaciones que podían resolverse en pocos minutos, aunque exigían una planificación previa.

Los objetivos eran elegidos por el dinero que transportaban y por las posibilidades de concretar el golpe. Después venían la huida, la dispersión de los participantes y el intento de desaparecer de la mirada policial.

A la Superbanda se le atribuyeron decenas de asaltos a bancos y blindados. Las cifras varían según las crónicas y los períodos considerados, por lo que conviene no confundir los hechos judicialmente acreditados con todas las acciones que se le adjudicaron.

La organización se convirtió en una preocupación permanente para las autoridades. La violencia de sus operaciones y el empleo de armamento pesado elevaron el riesgo tanto para los policías como para quienes quedaban atrapados en medio de los asaltos.

Porque en un robo con armas de guerra no hay garantías de que todo salga según lo previsto. Basta un disparo para que un golpe calculado termine en tragedia.

La fuga de Villa Devoto: una imagen para la historia policial

Si hubo un episodio que contribuyó a convertir al Gordo Valor en una figura reconocible para millones de argentinos, fue la fuga de la cárcel de Villa Devoto.

El 16 de septiembre de 1994, Valor escapó junto con otros cuatro presos, entre ellos La Garza Sosa. La fuga tuvo una repercusión extraordinaria y las imágenes de los fugitivos descendiendo por el muro del penal quedaron incorporadas a las crónicas policiales de aquellos años.

Los relatos periodísticos reconstruyeron una operación en la que hubo preparativos, prendas para facilitar la salida y una soga confeccionada con sábanas anudadas. Los fugitivos consiguieron superar el perímetro carcelario y ganar la calle.

La fuga no significó el final de la persecución. Por el contrario, abrió otro capítulo de la historia criminal de Valor.

A partir de entonces, su nombre volvió a ocupar los titulares y la búsqueda de los evadidos se convirtió en una prioridad policial.

Escapar de una prisión no era lo mismo que recuperar la libertad. Fuera de los muros comenzaba otra carrera: la de mantenerse oculto, evitar los controles y no caer nuevamente en manos de la Justicia.

Y aquella libertad duraría poco para algunos de los protagonistas.

La Reja: un asalto que terminó en muerte

Tres días después de la fuga, el 19 de septiembre de 1994, se produjo un asalto frustrado contra un camión blindado en La Reja, partido de Moreno.

El episodio terminó con la muerte de un policía bonaerense y dos integrantes del grupo delictivo. La violencia del hecho marcó un punto dramático en la persecución de la banda.

Valor fue condenado posteriormente a veinte años de prisión por ese caso, aunque sostuvo que no había participado en el asalto. Esa negativa debe consignarse como su versión, sin confundirla con el resultado de las actuaciones judiciales.

El episodio demuestra hasta qué punto aquellas operaciones podían desembocar en una tragedia. El dinero perseguido durante meses podía desaparecer en minutos; las consecuencias de los disparos, en cambio, no podían deshacerse.

En el ambiente del delito se habla a menudo de códigos, lealtades y reglas propias. Pero ninguna de esas palabras devuelve la vida a quien cae durante un enfrentamiento armado.

Prisiones, condenas y nuevas detenciones

La trayectoria posterior de Valor estuvo marcada por sucesivas condenas, períodos de encierro, excarcelaciones y nuevas detenciones.

En 1998 recibió una condena por la fuga de Villa Devoto. Al año siguiente fue condenado por distintos asaltos, mientras que otras sentencias se relacionaron con el caso de La Reja. Las penas fueron objeto de discusiones y recursos judiciales.

En 2007 obtuvo la libertad después de haber pasado un largo período detenido. Sin embargo, volvió a ser arrestado en 2009, luego de una persecución policial que terminó en un country de Pablo Nogués. En ese episodio se investigó su participación en un robo y se encontraron armas en el vehículo en el que se desplazaba.

En los años siguientes volvió a prisión. En 2014 obtuvo un beneficio de libertad asistida, pero fue detenido nuevamente poco después en un control policial en el que se encontraron armas de fuego. Finalmente, en julio de 2018 recuperó la libertad tras cumplir una condena de cuatro años.

Según las crónicas de La Nación, para entonces había pasado alrededor de 34 años de sus 62 años de vida en prisión.

Una existencia consumida entre golpes, persecuciones, expedientes judiciales y celdas.

El precio de la leyenda

Con los años, el Gordo Valor pasó de ser un nombre temido en los informes policiales a convertirse en un personaje habitual de entrevistas y reconstrucciones periodísticas.

Él mismo habló de su pasado y manifestó su arrepentimiento por los años dedicados al delito. También sostuvo que el dinero obtenido en los asaltos no había compensado las consecuencias de aquella vida.

En una entrevista publicada en 2020, La Nación recogió una frase suya que resumía esa experiencia: «No es negocio ser ladrón».

La sentencia tiene una sencillez que contrasta con la complejidad de su historia. Después de tantos años, la supuesta fortuna no había significado una vida tranquila ni una libertad sin sobresaltos.

La fama criminal, por otra parte, suele ser engañosa. Las películas y las crónicas pueden convertir una fuga en una aventura y un asalto en una demostración de astucia. Pero la realidad incluye víctimas, trabajadores amenazados, policías muertos y familias que padecen las consecuencias de la violencia.

El Gordo Valor quedó como uno de los nombres más reconocibles de la delincuencia argentina de fines del siglo XX. Su historia permite comprender una época en la que los asaltos a blindados alcanzaron una escala extraordinaria y la persecución policial se convirtió en noticia cotidiana.

Pero la conclusión no necesita adornos.

El delito puede fabricar una leyenda, aunque rara vez construye una vida que valga la pena imitar.

Porque, como dice el viejo refrán campero, «no hay atajo sin trabajo»; y cuando el atajo elegido conduce a la violencia, el precio puede ser mucho más alto que cualquier botín

lunes, 26 de octubre de 2026

VALDIR SEVERO MARTINS Y LA BANDA QUE CRUZABA EL RÍO URUGUAY - BANDIDOS RURALES MODERNOS




San Javier, Misiones: cuando la frontera parecía no tener límites

«Hecha la ley, hecha la trampa», dice el refrán. Pero hay trampas que se aprovechan de la geografía, de los caminos escondidos y de un río que, en lugar de separar, puede convertirse en una puerta de escape.

En la frontera misionera, el río Uruguay une y separa al mismo tiempo. De un lado, San Javier, en la Argentina; del otro, Porto Xavier, en Brasil. Durante mucho tiempo, el intercambio entre ambas orillas formó parte de la vida cotidiana de sus habitantes. Pero esa misma cercanía también fue aprovechada por delincuentes que encontraron en los pasos clandestinos una manera de robar en un país y esconder el botín en el otro.

A fines de 2012, la Policía comenzó a seguir los movimientos de un grupo que actuaba en localidades del centro de Misiones y en territorio brasileño. La investigación culminaría en marzo de 2013 con varias detenciones y con la captura de un hombre que había escapado de una prisión de Brasil: Valdir Severo Martins.

Un prófugo al otro lado del río

Martins era oriundo de Cruz Alta, en el estado brasileño de Río Grande do Sul. En noviembre de 2012, aproximadamente, había escapado del presidio de São Luiz Gonzaga, donde cumplía una condena de veinte años. Según las informaciones publicadas entonces por la prensa misionera, tenía antecedentes por homicidio, robos y hurtos, además de otras investigaciones abiertas en su país.

La fuga encendió las alarmas de las autoridades brasileñas, que advirtieron sobre la posibilidad de que el prófugo hubiese cruzado a Misiones.

No era un desconocido para la Justicia. Las crónicas periodísticas lo describían como un hombre con experiencia en el manejo de armas y las artes marciales. Sin embargo, su captura no se produjo inmediatamente. Durante varios meses, los investigadores procuraron reconstruir sus movimientos y localizar a las personas que podían estar ayudándolo.

La frontera ofrecía numerosas posibilidades para desaparecer. Bastaba cruzar el río por alguno de los pasos utilizados fuera de los controles habituales para cambiar de jurisdicción y complicar la persecución.

La conexión argentina: el hombre apodado Negrón

Una de las pistas principales surgió de la detención de un argentino conocido como «Negrón», identificado por la prensa como Hugo Celso M., de 42 años.

Según las publicaciones de marzo de 2013, Negrón había conocido a Martins durante su paso por una prisión brasileña, donde había cumplido una condena por falsificación de dinero. Cuando recuperó la libertad y regresó a la Argentina, habría mantenido el contacto con el brasileño y facilitado su llegada a Misiones.

Negrón también quedó involucrado en una causa por el robo de más de cinco mil pesos y una alcancía con monedas de la vivienda de un administrador de Aduana que residía en San Javier.

A partir de esa detención, los investigadores comenzaron a relacionar distintos hechos delictivos y a seguir los pasos de Martins y de sus presuntos colaboradores.

La Policía sospechaba que el grupo había cometido robos en San Javier, Leandro N. Alem, Oberá y localidades brasileñas próximas a la frontera. No todos esos hechos fueron esclarecidos judicialmente en las noticias disponibles, pero la investigación permitió reconstruir una posible modalidad de funcionamiento.

Las Correderas: el río como camino clandestino

El paso conocido como Las Correderas, en la zona de San Javier, ocupó un lugar central en las informaciones periodísticas.

De acuerdo con las fuentes policiales citadas por los diarios, los integrantes del grupo sustraían bienes en una de las dos orillas y los trasladaban a la otra. Lo robado en la Argentina podía ocultarse en Brasil, mientras que los objetos sustraídos en territorio brasileño podían ingresar a Misiones.

De esa manera, el río Uruguay se convertía en algo más que una frontera geográfica: era una vía utilizada para dificultar la recuperación de los bienes y la identificación de sus responsables.

No se trataba de una banda compuesta exclusivamente por brasileños. Entre los sospechosos había argentinos, y los investigadores procuraban establecer si existían otros colaboradores.

Las crónicas también mencionaron la posibilidad de que el grupo preparara un asalto a un banco de Alem. Sin embargo, esa versión fue presentada como una hipótesis policial: no hay fundamento para afirmar que el asalto se hubiera concretado.

La captura en Leandro N. Alem

El viernes 15 de marzo de 2013, después de una prolongada vigilancia, la Policía detuvo a Martins en un hospedaje de Leandro N. Alem.

Los investigadores habían seguido sus movimientos durante varios días. Cuando el brasileño regresó al alojamiento, los efectivos que aguardaban en las inmediaciones intervinieron y lo arrestaron. No ofreció resistencia.

En la habitación encontraron un equipo de música que había sido denunciado como robado. Junto a Martins fue detenido un joven argentino de unos 24 años, identificado por distintas publicaciones como Rubén Q. o Elisardo Q., quien había pertenecido a la Prefectura Naval Argentina y había sido separado de la fuerza en 2009, según la prensa de la época.

El equipo de música resultó una pista decisiva: permitió vincular el procedimiento con un robo ocurrido en la zona rural de San Javier.

Pero la investigación no terminó allí.

Nuevas detenciones en San Javier

El 21 de marzo fueron detenidos en el barrio Niño Jesús de San Javier otros dos hombres: Idelmar G. D. O., de 47 años, conocido como «Bombón», y Luis E., de 53.

Los allanamientos permitieron recuperar dos desmalezadoras, una motosierra, un machete, ropa, calzado y distintas herramientas. Según la investigación, esos objetos pertenecían a Nelson B., un vecino de 31 años que había denunciado un robo en su vivienda el 7 de marzo.

La recuperación de los elementos y las coincidencias con el equipo de música encontrado en Alem llevaron a los investigadores a relacionar a los detenidos con el mismo grupo.

Así, en el curso de pocos días, la pesquisa produjo varias detenciones y permitió reconstruir parte de la red de contactos que conectaba a los sospechosos de ambas orillas.

La prensa habló entonces de una banda fronteriza desarticulada. No obstante, corresponde recordar que las detenciones y las sospechas policiales no equivalen, por sí mismas, a una condena judicial por todos los hechos atribuidos.

La Justicia y el destino de Martins

La situación de Martins tuvo un recorrido más complicado de lo que sugerían los titulares iniciales.

El 27 de abril de 2013, el diario Primera Edición informó que la Justicia misionera lo había procesado por hurto. Según las fuentes judiciales citadas, las pruebas reunidas en aquella causa permitían sostener esa imputación, pero no una más grave.

La Justicia argentina aguardaba, además, la documentación formal de Brasil para tramitar su extradición, pues allí lo reclamaban por los delitos relacionados con su condena y sus antecedentes.

La historia no terminó con aquel arresto. En junio de 2015, El Territorio publicó que Martins había vuelto a quedar detenido en la Argentina, después de otra fuga carcelaria, esta vez de una unidad penitenciaria de Misiones. Para entonces estaba vinculado a una causa por transporte de estupefacientes y se habían reactivado los trámites relacionados con su entrega a las autoridades brasileñas.

La trayectoria posterior de Martins muestra que su captura de marzo de 2013 no significó el final inmediato de sus problemas con la Justicia.

Una frontera, dos países y una misma persecución

La historia de Valdir Severo Martins y sus presuntos colaboradores permite observar una dificultad característica de las zonas fronterizas: cuando los delincuentes se desplazan entre dos jurisdicciones, la persecución depende de la cooperación entre las autoridades y de la rapidez con que circule la información.

San Javier y Porto Xavier no eran solamente dos localidades enfrentadas a ambos lados del río. Eran también puntos de contacto entre comunidades, comercios, familias y trabajadores. La actividad de un grupo delictivo no debe confundirse con la vida de toda una población fronteriza.

En marzo de 2013, varios sospechosos fueron detenidos, se recuperaron bienes robados y la investigación permitió reconstruir una presunta red que operaba entre la Argentina y Brasil. Pero las noticias disponibles no permiten afirmar que todos los delitos investigados hubieran sido probados ni que cada detenido hubiera recibido condena por ellos.

La historia conserva, sin embargo, una imagen poderosa: un prófugo que cruzó el río buscando refugio, contactos que lo ayudaron a instalarse y una investigación policial que terminó alcanzándolo en un hospedaje de Alem.

Porque el río puede ocultar una huella durante un tiempo, pero no siempre consigue borrar el camino que deja detrás.


Fuentes consultadas

  • Ricardo Saidman, «La historia de una banda delictiva que operaba en las dos orillas», El Territorio, 7 de abril de 2013.

  • «Desarticulan peligrosa banda de delincuentes», Primera Edición, 18 de marzo de 2013.

  • «Cayeron otros dos integrantes de la banda del brasileño Valdir», El Territorio, 23 de marzo de 2013.

  • «Martins fue procesado por hurto y ahora aguardan por la extradición», Primera Edición, 27 de abril de 2013.

  • «Brasil extraditará a un peligroso bandido que atemorizó la frontera», El Territorio, 26 de junio de 2015.