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jueves, 15 de octubre de 2026

PUERTO QUEQUÉN: LA HISTORIA DE SUS ESCOLLERAS Y LA CONQUISTA DE LAS PROFUNDIDADES




 Dos escolleras penetran al mar,

guardan la boca, amparan la entrada;
entre los oleajes, la arena y la sal,
crece una epopeya de lucha y jornada.

Puerto Quequén, corazón navegante,
portal de nuestra riqueza al mundo;
en cada barco que parte viajero,
late el trabajo de la tierra profundo.

Que nunca te falten cereales ni viento,
ni manos dispuestas a verte crecer;
que el grano argentino, cruzando las aguas,
lleve nuestra esperanza a un nuevo amanecer.

Porque en tus muelles se queda la historia,
de quienes soñaron un puerto mayor;
y mientras tus barcos naveguen los mares,
seguirá vivo nuestro orgullo y amor.

 

Una historia de piedras, arena, barcos y hombres que buscaron abrirle camino al mar.

Cuando contemplamos un barco de ultramar entrando o saliendo de Puerto Quequén, pocas veces pensamos en todo lo que hubo que hacer para que esa maniobra fuera posible. Detrás de cada buque que cruza la boca del puerto hay más de un siglo de obras, dificultades, decisiones y esfuerzos para proteger la entrada, mantener los canales navegables y conseguir una profundidad que permita transportar cada vez más mercadería.

Porque, como dice un viejo refrán marinero, «Al mar hay que respetarlo, aunque uno sepa navegarlo». Y Puerto Quequén es una muestra de lo que ocurre cuando el ingenio humano se enfrenta a la fuerza del océano y al movimiento permanente de las arenas.

EL NACIMIENTO DE UN PUERTO DE ULTRAMAR

A comienzos del siglo XX, la producción agropecuaria de esta región necesitaba una salida directa hacia los mercados del mundo. La desembocadura del río Quequén Grande ofrecía una ubicación favorable, pero también presentaba dificultades: el oleaje del Atlántico, los bancos de arena y la acumulación de sedimentos complicaban la navegación.

No alcanzaba con tener un río que llegara al mar. Había que transformarlo en una vía de acceso segura para los barcos de carga.

En 1908 se aprobó la ley que impulsó la construcción del puerto. Las obras comenzaron en 1911 y estuvieron a cargo de la empresa francesa Société des Grands Travaux de Marseille. Se construyeron escolleras, muelles y las instalaciones necesarias para poner en funcionamiento un puerto de ultramar. Se trajo la famosa grúa Titan que traslado los bloque de piedra.


Finalmente, el 10 de diciembre de 1922, durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear, Puerto Quequén fue inaugurado oficialmente.

Había comenzado una nueva etapa para Necochea, Quequén y toda la región productiva.

DOS ESCOLLERAS PARA DEFENDER LA ENTRADA

Las escolleras son estructuras de abrigo que se internan en el mar y protegen la boca del puerto de la acción del oleaje. En nuestro caso, tenemos la escollera Norte, situada del lado de Quequén, y la escollera Sur, del lado de Necochea.

La construcción original de ambas se desarrolló entre 1911 y 1922. La Norte tuvo una longitud aproximada de 575 metros, mientras que la Sur alcanzó alrededor de 800 a 850 metros, según la etapa constructiva que se considere.

Para levantar semejantes estructuras se necesitaban enormes cantidades de piedra y hormigón. Parte de la piedra se transportaba desde la cantera Los Pinos, en la zona de Balcarce, hasta Quequén. Después había que trasladar los materiales hasta el lugar de colocación, enfrentando las dificultades propias de una obra realizada en contacto permanente con el mar.

No era una tarea sencilla. Cada bloque debía formar parte de una estructura capaz de resistir durante décadas el embate de las olas.

Y aquí cabe recordar otro dicho popular: «No se puede tapar el mar con las manos». El propósito de las escolleras no era detener al océano, sino disminuir la energía de las olas y crear condiciones más favorables para la navegación.

Con el paso del tiempo se comprobó que las estructuras originales necesitaban modificaciones y prolongaciones para acompañar el crecimiento de la actividad portuaria.

LA ESCOLLERA DE NECOCHEA CRECE

La escollera Sur tuvo una importante prolongación entre 1948 y 1952. Su longitud pasó de unos 800 metros a aproximadamente 1.250 metros.

Décadas después, volvió a plantearse la necesidad de extenderla. El objetivo de alcanzar los 1.600 metros ya había aparecido en proyectos anteriores, pero su concreción demandó mucho tiempo.

Los trabajos de prolongación comenzaron en 2003 y finalizaron en 2007. Se incorporaron bloques especiales de hormigón conocidos como Core-Loc, diseñados para mejorar la estabilidad de la estructura frente a la acción del oleaje.

De esta manera, la escollera Sur llegó a unos 1.600 metros de longitud.

La escollera Norte tuvo otra evolución. Su longitud original rondaba los 575 metros y, a comienzos de la década de 1930, se realizaron modificaciones en su extremo debido al deterioro provocado por el mar.

Las dos escolleras, por lo tanto, no tuvieron una evolución idéntica. Cada una respondió a las condiciones particulares de su ubicación y a las necesidades de protección de la boca portuaria.

Una escollera no es una obra que se construye para siempre y luego se olvida. El mar la pone a prueba todos los días.

LAS PIEDRAS NO ALCANZABAN: HABÍA QUE GANAR PROFUNDIDAD

Las escolleras protegían la entrada, pero existía otro problema fundamental: la profundidad.

Un barco puede encontrar una entrada relativamente protegida y, sin embargo, no disponer del calado necesario para ingresar con seguridad o cargar toda la mercadería que permite su capacidad.

Al inaugurarse Puerto Quequén, la profundidad registrada era de 24 pies en el canal de acceso y el recinto portuario, equivalentes a unos 7,32 metros.

Pero el río y el mar tienen una característica que obliga a trabajar continuamente: los sedimentos se desplazan y se depositan en el fondo. Por eso, los bancos de arena pueden reducir la profundidad disponible y dificultar el paso de los buques.

En los primeros años del puerto hubo que recurrir al dragado para recuperar y mantener las profundidades necesarias.

El dragado consiste en retirar materiales del fondo mediante equipos especialmente preparados para esa tarea. Puede realizarse con distintos tipos de dragas, según las características del terreno y el trabajo que se necesite ejecutar.

Con el paso de las décadas, las necesidades comerciales fueron aumentando. Los barcos crecieron en tamaño y capacidad, y cada pie adicional de profundidad podía representar una diferencia importante en la cantidad de mercadería transportada.

Como dice el refrán, «El que quiere celeste, que le cueste». Para que Puerto Quequén pudiera recibir barcos cada vez mayores, no bastaba con desearlo: había que invertir, proyectar y ejecutar obras.

DE LOS 30 A LOS 40 PIES

Durante buena parte del siglo XX, la profundidad fue una de las principales limitaciones del puerto.

En una etapa de trabajos que quedó interrumpida en 1972, se registraban aproximadamente 40 pies en el interior portuario, 30 pies en el antepuerto y 27 pies en el canal exterior.

Conviene explicar estas diferencias porque suelen generar confusiones.

El canal exterior es la vía de acceso desde el mar. La boca es el paso de entrada entre las escolleras. El antepuerto es la zona interior próxima a esa entrada, donde los buques deben realizar maniobras. Más adentro se encuentran los canales y los sitios de atraque.

Cada sector puede tener una profundidad diferente. Por eso, cuando se anuncia una profundidad máxima, es importante saber a qué parte del puerto corresponde.

En 1992 se alcanzaron 40 pies en el interior portuario y 46 pies en el canal exterior, con una solera de 120 metros de ancho en este último sector.

Aquello representó un avance importante, pero todavía quedaban desafíos para aprovechar mejor la capacidad de carga de los barcos.

UNA EXPERIENCIA PERSONAL: LAS EXPLOSIONES Y LA BÚSQUEDA DE OTRA SOLUCIÓN

Hay un episodio que viví personalmente y que considero importante incorporar a esta historia. Los datos precisos de las fechas, los equipos y las decisiones técnicas deberán completarse con documentación que todavía estoy buscando.

Allá por 1988 compré mi casa a unos 200 metros del mar y aproximadamente 500 metros del puerto.

En aquellos tiempos, según recuerdo, la boca no podía profundizarse más allá de los 30 o 33 pies. La explicación que se daba era que la roca de Tandilia llegaba hasta ese lugar y que, para avanzar, había que recurrir a explosivos.

Desde la década de 1960 se realizaban explosiones durante los veranos. Pero aquel año los estallidos fueron mucho más fuertes de lo habitual.

La onda expansiva se transmitía a través de la arena y hacía vibrar las viviendas. Uno podía estar acostado y sentir que la cama se movía como durante un temblor.

Recuerdo que una mañana llegué desde Buenos Aires, me acosté a descansar y mi cama saltó, según mi impresión, entre 20 y 30 centímetros.

Aquel mismo día, los pocos vecinos que vivían en la zona organizaron un cacerolazo para protestar contra las explosiones.

Fui con mi familia hasta la dependencia portuaria, donde nos recibió el administrador del puerto, de apellido Pérez de la Sierra, según recuerdo.

El funcionario invitó a ingresar a una delegación de vecinos. Yo no formaba parte de ella, pero el almacenero Ailito, que conocía mi actividad gremial, me insistió para que entrara en su lugar.

Finalmente acepté.

La reunión comenzó con la explicación de que no podían detenerse las explosiones porque eran necesarias para el progreso del puerto. Los vecinos pedían que se redujera la potencia de las cargas, pero el administrador sostenía que un informe de Agua y Energía indicaba que aquellas explosiones no causaban daños.

Entonces intervine.

Cuestioné aquel argumento y pedí que se detuvieran completamente las voladuras y se buscara otro procedimiento para realizar los trabajos.

Mi posición era sencilla: el progreso del puerto no debía significar que los vecinos tuvieran que soportar explosiones que hacían temblar sus casas.

También le señalé que el informe invocado no me resultaba convincente, dada la situación que atravesaba el sistema eléctrico nacional en aquel momento.

La discusión se puso tensa. El administrador me preguntó quién era yo para cuestionar sus decisiones.

Le respondí que era un vecino perjudicado.

Mi experiencia gremial me había enseñado a discutir argumentos, fijar posiciones y sostenerlas cuando consideraba que había razones para hacerlo.

La protesta llegó también a los medios de comunicación y, según recuerdo, las explosiones se detuvieron.

Pero la historia no terminó allí.

Al año siguiente apareció una solución técnica diferente: una draga  draga holandesa Oranje equipada con un trépano que, de acuerdo con mi recuerdo, Rompió la durísima restinga de piedra subacuática que bloqueaba el canal de acceso y llevó la boca del río Quequén a 45 pies.

Esto demoró dos años desde 1989 hasta 1992

No pretendo adelantar conclusiones que todavía deben documentarse. Pero sí considero importante dejar constancia de lo vivido y de la necesidad de buscar una alternativa a un procedimiento que afectaba a los vecinos.

Yo había ido a Necochea a descansar junto al mar. No tenía ningún cargo portuario ni esperaba intervenir en aquella reunión.

Sin embargo, terminé sentado frente al administrador, defendiendo una posición que consideraba justa.

A veces, las circunstancias nos llevan a lugares que no habíamos imaginado. Quizá, como digo siempre al recordar aquel episodio, alguien me puso en esa silla por alguna razón.

LOS MUELLES TAMBIÉN FORMAN PARTE DEL PROBLEMA

Conseguir una gran profundidad en el canal no resuelve automáticamente todas las limitaciones de un puerto.

Los bordes de los muelles pueden tener profundidades inferiores a las del canal exterior. Esto significa que un barco puede ingresar con un determinado calado y encontrar restricciones al aproximarse al sitio donde debe completar su carga.

Para aprovechar mejor la profundidad disponible, en algunos sitios de amarre se incorporaron defensas neumáticas flotantes que permiten mantener el casco separado de la estructura del muelle.

Estas defensas cumplen una función de protección y pueden favorecer el aprovechamiento del espacio acuático disponible. Pero es importante aclarar que no reemplazan al dragado ni garantizan por sí solas un calado determinado.

La operación depende de la profundidad real junto al muelle, la posición del barco, el nivel del agua y las condiciones de seguridad.

Este detalle demuestra que el crecimiento de Puerto Quequén no se explica mediante una sola obra. Es el resultado de combinar escolleras, dragado, mejoras en los sitios de atraque y soluciones técnicas para que los buques puedan operar de manera segura.

LA CONQUISTA DE LOS 50 PIES

En 2019, Puerto Quequén dio otro paso importante con las obras de profundización ejecutadas por la empresa Jan de Nul.

Los trabajos comenzaron el 15 de abril y finalizaron el 25 de noviembre de ese año. Se alcanzaron 50 pies en el canal exterior, equivalentes a unos 15,24 metros, y profundidades superiores a los 15 metros en sectores del interior portuario.

La cifra de 50 pies se convirtió en una referencia para el puerto, porque amplió las posibilidades de recibir buques de mayor calado y mejorar la capacidad de carga.

Sin embargo, debemos insistir en una distinción: los 50 pies del canal exterior no significan que cada rincón del antepuerto y todos los bordes de los muelles tengan esa misma profundidad.

Tampoco significa que el trabajo haya terminado para siempre.

Las arenas continúan desplazándose, los sedimentos se depositan y las condiciones del fondo cambian. Por eso, el dragado de mantenimiento es indispensable para conservar las profundidades operativas.

Como dice el viejo refrán marinero, «Después de la tempestad viene la calma». Pero en un puerto, esa calma nunca debe confundirse con la inactividad: mantenerlo navegable exige trabajo permanente.

UN PUERTO QUE ES MUCHO MÁS QUE PIEDRAS Y AGUA

Cuando miramos las escolleras desde la playa, vemos dos estructuras que parecen formar parte natural del paisaje. Sin embargo, cada metro de piedra y hormigón representa una decisión, una inversión y un esfuerzo colectivo.

Detrás de los 50 pies de profundidad hay décadas de trabajos, equipos especializados, proyectos y conocimientos técnicos.

Y detrás del movimiento de cada buque están los productores, los trabajadores portuarios, los camioneros, los ferroviarios, los técnicos y tantas otras personas que hacen posible que la mercadería llegue a destino.

El puerto no es solamente una entrada al mar. Es una herramienta económica de toda una región y una pieza fundamental de su historia.

Por eso, conocer cómo se construyeron las escolleras y cómo se ganó profundidad no es un ejercicio de nostalgia. Es comprender de dónde venimos, reconocer los esfuerzos realizados y recordar que las obras más importantes son aquellas que permiten mejorar la vida de la comunidad.

Porque «A grandes males, grandes remedios», pero también es cierto que una buena idea, una decisión oportuna y el trabajo de muchas personas pueden abrir caminos donde antes solamente había obstáculos.

Puerto Quequén es parte de nuestra identidad. Y cada barco que atraviesa sus escolleras lleva consigo algo más que cereales: lleva el esfuerzo de una región que aprendió a mirar el mar como una puerta abierta al mundo.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

EL MALÓN DE 1853 EN EL SUDESTE BONAERENSE


 

Quequén Grande, Lobería y las estancias que perdieron casi 200.000 animales

Una historia de caciques, lanzas, hacendados y una frontera convulsionada por la guerra.

Antes de que existieran Necochea y Quequén

Hoy recorremos los campos de Lobería, las márgenes del río Quequén Grande y los caminos que conducen hacia Tres Arroyos. Vemos establecimientos rurales, alambrados, caminos y pueblos que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Pero si pudiéramos retroceder hasta febrero de 1853, encontraríamos un paisaje muy diferente. No existían Necochea ni Quequén como ciudades fundadas. Había extensas llanuras, aguadas, pastizales, caminos rurales y grandes establecimientos ganaderos.

Aquellas tierras formaban parte de un territorio recorrido y habitado por pueblos indígenas mucho antes de la llegada de los colonizadores españoles. Allí se desarrollaban actividades ganaderas, intercambios comerciales y relaciones políticas entre caciques, pobladores rurales y autoridades.

Las relaciones podían ser pacíficas, pero también había enfrentamientos por el territorio, el ganado, las raciones y las decisiones de los gobiernos.

Como dice un viejo refrán campero: «Campo sin hacienda es como rancho sin fuego». Para los estancieros de aquella época, el ganado era mucho más que una riqueza: representaba el sustento, el trabajo y el porvenir de sus establecimientos.

Y en febrero de 1853, una gran incursión indígena puso en peligro esa riqueza en el sudeste bonaerense.

Diciembre de 1852: Buenos Aires se divide

Para entender lo ocurrido, debemos conocer primero la situación política.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, en febrero de 1852, la Argentina atravesó un período de profundas disputas políticas.

El 11 de septiembre de ese año, Buenos Aires se separó del proceso de organización nacional impulsado por Justo José de Urquiza. Las diferencias desembocaron en una rebelión encabezada por el general Hilario Lagos, quien en diciembre comenzó a sitiar la ciudad.

La guerra movilizó tropas, milicias y recursos de la campaña. Muchos hombres fueron convocados para combatir y numerosos establecimientos rurales quedaron con menos protección.

En medio de esa situación, las autoridades debían atender simultáneamente la guerra civil y la defensa de una frontera extensa.

Las relaciones con los caciques también se volvieron más inestables. Se alteraron las alianzas, hubo problemas en la entrega de raciones y se multiplicaron las negociaciones entre los distintos bandos.

En el campo, cuando falta gente para cuidar la hacienda y los hombres están destinados a la guerra, cualquier amenaza se vuelve más peligrosa.

Como dicen los paisanos: «A río revuelto, ganancia de pescadores». La crisis política creó una oportunidad para que diferentes grupos indígenas desarrollaran sus propias estrategias, mientras los gobiernos enfrentados se acusaban mutuamente de favorecer las incursiones.

Enero de 1853: caciques, alianzas y negociaciones

Entre los protagonistas de aquellos acontecimientos estaban los caciques Pichuiñ, Baigorria y Juan Calfucurá, además de grupos indígenas procedentes de Tapalqué.

Calfucurá era uno de los dirigentes indígenas más influyentes de la región pampeana. Había construido una amplia red de relaciones y tenía capacidad para reunir numerosos guerreros.

Los grupos indígenas no constituían un ejército uniforme. Cada parcialidad tenía sus propios dirigentes, intereses y alianzas, que podían modificarse de acuerdo con las circunstancias.

A comienzos de enero se había celebrado un parlamento en Leubucó, en el que participaron caciques ranqueles, entre ellos Baigorria y Pichuiñ. Sin embargo, los compromisos políticos no impidieron que semanas después se produjera una incursión de gran magnitud.

Las autoridades criollas se acusaban entre sí de haber alentado los ataques. Los caciques, por su parte, actuaban dentro de una situación compleja, aprovechando las divisiones políticas y defendiendo sus propios objetivos.

La historiadora María Fernanda Barcos estudió este episodio a partir de correspondencia militar, informes de funcionarios y documentos conservados en archivos históricos.

Su investigación demuestra que no alcanza con explicar el malón como un simple robo de ganado: también hay que comprender la guerra civil, las alianzas políticas y las tensiones que atravesaban la frontera.

12 de febrero de 1853: comienza la incursión

La gran incursión sobre el sur de la provincia se desencadenó a partir del 12 de febrero de 1853.

Según la reconstrucción de Barcos, participaron alrededor de 4.700 lanceros, una cifra estimada por la historiografía y no un recuento exacto de combatientes.

Pichuiñ y Baigorria aparecen vinculados con la organización de la incursión, mientras que Calfucurá se sumó durante la marcha.

El objetivo mencionado en la investigación era avanzar sobre Tapalqué, pero el movimiento terminó afectando una extensa región de la campaña bonaerense, con consecuencias particularmente graves para las estancias de Lobería y Tres Arroyos.

Los grupos se desplazaban a caballo, conocían los caminos y las aguadas y podían recorrer grandes distancias.

Las estancias, por su parte, tenían que proteger sus rodeos, sus caballadas, sus viviendas y a las personas que trabajaban en ellas.

En aquella época, los caballos eran fundamentales para el transporte, el trabajo rural y la guerra. Los vacunos constituían una de las principales riquezas de la economía bonaerense.

Por eso, perder miles de animales no era un inconveniente pasajero. Podía representar la ruina de una explotación.

Cristiano Muerto, Tres Arroyos y el camino hacia el sur

Las comunicaciones militares citadas por Barcos permiten reconstruir parte del recorrido de los grupos indígenas.

La documentación menciona el arroyo Cristiano Muerto y Tres Arroyos. En esta última zona fue saqueada la estancia denominada La Rosa del Sud.

También se menciona el Paso del Médano, donde testigos afirmaron haber visto alrededor de 800 indígenas, en su mayoría procedentes de Tapalqué.

El 28 de febrero, grupos de la incursión se encontraban por el arroyo Napostá, en la zona de Bahía Blanca, y por el Sauce Grande, en las proximidades de Monte Hermoso.

En este último sector, unos 50 o 60 indígenas se llevaron aproximadamente 200 yeguadas de los establecimientos de Marcos Toledo. Allí también fue asesinado un peón.

Después se dirigieron al puesto de Benítez, donde quemaron ranchos y se llevaron caballos y yeguas. Más tarde pasaron por el establecimiento de Manuel Bentos, de donde arrebataron cuatro tropillas de caballos.

Finalmente, desde Tres Arroyos, los grupos se trasladaron hacia las tolderías de Carhué.

Este recorrido documentado nos permite comprender la dimensión territorial de la incursión. No fue un hecho circunscripto a un único establecimiento, sino una sucesión de acciones que afectaron distintas explotaciones rurales.

Quequén Grande: el documento que conserva los nombres

Aquí aparece el dato que más nos interesa para la historia regional.

La investigación reproduce una relación titulada:

«Relación de los daños causados por los indios de Quequén Grande afuera; según los partes recibidos por el Sargento Mayor don Manuel García y el Juez de Paz don Benigno Acosta. Firma: José Aguilar».

El documento reúne las denuncias de propietarios y damnificados que declararon pérdidas de vacunos, yeguarizos y lanares.

El registro es importante porque no habla solamente de un malón en términos generales. Permite conocer los nombres consignados y las cantidades de animales declaradas por cada damnificado.

La tabla siguiente reproduce los datos publicados por Barcos. Los guiones indican que el documento registra cero en esa categoría.

La nómina de estancieros y damnificados

Estanciero o damnificadoVacunosYeguarizosLanares
Medialuna de3.3001.0002.000
Fernando Pando000
Manuel Savino1.5008000
Juana Caseres3.00000
Asencio Orellanos2.00000
Caseres8.00000
Francisco Paz1.00000
Los pobres10.00000
Alfonso5.00000
Francisco Bosch20.0005.0000
Guerrico15.00000
Irola15.00000
José María Martínez1.00000
Feliciano Hernández1.5002.0000
Nicolás Ávalos1.40000
Pacheco3.5007000
Alberto Márquez3.000500
Mariano Villalba3.0002.0000
Sesano Cristiano10.0002.0000
Eusebio Funes4002000
Pedro Vega1.1805000
Cornelio Giménez30400
Mendiburo y compañía12.5002.5000
Vicente Igarzábal3.6001.5000
Elías Galván y la viuda Marta3.5504000
Mauricio Solera y Manuel Martínez1.7501.1300
Ignacio Salguero y Cosme Puchol4.3001.6000
Coria y Arana5.2001.1500
Antonio Córdoba2.3501.0000
Juan Zárate y Figueroa2.8502.0200
Luciano Medina y Pancho Paz4.2001.250200
La viuda Juana4.3501.7000
Orellano, Caseres y el Vasco2.6002.9000
Barraza2.20000
Justo Alfonso y Anastasio Giles2.7601.3100
Varios individuos sin nombre conocido9001.0000
Total denunciado161.92033.7502.200

Fuente: María Fernanda Barcos, «Tratos, batallas y malones», cuadro 2, basado en documentación del Archivo General de la Nación. Se conservan las denominaciones de la fuente; algunos nombres aparecen incompletos.

Francisco Bosch, Guerrico, Irola y los demás

Las cifras permiten apreciar la magnitud de las pérdidas denunciadas.

Francisco Bosch declaró la pérdida de 20.000 vacunos y 5.000 yeguarizos. En el caso de Guerrico e Irola, el registro consigna 15.000 vacunos para cada uno.

Mendiburo y compañía denunciaron 12.500 vacunos y 2.500 yeguarizos. Sesano Cristiano, por su parte, figura con 10.000 vacunos y 2.000 yeguarizos.

Pero la lista no incluye solamente a los grandes propietarios. También aparecen Juana Caseres, Francisco Paz, Eusebio Funes, Pedro Vega y otras personas cuyas explotaciones tenían dimensiones diferentes.

Hay dos anotaciones que merecen especial atención: «Los pobres», con 10.000 vacunos, y «varios individuos de los que no se les sabe el nombre», con 900 vacunos y 1.000 yeguarizos.

No podemos determinar con estos datos quiénes eran todas esas personas ni cómo se distribuían las pérdidas dentro de cada grupo. Sin embargo, su presencia recuerda que el impacto de una incursión no se limitaba a los nombres más conocidos de la campaña.

Como dice el refrán: «El que tiene hacienda tiene querencia». Y cuando se pierde el ganado, no solamente se pierde dinero: también se pone en peligro el trabajo de toda una familia.

Casi doscientas mil cabezas denunciadas

Al sumar las categorías del documento, se obtiene un total de 197.870 animales:

  • 161.920 vacunos.

  • 33.750 yeguarizos.

  • 2.200 lanares.

Estas cifras corresponden a las pérdidas denunciadas en el conjunto de la relación. No deben atribuirse exclusivamente al partido actual de Lobería ni a un punto específico del río Quequén Grande.

Tampoco debemos confundir las cantidades declaradas con un inventario comprobado animal por animal. Como advierte la investigación histórica, no es posible asegurar que todos los reclamos reflejaran con exactitud cada pérdida, ni que se hubieran denunciado todos los daños sufridos.

Aun con esa precaución, la documentación permite reconocer la enorme repercusión económica de la incursión.

La misma tabla incluye una columna denominada «negocio $», en la que aparecen, entre otros importes, 80.000 para Medialuna, 8.000 para Fernando Pando, 50.000 para Manuel Savino y 100.000 para Mendiburo y compañía. El total de esa columna es 238.000.

Es importante no confundir esos importes con la valoración económica general de los daños. Barcos calcula por separado una pérdida estimada de 350.996 pesos fuertes, considerando el ganado y otros perjuicios denunciados.

En otras palabras, los documentos permiten aproximarnos a la magnitud de la pérdida, aunque no debemos tratar cada cifra como si fuera una auditoría moderna.

No solamente se perdió ganado

La incursión también dejó víctimas humanas.

La investigación registra denuncias de diez muertos y catorce personas cautivas, además de la quema de ranchos y viviendas.

Detrás de esos números hubo familias afectadas, pobladores que perdieron sus pertenencias y trabajadores rurales expuestos a una situación de extrema violencia.

En la estancia de Marcos Toledo, por ejemplo, la documentación señala el asesinato de un peón, además del arrebato de caballadas.

Por eso, la historia no puede reducirse a una lista de animales perdidos. La dimensión económica fue enorme, pero también hubo sufrimiento humano y destrucción de hogares.

Como dicen los paisanos: «Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». El refrán pertenece a otra tradición de la cultura popular, pero sirve para recordar que detrás de las cifras económicas también están quienes soportaron las consecuencias de los conflictos.

¿Quién ordenó el malón?

Esta es una de las preguntas más difíciles.

En medio de la guerra civil, circularon acusaciones que atribuían la responsabilidad a distintos dirigentes políticos y militares. Se mencionó a Urquiza, a Hilario Lagos y a otros actores vinculados con los bandos enfrentados.

Los testimonios no son uniformes. Algunos responsabilizaban a determinados caciques; otros sostenían que ciertos grupos habían sido alentados por dirigentes criollos.

La propia investigación de Barcos advierte que no se conoce con certeza cómo se organizaron todas las decisiones que condujeron a la incursión.

Por eso, no corresponde afirmar como un hecho probado que un único gobernante haya ordenado el ataque.

Lo que sí está documentado es que la guerra civil debilitó la defensa de la frontera, alteró las relaciones políticas y permitió que distintas parcialidades actuaran con mayor autonomía.

Los grupos indígenas tenían sus propios intereses, sus redes de comunicación y sus estrategias. Algunos participaron en alianzas con fuerzas criollas, mientras otros actuaron en contra de las poblaciones rurales.

Reconocer esa complejidad no significa justificar los asesinatos, los cautiverios ni el robo de ganado. Significa reconstruir los acontecimientos sin sustituir la documentación por conjeturas.

Marzo de 1853: después de la incursión

Durante marzo continuaron las comunicaciones entre jefes militares, autoridades y emisarios.

El sargento Olivencia, enviado a negociar con Calfucurá, no pudo encontrar al cacique a su llegada porque este se había trasladado hacia Quequén Grande junto con Pichuiñ.

Cuando Calfucurá regresó a sus tolderías en marzo, se desarrollaron nuevas conversaciones sobre las responsabilidades por la incursión y la posibilidad de restablecer relaciones.

Los dirigentes indígenas ofrecieron distintas explicaciones sobre lo ocurrido, mientras las autoridades criollas intentaban negociar y recuperar la hacienda.

La frontera no recuperó la tranquilidad de inmediato. La guerra civil continuaba y las relaciones entre los distintos grupos permanecían marcadas por la desconfianza.

El malón de febrero de 1853 quedó registrado como uno de los episodios más importantes de aquella etapa, tanto por su extensión como por sus consecuencias económicas y humanas.

¿Qué tiene que ver todo esto con Necochea y Quequén?

Mucho, porque nos permite conocer una parte de la historia de nuestro territorio anterior a la fundación de las ciudades actuales.

El río Quequén Grande ya aparece mencionado en la documentación histórica vinculada con las estancias y las pérdidas de ganado.

Sin embargo, es importante precisar que el título del registro no demuestra por sí solo que los grupos hayan atravesado exactamente el lugar donde hoy se encuentra el centro de Necochea o de Quequén.

Para determinar los recorridos con mayor precisión habría que comparar los nombres de los establecimientos con mensuras antiguas, planos rurales, registros de propiedad y partes militares.

Ese trabajo podría permitirnos localizar las estancias mencionadas, reconstruir los caminos de la época y distinguir los lugares efectivamente documentados de aquellos cuya ubicación todavía es incierta.

Es una tarea que merece la pena. La historia de nuestras ciudades no comienza el día en que se fundaron: también está formada por los acontecimientos, los habitantes y los conflictos que transformaron el territorio mucho antes de su nacimiento.

Una reflexión para cerrar

El malón de 1853 nos dejó nombres, cifras y testimonios que permiten reconstruir un episodio doloroso de la historia bonaerense.

La documentación muestra las pérdidas sufridas por los propietarios rurales, la destrucción de viviendas y las muertes y cautiverios denunciados. La investigación histórica también permite comprender el contexto de guerra civil, las negociaciones y las alianzas indígenas que influyeron en los acontecimientos.

No se trata de elegir entre una historia que condene a unos y absuelva a otros. Se trata de comprender lo ocurrido, reconocer a sus víctimas y distinguir los hechos comprobados de las interpretaciones.

Porque los archivos no son simples papeles viejos. Son huellas de vidas que existieron, de riquezas que se perdieron y de conflictos cuyas consecuencias marcaron el destino de la región.

Como dice el refrán campero: «La hacienda se cuenta, pero las penas no se miden».

Y si hoy podemos reconstruir esta historia, es porque alguien dejó constancia de los nombres, las cantidades y los daños. Nuestro deber es recuperar esos testimonios y transmitirlos a las nuevas generaciones.

Sexteto final

Por Quequén cabalgó la historia,
entre haciendas, temores y dolor;
los archivos guardaron su memoria,
con los nombres de cada poblador.
Hoy rescatamos aquella historia,

para que el tiempo no borre su voz.

Fuente histórica: María Fernanda Barcos, «Tratos, batallas y malones. El accionar indígena en la frontera sur durante el sitio a la ciudad de Buenos Aires», revista Corpus, 2017. La relación de pérdidas citada en el artículo proviene de documentación histórica del Archivo General de la Nación.

PUERTO QUEQUÉN: PONGAN LAS BARBAS EN REMOJO



Después no digan que no les avisamos

Muchas veces nos critican porque hacemos estos videos en nuestro canal, pero consideramos que al proponer soluciones contribuimos con el país, que requiere el buen funcionamiento de estas estaciones marítimas para aportar riqueza y trabajo  a nuestra zona.

El nuevo presidente del Consorcio de Gestión de Puerto Quequén y el gobernador de la provincia harían bien en poner las barbas en remojo. Después no digan que nadie les avisó.

Son las siete de la mañana y hoy vamos a abordar un tema que puede resultar polémico. Todo nuestro planteo se sostiene sobre una pregunta fundamental:

¿Cómo es posible que, frente a los problemas de conducción y las oportunidades de desarrollo que tiene Puerto Quequén, no se advierta una política más firme, planificada y eficaz?

No pretendemos tener todas las respuestas. Pero tenemos derecho a preguntar, analizar y exigir explicaciones. Una cosa es formular una acusación sin pruebas y otra muy distinta es señalar problemas que merecen ser investigados y corregidos.

La conducción y sus responsabilidades

En primer lugar, corresponde revisar la estructura jerárquica del puerto, las remuneraciones, las funciones asignadas y los resultados obtenidos. ¿Cada puesto está ocupado por personal con la formación, la experiencia y la capacidad necesarias? ¿Existen criterios transparentes para las designaciones y evaluaciones?

También es razonable preguntar si los vínculos personales o familiares pueden influir en esas decisiones. No afirmamos que exista una irregularidad por el solo hecho de que haya relaciones personales: reclamamos que la idoneidad sea el criterio principal y que las designaciones puedan justificarse con información verificable.

En una institución estratégica, las cuentas claras conservan la amistad. La sociedad tiene derecho a conocer cómo se utilizan los recursos y qué resultados obtiene a cambio.

Mientras tanto, dentro del puerto se acumulan preocupaciones. Y como dice el refrán, quien siembra vientos cosecha tempestades.

Durante la presidencia de Jorge Álvaro, según nuestra apreciación, hubo mayor tranquilidad en determinados aspectos de la gestión. Consideramos que procuraba anticiparse a los conflictos gremiales y buscar soluciones antes de que los problemas se agravaran. Esa experiencia merece ser examinada, porque en la actividad portuaria la prevención y el diálogo son fundamentales.

Más vale prevenir que curar.

El paro de camiones: ¿se pudo evitar?

El paro de camiones ocurrido este año dejó una enseñanza que no deberíamos ignorar: los conflictos portuarios pueden tener consecuencias que van mucho más allá de las partes involucradas.

Perdimos este año un millos de toneladas que no salieron por puerto Quequen. 

En un país con inflación, los desacuerdos por tarifas, costos operativos y condiciones de trabajo son previsibles. Por eso sostenemos que una conducción experimentada, respaldada por asesores idóneos y conocedores de la actividad, debería anticiparse a esas dificultades.

¿Se pueden eliminar todos los conflictos? No sería serio garantizarlo. Pero sí se puede trabajar para prevenir los evitables, negociar antes de llegar a una paralización y reducir sus consecuencias.

La experiencia de un presidente se demuestra, sobre todo, en su capacidad para anticiparse a los problemas, no solamente en su reacción cuando ya estallaron.

A nuestro entender, la falta de experiencia y de asesoramiento técnico adecuado pudo haber contribuido a que el conflicto llegara a ese punto. Para establecer las responsabilidades concretas, naturalmente, habría que examinar las negociaciones, las decisiones adoptadas y la actuación de las partes.

Un puerto paralizado afecta a transportistas, productores, empresas y trabajadores; puede comprometer exportaciones y perjudicar el ingreso de divisas. En una Argentina que necesita generar actividad y empleo, estos riesgos requieren la máxima atención.

Señor gobernador: usted también debe responder

Aquí hay una responsabilidad política que no podemos pasar por alto.

El gobernador interviene en la designación de las autoridades del Consorcio. Por eso, además de elegir a quien considera adecuado, debe evaluar su desempeño y exigirle resultados. No alcanza con nombrar a un presidente y esperar que los problemas se resuelvan solos.

Además, el Gobierno provincial dispone de herramientas políticas e institucionales para facilitar el diálogo entre los sectores involucrados, contribuir a prevenir conflictos y coordinar políticas de desarrollo.

Esto no significa que el gobernador pueda resolver unilateralmente cada disputa. Significa que tiene la responsabilidad de utilizar sus atribuciones para promover soluciones y controlar la gestión de quienes designa.

Si la conducción no está a la altura de las circunstancias, corresponde revisar el rumbo. Quien tiene la responsabilidad de elegir también debe hacerse cargo de evaluar los resultados.

Por eso le preguntamos: ¿Qué plan tiene la provincia para que Puerto Quequén deje de administrar solamente la actividad cotidiana y se convierta en un verdadero motor de desarrollo regional?

Un puerto necesita proyectos, no solamente anuncios

Puerto Quequén necesita una relación permanente con los sectores productivos de su hinterland, es decir, su zona de influencia económica. Debe promover acuerdos con universidades, municipios, empresas pesqueras y otros actores productivos.

También es necesario estudiar la modernización ferroviaria, mejorar los caminos y evaluar la incorporación de una estación de contenedores que facilite el transporte de mercaderías con mayor valor agregado.

No basta con enumerar proyectos. Hay que analizar su viabilidad, calcular costos, buscar financiamiento y establecer plazos de ejecución.

Se anunciaron iniciativas que despertaron expectativas. Entre ellas, el soterramiento de las líneas eléctricas de alta tensión y el nuevo puente Ezcurra o su reemplazo por un puente en las cercanias del puente Dardo Rocha, que podría tener relevancia para la integración y la logística portuaria. Sus respectivos estados y posibilidades de concreción merecen información pública y actualizada.

Porque del dicho al hecho hay mucho trecho. Los anuncios no mejoran por sí solos la infraestructura ni crean puestos de trabajo. La comunidad necesita saber qué se hará, cuándo, con qué recursos y bajo qué responsabilidades.

Y llegamos a la pregunta central de este video:

¿Cuándo va a volver Puerto Quequén a ser un punto de desarrollo significativo para toda la región y no solamente una estructura dedicada a sostener su funcionamiento cotidiano?

Idoneidad, transparencia y desarrollo

Para conducir un puerto de esta importancia hacen falta conocimientos de comercio exterior, logística, infraestructura y negocios portuarios. La política es necesaria para establecer prioridades y construir acuerdos, pero no puede reemplazar la capacidad técnica.

El licenciado Luis Musolino, a quien identificamos por sus conocimientos en materia portuaria, ha puesto el acento en la importancia de la preparación para conducir instituciones de esta naturaleza. Compartimos ese criterio: los cargos deben responder a las necesidades de la institución y no convertirse en premios o soluciones personales.

Del mismo modo, los contratos, los gastos y las decisiones administrativas deben poder examinarse. Si existen dudas, hay que aclararlas con documentos, controles y rendición de cuentas. No corresponde dar por probados hechos que no se han demostrado, pero tampoco ignorar preguntas legítimas.

Puerto Quequén tiene una ubicación estratégica, una importante zona productiva y capacidad para contribuir al crecimiento de Necochea, Quequén y toda la región. Sin embargo, el potencial no se transforma automáticamente en prosperidad: hacen falta planificación, inversiones, coordinación y continuidad.

Una advertencia que todavía puede ser escuchada

Señor gobernador: usted tiene la responsabilidad política de exigir una gestión eficiente y de utilizar sus atribuciones para impulsar los cambios necesarios. Al nuevo presidente del Consorcio le corresponde demostrar que cuenta con la experiencia, el equipo y la capacidad para cumplir esa tarea.

No queremos que el puerto fracase. Queremos que crezca, genere trabajo, aumente las oportunidades para las empresas de la región y contribuya al desarrollo nacional.

No estamos anunciando una catástrofe. Estamos señalando riesgos y reclamando medidas preventivas. Gobernar es prever, corregir a tiempo es demostrar inteligencia y escuchar las críticas también forma parte de una gestión responsable.

Por eso terminamos con dos preguntas:

¿Están las autoridades preparadas para anticiparse a los conflictos y desarrollar todo el potencial de Puerto Quequén?

¿Quién asumirá la responsabilidad política si se dejan pasar las oportunidades y una crisis evitable termina perjudicando a toda la región?

Todavía están a tiempo de demostrar que pueden cambiar el rumbo.

Pongan las barbas en remojo. Después no digan que no les avisamos.