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miércoles, 21 de octubre de 2026

ISIDRO VELÁZQUEZ: EL ÚLTIMO BANDIDO RURAL

 



Entre la ley, la injusticia y la leyenda del monte chaqueño

«Cuando la justicia llega tarde, la leyenda suele adelantarse».

Un hombre nacido para andar los caminos

En los caminos polvorientos del Nordeste argentino, donde el monte guarda secretos y los alambrados separan las tierras de sus dueños de las esperanzas de los peones, nació una de las figuras más controvertidas del bandolerismo rural argentino: Isidro Velázquez, conocido como el último bandido rural o el Vengador.

Había nacido el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, provincia de Corrientes, en una familia campesina numerosa. Como tantos hombres de su tiempo, emigró hacia el Chaco buscando trabajo y un porvenir para los suyos. Allí se ganó la vida como peón rural y trabajador temporario, en una región donde el algodón, la explotación forestal y las grandes propiedades marcaban el ritmo de la economía.

Eran tiempos duros. Los trabajadores se desplazaban de cosecha en cosecha, y la pobreza no siempre dejaba muchas puertas abiertas. Isidro conocía el monte, los senderos escondidos, los esteros y los caminos que podían desaparecer bajo la lluvia. Sabía orientarse donde otros se perdían y leer en el terreno las señales que anunciaban la presencia de un perseguidor.

Pero el hombre que alguna vez había trabajado para mantener a su familia terminaría convertido en uno de los fugitivos más buscados del Chaco.

Del peón al perseguido

Los problemas de Velázquez con la policía se hicieron más serios a comienzos de la década de 1960. Las detenciones, los conflictos con las autoridades y su posterior fuga de la comisaría marcaron un punto de inflexión. Isidro abandonó la vida ordinaria y pasó a vivir al margen de la ley.

Primero apareció junto a su hermano Claudio. Ambos protagonizaron asaltos a comercios rurales y almacenes. La violencia fue creciendo y, en 1963, Claudio murió durante un enfrentamiento con la policía. Isidro logró escapar.

La muerte de su hermano no terminó con la historia de los Velázquez. Por el contrario, convirtió a Isidro en una figura todavía más temida y perseguida.

Tiempo después se asoció con Vicente Gauna, otro correntino que conocía los caminos y las dificultades de la vida rural. Juntos protagonizaron una serie de robos y secuestros de productores rurales. Ya no se trataba solamente de pequeños comercios: la persecución adquirió otra dimensión y las autoridades multiplicaron sus esfuerzos para capturarlos.

Conviene aclararlo: la imagen romántica del bandido que roba exclusivamente a los ricos y protege a los pobres no alcanza para explicar toda su trayectoria. Hubo delitos, armas, amenazas y víctimas. Pero tampoco alcanza con reducir su historia a un prontuario policial. Para comprender por qué su nombre despertó simpatías en parte de la población, hay que mirar también la sociedad en la que vivió.

Porque una cosa es el delito cometido y otra, distinta, es el significado que una comunidad termina atribuyéndole.

El monte era su refugio

Para perseguir a Velázquez no bastaba con recorrer los caminos. Había que conocer el monte, sus claros, sus senderos y sus escondites. Allí donde una patrulla veía maleza, Isidro encontraba una salida; donde un desconocido encontraba barro y espinas, él descubría un paso.

Con el tiempo nació una leyenda que lo rodeó de un halo sobrenatural. En la región se decía que tenía payé, una suerte de poder mágico de la tradición popular guaraní. Algunos aseguraban que podía presentir la llegada de la policía, desaparecer sin dejar huellas o escapar de situaciones de las que ningún hombre común habría salido con vida.

Los relatos crecieron con cada fuga. Se contaba que las puntas de su pañuelo le anunciaban por dónde venían sus perseguidores y que su grito, el sapucay, era capaz de paralizar a quien lo escuchara.

¿Verdad, exageración o imaginación popular? En las historias de los perseguidos, el miedo de sus enemigos suele transformarse en poder sobrenatural. Y cuando un hombre logra burlar repetidamente a quienes lo buscan, la realidad empieza a confundirse con la leyenda.

«Más sabe el diablo por viejo que por diablo», dice el refrán. En el caso de Velázquez, habría que agregar: por baqueano.

El monte no solamente le ofrecía escondite. Era el territorio donde su experiencia podía más que los mapas y donde la persecución se convertía en una lucha desigual entre quienes conocían el terreno y quienes debían aprenderlo a la fuerza.

¿Bandido o vengador de los humildes?

Para las autoridades, Isidro Velázquez era un delincuente peligroso al que había que detener. Para una parte de la población campesina, en cambio, era un hombre que se enfrentaba a un orden social que muchos consideraban injusto.

Se difundieron relatos según los cuales compartía dinero, alimentos y parte de lo obtenido en sus asaltos con gente humilde. También se decía que podía aparecer en un baile, sentarse a comer en una fonda o caminar por un pueblo sin que nadie lo denunciara.

Es difícil separar en todos los casos los hechos comprobables de las versiones transmitidas oralmente. Sin embargo, la persistencia de esos relatos revela algo importante: Velázquez dejó de ser solamente un hombre perseguido y se convirtió en un símbolo.

En los campos chaqueños había trabajadores sin tierra, familias que dependían de empleos temporarios y pobladores acostumbrados a convivir con desigualdades profundas. En ese escenario, la figura del hombre que desafiaba a la policía y parecía burlarse de los poderosos encontró un terreno fértil para crecer.

El sociólogo Roberto Carri estudió su caso en Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia, una obra que permite pensar el bandolerismo más allá de la crónica policial.

No significa que cada acto de Velázquez fuera justo ni que todos sus delitos puedan justificarse por las condiciones sociales de la época. Significa que su historia obliga a formular una pregunta incómoda: ¿por qué ciertos delincuentes consiguen convertirse en héroes para una parte del pueblo?

A veces, el personaje que la autoridad quiere borrar es precisamente aquel en quien algunos depositan sus propias frustraciones.

Y vuelve el refrán: «El que siembra vientos, cosecha tempestades». En una sociedad atravesada por conflictos, la violencia puede generar más violencia, hasta que la historia termina cobrando su precio.

La recompensa y la última emboscada

A medida que pasaban los años, la persecución se intensificó. El gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, instalado en 1966, buscaba terminar con la carrera del fugitivo. La recompensa anunciada para quien contribuyera a capturarlo alimentó todavía más la dimensión pública del caso.

Pero ningún hombre puede vivir eternamente entre la fuga y la sospecha. La resistencia tiene un límite, y hasta el baqueano más experimentado puede equivocarse cuando confía en alguien.

El 1 de diciembre de 1967, Isidro Velázquez y Vicente Gauna cayeron en una emboscada policial en la zona de Pampa Bandera, en el Chaco, durante una operación preparada para capturarlos. Ambos murieron bajo el fuego de las fuerzas que los esperaban.

La persecución había terminado. El hombre que durante años había logrado escapar de los caminos vigilados ya no volvería a internarse en el monte.

Su muerte fue presentada como el final de un peligro para las autoridades. Sin embargo, para una parte de la población comenzó entonces otra historia, mucho más difícil de clausurar: la de su transformación en leyenda.

Cuando el muerto se convierte en mito

El lugar donde cayó Velázquez quedó asociado a la memoria popular. Con el paso del tiempo, surgieron homenajes, promesas y relatos de favores atribuidos a su figura. Su nombre se incorporó al cancionero regional y a la tradición oral del Nordeste.

La muerte no borró al bandido: lo convirtió en una presencia diferente.

En torno de su recuerdo se produjo una transformación que los historiadores y estudiosos de la cultura han examinado con atención. El hombre señalado por la policía como delincuente pasó a ser recordado por algunos como gaucho rebelde, vengador y protector de los humildes. Su figura adquirió rasgos religiosos populares, como ocurre con otros personajes cuya muerte violenta alimenta la devoción.

No es un fenómeno exclusivo del Chaco. En distintos lugares de la Argentina, la memoria popular ha levantado altares donde la historia oficial solamente veía delincuentes o derrotados. Pero cada caso tiene sus particularidades, y el de Velázquez está profundamente ligado al mundo rural, a la tradición correntina y chaqueña y a los conflictos de su tiempo.

La leyenda no reemplaza a la historia. La acompaña, la discute y, en ocasiones, la deforma. Por eso conviene escucharla sin confundirla con una prueba y estudiar los documentos sin ignorar la voz de la gente.

Isidro Velázquez murió a los treinta y nueve años. No fue un héroe sin sombras ni un simple nombre en un expediente. Fue un hombre de carne y hueso que tomó el camino del delito y cuya vida terminó convertida en una pregunta sobre la sociedad que lo vio nacer, luchar y morir.

Porque, como enseña otro viejo dicho campero, «la fama es puro cuento, pero el recuerdo no se compra».

Romance del último bandido

Por los montes del Chaco adentro,
donde el quebracho es señor,
iba Isidro entre las sombras,
con la noche por guardián.

La luna alumbraba el campo,
la huella borraba el viento,
 el silbido de los montes 
le anunciaba el movimiento.

Lo persiguieron los hombres,
lo cercaron con sus armas;
pero el monte fue testigo
de su fuga y de sus hazañas.

Hasta que un día de diciembre,
Pampa Bandera lo vio caer;
callaron todos los caminos,
pero no su nombre en la gente.

Y aunque la muerte lo alcance
y se termine su andar
hay historias que en el pueblo
nadie consigue enterrar.

Porque el hombre muere un día,
pero el mito sigue en pie;
la tierra guarda sus pasos
y el pueblo pregunta por qué.

Plaza de los Poetas — Historias de hombres, caminos y leyendas argentinas.

MUSTAFÁ, EL PIRATA DE LAS SIERRAS - BANDIDOS RURALES


 

El bandido que encontró refugio entre las rocas

Por los caminos del sur bonaerense anduvo un hombre perseguido por la ley, dueño de mil apodos y protagonista de una historia donde se mezclan el miedo, la audacia y la leyenda. Su refugio fueron las sierras de Balcarce; su final, un tiroteo que quedó registrado en los diarios de la época.

Un nombre, muchos apodos

En la historia del bandolerismo rural argentino abundan los hombres que, perseguidos por la justicia, encontraron en la inmensidad del campo un escondite y una oportunidad para prolongar sus andanzas. Pero pocos dejaron una huella tan particular en la memoria de la región interserrana bonaerense como el llamado Turco Mustafá, el pirata de las sierras.

Las fuentes lo mencionan con distintos nombres: José Mustafá, Alí Mustafá y también Pedro o Luis Mustafá Parri. Se lo conoció, además, como Neura Mustafá, Martín Fierro y El Tejedor. Este último apodo tenía una explicación curiosa: según la tradición, acostumbraba tejer medias con agujas de acero. En torno de su figura se fueron acumulando relatos, versiones y exageraciones, como suele ocurrir con aquellos que durante años consiguen burlar a sus perseguidores.

No era un personaje de las antiguas guerras de frontera ni un gaucho de los tiempos de Juan Manuel de Rosas. Mustafá perteneció a otra época: las primeras décadas del siglo XX, cuando los pueblos crecían, los caminos cambiaban y la policía extendía su vigilancia sobre una campaña que todavía conservaba rincones solitarios.

El robo que lo puso en escena

Hacia 1920, Mustafá adquirió notoriedad por un importante robo de joyas cometido en Tres Arroyos. Según las crónicas, el valor de lo sustraído rondaba los treinta mil pesos, una suma considerable para aquellos años.

Fue detenido, condenado y destinado al presidio de Sierra Chica, en Olavarría. Sin embargo, el traslado hacia Dolores no significó el final de sus andanzas. Durante el viaje logró fugarse del tren y tomó rumbo hacia las sierras de Balcarce.

Allí comenzó otra etapa de su vida: la del fugitivo que conocía el terreno y sabía aprovechar sus accidentes naturales. Las lomas, los montes, las quebradas y los abrigos rocosos ofrecían una protección que ningún muro de cárcel podía darle.

Porque en el campo, como dice el viejo refrán, «quien conoce el camino lleva ventaja». Y Mustafá parecía conocer los secretos de aquella geografía.

La cueva del Turco

Las sierras de Tandilia guardan numerosas cuevas y aleros naturales que sirvieron de refugio a seres humanos desde tiempos remotos. Mucho después, algunos de esos mismos lugares fueron ocupados por personajes que pasaron a la memoria popular: el Tigre del Quequén, los hermanos Barrientos y el propio Mustafá.

La cueva asociada con el Turco fue motivo de interés para investigadores que trabajaron en la zona. Analía Correa y José Antonio Mateo, en su estudio sobre el bandolerismo rural en la región interserrana, partieron precisamente de esa memoria persistente para reconstruir la historia del personaje.

El escondite no era solamente un agujero en la piedra. La ubicación elevada permitía observar los alrededores, advertir movimientos y disponer de tiempo para escapar. Para un hombre perseguido, el paisaje podía convertirse en aliado.

Alrededor de Mustafá nació también la creencia de que habría ocultado en las cuevas parte del botín de sus robos. ¿Existió realmente ese tesoro? No hay que confundir la tradición oral con una prueba documental. Pero la pregunta sigue alimentando la imaginación: ¿cuántos secretos habrá guardado la sierra bajo sus piedras?

Entre el temor y la admiración

La fama de Mustafá tuvo dos caras. Para las autoridades y las víctimas de sus delitos, era un hombre peligroso, responsable de correrías que sembraban inquietud en la comarca. Para ciertos sectores humildes, en cambio, adquirió la imagen romántica del fugitivo que desafiaba a la policía y sobrevivía en condiciones difíciles.

Llegaron a compararlo con Robin Hood, el personaje legendario que robaba a los ricos para favorecer a los pobres. Pero esa comparación debe tomarse con prudencia: que alguien haya despertado simpatía popular no demuestra que repartiera el producto de sus robos ni que actuara por justicia social.

La historia suele vestir a los perseguidos con ropas de héroe y a los perseguidores con las de villanos. La realidad, como casi siempre, es más compleja.

Por la sierra va el fugitivo,
tras la piedra busca amparo;
para unos, hombre temido,
para otros, rebelde raro.

En 1923 fue capturado después de haber permanecido alrededor de treinta meses en la zona serrana. Pero la prisión tampoco logró retenerlo por mucho tiempo: según las crónicas, escapó apenas tres días después. Unos diez meses más tarde volvió a caer en manos de las autoridades.

Su historia parecía una partida interminable entre el hombre y la ley. Cada captura prometía el final; cada fuga reavivaba la leyenda.

El último tiroteo

El desenlace llegó en abril de 1937.

De acuerdo con la reconstrucción publicada por El Diario de Balcarce a partir de ejemplares antiguos de La Opinión, la policía volvió a buscarlo después de un grave ataque contra una anciana en la zona de Ramos Otero. El comisario Enrique Kelly movilizó a sus hombres y la pesquisa condujo hasta una vivienda del Cuartel IX, donde Mustafá se encontraba refugiado.

La comisión policial estaba al mando del oficial inspector Carlos Gómez. Cuando fueron a detenerlo, Mustafá respondió con disparos. El enfrentamiento fue intenso: la prensa habló de más de sesenta tiros y describió las marcas que las balas dejaron en un árbol detrás del cual se protegía el oficial.

En un momento, el fugitivo intentó escapar hacia el monte, sin dejar de disparar. Allí fue alcanzado por los tiros policiales.

El diario fechó su muerte el 2 de abril de 1937, alrededor de las cinco de la tarde. Al día siguiente, la noticia ocupó un lugar destacado en sus páginas. Para el periódico, se había terminado la carrera de un delincuente que durante años había inquietado a la comarca.

Así cayó Mustafá: no en una batalla de la frontera ni en una carga de caballería, sino en un tiroteo entre una vivienda rural, el monte y los hombres enviados a capturarlo.

La leyenda que quedó en las sierras

Después de su muerte, el Turco Mustafá siguió viviendo en los relatos de la región. Su nombre quedó unido a las cuevas, a los caminos serranos y a la posibilidad de que algún tesoro permaneciera oculto entre las piedras.

Pero su historia también nos obliga a mirar más allá de la aventura. Detrás del apodo pintoresco hubo un hombre perseguido, delitos y víctimas; detrás de la leyenda, una sociedad rural que observaba con temor —y a veces con admiración— a quienes conseguían escapar de la autoridad.

Los años borran huellas, derrumban escondites y cubren de maleza los caminos. Sin embargo, mientras alguien pregunte quién fue aquel hombre que se refugió en las sierras, Mustafá seguirá cabalgando por la memoria del sur bonaerense.

Porque el bandido puede caer bajo las balas, pero cuando la leyenda echa raíces entre las piedras, ni el tiempo consigue apresarla.

Para Plaza de los Poetas — Secretos de Necochea.

Recopilación y adaptación Carlos Bonserio

martes, 20 de octubre de 2026

JUAN BAUTISTA BAIROLETTO BANDIDOS RURALES


  

El último bandido romántico de las pampas

Entre la historia policial y la leyenda popular, la vida de un hombre que desafió a la autoridad, sembró temor en los caminos rurales y terminó cayendo bajo las balas. Para unos fue un delincuente; para otros, un justiciero de los pobres.

1. Un hijo de inmigrantes en la inmensidad pampeana

El 11 de noviembre de 1894, en una chacra de Colonia Los Algarrobos, provincia de Santa Fe, nació Juan Bautista Vairoleto, cuyo apellido quedaría inmortalizado como Bairoletto o Vairoletto. Era hijo de inmigrantes italianos, Vittorio Vairoleto y Teresa Mondino, que habían llegado al país con la esperanza de encontrar una vida mejor.

Su familia se trasladó posteriormente a La Pampa, donde Juan Bautista creció entre chacras, estancias y poblaciones dispersas. Aquella era una Argentina que se enriquecía con la producción agropecuaria, aunque la prosperidad no alcanzaba a todos. Los grandes propietarios controlaban extensiones de tierra, mientras numerosos trabajadores rurales debían aceptar condiciones laborales duras y salarios modestos.

La llanura parecía no tener límites, pero las oportunidades sí los tenían.

Bairoletto conoció desde joven ese mundo de desigualdades, rivalidades y relaciones de poder. No fue, sin embargo, un héroe nacido de la pobreza ni un rebelde cuya conducta pueda explicarse por una sola causa. Fue un hombre que, por decisiones propias y circunstancias de su tiempo, terminaría recorriendo el camino de la delincuencia.

Como dice el viejo refrán: «El hábito no hace al monje, ni el poncho al gaucho». Detrás de la estampa del jinete perseguido había una personalidad compleja, capaz de despertar admiración y temor.

2. Una mujer, un policía y el primer disparo

La historia del bandido comenzó a escribirse en Eduardo Castex, La Pampa. Allí se produjo el enfrentamiento que cambiaría su destino: el conflicto con el agente policial Elías Farach.

Según las versiones más difundidas, entre ambos existía una rivalidad amorosa relacionada con una mujer. Las desavenencias habrían derivado en humillaciones, amenazas y un resentimiento creciente. El 4 de noviembre de 1919, Bairoletto mató a Farach de un disparo.

Los detalles de aquel episodio presentan diferencias según las fuentes, pero sus consecuencias fueron decisivas. El joven pasó a ser perseguido por la justicia y comenzó una existencia marcada por las fugas, los escondites y la desconfianza.

A partir de entonces, cada camino podía conducirlo a una emboscada y cada desconocido convertirse en un informante.

Había cruzado una frontera de la que difícilmente regresaría: la que separa al hombre que todavía puede elegir su destino del fugitivo que debe vivir mirando permanentemente por encima del hombro.

«Quien mal anda, mal acaba», sentencia el refranero. Pero Bairoletto tardaría más de veinte años en conocer el desenlace de aquella primera tragedia.

3. El hombre que se convirtió en una pesadilla policial

Durante las décadas siguientes, su nombre se extendió por La Pampa y otras provincias. Las noticias sobre robos, asaltos, hurtos y enfrentamientos alimentaron un prontuario que crecía al mismo tiempo que su fama.

Las autoridades lo buscaron reiteradamente. Su conocimiento del terreno, las distancias entre poblaciones y la existencia de personas dispuestas a darle refugio dificultaban su captura.

En aquellos tiempos, la campaña argentina ofrecía escondites que podían permanecer fuera del alcance policial durante meses. Los caminos de tierra, las estancias apartadas y los montes permitían desaparecer en una geografía inmensa.

Bairoletto conocía ese mundo. Se desplazaba, cambiaba de refugio y procuraba anticiparse a los movimientos de sus perseguidores. La policía, por su parte, recurría a informantes y partidas de búsqueda para cerrar el cerco.

No todo fue aventura romántica. Las acusaciones que pesaron sobre él incluyeron hechos violentos y delitos contra la propiedad. Su figura inspiraba temor entre quienes podían convertirse en sus víctimas.

Sin embargo, alrededor de su nombre comenzó a crecer otra historia: la del bandido que desafiaba a los poderosos y ayudaba a los humildes.

4. ¿Un Robin Hood criollo?

La comparación con Robin Hood se convirtió en uno de los elementos centrales de su leyenda. Se decía que robaba a los ricos y favorecía a los pobres, que socorría a familias necesitadas y que castigaba a quienes abusaban de su autoridad.

Esas narraciones contribuyeron a convertirlo en un personaje querido por parte de la población rural. Pero es necesario distinguir los testimonios y documentos de las historias transmitidas oralmente. No está demostrado que todos sus robos tuvieran una finalidad social ni que repartiera sistemáticamente sus ganancias entre los necesitados.

El historiador Hugo Chumbita estudió a Bairoletto dentro del fenómeno del bandolerismo social, concepto asociado a las investigaciones de Eric Hobsbawm. En determinadas sociedades rurales, algunos delincuentes fueron considerados vengadores de injusticias por sectores de la población que desconfiaban de las autoridades.

La explicación no equivale a una absolución.

El bandido podía ser admirado por quienes veían en él una respuesta a los abusos, mientras sus víctimas lo recordaban por razones muy diferentes. La memoria popular selecciona, transforma y, a veces, borra aquello que no encaja con la imagen del héroe.

La tradición gauchesca ya había consagrado al hombre perseguido por la autoridad, desde el Martín Fierro hasta otros personajes de la literatura rural. Bairoletto ingresó en ese universo, aunque su trayectoria real estuvo atravesada por delitos y violencia.

Entre el prontuario y la leyenda quedó una pregunta sin respuesta definitiva: ¿el pueblo admiraba al hombre o necesitaba creer en un justiciero?

5. El fugitivo que soñó con una vida tranquila

Con los años, Bairoletto encontró en Telma Ceballos una compañera con quien formó una familia. Tuvieron dos hijas, Juana y Elsa, y el hombre perseguido comenzó a buscar refugio en una existencia más apacible.

Hacia el final de la década de 1930 se instaló en San Pedro del Atuel, en el departamento mendocino de General Alvear. Allí vivió en una chacra, bajo una identidad falsa que algunas reconstrucciones identifican como Francisco Bravo.

Lejos de las grandes ciudades y de las rutas más transitadas, procuró rehacer su vida como trabajador rural. Pero una identidad falsa no borraba los antecedentes ni garantizaba la seguridad.

En ese rancho había ahora algo más que un escondite: había una mujer, dos hijas y la posibilidad de un futuro.

¿Pensaba realmente abandonar para siempre la vida delictiva? ¿Creía que podría envejecer sin que la policía descubriera su paradero? Es difícil conocer sus pensamientos íntimos. Lo cierto es que su refugio mendocino sería el escenario de su último capítulo.

El hombre que durante tantos años había logrado escapar comenzaba a descubrir que no hay escondite capaz de ofrecer tranquilidad cuando el pasado sigue a caballo.

6. La delación y la madrugada final

El 14 de septiembre de 1941, una partida policial llegó hasta la vivienda de San Pedro del Atuel. La ubicación del fugitivo había sido revelada por Vicente Gascón, conocido como el Ñato, antiguo compañero de andanzas, quien habría proporcionado la información tras ser detenido.

La noticia de la traición se convirtió en uno de los episodios más recordados de la historia de Bairoletto. Aquel hombre que había desconfiado durante años de sus perseguidores terminó expuesto por alguien que conocía sus movimientos y sus refugios.

La madrugada avanzaba. Alrededor del rancho se cerraba el cerco policial.

Comenzó el enfrentamiento. Hubo disparos y, cuando terminó el tiroteo, Juan Bautista Bairoletto estaba muerto. Tenía 46 años.

Pero ni siquiera el desenlace quedó libre de controversia. La versión policial sostuvo que murió durante el enfrentamiento; Telma Ceballos afirmó posteriormente que se había quitado la vida para evitar que lo capturaran. Las reconstrucciones históricas recogen ambas versiones y no permiten resolver con absoluta certeza todos los detalles.

Así terminó una de las persecuciones más célebres del bandolerismo rural argentino.

Aquel día, en la quietud mendocina, se apagó la vida del hombre que durante más de dos décadas había desafiado a la policía. Pero su muerte no acabó con la historia: la alimentó.

Porque, como enseña otro dicho popular, «muerto el perro, no se acabó la rabia». La persecución había terminado, pero el mito apenas comenzaba.

7. Después de la muerte, la leyenda

La historia de Bairoletto sobrevivió en las crónicas policiales, los testimonios de paisanos, las canciones y los relatos populares. Su vida llegó al cine con Bairoletto, la aventura de un rebelde, estrenada en 1985, y su nombre reapareció en la canción Bandidos rurales, de León Gieco.

Hugo Chumbita, en su investigación Bairoletto. Prontuario y leyenda, procuró reconstruir la trayectoria del bandido a partir de documentación policial, periódicos, testimonios y relatos orales. Su trabajo permite comprender que la figura legendaria no puede separarse del contexto social y político de la primera mitad del siglo XX.

Bairoletto no fue simplemente un héroe romántico ni un nombre más en los registros policiales. Fue ambas cosas en la memoria de una sociedad dividida entre la condena y la admiración.

Sus delitos no desaparecen porque una canción lo recuerde. Pero tampoco puede comprenderse su fama sin analizar las desigualdades, las tensiones rurales y la desconfianza hacia ciertas formas de autoridad que contribuyeron a convertirlo en símbolo.

La historia no está obligada a absolver ni a condenar de antemano. Su tarea es investigar, distinguir los hechos de las leyendas y explicar por qué algunos personajes siguen viviendo mucho después de su muerte.

Epílogo: el último galope

La Pampa fue su escenario; los caminos, su refugio; la persecución, su condena. Y en aquella madrugada mendocina, cuando los disparos rompieron el silencio, terminó la carrera de un hombre que había confundido durante demasiado tiempo la libertad con la fuga.

Cabalgó por la llanura,

entre la sombra y el viento;

la ley le cerró los caminos,

y el mito venció al silencio.

Bairoletto murió en 1941. El bandido quedó en los archivos; el rebelde, en la memoria popular. Y todavía hoy, entre la historia y la leyenda, su nombre vuelve a cabalgar por las pampas argentinas.

Porque la fama puede perdonar lo que la justicia condena, pero la verdad histórica exige que no confundamos la leyenda con la vida real.


Fuentes de referencia

Hugo Chumbita, Bairoletto. Prontuario y leyenda, investigación sobre el bandolerismo rural argentino

Archivo Histórico Provincial «Prof. Fernando E. Aráoz», La Pampa: reseña biográfica y documentación fotográfica.

Fototeca Bernardo Graff

Adrián Pignatelli, «Las aventuras de Bairoletto: sus robos más famosos, su etapa anarquista y el intento por cambiar su vida», Infobae, 11 de noviembre de 2024.


lunes, 19 de octubre de 2026

EL PETISO OREJUDO:

 



CRÓNICA DE UNA VIDA MARCADA POR EL CRIMEN

De los conventillos de Buenos Aires al presidio de Ushuaia: la historia de Cayetano Santos Godino, uno de los criminales más célebres de la Argentina.

Una ciudad, una infancia y un destino sombrío

A comienzos del siglo XX, Buenos Aires crecía a pasos agigantados. La inmigración, los ferrocarriles y las fábricas transformaban la ciudad, mientras miles de familias se apiñaban en conventillos, tratando de abrirse camino en una sociedad desigual. Entre aquellas calles pobladas de vendedores ambulantes, carros, talleres y chicos que jugaban en las veredas, comenzó a escribirse una de las historias criminales más inquietantes del país.

El protagonista fue Cayetano Santos Godino, nacido en Buenos Aires el 31 de octubre de 1896, hijo de inmigrantes italianos. Pasaría a la historia con un apodo que se haría tristemente célebre: el Petiso Orejudo.

Su historia obliga a internarse en un territorio donde se cruzan la crónica policial, la medicina legal y las preguntas sobre la infancia abandonada. Pero conviene advertirlo desde el principio: una infancia difícil puede ayudar a comprender un contexto, aunque no alcanza, por sí sola, para explicar ni justificar una conducta criminal.

Como dice un viejo refrán, «el camino se hace al andar»; pero no todos los caminos conducen al mismo destino, ni las circunstancias de la vida eximen a nadie de examinar sus actos.

Los primeros episodios

Desde muy pequeño, Godino comenzó a protagonizar episodios de violencia. Los testimonios reunidos posteriormente por investigadores y periodistas describieron una conducta preocupante, con agresiones contra otros niños y actos de crueldad que fueron escalando con el tiempo.

La familia vivía en condiciones económicas precarias. En aquellos años, la atención psicológica infantil era muy distinta de la actual y las instituciones disponían de pocos recursos para abordar comportamientos que hoy exigirían una evaluación especializada.

No obstante, reconstruir una biografía exige separar los hechos comprobables de las interpretaciones posteriores. Durante décadas, el caso fue contado con un lenguaje sensacionalista que convirtió al protagonista en una figura casi legendaria.

Y aquí cabe una máxima que vale tanto para el investigador como para el lector: «Las apariencias engañan y las pruebas acompañan». En una investigación seria, la impresión que produce un sospechoso nunca debe reemplazar la demostración de los hechos.

El miedo se instala en Buenos Aires

Los ataques atribuidos a Godino contra niños pequeños comenzaron a provocar alarma. Algunos episodios terminaron con víctimas heridas; otros, con consecuencias fatales. La sucesión de hechos llevó a la policía a investigar las circunstancias y a reconstruir los movimientos del sospechoso.

La vulnerabilidad de las víctimas hizo que el caso despertara una particular conmoción. Los niños debían poder jugar en las calles y plazas sin convertirse en blanco de la violencia de un adulto o de otro menor.

La prensa encontró en aquellos acontecimientos un tema de enorme repercusión. Los diarios publicaban detalles de la investigación y alimentaban el interés del público. El apodo de Petiso Orejudo terminó desplazando al nombre de Cayetano Santos Godino y quedó asociado para siempre con una de las páginas más oscuras de la historia criminal argentina.

En la crónica policial existe una regla elemental: «Los indicios hablan, pero hay que saber escucharlos». Una pista puede orientar una investigación, aunque solo el análisis de las pruebas permite establecer si conduce al responsable.

La investigación y la detención

La investigación policial fue reuniendo testimonios y relacionando distintos episodios. La detención de Godino permitió profundizar las averiguaciones sobre los ataques y las muertes que se le atribuían.

Su edad planteaba una dificultad adicional. No se trataba solamente de establecer qué había ocurrido, sino también de determinar cómo debía responder la justicia ante un adolescente acusado de delitos de extrema gravedad.

A comienzos del siglo XX, la medicina legal y la psiquiatría criminal buscaban explicaciones para conductas que desconcertaban a la sociedad. Algunas teorías de la época atribuían una importancia excesiva a los rasgos físicos, las características hereditarias o supuestos signos corporales de peligrosidad. Muchas de aquellas ideas carecían de fundamento científico suficiente y hoy deben examinarse críticamente.

El caso de Godino se convirtió así en un asunto que excedía la investigación policial. También puso en discusión los límites entre la responsabilidad penal, la enfermedad mental y la capacidad de las instituciones para tratar a una persona considerada peligrosa.

Un dicho popular sostiene que «del dicho al hecho hay mucho trecho». En materia judicial, esa distancia debe cubrirse con testimonios, peritajes, pruebas y procedimientos legales, no con rumores ni con el clamor de la calle.

El juicio y la condena

El proceso contra Godino tuvo una enorme repercusión pública. Las autoridades debían establecer su responsabilidad por los hechos investigados y resolver qué destino correspondía a un joven cuya conducta había causado un profundo temor social.

Los exámenes médicos y psiquiátricos ocuparon un lugar importante en la discusión sobre su estado mental. Sin embargo, no deben confundirse las interpretaciones formuladas en aquella época con los criterios diagnósticos actuales.

Finalmente, Godino fue condenado y enviado al presidio de Ushuaia, en Tierra del Fuego. La decisión lo alejó de Buenos Aires y lo colocó bajo un régimen penitenciario particularmente severo.

La justicia no puede medirse por la indignación que provoca un delito, sino por la responsabilidad con que se investigan los hechos y se aplican las leyes. «La justicia no debe improvisar: necesita pruebas para juzgar». Esta máxima conserva su valor incluso en los casos que despiertan mayor repudio.

Ushuaia: tras los muros del presidio

El presidio de Ushuaia se encontraba en uno de los lugares más australes del país. El aislamiento geográfico, el clima riguroso y las condiciones de encierro lo convirtieron en símbolo del castigo penitenciario de la época.

Allí pasó Godino los últimos años de su vida. El hombre que había provocado temor en Buenos Aires quedó recluido lejos de la ciudad donde había cometido sus crímenes.

Con el tiempo, su nombre continuó circulando en publicaciones policiales, libros y relatos populares. Cada nueva narración sumó detalles y versiones, no siempre distinguiendo con claridad los documentos de las leyendas.

Por eso, al reconstruir su trayectoria, resulta indispensable verificar las circunstancias concretas de su vida carcelaria, los episodios que protagonizó dentro del penal y las causas de su muerte mediante fuentes históricas confiables.

Godino murió en 1944. Su final cerró una vida que había quedado ligada para siempre a la violencia y al encierro, aunque no terminó con el interés que su caso despertaría en las generaciones posteriores.

El hombre detrás del apodo

La historia del Petiso Orejudo suele contarse como una sucesión de crímenes, investigaciones y castigos. Pero la historia no consiste únicamente en enumerar delitos ni en recrear escenas macabras para despertar curiosidad.

También exige recordar a las víctimas, respetar el dolor de sus familias y comprender el contexto social e institucional en que ocurrieron los hechos.

El caso permite observar cómo reaccionaba una sociedad ante la violencia ejercida contra los más indefensos, qué herramientas tenían la policía y la justicia y cuánto pesaban las ideas médicas de la época en las decisiones judiciales.

Además, deja una advertencia para el lector: no toda explicación es una justificación y no toda versión repetida durante décadas se convierte, por ello, en verdad histórica.

Como dice el refrán, «quien siembra vientos, cosecha tempestades». Pero, frente a un caso criminal, la sentencia popular no reemplaza el trabajo de reconstruir los hechos con rigor.

La figura de Cayetano Santos Godino quedó incorporada a la memoria colectiva argentina como uno de sus delincuentes más conocidos. Su nombre continúa despertando preguntas sobre la violencia, la responsabilidad y la capacidad de una sociedad para proteger a sus miembros más vulnerables.

La crónica policial puede atraer la atención; la investigación histórica debe ir más allá. Porque, cuando se apagan los titulares y se cierran los expedientes, permanece una obligación moral: recordar a las víctimas y aprender de los errores de las instituciones.

Sentencia final

Tras los barrotes se apaga
la luz de una vida oscura;
i el tiempo borra la herida
ni absuelve la sepultura.

Recopilación y adaptación: Carlos Bonserio, sobre la base de material de archivo de la Policía Federal Argentina y documentación histórica consultada.

domingo, 18 de octubre de 2026

"EL PIBE CABEZA"




El pistolero que puso en jaque a la policía

En la Argentina de la década de 1930, cuando los caminos de tierra unían pueblos agrícolas, las noticias viajaban al ritmo del ferrocarril y los automóviles comenzaban a ser un signo de modernidad, un joven delincuente logró convertirse en uno de los pistoleros más famosos del país. Se llamaba Rogelio Gordillo, aunque la historia lo recordaría por un apodo que parecía salido de una novela policial: el Pibe Cabeza.

Su carrera criminal tuvo como escenario distintas localidades de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa. Con una banda organizada, automóviles modernos y armas de gran potencia, protagonizó asaltos, persecuciones y enfrentamientos que alimentaron las crónicas policiales de su tiempo. Su figura terminaría inspirando relatos, libros y una película de Leopoldo Torre Nilsson, estrenada en 1975 y protagonizada por Alfredo Alcón.

Pero detrás del personaje famoso hubo una vida breve, marcada por la violencia, las fugas y una persecución policial que terminó durante los festejos del Carnaval porteño.

De la peluquería a la cárcel

Rogelio Gordillo nació el 9 de junio de 1910 en Colón, provincia de Buenos Aires. Era hijo de una familia de chacareros. Tras la muerte de su padre, en 1926, la familia se trasladó a General Pico, en La Pampa. Allí, Rogelio aprendió el oficio de peluquero, una ocupación que le permitía ganarse la vida.

Sin embargo, su historia tomó otro rumbo cuando se enamoró de una joven llamada Juana Prado. La familia de ella se oponía al noviazgo y el conflicto terminó de manera violenta: Gordillo baleó a la madre de la muchacha y huyó con su enamorada a una chacra. La policía encontró a la pareja el 18 de febrero de 1928.

Todavía era menor de edad y recibió una condena de ocho meses de prisión por lesiones. Durante su encierro entró en contacto con delincuentes de mayor experiencia. Aquella cárcel, que debía servir para corregir su conducta, terminó acercándolo al mundo del delito.

Podría decirse, quien siembra vientos cosecha tempestades. Pero sería simplificar demasiado su historia atribuir toda su trayectoria a un solo episodio. Lo cierto es que, a partir de entonces, las detenciones y los robos comenzaron a repetirse.

En 1932 se trasladó a Rosario, ciudad que por su actividad portuaria, comercial e industrial ofrecía oportunidades para los negocios legales, pero también para el delito. Allí se relacionó con integrantes del ambiente criminal y participó en nuevos asaltos.

Ese mismo año fue detenido por un robo y recibió una condena de cuatro años de prisión. Salió en libertad condicional el 16 de agosto de 1935. Tenía apenas 25 años y todavía le quedaba por delante el período que lo haría famoso.

Una banda diferente

En aquellos tiempos, los asaltantes dependían de la sorpresa, de la intimidación y de la posibilidad de escapar antes de que llegara la policía. Gordillo llevó ese procedimiento a una escala más organizada.

Formó una banda cuyos integrantes se desplazaban en automóviles robados, utilizaban armas de fuego de gran potencia y procuraban cambiar de vehículo y de escondite para dificultar las investigaciones. Entre sus compañeros figuraban Antonio Caprioli, conocido como el Vivo, y Floreal Martínez, apodado el Nene, además de otros cómplices.

Las ametralladoras Thompson, armas automáticas de origen estadounidense, daban a los asaltantes una capacidad de fuego considerable. La banda podía irrumpir en un comercio o una oficina, reducir a sus ocupantes y emprender la fuga en pocos minutos.

La novedad no residía solamente en las armas, sino también en la organización y la movilidad. Los delincuentes cruzaban límites provinciales, cambiaban los automóviles y aprovechaban las dificultades de coordinación entre las distintas policías.

Una banda relativamente pequeña podía así mantener en jaque a los investigadores de varias jurisdicciones.

Pero conviene no confundir eficacia criminal con valentía ni con inteligencia puesta al servicio del bien común. Detrás de la espectacularidad de los golpes había personas amenazadas, trabajadores expuestos a la violencia y familias que padecían sus consecuencias.

La persecución se extiende

Después de recuperar la libertad, Gordillo volvió rápidamente a los robos. Durante 1935 y 1936, él y sus compañeros protagonizaron distintos asaltos en La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires.

En octubre de 1935, la banda atacó la estancia La Chapela, en La Pampa. Los enfrentamientos posteriores con la policía dejaron muertos y heridos, mientras Gordillo lograba escapar. Su capacidad para desaparecer y reaparecer en lugares inesperados aumentó su fama.

En Rosario también participó en asaltos que adquirieron repercusión pública. Uno de los objetivos fue la Compañía Nobleza de Tabacos, cuyas oficinas fueron atacadas en mayo de 1936. La audacia del golpe alimentó las crónicas periodísticas.

Los investigadores descubrieron conexiones entre los delincuentes y personas que les facilitaban información o protección. Gordillo llegó incluso a vincularse con sectores políticos locales y a aspirar a un cargo de juez de paz en Los Molinos, Santa Fe. El contraste era llamativo: un hombre perseguido por numerosos delitos intentaba presentarse también como candidato a una función pública.

La historia revela que el delito organizado no siempre actúa aislado. Puede encontrar refugio en complicidades, favores y silencios. Cuando quienes deben garantizar la ley ayudan a burlarla, la sociedad entera paga las consecuencias.

En agosto de 1936, la banda robó la recaudación de los mataderos municipales de Rosario. Para escapar, utilizó vehículos diferentes, incluido un automóvil de una empresa funeraria, cuyo aspecto podía facilitar el paso por los controles.

Meses después volvió a asaltar una joyería. Los investigadores siguieron el rastro de los vehículos y de algunos cómplices, mientras los pistoleros continuaban cambiando de refugio.

El asalto que precipitó la caída

A fines de 1936, Gordillo y sus compañeros continuaron recorriendo pueblos y caminos rurales. Los asaltos a comercios y automovilistas se multiplicaron. En algunas ocasiones, la violencia parecía desproporcionada respecto del botín obtenido.

Uno de los episodios más graves ocurrió en enero de 1937, cuando la banda se desplazaba por Córdoba. Un automóvil atropelló accidentalmente a un canillita, Ubelindo González, de unos once años. Los delincuentes le ofrecieron dinero por el incidente y se disponían a marcharse cuando apareció el cabo primero Santiago Pilar Contreras.

El policía quiso intervenir y llevarlos a la comisaría. Los asaltantes lo redujeron y lo obligaron a subir al automóvil. También se llevaron al niño y, durante la huida, secuestraron a otras personas.

La banda consiguió escapar y trasladar a sus cautivos entre distintos vehículos y escondites. El canillita y una mujer fueron liberados días después. Sin embargo, Contreras había sido asesinado: su cuerpo apareció con siete impactos de bala en la espalda.

El crimen provocó una conmoción que superó el ámbito policial. Ya no se trataba solamente de una sucesión de robos: los delincuentes habían secuestrado a un niño, privado de libertad a varias personas y asesinado a un agente que intentaba cumplir con su deber.

La persecución se intensificó. Las autoridades de distintas provincias buscaban a los integrantes de la banda, mientras los diarios publicaban noticias sobre sus movimientos y reclamaban medidas más eficaces.

El cerco comenzaba a cerrarse.

Carnaval y muerte en Mataderos

A comienzos de febrero de 1937, los investigadores consiguieron indicios de que Gordillo se encontraba en Buenos Aires. Algunas de las mujeres vinculadas sentimentalmente con los fugitivos habían alquilado una vivienda en el barrio de Mataderos.

La policía organizó vigilancias y recorridas para localizar a los hombres. Mientras tanto, la ciudad se preparaba para celebrar el Carnaval, con comparsas, disfraces y murgas que llenaban las calles de música y movimiento.

La tarde del 9 de febrero, durante los festejos, los policías identificaron a Gordillo y a Caprioli. Los dos intentaron escapar y se produjo un enfrentamiento armado.

Desde seis puntos, abiertos en abanico, parten los disparos. Gordillo está cercado. Nunca se había sentido tan solo. Nunca había experimentado aquel vértigo, ese vacío helado en el centro del estómago, cuando hasta el hombre más audaz comprende que ya no hay escapatoria.

De pronto, la esquina se llena de silencio. El arma, recalentada por los disparos, se le escapa de las manos y cae al suelo.

Detrás del árbol, el Pibe Cabeza se desploma. Y con él, lentamente, comienza a derrumbarse su leyenda.

Vecinos y policías se acercan al cuerpo. Algunos todavía parecen esperar que se levante, que vuelva a empuñar el arma, que intente una última fuga. Pero no. El Pibe ha muerto.

El oficial Antequena contempla el cadáver con una excitación que apenas puede disimular. Sabe que la bala que derribó a Gordillo salió de su arma. Lo mira con una extraña mezcla de rencor y lástima, como si frente a aquel cuerpo inmóvil se enfrentaran, por última vez, el perseguidor y su presa.

La policía ha terminado con el fugitivo. Pero otra historia acaba de comenzar.

Porque mientras los curiosos se amontonan alrededor del muerto, mientras los comentarios empiezan a correr de boca en boca y los diarios se preparan para contar el final, los secretos mecanismos del mito ya están en movimiento.

El hombre ha caído. La leyenda, en cambio, acaba de echarse a andar.

Del prontuario a la leyenda

La muerte de Gordillo no terminó con su historia. Por el contrario, comenzó otra etapa: la transformación del delincuente en personaje popular.

Los periódicos lo habían presentado como un enemigo público temible. Sin embargo, alrededor de su figura surgió una fascinación que resulta difícil de explicar. Algunos testimonios recogidos con posterioridad señalaron que en ciertos barrios despertaba respeto e incluso simpatía.

¿Por qué un hombre responsable de asaltos, amenazas y asesinatos podía convertirse en objeto de admiración?

Tal vez influyera la imagen del rebelde que desafiaba a la autoridad, la espectacularidad de sus fugas o la manera en que la prensa narraba sus aventuras. También pudo pesar la tradición del bandido que, en el imaginario popular, se enfrenta a los poderosos. Pero Gordillo no fue un héroe social ni un luchador por una causa política: su trayectoria estuvo marcada por el beneficio propio y la violencia.

El comisario Enrique Fentanes publicó en 1953 un libro dedicado al personaje. Décadas después, Leopoldo Torre Nilsson llevó su historia al cine en El Pibe Cabeza, estrenada en 1975, con Alfredo Alcón en el papel principal. Así, la crónica policial pasó a formar parte de la cultura popular argentina.

Hay una diferencia fundamental entre recordar un personaje y convertirlo en modelo. La historia del Pibe Cabeza permite conocer una época, los métodos de investigación policial, la circulación de armas y automóviles y las dificultades que enfrentaban las autoridades ante bandas que atravesaban varias provincias.

También invita a reflexionar sobre el poder de los medios para convertir a un delincuente en leyenda. La notoriedad no borra los delitos, y la audacia no transforma la crueldad en virtud.

La fama puede crecer donde la justicia se estremece; pero ninguna leyenda devuelve la vida a sus víctimas.

Cuarteta final

Del camino al callejón,
fue dejando su condena;
la violencia fue su pena,
y el final, su perdición.

MUJERES ALIENADAS EN LA ARGENTINA:

 


UNA LOCA HISTORIA

 Alienadas en la Colonia

Durante la época colonial, las mujeres que padecían trastornos mentales vivían una realidad difícil. La medicina todavía no comprendía estas enfermedades como lo hace hoy, y la locura solía explicarse mediante creencias religiosas, prejuicios y juicios morales. Quienes se apartaban de las conductas consideradas normales podían terminar aisladas de sus familias y de la sociedad.

La suerte de aquellas mujeres dependía también de su posición económica. Las familias acomodadas podían mantenerlas recluidas en sus hogares; las pobres, en cambio, quedaban más expuestas al abandono, la intervención de las autoridades y el encierro en instituciones religiosas o cárceles.

Se las llamaba alienadas, como si hubieran quedado apartadas de la razón y, por eso mismo, de la comunidad. La palabra reflejaba una época en la que resultaba más sencillo separar a quien era diferente que comprender su sufrimiento.

Como dice el refrán, «Ojos que no ven, corazón que no siente». Apartar a estas mujeres de la mirada pública podía tranquilizar a la sociedad, pero no solucionaba sus problemas.

De cepos, calabozos y otras hierbas

En la Buenos Aires colonial no existía una red especializada para atender a las personas consideradas dementes. La asistencia se repartía entre hospitales, conventos y establecimientos de reclusión. En determinados casos, la cárcel se convertía en destino de quienes alteraban el orden público o eran juzgadas como peligrosas.

Los cepos, las cadenas y los calabozos eran instrumentos de contención y castigo. No constituían tratamientos médicos en el sentido moderno, sino respuestas propias de una sociedad que veía la locura como una amenaza al orden establecido.

La pobreza, los conflictos familiares y la falta de protección agravaban la situación de muchas mujeres. Algunas permanecían encerradas durante largos períodos, sin perspectivas claras de recuperación.

Pero no toda conducta considerada extraña era necesariamente una enfermedad mental. La agitación, la desobediencia y el incumplimiento de las normas sociales podían confundirse con señales de locura. En una sociedad rígida, apartarse de lo establecido podía tener consecuencias graves, especialmente para las mujeres.

El primer loquero de Buenos Aires

Con el crecimiento de la ciudad, las autoridades comenzaron a organizar establecimientos para atender a la población enferma. Los primeros hospitales generales recibían también a personas consideradas dementes, que compartían espacios con otros enfermos y personas sin hogar.

La Residencia y posteriormente el Hospital General de Hombres desempeñaron un papel importante en la concentración de pacientes alienados. Sin embargo, aquellos establecimientos eran, al mismo tiempo, lugares de asistencia y de encierro.

La palabra popular loquero resume la imagen que quedó de estos sitios: espacios donde se reunía a quienes la sociedad no sabía cómo tratar.

La falta de recursos, las condiciones sanitarias deficientes y la escasez de personal especializado dificultaban la atención. Para las mujeres, el panorama era todavía más complejo, porque dependían de establecimientos femeninos y de instituciones de beneficencia.

Con el tiempo se avanzó hacia la creación de instituciones específicas. Pero, como suele decirse, «No todo lo que brilla es oro»: separar a las pacientes en un hospital especializado no garantizaba, por sí solo, una atención digna ni la desaparición de los prejuicios.

El Protomedicato y los primeros peritajes

El Protomedicato fue una institución fundamental para organizar y regular la práctica médica durante el período colonial. Su existencia representó un paso hacia una mayor intervención de las autoridades sanitarias, aunque las creencias religiosas y morales siguieran influyendo en la interpretación de las enfermedades.

La cuestión de la locura también adquirió importancia judicial. Era necesario determinar si una persona comprendía sus actos, podía administrar sus bienes o debía responder ante la justicia. Así comenzaron a cobrar relevancia los peritajes médicos.

Sin embargo, aquellos procedimientos estaban lejos de la psiquiatría actual. Los conocimientos eran limitados y los diagnósticos dependían de las concepciones de cada época.

En el caso de las mujeres, la obediencia, la moral sexual y el cumplimiento de las obligaciones familiares pesaban especialmente en la evaluación de sus conductas. La autoridad médica fue ganando espacio para decidir quién era considerado normal y quién debía ser apartado.

La historia nos obliga a mirar con cautela aquellos diagnósticos: detrás de cada expediente había una persona, una familia y un destino que podían quedar sujetos a decisiones difíciles de revertir.

El Hospital General de Mujeres y su depósito de alienadas

Durante mucho tiempo, las mujeres consideradas dementes fueron alojadas en el Hospital General de Mujeres, sin contar con un establecimiento exclusivo para su atención.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852, la Sociedad de Beneficencia volvió a desempeñar un papel importante en la administración de instituciones asistenciales. Tomasa Vélez Sarsfield, vinculada a la inspección del Hospital de Mujeres, advirtió sobre las condiciones de las enfermas y promovió la búsqueda de un lugar más apropiado.

Se habilitó un espacio conocido como Patio de Dementes, pero la solución resultó insuficiente. El aumento de las internaciones y la precariedad de las instalaciones dificultaban la atención.

La palabra depósito expresa una realidad inquietante: las mujeres eran alojadas y vigiladas, pero no siempre recibían los cuidados que necesitaban. La prioridad parecía ser mantenerlas bajo control antes que ofrecerles posibilidades de recuperación.

La creación de un establecimiento separado fue una respuesta a esa situación. Sin embargo, también inauguró una nueva etapa en la historia del encierro psiquiátrico femenino.

Locas y peligrosas

La asociación entre locura y peligrosidad influyó durante mucho tiempo en la manera de tratar a las personas con trastornos mentales. Quienes eran considerados peligrosos podían quedar sometidos a vigilancia y aislamiento, incluso cuando esa calificación no respondía a hechos violentos concretos.

En las mujeres, los prejuicios sociales podían adquirir un peso particular. Una conducta que desafiara las normas tradicionales de obediencia y sumisión podía interpretarse como señal de anormalidad.

Esto no significa que las enfermedades fueran imaginarias ni que todas las internaciones carecieran de justificación. Significa que debemos distinguir entre la enfermedad, el diagnóstico médico y los prejuicios culturales que podían influir en las decisiones.

En medio de aquella historia, vale detenerse en el destino de tantas mujeres cuya voz apenas aparece en los documentos:

Tras los muros se apagaba
una voz que nadie oía;
la sociedad la encerraba,
pero el dolor persistía.

La cuarteta recuerda que detrás de las rejas no había solamente expedientes o diagnósticos, sino seres humanos con temores, sentimientos y derechos.

De la Convalecencia al Hospital Moyano

En 1854 se organizó en Buenos Aires un establecimiento específico para las mujeres consideradas alienadas, en el predio conocido como la Convalecencia. La iniciativa estuvo vinculada a Tomasa Vélez Sarsfield, la Sociedad de Beneficencia y el médico Ventura Bosch.

En marzo de ese año se habilitó el establecimiento y fueron trasladadas allí las mujeres internadas en el Hospital General de Mujeres. Los registros históricos mencionan aproximadamente entre 64 y 68 pacientes en aquel traslado inicial.

La apertura representó un cambio importante: las mujeres disponían ahora de una institución destinada específicamente a su atención. Sin embargo, la especialización no eliminó las dificultades. La escasez de recursos y el aumento de la población internada volvieron a generar problemas de hacinamiento.

Durante las décadas siguientes se proyectaron nuevas instalaciones. En 1894 comenzaron las gestiones para construir un hospital de mayor capacidad, con pabellones y espacios organizados para atender a las pacientes. Las obras se prolongaron durante años y el establecimiento ampliado fue inaugurado en 1908.

A través de sucesivas transformaciones institucionales, aquel lugar se convirtió en antecedente del actual Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano.

El recorrido desde los calabozos coloniales hasta el hospital especializado muestra un cambio profundo en la historia de la asistencia sanitaria. Pero también revela la persistencia de problemas: recursos insuficientes, hacinamiento y una tendencia a resolver aquello que incomodaba a la sociedad mediante el aislamiento.

La historia de las mujeres alienadas es, en definitiva, la historia de muchas personas pobres, enfermas o desprotegidas cuya voz quedó relegada al silencio de los archivos.

Sentencia final

No hay razón que justifique
despojar a nadie de su dignidad;
la verdadera humanidad
se demuestra en cómo se cuida.

Una sociedad no se mide por la manera en que trata a quienes considera normales, sino por la dignidad y la compasión que brinda a quienes más necesitan su ayuda.

Carlos Bonserio. Recopilación basada en el artículo de Andrea Orozco y Valeria Dávila y en aportes de otros autores argentinos.