El pistolero que puso en jaque a la policía
En la Argentina de la década de 1930, cuando los caminos de tierra unían pueblos agrícolas, las noticias viajaban al ritmo del ferrocarril y los automóviles comenzaban a ser un signo de modernidad, un joven delincuente logró convertirse en uno de los pistoleros más famosos del país. Se llamaba Rogelio Gordillo, aunque la historia lo recordaría por un apodo que parecía salido de una novela policial: el Pibe Cabeza.
Su carrera criminal tuvo como escenario distintas localidades de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa. Con una banda organizada, automóviles modernos y armas de gran potencia, protagonizó asaltos, persecuciones y enfrentamientos que alimentaron las crónicas policiales de su tiempo. Su figura terminaría inspirando relatos, libros y una película de Leopoldo Torre Nilsson, estrenada en 1975 y protagonizada por Alfredo Alcón.
Pero detrás del personaje famoso hubo una vida breve, marcada por la violencia, las fugas y una persecución policial que terminó durante los festejos del Carnaval porteño.
De la peluquería a la cárcel
Rogelio Gordillo nació el 9 de junio de 1910 en Colón, provincia de Buenos Aires. Era hijo de una familia de chacareros. Tras la muerte de su padre, en 1926, la familia se trasladó a General Pico, en La Pampa. Allí, Rogelio aprendió el oficio de peluquero, una ocupación que le permitía ganarse la vida.
Sin embargo, su historia tomó otro rumbo cuando se enamoró de una joven llamada Juana Prado. La familia de ella se oponía al noviazgo y el conflicto terminó de manera violenta: Gordillo baleó a la madre de la muchacha y huyó con su enamorada a una chacra. La policía encontró a la pareja el 18 de febrero de 1928.
Todavía era menor de edad y recibió una condena de ocho meses de prisión por lesiones. Durante su encierro entró en contacto con delincuentes de mayor experiencia. Aquella cárcel, que debía servir para corregir su conducta, terminó acercándolo al mundo del delito.
Podría decirse, quien siembra vientos cosecha tempestades. Pero sería simplificar demasiado su historia atribuir toda su trayectoria a un solo episodio. Lo cierto es que, a partir de entonces, las detenciones y los robos comenzaron a repetirse.
En 1932 se trasladó a Rosario, ciudad que por su actividad portuaria, comercial e industrial ofrecía oportunidades para los negocios legales, pero también para el delito. Allí se relacionó con integrantes del ambiente criminal y participó en nuevos asaltos.
Ese mismo año fue detenido por un robo y recibió una condena de cuatro años de prisión. Salió en libertad condicional el 16 de agosto de 1935. Tenía apenas 25 años y todavía le quedaba por delante el período que lo haría famoso.
Una banda diferente
En aquellos tiempos, los asaltantes dependían de la sorpresa, de la intimidación y de la posibilidad de escapar antes de que llegara la policía. Gordillo llevó ese procedimiento a una escala más organizada.
Formó una banda cuyos integrantes se desplazaban en automóviles robados, utilizaban armas de fuego de gran potencia y procuraban cambiar de vehículo y de escondite para dificultar las investigaciones. Entre sus compañeros figuraban Antonio Caprioli, conocido como el Vivo, y Floreal Martínez, apodado el Nene, además de otros cómplices.
Las ametralladoras Thompson, armas automáticas de origen estadounidense, daban a los asaltantes una capacidad de fuego considerable. La banda podía irrumpir en un comercio o una oficina, reducir a sus ocupantes y emprender la fuga en pocos minutos.
La novedad no residía solamente en las armas, sino también en la organización y la movilidad. Los delincuentes cruzaban límites provinciales, cambiaban los automóviles y aprovechaban las dificultades de coordinación entre las distintas policías.
Una banda relativamente pequeña podía así mantener en jaque a los investigadores de varias jurisdicciones.
Pero conviene no confundir eficacia criminal con valentía ni con inteligencia puesta al servicio del bien común. Detrás de la espectacularidad de los golpes había personas amenazadas, trabajadores expuestos a la violencia y familias que padecían sus consecuencias.
La persecución se extiende
Después de recuperar la libertad, Gordillo volvió rápidamente a los robos. Durante 1935 y 1936, él y sus compañeros protagonizaron distintos asaltos en La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires.
En octubre de 1935, la banda atacó la estancia La Chapela, en La Pampa. Los enfrentamientos posteriores con la policía dejaron muertos y heridos, mientras Gordillo lograba escapar. Su capacidad para desaparecer y reaparecer en lugares inesperados aumentó su fama.
En Rosario también participó en asaltos que adquirieron repercusión pública. Uno de los objetivos fue la Compañía Nobleza de Tabacos, cuyas oficinas fueron atacadas en mayo de 1936. La audacia del golpe alimentó las crónicas periodísticas.
Los investigadores descubrieron conexiones entre los delincuentes y personas que les facilitaban información o protección. Gordillo llegó incluso a vincularse con sectores políticos locales y a aspirar a un cargo de juez de paz en Los Molinos, Santa Fe. El contraste era llamativo: un hombre perseguido por numerosos delitos intentaba presentarse también como candidato a una función pública.
La historia revela que el delito organizado no siempre actúa aislado. Puede encontrar refugio en complicidades, favores y silencios. Cuando quienes deben garantizar la ley ayudan a burlarla, la sociedad entera paga las consecuencias.
En agosto de 1936, la banda robó la recaudación de los mataderos municipales de Rosario. Para escapar, utilizó vehículos diferentes, incluido un automóvil de una empresa funeraria, cuyo aspecto podía facilitar el paso por los controles.
Meses después volvió a asaltar una joyería. Los investigadores siguieron el rastro de los vehículos y de algunos cómplices, mientras los pistoleros continuaban cambiando de refugio.
El asalto que precipitó la caída
A fines de 1936, Gordillo y sus compañeros continuaron recorriendo pueblos y caminos rurales. Los asaltos a comercios y automovilistas se multiplicaron. En algunas ocasiones, la violencia parecía desproporcionada respecto del botín obtenido.
Uno de los episodios más graves ocurrió en enero de 1937, cuando la banda se desplazaba por Córdoba. Un automóvil atropelló accidentalmente a un canillita, Ubelindo González, de unos once años. Los delincuentes le ofrecieron dinero por el incidente y se disponían a marcharse cuando apareció el cabo primero Santiago Pilar Contreras.
El policía quiso intervenir y llevarlos a la comisaría. Los asaltantes lo redujeron y lo obligaron a subir al automóvil. También se llevaron al niño y, durante la huida, secuestraron a otras personas.
La banda consiguió escapar y trasladar a sus cautivos entre distintos vehículos y escondites. El canillita y una mujer fueron liberados días después. Sin embargo, Contreras había sido asesinado: su cuerpo apareció con siete impactos de bala en la espalda.
El crimen provocó una conmoción que superó el ámbito policial. Ya no se trataba solamente de una sucesión de robos: los delincuentes habían secuestrado a un niño, privado de libertad a varias personas y asesinado a un agente que intentaba cumplir con su deber.
La persecución se intensificó. Las autoridades de distintas provincias buscaban a los integrantes de la banda, mientras los diarios publicaban noticias sobre sus movimientos y reclamaban medidas más eficaces.
El cerco comenzaba a cerrarse.
Carnaval y muerte en Mataderos
A comienzos de febrero de 1937, los investigadores consiguieron indicios de que Gordillo se encontraba en Buenos Aires. Algunas de las mujeres vinculadas sentimentalmente con los fugitivos habían alquilado una vivienda en el barrio de Mataderos.
La policía organizó vigilancias y recorridas para localizar a los hombres. Mientras tanto, la ciudad se preparaba para celebrar el Carnaval, con comparsas, disfraces y murgas que llenaban las calles de música y movimiento.
La tarde del 9 de febrero, durante los festejos, los policías identificaron a Gordillo y a Caprioli. Los dos intentaron escapar y se produjo un enfrentamiento armado.
Desde seis puntos, abiertos en abanico, parten los disparos. Gordillo está cercado. Nunca se había sentido tan solo. Nunca había experimentado aquel vértigo, ese vacío helado en el centro del estómago, cuando hasta el hombre más audaz comprende que ya no hay escapatoria.
De pronto, la esquina se llena de silencio. El arma, recalentada por los disparos, se le escapa de las manos y cae al suelo.
Detrás del árbol, el Pibe Cabeza se desploma. Y con él, lentamente, comienza a derrumbarse su leyenda.
Vecinos y policías se acercan al cuerpo. Algunos todavía parecen esperar que se levante, que vuelva a empuñar el arma, que intente una última fuga. Pero no. El Pibe ha muerto.
El oficial Antequena contempla el cadáver con una excitación que apenas puede disimular. Sabe que la bala que derribó a Gordillo salió de su arma. Lo mira con una extraña mezcla de rencor y lástima, como si frente a aquel cuerpo inmóvil se enfrentaran, por última vez, el perseguidor y su presa.
La policía ha terminado con el fugitivo. Pero otra historia acaba de comenzar.
Porque mientras los curiosos se amontonan alrededor del muerto, mientras los comentarios empiezan a correr de boca en boca y los diarios se preparan para contar el final, los secretos mecanismos del mito ya están en movimiento.
El hombre ha caído. La leyenda, en cambio, acaba de echarse a andar.
Del prontuario a la leyenda
La muerte de Gordillo no terminó con su historia. Por el contrario, comenzó otra etapa: la transformación del delincuente en personaje popular.
Los periódicos lo habían presentado como un enemigo público temible. Sin embargo, alrededor de su figura surgió una fascinación que resulta difícil de explicar. Algunos testimonios recogidos con posterioridad señalaron que en ciertos barrios despertaba respeto e incluso simpatía.
¿Por qué un hombre responsable de asaltos, amenazas y asesinatos podía convertirse en objeto de admiración?
Tal vez influyera la imagen del rebelde que desafiaba a la autoridad, la espectacularidad de sus fugas o la manera en que la prensa narraba sus aventuras. También pudo pesar la tradición del bandido que, en el imaginario popular, se enfrenta a los poderosos. Pero Gordillo no fue un héroe social ni un luchador por una causa política: su trayectoria estuvo marcada por el beneficio propio y la violencia.
El comisario Enrique Fentanes publicó en 1953 un libro dedicado al personaje. Décadas después, Leopoldo Torre Nilsson llevó su historia al cine en El Pibe Cabeza, estrenada en 1975, con Alfredo Alcón en el papel principal. Así, la crónica policial pasó a formar parte de la cultura popular argentina.
Hay una diferencia fundamental entre recordar un personaje y convertirlo en modelo. La historia del Pibe Cabeza permite conocer una época, los métodos de investigación policial, la circulación de armas y automóviles y las dificultades que enfrentaban las autoridades ante bandas que atravesaban varias provincias.
También invita a reflexionar sobre el poder de los medios para convertir a un delincuente en leyenda. La notoriedad no borra los delitos, y la audacia no transforma la crueldad en virtud.
La fama puede crecer donde la justicia se estremece; pero ninguna leyenda devuelve la vida a sus víctimas.
Cuarteta final
Del camino al callejón,
fue dejando su condena;
la violencia fue su pena,
y el final, su perdición.





