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miércoles, 14 de octubre de 2026

PUERTO QUEQUÉN: PONGAN LAS BARBAS EN REMOJO



Después no digan que no les avisamos

El nuevo presidente del Consorcio de Gestión de Puerto Quequén y el gobernador de la provincia harían bien en poner las barbas en remojo. Después no digan que nadie les avisó.

Son las siete de la mañana y hoy vamos a abordar un tema que puede resultar polémico. Todo nuestro planteo se sostiene sobre una pregunta fundamental:

¿Cómo es posible que, frente a los problemas de conducción y las oportunidades de desarrollo que tiene Puerto Quequén, no se advierta una política más firme, planificada y eficaz?

No pretendemos tener todas las respuestas. Pero tenemos derecho a preguntar, analizar y exigir explicaciones. Una cosa es formular una acusación sin pruebas y otra muy distinta es señalar problemas que merecen ser investigados y corregidos.

La conducción y sus responsabilidades

En primer lugar, corresponde revisar la estructura jerárquica del puerto, las remuneraciones, las funciones asignadas y los resultados obtenidos. ¿Cada puesto está ocupado por personal con la formación, la experiencia y la capacidad necesarias? ¿Existen criterios transparentes para las designaciones y evaluaciones?

También es razonable preguntar si los vínculos personales o familiares pueden influir en esas decisiones. No afirmamos que exista una irregularidad por el solo hecho de que haya relaciones personales: reclamamos que la idoneidad sea el criterio principal y que las designaciones puedan justificarse con información verificable.

En una institución estratégica, las cuentas claras conservan la amistad. La sociedad tiene derecho a conocer cómo se utilizan los recursos y qué resultados obtiene a cambio.

Mientras tanto, dentro del puerto se acumulan preocupaciones. Y como dice el refrán, quien siembra vientos cosecha tempestades.

Durante la presidencia de Jorge Álvaro, según nuestra apreciación, hubo mayor tranquilidad en determinados aspectos de la gestión. Consideramos que procuraba anticiparse a los conflictos gremiales y buscar soluciones antes de que los problemas se agravaran. Esa experiencia merece ser examinada, porque en la actividad portuaria la prevención y el diálogo son fundamentales.

Más vale prevenir que curar.

El paro de camiones: ¿se pudo evitar?

El paro de camiones ocurrido este año dejó una enseñanza que no deberíamos ignorar: los conflictos portuarios pueden tener consecuencias que van mucho más allá de las partes involucradas.

En un país con inflación, los desacuerdos por tarifas, costos operativos y condiciones de trabajo son previsibles. Por eso sostenemos que una conducción experimentada, respaldada por asesores idóneos y conocedores de la actividad, debería anticiparse a esas dificultades.

¿Se pueden eliminar todos los conflictos? No sería serio garantizarlo. Pero sí se puede trabajar para prevenir los evitables, negociar antes de llegar a una paralización y reducir sus consecuencias.

La experiencia de un presidente se demuestra, sobre todo, en su capacidad para anticiparse a los problemas, no solamente en su reacción cuando ya estallaron.

A nuestro entender, la falta de experiencia y de asesoramiento técnico adecuado pudo haber contribuido a que el conflicto llegara a ese punto. Para establecer las responsabilidades concretas, naturalmente, habría que examinar las negociaciones, las decisiones adoptadas y la actuación de las partes.

Un puerto paralizado afecta a transportistas, productores, empresas y trabajadores; puede comprometer exportaciones y perjudicar el ingreso de divisas. En una Argentina que necesita generar actividad y empleo, estos riesgos requieren la máxima atención.

Señor gobernador: usted también debe responder

Aquí hay una responsabilidad política que no podemos pasar por alto.

El gobernador interviene en la designación de las autoridades del Consorcio. Por eso, además de elegir a quien considera adecuado, debe evaluar su desempeño y exigirle resultados. No alcanza con nombrar a un presidente y esperar que los problemas se resuelvan solos.

Además, el Gobierno provincial dispone de herramientas políticas e institucionales para facilitar el diálogo entre los sectores involucrados, contribuir a prevenir conflictos y coordinar políticas de desarrollo.

Esto no significa que el gobernador pueda resolver unilateralmente cada disputa. Significa que tiene la responsabilidad de utilizar sus atribuciones para promover soluciones y controlar la gestión de quienes designa.

Si la conducción no está a la altura de las circunstancias, corresponde revisar el rumbo. Quien tiene la responsabilidad de elegir también debe hacerse cargo de evaluar los resultados.

Por eso le preguntamos: ¿Qué plan tiene la provincia para que Puerto Quequén deje de administrar solamente la actividad cotidiana y se convierta en un verdadero motor de desarrollo regional?

Un puerto necesita proyectos, no solamente anuncios

Puerto Quequén necesita una relación permanente con los sectores productivos de su hinterland, es decir, su zona de influencia económica. Debe promover acuerdos con universidades, municipios, empresas pesqueras y otros actores productivos.

También es necesario estudiar la modernización ferroviaria, mejorar los caminos y evaluar la incorporación de una estación de contenedores que facilite el transporte de mercaderías con mayor valor agregado.

No basta con enumerar proyectos. Hay que analizar su viabilidad, calcular costos, buscar financiamiento y establecer plazos de ejecución.

Se anunciaron iniciativas que despertaron expectativas. Entre ellas, el soterramiento de las líneas eléctricas de alta tensión y el nuevo puente Ezcurra, que podría tener relevancia para la integración y la logística portuaria. Sus respectivos estados y posibilidades de concreción merecen información pública y actualizada.

Porque del dicho al hecho hay mucho trecho. Los anuncios no mejoran por sí solos la infraestructura ni crean puestos de trabajo. La comunidad necesita saber qué se hará, cuándo, con qué recursos y bajo qué responsabilidades.

Y llegamos a la pregunta central de este video:

¿Cuándo va a volver Puerto Quequén a ser un punto de desarrollo significativo para toda la región y no solamente una estructura dedicada a sostener su funcionamiento cotidiano?

Idoneidad, transparencia y desarrollo

Para conducir un puerto de esta importancia hacen falta conocimientos de comercio exterior, logística, infraestructura y negocios portuarios. La política es necesaria para establecer prioridades y construir acuerdos, pero no puede reemplazar la capacidad técnica.

El licenciado Luis Musolino, a quien identificamos por sus conocimientos en materia portuaria, ha puesto el acento en la importancia de la preparación para conducir instituciones de esta naturaleza. Compartimos ese criterio: los cargos deben responder a las necesidades de la institución y no convertirse en premios o soluciones personales.

Del mismo modo, los contratos, los gastos y las decisiones administrativas deben poder examinarse. Si existen dudas, hay que aclararlas con documentos, controles y rendición de cuentas. No corresponde dar por probados hechos que no se han demostrado, pero tampoco ignorar preguntas legítimas.

Puerto Quequén tiene una ubicación estratégica, una importante zona productiva y capacidad para contribuir al crecimiento de Necochea, Quequén y toda la región. Sin embargo, el potencial no se transforma automáticamente en prosperidad: hacen falta planificación, inversiones, coordinación y continuidad.

Una advertencia que todavía puede ser escuchada

Señor gobernador: usted tiene la responsabilidad política de exigir una gestión eficiente y de utilizar sus atribuciones para impulsar los cambios necesarios. Al nuevo presidente del Consorcio le corresponde demostrar que cuenta con la experiencia, el equipo y la capacidad para cumplir esa tarea.

No queremos que el puerto fracase. Queremos que crezca, genere trabajo, aumente las oportunidades para las empresas de la región y contribuya al desarrollo nacional.

No estamos anunciando una catástrofe. Estamos señalando riesgos y reclamando medidas preventivas. Gobernar es prever, corregir a tiempo es demostrar inteligencia y escuchar las críticas también forma parte de una gestión responsable.

Por eso terminamos con dos preguntas:

¿Están las autoridades preparadas para anticiparse a los conflictos y desarrollar todo el potencial de Puerto Quequén?

¿Quién asumirá la responsabilidad política si se dejan pasar las oportunidades y una crisis evitable termina perjudicando a toda la región?

Todavía están a tiempo de demostrar que pueden cambiar el rumbo.

Pongan las barbas en remojo. Después no digan que no les avisamos.

 

martes, 13 de octubre de 2026

HISTORIA SECRETA DE LA HOTELERIA DE NECOCHEA


Del esplendor de los grandes hoteles al recuerdo de una época

Cuando hablamos de la historia de Necochea, recordamos sus playas, el Parque Miguel Lillo, el puerto y aquellos veranos que marcaron a varias generaciones. Pero hay otra historia que merece ser contada: la de sus hoteles, aquellos establecimientos que recibieron a los primeros viajeros y acompañaron el crecimiento turístico de nuestra ciudad.

Porque, como dice el refrán, cada pueblo tiene su historia y cada historia guarda sus secretos.

Los primeros pasos

Necochea fue fundada el 12 de octubre de 1881 y, casi desde sus comienzos, necesitó lugares donde alojar a comerciantes, viajantes y familias que llegaban a conocer la nueva población.

Uno de los primeros establecimientos fue el Hotel El Progreso, que ya existía en 1882.

Poco después, el mar comenzó a convertirse en el gran atractivo. En 1883, Julián Azúa impulsó una primitiva casa de baños y, posteriormente, el establecimiento conocido como San Sebastián Argentino.

Así comenzaba a tomar forma una actividad que con el tiempo sería fundamental para la economía local: el turismo.

Las comodidades eran modestas, los caminos difíciles y viajar exigía paciencia. Pero Necochea tenía algo extraordinario: sus extensas playas y ese horizonte marino que invitaba a quedarse.

Como suele decirse, el que siembra, cosecha. Aquellos pioneros sembraron una idea que las generaciones siguientes se encargarían de desarrollar.

El esplendor de los grandes hoteles

Con la llegada del siglo XX, la hotelería necochense comenzó a vivir una etapa de crecimiento.

En 1908 se inauguró el Hotel Necochea, un establecimiento de importancia que contaba con numerosas habitaciones, restaurante y amplios salones para reuniones y actividades sociales.

Otro protagonista fue el Hotel Marino, ligado a la familia de José Marino y Genoveva Piloni, cuya trayectoria hotelera había comenzado en 1887. El edificio de la avenida 79 y calle 4, inaugurado en 1910, se convirtió en un símbolo de aquella época.

También se destacó el Hotel París, sucesor del antiguo San Sebastián Argentino.

Aquellos hoteles eran mucho más que un lugar para pasar la noche. Sus comedores reunían a los huéspedes, sus salones eran escenario de encuentros y sus habitaciones recibían a familias que, muchas veces, regresaban cada verano.

Eran tiempos en los que las vacaciones podían durar semanas y el hotel formaba parte de la experiencia turística.

¡Cuántas amistades habrán nacido alrededor de una mesa y cuántos recuerdos habrán quedado guardados entre aquellas paredes!

Porque, como dice el viejo dicho, recordar es volver a vivir.

Los hoteles del centro

La actividad hotelera no se limitaba a la zona de playa. En el centro también florecieron establecimientos que recibían a comerciantes, viajantes y pasajeros.

Entre los nombres recordados aparecen el Liverpool, el Grand Hotel, el Vasconia y el España, posteriormente conocido también como Central.

La llegada del ferrocarril en 1894 favoreció el movimiento de personas y mercaderías. La estación era una puerta de entrada a la ciudad y los hoteles céntricos acompañaban esa actividad.

Mientras algunos turistas llegaban buscando el mar, otros venían por negocios, trabajo o asuntos familiares.

Así, la hotelería se convirtió en parte de la vida cotidiana y del desarrollo económico de Necochea.

Cuando comenzaron a cambiar los tiempos

Con el correr de las décadas, el turismo se fue transformando. Las vacaciones comenzaron a estar al alcance de más familias y crecieron los hoteles familiares, las pensiones y los alojamientos de distintas categorías.

Uno de los grandes establecimientos de esa etapa fue el Hotel Atlántico, inaugurado en 1928. Contaba con más de cien habitaciones y amplios salones. Sin embargo, en 1958 dejó de funcionar como hotel y el edificio pasó a utilizarse como departamentos.

El Hotel Trocadero, por su parte, funcionó hasta 1979, cuando el lugar dio paso al desarrollo del Paseo Centenario.

Y en 1961 llegaron dos pérdidas importantes para el patrimonio hotelero: fueron demolidos el Hotel Necochea y el Hotel París.

Los tiempos habían cambiado. Los departamentos y las casas de alquiler ganaban terreno, mientras los costos y las nuevas costumbres modificaban el negocio hotelero.

Como dice el refrán, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, aunque en este caso no se trató solamente de dificultades: también cambió la manera de vacacionar.

El ocaso y la memoria

Cuando desaparece un hotel, no se pierde solamente un edificio. También se van historias de propietarios, empleados, cocineros, mozos y mucamas; recuerdos de familias y anécdotas de quienes pasaron allí sus vacaciones.

¿Cuántos chicos habrán conocido el mar por primera vez alojados en alguno de aquellos hoteles? ¿Cuántas familias habrán regresado año tras año al mismo establecimiento? ¿Cuántas historias de amor habrán comenzado durante un verano necochense?

Muchas de esas vivencias nunca quedaron escritas. Sobreviven en fotografías amarillentas y en la memoria de quienes tuvieron la suerte de conocer aquella época.

Por eso es importante recuperar testimonios, nombres, fechas y documentos. Cada recuerdo puede aportar una pieza a este rompecabezas de nuestra historia.

Porque, como dice otro viejo refrán, nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Necochea sigue siendo una ciudad turística, pero conocer su pasado nos ayuda a comprender cuánto esfuerzo hubo detrás de su desarrollo. Los hoteles de ayer fueron protagonistas de una época que merece ser recordada.

Los edificios pueden desaparecer, los negocios cerrar y las generaciones pasar. Pero mientras alguien conserve una fotografía o relate una anécdota, una parte de aquella historia seguirá viva.

Si conociste alguno de estos hoteles o guardás algún recuerdo familiar, compartilo en los comentarios. Entre todos podemos reconstruir la memoria de nuestra ciudad.

Y si te gustan estas historias, suscribite a Secretos de Necochea y Quequén.

 Los hoteles que se fueron

Se fueron los hoteles de antaño,
con sus historias de amor y amistad;
quedó la nostalgia de aquellos veranos,
sus voces dormidas en la inmensidad.
Necochea los guarda en su memoria,
¡porque un pueblo sin recuerdos pierde su historia!

Apogeo y ocaso de la hotelería turística en Quequén

 



Frente a la Prefectura de Quequén, la familia Díaz Llanos había instalado una pensión en una antigua casa donde se alojaban los trabajadores de los elevadores de la empresa Bunge y Born. Esta actividad se mantuvo hasta 1939, año en que la familia se radicó en San Cayetano.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, regresaron y abrieron un comercio dedicado a la provisión de los barcos. Con el paso de los años, la familia Díaz Llanos tuvo una participación destacada en la hotelería de Quequén, llegando a ser propietaria de tres de los once establecimientos que recordamos en esta historia.

En 1948 construyeron el Hotel Nueva Pompeya (1), sobre la avenida Almirante Brown. El establecimiento comenzó con veinte habitaciones y posteriormente incorporó diez más. En años siguientes se construyó, a su lado y sobre la misma avenida, el Hotel Mauna Loa (2). También perteneció a la familia el Hotel Continental (3).

El Hotel Turbión (4) fue construido por Raimundo. Durante la década de 1950 se realizaron allí varias fiestas. Más adelante pasó a manos del doctor Bicoff, quien cambió su nombre por el de Colonia Infantil Pinocho.

El señor Divito, de Necochea, había construido el Hotel Costa Azul (5), que posteriormente vendió al doctor Bicoff. Este volvió a cambiarle el nombre, denominándolo Ciervo Azul, y lo destinó a colonia infantil.

El Hotel Venturi (6), propiedad de don Luis Venturi, funcionó durante las décadas de 1950 y 1960. Recibía a empleados de la empresa eléctrica CADE, que enviaba a sus hijos a la colonia que tenía la compañía en el predio donde hoy se encuentra la UNICEN. También se alojaban allí turistas en general.

El Gran Hotel Quequén (7), fundado en 1894 por Juan Larraburu y Joaquín Arano, fue uno de los establecimientos históricos de la localidad.

El Hotel del Faro (8), construido aproximadamente hacia 1920, pertenecía a españoles de la familia de don Francisco Balinotti.

También funcionaba como alojamiento veraniego la pensión instalada en la casona de la familia Carballido (9).

En las proximidades de la estación ferroviaria se encontraba el Hotel Estación (10), que recibía a numerosos viajantes de comercio que recorrían la zona ofreciendo sus productos.

Por último, en la zona de las torres estaba la pensión La Martita (11), propiedad del señor Oberto, donde se alojaban familias que llegaban para trabajar durante la temporada.

El esplendor de los años sesenta

Durante la década de 1960, Quequén brillaba con un turismo de buen poder adquisitivo, de características selectas. Parte de su hotelería recibía a artistas, pintores, escritores, críticos y políticos.

Dentro de ese segmento se encontraban los tres establecimientos de la familia Díaz Llanos, la Casona Carballido, el Hotel Quequén y el Hotel del Faro.

Por su parte, el Hotel Venturi alojaba tanto a empleados de la empresa eléctrica como a turistas en general. Pinocho y Ciervo Azul funcionaban como colonias infantiles, mientras que el Hotel Estación atraía a numerosos viajantes que desarrollaban sus actividades comerciales en la región.

Eran tiempos en los que Quequén tenía una importante actividad turística y una identidad propia. Los hoteles formaban parte de ese movimiento y contribuían a la economía local.

Como dice el refrán, «Todo tiempo pasado fue mejor», aunque quizás no haya sido necesariamente mejor para todos. Lo cierto es que aquella época dejó recuerdos que todavía perduran entre quienes la conocieron.

Comienza la decadencia

La decadencia de la hotelería turística comenzó a hacerse visible a mediados de la década de 1970.

Los establecimientos tenían dificultades para modernizarse debido a la falta de servicios esenciales. La ausencia de cloacas, gas, teléfonos, agua corriente y pavimentos en los accesos constituía un obstáculo para mantener una oferta hotelera acorde con las nuevas exigencias del turismo.

Al mismo tiempo, el balneario fue perdiendo el esplendor de su rambla, que había llegado a contar con restaurante y pileta climatizada de agua salada.

El ferrocarril, que durante tantos años había sido un medio importante para llegar a Quequén, comenzó a reducir sus frecuencias. Los viajes demoraban cada vez más debido al mal estado de los rieles. En contraposición, proliferaban las compañías de micros de larga distancia, aunque sus tarifas eran superiores.

A estos inconvenientes se sumó el crecimiento de otros balnearios que ofrecían nuevas instalaciones y mejores servicios. Pinamar fue uno de los destinos que se beneficiaron con la apertura de la ruta 11, que facilitó el acceso desde la Capital Federal, situada a unos 300 kilómetros.

Mientras otros centros turísticos avanzaban, Quequén no conseguía resolver sus problemas de infraestructura. La falta de inversiones y las dificultades para competir fueron restándoles rentabilidad a los hoteles.

Y cuando un negocio deja de ser rentable, por más historia y esfuerzo que haya detrás, mantener sus puertas abiertas se vuelve cada vez más difícil.

Así, uno a uno, los establecimientos comenzaron a cerrar.

El Nueva Pompeya, el Mauna Loa, el Continental, el Turbión, el Costa Azul, el Venturi y los demás hoteles y pensiones fueron quedando atrás, como testimonios de una época en la que Quequén ocupaba un lugar destacado entre los destinos turísticos de la costa bonaerense.

El refrán lo resume con sencillez: «Agua que no has de beber, déjala correr». Pero en este caso, lo que corrió fue el tiempo, y con él se fueron oportunidades que quizá hubieran permitido conservar parte de aquella infraestructura turística.

Hoy, al recordar estos once establecimientos, no pretendemos quedarnos solamente con la nostalgia. También buscamos reconstruir una etapa de nuestra historia local, comprender las razones de su decadencia y preservar los nombres de quienes, con sus emprendimientos, contribuyeron al desarrollo de Quequén.

Porque detrás de cada hotel hubo trabajo, inversión y proyectos de futuro. Y detrás de cada cierre quedó una parte de aquel Quequén que supo recibir visitantes y ofrecerles algo más que una habitación frente al mar.

Como expresa la poesía, el tiempo puede borrar las huellas, pero no siempre consigue borrar los recuerdos.

Quequén tuvo su época de esplendor hotelero. Conocerla y contarla es una manera de mantener viva su historia.

lunes, 12 de octubre de 2026

YO PEDÍ DISCULPAS, PERO ÉL NO PARÓ




Todo comenzó con una maniobra desafortunada.

Manejaba por una avenida cuando, al cambiar de carril, encerré involuntariamente a un motociclista. Tuvo que frenar bruscamente. Me di cuenta del error y levanté la mano para pedirle disculpas.

Pero aquel hombre no quería disculpas.

—¡¿Qué hacés, hijo de puta?! ¡¿Me querés matar?!

No contesté. Le hice otro gesto para que entendiera que había sido un error y seguí mi camino.

Pensé que todo terminaría ahí.

Me equivoqué.

La moto apareció detrás de mí. Se puso a mi altura, me insultó y golpeó la carrocería. No respondí. Doblé por otra calle, con la esperanza de que se cansara y siguiera su camino.

Pero no se cansaba.

Me seguía como si le hubiera cometido la peor ofensa de su vida.

Busqué una avenida más transitada. No quería problemas. No quería pelear. No quería bajarme del auto a discutir con un desconocido que parecía fuera de sí.

Solo quería llegar a mi casa.

El motociclista volvió a adelantarse y me obligó a frenar. Se bajó, se acercó a mi ventanilla y me desafió.

—¡Bajate! ¡Bajate si sos hombre!

Traté de mantener la calma. No abrí la puerta. Esperé a que se apartara y continué.

Pero volvió a perseguirme.

En ese momento comprendí que ya no estaba discutiendo por una maniobra de tránsito. Estaba frente a alguien que había decidido que no me dejaría en paz.

Sentí miedo. Sí, miedo. Porque uno puede ser prudente, pedir disculpas y evitar las provocaciones, pero no puede controlar lo que decide hacer otra persona.

Miré a mi alrededor buscando ayuda. Quería llegar a un lugar seguro. Quería que alguien interviniera. Quería que todo aquello terminara.

Y entonces ocurrió lo que había intentado evitar desde el primer minuto.

En medio de la persecución, una maniobra desesperada terminó con la moto en el suelo.

Frené. El ruido del impacto todavía resonaba en mis oídos. La gente comenzó a gritar. Alguien llamó a una ambulancia.

Me quedé inmóvil, mirando la escena.

Yo había cometido un error al volante. Lo había reconocido y había pedido disculpas. Después había intentado alejarme una y otra vez.

Pero él no había parado.

Ahora, sin embargo, ya no importaba quién había empezado la discusión. Había una persona herida y un hecho que tendría que ser investigado. La Justicia debería determinar qué había sucedido y quién era responsable de cada decisión.

Mientras esperaba a la policía, pensé en lo absurdo de todo aquello.

Dos personas habían comenzado un episodio de tránsito. Una había intentado terminarlo con una disculpa. La otra había decidido prolongarlo hasta convertirlo en una tragedia.

Y me hice una pregunta que todavía no podía responder:

¿Hasta dónde puede llegar la irresponsabilidad de una persona cuando su orgullo vale más que la vida de los demás?

Porque en la calle podemos equivocarnos todos. Podemos encerrarnos, frenar mal, cometer una imprudencia.

Lo que no deberíamos hacer es convertir un error en una persecución.

Yo había querido evitar una pelea.

Pero aquella tarde aprendí que, cuando alguien pierde el control, las consecuencias pueden ser irreversibles para todos.

viernes, 9 de octubre de 2026

ARGENTINA: ¿UN PAÍS EN DECADENCIA O UN PARAÍSO QUE NO SABEMOS VALORAR?

 


¿Por qué llegan inmigrantes e inversores a un país que tantos argentinos consideran un fracaso?

Hay una pregunta que merece una reflexión más profunda: si la Argentina es ese desastre económico que algunos describen, ¿por qué sigue atrayendo a inmigrantes, empresarios e inversores de distintas partes del mundo?

Algo no termina de cerrar en ese razonamiento. Si nuestro país fuera tan mediocre, tan pobre en oportunidades y tan carente de futuro como pretenden hacernos creer, ¿por qué hay personas que abandonan sus lugares de origen para instalarse aquí? ¿Y por qué otros, que ya tienen dinero, buscan invertir en nuestras tierras, propiedades y recursos naturales?

No se trata de negar la realidad. La inflación, la pobreza, los salarios insuficientes y las crisis recurrentes son problemas concretos que padecen millones de argentinos. Pero una cosa es reconocer las dificultades de una nación y otra muy diferente es convencernos de que esa nación carece de valor.

Un país puede tener una economía débil y, al mismo tiempo, poseer una riqueza extraordinaria.

El error consiste en confundir la pobreza de una parte de sus habitantes con la pobreza del territorio que habitan. Y esa confusión puede resultar muy conveniente para quienes saben reconocer las oportunidades que aparecen cuando los demás solamente ven desgracias.

Los que llegan y los que se van

La Argentina ha sido históricamente un país de inmigrantes. Millones de personas llegaron desde Europa y otros lugares del mundo buscando trabajo, tierras y un futuro para sus hijos. Muchos encontraron aquí oportunidades que no tenían en sus países de origen y contribuyeron a construir la nación que hoy conocemos.

En la actualidad, los motivos son diversos. Algunos llegan para trabajar, otros para estudiar, reunirse con sus familias o encontrar mejores condiciones de vida. La educación pública, la atención sanitaria pública y determinadas políticas sociales pueden representar ventajas importantes para quienes provienen de lugares donde el acceso a esos servicios resulta más difícil.

Eso no significa que todo funcione bien ni que cualquier extranjero tenga automáticamente derecho a todas las prestaciones. Significa que la Argentina conserva recursos e instituciones que pueden resultar atractivos para quienes buscan una oportunidad.

También hay argentinos que emigran porque no encuentran aquí los ingresos o la estabilidad que desean. Pero eso no demuestra que los países a los que se marchan sean mejores en todos los aspectos. Cada persona compara oportunidades, necesidades y expectativas.

La emigración no es un concurso que determine qué país es el mejor del mundo. Sin embargo, los movimientos migratorios nos obligan a preguntarnos qué ofrece cada sociedad y qué posibilidades brinda a sus habitantes.

La Argentina atrae tanto a personas con pocos recursos como a otras con grandes capitales, aunque por razones diferentes.

Los primeros pueden buscar empleo, educación, servicios públicos o una vida más segura. Los segundos pueden interesarse por nuestras tierras fértiles, los inmuebles, el turismo, la energía, los minerales y las posibilidades de desarrollar negocios.

No todos los inversores extranjeros buscan aprovecharse de una crisis. Muchos aportan tecnología, crean empleo y desarrollan actividades productivas. Pero tampoco debemos ser ingenuos: el capital busca oportunidades y, cuando una economía atraviesa dificultades, esas oportunidades pueden multiplicarse.

La riqueza que tenemos delante

La Argentina posee agua dulce, tierras fértiles, recursos energéticos, minerales, bosques, biodiversidad y una extensa costa marítima. Tiene una enorme diversidad climática, desde regiones subtropicales hasta territorios fríos, desde las grandes llanuras agrícolas hasta las montañas y los paisajes patagónicos.

A esa riqueza natural debemos sumar nuestras universidades, científicos, profesionales, técnicos, trabajadores especializados y una cultura reconocida internacionalmente.

No todos esos recursos están igualmente disponibles ni aprovecharlos resulta sencillo. Se necesitan inversiones, infraestructura, planificación y políticas estables. Pero el potencial existe.

Entonces, ¿Cómo se explica que un territorio con semejantes posibilidades conviva con crisis económicas recurrentes y dificultades sociales tan profundas?

La respuesta incluye errores de gobierno, inestabilidad institucional, problemas de productividad, endeudamiento y decisiones económicas equivocadas. Sin embargo, hay algo que no deberíamos olvidar: la mala administración de una riqueza no convierte esa riqueza en inexistente.

Una empresa puede quebrar pese a poseer maquinaria valiosa. Una estancia puede endeudarse sin que sus tierras dejen de ser fértiles. Y un país puede empobrecer a sus habitantes mientras conserva activos que otros consideran extraordinariamente valiosos.

Por eso, cuando vemos que inversores extranjeros compran tierras y propiedades en la Argentina, debemos preguntarnos qué ven ellos que nosotros no estamos viendo.

La propiedad de la tierra merece especial atención. Los registros oficiales argentinos han documentado millones de hectáreas rurales en manos extranjeras. Esa realidad no significa que los extranjeros posean la mayor parte del territorio nacional, pero demuestra que existe un interés concreto por nuestros recursos.

La tierra no es una mercancía cualquiera. Su extensión es limitada, y su valor puede depender de la fertilidad, el agua, la ubicación, los minerales o el potencial turístico. No podemos fabricar nuevas pampas ni multiplicar a voluntad nuestros acuíferos.

Por eso, el debate no debería reducirse a estar a favor o en contra del capital extranjero. La pregunta fundamental es si las inversiones benefician al país, generan empleo, desarrollan la producción y respetan el ambiente, o si simplemente permiten adquirir activos estratégicos en condiciones excepcionalmente ventajosas.

Grecia: cuando una crisis convierte la propiedad en una oportunidad

El caso de Grecia permite comprender esta paradoja.

A partir de 2009, la crisis de deuda griega provocó una profunda contracción económica, aumentó el desempleo y golpeó al mercado inmobiliario. Los precios de la vivienda cayeron más del 40 % entre 2008 y 2016, según análisis del Fondo Monetario Internacional. Con el tiempo, el mercado comenzó a recuperarse y volvió a atraer compradores e inversores extranjeros.

Las propiedades griegas despertaron interés por sus precios relativos, el turismo y las posibilidades de obtener ganancias futuras. También influyeron programas que ofrecían residencia a determinados inversores extranjeros.

¿Qué ocurrió? Mientras numerosos propietarios sufrían dificultades económicas, quienes disponían de capital podían aprovechar las bajas valoraciones para comprar inmuebles y terrenos.

No significa que todas las compras se hicieran a precio de ganga ni que la crisis hubiera sido organizada deliberadamente para beneficiar a inversores. Para sostener semejante acusación harían falta pruebas. Pero el mecanismo económico es evidente: cuando los precios caen y los propietarios necesitan vender, quienes tienen dinero disponible pueden comprar en condiciones que antes no existían.

Después, si el mercado se recupera, los nuevos propietarios pueden obtener importantes ganancias. Entretanto, los antiguos dueños quizá ya no estén en condiciones de recuperar sus bienes.

Y aparece una segunda paradoja: la recuperación del mercado inmobiliario no garantiza que los habitantes puedan acceder más fácilmente a una vivienda. Si los precios suben más rápido que los ingresos, el país puede resultar atractivo para los inversores mientras sus propios ciudadanos encuentran cada vez más dificultades para comprar.

Una crisis puede empobrecer a una parte de la población y, al mismo tiempo, crear oportunidades para quienes disponen de capital.

Grecia no demuestra que todas las crisis sean provocadas para facilitar compras extranjeras. Sí demuestra por qué debemos observar quiénes pierden patrimonio durante una crisis y quiénes están en condiciones de adquirirlo.

¿Podría ocurrir algo parecido en la Argentina?

Imaginemos una economía debilitada, propietarios endeudados, empresas con dificultades y productores obligados a vender para sobrevivir. Al mismo tiempo, hay compradores con dólares, financiamiento internacional y capacidad para esperar una recuperación.

Los primeros venden por necesidad; los segundos compran porque encuentran una oportunidad.

Años después, si mejoran las condiciones económicas, esos bienes pueden valer mucho más. El comprador obtiene una ganancia, mientras el antiguo propietario quizá ya no tenga posibilidades de recuperarlos.

Esto puede suceder sin que exista un plan secreto. Basta con que una parte de la sociedad atraviese una crisis y otra disponga de los recursos necesarios para aprovechar los precios bajos.

Por eso, debemos preguntarnos si determinadas decisiones económicas están ayudando a construir un país más productivo o si, por el contrario, terminan facilitando la transferencia de activos a quienes tienen mayor capacidad financiera.

No se trata de cerrar las fronteras ni de desconfiar de todo inversor. Se trata de establecer reglas claras, defender el interés nacional y evitar que la necesidad de hoy se convierta en la pérdida de oportunidades para las generaciones futuras.

¿Quién decide cuánto vale la Argentina?

En determinados discursos políticos y económicos, nuestro país aparece como un territorio condenado al fracaso, incapaz de progresar por sus propios medios y necesitado de entregar sus recursos a quienes supuestamente saben administrarlos mejor.

Es legítimo criticar la corrupción, el despilfarro y las políticas que destruyen la inversión. Lo que no resulta razonable es presentar a toda la nación como un fracaso irremediable.

También existen intereses económicos que pueden beneficiarse de una crisis, una privatización mal negociada o la compra de activos depreciados. Eso no significa que todos los críticos del país respondan a esos intereses ni que toda inversión extranjera sea perjudicial.

Significa que debemos examinar cada operación y preguntarnos quién gana, quién pierde y qué obtiene la sociedad a cambio.

¿Se crean empleos? ¿Se desarrolla tecnología? ¿Se construye infraestructura? ¿Se protege el ambiente? ¿Se reinvierten ganancias? ¿O los beneficios quedan concentrados mientras los costos recaen sobre la población?

El dinero que ingresa puede ser una herramienta de desarrollo, pero no reemplaza la necesidad de tener un proyecto nacional.

La riqueza de un país no debería medirse solamente por el valor de sus tierras o el volumen de inversiones recibidas. También debe medirse por la capacidad de sus habitantes para vivir dignamente, acceder a oportunidades y participar de los frutos del desarrollo.

El verdadero paraíso argentino

Quizá el mayor problema de la Argentina no sea la falta de riqueza, sino nuestra dificultad para convertirla en bienestar duradero.

Tenemos una enorme capacidad agropecuaria, recursos energéticos y minerales, posibilidades turísticas extraordinarias y una sociedad que ha producido científicos, artistas, escritores, deportistas y profesionales reconocidos en todo el mundo.

Sin embargo, todavía nos cuesta construir una economía estable que ofrezca oportunidades a quienes viven aquí.

El verdadero patriotismo no consiste en negar los problemas ni en afirmar que todo tiempo pasado fue mejor. Consiste en reconocer lo que está mal, exigir responsabilidades y trabajar para que las riquezas del país se traduzcan en mejores condiciones de vida.

También consiste en comprender que el patrimonio nacional no se limita a los campos, los bosques, las minas o los yacimientos. Incluye la educación, la cultura, la memoria histórica, los conocimientos acumulados y la posibilidad de que las nuevas generaciones construyan aquí su futuro.

La Argentina puede tener una economía débil sin ser pobre en recursos. Puede tener malos gobiernos sin ser una nación mediocre. Y puede atravesar una crisis sin haber perdido su potencial.

Tal vez el problema no sea que nuestro país valga poco, sino que todavía no hemos aprendido a transformar todo lo que vale en bienestar para quienes lo habitamos.

Mientras algunos argentinos solo ven motivos para marcharse, otros analizan nuestras tierras, nuestras aguas, nuestras costas, nuestra energía y nuestras posibilidades productivas.

Ellos hacen sus cuentas. Nosotros deberíamos hacer las nuestras.

Porque la patria no es solamente el lugar donde nacimos. También es el patrimonio que recibimos, la cultura que compartimos y el futuro que tenemos la responsabilidad de construir.

Un pueblo que desconoce el valor de lo que posee puede terminar perdiéndolo, no porque carezca de riqueza, sino porque nunca aprendió a defenderla.

 

 

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

OLEADAS DE OVNIS EN MÉDANO BLANCO

 



OLEADAS DE OVNIS EN MÉDANO BLANCO

En febrero de 2026, una noticia comenzó a despertar la curiosidad de quienes seguían de cerca los fenómenos inexplicables que, de tanto en tanto, parecían cruzar los cielos argentinos.

En declaraciones a un periodista de FM Sur, el investigador especializado en fenómenos OVNI Antonio Gámez aseguró que durante lo que restaba de febrero, marzo y abril se produciría un “pico de observación” de estos extraños fenómenos.

Según explicó, las apariciones no se producían de manera uniforme a través del tiempo, sino que tendían a concentrarse en determinados lugares y períodos.

—El comportamiento de los ovnis es en oleada —señaló Gámez—. Nunca las apariciones son uniformes en el tiempo, ya que, por una serie de factores, se concentran espacial y temporalmente en ciertos lugares y en ciertos momentos, lo que produce picos de observaciones.

Para el investigador, aquella época podía marcar el comienzo de una nueva oleada que se manifestaría en distintos puntos del país.

Y entre los lugares que mencionó apareció un nombre que, para los habitantes de Necochea y Quequén, tenía un significado muy particular:

Médano Blanco.

En los días anteriores se habían producido allí varios avistamientos que llamaron la atención de los investigadores.

Según los testimonios recogidos, el fenómeno se presentó en diferentes horarios. El lunes fue observado alrededor de las diez de la noche y nuevamente a las 23.05. Al día siguiente volvió a aparecer, esta vez alrededor de las cuatro de la tarde y luego a las 21.30.

Los testigos describieron el objeto como una especie de esfera de color naranja, cuyo tamaño aparente era semejante al de la Luna llena.

El relato tenía todos los ingredientes de una historia difícil de olvidar.

El objeto habría surgido desde detrás del Médano Blanco y, una vez sobre la cumbre, comenzó a balancearse en el aire. Luego descendió lentamente en dirección al océano Atlántico.

Pero cuando parecía que iba a desaparecer sobre el mar, volvió a elevarse.

Finalmente, se perdió entre los médanos.

¿Qué habían visto aquellas personas?

Esa era, precisamente, la pregunta que quedaba flotando.

Gámez sostenía que estos fenómenos no eran nuevos ni exclusivos de un determinado lugar del país. Por el contrario, afirmaba que se habían producido observaciones semejantes en distintos puntos de la Argentina.

Por aquellos mismos días también se hablaba de un extraño objeto observado en las proximidades del cerro Uritorco y de reiterados avistamientos de luces en el cielo de Villaguay, en la provincia de Entre Ríos.

Para el investigador, todos aquellos episodios podían formar parte de una misma oleada.

Médano Blanco, además, parecía ocupar un lugar especial dentro de esa historia.

—Médano Blanco y toda la zona de médanos parece atraer, por una característica propia, estas manifestaciones —afirmó Gámez.

Según su interpretación, allí no solamente se habían registrado observaciones de objetos voladores no identificados, sino también relatos relacionados con entidades, fenómenos espirituales y experiencias vinculadas con la sanación.

Había quienes creían en aquellas historias y quienes las escuchaban con una sonrisa incrédula.

Y es que, como dice el viejo refrán, “cuando el río suena, agua lleva”.

Pero también es cierto que “del dicho al hecho hay mucho trecho”.

Entre una cosa y otra queda justamente el misterio.

Gámez sostenía que las llamadas “oleadas”, o flaps, podían ser estudiadas mediante determinados patrones. Si detrás de aquellos fenómenos existía una conducta inteligente, argumentaba, entonces esa conducta debía tener una motivación y, por lo tanto, determinadas pautas que podían llegar a ser previsibles.

Según explicaba, los modelos matemáticos permitían anticipar, con algunos meses de anticipación, aquellos períodos en los que convenía prestar mayor atención al cielo.

No se trataba, decía, de hacer una profecía barata.

Se trataba de observar, comparar y buscar coincidencias.

Mientras tanto, en Necochea, Médano Blanco seguía allí, enorme y silencioso, como había estado siempre.

Durante el día, solamente era arena, viento y horizonte.

Pero cuando llegaba la noche, cuando el último resplandor del sol desaparecía sobre el Atlántico y las sombras comenzaban a cubrir los médanos, la imaginación hacía el resto.

Quizás aquella esfera anaranjada había sido un fenómeno natural.

Quizás había una explicación sencilla que algún día permitiría descifrar lo ocurrido.

O quizás no.

Porque hay lugares donde la realidad parece dejar una pequeña puerta abierta para que entre el misterio.

Y Médano Blanco, con sus dunas interminables y sus noches profundas, parecía tener una de esas puertas.

Tal vez por eso, desde aquella noche, algunos habitantes comenzaron a mirar un poco más hacia arriba.

Porque cuando el cielo guarda un secreto, basta una luz extraña para que todo vuelva a comenzar.

Sobre la arena quedó el viento,
sobre el mar quedó la mirada,
y en el cielo, la pregunta suspendida.