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martes, 3 de noviembre de 2026

EL FEMICIDIO DE AGOSTINA GISFMAN UN CRIMEN ABERRANTE


 

UNA CITA FATAL, CINCO CONDENADOS Y UN CRIMEN QUE CONMOCIONÓ A LA ARGENTINA

La joven tenía 22 años y era madre de una niña pequeña. Una fotografía desencadenó una trama de celos, amenazas y venganza que terminó con su vida. La Justicia reconstruyó el plan criminal, condenó a cinco personas y, en octubre de 2026, se conoció una nueva resolución de la Corte Suprema.

Una joven, una hija y un destino que nadie imaginaba

Agostina Gisfman tenía 22 años y vivía en Cipolletti, Río Negro. Era madre de una niña pequeña y atravesaba dificultades económicas y personales. Para mantener a su hija realizaba distintos trabajos ocasionales y también ofrecía servicios sexuales.

Su vida transcurría lejos de los grandes titulares periodísticos. Sin embargo, en mayo de 2021, su nombre quedó asociado a uno de los femicidios más estremecedores de la Patagonia.

Agostina no murió como consecuencia de un encuentro fortuito ni de una discusión que se descontroló. Según estableció la investigación judicial, fue atraída mediante un engaño hacia un lugar apartado, donde la esperaban quienes habían organizado su asesinato.

Detrás del crimen había una historia de relaciones personales, celos y exigencias que fue reconstruida por los investigadores a partir de testimonios, comunicaciones telefónicas, audios y otros elementos probatorios. <Cite refs={["turn796343view0","turn494706search7"]}/>

Una fotografía que desencadenó la tragedia

La historia comenzó en marzo de 2021.

Juan Carlos Monsalve, un taxista que estaba casado con Ana María Perales, había recurrido a un conocido, Gustavo Alejandro Chianese, para que lo contactara con una mujer que ofreciera servicios sexuales.

Chianese, quien trabajaba en una gomería de Cipolletti, lo puso en contacto con Agostina. La joven y Monsalve mantuvieron al menos dos encuentros, según la reconstrucción publicada sobre la causa.

Durante uno de ellos se tomó una fotografía frente a un espejo. En la imagen aparecía Monsalve detrás de Agostina y, de acuerdo con la investigación, esa fotografía llegó a manos de su esposa.

Perales descubrió así la relación de su marido con la joven.

Lo que siguió fue determinante para el desarrollo de los acontecimientos. Según la acusación fiscal, Ana María Perales exigió a Monsalve que matara a Agostina y le advirtió que, si no lo hacía, pondría fin a la relación.

La exigencia no quedó, de acuerdo con la investigación, en una amenaza pronunciada durante una discusión. La Fiscalía sostuvo que Perales actuó como instigadora del crimen y que Monsalve terminó aceptando llevar adelante el asesinato.

El 11 de mayo de 2021, Perales abandonó la vivienda que compartía con su marido en Centenario y se trasladó a San Javier, en la provincia de Río Negro, junto con el hijo de ambos.

Mientras tanto, Monsalve buscaba la manera de encontrar nuevamente a Agostina, cuyo paradero desconocía.

Para lograrlo, volvió a recurrir a Chianese. <Cite refs={["turn796343view0","turn494706search4"]}/>

Los audios que revelaron la preparación del crimen

Uno de los elementos más importantes de la investigación fueron las comunicaciones entre los involucrados.

La Justicia recuperó mensajes de audio intercambiados antes del asesinato. En ellos, Chianese hablaba de localizar a la joven y de las dificultades para llevar adelante lo que denominaban un trabajo.

Esas conversaciones adquirieron una importancia decisiva porque permitieron a los investigadores sostener que no se trataba de una reacción improvisada, sino de una maniobra preparada con anticipación.

El 14 de mayo, Chianese consiguió localizar a Agostina. Le comunicó a Monsalve que la habían encontrado y que podían avanzar con el plan.

Después se comunicó con la joven y le propuso un nuevo encuentro con el taxista. Le indicó que debía concurrir a la rotonda de la ruta 151 y la avenida de Circunvalación, en Cipolletti.

Agostina aceptó.

No sabía que aquella cita, presentada como un encuentro por el que recibiría dinero, terminaría siendo una emboscada.

Ese mismo día, alrededor de las 18, Monsalve alquiló una camioneta Chevrolet Tracker negra. Poco después se comunicó telefónicamente con su esposa.

Agostina dejó a su hija al cuidado de su madre y se dirigió al lugar acordado. Un amigo la acercó hasta allí.

Cerca de las 19.20, subió a la camioneta de Monsalve.

Era el comienzo de su último recorrido.  

El viaje hacia la meseta de Centenario

Monsalve condujo la camioneta hacia la zona de la meseta de Centenario, en la provincia del Neuquén.

En el trayecto se comunicó con Julio Maximiliano Zapata, un empleado suyo. La reconstrucción fiscal indicó que, cuando se produjo esa comunicación, Agostina ya había sido golpeada dentro del vehículo.

Aproximadamente a las 20.11, la camioneta llegó a un descampado próximo a las calles Juan Domingo Perón y José Brillo, en un sector utilizado como basural.

Poco después apareció otra camioneta, una Chevrolet S10 propiedad de Perales. En ella viajaban Zapata y Enzo Claudio Monsalve, sobrino de Juan Carlos.

Los tres hombres quedaron reunidos en aquel lugar apartado.

Según la acusación que el jurado consideró probada, Agostina fue atacada por los tres. Recibió al menos dos puñaladas que le provocaron un shock hemorrágico.

Después de matarla, los autores incendiaron su cuerpo e hicieron abandono del lugar aproximadamente a las 20.40.

La brutalidad del ataque y el intento de destruir los restos de la víctima agravaron todavía más la conmoción que provocó el caso.

Mientras tanto, las comunicaciones telefónicas continuaban formando parte de una secuencia que, posteriormente, sería examinada por la Fiscalía.

El cuerpo de Agostina fue encontrado al día siguiente, después del mediodía, por un hombre que caminaba circunstancialmente por la zona.

La investigación dejó de ser entonces la búsqueda de una persona desaparecida para convertirse en la reconstrucción de un femicidio planificado.   

Cinco personas, cinco responsabilidades judiciales

Los investigadores analizaron comunicaciones, mensajes, movimientos y cámaras de seguridad. Con esos elementos, la Fiscalía reconstruyó la intervención de cinco personas.

Juan Carlos Monsalve: fue considerado coautor del homicidio. Recibió a Agostina, la trasladó hasta el lugar del crimen y participó directamente en el asesinato.

Enzo Claudio Monsalve: sobrino de Juan Carlos, fue considerado coautor por su participación directa en el ataque.

Julio Maximiliano Zapata: empleado de Juan Carlos Monsalve, también fue condenado como coautor del asesinato.

Ana María Perales: esposa de Juan Carlos Monsalve. La Justicia la consideró instigadora del crimen, al establecer que había exigido a su marido que matara a Agostina.

Gustavo Alejandro Chianese: fue condenado por su participación en la maniobra que permitió localizar a la joven y atraerla mediante el engaño hasta el encuentro con Monsalve.

La distinción entre estas responsabilidades es importante: cuatro de los condenados fueron considerados responsables del homicidio agravado en calidad de coautores o instigadora; Chianese recibió una condena por participación secundaria.

La Justicia no juzgó solamente a quienes estuvieron en el lugar del asesinato. También examinó el papel de quienes, según la acusación, contribuyeron a preparar el engaño que hizo posible el crimen.  

Un juicio que debió comenzar nuevamente

El camino judicial tuvo un episodio extraordinario.

El primer juicio por jurados comenzó en septiembre de 2022. Durante ese proceso, Juan Carlos Monsalve reconoció haber matado a Agostina, aunque intentó desvincular al resto de los acusados y dio una explicación sobre el supuesto motivo del crimen que no coincidía con la reconstrucción de la Fiscalía.

Cuando el debate estaba próximo a concluir, ocurrió un hecho que comprometió la imparcialidad del jurado.

Uno de sus integrantes encontró en el baño destinado a los jurados dos mensajes intimidatorios: «Voten bien» y «Sabemos dónde viven».

La jueza Leticia Lorenzo consideró que esas amenazas podían afectar la libertad con la que debían deliberar los integrantes del jurado. Por ese motivo, el primer juicio fue anulado y debió realizarse nuevamente.

El segundo debate comenzó el 11 de octubre de 2022. Tras cinco jornadas de audiencias, el jurado popular deliberó durante aproximadamente cuatro horas.

El 18 de octubre llegó el veredicto: las cinco personas acusadas fueron declaradas culpables.

La decisión representó un avance decisivo para la familia de Agostina, que había soportado no solamente la pérdida de la joven, sino también la incertidumbre de un proceso judicial que tuvo que empezar de nuevo por las amenazas contra los jurados. <Cite refs={["turn494706search7","turn796343view0"]}/>

Las condenas: cuatro prisiones perpetuas y once años de cárcel

El 29 de noviembre de 2022, el juez Luis Sebastián Giorgetti impuso las penas correspondientes.

Juan Carlos Monsalve, Enzo Claudio Monsalve, Julio Maximiliano Zapata y Ana María Perales recibieron prisión perpetua, por el homicidio agravado por alevosía, por el concurso premeditado de dos o más personas y por haber sido cometido contra una mujer en un contexto de violencia de género.

Gustavo Alejandro Chianese recibió inicialmente una pena de trece años de prisión. Posteriormente, el Tribunal de Impugnación redujo esa condena a once años de prisión, de acuerdo con su responsabilidad como partícipe secundario.

La diferencia entre las penas respondió a las distintas calificaciones jurídicas atribuidas a cada condenado y a su intervención en el hecho. 

Octubre de 2026: la última novedad judicial

El caso volvió a ocupar las noticias nacionales a fines de octubre de 2026.

Según informó Infobae el 31 de octubre, la Corte Suprema de Justicia de la Nación rechazó por inadmisibles las quejas presentadas por las defensas de Enzo Monsalve, Julio Maximiliano Zapata y Ana María Perales.

Con esa resolución quedaron firmes las condenas a prisión perpetua de esas tres personas. La condena de Juan Carlos Monsalve ya había quedado firme con anterioridad.

La pena de Chianese, por su parte, había sido reducida a once años de prisión.

De esta manera, el caso alcanzó una nueva instancia de cierre judicial: los intentos de revisión de las condenas de los tres acusados que recurrieron ante la Corte Suprema no prosperaron. 

Una reflexión final: la vida que no vuelve

La historia de Agostina Gisfman deja una pregunta dolorosa: ¿Cómo puede una vida convertirse en el blanco de una venganza ajena?

lunes, 2 de noviembre de 2026

VIDA DE LADRONES - NOVELA POLICIAL CAPITULOS 1 al 4°

 


Capítulo 1.

Amor, secretos y Varsovia


   Ismael Chutruc era una persona que desde niño odiaba la violencia y además, le fastidiaba la gente que cometía delitos contra sus semejantes. Reprochaba a los que ejercían el ponderado oficio de robar y sin embargo, con el paso del tiempo debió relacionarse con ellos, trabajar con ellos y cometer los mismos delitos que ellos. Porque al fin y al cabo la vida determinó, que sería uno de ellos.

    Voy a escribir esta historia aguardando que al leerme ayuden a aliviar su conciencia.
Va a ser como conversar con el cura confesor o mejor aún, con una psicóloga joven, atractiva de ojos verdes y cabellera rubia.

    Su día comienza temprano, con un sol a pleno. Son las once de la mañana y se levanta a desayunar. Su madre lo espera con un rico y humeante café con leche y medialunas servidas en la mesa del comedor, medialunas de grasa que compró al volver de misa en la iglesia de San Alfonso.-

- Queda poca plata, hijito- le dijo seriamente -Deberías hacer algo...y pronto…

- No te hagas problemas vieja. Tengo un “trabajo” para esta noche que me va a dejar una buena tajada de billetes...

-Entonces prepará bien tu herramienta. ¡No te olvides de cargar las balas! Ya sabes lo que le ocurrió a tu papá, que Dios tenga en la gloria...

    ¡Pobre su madre!. Jamás olvidaba que el padre confiado se quedó revisando todas las cajas del Banco en busca de más dinero, contra lo orden de su compinche que salió ileso, no le funcionó la pistola en ese Banco y los canas (policías) lo acribillaron a la salida, dejándolo huérfano. A partir de ese momento sus días cambiaron. Quiero decir, el transcurso de los días. Quiero decir, aquello que une y que al mismo tiempo marca la frontera entre un día y otro. De pronto la noche dejó de existir y todo fue un continuo de sol y luz.

     Por eso ella para su cumpleaños le regaló un hermoso revólver, un colt 38 de seis balas, es uno de los revólveres que jamás se traba y solamente había que cuidar de ceitado y que el cañón conservara su brillo. Dos veces por semana lo limpiaba y lo engrasaba, aunque no lo hubiera usado.

A veces me molestaba que mi madre fuera tan sobreprotectora, pero yo era lo único que tenía en este mundo y la comprendía perfectamente.

No sería fácil para ella perder a un hijo en la flor de la edad: culto, ingenioso y, lo digo sin falsa modestia, también bastante buen mozo.

A propósito, en la calle Varsovia, a media cuadra de Bucarelli, vive una minita que me tiene loco. Es delgada, tiene los ojos color miel, la piel blanca y el pelo castaño, aterciopelado. Su boca es hermosa cuando se ríe y tiene una manera elegante de caminar.

Cuando nos cruzamos en la vereda, apenas la recorro con mis ojos enamorados, baja la vista. Y, a pesar de todo lo que le digo, se hace la sota y ni siquiera me mira. Eso me hace sentir correspondido en mi amor, aunque ella, seguramente, sea muy tímida y no quiera demostrar sus sentimientos.

Debe de haber sido criada a la antigua. Mejor, porque así debe ser una novia, me dice mi madre.

Un día de estos la voy a encarar de verdad y le voy a plantar un par de besos por sorpresa en esos labios carnosos. A ver cómo reacciona.

A la hora del almuerzo le cuento a mamá que voy a escribir un blog. Ella no entiende qué diablos es eso, pero se alegra de que empiece a utilizar la computadora que me tocó en un robo que hicimos con unos amigos.

Yo quería llevarme un televisor de veintinueve pulgadas que estaba rebueno, pero hicimos un sorteo y le tocó a Ruper. ¡Mala suerte!

Estoy escribiendo esto con la ayuda de Word, porque mi ortografía no es muy buena. Lo voy a imprimir y después lo llevaré al ciber para publicarlo. Luego haré una siesta y me prepararé para el trabajo de esta noche.

Debo estar muy alerta, porque me parece que será un laburo bastante peligroso.

Mamá se imagina que será un simple robo y yo no quiero que se preocupe si llega a enterarse de que, en realidad, será…



Capitulo II 


La primera visita

A las nueve de la noche me voy a la plaza del barrio, llamada Éxodo Jujeño. Quiero ver si mi amada anda por ahí. Necesito conocer su nombre, porque no puedo estar enamorado de una sombra sin nombre.

Doy vueltas hasta las nueve y media y, como no aparece, me voy caminando despacito a reunirme con mis socios en la rotonda de las Seis Esquinas.

Allí están Beto y Ruper, sentados en el borde de una fuente de agua que no funciona. Nos saludamos chocando las palmas de las manos, como hacen en la televisión. Casi enseguida aparece el auto de Mario Luis.

Nos subimos rápidamente. Mario Luis es medio cabrón y no le gusta esperar. Tampoco le agrada que lo llamen Mario o Luis solamente. Él dice que se llama Mario Luis y debemos llamarlo por los dos nombres. No es conveniente discutir con él, porque mide casi dos metros y es super violento.

Hace algún tiempo, no mucho, practicaba karate y, según dicen, era muy bueno. Sin embargo, siempre perdía por descalificación. No podía evitar lanzar patadas a las partes bajas de sus rivales cuando estos ya estaban en la lona. Cuentan que una vez le pegó al árbitro un patadón tan tremendo que el pobre referí no pudo tener más hijos.

En fin, yo lo llamo Mario Luis porque, como ya dije, odio la violencia.

—Hoy no vamos a hacer el trabajo —nos dice—, porque el punto viene acompañado. Iremos a bichar solamente.

Agarramos por la Panamericana y, cerca de Pilar, nos desviamos hacia un club de campo. Country club, le llaman por acá. Nos detenemos a unos cincuenta metros de la entrada, entre los árboles.

—Tomen nota —dice Mario Luis—. La barrera siempre está baja y en la caseta hay dos guardias, que serán relevados por otros dos a las once de la noche. Más o menos a las once y diez se irán los guardias salientes y, a las once y veinticinco, llegará nuestro palomo.

Efectivamente, a las once y diez salen los dos guardias, vestidos de civil, y se alejan caminando.

Mario Luis nos explica que van hasta la ruta para esperar el ómnibus que los llevará a sus casas.

A las once y veinticinco vemos llegar un automóvil grande, de color azul. Me parece que es un Volvo. En la entrada se enciende una luz potente y alcanzamos a distinguir que vienen tres personas. Nuestro hombre intercambia unas palabras con uno de los guardias, que levanta la barrera mientras sonríe y lo saluda. El auto se interna en la semioscuridad del country club.

—Mañana será igual —dice Mario Luis—. Solamente vendrá el palomo, y vendrá solo. Nosotros ya nos habremos encargado de los guardias. Nos pondremos sus ropas y, cuando el viejo se detenga en la barrera, actuaremos.

Quedamos de acuerdo y a mí me parece un trabajo de lo más fácil.

Regresamos a la Capital y, antes de que nos bajemos en el barrio, Mario Luis nos dice:

—Me tienen que pagar cien pesos, que fue lo que gasté en nafta.

Todos juntamos calladitos el dinero y se lo damos. Yo pienso que el auto de Mario Luis funciona a GNC, en vez de nafta, y que ese combustible es mucho más económico. Pero, como odio la violencia, me callo.

Llego a casa y me acuesto pensando que mañana será el gran día. 




Capítulo III. 

Un beso, un cachetazo y un secuestro

Me quedé dormido y desperté pasado el mediodía. Mamá no me había querido despertar porque, según ella, me veía muy cansado.

Desayuné frugalmente a la americana. Es decir, cuatro huevos revueltos con algo de panceta, café con leche y varios panecillos que mi tía había traído de regalo, junto con el diario Clarín, marcado con resaltador en la sección «Trabajos ofrecidos».

Mamá no le había permitido a mi tía que me despertara para saludarme, como ella quería. Tal vez haya sido mejor así, porque no nos llevamos demasiado bien desde un malentendido relacionado con un reloj que perdió.

Mi tía insiste en que consiga un trabajo estable, si es posible en algún ministerio. Yo le retruco que en casa no falta nada. ¡Hasta computadora tengo!

Decido ir al ciber para entretenerme un poco y calmar los nervios antes del trabajo de esta noche.

Entro en Internet, voy a Literatura.org y me meto en los foros. Quiero cultivarme un poco más, ya que soy cien por ciento autodidacta.

Encuentro un tema que me interesa. Está en inglés y es terriblemente largo. Como no sé inglés, lógicamente, no entiendo una pepa. Paso a otro que imagino que hablará del nuevo papa.

¡Craso error!

Lamento no haber traído un diccionario, porque o soy un cuadrado total, total, o… no sé qué decir. ¿Es que la gente no puede escribir normalmente, como habla en su casa? Había palabras que en mi puta vida había escuchado.

Si ese escritor viviera en mi barrio y algún día se le ocurriera venir al Club El Trébol, en Gándara 2840, todos los vecinos, y hasta las mesas y las sillas, saldrían corriendo.

Sigo buscando algo lindo en el foro y, finalmente, encuentro un poema que me emociona. Lástima que no anoté el nombre del autor, pero recuerdo que se llamaba «Silencio».

¡Grande el autor!

Mi corazón late con fuerza. ¡Acaba de entrar mi adorada!

Me hago el sota y empiezo a teclear con todos los dedos, en vez de usar solamente dos, para que crea que sé escribir bien. De reojo, veo que me mira disimuladamente.

Sigo tecleando a toda velocidad, y la pantalla termina oscurecida por todas las letras que meto al tuntún.

Levanto la vista y la veo. Me sonríe.

Me acerco a ella y, con toda naturalidad, le doy un beso en la boca.

Siento que me responde con pasión y, casi inmediatamente, me lanza un rodillazo a la ingle, que alcanzo a esquivar por muy poco.

Se va taqueando, furiosa.

Me duele terriblemente el muslo, pero pienso que ese beso bien lo vale.

Regreso a casa para almorzar y le cuento a mamá lo del secuestro.

Me escucha y empieza a hacerme preguntas:

—¿Dónde vamos a tener al rehén? ¿Quién lo va a cuidar? ¿A quién le pediremos el rescate? ¿Quién cobrará el dinero y cómo lo repartiremos?

Como no sé la respuesta a ninguna de sus preguntas, me revolea un cachetazo que me hace ver las estrellas.

—¡Ahora escuchame bien, inútil, igual que tu padre, a quien Dios tenga en la gloria!

La escucho atentamente y después me voy a la casa de Mario Luis. Vive en Victorica y Londres, bien cerca de mi casa.

Llamo a la puerta y me abre Tina, la hermanita de Mario Luis. Me hace pasar rozándome con sus pechos.

¡Siempre igual, la muy guacha! Con todos hace lo mismo y después nos acusa con su hermano, que le cree y, de vez en cuando, termina golpeando a alguno.

Cuando aparece Mario Luis, le exijo explicaciones.

Me aclara que solamente vamos a raptar al hombre que vimos la noche anterior y que lo llevaremos a una dirección de la provincia, donde lo entregaremos a unas personas que nos darán a cambio una buena suma de dinero.

Hasta ahí llegará nuestra participación. Repartiremos el dinero como siempre: la mitad para él, un cinco por ciento para los gastos del auto y un quince por ciento para cada uno de nosotros.

Quedo conforme con la explicación y me vengo rapidito al ciber para publicar todo esto.

Como dice el refrán: «El que mucho habla, mucho yerra». Aunque, en mi caso, parece que hasta los planes de secuestro terminan publicados en Internet.




Capítulo IX. 

La parada imprevista

Esa noche, como siempre, nos juntamos en las Seis Esquinas. Beto y Ruper estaban esperando, muertos de frío. Llegó Mario Luis, subimos al auto y salimos en dirección a la Panamericana.

Son las diez de la noche y veo que Beto se toma un buen trago de licor de una petaca que lleva siempre consigo. Posiblemente tenga tanto miedo como yo. A Ruper no se le nota nada.

Mario Luis parece leerme el pensamiento. Detiene el auto y me dice que maneje yo. Me siento al volante y salimos lentamente hacia nuestro objetivo.

Debemos llegar a las once, justo cuando cambia la guardia. Esperaremos a que los guardias salientes se retiren y entonces atacaremos. Yo me quedaré en el auto, esperando la salida de mis socios.

Deberán salir todos.

Deberé esperarlos a todos.

Me toco el costado y siento el frío de mi revólver. El contacto con el metal helado me hace temblar y no puedo evitar preguntarme:

¿Qué estoy haciendo aquí?

Debería estar metido en mi cama, para levantarme temprano al día siguiente e ir a trabajar a una fábrica o a un ministerio, como quiere mi tía.

Siento un retortijón en las tripas y se me escapa un gas, silencioso por suerte.

Haciéndome el furioso, abro la ventanilla del auto y rezongo:

—¿Quién fue el cerdo hijo de puta?

Miro a Mario Luis, quien, cosa rara en él, no dice nada.

—¡Pará, pará! ¡No puedo seguir! —se queja—. ¡Tengo que ir a un baño! Algo que comí me hizo mal...

Por suerte, estamos cerca de Tortuguitas, donde hay una estación de servicio YPF sobre la autopista. Apenas llegamos, Mario Luis sale disparado hacia los baños.

—Creo que yo también voy a ir —digo, y me voy detrás de él.

Entro en una cabina y todavía no alcanzo a sentarme cuando escucho una explosión.

¡Pobre Mario Luis! Sus tripas lo han traicionado. Espero que, por lo menos, haya alcanzado a bajarse los pantalones...

Casi sin querer, le respondo con otra explosión que me alivia bastante.

Cuando salgo, Mario Luis ya está lavándose las manos. También hay un gordo que acaba de entrar. Nos mira con cara de asco y, por su manera de hablar, deduzco que es camionero. Dice algo sobre cerdos y aire irrespirable.

Pero yo no estoy de humor para soportar burlas. Saco el revólver y se lo pongo entre los ojos.

El hombre queda paralizado. Le doy un buen culatazo detrás de la oreja. Se le doblan las rodillas y Mario Luis le revienta los testículos de una patada.

Salimos del baño riéndonos, como si acabáramos de vengarnos de alguna afrenta imperdonable.

No me agrada la violencia, pero a veces parece necesaria para aliviar las tensiones.

Como dice el refrán: «El miedo no es zonzo, pero a veces hace hacer zonceras».

Cuando llegamos al country, a la hora señalada...


Continuará mañana o pasado


 


jueves, 29 de octubre de 2026

JOAQUÍN SABINA: EL PIRATA COJO QUE LE CANTÓ A LA MUERTE, PERO NO QUIERE MORIR

 

                                   El rostro de un rebelde que nunca ocultó sus contradicciones.

Fue un rebelde que convirtió sus contradicciones en canciones, desafió las convenciones y se rio de las solemnidades de la vida. Pero cuando la muerte dejó de ser una metáfora y comenzó a mostrar su verdadero rostro, el pirata descubrió que todavía quería seguir navegando.

Durante décadas, Joaquín Sabina hizo de la rebeldía una forma de vida y de la palabra un refugio para sus contradicciones. Cantó al amor y al desamor, a las noches interminables, a los bares donde se mezclaban los sueños con las decepciones y a esos personajes que, aun perdiendo casi todo, conservaban la dignidad de no arrodillarse ante nadie.

Fue el cantor de los amores imposibles, de las mujeres inolvidables, de los perdedores entrañables y de las ciudades que nunca duermen. Detrás del sombrero, la voz ronca y la ironía mordaz había un observador atento de la condición humana, alguien que desconfiaba de las verdades absolutas y encontraba en las contradicciones una de las mayores riquezas de la existencia.

Hoy, a los 77 años, después de despedirse de las grandes giras, Sabina atraviesa una etapa diferente. El hombre que durante tanto tiempo hizo de la noche su territorio parece haber descubierto el valor de la tranquilidad, de los afectos cercanos y de esas horas que antes se escapaban entre viajes, conciertos y compromisos.

Pero hay una contradicción que merece detenerse a examinar: ¿qué sucede cuando el hombre que cantó tantas veces como si la vida fuera una aventura sin retorno descubre que no está dispuesto a abandonarla?


               Una vida desafiando convenciones; ahora, el desafío es aceptar el paso del tiempo.

Un rebelde que ya no cree en todas las banderas 

El paso del tiempo también modificó su mirada política. Sabina se identificó durante años con la izquierda y simpatizó con movimientos revolucionarios que prometían transformar la sociedad. Sin embargo, la experiencia y la evolución de algunos de aquellos procesos lo llevaron a revisar antiguas convicciones.

No se trata necesariamente de una conversión ideológica, sino de una actitud más escéptica frente a las promesas que no se cumplen. Las banderas, por sí solas, no garantizan justicia; las palabras grandilocuentes tampoco alimentan a los hambrientos ni resuelven los problemas de la gente.

Quizá haya comprendido que ninguna ideología merece una obediencia ciega y que la fidelidad a una causa no debe confundirse con la obligación de justificar todos sus errores.

Porque una cosa es defender ideales y otra muy distinta aceptar que quienes dicen representarlos estén siempre en lo cierto.

La felicidad también puede estar en casa

Durante buena parte de su vida, Sabina pareció perseguir aquello que después transformaría en canciones: el amor complicado, la pasión, las despedidas y las noches que terminaban cuando comenzaba a amanecer.

Pero la existencia tiene sus propias ironías. A veces, aquello que alimenta la inspiración no es necesariamente lo que proporciona felicidad.

Ahora, lejos del ritmo agotador de las giras, puede dedicar más tiempo a sus afectos y a la vida cotidiana. No es un cambio menor para alguien que pasó tantos años haciendo del movimiento una costumbre.

Tal vez haya descubierto que quedarse en casa no significa renunciar a la aventura, sino aprender a encontrarla en otros lugares. Que una conversación con un amigo, una tarde sin obligaciones o la compañía de la persona amada también pueden convertirse en pequeños triunfos sobre el tiempo.

El bohemio no desaparece de un día para otro, pero puede aprender a disfrutar de una mesa familiar tanto como antes disfrutaba de una madrugada interminable.

El pirata cojo que ya no quiere morir

Joaquín Sabina compuso un montón de canciones en las que desafió las convenciones, se burló de las solemnidades y se permitió vivir muchas vidas sin abandonar la suya. En La del pirata cojo, imaginó la posibilidad de ser otro: un personaje distinto, aventurero, capaz de recorrer el mundo sin someterse a las reglas de una existencia demasiado previsible.

En sus canciones hubo noches interminables, amores que terminaban mal, excesos, derrotas y personajes que parecían caminar al borde del abismo. La muerte tampoco estuvo ausente de ese universo. Sabina la miró de frente desde la poesía, la ironía y esa manera suya de convertir las desgracias en historias que otros podían cantar.

Pero una cosa es desafiar a la muerte con una guitarra entre las manos y otra muy distinta tenerla delante, sin metáforas, sin música y sin la posibilidad de convertirla en una estrofa.

Ahora, a los 77 años, el antiguo rebelde parece dispuesto a negociar con el tiempo. Ya no se trata de vivir cada noche como si fuera la última, sino de procurar que la última noche tarde todo lo posible en llegar.

¿Es una contradicción? Desde luego. ¿Es cobardía?

Alguien podría acusarlo de ello: después de haber cantado tantas veces como si la vida fuera una apuesta sin retorno, ahora quiere conservarla. El pirata que parecía no temerle a nada descubre que también él tiene razones para aferrarse a la orilla.

Sin embargo, hay que distinguir entre desafiar a la muerte en una canción y desearla en la vida real. La valentía artística no obliga a nadie a recibir el final con los brazos abiertos. Haber escrito sobre el abismo no significa querer caer en él.

La juventud juega con el peligro porque cree que siempre habrá un mañana. La vejez, en cambio, sabe que el mañana es un regalo y no una obligación.

Sabina no renuncia necesariamente a su rebeldía por querer vivir. Pero hay algo profundamente humano en esa distancia entre el personaje que construyó con sus canciones y el hombre que, llegado el momento, prefiere seguir aquí.

Tal vez el verdadero desenlace no sea el de un cobarde que le teme a la muerte, sino el de un rebelde que, después de cantarle tantas veces, descubre que todavía tiene motivos para no marcharse.

Y queda flotando una pregunta incómoda, de esas que Sabina probablemente habría sabido convertir en una canción: ¿es más valiente quien desafía a la muerte cuando todavía se siente invencible, o quien reconoce que le tiene miedo cuando comprende que ya no puede engañarla?

Cuando el tiempo empieza a pasar factura

La juventud suele concedernos una ilusión generosa: creemos que siempre habrá otra oportunidad, otro viaje, otro amor y otra noche para recuperar lo perdido.

La vejez modifica esa perspectiva. El futuro sigue existiendo, pero deja de parecer infinito.

Sabina ha hablado de la necesidad de envejecer bien y de conservar la salud. También ha reconocido que algunas noches y algunas horas de su vida podrían haberse dedicado a otras cosas, incluso a escribir más.

No parece renegar de su pasado. Sería absurdo exigirle que se arrepintiera de todo aquello que, de alguna manera, contribuyó a construir su obra. Pero reconocer que uno pudo haber hecho algunas cosas de otra manera es una forma de sinceridad que no siempre abunda.

Hay quienes llegan a la vejez convencidos de que todo lo hicieron bien. Otros descubren que la experiencia no consiste en acumular años, sino en aprender a mirar los propios errores sin necesidad de disfrazarlos.

Sabina parece acercarse a esa segunda actitud.

El mundo que ya no entusiasma

Quizá la transformación más profunda no esté en sus costumbres, sino en su manera de contemplar el mundo.

Quien ha vivido lo suficiente para ver cambiar gobiernos, revoluciones, costumbres y generaciones sabe que el progreso material no siempre viene acompañado de un progreso moral. Tenemos más tecnología, más información y más medios para comunicarnos, pero eso no garantiza que nos comprendamos mejor.

El desencanto aparece cuando las promesas chocan una y otra vez con la realidad. Y aparece también cuando uno comprueba que los mismos errores pueden repetirse bajo distintas banderas y con diferentes protagonistas.

Sin embargo, desconfiar no significa necesariamente rendirse. El escepticismo puede ser una forma de defensa frente a los engaños, siempre que no termine convirtiéndose en indiferencia.

Quizá Sabina haya perdido parte de su entusiasmo juvenil, pero conserva algo esencial en un escritor: la capacidad de observar, cuestionar y poner en palabras aquello que muchos sienten sin saber cómo expresarlo.

La última rebeldía

Joaquín Sabina no necesita demostrar que fue un rebelde. Su trayectoria ya forma parte de la historia de la canción en español. Tampoco necesita representar eternamente al personaje de las noches sin final, como si envejecer fuera una traición a su propia leyenda.

Hay una rebeldía distinta en aceptar que la vida cambia, que las ideas se revisan y que hasta los hombres más seguros de sus convicciones tienen derecho a equivocarse.

Quizá la madurez consista precisamente en eso: dejar de discutir con el tiempo y aprender a conversar con él.

El muchacho que alguna vez quiso desafiar al mundo se encuentra ahora ante una tarea más difícil: comprenderlo sin dejar de cuestionarlo.

Y tal vez esa sea la última lección de este trovador de las derrotas, los amores y las madrugadas: que vivir intensamente no consiste en prolongar la juventud para siempre, sino en conservar la curiosidad cuando los años empiezan a cerrar algunas puertas.

Porque al final, cuando se apagan los aplausos y las luces del escenario, queda lo esencial: lo que amamos, lo que aprendimos, los amigos que siguen a nuestro lado y la serenidad de poder mirar hacia atrás sin necesidad de inventarnos otra vida.

Hay rebeldías que se gritan en las calles y otras, más silenciosas, que consisten en reconocer los propios errores. Quizá la más difícil de todas sea aprender a envejecer sin renunciar a pensar por cuenta propia.

Y el pirata cojo, aquel que tantas veces pareció dispuesto a jugarse la vida en cada canción, descubre que todavía no quiere arriar las velas.

Porque una cosa es cantarle a la muerte y otra muy distinta tener ganas de morirse.

— Plaza de los Poetas- 

Carlos Bonserio

miércoles, 28 de octubre de 2026

LA SESIÓN CURATIVA EN EL CENTRO DE ENERGÍA DE MÉDANO BLANCO

 



El misterio del centro de energía

«Quien aprende a escuchar la tierra, descubre lo que el ruido del mundo le oculta».

Hay lugares donde el silencio parece tener una voz propia. Sitios en los que el viento, la arena y el horizonte se confunden en una extraña armonía, como si la naturaleza guardara secretos que el hombre moderno ha olvidado escuchar.

Médano Blanco es uno de esos lugares.

Allí, entre las dunas que cambian de forma con el viento y la inmensidad del cielo, se desarrollaba una experiencia singular: una sesión curativa alrededor de lo que sus practicantes denominaban el centro de energía. No se trataba, según explicaban, de una consulta médica convencional, sino de una ceremonia en la que la respiración, la meditación y la concentración mental ocupaban un lugar fundamental.

Quienes llegaban hasta aquel paraje debían prepararse para abandonar, al menos por un rato, las preocupaciones cotidianas. La intención era dejar atrás el ruido de la ciudad, los temores, las angustias y ese cansancio invisible que se acumula en el interior de las personas.

Pero antes de comenzar había una condición: aprender a escuchar el propio cuerpo.

El camino hacia el interior

Los participantes eran invitados a sentarse o permanecer en una posición cómoda. Luego debían cerrar los ojos y realizar tres respiraciones profundas, lentamente, sin apresurarse.

Después, la respiración recuperaba su ritmo natural. Cada uno debía concentrarse en el aire que ingresaba por sus pulmones y en aquel que, al salir, parecía llevarse consigo una parte de sus tensiones.

La voz del guía acompañaba el ejercicio.

—Concéntrense en su rostro. Respiren profundamente y sientan cómo se relajan los músculos. Dejen que la tensión desaparezca.

La atención se desplazaba después hacia el cuello y los hombros, donde tantas veces se acumulan las preocupaciones. Luego llegaba a los brazos, las piernas y el resto del cuerpo.

—Ahora imaginen una ola de tranquilidad que sube hasta su rostro y desciende lentamente hasta los pies. No tienen que hacer nada. Solamente sentir.

El viento de Médano Blanco continuaba su trabajo sobre las dunas. Afuera, la naturaleza seguía su curso; adentro, cada participante intentaba encontrar un espacio de quietud.

La voz volvía a escucharse:

—Imaginen que están cerca de una playa desierta. Sientan la arena bajo sus pies. Observen el azul del cielo, escuchen el mar. No hay apuro, no hay obligaciones. Solamente están ustedes y este lugar.

El ejercicio concluía con otras tres respiraciones profundas.

Según las instrucciones de la ceremonia, aquel estado de relajación permitiría alcanzar una mayor concentración y una disposición mental adecuada para la experiencia que estaba por comenzar.

Era entonces cuando se producía la transición: del paisaje exterior al mundo interior, de la inquietud a la calma, de los pensamientos dispersos a una atención concentrada.

Y allí aparecía la pregunta que parecía flotar sobre todos los presentes: ¿qué era, en realidad, aquello que llamaban centro de energía?

El centro invisible

Una vez finalizada la exposición de los participantes a lo que consideraban la energía del lugar, se realizaba una ceremonia colectiva.

El interlocutor reunía a todos a su alrededor. Su voz cambiaba. Ya no era la del hombre que había guiado los ejercicios de respiración, sino la de alguien que parecía asumir, por unos instantes, la responsabilidad de transmitir un conocimiento antiguo.

Hablaba de fuerzas invisibles, de vórtices energéticos y de puntos neurálgicos del cuerpo humano. Según su explicación, la energía vital penetraba en el organismo y se distribuía por una compleja red de caminos que conectaban los distintos órganos.

Cada parte del cuerpo, sostenía, estaría relacionada con otras mediante numerosos centros energéticos. La armonía entre ellos constituía, dentro de aquella concepción, una condición fundamental para el bienestar.

No todos podían comprender sus palabras de la misma manera. Algunos quizá las escuchaban con devoción; otros, con curiosidad. También habría quien mantuviera sus dudas.

El hombre hizo una pausa. Miró a los presentes y llevó la conversación hacia una cuestión mucho más delicada: la enfermedad.

—Cuando los científicos estudian el cáncer —explicaba—, examinan las células, buscan alteraciones, investigan sus mecanismos. Pero ¿qué ocurre si, además de observar el cuerpo, intentamos comprender la relación que existe entre la persona, sus pensamientos y su manera de vivir?

La pregunta quedó planteada ante el grupo.

En su discurso, el interlocutor atribuía a la mente un papel central. Hablaba del miedo, de la angustia y de los pensamientos negativos como fuerzas capaces de perturbar el equilibrio interior. En contraposición, presentaba la serenidad, la esperanza y la armonía como elementos importantes para afrontar la vida.

Su interpretación iba mucho más lejos: afirmaba que el origen de ciertas enfermedades podía encontrarse en un desequilibrio energético y que, al modificar los pensamientos, era posible transformar ese campo invisible.

Llegaba incluso a mencionar casos de remisión inesperada y personas que, según los relatos que invocaba, habrían recuperado la salud después de cambiar profundamente sus creencias.

No pronunciaba aquellas palabras como una reflexión menor. Lo hacía con la convicción de quien cree estar revelando una verdad que el mundo todavía no ha comprendido.

Pero hay una diferencia que conviene no perder de vista: la tranquilidad mental puede ayudar a afrontar una enfermedad, aunque no está demostrado que los pensamientos negativos originen el cáncer ni que cambiar las creencias pueda curarlo por sí solo. La meditación tampoco sustituye el diagnóstico y los tratamientos médicos.

En Médano Blanco, sin embargo, la ceremonia tenía su propia lógica, sostenida por la confianza de quienes participaban y por la fuerza evocadora de aquel paisaje.

La energía y el espíritu

—¿Qué es, entonces, un centro de energía? —preguntaba el hombre, como si la respuesta no debiera buscarse únicamente en sus palabras.

Para él, se trataba de fuerzas invisibles en movimiento, capaces de influir sobre el mundo físico. Relacionaba aquella idea con el concepto de espíritu: algo que no podía tocarse ni medirse con facilidad, pero cuya existencia muchas tradiciones habían intentado explicar a través de los siglos.

En su pensamiento, la mente transmitía energía y el ser humano debía aprender a reconocer sus propias tensiones para recuperar la armonía.

La curación, desde aquella perspectiva, comenzaba por una disposición interior: aquietar el pensamiento, abandonar por un momento el miedo y reencontrarse con uno mismo.

¿Era aquello una antigua sabiduría transmitida de generación en generación? ¿Una interpretación espiritual de la naturaleza humana? ¿O una creencia que encontraba en la soledad de las dunas el escenario perfecto para desplegar su poder de sugestión?

Quizá cada participante habría respondido de manera diferente.

Lo cierto es que Médano Blanco ofrecía un marco singular para una experiencia semejante. El aislamiento, el viento, la extensión de la arena y la cercanía del mar componían una escenografía natural en la que el tiempo parecía transcurrir de otra manera.

En aquel ambiente, una pausa podía convertirse en un acontecimiento y una palabra, pronunciada con la solemnidad adecuada, adquirir una fuerza extraordinaria.

Hermanos de la arena

Llegado cierto momento, el interlocutor abandonó las explicaciones y se dirigió a los presentes con un tono más íntimo.

—Hermanos míos, estén alertas. Hay cambios que están por encima de los intereses y las mezquindades de los hombres equivocados. No permitan que las preocupaciones de todos los días los aparten de aquello que consideran esencial. Sean fieles a la tierra.

Sus palabras tenían algo de advertencia y algo de despedida.

Habló de recuperar conocimientos antiguos, de poner al alcance de las personas ciertas prácticas sencillas y gratuitas, y de la necesidad de no dejarse arrastrar por aquello que conduce al desaliento.

En su visión, el ser humano debía convertirse en protagonista de su propia transformación. No bastaba con escuchar: había que actuar, perseverar y buscar dentro de uno mismo las respuestas que tantas veces se pretendían encontrar afuera.

El discurso adquirió entonces un tono casi profético.

—Cuando desdeñamos aquello que nos hace bien, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por una corriente que no sabemos adónde nos conduce.

Después llegó una afirmación todavía más categórica. El hombre prometía que allí podían curarse todos los males, como si el centro de energía constituyera una panacea universal.

Aquella promesa pertenecía a su particular concepción de la ceremonia, no a una eficacia médica demostrada. Pero, para comprender el clima de aquella reunión, importa también observar la fuerza que pueden adquirir las palabras cuando se pronuncian ante personas que buscan alivio, esperanza o una explicación para sus sufrimientos.

Porque el dolor no solamente afecta al cuerpo. También despierta preguntas, y algunas de ellas no encuentran respuesta inmediata.

El interlocutor terminó de hablar.

El hombre del bastón

Sostenía en una mano un bastón que había fabricado con una rama. No parecía tener apuro por concluir. Su mirada recorría a los presentes, aunque nadie podía saber con certeza qué estaba pensando.

La ceremonia parecía acercarse a su desenlace. Algunos aguardaban una última explicación; otros quizá esperaban una señal que confirmara lo que habían experimentado.

Después de un rato, el hombre levantó ligeramente el bastón.

Su voz volvió a sonar, ahora sin explicaciones ni promesas.

—Ahora partiremos, queridos hermanos. Todos partiremos. Y desde este momento les ordeno que se encuentren a ustedes mismos, aquí o en la ciudad.

No agregó nada más.

La ceremonia había terminado.

Los participantes comenzaron a dispersarse, llevándose consigo sus impresiones, sus creencias y sus dudas. El viento seguiría moviendo los médanos, borrando las huellas y modificando lentamente el paisaje.

Y el centro de energía permanecería allí, envuelto en el misterio que le habían atribuido.

Porque acaso el mayor enigma de aquella sesión no fuera descubrir si existía una fuerza invisible capaz de transformar el cuerpo, sino comprender por qué, cuando el sufrimiento nos acorrala y las respuestas habituales parecen insuficientes, los seres humanos seguimos buscando en la naturaleza, en la espiritualidad y en los rincones más solitarios del mundo una esperanza que nos permita continuar.

Los hombres se marchan, las huellas desaparecen, pero el misterio permanece.

Y quizá esa sea la última enseñanza que Médano Blanco ofrece a quienes se acercan en busca de respuestas: cada uno regresa a su casa con sus propias creencias, sus preguntas y la necesidad de encontrar, dentro de sí mismo, un camino para seguir adelante.