Una historia de hombres que recorrieron la Argentina con un atado de ropa al hombro, durmiendo junto a las vías y buscando en cada estación una oportunidad para ganarse el pan.
Hubo un tiempo en que por los campos argentinos, las estaciones ferroviarias y los caminos rurales circulaban unos personajes que parecían no pertenecer a ningún lugar. Vestían ropas gastadas, llevaban pocas pertenencias y viajaban de un sitio a otro siguiendo el ritmo de las cosechas y las changas.
Eran los crotos, también llamados linyeras. Para algunos, vagabundos; para otros, trabajadores trashumantes que habían elegido —o a quienes la vida había empujado a— una existencia alejada de las obligaciones convencionales.
Como dice el refrán: «Cada cual sabe dónde le aprieta el zapato». Detrás de aquellas ropas andrajosas había historias que pocos se detenían a escuchar.
¿De dónde viene la palabra croto?
La explicación más difundida relaciona el término con José Camilo Crotto, gobernador bonaerense entre 1918 y 1921.
Durante su gobierno se dictó una disposición que permitió a determinados peones rurales viajar gratuitamente en trenes de carga para trasladarse hacia los lugares donde se necesitaban trabajadores para las cosechas.
Aquellos hombres comenzaron a ser asociados con la expresión «viajar por Crotto», y con el tiempo la palabra croto pasó a identificar a personas pobres, desaliñadas o que llevaban una vida errante.
Pero no todos eran iguales. Algunos eran trabajadores golondrina que se desplazaban según las temporadas agrícolas. Otros habían abandonado sus hogares por conflictos familiares, dificultades económicas o el deseo de vivir sin ataduras.
No todo el que viajaba era un vagabundo, ni todo el que parecía vagabundo carecía de oficio.
El ferrocarril: una patria de rieles
Para los crotos, el ferrocarril fue mucho más que un medio de transporte. Era el eje de su mundo.
Las vías comunicaban pueblos, estancias, puertos y ciudades. Donde había una cosecha o una posibilidad de ganar unas monedas, allí podía dirigirse el viajero.
Los trenes de carga les permitían recorrer grandes distancias. El croto aprendía a conocer estaciones, campos y lugares donde encontrar trabajo, alimento o refugio.
No tenía domicilio fijo, pero conocía una geografía que muchos habitantes sedentarios jamás llegaban a descubrir.
«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar», escribió Antonio Machado. Para aquellos hombres, el camino no era solamente una metáfora: era su vida cotidiana.
La ranchada y el mono
Al caer la noche, los crotos solían reunirse en lugares apartados para formar una ranchada. Allí encendían un fuego, preparaban algo de comer y compartían las noticias recogidas durante sus viajes.
Cada uno podía aportar lo que hubiera conseguido: un poco de pan, yerba o algún alimento. No siempre había abundancia, pero la solidaridad podía marcar la diferencia entre pasar una noche soportable y sufrirla en soledad.
Sus pertenencias eran escasas. El mono era el atado donde guardaban la ropa y los objetos personales. El equipaje debía ser liviano: cuando toda la vida cabe en un bulto, cada cosa tiene que justificar su peso.
La ranchada también tenía sus códigos. Había que saber compartir, respetar lo ajeno y evitar conflictos innecesarios. La experiencia enseñaba a reconocer a los compañeros confiables.
Por supuesto, no todos los encuentros eran fraternales. También existían disputas y engaños. Pero el fuego compartido podía crear vínculos profundos entre hombres que, pocas horas después, quizá volvieran a separarse.
Como dice el refrán: «En la necesidad se conoce al amigo».
El hambre y el frío
La imagen del hombre libre que recorre el mundo con su equipaje al hombro puede resultar atractiva. Sin embargo, la realidad de muchos crotos era mucho más dura.
El hambre, el frío, las enfermedades y la falta de un lugar seguro para dormir eran problemas cotidianos. Una lluvia prolongada podía arruinar el viaje; una temporada sin cosechas podía dejarlos sin ingresos.
Algunos trabajaban en la recolección de cereales y otras tareas rurales. Otros dependían de empleos ocasionales o de la ayuda de sus compañeros.
La libertad tenía un precio: no estar atado a un patrón permanente también significaba carecer de un salario asegurado, una vivienda estable y protección para la vejez.
«No es oro todo lo que reluce». La vida errante podía ofrecer independencia, pero también una dureza difícil de imaginar desde afuera.
Bepo: un hombre que ayudó a contar aquella historia
Entre los personajes que permiten comprender ese mundo se encuentra José Américo Ghezzi, conocido como Bepo, cuya experiencia fue recogida por Hugo Nario.
Bepo vivió durante años como linyera. Sus recuerdos de los caminos, los compañeros y las experiencias vividas permitieron conocer mejor aquella forma de existencia.
Su historia muestra que detrás de la figura del croto había mucho más que pobreza o desaliño: había observación, sensibilidad y una manera particular de entender la vida.
La relación entre Bepo y Nario permitió rescatar recuerdos que, de otro modo, podrían haberse perdido. Así, una experiencia individual se convirtió en una ventana hacia la vida de muchos otros.
La historia oral tiene precisamente ese valor: escuchar a quienes estuvieron allí antes de que desaparezcan los últimos testigos.
El trabajo y las luchas
Aunque la imagen popular suele asociar al croto con la libertad individual, muchos eran trabajadores rurales que dependían de empleos temporarios y de condiciones económicas que no controlaban.
Las transformaciones del campo, las crisis y la mecanización agrícola fueron modificando sus posibilidades de trabajo.
También hubo organización y conflictos colectivos. Los trabajadores rurales reclamaron mejores condiciones y defendieron sus posibilidades de empleo y subsistencia. La historia de los crotos no estuvo separada de las luchas obreras de su tiempo.
El hombre que viajaba solo podía descubrir que compartía los mismos problemas que muchos otros.
Porque «La unión hace la fuerza», incluso entre quienes no tenían una casa fija ni un lugar permanente donde reunirse.
El ocaso de una forma de vida
Con los cambios en el transporte ferroviario, el avance de los camiones y la mecanización de las cosechas, el mundo croto fue perdiendo sus antiguos espacios.
Algunos se establecieron en pueblos y ciudades; otros continuaron viajando mientras pudieron. La vejez, sin embargo, planteaba una pregunta difícil: ¿qué sucede cuando un hombre acostumbrado a caminar ya no tiene fuerzas para continuar?
Sin vivienda estable ni una familia cercana, envejecer podía convertirse en una experiencia de soledad y desamparo.
Hoy, la palabra croto suele utilizarse como insulto para describir a alguien desaliñado. Pero su historia es mucho más rica: habla de trabajadores que recorrieron enormes distancias, aprendieron a sobrevivir con poco y formaron parte de una Argentina rural que ya no existe de la misma manera.
No todos eligieron aquella vida por las mismas razones. Algunos buscaron escapar de las obligaciones; otros sencillamente necesitaban trabajar donde hubiera una oportunidad.
Hugo Nario contribuyó a rescatar ese pasado y a conservar la memoria de hombres cuyas vidas difícilmente habrían aparecido en los grandes libros de historia.
Como dice el refrán: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».
Unas líneas para despedirnosPor los rieles de la pampa,
Una adivinanza para los lectores
¿Qué soy?
Respuesta: el mono, el atado donde el croto llevaba sus pertenencias.
Y ahora, una pregunta para quienes visitan este blog: ¿recuerdan haber visto alguna vez a un croto o linyera en una estación ferroviaria, en un campo o junto a las vías? ¿Conocieron a alguien que llevara esa vida?
Los recuerdos de nuestros mayores pueden completar lo que los libros no alcanzaron a contar.
Porque hay hombres que no dejaron monumentos, pero dejaron caminos. Y mientras alguien recuerde sus pasos, no habrán desaparecido del todo.
— Secretos de Necochea y Quequén
Autor y recopilador: Carlos Bonserio
Referencia Histórica Hugo Nario




