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lunes, 28 de septiembre de 2026

El error más grande de mi vida

El 6 de marzo de 2015 fui a despertar a mi esposa, que se había quedado dormida en el sofá.

Eran alrededor de las diez y media de la mañana. La noche anterior se había acostado con una bronquitis muy grave, una bronquitis de fumadora. Había tomado algunos sedantes y también unas pastillas de morfina que conservaba de una cirugía realizada muchos años atrás.

Cuando la vi dormida, pensé que necesitaba descansar. Decidí dejarla dormir hasta el mediodía.

Ese fue el error más grande de mi vida.

Al mediodía fui a despertarla.

No respiraba. No tenía pulso. Estaba fría, muy fría.

Comencé a gritar, a sacudirla, a intentar obtener alguna respuesta.

Nada.

No respondía.

Estaba muerta.

Entonces entré en modo RCP. Comencé a practicarle reanimación y, de alguna manera, conseguí recuperar su respiración, aunque apenas.

Llamé al 911. La ambulancia llegó diez minutos después y los médicos consiguieron mantenerla con vida.

Pero la falta de oxígeno le había provocado un daño cerebral severo.

Nunca volvería a hablar ni a moverse.

Pasó un año entero en el hospital. Cuando finalmente pudo regresar a casa, comenzó otra etapa de nuestras vidas.

Llevábamos treinta y cinco años casados. Éramos marido y mujer, amantes, compañeros y, sobre todo, grandes amigos.

Ella todavía está consciente.

Puede recordarme.

A veces se ríe de alguna de mis bromas.

Mira televisión conmigo.

Y yo sigo a su lado.

No pasa un solo día sin que me arrepienta de haber decidido dejarla dormir aquellas dos horas.

Todos me dicen que no fue mi culpa.

Pero yo no puedo creerles.

Siempre voy a pensar que, si la hubiera despertado antes, todo habría sido diferente.

No sé qué hacer con ese sentimiento, salvo seguir cuidándola.

Le sostengo la mano. Le acaricio los pies. Estoy con ella las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

No me he separado de su lado durante estos dos años.

He hecho un voto de soledad. No porque alguien me lo haya pedido, sino porque cuidar de ella es, para mí, un honor.

También es mi orgullo.

Con el tiempo, la familia y los amigos se fueron alejando. Algunos desaparecieron porque no sabían cómo enfrentarse a algo tan terrible.

Yo sí sé qué hacer.

Quedarme.

Amarla.

Cuidarla.

Estar allí.

Después de treinta y cinco años juntos, quizá eso sea lo único que realmente importa.

Todos dicen que no fue mi culpa.

Yo todavía no puedo perdonarme.

Pero mientras ella pueda recordar quién soy, mientras pueda mirarme, mientras alguna vez vuelva a reírse de una de mis bromas, voy a seguir tomando su mano.

Porque aquel día pude haber cometido el error más grande de mi vida.

Pero todavía tengo la oportunidad de demostrarle, cada día, cuánto la amo.


La maldición de Isondu

 

 

Che Tangazo se quedaba todas las noches largo rato mirando al cielo. De tanto observar, en los últimos días, el ingreso de varias naves en el océano, le había agarrado tortícolis en el pescuezo.

Lo que más le había llamado la atención fue que, hacía tres días, había visto un grupo de cuatro aeronaves alineadas en fila, cuyo resplandor había durado casi una hora.

Le pregunté si las había fotografiado, pues a toda hora andaba con su cámara fotográfica colgada al cuello.

Dijo que sí, que las había fotografiado incluso con una cámara infrarroja y otra digital, pero que, al revelar las imágenes, no entendía qué fenómeno se había producido, pues no se veía nada.

Lo miré con dudas.

—No habrás cometido algún error y las sacaste a contraluz, encandilando el lente de la cámara.

Exhaló y dijo:

—No cometí ningún error. Era de noche y, salvo al amanecer o al ocaso, jamás en otro momento del día tienes el sol en el mar.

Una vez que llegamos al lugar donde debíamos girar para internarnos en el continente, la arena nos tragó sin esfuerzo. El aspecto metafórico de los médanos inducía mil pensamientos dispares, solemnes, sobrios, desconocidos... Eran grandes, con forma de media luna. El más bajo tendría sesenta metros de altura y el más alto, ciento ochenta.

El avance se hizo lento y difícil. A través de ese terreno, el movimiento en línea recta era imposible. A una velocidad de un kilómetro y medio por hora, avanzábamos rodeando los profundos hoyos de arena crujiente con los que tropezábamos constantemente a nuestro paso.

Los afilados bordes de las crestas y estrías de arena cedían bajo nuestros pies, salpicando la dorada arena suelta a nuestro alrededor.

Luchamos con gran fervor, médano tras médano. Cada paso se hizo odioso, y uno se agitaba y temblaba a causa del agotamiento.

Finalmente, nos sentamos a esperar alguna señal.

—¿Quieres que te cuente una leyenda? —me dijo Che Tangazo, mientras estaba a su lado, tirado boca arriba—. La leyenda, presta atención. Especialmente vos, te interesará escucharla. Siempre hablaste de las incursiones de los indios pampas por esta zona. Es un relato de un viejo poblador de la estancia El Moro, de Lobería.

—Te contaré la historia de Isondu, quien fue rey de los indios mapuches hace mucho, muchísimo tiempo.

De acuerdo con lo que me contó don Zoilo, Isondu fue un rey siniestro, el más siniestro que conocieron las tierras de Neuquén. Era temerario y belicoso. Construyó muchas armas de guerra: arcos, lanzas, boleadoras, etcétera. Cuando no estaba guerreando contra sus vecinos, organizaba expediciones y malones de saqueo a Chile y a la pampa de Buenos Aires.

Ahora bien, el curandero de los mapuches en ese momento era Okondu. Afirmaba ser descendiente del gran curandero Xiofo y, por ello, exigía absoluto respeto hacia su persona y hacia los grandes conocimientos curativos que poseía.

Aborrecía los actos agresivos de Isondu y le aconsejaba que condujera a su pueblo a una vida apacible. Le decía que la tierra que habitaban era muy noble y que debían vivir de los cultivos y de la crianza de animales. Señalaba que los actos de Isondu despertarían la cólera de los dioses.

Esta oposición irritó a Isondu, quien atribuía las ocasionales derrotas a su curandero, pues decía que no invocaba a los dioses en su favor.

Cuando regresaba de un ataque fracasado, depositó su poncho en una fuente y lanceó a un perro negro. Cuando Okondu se quejó de su comportamiento, lo amenazó con hacerlo correr la misma suerte.

La conducta del rey desagradaba al curandero. Además, ocupaba su tiempo libre en diversiones y todo tipo de depravaciones. Disponía de un centenar de mujeres y los festines, acompañados de borracheras, se prolongaban durante días y semanas.

Por aquellos tiempos se acercaba la semana de festejos por el comienzo del año nuevo, que se celebraba el 21 de junio. Como preparación, Isondu exigió contribuciones muy elevadas al pueblo mapuche. Ordenó que le trajeran grandes contingentes de guerreros y que los jefes menores se presentaran ante él durante las celebraciones.

Esta orden provocó gran enojo en la población. Okondu y los demás curanderos, en lugar de calmar los ánimos, estimularon aún más el descontento de la gente.

Cuando Isondu lo supo, resolvió librarse de una vez por todas del curandero. Su intención era matar a Okondu. Contaba con el apoyo de Lunoku, un segundo curandero que esperaba ocupar el lugar del primero.

Isondu buscó excusas para matar a Okondu, pero el curandero era muy anciano, su conducta siempre había sido intachable y el pueblo lo quería. Finalmente, encontró el motivo para acabar con él.

En una ocasión, ordenó que le trajeran algunas gaviotas de las montañas. La gaviota es un ave acuática y rara vez aparece en la zona cordillerana. Como su carne no era comestible y sus plumas no servían como adornos, todos se asombraron del pedido de Isondu. Sin embargo, los gobernantes de la época, tal como ocurre todavía hoy, rara vez explicaban sus actos.

Cuando el grupo estaba por partir, Isondu dijo:

—Quiero que las aves provengan únicamente de la cordillera. No acepto ninguna que venga del mar.

El jefe del grupo de cazadores sabía que la gaviota era un ave de mar y se sintió sorprendido. Miró al curandero, que estaba cerca, y le preguntó:

—¿Es posible hallarla en la cordillera?

El curandero respondió:

—Estas aves no están en la cordillera. Deberán tender las trampas junto al mar.

Isondu se alteró terriblemente y le preguntó al curandero:

—¿Osas desafiar mis órdenes? ¡Ordené a los cazadores que fueran a la cordillera y tú los envías a tender sus trampas junto al mar! ¡Qué bonito!

El curandero respondió:

—Le pido al rey que recuerde que yo no imparto órdenes.

—¡Pero te atreviste a interferir con las mías! Escucha, curandero de morondanga. Mis hombres irán a la cordillera a buscar las aves que solicité. Si las encuentran, ordenaré que te ajusticien por ser un falso hechicero y un mentiroso con el pueblo.

Okondu tenía presente que las palabras del rey representaban la muerte para él y la destrucción de su familia.

Expresó en voz alta una maldición:

—Como los dioses lo desean, debo someterme a esta prueba. Pero, ya que todo esto es una patraña, ¡cuidado con la mano que me apalee, con los ojos que presencien el crimen y con la tierra que beba mi sangre!

A esta altura, con los ojos bien abiertos, estábamos muy atentos a su historia. Saqué un termo de una mochila y bebí un poco de agua. El Che tomó un gran sorbo, aclaró su voz y continuó el relato...

A los siete días de haber partido, muy temprano por la mañana, regresaron los cazadores, trayendo en las alforjas de sus caballos un gran número de aves.

El perverso rey, riéndose, señaló las aves y le dijo al curandero:

—Todas estas aves fueron atrapadas en la cordillera. Por lo tanto, te condeno a morir como falso hechicero, como hombre que se separó de los dioses y como engañador y timador del pueblo.

El curandero tomó una de las aves entre sus manos y declaró sabiamente:

—Estas aves no provienen de la cordillera. Aún tienen el olor del mar.

Pero los cazadores afirmaron enérgicamente que las aves habían sido atrapadas en las regiones altas, y el rey declaró que, ante la honorable palabra de aquellos hombres, quedaba demostrado que el curandero mentía.

Sabiéndose condenado y consciente de que los cazadores habían recibido la orden de mentir, decidió demostrarle al pueblo que tenía razón.

Pidió permiso para abrir tres de las aves. De muy mala gana, el rey mapuche lo autorizó.

El curandero abrió los buches de las tres aves y descubrió que estaban llenos de cornalitos, unos peces pequeños.

Entonces exclamó:

—¡Estos son mis testigos!

Y mostró, a diestra y siniestra, los buches abiertos a todos los presentes.

Enloquecido, Isondu se apoderó de una lanza y la hundió ferozmente en el corazón de Okondu, asesinándolo al instante.

Un grito surgió de quienes presenciaron el crimen, pues la violencia contra el curandero era inconcebible.

Pero el rey ni se inmutó. Entregó a su asistente el arma ensangrentada y se alejó caminando.

Llamó a Lunoku, el curandero ayudante, y le ordenó que exterminara a toda la familia y quemara la casa de Okondu.

Orgulloso, Lunoku cumplió las órdenes del rey y después se dirigió al pie de la cordillera, donde se encontraba la entrada de una cueva. Llevaba consigo el cuerpo del sumo curandero.

Cuando se aproximaba a la entrada, la cruz de madera que indicaba la santidad del lugar cayó al suelo.

En el interior, la cueva comenzó a temblar. Brotaron gemidos de las imágenes pintadas de los dioses mapuches, el altar cayó al suelo y se produjo una abertura de la que brotaron fuego y humo.

Lunoku dejó el cuerpo y huyó, temblando de miedo.

Lo que contó a la gente suscitó escaso temor, aun cuando comenzaron a suceder hechos inéditos.

Se produjo un temblor leve, pero constante. Desde el norte venía un viento cálido y sofocante. Se oían extraños sonidos e incluso caían gotas de sangre de las nubes.

Para colmo, los ríos y los lagos se estaban secando.

El rey, en un tono más moderado, reconoció haber irritado a los dioses con la muerte de Okondu.

El pueblo, desesperado por la sequía que se acercaba, hizo sacrificios humanos, logrando calmar el temblor, los ruidos y las gotas de sangre.

Pero la sequía continuó y el sufrimiento general se acentuó día tras día.

Después de que todos los esfuerzos por detener la temida maldición fracasaran, y viendo que su reino quedaba casi despoblado por el éxodo, Isondu huyó a Neuquén con unos pocos de sus fieles.

Pero la sequía lo siguió hasta allí.

Dondequiera que iba, el agua dulce se hundía en la tierra y las nubes no producían lluvia. Viajaba de un lugar a otro llevando consigo la sed.

Durante cinco años anduvo errante y, en el transcurso de sus viajes, desoló todo lo que tocó.

Finalmente, Isondu murió de sed y hambre, tal como lo anunciaba la maldición.

Sus huesos quedaron al sol y, desde entonces, se oye el famoso dicho:

«Se pudren al sol los huesos de Isondu».

Los mapuches nombraron un nuevo rey, que estableció un gobierno prudente. Una vez terminada la maldición, comenzó a llover para el bien de su gente.

Le pregunté:

—¿Pero aquí sigue esa maldición, Che?

—No —fue su respuesta—. Pero no entiendo a qué se debe tu pregunta.

—Es que aquí es todo árido y seco. Son médanos de arena y nunca llueve.

—Pero lo que te conté ocurrió cerca de la cordillera. Ellos venían a este lugar solo en verano, en busca de armonizar sus energías.

—Ah... —respondí, saliendo de mi asombro—. Igualmente, las expediciones de Alsina y Roca extendieron la República hasta alcanzar los Andes y Magallanes. Los indios se fueron al lado chileno.

«Nadie es perfecto… ¡Yo soy Dios!».

 




ALGUIEN dice:

Nadieeeeeeeeeeee.

ALGUIEN dice:

¿Quién es nadie?

NADIE dice:

Nadie es perfecto. Yo soy nadie. Yo soy perfecta. Dios es perfecto. ¡Yo soy Dios!

ALGUIEN dice:

Perdona, no quieras suplantar mi personalidad.

ALGUIEN dice:

¡Yo soy Dios!

NADIE dice:

Pero estamos en un mundo donde la mujer está gobernando.

Y si tú eres Dios, puedes ser Jesús.

Solo quería decirte que me llamo María Magdalena. Un placer conocerte. Y si estás libre de culpa, pues tira la primera piedra.

ALGUIEN dice:

Bueno, la mujer no gobernará nunca.

Por desgracia, cada día la mujer quiere ser más parecida al hombre.

MIGUEL ÁNGEL dice:

¡Y eso la hará pendeja!

NADIE dice:

Eso es verdad.

Pero también, por fortuna, el hombre quiere ser más parecido a la mujer, y eso lo hace gay.

ALGUIEN dice:

Bueno.

MIGUEL ÁNGEL dice:

Ya sabes que un gay es una persona desfavorecida, la cual es una mujer en el cuerpo de un hombre.

Aunque se sienten para mear, eso sí.

NADIE dice:

No, un gay es un hombre con deseos de superación.

ALGUIEN dice:

¡Ya quisieran los gays poder ser montados!

Perdón, ¡superados!

NADIE dice:

Ya quisieran los hombres poder aceptar que les fascina ser dominados.

ALGUIEN dice:

¡Buf!

¡Qué mal!

Sería incapaz de ser dominado.

MIGUEL ÁNGEL dice:

Jamás he podido asumir eso.

NADIE dice:

Más bien, serías incapaz de reconocerlo.

ALGUIEN dice:

No, de verdad.

NADIE dice:

¡Son los primeros síntomas gays! Y nada tengo en contra de ellos, ¡aclaro!

ALGUIEN dice:

Mi personalidad no me lo permite.

Siempre tengo que llevar razón.

Y pocas veces pido perdón.

Muy pocas.

Porque procuro no confundirme para no tener que pedir excusas.

MIGUEL ÁNGEL dice:

¿Y tú podrías ser dominada?

NADIE dice:

Es muy probable. Siempre he buscado un hombre para eso...

Para hacerle creer que me domina.

ALGUIEN dice:

Yo tenía una amiga que hacía eso con su marido.

Y cuando el marido se fue de casa, se quiso suicidar.

NADIE dice:

¡Qué bien!

ALGUIEN dice:

Aún no puede vivir sin él.

Y él se está «tirando» a una diez años más joven.

MIGUEL ÁNGEL dice:

...

NADIE dice:

Yo también tenía una amiga que tenía un marido que creía que la dominaba. Decidió irse de la casa y, cuando lo hizo, se dio cuenta de que era un pobre pendejo que no valía nada sin su mujer.

ALGUIEN dice:

Pero ese es un pobre imbécil.

NADIE dice:

Ella se tiró no a uno más joven, sino a un hombre más viejo, que supo cómo era la manera de tratarla y tenía más sabiduría.

Se dio cuenta el güey de que la vida es un constante dominio y una lucha.

ALGUIEN dice:

Por eso te digo que era un imbécil.

NADIE dice:

Sí, ese tipo lo era. Jamás asumió que era dominado, aunque lo era.

ALGUIEN dice:

La vida es armonía y mucha comunicación.

Y, sobre todo, un término medio.

NADIE dice:

Y decía yo: «Muy pocas veces pido perdón. Procuro no confundirme para no tener que dar excusas».

ALGUIEN dice:

Créeme que no me confundo.

Por eso me van bien las cosas.

Porque nunca dejo participar a una mujer en mis negocios.

NADIE dice:

Sí, parece que lo conoces. Eso mismo decía el güey, exactamente las mismas palabras que tú.

En fin, cosas de la vida.

ALGUIEN dice:

Pero el que es dominado por una mujer...

Es dominado por nadie.

Eso sí.

NADIE dice:

Por eso...

MIGUEL ÁNGEL dice:

Guardo el respeto a todo el universo.

NADIE dice:

Yo soy nadie. Nadie es perfecto. Yo soy perfecta. Dios es perfecto.

¡Yo soy Dios!

Lo acabas de aceptar.

¡Ja!

ALGUIEN dice:

Sí, acepto que soy Dios.

¿Y tú, María Magdalena?

NADIE dice:

¡Ni madres! ¡Acepta que perdiste!

ALGUIEN dice:

¿Y tú, María Magdalena?

NADIE dice:

¡Webos!

ALGUIEN dice:

¡Gané!

NADIE dice:

Está bien, tú ganas.

(Ja, ja, ja... ¡Pobrecito! Sigue creyendo que él ganó  

Adaptación Carlos Bonserio 

jueves, 10 de septiembre de 2026

 

SER VIEJO

El músico Andrés Segovia decía que la tragedia de la edad no es ser viejo, sino que se sea joven y la gente no lo vea.

Lo había leído hacía muchos años y, como suele suceder con ciertas frases, la había guardado en algún rincón de la memoria sin saber para qué.

Esta mañana lo entendí.

Fue en Petrobras.

Soy cliente desde hace años. Vivo en Quequén y, a esta altura de la vida, uno termina conociendo a los empleados de las estaciones de servicio casi tanto como a los vecinos del barrio. Pero había una chica nueva.

Bonita, amable, parlanchina. De esas personas que sonríen mientras hablan y hacen que uno se quede un rato más de lo necesario.

—¿Cómo es tu nombre? —le pregunté.

—Emiliana, pero lo odio. Todos me dicen Emi. ¿Y el suyo?

—Francisco. Y me gusta. Por suerte nunca me llamaron Pancho.

Sonrió todavía más.

—¡Ay, qué genial! ¡Igual que mi abuelo! ¡Qué amor!

Me quedé pensando en ese “igual que mi abuelo”.

Después llegó la pregunta inevitable:

—¿Usted tiene nietos?

Ahí estaba.

La palabra.

Usted.

—Tutéame, por favor, Emi.

Largó una pequeña carcajada nerviosa, como si hubiera cometido una falta que no sabía cómo reparar.

Yo sonreí.

Pero por dentro algo se había movido.

Aquella muchacha de veintidós años me acababa de colocar, sin mala intención, en una categoría perfectamente definida: viejo.

No un hombre.

No Francisco.

No siquiera un cliente.

Un viejo.

Y lo peor era que yo no me sentía viejo.

Me sentía, en todo caso, un joven entrado en años.

Que no es lo mismo.

Hay una enorme diferencia.

El problema es que esa diferencia la conoce uno solo.

Para los demás, la edad se ve desde afuera.

Para uno, se siente desde adentro.

Y yo no me amilané.

La conversación siguió.

En algún momento apareció el tema de la fidelidad. Yo le tiraba algunas pelotas, a ver cómo las devolvía. Pero Emi no veía las pelotas.

O quizá las veía y hacía como que no.

Para ella yo era un viejo charlatán al que había que llevarle la corriente.

“Total, no parece malo.”

Ni siquiera verde me veía.

Eso, debo reconocerlo, me tranquilizó un poco.

Aunque también me hizo pensar.

Es triste que a los viejos nos digan de todo: arcaicos, añosos, rancios, carcamanes, vejestorios, anticuados, gastados, deslucidos.

Palabras que parecen sacadas de un cajón donde se guardan las cosas que ya no sirven.

Nos denigran desde la Real Academia hasta el último de los mohicanos.

Y nosotros tampoco somos inocentes.

Tengo amigos de mi edad que son mucho más viejos que yo.

Sus olvidos, sus repeticiones, esas historias que vuelven una y otra vez hasta que uno ya sabe de memoria cómo terminan, me sacan de quicio.

Entonces, frente a ellos, ocurre algo curioso.

Me convierto inmediatamente en joven joven.

Y a ellos los declaro viejos viejos.

Vale decir: estropeados por el uso.

Pobres.

Quizá la vejez consista precisamente en eso: en una competencia secreta donde cada uno intenta demostrar que el otro es más viejo.

Pero esta mañana había aprendido algo nuevo.

No importa demasiado cuántos años tenga uno.

Importa cuántos años creen los demás que tiene.

Antes de irme, Emi me miró y sonrió.

—Mañana lo tuteo, Francisco.

—¿Seguro?

—Seguro.

Salí de Petrobras pensando en Andrés Segovia.

Tal vez tenía razón.

La verdadera tragedia no sea cumplir años.

Quizá sea que un día alguien te mire y, sin conocerte, vea en vos solamente a un viejo.

Mañana voy a volver.

No sé qué me preocupa más:

si que Emi finalmente me tutee...

o que vuelva a decirme:

—¿Qué va a llevar, señor?

jueves, 15 de agosto de 2024

FRONTERAS Y PUERTOS COLADORES ARGENTINOS Y LATINOAMERICANOS


 

INFORME ULTRA SECRETO DE COMERCIO EXTERIOR

 

Hola queridos y fieles seguidores de secretos de Necochea, hoy vamos a hablar de los”Misteriosos Secretos de los Puertos y Aduanas Argentinas”

Un tema esquivado por muchos, pero debería llamar la atención sobre todo para Latinoamérica, donde realmente hay una gran deficiencia en los controles, dejando de lado intereses importantes de nuestros países donde está el portal de egresos de la riqueza.

En Puertos de rio y de mar, Aduanas, Aeropuertos y pasos fronterizos. Hay verdaderas mafias nacionales e internacionales operando a plenitud.

Estos lugares mueven millones de dólares, tienen la libertad de embarcar y recibir cualquier mercadería de contrabando. Todo el mundo cierra los ojos, seguramente no es gratis los funcionarios encargados de controlar no lo hacen por amor al arte, más en Latinoamérica donde las leyes son tan endebles y rige la impunidad. Por ello hoy hablaré de este tema.

Pretender ingresar en ese submundo, que es un colador, algo que está plagado de cosas misteriosos, no es que se quedan con minucias.

Hay horarios de embarques y desembarcos nocturnos que representan en un operativo, 20 millones de dólares, pues se arreglan los nacionales con los internacionales para no declarar. Por supuesto que esos mismos operan legalmente pues están establecidos en casi todos los puertos. El estado las controla por declaraciones juradas, como creer a un exportado, a un agente de aduana o a una corporación que tiene operadores en el lugar de compra y operadores de recibo en el lugar de destino. Como controlar la hidrobia si la mayoría de los puertos son privados, quien va a ir a preguntar y si alguno entra es porque está adornado. Es el gran agujero negro que tenemos en los cereales, fertilizantes, y si vamos por la minería es un pozo ciego, si un pozo ciego en todo el continente. Hay concesiones otorgadas de oro, plata, cobre, litio, y minas de tierra raras que son grandes monumento a la riqueza: cargan, sacan, revientan las montañas, grandes camiones llevan hasta las líneas de ferrocarril y de ahí a Chile para irse a los países asiáticos industriales, quien sabe lo que se carga. Magoya. En Centroamérica el café, el cacao mágicamente la riqueza desaparece. Y la pesca es algo en lo que dejamos de controlar. Ciudades enteras iluminadas en el mar surgen por las noches. Y difícil controlarlas porque aparecen como grandes instituciones con una fachada totalmente legal, sacan un 60% por ciento legal y el resto entre gallos y media noche. Otro método que utilizan es la triangulación, que es un triangulo donde hay tres vértices para que lo entiendan. En uno está el vendedor y el producto, en otro el comprador y la necesidad de consumirlo y en el tercero las corporaciones, que tienen mandatos y poderes de los otros dos y que manejan todo desde las bolsas de Hong Kong, Londres, Walt Street y Chicago, el centro económico del planeta que ponen precio a los comodities haciendo pingues ganancias.

   Quienes son estos, son aquellos que atacan a todos los gobiernos, enturbiándole el normal desarrollo de los mismos, utilizan medios de comunicación, rumores, economistas y políticos que forman parte de esa gran mafia, que es un estado dentro de todos los estados, creando las condiciones para la evasión permanente.

Al desordenarse tanto los gobiernos, no hay presidente con tanto poder que pueda controlar semejante evasión que realmente es responsable de la pobreza imperante en nuestros países.

Con esos dineros se podrían realizar grandes obras de infraestructura que reduciría la pobreza a límites increíbles. Igualmente uno no puede ahondar, porque no puede llegar al fondo de la cuestión, al no tener acceso a los datos y los que nos escuchan ni mueven el amperímetro social, pues los que nos ven están ocupados en emergencias mucho mas importantes, como conseguir el sustento para vivir diariamente que en ocuparse en los puertos o en el despilfarro de las grandes corporaciones. Sé que no voy a tener gran repercusión, pero uno debe golpear una sola vez y duro, pero con esto es difícil que aparezca el dueño del chancho, pues están tan, tan, como se dice cubiertos, ah no, blindados que ni les hace mella.

Finalmente uno termina siendo un merodeador de la verdad. A veces la gente interpreta mal y descalifica al mensajero, en lugar de escuchar y plegarse a la denuncia.

A veces cuando voy al lago de los cisnes, los gansos y los patos me preguntan qué sucede, porque tanta mediocridad y no tengo respuestas y pongo la moto en marcha y escapo ante tantos graznidos que suben de tono hasta la desesperación.

Muchos de ustedes se preguntaran de cuál es mi sospecha de quiénes son esos personajes asociados a las mafias. Es un conjunto variopinto, no interviene un solo sector. Primero la fuerza de control, al que le baja la orden un determinado ministerio, los funcionarios de aduana, los sindicalistas que también deben tener sindicato que los comanda y por supuesto el poder corporativo. Todo esto aceitado desde las oficinas que manejan todo esto a nivel mundial, porque no solamente ocurre en los pasos fronterizos ocurre en todos los puertos y aeropuertos, ellos tienen todo el control de todo lo que se mueve y si les molesta algún funcionario le crean algún hecho confuso y la prensa se encargará de limarlo bien hasta que renuncie o vaya preso.

En cuanto a la parte de la ruta del dinero estos grupos están asociados a Bancos, fondos de inversión y tratar de investigar eso, es meterse dentro de un laberinto sin salida.

   Aquellos que ocupan ciertos puestos con un salario de 2.000 dólares mensuales legalmente, saben que hay corrupción y que por allí pasan millones de dólares, entonces los prejuicios se van a la mierda. Esto dice que cuando terminan su función son multimillonarios, pues forma parte de la corrupción, de las campañas políticas que compra al periodista que se le pone adelante, pues de no aceptar es fácil que lo retiren de escena. También los cambian de puesto a aquellos funcionarios que tratan de resistirse, con métodos triviales, te conviene es un ascenso, estas cerca de tu domicilio, podes trabajar a distancia, etc.

   Cuando abrís la caja de pandora, te encontrás con un nido de serpientes, uno como conoce el paño se pregunta: habrá  en algún momento alguien que pueda controlar, seguro que si pero hay que hacer una embestida a fondo y hay que tener mucho poder político y la gente debe esta concientizada pues se habla de una corrupción a alta escala.

Pues uno no sabe quiénes son los que cargan toneladas de oro, cobre, plata y ahora litio. Es difícil por todos estos gobiernos son temporales y los poderes corporativos sindicatos y empresarios son permanentes. Y ellos saben bien que por más medidas que tomen, a los 4 años cambia todo.

Los que están arriba saben todo esto y dirigen los títeres, juegan, ponen la música, la bajan la suben.

Uno piensa hasta que punto pueden resistir aquellos que toman un gobierno las tentaciones del poder. Decía Napoleón cuanto es el precio corruptible y hay muchos que ceden, pero a veces te encontrás con una Rusia que no pudo dominar.

Aquí estamos demostrando cuales son los enemigos de la pobreza, de la miseria, de la marginación social, porque esa es la causal que produce la corrupción.

Hemos visto tanto la exportación como la importación son agujeros negros, y es la llave para tener una economía sana.

Estamos en una ciudad que tiene puerto, el que mueve mucho dinero, pero no hay derrame, jamás hubo derrame salvo cuando comienzan las grandes protestas por la contaminación ambiental y se asustan. Entonces pavimentan 3 cuadras  o arreglan una plaza. Nuestros sueños de un lugar mejor para vivir se esfumaron y eso que llegan en barcos de fertilizantes y se van en barcos cerealeros y aceiteros.

Hace unos días me fui a caminar por la solitaria escollera sur que protege el canal de entrada al puerto y me detuve en la punta, sentándome a meditar en una de la rocas, con una suave brisa que me pegaba en la cara mirando el azulado horizonte marino, por eso hoy quería dejar algo testimonial, de cómo un país rico de materia prima tiene una gran cantidad de pobres, a los que debemos asistir con comida. En este caso solo soy el mensajero de una situación que impera en América Latina, en Argentina y en Necochea y Quequén.

 

 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Mario Marcelo, en su época equivocada


 

El día que cumplió treinta y cinco años, Mario Marcelo decidió darle un giro drástico a su vida. Tras haber acudido diariamente a la sala de juegos durante cinco años, por fin logró erradicar el vicio y recobrar la ansiada libertad. Hoy en día podía entrar y salir a su antojo del negocio que le había heredado su padre, sin que los empleados le guiñaran el ojo diciendo:

—Cualquier problema, lo buscamos en el bingo, «jefe».

El médico clínico naturista, quien solía comprarle discos compactos de música clásica, le aseguró que estaba totalmente recuperado. Por su parte, la psiquiatra, que también le compraba películas, aducía que nunca había estado enfermo de las facultades mentales. Eso sí, como entre sus pequeños libertinajes figuraba el de consumir vino tinto en exceso, la especialista le aconsejó abandonar el alcohol de forma gradual, hasta alcanzar un consumo aceptable que no intoxicara su organismo. Sin embargo, él fue más radical: no bebería ni una sola gota de ese oscuro y perverso brebaje. Según había pregonado a los cuatro vientos, no lo haría nunca más; sería un completo abstemio. Se lo prometió a su primo Eduardo con la condición de que le quitara de encima a Luisito y a Santiago —dos jugadores compulsivos que caían todos los días a la hora del cierre y a quienes a veces resultaba imposible diferenciar—, y de que no se publicara nada referente a su vida de ludópata en la revista Sudestor.

A todo esto, la edición de noviembre de Sudestor —una revista literaria— estaba a punto de salir. Para apoyarla, le alcanzó a Paco varios cuentos que había descargado del blog poetica.com.ar. Sabía que no estaba bien lo que hacía, pues no se debe publicar una obra sin la autorización del autor; pero no sabía cómo contactarlos, tampoco tenía tiempo para ubicarlos y eran lo mejor que circulaba por la red. En la sección de biografías, muy pocos firmaban con su nombre y apellido real. Aunque no se trataba de un plagio, le parecía más conveniente publicar el nombre verdadero en lugar de un simple seudónimo. De cualquier manera, Sudestor era una publicación intelectual de tendencia anarquista y alcance nacional, distribuida en los kioscos de diarios de toda la Argentina, si bien aceptaba colaboraciones de autores de todo el mundo. Parecía que ya estaba en proceso de impresión, aunque él no preguntaba demasiado porque le recordaban que, al no figurar en el staff de colaboradores, no tenía derecho a hacerlo.

Asimismo, Paco, quien era su subordinado, se cuidaba de no enterarle de nada. Jorge, por su parte, luego de hacerle la corrección de estilo a su novela, lo miraba de reojo; movido por un afán egoísta, no le perdonaba haber pautado publicidad en el diario Clarín en lugar de cooperar con ellos comprando un espacio importante en la revista para promocionar su obra, El día amaneció gris.

Pese a todo, su primo lo apreciaba. Mario Marcelo a veces pensaba que ese afecto se debía a la promesa que Eduardo le hizo a su madre antes de morir; además, notaba que estaba muy solo e intentaba integrarlo al grupo de la revista, pero Mario Marcelo, resentido por todo lo que Paco le ocultaba, se negaba a sumarse.

Realmente librado de sus adicciones, le sobraba el tiempo. Cada día salía a caminar y a hacer gimnasia al parque de Lomas de Zamora con la ilusión de mejorar su estado físico, bastante deteriorado tras cinco años de vida sedentaria. Una mañana, antes de cruzar el puente del arroyo del Rey en dirección a la pista de ciclismo, reconoció a Pedro, el profesor de gimnasia. Al verlo, Pedro no pudo disimular una amplia sonrisa; se le acercó con rapidez y le dijo:

—Usted tiene un cuerpo ideal para el trabajo físico —y agregó—: Pero antes debería hacerse un chequeo médico general para saber a qué atenerse.

Le recomendó la clínica Cureta, propiedad de un amigo. Durante dos mañanas a las que debió acudir en ayunas, le realizaron todo tipo de análisis, radiografías, tomografías, resonancias magnéticas y otros estudios. A la tercera mañana le entregaron los resultados, los cuales, según los expertos, distaban de ser satisfactorios:

  • Sistema óseo: Osteoporosis, artritis, artrosis.

  • Aparato respiratorio: Asma, tabaquismo crónico.

  • Aparato cardiovascular: Hipertensión, colesterol alto.

  • Sistema nervioso: Irracionalidad continua.

  • Aparato digestivo: Acidez gástrica.

Lo extraño era que él se sentía de maravillas y continuaba caminando buen tiempo en sus rutinas por el parque de Lomas. Todo aquello le resultaba insólito; no es que desconfiara por naturaleza, pero le dio la impresión de que esos dos estafadores solo querían sacarle dinero. Y es que, al recibir los resultados, el profesor y el médico susurraron entre sí y luego, poniendo cara adusta, le dijeron que no se hacían responsables de su vida, insistieron en que se acomodara en una silla de ruedas y lo acompañaron hasta la salida. Pensó para sus adentros que, infundiendo semejante pánico con esos chequeos, el profesor de gimnasia difícilmente conseguiría muchos clientes.

Pasados unos quince días, una mañana se levantó cansado de la gente, con el rostro serio, la sangre alborotada y una urgencia brutal por actuar. Lo mejor era volver a caminar por el parque de Lomas para relajarse y pensar, pues su siguiente paso no podía ser cualquier cosa: debía ser algo trascendente, algo que dejara huella por los siglos de los siglos. A veces reflexionaba sobre lo difícil que era desenvolverse en este mundo y sentía que había nacido en la época equivocada. Se consideraba un hombre de la Iglesia Católica Apostólica Romana, un vaticanista; o, más bien, un hombre hecho para los tiempos del Renacimiento.

Y ahora, con su peso algo más aliviado —había perdido un kilo novecientos gramos—, avanzaba a veces al trote y a veces caminando. Cruzó el puente del arroyo del Rey e ingresó a la pista de ciclismo, en cuyo centro se ubicaban dos canchas grandes de fútbol. Se detuvo un rato a mirar un partido. Los jugadores eran muchachos de unos diecisiete años: el equipo de la derecha lucía una camiseta naranja con una «V» azul en el pecho; el de la izquierda, una completamente roja. Los jóvenes jugaban con entusiasmo y, en el fragor de la disputa, se produjo una discusión sobre si había habido una falta desleal contra un jugador. Buscaron a una persona neutral; miraron hacia todos lados y lo encontraron a él, que era el único espectador.

—Maestro, ¿fue falta? —le preguntaron varios.

Lavándose las manos como Poncio Pilatos, él respondió:

—Estaba muy lejos y no pude ver bien. Mejor den un pique y listo —un fallo salomónico, indispensable para ser un buen árbitro.

Contra todo pronóstico, se pusieron de acuerdo y le hicieron caso. Fue en ese momento cuando lo invitaron:

—¿No quiere arbitrar?

Inspiraban confianza, de modo que no pudo negarse:

—Es que solo soy un aficionado. —Será fácil, ni le protestaremos. Es para ordenarnos. —Bueno, pero con una condición: dirigiré solo si hay un silbato, no me voy a desgañitar gritando.

Le consiguieron el silbato. Todo iba perfecto: nadie protestaba sus fallos y tampoco había demasiado roce. Cuando alguno caía, un rival le extendía la mano para levantarlo; no había mala intención. Su «siga, siga» fluía con naturalidad, sin darle mayor trascendencia a los pequeños toques o empujones.

De pronto, el arquero del equipo rojo exclamó:

—¡Miren, llegó Yanina con sus cuatro amigas!

Yanina era una joven bastante atractiva y sus amigas debían de tener la misma edad que los muchachos; parecían sus compañeras de escuela. Se pararon en el lugar exacto para ser vistas desde todos los ángulos: a mitad de la cancha, cerca de la línea de cal. Allí comenzaron a bailar y a alentar como verdaderas porristas; la estrategia de seducción consistía en exhibir las piernas al ritmo de un cántico:

«Dale ro… dale ro… dale… ro, te vinimos a ver otra vez, te alentamos con el corazón, te queremos ver campeón…»

Al ver a Yanina y a sus amigas mover acompasadamente las piernas, los del equipo rojo mostraron un entusiasmo desmedido. Hasta ese momento, él había observado que los naranjas estaban mejor dotados técnica y físicamente, y no habían abierto el marcador por pura casualidad: tres pelotas estrelladas en los palos demostraban que solo les faltaba un poco de suerte para cantar el gol.

Sin embargo, incentivados por la tribuna femenina, los rojos sacaron fuerzas de flaqueza y comenzaron a desbordar. En una jugada de peligro, un larguirucho defensor naranja cometió penal como último recurso. Él no tuvo dudas y, cual experto y enérgico referee, señaló el punto de penal. Había que inspirar respeto; no se podía arbitrar si afloraba el menor sentimiento de lástima o misericordia. Dejando de lado los escrúpulos, no existía razón para perdonar aquella infracción. Pensó también que, para demostrar su amplio dominio del reglamento, debía expulsar al joven aplicando la regla del último recurso.

Pero los acontecimientos se precipitaron de forma imprevista. Una marea de jugadores lo rodeó; era demasiada tensión acumulada en muy poco tiempo. Entonces escuchó el primer grito:

—¿Qué cobrás, hijo de puta? —¡Penal! Y no me insulten o saco la tarjeta roja y hago estragos, los expulso a todos —respondió con la voz elevada, envalentonado.

De ahí en adelante no vio nada más: empujones, escupitazos, patadas en los tobillos, tirones de pelo y una rápida revolcada por el suelo. Asustado, en cuanto logró levantarse de aquella incómoda nube de polvo, arrojó el silbato y echó a correr.

Algunos amagaron con perseguirlo, pero a los veinte metros, tras tirar un par de patadas voladoras al aire, se quedaron estáticos y soltaron la carcajada. Mientras huía, él giraba la cabeza y de reojo observó a los jugadores del equipo rojo, quienes, en lugar de defenderlo o al menos separar para que no lo agredieran, compartían una amable tertulia con Yanina y sus amigas.

Cruzó el arroyo del Rey con las piernas temblorosas y la mirada desencajada. Con la mano derecha se persignó trazando rápidas cruces en el aire. Con su andar vulgar y anodino, se sacudió el polvo de la ropa y, murmurando entre dientes mientras sacudía la cabeza, se recriminó a sí mismo quién lo mandaba a dirigir un partido de fútbol. En ese instante no faltó el imbécil que pasó de largo y le preguntó:

—¿Qué le pasó, maestro? —Nada, gracias, solo me caí en la tierra. Ya estoy bien… —respondió, y apuró el paso.

Seguía pensando que había nacido en la época equivocada. Era necesario que algún día esos jovencitos vehementes, desprovistos del menor respeto por la experiencia, sintieran el peso del poder y la firmeza de una mano dura.

El camino natural estaba cobijado por una arboleda que infundía un verdor lleno de vida al parque: no solo por las aves que anidaban en las ramas, sino por los paseantes que, al transitar a paso lento o raudo, absorbían el oxígeno puro y el aroma de los inquietos pinos, alerces, castaños, abedules y robles.

Arribó así a la pista de atletismo que rodeaba otra cancha de fútbol. Allí se disputaba un encuentro femenino: muchachas de unos dieciséis años corrían tras una pelota de cuero. Imaginó que se trataría de un torneo escolar, pues vestían camisetas de diversos colores. Tomó un respiro, se sentó en el escalón más alto de una pequeña grada de adoquines y se dispuso a observar el juego. Las chicas eran dirigidas por un árbitro «profesional» de impecable uniforme negro. Él intentaba conservar el buen humor a pesar de la imbecilidad reinante; no era tarea fácil y requería un enorme autocontrol, aunque resultaba interesante ver a las jóvenes patear con fuerza, eludir rivales con simples amagues y, por supuesto, la torpeza graciosa de algunos desaciertos. Nunca había visto a tantas jugadoras con estilos tan disímiles; en definitiva, nunca había visto a tantas mujeres jugar al fútbol. Se notaba, por otra parte, el fuerte amateurismo del encuentro, pues el estado físico de varias dejaba mucho que desear: había gorditas, flacas altas, muchachas escuálidas, otras petisas de piernas musculosas, y apenas tres o cuatro que cumplían con los requisitos de haber entrenado desde pequeñas.

Ante semejante entusiasmo, más de una jugada de gol llegó a concretarse; pero las chicas, al ser tan bruscas, lo único que lograron en un momento dado fue lesionar al referee. Ocurrió durante un encontronazo en el área, aunque gran parte de la culpa recayó en él por no prever la impericia de las jugadoras. Quedó tendido en el césped tras chocar con la defensora más robusta, que calculó en unos cien kilos y que no medía bien las distancias. El pobre árbitro quedó tan dolorido que tuvieron que llevarlo a la enfermería.

Intentaron seguir jugando sin referí, pero resultaba inútil: siempre surgía alguna disputa. Hasta que alguien sugirió:

—Pidámosle al señor que está sentado en la tribuna que nos dé una mano. —Sí —dijo cínicamente uno de los jugadores que lo habían agredido en el otro partido—. A ese señor lo vi dirigir muy bien. —Afirmo, yo lo vi muchas veces —agregó otro.

Ante semejantes elogios hacia sus virtudes deportivas, no pudo negarse. Y allí estaba otra vez, henchido como un pavo real, olvidando el incidente previo y corriendo como un gamo mientras marcaba infracciones a diestra y siniestra.

«Realmente me he graduado, aunque más no sea, de árbitro de fútbol femenino», pensó. Al fin y al cabo, se decía para sus adentros, «el que sabe, sabe; y el que no, es político».

Iban dos a dos y faltaban cinco minutos. Se ejecutó un córner: era una situación de peligro. El equipo atacante mandó a todas sus jugadoras a cabecear el centro con la expectativa de que el balón cayera llovido al área chica; las defensoras, por su parte, intentaban bloquearlas. En medio de ese tumulto, él intervino para separar y evitar roces. Como la robusta defensora chocaba con sus rivales, no tuvo mejor idea que soltarle una frase desafortunada:

—A ver si bajás un par de kilos, gordita.

Aquello provocó la inmediata reacción de la joven, quien gritó con afán de venganza:

—¡Me tocaste el culo, degenerado de mierda! —Yo solo separé —atinó a responder él. —¡Yo lo vi y fue con la palma de la mano abierta! —acusó otra compañera que había oído el comentario.

Quiso arreglarlo y fue peor:

—Pero… si toque a alguien, fue sin intención.

A medida que retrocedía, le quitaron una zapatilla y le rompiaron la remera. Ya no lo perseguía un solo equipo: ahora eran los dos planteles completos, sumados a las madres que habían acudido como espectadoras. Corrió como si le fuera la vida en ello; si lo atrapaban, aquellas mujeres lo despedazarían a arañazos. Cuando logró ponerse a una distancia prudencial, vio a las jóvenes exhibir su zapatilla a modo de trofeo. Lo único que se le ocurrió fue dedicarles un gesto obsceno con el dedo medio en alto, gesto que fue respondido con insultos de toda calaña dirigidos a su madre.

No había asomo alguno de coherencia en sus paraísos terrenales de angustia y desazón: oscura suerte la suya, que lo conducía hacia un destino impenetrable. Cada vez que ponía el pie desnudo en el suelo, un ligero cosquilleo lo hacía reír mientras se dirigía hacia su casa a paso lento, rengueando por la zapatilla que le faltaba. Ya en voz alta, se recriminó quién lo había mandado a dirigir partidos de fútbol en semejantes condiciones. La próxima vez, si decidía retomar el arbitraje, lo haría con custodia policial, como todo un profesional. Algunos transeúntes se le quedaban mirando el pie y él les inquiría en tono desafiante:

—¿Y vos qué mirás?

Al cruzar la avenida Frías, sintió que lo llamaban desde un automóvil:

—¡Eh, Mario Marcelo, date vuelta! ¿Para dónde vas?

Era Luis, el fabricante de calzado. Al ver a una cara conocida, Mario Marcelo lo saludó efusivamente en busca de protección:

—Hola, Luis —dijo, y subió rápidamente al vehículo. —¿Qué te pasó, hombre? Perdiste una zapatilla. —Eso me pasa por entrometido. A unos chicos se les cayó la pelota al arroyo del Rey y no tuve mejor idea que ir a rescatarla. Como había quedado trabada en una piedra en medio de la corriente, intenté atraerla con una rama larga; pero al acercarme a la orilla trastabillé, se me salió la zapatilla y, para mi mala suerte, cayó justo al centro del arroyo, que corría con una turbulencia bárbara. Así que lo único que me quedó por hacer fue levantar la mano y despedirme de ella. —No te hagas drama. Vamos a tomar unos mates a casa y te doy un par de las que fabrico.

Luis vivía solo. Había nacido en la Argentina, pero siempre había sido un buscavidas; rondaba los cincuenta años y llevaba en su haber tres matrimonios y seis hijos, todos radicados en el exterior.

Mario Marcelo se estaba probando un par de zapatillas en plena sesión de mates cuando sonó el timbre.

—Debe de ser Laurita, una amiga. Quédate con ella, vuelvo en un rato —dijo Luis.

Y, en efecto, era Laurita: un pimpollo de veinte años, exuberante. Mario Marcelo olvidó de inmediato todo lo ocurrido en el parque al contemplar a semejante belleza.

Luis regresó a las tres y media de la mañana, y Mario Marcelo volvió a su casa recién a las cuatro de la madrugada. Estaba bien oscuro, por lo que aún podría acostarse antes de que aclarara, algo fundamental para sus hábitos de sueño y vigilia: «Si llego a adivinar el primer vestigio del amanecer, estoy perdido —pensó—. Ya no podré mantener los ojos cerrados y el cansancio se me acumulará durante todo el sábado; voy a arrastrar mi cuerpo lastimoso hasta la noche y no podré disfrutar de mi tiempo libre».

Apuró el paso y, cuando estaba por introducir la llave en la cerradura, llegó claramente a sus oídos el primer canto de los pájaros.