Ya llego!!!.
Quequenenses anécdotas, cuentos y poesías de quequén
Autor: Carlos Bonserio
Formato: 148 x 210
Paginas: 104
Genero: Poesia La naturaleza es la verdad personificada… cada roca tiene un cuento escrito en su cara arrugada. Curtida y gastada por las olas a través del paso del tiempo, arena y antracita que antes fue diamante y los cuentos son verdaderos y las rocas volverán a ser arena. Cada brizna de hierba, cada flor, cada hoja de árbol y arbusto, tiene un susurro para los oídos que la escuchan y la interpretan… Quisiera ser un pájaro con alas de perlas, perlas alba celeste alba, sobrevolar el verde mar y regalar las fortunas espirituales de Quequén y ser todos Quequenenses. En Buenos Aires Gorriti 60, Libors Kemkem, Lomas de Zamora, en Necochea: Libreria Minerva, calle 61 entre 62 y 64, en Quequén: Supermercado Las Mellizas... telefono: 02262 15 645722
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jueves, 21 de mayo de 2015
QUEQUENENSES NUEVO LIBRO CON EL GENTILICIO DE QUEQUEN
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jueves, 27 de noviembre de 2014
SAUDADES DE QUEQUEN
De noche algunas veces me
asalta el insomnio, tengo un leve sueño para siempre volver a despertar.
Y salgo a caminar por las calles como si fuera la primera vez, paso frente
a la iglesia Stella Maris, observo pensativo su atrio, antesala de la entrada. Y
el rio Quequén con su puerto, con sus barcos de papel cargados de ilusiones,
navegando el tiempo.
Después, remonto la calle costanera, descanso un poco frente al hotel
Quequén observo sus paredes amarillas, (ellos me hacen recordar aquella cena
que apreciamos una noche en su lujoso restaurant) camino hacia la plaza “3 de
Agosto” y no resisto la tentación de sentarme en uno de sus bancos de cemento,
con la iglesia Stella Maris y la costanera “Juan de Garay” a mis espaldas.
Ellos están en silencio, tal vez, pensativos.
Luego de haber descansado, camino lento hacia la famosa
pileta del antepuerto, bajo las escalinatas como quien desciende a un abismo eterno, escucho el movimiento de la marea. Tomo por la Ate Brown hacia la plaza de los Niños desde ahí paso hasta el apeadero Quequén-Necochea donde sólo quedan ruinas y eludiendo obstáculos bordeo la rivera del Rio Quequén subo hasta la Loma de Gil allí donde Pedro Luro en 1870 realizó el primer embarque.
pileta del antepuerto, bajo las escalinatas como quien desciende a un abismo eterno, escucho el movimiento de la marea. Tomo por la Ate Brown hacia la plaza de los Niños desde ahí paso hasta el apeadero Quequén-Necochea donde sólo quedan ruinas y eludiendo obstáculos bordeo la rivera del Rio Quequén subo hasta la Loma de Gil allí donde Pedro Luro en 1870 realizó el primer embarque.
No sé por qué, me viene a la memoria cuando vivíamos en aquella otra
casa antigua, de la calle Malaespina, con su amplio patio, jardín al frente y
el fondo poblado de árboles siempre verdes y pájaros, trinando en la mañana
como sonoros despertadores. Recuerdo que eran otros tiempos cuando mi padre
jubilado se sentaba a la mesa aguardando
la cena. Aquella sopa humeante, el pan fresco y medio litro de vino tinto, papa
bebía apenas un vaso con soda. Era cuando se oía radio, aquellos programas como
olvidarlos, la cabalgata Gillette, los Pérez García, la locución, la música en
vivo, el noticiero Esso y de tarde las novelas que escuchaba mamá.
Recuerdo cuando papá contaba su triste historia de necesidades. El
abuelo había quedado sin trabajo y lo hizo abandonar la escuela primaria en
segundo grado, enviándolo junto a su hermano dos años menor a recoger carbón en
el puerto de Dock Sud para venderlo y hacerse de dinero.
Así trascurrió su vida hasta que pudo
entrar a la Chade, la compañía de luz. Lo observaba siempre tan sufrido pero a
su vez tan pujante, tan emprendedor y tan medido. Aquella casa era linda, se
respiraba amor, alegrías y tristezas.
Luego que murió mamá, papá siguió viviendo en Malaespina, se consolaba
cuidando el jardín y pintando cada tanto las paredes como queriendo encontrar
el color de la vida.
Ahora recapacito lo que quedó atrás, cuando
yo era niño tomado de la mano de mis padres, yo no lo sabía, era la seguridad
que hoy a veces me falta, la firmeza contra duda que me paraliza. Ayer mismo
subí a mi auto y comencé a conducir y me pregunté, ¿adónde voy?... escuché la voz
del viento susurrando entre el follaje…”va…va…”
¡No me resigno! Sé que los muertos no
regresan. Pero quisiera que ellos volvieran, que me abrazaran fuertemente y me
cubrieran con frazadas calientes en invierno. Y al llegar el verano, caminar
juntos tomados de la mano desde la escollera de Quequén hasta Punta Carballido,
como era antes, sin hablar, mirando como rompen las olas y luego besan las
playas, pensando, sólo pensando…
Sólo que…cuando llega la noche…
De noche a veces no duermo. O apenas tengo un leve sueño, para volver a
despertar.
Sé que ellos andan por la casa. Los llamo…pero fingen no oírme.
Siempre tuve la esperanza que oyesen mis suplicas. Los oigo andar por mi
dormitorio, con leves pasos, otras veces, balancean las blancas cortinas de la
ventana…
La otra noche me pareció oírlos hablar en el comedor que está cerrado
desde que papá murió…
Yo sé. Ellos se esconden de mí. ¿Por qué?
Y la pregunta queda suspendida en el espacio sin respuesta alguna.
¡Papá, mamá!
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