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lunes, 28 de septiembre de 2026

La maldición de Isondu

 

 

Che Tangazo se quedaba todas las noches largo rato mirando al cielo. De tanto observar, en los últimos días, el ingreso de varias naves en el océano, le había agarrado tortícolis en el pescuezo.

Lo que más le había llamado la atención fue que, hacía tres días, había visto un grupo de cuatro aeronaves alineadas en fila, cuyo resplandor había durado casi una hora.

Le pregunté si las había fotografiado, pues a toda hora andaba con su cámara fotográfica colgada al cuello.

Dijo que sí, que las había fotografiado incluso con una cámara infrarroja y otra digital, pero que, al revelar las imágenes, no entendía qué fenómeno se había producido, pues no se veía nada.

Lo miré con dudas.

—No habrás cometido algún error y las sacaste a contraluz, encandilando el lente de la cámara.

Exhaló y dijo:

—No cometí ningún error. Era de noche y, salvo al amanecer o al ocaso, jamás en otro momento del día tienes el sol en el mar.

Una vez que llegamos al lugar donde debíamos girar para internarnos en el continente, la arena nos tragó sin esfuerzo. El aspecto metafórico de los médanos inducía mil pensamientos dispares, solemnes, sobrios, desconocidos... Eran grandes, con forma de media luna. El más bajo tendría sesenta metros de altura y el más alto, ciento ochenta.

El avance se hizo lento y difícil. A través de ese terreno, el movimiento en línea recta era imposible. A una velocidad de un kilómetro y medio por hora, avanzábamos rodeando los profundos hoyos de arena crujiente con los que tropezábamos constantemente a nuestro paso.

Los afilados bordes de las crestas y estrías de arena cedían bajo nuestros pies, salpicando la dorada arena suelta a nuestro alrededor.

Luchamos con gran fervor, médano tras médano. Cada paso se hizo odioso, y uno se agitaba y temblaba a causa del agotamiento.

Finalmente, nos sentamos a esperar alguna señal.

—¿Quieres que te cuente una leyenda? —me dijo Che Tangazo, mientras estaba a su lado, tirado boca arriba—. La leyenda, presta atención. Especialmente vos, te interesará escucharla. Siempre hablaste de las incursiones de los indios pampas por esta zona. Es un relato de un viejo poblador de la estancia El Moro, de Lobería.

—Te contaré la historia de Isondu, quien fue rey de los indios mapuches hace mucho, muchísimo tiempo.

De acuerdo con lo que me contó don Zoilo, Isondu fue un rey siniestro, el más siniestro que conocieron las tierras de Neuquén. Era temerario y belicoso. Construyó muchas armas de guerra: arcos, lanzas, boleadoras, etcétera. Cuando no estaba guerreando contra sus vecinos, organizaba expediciones y malones de saqueo a Chile y a la pampa de Buenos Aires.

Ahora bien, el curandero de los mapuches en ese momento era Okondu. Afirmaba ser descendiente del gran curandero Xiofo y, por ello, exigía absoluto respeto hacia su persona y hacia los grandes conocimientos curativos que poseía.

Aborrecía los actos agresivos de Isondu y le aconsejaba que condujera a su pueblo a una vida apacible. Le decía que la tierra que habitaban era muy noble y que debían vivir de los cultivos y de la crianza de animales. Señalaba que los actos de Isondu despertarían la cólera de los dioses.

Esta oposición irritó a Isondu, quien atribuía las ocasionales derrotas a su curandero, pues decía que no invocaba a los dioses en su favor.

Cuando regresaba de un ataque fracasado, depositó su poncho en una fuente y lanceó a un perro negro. Cuando Okondu se quejó de su comportamiento, lo amenazó con hacerlo correr la misma suerte.

La conducta del rey desagradaba al curandero. Además, ocupaba su tiempo libre en diversiones y todo tipo de depravaciones. Disponía de un centenar de mujeres y los festines, acompañados de borracheras, se prolongaban durante días y semanas.

Por aquellos tiempos se acercaba la semana de festejos por el comienzo del año nuevo, que se celebraba el 21 de junio. Como preparación, Isondu exigió contribuciones muy elevadas al pueblo mapuche. Ordenó que le trajeran grandes contingentes de guerreros y que los jefes menores se presentaran ante él durante las celebraciones.

Esta orden provocó gran enojo en la población. Okondu y los demás curanderos, en lugar de calmar los ánimos, estimularon aún más el descontento de la gente.

Cuando Isondu lo supo, resolvió librarse de una vez por todas del curandero. Su intención era matar a Okondu. Contaba con el apoyo de Lunoku, un segundo curandero que esperaba ocupar el lugar del primero.

Isondu buscó excusas para matar a Okondu, pero el curandero era muy anciano, su conducta siempre había sido intachable y el pueblo lo quería. Finalmente, encontró el motivo para acabar con él.

En una ocasión, ordenó que le trajeran algunas gaviotas de las montañas. La gaviota es un ave acuática y rara vez aparece en la zona cordillerana. Como su carne no era comestible y sus plumas no servían como adornos, todos se asombraron del pedido de Isondu. Sin embargo, los gobernantes de la época, tal como ocurre todavía hoy, rara vez explicaban sus actos.

Cuando el grupo estaba por partir, Isondu dijo:

—Quiero que las aves provengan únicamente de la cordillera. No acepto ninguna que venga del mar.

El jefe del grupo de cazadores sabía que la gaviota era un ave de mar y se sintió sorprendido. Miró al curandero, que estaba cerca, y le preguntó:

—¿Es posible hallarla en la cordillera?

El curandero respondió:

—Estas aves no están en la cordillera. Deberán tender las trampas junto al mar.

Isondu se alteró terriblemente y le preguntó al curandero:

—¿Osas desafiar mis órdenes? ¡Ordené a los cazadores que fueran a la cordillera y tú los envías a tender sus trampas junto al mar! ¡Qué bonito!

El curandero respondió:

—Le pido al rey que recuerde que yo no imparto órdenes.

—¡Pero te atreviste a interferir con las mías! Escucha, curandero de morondanga. Mis hombres irán a la cordillera a buscar las aves que solicité. Si las encuentran, ordenaré que te ajusticien por ser un falso hechicero y un mentiroso con el pueblo.

Okondu tenía presente que las palabras del rey representaban la muerte para él y la destrucción de su familia.

Expresó en voz alta una maldición:

—Como los dioses lo desean, debo someterme a esta prueba. Pero, ya que todo esto es una patraña, ¡cuidado con la mano que me apalee, con los ojos que presencien el crimen y con la tierra que beba mi sangre!

A esta altura, con los ojos bien abiertos, estábamos muy atentos a su historia. Saqué un termo de una mochila y bebí un poco de agua. El Che tomó un gran sorbo, aclaró su voz y continuó el relato...

A los siete días de haber partido, muy temprano por la mañana, regresaron los cazadores, trayendo en las alforjas de sus caballos un gran número de aves.

El perverso rey, riéndose, señaló las aves y le dijo al curandero:

—Todas estas aves fueron atrapadas en la cordillera. Por lo tanto, te condeno a morir como falso hechicero, como hombre que se separó de los dioses y como engañador y timador del pueblo.

El curandero tomó una de las aves entre sus manos y declaró sabiamente:

—Estas aves no provienen de la cordillera. Aún tienen el olor del mar.

Pero los cazadores afirmaron enérgicamente que las aves habían sido atrapadas en las regiones altas, y el rey declaró que, ante la honorable palabra de aquellos hombres, quedaba demostrado que el curandero mentía.

Sabiéndose condenado y consciente de que los cazadores habían recibido la orden de mentir, decidió demostrarle al pueblo que tenía razón.

Pidió permiso para abrir tres de las aves. De muy mala gana, el rey mapuche lo autorizó.

El curandero abrió los buches de las tres aves y descubrió que estaban llenos de cornalitos, unos peces pequeños.

Entonces exclamó:

—¡Estos son mis testigos!

Y mostró, a diestra y siniestra, los buches abiertos a todos los presentes.

Enloquecido, Isondu se apoderó de una lanza y la hundió ferozmente en el corazón de Okondu, asesinándolo al instante.

Un grito surgió de quienes presenciaron el crimen, pues la violencia contra el curandero era inconcebible.

Pero el rey ni se inmutó. Entregó a su asistente el arma ensangrentada y se alejó caminando.

Llamó a Lunoku, el curandero ayudante, y le ordenó que exterminara a toda la familia y quemara la casa de Okondu.

Orgulloso, Lunoku cumplió las órdenes del rey y después se dirigió al pie de la cordillera, donde se encontraba la entrada de una cueva. Llevaba consigo el cuerpo del sumo curandero.

Cuando se aproximaba a la entrada, la cruz de madera que indicaba la santidad del lugar cayó al suelo.

En el interior, la cueva comenzó a temblar. Brotaron gemidos de las imágenes pintadas de los dioses mapuches, el altar cayó al suelo y se produjo una abertura de la que brotaron fuego y humo.

Lunoku dejó el cuerpo y huyó, temblando de miedo.

Lo que contó a la gente suscitó escaso temor, aun cuando comenzaron a suceder hechos inéditos.

Se produjo un temblor leve, pero constante. Desde el norte venía un viento cálido y sofocante. Se oían extraños sonidos e incluso caían gotas de sangre de las nubes.

Para colmo, los ríos y los lagos se estaban secando.

El rey, en un tono más moderado, reconoció haber irritado a los dioses con la muerte de Okondu.

El pueblo, desesperado por la sequía que se acercaba, hizo sacrificios humanos, logrando calmar el temblor, los ruidos y las gotas de sangre.

Pero la sequía continuó y el sufrimiento general se acentuó día tras día.

Después de que todos los esfuerzos por detener la temida maldición fracasaran, y viendo que su reino quedaba casi despoblado por el éxodo, Isondu huyó a Neuquén con unos pocos de sus fieles.

Pero la sequía lo siguió hasta allí.

Dondequiera que iba, el agua dulce se hundía en la tierra y las nubes no producían lluvia. Viajaba de un lugar a otro llevando consigo la sed.

Durante cinco años anduvo errante y, en el transcurso de sus viajes, desoló todo lo que tocó.

Finalmente, Isondu murió de sed y hambre, tal como lo anunciaba la maldición.

Sus huesos quedaron al sol y, desde entonces, se oye el famoso dicho:

«Se pudren al sol los huesos de Isondu».

Los mapuches nombraron un nuevo rey, que estableció un gobierno prudente. Una vez terminada la maldición, comenzó a llover para el bien de su gente.

Le pregunté:

—¿Pero aquí sigue esa maldición, Che?

—No —fue su respuesta—. Pero no entiendo a qué se debe tu pregunta.

—Es que aquí es todo árido y seco. Son médanos de arena y nunca llueve.

—Pero lo que te conté ocurrió cerca de la cordillera. Ellos venían a este lugar solo en verano, en busca de armonizar sus energías.

—Ah... —respondí, saliendo de mi asombro—. Igualmente, las expediciones de Alsina y Roca extendieron la República hasta alcanzar los Andes y Magallanes. Los indios se fueron al lado chileno.