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lunes, 5 de octubre de 2026

FUTBOLISTAS HACIENDO VANGUARDIA

 

 

Adictos a lo ajeno se habían agenciado de una vaquillona de una estancia vecina. Y como dice el refrán, “a caballo regalado no se le miran los dientes”, aunque en este caso el animal no había sido precisamente regalado.

Como tenían un equipo de fútbol y eran buenos para la gambeta —dentro y fuera de la cancha—, invitaron a sus compañeros para compartir una comida campestre. La ocasión pintaba de maravillas: partido, asado y buena camaradería. ¿Qué más se podía pedir?

A un costado de la cancha, varias parrillas comenzaron a echar humo. La vaquillona, convenientemente acomodada al asador, esperaba su destino gastronómico mientras los improvisados cocineros se daban aires de grandes maestros parrilleros.

El partido terminó en un justo empate: uno a uno. Nadie ganó ni perdió, y todos quedaron conformes. Porque, como dicen por ahí, “lo comido y lo bailado nadie te lo quita”.

Terminada la contienda deportiva, los jugadores se dirigieron hacia las parrillas para observar los toques finales. El ambiente era de fiesta. Había bromas, sonrisas y carcajadas, especialmente cuando alguno recordaba al dueño del animal y hacía algún comentario sobre la suerte que había tenido la vaquillona de terminar convertida en asado.

—¡Esta noche comemos como reyes! —decía uno.

—¡Y mañana veremos! —contestaba otro entre risas.

La carne ya comenzaba a dorarse y el aroma se extendía por los alrededores. Los muchachos tenían la boca hecha agua. “Barriga llena, corazón contento”, pensaban, aunque todavía faltaba lo mejor.

Cuando todo estuvo a punto de caramelo, llegó el momento de preparar la carneada. Habían afilado los cuchillos y hasta se permitieron la humorada de hacer una buena limpieza de los dientes con aquellas afiladas puntas de acero, para después masticar con mayor comodidad.

La mesa estaba servida… aunque todavía faltaba llevar la comida a la mesa.

Y fue justamente entonces cuando ocurrió lo inesperado.

De repente, el cielo pareció oscurecerse.

Pero no era una tormenta.

No venía lluvia.

No era viento.

Era algo mucho peor para aquellos parrilleros improvisados.

Por el camino apareció el dueño de la vaquillona… acompañado por la policía.

Las risas se apagaron de golpe.

Las bromas quedaron suspendidas en el aire.

Y aquellos hombres que hacía apenas unos minutos se sentían dueños del mundo comprendieron, de la manera más amarga, que “la alegría dura poco en la casa del pobre”.

El asado quedó a medio terminar, los cuchillos dejaron de brillar y más de uno sintió que se le había cerrado el apetito.

Porque, como enseña el viejo refrán, “quien mal anda, mal acaba”.

Y aquella tarde descubrieron que hacer vanguardia tiene sus riesgos: especialmente cuando uno marcha adelante… ¡con una vaquillona ajena!

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