LA
VENGANZA DE EUSTAQUIO DÍAZ VÉLEZ
Normalmente...
vemos las cosas de manera convencional.
La mayoría pensamos, actuamos, hablamos, nos
cortamos el pelo y nos vestimos de la misma manera...
como si estuviéramos sometidos a una especie
de identidad social que nos indica incluso...
qué es conveniente ver... y qué no.
A veces creemos que pensamos libremente...
cuando en realidad solamente repetimos aquello
que otros nos enseñaron a pensar.
Como dice el refrán:
«El que sigue al rebaño nunca descubre nuevos
caminos.»
Resulta casi ortodoxo asegurarle a un niño que
un perro es un perro...
preguntarle a un necio si una manzana es una
manzana...
o a un poeta...
qué ve cuando contempla el mar.
Pero...
¿qué pasaría si nadie nos hubiera enseñado
previamente a mirar?
¿A qué se parecerían los perros?
¿Las manzanas?
¿Las casas?
¿El mar?
Quizás solamente veríamos...
formas.
Colores.
Sonidos.
Movimientos.
Porque después de todo...
no siempre vemos lo que existe.
Vemos lo que nos enseñaron a mirar.
Y a veces...
detrás de una simple puerta...
hay un mundo que no queremos encontrar.
Quizás el problema no esté en lo que vemos...
sino en aquello que somos incapaces de
imaginar.
El mundo puede ser exactamente el mismo.
Lo que cambia...
es la mirada de quien lo contempla.
Y allí estábamos nosotros...
frente a aquellos datos que se acumulaban.
Numerosos.
Persistentes.
Avalados por quienes integraban ese misterioso
mundo interno.
Como dice otro viejo refrán:
«Cuando el río suena... agua lleva.»
Aunque...
en este caso...
¡eh!
quizás el río no llevara solamente agua.
Quizás llevara...
secretos.
Y algunos secretos...
cuando permanecen demasiado tiempo
enterrados...
terminan buscando la manera de salir a la
superficie.
Varios hechos se habían concatenado para que,
finalmente, en la Argentina se revelara...
en toda su magnitud...
el secreto de Necochea.
Y aquí...
conviene hacer una pausa.
La historia oficial cuenta los hechos.
La memoria popular, en cambio, suele recordar
aquello que los documentos olvidaron.
Siempre se comenta entre los viejos
parroquianos que Eustaquio Díaz Vélez, hijo...
había propuesto donar las tierras con una
condición:
que la ciudad llevara el nombre de su padre.
A esta pretensión se oponía Ángel Murga.
Por entonces, Carlos Tejedor, gobernador de la
provincia de Buenos Aires...
parecía darle la razón a Díaz Vélez.
Murga, finalmente, debió emigrar en 1877 al
Paraguay para evitar ser detenido.
Ya tenían decidido bautizar a la ciudad con el
nombre y apellido de su padre.
Pero...
la historia, como suele ocurrir...
tenía preparada una vuelta de tuerca.
¡Vaya uno a saber qué ocurrió realmente detrás
de aquellas decisiones!
«El hombre propone y Dios dispone.»
Y en 1881...
cuando Dardo Rocha asumió la Gobernación de
Buenos Aires...
las cosas tomaron otro rumbo.
Con él adquirieron predominio los
francmasones...
y la ciudad terminó siendo fundada con el
nombre de un ilustre masón:
el general Mariano Necochea.
Acompañante de San Martín en la campaña de
liberación de los españoles.
Pero había un detalle...
un detalle que no dejaba de resultar
inquietante.
Mariano Necochea... jamás había pisado este
suelo.
¡Oh!
Entonces...
surgía inevitablemente una pregunta:
¿Qué ocurrió con Eustaquio Díaz Vélez?
Porque cuando a un hombre le quitan aquello
que considera suyo...
pueden ocurrir dos cosas.
Puede resignarse...
o puede esperar.
Y el tiempo...
algunas veces...
es el mejor aliado de una venganza.
El tiempo guarda aquello que el hombre olvida.
Lo esconde en la arena.
Lo deja dormir.
Pero un día...
despierta la historia escondida.
y aquello que fue...
vuelve a insistir.
Según la historia que había llegado hasta
nosotros...
su venganza habría sido silenciosa.
Pero definitiva.
Legó su casco de estancia...
dándole deliberadamente la espalda al mar.
¡Epa!
¿Casualidad?
¿Decisión?
¿Venganza?
¿O simplemente una de esas coincidencias que
la historia acumula...
y que muchos años después alguien termina
intentando descifrar?
Hay casualidades tan perfectas...
que terminan pareciendo decisiones.
Y aquí aparece nuevamente el viejo refrán:
«La venganza es un plato que se come frío.»
Porque si aquella fue realmente la intención
de Eustaquio Díaz Vélez...
no habría sido una venganza inmediata.
Habría sido mucho más profunda.
Habría esperado décadas.
Quizás más de un siglo.
Como si hubiera dejado una marca invisible
sobre la tierra.
Un mensaje destinado a las generaciones
futuras.
En definitiva...
Eustaquio Díaz Vélez habría dicho a Murga:
—Si no le colocan el nombre de mi familia a la
ciudad...
tu gente jamás verá el mar.
Silencio.
Y entonces...
un vecino ilustre, que siempre parecía
encontrar una segunda lectura detrás de los hechos...
habría agregado:
—Pero cuidado...
porque cuando una historia permanece demasiado
tiempo enterrada...
no siempre sabemos qué puede salir de la arena
cuando finalmente comienza a moverse.
Quizás sea solamente una historia.
Quizás una leyenda.
Quizás una coincidencia.
Pero queda una pregunta.
Una sola.
¿Y si Eustaquio Díaz Vélez realmente hubiera
dejado su venganza escrita sobre estas tierras?
Porque algunas historias...
no desaparecen.
Esperan.
Esperan que alguien vuelva a preguntar.
Y cuando alguien finalmente pregunta...
la tierra comienza a hablar.
Pausa.
Y en los secretos de Necochea...
todavía queda mucho por descubrir.

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