Trabajo en una empresa que fabrica preservativos y soy el encargado del control de calidad.
Una vez fabricados, me los pruebo. Si no pierden y no tienen agujeros, los vuelvo a meter en su bolsita y la sello. Es un trabajo delicado, de mucha responsabilidad y, sobre todo, de gran compromiso con la empresa.
Y no es porque mi pene sea grande. Todo lo contrario. Es bastante normal, tirando a miserable. Digamos que soy el patrón de medida perfecto para todos los varones del mundo.
Si funciona conmigo, funciona con cualquiera.
Y allí estaba yo, tan ricamente enfrascado en mi faena, cuando vi que se acercaban las dos mujeres de Recursos Humanos.
Venían con las nóminas y algo más en las manos.
Era una calculadora de doble pantalla que convierte los pesos en dólares y los dólares en pesos. Al parecer, la empresa no se fía de que nuestro cerebro sea capaz de realizar semejante operación matemática.
Y no era para menos.
Mi calculadora, comparada con las de los demás colaboradores, tenía tres dígitos menos.
Las dos mujeres se miraron y soltaron una risita sarcástica.
Yo apenas les presté atención. Estaba demasiado concentrado en mi trabajo.
Además, como dice el refrán, “ojos que no ven, corazón que no siente”.
Y yo, hasta ese momento, era un hombre feliz.
Fue al terminar mi jornada laboral, mientras me dirigía hacia el subte, cuando se me ocurrió mirar la nómina.
Nunca lo hago.
Lo que cobro lo tengo asumido. Es como saber que mañana va a amanecer: uno no necesita comprobarlo todos los días.
Pero aquel día cometí el error de mirar.
Vi la primera cifra.
Cuatro dígitos.
Y dos decimales.
Entré inmediatamente en un bucle cerrado.
—Mierda...
Lo repetí una vez.
—Mierda...
Y otra.
—¡MIERDA!
Mi mundo se hizo pequeño de golpe.
Creí estar dentro de una pesadilla y esperaba despertarme de un momento a otro. Pero no.
Aquello era real.
Demasiado real.
Toda mi vida pasó delante de mis ojos en cuestión de segundos: los años trabajados, los madrugones, los viajes en subte, las horas extras, las preocupaciones, las facturas, los impuestos...
Y entonces comprendí una verdad universal:
a perro flaco, todo son pulgas.
Lloré.
Blasfemé.
Insulté a mi mujer, a mis hermanos, a mis primos y hasta a mi madre, aunque algunos de ellos no tenían absolutamente ninguna responsabilidad en el asunto.
Grité de dolor y clavé las rodillas en el suelo con el sentimiento de quien ha sido violado y, encima, tiene que pagar la consulta del psicólogo.
Elevé los brazos al cielo y grité:
—¡Me cago en Dios! ¡La puta madre que los parió!
En ese preciso instante, un hombre se acercó.
Tenía el pelo castaño, barba castaña y una túnica que, por suerte, no era castaña, sino blanca.
Sus ojos transmitían una bondad infinita y eran de un verde intenso, casi tan bonitos como los míos.
Apoyó su mano sobre mi cabeza, como si yo fuera su discípulo, y me dijo con voz serena:
—Tranquilo. Todo se arreglará. Busca la paz en tu interior.
Levanté lentamente los ojos hacia él.
Lo miré fijamente.
Y le respondí:
—Encima no me toques los huevos. ¡Vafanculo!
Me sentía desgarrado.
Y es que, como suele decirse, “mal de muchos, consuelo de tontos”.
Pero aquello no me consolaba absolutamente nada.
Y esto me ha pasado hoy.
Por suerte, cuando parecía que el día iba camino de terminar en tragedia, tuve una conversación erótica con una mujer sensual, tremendamente excitante, una auténtica bomba.
Aquello consiguió devolverme parcialmente a la vida.
No solucionó mi problema económico, claro.
No hizo que aparecieran mágicamente los dólares que faltaban.
Pero consiguió que el día no terminara en tragedia.
Eso sí...
Me salió un poco caro en teléfono.
Porque, al fin y al cabo, al mal tiempo, buena cara.
Y si además la conversación es buena...
¡Que la pague la compañía telefónica!
Vafanculo: expresión italiana, pronunciada tal como está escrita. Es una forma vulgar de mandar a alguien “a la mierda” o, literalmente, “a hacer algo relacionado con el culo”.
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