LA BALLENERA
Donde comenzó a soñarse Quequén
Hay lugares por los que uno
pasa sin imaginar la historia que esconden.
Uno ve un viejo casco de
estancia, unos árboles, un camino de tierra... y sigue viaje.
Pero hay lugares que guardan
memoria.
Y si uno pudiera sentarse
bajo un ombú, cebarse unos mates y escuchar lo que cuenta el viento,
seguramente descubriría que algunas historias vienen de muy lejos.
Esta es la historia de La
Ballenera.
Y también, de alguna manera,
es la historia de Quequén.
Porque antes de que
existiera la ciudad, antes del puerto, antes de las calles y los loteos...
hubo un sueño.
Y ese sueño pasó por La
Ballenera.
Estamos a mediados del siglo
XIX.
La campaña bonaerense era
muy distinta a la de hoy.
Los caminos eran huellas,
las distancias parecían interminables y los viajes se hacían a caballo, en
carreta o en galera.
La Ballenera ocupaba un
lugar importante en aquella región.
Y alrededor de sus tierras
aparecen nombres que después tendrán mucho que ver con la historia de nuestra
costa:
Otamendi, Luro, Dupuy y
Guerrico.
Nombres de hombres de campo,
propietarios, funcionarios y protagonistas de una época en la que todavía
estaba todo por hacerse.
Como dice el refrán:
“Cuando el río suena, agua
trae.”
Y por aquellos pagos
comenzaba a sonar una idea:
hacer un pueblo en la
desembocadura del Quequén Grande.
La historia de La Ballenera
es anterior a los Dupuy.
Las referencias históricas
sobre la propiedad mencionan a Santiago Franco, luego a Pedro Castelli, y
posteriormente a José Otamendi y compañía.
Más adelante aparecen
vinculados a estas tierras nombres como Pedro Luro y Juan Dupuy.
La propiedad fue cambiando
de manos, pero La Ballenera permaneció allí, como un testigo silencioso de la
transformación de toda la región.
Y los Dupuy no eran
personajes secundarios.
Especialmente Luis Dupuy y
Julián Dupuy.
Porque en 1856 los
encontramos directamente relacionados con un proyecto que nos interesa
muchísimo.
Pero retrocedamos dos años.
En 1854, desde Lobería, se
impulsa un proyecto para fundar un pueblo en la boca del Quequén Grande y
convertirlo en cabecera del partido.
¿Por qué allí?
Porque había un río.
Y el río desembocaba en el
mar.
Aquello significaba una
posibilidad enorme:
un puerto.
Pero había un inconveniente.
Las tierras de la
desembocadura pertenecían a Manuel José de Guerrico.
Y Guerrico no estaba
dispuesto a cederlas fácilmente.
Según los documentos de la
época, consideraba que aquellos terrenos eran arenosos, estériles y con agua
salada.
Los vecinos, en cambio,
veían otra cosa.
Veían un futuro pueblo.
Veían un puerto.
Veían una oportunidad.
Y acá aparece una de esas
diferencias que cambian la historia.
Porque, como dicen en el
campo:
“Cada uno ve la hacienda
desde su tranquera.”
El proyecto de 1854 no
prosperó.
Pero los hombres de aquella
región no se dieron por vencidos.
Y aquí aparece nuevamente La
Ballenera.
El 30 de abril de 1856,
desde allí, se presenta una nueva iniciativa para establecer un pueblo en la
boca del Quequén Grande.
Y esta vez aparecen
claramente los nombres de:
Luis U. Dupuy, Julián Dupuy
y Cornelio Viera.
¡Mire qué interesante!
Mientras Guerrico defendía
sus tierras, desde La Ballenera otros hombres insistían con la idea de crear un
pueblo.
La Ballenera comenzaba así a
convertirse en algo más que una estancia.
Era un lugar donde se
encontraban personas que discutían el futuro de la región.
Con el paso de los años, La
Ballenera adquirió todavía más importancia.
En 1859, ya funcionaba como
posta final de las galeras que comunicaban Buenos Aires con Lobería.
Imagínense la escena.
Una galera llegando después
de atravesar kilómetros de campaña.
Los caballos cansados.
El polvo pegado en la ropa.
Los viajeros bajando.
Y alrededor del fogón,
seguramente, las noticias corriendo de boca en boca.
Porque en aquella época las
noticias viajaban despacio...
pero los rumores viajaban
rápido.
—Dicen que quieren hacer un
pueblo en el Quequén...
—Dicen que Guerrico no
entrega las tierras...
—Dicen que quieren hacer un
puerto...
Y entre mate y mate, la
historia iba tomando forma.
En 1868, La Ballenera vuelve
a aparecer como escenario de reuniones.
Luis Dupuy, que tenía allí
su residencia, participa de encuentros de autoridades y vecinos de la región.
Entre los nombres vinculados
a esas reuniones aparece también José Otamendi.
Es decir que aquellos
nombres que aparecen dispersos en la historia —Otamendi, Dupuy, Luro, Guerrico—
comienzan a cruzarse dentro de un mismo escenario histórico.
La Ballenera.
Y mientras tanto, al otro
lado de la historia, Pedro Luro miraba hacia el Quequén.
Luro comprendió la
importancia económica que podía tener aquel río.
Y en 1870 construyó un
muelle sobre el Quequén Grande.
A partir de entonces comenzó
una nueva etapa.
El río dejaba de ser
solamente un accidente geográfico.
Ahora podía convertirse en
una vía para sacar la producción de la región hacia el mar.
Cueros.
Lanas.
Tasajo.
Producción ganadera.
El sueño empezaba a tomar
forma.
Primero había sido una idea.
Después, un proyecto.
Después, una disputa por las
tierras.
Y finalmente...
un muelle.
¡Epa!
El futuro comenzaba a
golpear las puertas.
Pero todavía faltaba mucho.
Guerrico moriría.
Sus herederos terminarían
vendiendo las tierras.
Y recién en 1889 comenzaría
una nueva etapa con el proyecto de la Sociedad Anónima Ciudad de Quequén y el
loteo de terrenos.
Entre aquel primer proyecto
de 1854 y la urbanización de 1889 habían pasado 35 años.
Treinta y cinco años de
proyectos, discusiones, intereses y esperanzas.
Por eso, cuando hablamos de
los orígenes de Quequén, yo creo que vale la pena mirar un poco más lejos de
sus calles.
Hay que mirar hacia La
Ballenera.
Porque allí estuvieron los
Dupuy.
Por allí aparecen los
Otamendi.
Allí estuvo vinculada la
historia de Pedro Luro.
Y frente al proyecto de
aquellos hombres estaba Manuel José de Guerrico, propietario de las tierras
donde pretendían levantar el futuro pueblo.
Entonces la pregunta aparece
sola:
¿Dónde nació realmente
Quequén?
¿Nació cuando se vendió el
primer lote?
¿Nació cuando Luro construyó
su muelle?
¿Nació con aquel proyecto de
1854?
¿O nació mucho antes, cuando
algunos hombres miraron el río y pensaron:
“Acá puede haber un
pueblo... y también un puerto”?**
Tal vez nunca exista una
única respuesta.
Pero una cosa parece clara.
Mucho antes de que Quequén
fuera una ciudad...
La Ballenera ya estaba allí.
Guardando nombres.
Guardando documentos.
Guardando discusiones.
Guardando sueños.
Y quizá, debajo de aquellas
viejas paredes, todavía quede el eco de una conversación de hace más de ciento
sesenta años.
Un hombre diciendo:
—Hay que hacer el pueblo
junto al río.
Otro preguntando:
—¿Y las tierras?
Y alguien, mirando hacia el
horizonte, respondiendo:
—Muchachos... si algún día
acá hay un puerto, esto va a cambiar para siempre.
Y vaya si cambió.
Porque como dice el viejo
refrán campero:
“El que siembra, cosecha.”
Pero antes de cosechar una
ciudad...
primero hubo que sembrar una
idea.
Y aquella idea...
también echó raíces en La
Ballenera.
Entre mates, campos y memoria,
La Ballenera vuelve a hablar,
Necochea y Quequén tienen su historia,
y nosotros la vamos a revelar.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario