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jueves, 1 de octubre de 2026

LA BALLENERA

 


LA BALLENERA

Donde comenzó a soñarse Quequén

Hay lugares por los que uno pasa sin imaginar la historia que esconden.

Uno ve un viejo casco de estancia, unos árboles, un camino de tierra... y sigue viaje.

Pero hay lugares que guardan memoria.

Y si uno pudiera sentarse bajo un ombú, cebarse unos mates y escuchar lo que cuenta el viento, seguramente descubriría que algunas historias vienen de muy lejos.

Esta es la historia de La Ballenera.

Y también, de alguna manera, es la historia de Quequén.

Porque antes de que existiera la ciudad, antes del puerto, antes de las calles y los loteos...

hubo un sueño.

Y ese sueño pasó por La Ballenera.


Estamos a mediados del siglo XIX.

La campaña bonaerense era muy distinta a la de hoy.

Los caminos eran huellas, las distancias parecían interminables y los viajes se hacían a caballo, en carreta o en galera.

La Ballenera ocupaba un lugar importante en aquella región.

Y alrededor de sus tierras aparecen nombres que después tendrán mucho que ver con la historia de nuestra costa:

Otamendi, Luro, Dupuy y Guerrico.

Nombres de hombres de campo, propietarios, funcionarios y protagonistas de una época en la que todavía estaba todo por hacerse.

Como dice el refrán:

“Cuando el río suena, agua trae.”

Y por aquellos pagos comenzaba a sonar una idea:

hacer un pueblo en la desembocadura del Quequén Grande.


La historia de La Ballenera es anterior a los Dupuy.

Las referencias históricas sobre la propiedad mencionan a Santiago Franco, luego a Pedro Castelli, y posteriormente a José Otamendi y compañía.

Más adelante aparecen vinculados a estas tierras nombres como Pedro Luro y Juan Dupuy.

La propiedad fue cambiando de manos, pero La Ballenera permaneció allí, como un testigo silencioso de la transformación de toda la región.

Y los Dupuy no eran personajes secundarios.

Especialmente Luis Dupuy y Julián Dupuy.

Porque en 1856 los encontramos directamente relacionados con un proyecto que nos interesa muchísimo.


Pero retrocedamos dos años.

En 1854, desde Lobería, se impulsa un proyecto para fundar un pueblo en la boca del Quequén Grande y convertirlo en cabecera del partido.

¿Por qué allí?

Porque había un río.

Y el río desembocaba en el mar.

Aquello significaba una posibilidad enorme:

un puerto.

Pero había un inconveniente.

Las tierras de la desembocadura pertenecían a Manuel José de Guerrico.

Y Guerrico no estaba dispuesto a cederlas fácilmente.

Según los documentos de la época, consideraba que aquellos terrenos eran arenosos, estériles y con agua salada.

Los vecinos, en cambio, veían otra cosa.

Veían un futuro pueblo.

Veían un puerto.

Veían una oportunidad.

Y acá aparece una de esas diferencias que cambian la historia.

Porque, como dicen en el campo:

“Cada uno ve la hacienda desde su tranquera.”


El proyecto de 1854 no prosperó.

Pero los hombres de aquella región no se dieron por vencidos.

Y aquí aparece nuevamente La Ballenera.

El 30 de abril de 1856, desde allí, se presenta una nueva iniciativa para establecer un pueblo en la boca del Quequén Grande.

Y esta vez aparecen claramente los nombres de:

Luis U. Dupuy, Julián Dupuy y Cornelio Viera.

¡Mire qué interesante!

Mientras Guerrico defendía sus tierras, desde La Ballenera otros hombres insistían con la idea de crear un pueblo.

La Ballenera comenzaba así a convertirse en algo más que una estancia.

Era un lugar donde se encontraban personas que discutían el futuro de la región.


Con el paso de los años, La Ballenera adquirió todavía más importancia.

En 1859, ya funcionaba como posta final de las galeras que comunicaban Buenos Aires con Lobería.

Imagínense la escena.

Una galera llegando después de atravesar kilómetros de campaña.

Los caballos cansados.

El polvo pegado en la ropa.

Los viajeros bajando.

Y alrededor del fogón, seguramente, las noticias corriendo de boca en boca.

Porque en aquella época las noticias viajaban despacio...

pero los rumores viajaban rápido.

—Dicen que quieren hacer un pueblo en el Quequén...

—Dicen que Guerrico no entrega las tierras...

—Dicen que quieren hacer un puerto...

Y entre mate y mate, la historia iba tomando forma.


En 1868, La Ballenera vuelve a aparecer como escenario de reuniones.

Luis Dupuy, que tenía allí su residencia, participa de encuentros de autoridades y vecinos de la región.

Entre los nombres vinculados a esas reuniones aparece también José Otamendi.

Es decir que aquellos nombres que aparecen dispersos en la historia —Otamendi, Dupuy, Luro, Guerrico— comienzan a cruzarse dentro de un mismo escenario histórico.

La Ballenera.

Y mientras tanto, al otro lado de la historia, Pedro Luro miraba hacia el Quequén.


Luro comprendió la importancia económica que podía tener aquel río.

Y en 1870 construyó un muelle sobre el Quequén Grande.

A partir de entonces comenzó una nueva etapa.

El río dejaba de ser solamente un accidente geográfico.

Ahora podía convertirse en una vía para sacar la producción de la región hacia el mar.

Cueros.

Lanas.

Tasajo.

Producción ganadera.

El sueño empezaba a tomar forma.

Primero había sido una idea.

Después, un proyecto.

Después, una disputa por las tierras.

Y finalmente...

un muelle.

¡Epa!

El futuro comenzaba a golpear las puertas.


Pero todavía faltaba mucho.

Guerrico moriría.

Sus herederos terminarían vendiendo las tierras.

Y recién en 1889 comenzaría una nueva etapa con el proyecto de la Sociedad Anónima Ciudad de Quequén y el loteo de terrenos.

Entre aquel primer proyecto de 1854 y la urbanización de 1889 habían pasado 35 años.

Treinta y cinco años de proyectos, discusiones, intereses y esperanzas.


Por eso, cuando hablamos de los orígenes de Quequén, yo creo que vale la pena mirar un poco más lejos de sus calles.

Hay que mirar hacia La Ballenera.

Porque allí estuvieron los Dupuy.

Por allí aparecen los Otamendi.

Allí estuvo vinculada la historia de Pedro Luro.

Y frente al proyecto de aquellos hombres estaba Manuel José de Guerrico, propietario de las tierras donde pretendían levantar el futuro pueblo.

Entonces la pregunta aparece sola:

¿Dónde nació realmente Quequén?

¿Nació cuando se vendió el primer lote?

¿Nació cuando Luro construyó su muelle?

¿Nació con aquel proyecto de 1854?

¿O nació mucho antes, cuando algunos hombres miraron el río y pensaron:

“Acá puede haber un pueblo... y también un puerto”?**

Tal vez nunca exista una única respuesta.

Pero una cosa parece clara.

Mucho antes de que Quequén fuera una ciudad...

La Ballenera ya estaba allí.

Guardando nombres.

Guardando documentos.

Guardando discusiones.

Guardando sueños.

Y quizá, debajo de aquellas viejas paredes, todavía quede el eco de una conversación de hace más de ciento sesenta años.

Un hombre diciendo:

—Hay que hacer el pueblo junto al río.

Otro preguntando:

—¿Y las tierras?

Y alguien, mirando hacia el horizonte, respondiendo:

—Muchachos... si algún día acá hay un puerto, esto va a cambiar para siempre.

Y vaya si cambió.

Porque como dice el viejo refrán campero:

“El que siembra, cosecha.”

Pero antes de cosechar una ciudad...

primero hubo que sembrar una idea.

Y aquella idea...

también echó raíces en La Ballenera.

 

Entre mates, campos y memoria,
La Ballenera vuelve a hablar,
Necochea y Quequén tienen su historia,
y nosotros la vamos a revelar.

 

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