El Arenal, el castillo de los Guerrico Lamarca
Hay lugares que desaparecen mucho antes de que sus paredes caigan.
Dejan de existir cuando ya nadie recuerda las voces que los habitaron, las risas que alguna vez llenaron sus habitaciones, los pasos que recorrieron sus escaleras o las historias que quedaron atrapadas entre sus paredes.
En Quequén hubo uno de esos lugares.
Se llamó El Arenal.
Y durante muchos años fue mucho más que una enorme residencia frente al mar. Fue parte de una época, de una manera de vivir y de aquel Quequén aristocrático que alguna vez recibió a familias de la alta sociedad porteña.
AQUEL QUEQUÉN DE LOS VERANOS
Ya hacia 1890, el Hotel Quequén recibía durante el verano a familias distinguidas de la sociedad argentina y a políticos de renombre.
Llegaban atraídos por el mar, por la tranquilidad del lugar y también por la posibilidad de levantar allí sus propias casas de veraneo.
Quequén comenzaba entonces a cambiar de fisonomía.
Los arquitectos porteños llegaban con sus tableros y sus proyectos. Sobre terrenos altos, donde la arena todavía imponía sus propias reglas, comenzaron a levantarse grandes villas y casonas palaciegas inspiradas en la arquitectura europea de aquellos años.
Se calcula que fueron alrededor de quince las propiedades de estas características.
Muchas se encontraban en las proximidades de la avenida Almirante Brown y del Hotel Quequén.
Eran verdaderos palacetes.
Postales de una época en la que pasar el verano junto al mar podía significar permanecer tres meses lejos de Buenos Aires, rodeado de familiares, amigos, invitados y personal de servicio.
Porque, como dice el viejo refrán:
“Cada época tiene su encanto y cada recuerdo, su historia.”
Y aquella época tuvo un encanto muy particular.
EL ARENAL
Entre aquellas grandes residencias se encontraba El Arenal, perteneciente a la familia Guerrico Lamarca.
Estaba apenas a unos cien metros del Hotel Quequén.
Era una construcción inspirada en una maison francesa, con detalles delicados y una arquitectura que parecía llegada desde otro mundo.
Pero había algo contra lo que ni los arquitectos, ni los propietarios, ni el dinero podían luchar:
la arena.
Todos los años, cuando la familia regresaba, encontraba frente a la entrada un nuevo huésped.
Un médano.
A veces tan grande que había que retirarlo para poder entrar.
Quequén tenía entonces una manera muy particular de recordarles a sus visitantes quién mandaba allí.
El mar y la arena.
UN VIAJE A EUROPA
Las historias de El Arenal parecen sacadas de una novela.
En aquellos tiempos los viajes a Europa se realizaban en barco y podían durar varios meses.
Las familias llevaban incluso su propia vaca para disponer de leche fresca y grandes barras de hielo para conservar los alimentos durante la travesía.
En uno de esos viajes llegaron a Ámsterdam y se encontraron con una feria de muebles y objetos para el hogar.
Allí adquirieron una colección que había obtenido el primer premio del certamen.
Muebles, cuadros y adornos que reflejaban, de alguna manera, el espíritu de Holanda.
Eran muebles robustos, de líneas rectas, construidos en roble macizo y pertenecientes al entonces moderno estilo Art Nouveau.
Cada habitación tenía su propio anagrama.
Las figuras geométricas, realizadas mediante incrustaciones de marfil en respaldos y armarios, diferenciaban unas habitaciones de otras.
Todo aquello cruzó nuevamente el océano.
Desde Ámsterdam hasta Puerto Quequén.
Y así, pedazo a pedazo, Europa fue entrando en El Arenal.
UNA CASA QUE TENÍA ALMA
La casa estaba llena de madera, boiseries y hermosos pisos.
La iluminación había sido originalmente a gas.
Cuando llegó la electricidad hubo que rehacer toda la instalación.
El agua provenía de un pozo.
El comedor era enorme.
Había un escritorio que también podía convertirse en dormitorio y una habitación para los varones donde se alineaban numerosos catres.
En el office se tomaba el desayuno.
Una escalera de madera conducía al segundo piso, donde estaban los dormitorios, mientras que en el tercero se encontraban las habitaciones destinadas al servicio.
La cocina estaba en el sótano y allí funcionaba una cocina económica.
Pero aquella casa, tan hermosa en verano, tenía un enemigo durante el invierno:
el frío del mar.
No tenía calefacción y se encontraba a pocos pasos de la costa.
El viento entraba por las ventanas y el invierno podía convertirse en una verdadera prueba de resistencia.
Sin embargo, hubo años en que las familias debieron permanecer allí más tiempo del previsto.
UNA CASA ABIERTA
Desde la década de 1940, El Arenal fue utilizado por Albertina Lamarca de González Moreno, sus diez hijos y una sobrina.
La casa cobraba vida durante los veranos.
Había cocina a leña, heladeras que diariamente recibían enormes barras de hielo y un servicio doméstico de temporada compuesto por una cocinera, una ayudante de cocina, dos mucamas y una lavandera.
En la segunda planta estaban las habitaciones.
Desde allí se accedía a un mirador de 360 grados que rodeaba el tanque de agua.
En sus primeros tiempos, el mirador tenía una enorme sombrilla de madera.
Pero un temporal decidió que aquella sombrilla no pertenecía al paisaje.
La levantó por los aires y se la llevó.
Así era Quequén.
A veces hermoso.
A veces imprevisible.
OCHO CATRES Y OCHO HOMBRES
El Arenal tenía fama de ser una casa abierta.
Si alguien llegaba a Quequén y no tenía dónde alojarse, siempre podía encontrar una cama allí.
En la habitación destinada a biblioteca, mi madre colocó unos catres del ejército que se transformaban en camas.
Y más de una vez se produjo lo que hoy llamaríamos overbooking.
**Ocho catres.
Ocho hombres.**
Y seguramente alguna historia más para contar.
Porque las casas grandes tienen algo especial:
siempre parecen tener una habitación más.
EL ASCENSOR DE LOS CHICOS
Había un montacargas que llevaba la comida desde la cocina del sótano hasta el office.
Para los adultos era un montacargas.
Para los chicos, en cambio, era un ascensor.
Hasta que un buen día descarrilaba.
Entonces había que llamar al casero para que recompusiera las cuerdas y devolviera aquel extraño aparato a su funcionamiento habitual.
Las comidas para catorce o dieciséis personas eran habituales.
Treinta huevos pasados por agua podían desaparecer de la mesa como por arte de magia.
Y las enormes fuentes de puchero parecían destinadas a alimentar a un ejército.
En El Arenal siempre había movimiento.
Campeonatos de ping-pong sobre la mesa del comedor.
Partidos de croquet.
Bicicletas.
Un carrito para llevar a los más pequeños que parecía una diligencia.
Y por las noches, sobre una mesa supletoria, aparecía un enorme rompecabezas de diez mil piezas.
Se comenzaba durante el verano y se iba armando entre todos.
Cada visitante agregaba alguna pieza.
Quizás sin saberlo, todos contribuían a construir también el recuerdo.
Y algunas noches llegaban las guitarras.
Entonces comenzaban las guitarreadas.
Con mayor o menor afinación.
Pero siempre con entusiasmo.
EL ROLLS-ROYCE ROSA
Una amiga de la familia, de origen polaco, contrajo matrimonio con un miembro de la familia Ybarra, vinculada a una importante empresa aceitera.
El hombre había vivido la Guerra Civil Española y, según el recuerdo familiar, llevaba alrededor del cuello un aro que nunca quiso quitarse, como una forma de no olvidar aquello que había vivido.
Su esposa llegó un verano a pasar unos días en El Arenal.
Y entonces Quequén conoció uno de esos acontecimientos que durante mucho tiempo quedan en la memoria colectiva.
La mujer recorrió el pueblo en un Rolls-Royce de color rosa, conducido por un chofer negro.
La escena parecía salida de una película.
La gente se agolpaba en las puertas de las casas para contemplar aquel automóvil.
En un Quequén de carros, bicicletas y sulkys, aquel Rolls-Royce rosa parecía pertenecer a otro planeta.
CUANDO EL TIEMPO COMENZÓ A VENCERLA
Pero los años pasan.
Y hasta las casas más fuertes terminan sintiendo el peso del tiempo.
En 1956, durante el año de la epidemia de poliomielitis, la familia permaneció en Quequén hasta fines de abril por recomendación de no regresar todavía a Buenos Aires.
Para entonces, El Arenal comenzaba a mostrar sus primeras heridas.
Goteras.
Ventanas que dejaban entrar el viento de los temporales.
Cortes de luz.
Maderas que necesitaban reparación.
La casa comenzaba a envejecer.
Se hicieron arreglos.
Pero parecía cumplirse aquella vieja frase:
“Cuando se tapa un agujero, aparece otro.”
Y poco a poco, casi sin que nadie quisiera admitirlo, El Arenal comenzó a morir.
EL ÚLTIMO CAPÍTULO
Los caseros, los Herrero, habían fallecido.
Sus hijos quedaron a cargo de la casa durante los inviernos.
Después llegaron los robos.
Y el vandalismo.
Se llevaron los techos artesonados, ventanas, muebles y adornos.
Objetos cuyo valor quizás no estaba en el dinero, sino en los recuerdos que encerraban.
Y hubo algo todavía peor.
Algunos muebles fueron destruidos deliberadamente.
También relojes, cuartos de baño y diferentes partes de la casa sufrieron daños.
La que había sido una residencia llena de vida terminó convertida en una construcción herida y abandonada.
Finalmente, Albertina tomó una decisión dolorosa.
Vendió o regaló lo poco que todavía podía salvarse.
Y luego llegó la demolición.
Para muchos vecinos fue incomprensible.
Algunos criticaron aquella decisión.
Pero pocos conocían lo que había ocurrido dentro de El Arenal durante sus últimos años.
Y tal vez allí esté la verdadera enseñanza de esta historia:
nadie debería juzgar el final de una casa sin conocer primero todo lo que tuvo que soportar.
EL ÚLTIMO RECUERDO
Hoy El Arenal ya no está.
No podemos caminar por sus habitaciones.
No podemos subir aquella escalera de madera.
No podemos asomarnos al mirador.
No podemos escuchar el ruido del montacargas ni las voces de los chicos jugando.
Tampoco podemos contemplar aquel Rolls-Royce rosa atravesando las calles de Quequén.
Pero queda algo.
Queda la memoria.
Porque las casas pueden ser demolidas.
Los muebles pueden desaparecer.
Los techos pueden caer.
Los médanos pueden cubrir las huellas.
Pero hay recuerdos que se niegan a morir.
El Arenal fue una casa.
Pero también fue una familia.
Fue un verano.
Fue una mesa llena.
Fue una guitarra desafinada.
Fue un rompecabezas de diez mil piezas.
Fue el ruido de los chicos.
Fue el viento golpeando las ventanas.
Fue el mar.
Y fue, sobre todo, una parte de aquel Quequén que ya no volverá.
Tal vez por eso, cuando caminamos hoy por aquellas calles, deberíamos mirar un poco más allá de lo que vemos.
Porque debajo de la arena todavía puede dormir una historia.
Y quizás el viento, cuando sopla desde el mar, todavía venga a contárnosla.
CUARTETA FINAL
Se fue El Arenal, se fue su historia,
quedó en Quequén su antiguo esplendor;
la arena escondió aquella memoria,
pero el recuerdo la guarda con amor.
