EL MUNDO DEL BACÁN DE QUEQUÉN
La otra
El Miura zarpó de Quequén, hizo
dos bramidos como despedida, llovía
Un gris total me envolvía. Vos
atravesabas la distancia en el navío.
Empecé
a sentir el frío de la despedida; y recordé la noche en que nos conocimos:
Fiesta de los Pescadores en la villa costera; y el destino, que jugaba con la
sorpresa, nos llevó hasta donde nos vimos.
Al
mirarnos sentimos el flechazo, me saludaste con tu acento español, ya no nos
separamos, reímos, bailamos y bebimos demasiado…; después fuimos abrazados
hasta mi puerta, subimos las escaleras, nos recibió mi cuarto, testigo del
romance que nacía como una historia prohibida.
Fue un idilio sin promesas; a vos
te esperaban en otras tierras, yo solo sabía que quería mi libertad
Al
marcharte, un ancla en nuestros corazones no dejaba soltar amarras, quedamos
encallados, tomados de las manos, soñando con un regreso. Después, fueron las
llamadas de los sábados a la tarde, cuando estabas a solas y ella no te oía, o
cualquier madrugada, cuando me avisabas que habías llegado a un puerto del
Caribe, y yo te decía: --Acá hace frío y el viento arrecia, ya no me importaba
ser la otra porque formaba parte de tu vida, aunque siempre me ocultarías.
Cuando volvías, cada incontables
meses, la separación se hacía pedazos, en esos días tirábamos a la basura la
distancia y olvidábamos en un cajón la lejanía.
Pero llegaba la partida, y con ella
la añoranza y la melancolía.
El
nuestro fue un amor sin ataduras, un tiempo corto, de pasión, y después la
espera, y el correr a la ventana para ver en el mar, ese un punto en el
horizonte que me anuncia que regresas.
Ahora
quiero soñarte, quiero entender que soy la otra, la que en Quequén te espera.
Ángela Beatriz Artigas
QUEQUEN
Ya se
escucha el murmullo del Quequén Grande que desde lejos viene trayendo en su
derrotero un susurro de celebración anticipando la llegada a su desembocadura;
sus aguas dulces se agitan, se enredan y se harán una con las olas suaves del
mar para festejar en una danza única e irrepetible, tu esencia centenaria.
Desde
la distancia el faro, que sabe de honores, se yergue orgulloso uniéndose a tu
celebración, custodiando y cumpliendo fielmente su propósito de guiar los
barcos hasta tu garganta.
¡Hay
algarabía en los corazones Quequenenses y Necochenses, pues cumples
maravillosos 100 años, Puerto de Quequén!
Cien años de vida ininterrumpida,
cien años de labor fecunda, abriendo de par en par tu alma al mundo.
En tu
cuerpo de piedra laten ilusiones, sueños y esperanzas; las mismas que
palpitaron aquellos hombres que te pensaron hace una centuria, que te soñaron
desafiando la adversidad, los escollos del camino; y te pensaron fuerte,
pujante, decidido, y capaz de alcanzar la prosperidad, dando a tu pueblo la
posibilidad de perfeccionarse, crecer y desarrollarse cada día.
De ti
parten al mundo como golondrinas, cosechas de granos de esta bendita tierra,
variedades de peces que regala el mar sin retaceos, maderas de las inmensas
plantaciones que recorren nuestro territorio fértil y bondadoso, y miles de sub
productos que las manos de los hombres que habitan este suelo, producen y
elaboran con ahínco para ofrecer a otros países manufacturas de calidad.
Puerto
insigne, pionero de nuestra Patria, cobijado entre tus escolleras, acariciado
por el mar y el viento, compañeros inseparables, hoy luces renovado, con un
futuro venturoso y floreciente bajo el reconocimiento de toda nuestra Nación
que se solaza en tu aniversario, deseando para ti y las personas que allí se
desempeñan otros cien años de labor provechosa y sin límites.
LILIANA MARIA GARAFFO
Bell Ville, Pcia de Córdoba
Participo activamente de un grupo
literario donde comparto el gusto y el amor por la lectura y la escritura.
He publicado obras en diversas Antologías y he tenido la dicha que algunos de mis trabajos hayan sido premiados como por ejemplo, m
VIEJAS LEYENDAS
Un bostoniano
Más de
una tarde, los paseos de este anciano acaban en el filo del acantilado. De
niño, madre me regañaba por frecuentarlo; pero no existía mejor otero para
gozar el paso de los barcos que arribaban al puerto de Quequen o, rebosantes de
cereal, partían de sus muelles.
La
nostalgia me hizo reabrir el casón familiar, a poco menos de una milla del
faro. Que a Turín no la bañe el mar también ayudó lo suyo a mi vuelta. Cada vez
que le dedico una mirada a su blanquinegro porte, me ensueño perforando la red
con los colores de la Vechia Signora. De una temporada gloriosa en San Lorenzo
a la Juve y al estrellato mundial en los setenta…
Luego,
antes de deshacer la andada y sentarme en la butaca a devorar cualquier libro
pendiente, le agradezco que sus destellos no hubieran podido hacer mucho por el
Monte Pasubio.
El
vapor que enrolaba al abuelo encalló una noche de tormenta allá por el año 1924
y no todos los marineros que pisaron los arenales de Necochea regresaron a su
bota patria. A Edmundo Mozzafiato lo encandiló una dicharachera muchacha… Era
bello como la abuela Engracia. Juntaron las iníciales de sus nombres para
siempre, y de un naufragio…
Padre
fue hijo único. De él aprendí a desmarcarme y ese toque con endiablado efecto
que aportó tantos goles para el recuerdo de una miscelánea de hinchadas… Jugué
en tres grandes equipos, cierto es, pero ese sabor especial que dejaron los
gritados por los seguidores de la albiceleste… De sabores deliciosos va una
parte de la vida, como la silueta de esos imponentes navíos salvando el furor
del oleaje.
RUBEN MARTÍN CAMENFORTE
Licenciado en Historia por
la UAB. A ratos me entretengo escribiendo y algunos de mis relatos han logrado
hacerse un privilegiado hueco en algún que otro concurso literario como los
primeros premios en el Fundación Villa de Pedraza, Cuentamontes, El Laurel,
Manuel Rivas, Por la Tierra…
MICRORRELATO CENTENARIO PUERTO QUEQUÉN
Puerto amigo
Barrancas altas amanece. Un siglo
y mil doscientas lunas llenas en un suspiro de la eternidad. Convergen los
sueños en esta morada de almas nobles, barcos vivos, quillas quebradas y naves
encalladas. Despojos de otros tiempos de hombres y mujeres que abrazaron
agonías, vigilias, misterios, lejanías.
Puerto amigo de las ansias más
profundas, de anhelos que izan velas y navegan por el mundo. Pescadores,
transportistas y amadores de la mar, portadores de alegría en los muelles de la
vida. Ruidos, luces, sombras, ecos de cetáceos que menean bajo el fulgor del
sol naciente.
¡Ahí va el Caribea! Suelta
amarras e inicia su periplo fantasmal, por un fino laberinto entre escolleras y
restingas, en el medio de la gala de una negra tempestad. Solo, sin bandera ni
ilusión, busca amparo o rendición en la Bahía de los Vientos. Y en la orilla,
más allá, otros pecios derruidos, a instancias del olvido, en la noche son
lamentos.
Mientras el faro centellea sobre
la espuma que trae el oleaje ¡brindemos!, por cien años más y miles, por los
prácticos, cargadores, amarradores y otros bien trabajadores ¡quienes salvan
vidas!, los de antes, los de ahora, de aquí y de todos los pabellones.
¡Brindemos! aunque nuestro espíritu encienda melodías y versos impregnados de
reminiscencias tangueras, sentimientos mansos o crispados. ¡Si hasta el
mismísimo Poseidón atesora la memoria del Puerto Quequén! donde atracan los
deseos y renace la esperanza, donde el ingenio y la perseverancia se iluminaron
por un hermoso ideal, con humildad, sin arrogancia.
El silencio trae un nuevo atardecer. Mientras la ciudad se alumbra, los pájaros entonan una canción festiva. La brisa marina dibuja un mensaje en la playa: mañana zarpa un barco cargado de semillas, que pondrá la invencible proa hacia la cosecha de nuestros mejores días.
Angel Mario Morano
Tengo 59 años. Nací en Lanús,
Provincia de Buenos Aires, el 15 de julio de 1963, y es la ciudad en la cual
vivo.
Soy Profesor de Ciencias
Políticas y Jurídicas y he estudiado también la carrera de Producción Musical.
No es solo el puerto.
En los brazos, de su padre, mi
abuelo cuando era niño, apenas muestra visible la foto desde el ayer. La saco
un atardecer un fotógrafo extranjero, entre los cientos de obreros que eran
parte del plantel, que a la escollera del puerto le ayudaron a crecer.
Una legua, más o menos, el
cabalgaba a diario, llevando desde su rancho, recién salido del horno el pan
casero a su padre, que ha la hora del descanso de varios, saciaba el hambre.
El conoció a Don Greco, que
oficiaba en ese entonces, como práctico del puerto. De Gardella y Ángel Murga,
sabía de sus esfuerzos y el sueño de ver un puerto, mirando hacia el mar
abierto.
Al regreso hacia su rancho, por
contemplar el paisaje, sobre El Puente de las Cascadas, que cruzaba el Río Grande,
solía detener su marcha y aventurarse a la pesca.
Así fue como mi abuelo, al puerto
hoy centenario, fue viendo crecer de a poco, como crecieron sus años.
Siguió sus pasos mi padre que
junto al puerto, su hogar, construyo para abrigar, lo que hoy es, su
descendencia.
En el puerto desde joven por su
progreso él trabaja, con esfuerzo y la constancia de quienes fueron pioneros.
De los quehaceres diarios de su
labor en puerto, él me brinda hoy su experiencia agradeciendo ser parte, de lo
que ayer, fuera un sueño.
Al hablar del Puerto Quequén, mi
voz denota el orgullo, que siento, por lo que es, para mi pueblo y el mundo, el
hecho de existencia.
El puerto, no es solo el puerto,
es de mi vida su esencia.
Santiago MULLER