Sudeste bonaerense
En el campo perteneciente a la sucesión de Julio Pueyrredón, la madrugada del 22 de mayo de 1938 transcurrió aparentemente como tantas otras. Sin embargo, antes de que amaneciera, manos desconocidas ingresaron al establecimiento y sustrajeron dos animales de buen valor para aquellos tiempos: un borrego Lincoln y un carnero Ramboullet, valuados en nada menos que 60 pesos fuertes.
Los ladrones no se limitaron a llevarse los animales. Los carnearon allí mismo, aprovechando la tranquilidad del campo y pensando seguramente que, de esa manera, podrían transportar solamente la carne y dejar atrás aquello que les resultara más pesado o comprometedor.
Así fue como abandonaron los cueros.
Pero en el apuro cometieron un error que terminaría resultando fatal para sus planes.
Al retirarse, dejaron olvidado un perro que habían atado a una tranquera.
Quizás pensaron que nadie repararía en el animal. Quizás simplemente no se dieron cuenta de que aquel silencioso testigo podía convertirse en el mejor aliado de la policía.
Cuando se descubrió el robo y llegaron los agentes, encontraron al perro todavía atado.
Lo soltaron y, en lugar de llevárselo o dejarlo marchar, decidieron seguirlo a prudente distancia.
El animal tomó su rumbo.
Y los policías, detrás.
De esa manera, sin interrogatorios, sin confesiones y sin necesidad de perseguir a ningún sospechoso, el perro terminó conduciendo a los agentes hasta la guarida de los ladrones.
El rastro llevó directamente al domicilio de los hermanos Juan y Herminio Sazu.
Una vez allí, la policía procedió a revisar el rancho. Y la búsqueda dio sus frutos: ocultas y tapadas con unas bolsas encontraron las dos reses de animal lanar, completamente frasca.
El misterio estaba resuelto.
Los animales robados habían sido encontrados y el camino hasta ellos había sido señalado, nada menos que por el propio perro de los delincuentes.
Los ladrones habían pensado en los animales, en la carne, en los cueros y en la manera de transportar el botín.
Pero se olvidaron de un detalle.
Al perro.
Y aquel descuido terminó echando por tierra toda la operación.
En aquellos tiempos no había cámaras de seguridad, teléfonos celulares ni modernas técnicas de investigación. Para seguir una pista hacía falta observar, preguntar y, algunas veces, saber aprovechar una casualidad.
Esta vez, la casualidad tenía cuatro patas.
Y así quedó para la historia aquella curiosa investigación policial ocurrida en mayo de 1938, en la que un perro terminó haciendo, sin proponérselo, el trabajo de un verdadero detective.
Porque, como dice el viejo refrán, por la boca muere el pez.
Aunque en este caso habría que hacerle una pequeña modificación:
por el perro, cayó el ladrón.
Y eso que dicen que el mejor amigo del hombre es el perro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario