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martes, 13 de octubre de 2026

Apogeo y ocaso de la hotelería turística en Quequén

 



Frente a la Prefectura de Quequén, la familia Díaz Llanos había instalado una pensión en una antigua casa donde se alojaban los trabajadores de los elevadores de la empresa Bunge y Born. Esta actividad se mantuvo hasta 1939, año en que la familia se radicó en San Cayetano.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, regresaron y abrieron un comercio dedicado a la provisión de los barcos. Con el paso de los años, la familia Díaz Llanos tuvo una participación destacada en la hotelería de Quequén, llegando a ser propietaria de tres de los once establecimientos que recordamos en esta historia.

En 1948 construyeron el Hotel Nueva Pompeya (1), sobre la avenida Almirante Brown. El establecimiento comenzó con veinte habitaciones y posteriormente incorporó diez más. En años siguientes se construyó, a su lado y sobre la misma avenida, el Hotel Mauna Loa (2). También perteneció a la familia el Hotel Continental (3).

El Hotel Turbión (4) fue construido por Raimundo. Durante la década de 1950 se realizaron allí varias fiestas. Más adelante pasó a manos del doctor Bicoff, quien cambió su nombre por el de Colonia Infantil Pinocho.

El señor Divito, de Necochea, había construido el Hotel Costa Azul (5), que posteriormente vendió al doctor Bicoff. Este volvió a cambiarle el nombre, denominándolo Ciervo Azul, y lo destinó a colonia infantil.

El Hotel Venturi (6), propiedad de don Luis Venturi, funcionó durante las décadas de 1950 y 1960. Recibía a empleados de la empresa eléctrica CADE, que enviaba a sus hijos a la colonia que tenía la compañía en el predio donde hoy se encuentra la UNICEN. También se alojaban allí turistas en general.

El Gran Hotel Quequén (7), fundado en 1894 por Juan Larraburu y Joaquín Arano, fue uno de los establecimientos históricos de la localidad.

El Hotel del Faro (8), construido aproximadamente hacia 1920, pertenecía a españoles de la familia de don Francisco Balinotti.

También funcionaba como alojamiento veraniego la pensión instalada en la casona de la familia Carballido (9).

En las proximidades de la estación ferroviaria se encontraba el Hotel Estación (10), que recibía a numerosos viajantes de comercio que recorrían la zona ofreciendo sus productos.

Por último, en la zona de las torres estaba la pensión La Martita (11), propiedad del señor Oberto, donde se alojaban familias que llegaban para trabajar durante la temporada.

El esplendor de los años sesenta

Durante la década de 1960, Quequén brillaba con un turismo de buen poder adquisitivo, de características selectas. Parte de su hotelería recibía a artistas, pintores, escritores, críticos y políticos.

Dentro de ese segmento se encontraban los tres establecimientos de la familia Díaz Llanos, la Casona Carballido, el Hotel Quequén y el Hotel del Faro.

Por su parte, el Hotel Venturi alojaba tanto a empleados de la empresa eléctrica como a turistas en general. Pinocho y Ciervo Azul funcionaban como colonias infantiles, mientras que el Hotel Estación atraía a numerosos viajantes que desarrollaban sus actividades comerciales en la región.

Eran tiempos en los que Quequén tenía una importante actividad turística y una identidad propia. Los hoteles formaban parte de ese movimiento y contribuían a la economía local.

Como dice el refrán, «Todo tiempo pasado fue mejor», aunque quizás no haya sido necesariamente mejor para todos. Lo cierto es que aquella época dejó recuerdos que todavía perduran entre quienes la conocieron.

Comienza la decadencia

La decadencia de la hotelería turística comenzó a hacerse visible a mediados de la década de 1970.

Los establecimientos tenían dificultades para modernizarse debido a la falta de servicios esenciales. La ausencia de cloacas, gas, teléfonos, agua corriente y pavimentos en los accesos constituía un obstáculo para mantener una oferta hotelera acorde con las nuevas exigencias del turismo.

Al mismo tiempo, el balneario fue perdiendo el esplendor de su rambla, que había llegado a contar con restaurante y pileta climatizada de agua salada.

El ferrocarril, que durante tantos años había sido un medio importante para llegar a Quequén, comenzó a reducir sus frecuencias. Los viajes demoraban cada vez más debido al mal estado de los rieles. En contraposición, proliferaban las compañías de micros de larga distancia, aunque sus tarifas eran superiores.

A estos inconvenientes se sumó el crecimiento de otros balnearios que ofrecían nuevas instalaciones y mejores servicios. Pinamar fue uno de los destinos que se beneficiaron con la apertura de la ruta 11, que facilitó el acceso desde la Capital Federal, situada a unos 300 kilómetros.

Mientras otros centros turísticos avanzaban, Quequén no conseguía resolver sus problemas de infraestructura. La falta de inversiones y las dificultades para competir fueron restándoles rentabilidad a los hoteles.

Y cuando un negocio deja de ser rentable, por más historia y esfuerzo que haya detrás, mantener sus puertas abiertas se vuelve cada vez más difícil.

Así, uno a uno, los establecimientos comenzaron a cerrar.

El Nueva Pompeya, el Mauna Loa, el Continental, el Turbión, el Costa Azul, el Venturi y los demás hoteles y pensiones fueron quedando atrás, como testimonios de una época en la que Quequén ocupaba un lugar destacado entre los destinos turísticos de la costa bonaerense.

El refrán lo resume con sencillez: «Agua que no has de beber, déjala correr». Pero en este caso, lo que corrió fue el tiempo, y con él se fueron oportunidades que quizá hubieran permitido conservar parte de aquella infraestructura turística.

Hoy, al recordar estos once establecimientos, no pretendemos quedarnos solamente con la nostalgia. También buscamos reconstruir una etapa de nuestra historia local, comprender las razones de su decadencia y preservar los nombres de quienes, con sus emprendimientos, contribuyeron al desarrollo de Quequén.

Porque detrás de cada hotel hubo trabajo, inversión y proyectos de futuro. Y detrás de cada cierre quedó una parte de aquel Quequén que supo recibir visitantes y ofrecerles algo más que una habitación frente al mar.

Como expresa la poesía, el tiempo puede borrar las huellas, pero no siempre consigue borrar los recuerdos.

Quequén tuvo su época de esplendor hotelero. Conocerla y contarla es una manera de mantener viva su historia.

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