Todo comenzó con una maniobra desafortunada.
Manejaba por una avenida cuando, al cambiar de carril, encerré involuntariamente a un motociclista. Tuvo que frenar bruscamente. Me di cuenta del error y levanté la mano para pedirle disculpas.
Pero aquel hombre no quería disculpas.
—¡¿Qué hacés, hijo de puta?! ¡¿Me querés matar?!
No contesté. Le hice otro gesto para que entendiera que había sido un error y seguí mi camino.
Pensé que todo terminaría ahí.
Me equivoqué.
La moto apareció detrás de mí. Se puso a mi altura, me insultó y golpeó la carrocería. No respondí. Doblé por otra calle, con la esperanza de que se cansara y siguiera su camino.
Pero no se cansaba.
Me seguía como si le hubiera cometido la peor ofensa de su vida.
Busqué una avenida más transitada. No quería problemas. No quería pelear. No quería bajarme del auto a discutir con un desconocido que parecía fuera de sí.
Solo quería llegar a mi casa.
El motociclista volvió a adelantarse y me obligó a frenar. Se bajó, se acercó a mi ventanilla y me desafió.
—¡Bajate! ¡Bajate si sos hombre!
Traté de mantener la calma. No abrí la puerta. Esperé a que se apartara y continué.
Pero volvió a perseguirme.
En ese momento comprendí que ya no estaba discutiendo por una maniobra de tránsito. Estaba frente a alguien que había decidido que no me dejaría en paz.
Sentí miedo. Sí, miedo. Porque uno puede ser prudente, pedir disculpas y evitar las provocaciones, pero no puede controlar lo que decide hacer otra persona.
Miré a mi alrededor buscando ayuda. Quería llegar a un lugar seguro. Quería que alguien interviniera. Quería que todo aquello terminara.
Y entonces ocurrió lo que había intentado evitar desde el primer minuto.
En medio de la persecución, una maniobra desesperada terminó con la moto en el suelo.
Frené. El ruido del impacto todavía resonaba en mis oídos. La gente comenzó a gritar. Alguien llamó a una ambulancia.
Me quedé inmóvil, mirando la escena.
Yo había cometido un error al volante. Lo había reconocido y había pedido disculpas. Después había intentado alejarme una y otra vez.
Pero él no había parado.
Ahora, sin embargo, ya no importaba quién había empezado la discusión. Había una persona herida y un hecho que tendría que ser investigado. La Justicia debería determinar qué había sucedido y quién era responsable de cada decisión.
Mientras esperaba a la policía, pensé en lo absurdo de todo aquello.
Dos personas habían comenzado un episodio de tránsito. Una había intentado terminarlo con una disculpa. La otra había decidido prolongarlo hasta convertirlo en una tragedia.
Y me hice una pregunta que todavía no podía responder:
¿Hasta dónde puede llegar la irresponsabilidad de una persona cuando su orgullo vale más que la vida de los demás?
Porque en la calle podemos equivocarnos todos. Podemos encerrarnos, frenar mal, cometer una imprudencia.
Lo que no deberíamos hacer es convertir un error en una persecución.
Yo había querido evitar una pelea.
Pero aquella tarde aprendí que, cuando alguien pierde el control, las consecuencias pueden ser irreversibles para todos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario