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miércoles, 7 de octubre de 2026

La Ley de las Sombras


 Prólogo

El que maneja la sombra

cree que la luz no le llega,

pero el destino no ciega

al que por matar se nombra.

______________

La Ley de las Sombras

Acto I: La ley de los médanos

A principios de los años noventa, el paraje costero de Costa Bonita era un territorio de contrastes. Por un lado, la Hostería de la familia Julio —el icónico Hotel Ostende— se llenaba cada verano con la vibrante y reservada comunidad LGBT que buscaba refugio y libertad frente al mar; por el otro, al caer el sol, el lugar se volvía poco más que un puñado de casas de veraneo sumergidas en el silencio absoluto de los médanos y el viento indomable del Atlántico. Un lugar perfecto para esconderse, y un escenario ideal para los negocios invisibles. Bien dicen en el campo que "el zorro sabe por zorro, pero más sabe por viejo", y el sargento primero aplicaba esa máxima en cada rincón de la costa.

Allí comenzó a fraguarse el mito del hombre al que internamente llamaban el dueño de las esquinas. En los papeles de la Jefatura figuraba con un nombre común, pero en el barro de la calle su palabra era ley absoluta. Tenía la mirada fría, el bigote espeso típico de la época y una pistola Browning Hi-Power calibre 9 milímetros calzada en la cintura como una extensión de su propio cuerpo.

Aquella tarde en Costa Bonita, el silencio de la playa se rompió con el estruendo de una balacera. Dos delincuentes dedicados al saqueo de viviendas terminaron con el pecho perforado por el plomo sobre la arena. El sargento primero regresó a la seccional con el uniforme intacto, su arma reglamentaria humeante y un acta de procedimiento impecable: un enfrentamiento en flagrancia, dos ladrones abatidos en cumplimiento del deber. La Superioridad lo felicitó por su valentía y los vecinos respiraron aliviados.

Sin embargo, la sospecha popular es un pozo hondo. Ya lo reza el dicho: "en río revuelto, ganancia de pescadores". En los rincones oscuros de la noche costera, el rumor corrió como el agua entre los dedos. Se decía que aquellos dos muertos no eran desconocidos para el sargento; se decía que eran su "mano de obra", jóvenes ladrones que habían limpiado más de 30 casas de la zona que él mismo les marcaba a cambio de un porcentaje.

La voz de la calle aseguraba algo mucho más macabro sobre esa tarde en la playa: que no hubo tal tiroteo, sino una ejecución a sangre fría. Para justificar el supuesto enfrentamiento ante los peritos, el sargento se habría agachado sobre los cuerpos aún tibios para "plantarles" la evidencia, encajando a la fuerza un oxidado revólver calibre .22 corto en los dedos rígidos de uno, y un viejo Pasper calibre .32 con el niquelado gastado en la mano del otro. El tiroteo en la arena no había sido justicia, sino un ajuste de cuentas camuflado de procedimiento oficial. Una advertencia silenciosa para cualquiera que intentara quedarse con más dinero de lo pactado o amagara con "mexicanear" al jefe. El sargento no dejaba cabos sueltos, y los muertos no hablan.

Acto II: La esquina de la traición

Pasaron los años y la reputación del sargento creció como una sombra protectora sobre los comercios del centro de Necochea. Para el año 1995, ya era un veterano de cuarenta años, respetado por los comerciantes y con placas de reconocimiento en su haber. Pero la impunidad tiene una fecha de vencimiento silenciosa, porque "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe".

El mediodía de un jueves de septiembre de 1995 amaneció denso. Dos jóvenes audaces y desesperados, conocidos en el hampa local como "El Cabezón" y "El Chapa", recorrerían las calles céntricas a bordo de un scooter. En cuestión de minutos, desataron un raid violento: asaltaron dos comercios sobre la transitada Avenida 59, entre ellos la firma "Gabi Gom". Entraron con los caños calientes de sus armas cortas —un pesado revólver calibre .38 Largo y un viejo .32 con tambor volcable, del tipo "lechucero"—, redujeron a empleados y clientes bajo amenaza de muerte, y vaciaron las cajas con una velocidad que denotaba demasiada confianza. Demasiada tranquilidad.

Pero esta vez, el libreto cambió de golpe. Al llegar a la esquina de la Avenida 59 y la calle 46, el ruidoso motor del scooter se topó de frente con el trompo de un patrullero que les cortó la marcha. "No por mucho madrugar se amanece más temprano", habrán pensado los delincuentes al ver las balizas reflejadas en las vidrieras céntricas.

El sargento abrió la puerta antes de que el móvil terminara de frenar. No hubo voces de alto ni protocolos de manual. Se abalanzó directamente sobre el conductor en un forcejeo cuerpo a cuerpo feroz, salvaje, sobre el cemento céntrico. Los testigos que miraban de reojo y aterrados desde las vidrieras jurarían después que aquello no parecía la detención de un delincuente, sino una pelea a muerte entre hombres que se conocían demasiado bien. Fue en ese cruce de respiraciones y brazos trabados cuando el proyectil de un revólver entró a quemarropa por la espalda del sargento, provocándole una herida letal que lo derribó en el acto.

La respuesta de sus compañeros de armas fue un infierno de fuego cruzado con las pistolas 9mm que transformó el centro de la ciudad en una zona de guerra. "El Cabezón" cayó seco en medio del asfalto con el pecho destrozado, con los billetes del robo volando a su alrededor. "El Chapa" recibió un balazo certero en la columna vertebral que lo tiró junto al scooter, dejando las armas de los asaltantes tiradas sobre el cordón de la vereda.

Acto III: El final del secreto

Mientras el sargento moría por esa herida letal en la esquina de la Avenida 59, el único delincuente sobreviviente iniciaba su propia agonía. Trasladado bajo estricta custodia al Hospital Penna de Bahía Blanca, quedó postrado, con el cuerpo paralizado de la cintura para abajo debido al daño irreversible en su médula. Pasó casi dos meses inmóvil en una cama, con los ojos fijos en el techo, sabiendo en carne propia que "el que siembra vientos, cosecha tempestades". Se llevó los secretos en la garganta hasta que el 23 de noviembre de ese mismo año su corazón se detuvo.

La historia oficial volvió a escribir las letras de bronce: un héroe caído en combate, un ascenso postmórtem y discursos oficiales con la voz quebrada.

Pero en las mesas de los cafés de Necochea, las piezas del rompecabezas ya habían encajado de otra manera. Los memoriosos unieron los hilos invisibles que conectaban a los dos ladrones muertos en Costa Bonita con la balacera de la Avenida 59. Comprendieron que como en el conurbano, cada vez que algo salía mal en los arreglos espurios de la calle, las bandas terminaban completamente exterminadas y los supuestos tiroteos servían para sellar las bocas que podían comprometer al uniforme.

Los hombres que sabían la verdad exacta de lo que se pactaba en las sombras cayeron uno a uno. El caso se cerró en los archivos judiciales, dejando a la región dividida para siempre entre el recuerdo…

EL PERRO DELATOR




Sudeste bonaerense

En el campo perteneciente a la sucesión de Julio Pueyrredón, la madrugada del 22 de mayo de 1938 transcurrió aparentemente como tantas otras. Sin embargo, antes de que amaneciera, manos desconocidas ingresaron al establecimiento y sustrajeron dos animales de buen valor para aquellos tiempos: un borrego Lincoln y un carnero Ramboullet, valuados en nada menos que 60 pesos fuertes.

Los ladrones no se limitaron a llevarse los animales. Los carnearon allí mismo, aprovechando la tranquilidad del campo y pensando seguramente que, de esa manera, podrían transportar solamente la carne y dejar atrás aquello que les resultara más pesado o comprometedor.

Así fue como abandonaron los cueros.

Pero en el apuro cometieron un error que terminaría resultando fatal para sus planes.

Al retirarse, dejaron olvidado un perro que habían atado a una tranquera.

Quizás pensaron que nadie repararía en el animal. Quizás simplemente no se dieron cuenta de que aquel silencioso testigo podía convertirse en el mejor aliado de la policía.

Cuando se descubrió el robo y llegaron los agentes, encontraron al perro todavía atado.

Lo soltaron y, en lugar de llevárselo o dejarlo marchar, decidieron seguirlo a prudente distancia.

El animal tomó su rumbo.

Y los policías, detrás.

De esa manera, sin interrogatorios, sin confesiones y sin necesidad de perseguir a ningún sospechoso, el perro terminó conduciendo a los agentes hasta la guarida de los ladrones.

El rastro llevó directamente al domicilio de los hermanos Juan y Herminio Sazu.

Una vez allí, la policía procedió a revisar el rancho. Y la búsqueda dio sus frutos: ocultas y tapadas con unas bolsas encontraron las dos reses de animal lanar, completamente frasca.

El misterio estaba resuelto.

Los animales robados habían sido encontrados y el camino hasta ellos había sido señalado, nada menos que por el propio perro de los delincuentes.

Los ladrones habían pensado en los animales, en la carne, en los cueros y en la manera de transportar el botín.

Pero se olvidaron de un detalle.

Al perro.

Y aquel descuido terminó echando por tierra toda la operación.

En aquellos tiempos no había cámaras de seguridad, teléfonos celulares ni modernas técnicas de investigación. Para seguir una pista hacía falta observar, preguntar y, algunas veces, saber aprovechar una casualidad.

Esta vez, la casualidad tenía cuatro patas.

Y así quedó para la historia aquella curiosa investigación policial ocurrida en mayo de 1938, en la que un perro terminó haciendo, sin proponérselo, el trabajo de un verdadero detective.

Porque, como dice el viejo refrán, por la boca muere el pez.

Aunque en este caso habría que hacerle una pequeña modificación:

por el perro, cayó el ladrón.

Y eso que dicen que el mejor amigo del hombre es el perro.

lunes, 5 de octubre de 2026

EL DÍA QUE DESCUBRÍ CUÁNTO COBRABA

 



Trabajo en una empresa que fabrica preservativos y soy el encargado del control de calidad.

Una vez fabricados, me los pruebo. Si no pierden y no tienen agujeros, los vuelvo a meter en su bolsita y la sello. Es un trabajo delicado, de mucha responsabilidad y, sobre todo, de gran compromiso con la empresa.

Y no es porque mi pene sea grande. Todo lo contrario. Es bastante normal, tirando a miserable. Digamos que soy el patrón de medida perfecto para todos los varones del mundo.

Si funciona conmigo, funciona con cualquiera.

Y allí estaba yo, tan ricamente enfrascado en mi faena, cuando vi que se acercaban las dos mujeres de Recursos Humanos.

Venían con las nóminas y algo más en las manos.

Era una calculadora de doble pantalla que convierte los pesos en dólares y los dólares en pesos. Al parecer, la empresa no se fía de que nuestro cerebro sea capaz de realizar semejante operación matemática.

Y no era para menos.

Mi calculadora, comparada con las de los demás colaboradores, tenía tres dígitos menos.

Las dos mujeres se miraron y soltaron una risita sarcástica.

Yo apenas les presté atención. Estaba demasiado concentrado en mi trabajo.

Además, como dice el refrán, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Y yo, hasta ese momento, era un hombre feliz.

Fue al terminar mi jornada laboral, mientras me dirigía hacia el subte, cuando se me ocurrió mirar la nómina.

Nunca lo hago.

Lo que cobro lo tengo asumido. Es como saber que mañana va a amanecer: uno no necesita comprobarlo todos los días.

Pero aquel día cometí el error de mirar.

Vi la primera cifra.

Cuatro dígitos.

Y dos decimales.

Entré inmediatamente en un bucle cerrado.

—Mierda...

Lo repetí una vez.

—Mierda...

Y otra.

—¡MIERDA!

Mi mundo se hizo pequeño de golpe.

Creí estar dentro de una pesadilla y esperaba despertarme de un momento a otro. Pero no.

Aquello era real.

Demasiado real.

Toda mi vida pasó delante de mis ojos en cuestión de segundos: los años trabajados, los madrugones, los viajes en subte, las horas extras, las preocupaciones, las facturas, los impuestos...

Y entonces comprendí una verdad universal:

a perro flaco, todo son pulgas.

Lloré.

Blasfemé.

Insulté a mi mujer, a mis hermanos, a mis primos y hasta a mi madre, aunque algunos de ellos no tenían absolutamente ninguna responsabilidad en el asunto.

Grité de dolor y clavé las rodillas en el suelo con el sentimiento de quien ha sido violado y, encima, tiene que pagar la consulta del psicólogo.

Elevé los brazos al cielo y grité:

—¡Me cago en Dios! ¡La puta madre que los parió!

En ese preciso instante, un hombre se acercó.

Tenía el pelo castaño, barba castaña y una túnica que, por suerte, no era castaña, sino blanca.

Sus ojos transmitían una bondad infinita y eran de un verde intenso, casi tan bonitos como los míos.

Apoyó su mano sobre mi cabeza, como si yo fuera su discípulo, y me dijo con voz serena:

—Tranquilo. Todo se arreglará. Busca la paz en tu interior.

Levanté lentamente los ojos hacia él.

Lo miré fijamente.

Y le respondí:

—Encima no me toques los huevos. ¡Vafanculo!

Me sentía desgarrado.

Y es que, como suele decirse, “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Pero aquello no me consolaba absolutamente nada.

Y esto me ha pasado hoy.

Por suerte, cuando parecía que el día iba camino de terminar en tragedia, tuve una conversación erótica con una mujer sensual, tremendamente excitante, una auténtica bomba.

Aquello consiguió devolverme parcialmente a la vida.

No solucionó mi problema económico, claro.

No hizo que aparecieran mágicamente los dólares que faltaban.

Pero consiguió que el día no terminara en tragedia.

Eso sí...

Me salió un poco caro en teléfono.

Porque, al fin y al cabo, al mal tiempo, buena cara.

Y si además la conversación es buena...

¡Que la pague la compañía telefónica!


Vafanculo: expresión italiana, pronunciada tal como está escrita. Es una forma vulgar de mandar a alguien “a la mierda” o, literalmente, “a hacer algo relacionado con el culo”.

FUTBOLISTAS HACIENDO VANGUARDIA

 

 

Adictos a lo ajeno se habían agenciado de una vaquillona de una estancia vecina. Y como dice el refrán, “a caballo regalado no se le miran los dientes”, aunque en este caso el animal no había sido precisamente regalado.

Como tenían un equipo de fútbol y eran buenos para la gambeta —dentro y fuera de la cancha—, invitaron a sus compañeros para compartir una comida campestre. La ocasión pintaba de maravillas: partido, asado y buena camaradería. ¿Qué más se podía pedir?

A un costado de la cancha, varias parrillas comenzaron a echar humo. La vaquillona, convenientemente acomodada al asador, esperaba su destino gastronómico mientras los improvisados cocineros se daban aires de grandes maestros parrilleros.

El partido terminó en un justo empate: uno a uno. Nadie ganó ni perdió, y todos quedaron conformes. Porque, como dicen por ahí, “lo comido y lo bailado nadie te lo quita”.

Terminada la contienda deportiva, los jugadores se dirigieron hacia las parrillas para observar los toques finales. El ambiente era de fiesta. Había bromas, sonrisas y carcajadas, especialmente cuando alguno recordaba al dueño del animal y hacía algún comentario sobre la suerte que había tenido la vaquillona de terminar convertida en asado.

—¡Esta noche comemos como reyes! —decía uno.

—¡Y mañana veremos! —contestaba otro entre risas.

La carne ya comenzaba a dorarse y el aroma se extendía por los alrededores. Los muchachos tenían la boca hecha agua. “Barriga llena, corazón contento”, pensaban, aunque todavía faltaba lo mejor.

Cuando todo estuvo a punto de caramelo, llegó el momento de preparar la carneada. Habían afilado los cuchillos y hasta se permitieron la humorada de hacer una buena limpieza de los dientes con aquellas afiladas puntas de acero, para después masticar con mayor comodidad.

La mesa estaba servida… aunque todavía faltaba llevar la comida a la mesa.

Y fue justamente entonces cuando ocurrió lo inesperado.

De repente, el cielo pareció oscurecerse.

Pero no era una tormenta.

No venía lluvia.

No era viento.

Era algo mucho peor para aquellos parrilleros improvisados.

Por el camino apareció el dueño de la vaquillona… acompañado por la policía.

Las risas se apagaron de golpe.

Las bromas quedaron suspendidas en el aire.

Y aquellos hombres que hacía apenas unos minutos se sentían dueños del mundo comprendieron, de la manera más amarga, que “la alegría dura poco en la casa del pobre”.

El asado quedó a medio terminar, los cuchillos dejaron de brillar y más de uno sintió que se le había cerrado el apetito.

Porque, como enseña el viejo refrán, “quien mal anda, mal acaba”.

Y aquella tarde descubrieron que hacer vanguardia tiene sus riesgos: especialmente cuando uno marcha adelante… ¡con una vaquillona ajena!

domingo, 4 de octubre de 2026

LA ARISTOCRÁTICA HISTORIA DE QUEQUÉN...LOS GUERRICO LAMARCA

 



El Arenal, el castillo de los Guerrico Lamarca

Hay lugares que desaparecen mucho antes de que sus paredes caigan.

Dejan de existir cuando ya nadie recuerda las voces que los habitaron, las risas que alguna vez llenaron sus habitaciones, los pasos que recorrieron sus escaleras o las historias que quedaron atrapadas entre sus paredes.

En Quequén hubo uno de esos lugares.

Se llamó El Arenal.

Y durante muchos años fue mucho más que una enorme residencia frente al mar. Fue parte de una época, de una manera de vivir y de aquel Quequén aristocrático que alguna vez recibió a familias de la alta sociedad porteña.

AQUEL QUEQUÉN DE LOS VERANOS

Ya hacia 1890, el Hotel Quequén recibía durante el verano a familias distinguidas de la sociedad argentina y a políticos de renombre.

Llegaban atraídos por el mar, por la tranquilidad del lugar y también por la posibilidad de levantar allí sus propias casas de veraneo.

Quequén comenzaba entonces a cambiar de fisonomía.

Los arquitectos porteños llegaban con sus tableros y sus proyectos. Sobre terrenos altos, donde la arena todavía imponía sus propias reglas, comenzaron a levantarse grandes villas y casonas palaciegas inspiradas en la arquitectura europea de aquellos años.

Se calcula que fueron alrededor de quince las propiedades de estas características.

Muchas se encontraban en las proximidades de la avenida Almirante Brown y del Hotel Quequén.

Eran verdaderos palacetes.

Postales de una época en la que pasar el verano junto al mar podía significar permanecer tres meses lejos de Buenos Aires, rodeado de familiares, amigos, invitados y personal de servicio.

Porque, como dice el viejo refrán:

“Cada época tiene su encanto y cada recuerdo, su historia.”

Y aquella época tuvo un encanto muy particular.

EL ARENAL

Entre aquellas grandes residencias se encontraba El Arenal, perteneciente a la familia Guerrico Lamarca.

Estaba apenas a unos cien metros del Hotel Quequén.

Era una construcción inspirada en una maison francesa, con detalles delicados y una arquitectura que parecía llegada desde otro mundo.

Pero había algo contra lo que ni los arquitectos, ni los propietarios, ni el dinero podían luchar:

la arena.

Todos los años, cuando la familia regresaba, encontraba frente a la entrada un nuevo huésped.

Un médano.

A veces tan grande que había que retirarlo para poder entrar.

Quequén tenía entonces una manera muy particular de recordarles a sus visitantes quién mandaba allí.

El mar y la arena.

UN VIAJE A EUROPA

Las historias de El Arenal parecen sacadas de una novela.

En aquellos tiempos los viajes a Europa se realizaban en barco y podían durar varios meses.

Las familias llevaban incluso su propia vaca para disponer de leche fresca y grandes barras de hielo para conservar los alimentos durante la travesía.

En uno de esos viajes llegaron a Ámsterdam y se encontraron con una feria de muebles y objetos para el hogar.

Allí adquirieron una colección que había obtenido el primer premio del certamen.

Muebles, cuadros y adornos que reflejaban, de alguna manera, el espíritu de Holanda.

Eran muebles robustos, de líneas rectas, construidos en roble macizo y pertenecientes al entonces moderno estilo Art Nouveau.

Cada habitación tenía su propio anagrama.

Las figuras geométricas, realizadas mediante incrustaciones de marfil en respaldos y armarios, diferenciaban unas habitaciones de otras.

Todo aquello cruzó nuevamente el océano.

Desde Ámsterdam hasta Puerto Quequén.

Y así, pedazo a pedazo, Europa fue entrando en El Arenal.

UNA CASA QUE TENÍA ALMA

La casa estaba llena de madera, boiseries y hermosos pisos.

La iluminación había sido originalmente a gas.

Cuando llegó la electricidad hubo que rehacer toda la instalación.

El agua provenía de un pozo.

El comedor era enorme.

Había un escritorio que también podía convertirse en dormitorio y una habitación para los varones donde se alineaban numerosos catres.

En el office se tomaba el desayuno.

Una escalera de madera conducía al segundo piso, donde estaban los dormitorios, mientras que en el tercero se encontraban las habitaciones destinadas al servicio.

La cocina estaba en el sótano y allí funcionaba una cocina económica.

Pero aquella casa, tan hermosa en verano, tenía un enemigo durante el invierno:

el frío del mar.

No tenía calefacción y se encontraba a pocos pasos de la costa.

El viento entraba por las ventanas y el invierno podía convertirse en una verdadera prueba de resistencia.

Sin embargo, hubo años en que las familias debieron permanecer allí más tiempo del previsto.

UNA CASA ABIERTA

Desde la década de 1940, El Arenal fue utilizado por Albertina Lamarca de González Moreno, sus diez hijos y una sobrina.

La casa cobraba vida durante los veranos.

Había cocina a leña, heladeras que diariamente recibían enormes barras de hielo y un servicio doméstico de temporada compuesto por una cocinera, una ayudante de cocina, dos mucamas y una lavandera.

En la segunda planta estaban las habitaciones.

Desde allí se accedía a un mirador de 360 grados que rodeaba el tanque de agua.

En sus primeros tiempos, el mirador tenía una enorme sombrilla de madera.

Pero un temporal decidió que aquella sombrilla no pertenecía al paisaje.

La levantó por los aires y se la llevó.

Así era Quequén.

A veces hermoso.

A veces imprevisible.

OCHO CATRES Y OCHO HOMBRES

El Arenal tenía fama de ser una casa abierta.

Si alguien llegaba a Quequén y no tenía dónde alojarse, siempre podía encontrar una cama allí.

En la habitación destinada a biblioteca, mi madre colocó unos catres del ejército que se transformaban en camas.

Y más de una vez se produjo lo que hoy llamaríamos overbooking.

**Ocho catres.

Ocho hombres.**

Y seguramente alguna historia más para contar.

Porque las casas grandes tienen algo especial:

siempre parecen tener una habitación más.

EL ASCENSOR DE LOS CHICOS

Había un montacargas que llevaba la comida desde la cocina del sótano hasta el office.

Para los adultos era un montacargas.

Para los chicos, en cambio, era un ascensor.

Hasta que un buen día descarrilaba.

Entonces había que llamar al casero para que recompusiera las cuerdas y devolviera aquel extraño aparato a su funcionamiento habitual.

Las comidas para catorce o dieciséis personas eran habituales.

Treinta huevos pasados por agua podían desaparecer de la mesa como por arte de magia.

Y las enormes fuentes de puchero parecían destinadas a alimentar a un ejército.

En El Arenal siempre había movimiento.

Campeonatos de ping-pong sobre la mesa del comedor.

Partidos de croquet.

Bicicletas.

Un carrito para llevar a los más pequeños que parecía una diligencia.

Y por las noches, sobre una mesa supletoria, aparecía un enorme rompecabezas de diez mil piezas.

Se comenzaba durante el verano y se iba armando entre todos.

Cada visitante agregaba alguna pieza.

Quizás sin saberlo, todos contribuían a construir también el recuerdo.

Y algunas noches llegaban las guitarras.

Entonces comenzaban las guitarreadas.

Con mayor o menor afinación.

Pero siempre con entusiasmo.

EL ROLLS-ROYCE ROSA

Una amiga de la familia, de origen polaco, contrajo matrimonio con un miembro de la familia Ybarra, vinculada a una importante empresa aceitera.

El hombre había vivido la Guerra Civil Española y, según el recuerdo familiar, llevaba alrededor del cuello un aro que nunca quiso quitarse, como una forma de no olvidar aquello que había vivido.

Su esposa llegó un verano a pasar unos días en El Arenal.

Y entonces Quequén conoció uno de esos acontecimientos que durante mucho tiempo quedan en la memoria colectiva.

La mujer recorrió el pueblo en un Rolls-Royce de color rosa, conducido por un chofer negro.

La escena parecía salida de una película.

La gente se agolpaba en las puertas de las casas para contemplar aquel automóvil.

En un Quequén de carros, bicicletas y sulkys, aquel Rolls-Royce rosa parecía pertenecer a otro planeta.

CUANDO EL TIEMPO COMENZÓ A VENCERLA

Pero los años pasan.

Y hasta las casas más fuertes terminan sintiendo el peso del tiempo.

En 1956, durante el año de la epidemia de poliomielitis, la familia permaneció en Quequén hasta fines de abril por recomendación de no regresar todavía a Buenos Aires.

Para entonces, El Arenal comenzaba a mostrar sus primeras heridas.

Goteras.

Ventanas que dejaban entrar el viento de los temporales.

Cortes de luz.

Maderas que necesitaban reparación.

La casa comenzaba a envejecer.

Se hicieron arreglos.

Pero parecía cumplirse aquella vieja frase:

“Cuando se tapa un agujero, aparece otro.”

Y poco a poco, casi sin que nadie quisiera admitirlo, El Arenal comenzó a morir.

EL ÚLTIMO CAPÍTULO

Los caseros, los Herrero, habían fallecido.

Sus hijos quedaron a cargo de la casa durante los inviernos.

Después llegaron los robos.

Y el vandalismo.

Se llevaron los techos artesonados, ventanas, muebles y adornos.

Objetos cuyo valor quizás no estaba en el dinero, sino en los recuerdos que encerraban.

Y hubo algo todavía peor.

Algunos muebles fueron destruidos deliberadamente.

También relojes, cuartos de baño y diferentes partes de la casa sufrieron daños.

La que había sido una residencia llena de vida terminó convertida en una construcción herida y abandonada.

Finalmente, Albertina tomó una decisión dolorosa.

Vendió o regaló lo poco que todavía podía salvarse.

Y luego llegó la demolición.

Para muchos vecinos fue incomprensible.

Algunos criticaron aquella decisión.

Pero pocos conocían lo que había ocurrido dentro de El Arenal durante sus últimos años.

Y tal vez allí esté la verdadera enseñanza de esta historia:

nadie debería juzgar el final de una casa sin conocer primero todo lo que tuvo que soportar.

EL ÚLTIMO RECUERDO

Hoy El Arenal ya no está.

No podemos caminar por sus habitaciones.

No podemos subir aquella escalera de madera.

No podemos asomarnos al mirador.

No podemos escuchar el ruido del montacargas ni las voces de los chicos jugando.

Tampoco podemos contemplar aquel Rolls-Royce rosa atravesando las calles de Quequén.

Pero queda algo.

Queda la memoria.

Porque las casas pueden ser demolidas.

Los muebles pueden desaparecer.

Los techos pueden caer.

Los médanos pueden cubrir las huellas.

Pero hay recuerdos que se niegan a morir.

El Arenal fue una casa.

Pero también fue una familia.

Fue un verano.

Fue una mesa llena.

Fue una guitarra desafinada.

Fue un rompecabezas de diez mil piezas.

Fue el ruido de los chicos.

Fue el viento golpeando las ventanas.

Fue el mar.

Y fue, sobre todo, una parte de aquel Quequén que ya no volverá.

Tal vez por eso, cuando caminamos hoy por aquellas calles, deberíamos mirar un poco más allá de lo que vemos.

Porque debajo de la arena todavía puede dormir una historia.

Y quizás el viento, cuando sopla desde el mar, todavía venga a contárnosla.

CUARTETA FINAL

Se fue El Arenal, se fue su historia,
quedó en Quequén su antiguo esplendor;
la arena escondió aquella memoria,
pero el recuerdo la guarda con amor.

Hipólito Bouchard: una vida entre la tierra y el mar





Hipólito Bouchard nació en Francia en 1780 y llegó al Río de la Plata a comienzos del siglo XIX. Se incorporó a la causa de la Revolución y rápidamente abrazó la lucha por la independencia de las Provincias Unidas.

En 1812 se incorporó al Regimiento de Granaderos a Caballo creado por José de San Martín. Participó en el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, donde tuvo una destacada actuación y recibió el reconocimiento de sus superiores.

Pero Bouchard tenía una particular vocación por el mar. En los años siguientes se convirtió en uno de los principales marinos al servicio de la independencia argentina.

 Si hablamos de su gran viaje en La Argentina (1817-1819), los principales lugares donde realizó acciones fueron:

Madagascar: intervino contra buques dedicados al tráfico de esclavos. No fue un ataque contra Madagascar.

Filipinas: persiguió el comercio español y combatió en esas aguas; además rechazó el ataque de cinco barcos piratas malayos.

México: atacó Monterrey, California, entonces territorio del Virreinato de Nueva España. Bouchard tomó el fuerte durante varios días y allí flameó la bandera de las Provincias Unidas.

Nicaragua: atacó El Realejo, uno de los principales puertos de la región. Capturó dos barcos españoles y destruyó otros dos.

Pero antes de esa vuelta al mundo, durante la campaña corsaria de 1815-1816 con Guillermo Brown, también combatió en:

Chile, contra intereses y naves españolas.

Perú: atacó y bloqueó El Callao, la principal plaza naval española del Pacífico.

Ecuador: atacó fortificaciones próximas a Guayaquil.

Lo más impresionante

La Armada Argentina señala que durante los dos años del crucero de La Argentina, Bouchard y su tripulación protagonizaron 13 acciones navales importantes y capturaron o destruyeron 26 buques.

Su vida estuvo marcada por el coraje, la aventura y también por los conflictos propios de aquellos tiempos. Fue un hombre de carácter fuerte, dispuesto a arriesgarlo todo por la causa independentista.

Después de sus campañas navales, Bouchard se estableció en el Perú, donde continuó vinculado a la causa revolucionaria.

Murió allí en 1837, en circunstancias violentas, lejos de la tierra donde había comenzado su carrera militar.

Hoy su nombre permanece ligado a la historia naval argentina. Barrios, escuelas, calles, monumentos y buques llevan su nombre como homenaje a aquel francés que hizo de la bandera argentina una bandera de combate y la llevó por los mares del mundo.

Bouchard fue, en definitiva, un hombre de dos mundos: soldado en tierra y corsario en el mar.

Y por eso tu verso final resulta especialmente apropiado:

“Prócer de nuestra Patria,
así en la tierra como en el mar.”

sábado, 3 de octubre de 2026

RUBÉN RECALDE, UN ASESINO SERIAL DE JUNÍN

 



RUBÉN RECALDE, UN ASESINO SERIAL DE JUNÍN

“El que mal anda, mal acaba.”

Hay refranes que parecen escritos para determinadas historias. Y cuando uno conoce la vida de Rubén Rodolfo Recalde, cuesta no recordar aquel viejo dicho.

Recalde fue condenado a prisión perpetua por los asesinatos de Sandra Colo, ocurrido en 2012, y Paola Tomé, cometido en 2014, ambos en la ciudad bonaerense de Junín.

Durante el juicio, la fiscal Vanina Lisazo lo definió como un “asesino serial”. Distintos medios también lo mencionaron como el tercer asesino serial de la historia argentina, después de Carlos Robledo Puch y Cayetano Santos Godino, “el Petiso Orejudo”.

Pero esta historia no comienza con esos dos asesinatos.

Como suele decirse, “la verdad tarda, pero llega”.

Y en este caso llegó de la mano de una prueba que no suele olvidar: el ADN.

CUANDO EL FÚTBOL TAPABA OTRA NOTICIA

El 16 de agosto de 2012, las fotografías de Lionel Messi y Ángel Di María abrazados después de la victoria de la Selección Argentina ante Alemania por 3 a 1 ocupaban las tapas de los diarios.

Había sido un simple partido amistoso, pero el fútbol argentino necesitaba una alegría.

Mientras el país hablaba de goles, jugadores y festejos, en Junín ocurría una tragedia.

Una mujer era encontrada muerta en el salón de fiestas infantiles donde trabajaba.

Se llamaba Sandra Colo y tenía 43 años.

Había recibido golpes y había sido estrangulada.

El asesino había utilizado un elemento a modo de torniquete y también se encontraron manchas de sangre en el lugar.

Se había llevado 650 pesos, pero había dejado otros 1.600 y objetos de valor.

Algo no cerraba.

Si el objetivo era robar, ¿por qué dejar dinero y objetos que podían llevarse?

Sin embargo, la investigación fue encarada inicialmente como un homicidio cometido en ocasión de robo.

Y mientras los investigadores buscaban al responsable, la ciudad seguía con su vida cotidiana.

Porque “a río revuelto, ganancia de pescadores”, pero también es cierto que, en los grandes casos criminales, muchas veces las primeras respuestas son las que más tardan en llegar.

EL HOMBRE QUE YA HABÍA ATACADO

Tres años antes, en junio de 2009, María Cristina Belossi trabajaba en una juguetería de Junín.

Un hombre entró al comercio buscando juegos para niños.

Era Rubén Recalde.

Cuando Belossi se dio vuelta para mostrarle algunos productos, el hombre se abalanzó sobre ella y la tomó del cuello.

La amenazó con un revólver y la llevó hasta el baño.

La ató de pies y manos, la amordazó con su propia bufanda y comenzó a revolver el comercio.

También intentó quitarle la ropa, aunque finalmente no concretó la agresión sexual.

Antes de marcharse, le dejó una advertencia.

Le dijo que no contara nada, que él sabía que trabajaba sola y que conocía sus movimientos.

La víctima recordaría aquellas palabras años después, durante el juicio.

Recalde fue condenado por robo agravado y abuso sexual.

Pero obtuvo un beneficio que le permitió recuperar la libertad.

El 21 de junio de 2012 obtuvo la libertad asistida.

Menos de dos meses después, Sandra Colo sería asesinada.

A veces los hechos parecen acomodarse solos, como las piezas de un rompecabezas.

Y, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”.

En este caso no fue la boca.

Fue el ADN.

OTRA MUJER, OTRO COMERCIO, OTRO DÍA 16

Pasaron 518 días.

Y volvió a ser día 16.

El 16 de enero de 2014, en pleno verano, Junín volvió a despertarse con una noticia estremecedora.

La víctima fue Paola Tomé, de 38 años.

Tenía un local de venta de ropa para bebés.

Recalde llegó al comercio simulando ser un cliente.

Según establecieron los investigadores, amenazó a la mujer y la obligó a dirigirse hacia el entrepiso.

La golpeó en la cabeza y la amordazó.

Intentó abusar sexualmente de ella.

Cuando advirtió que Paola todavía se movía, terminó estrangulándola con un pañuelo.

Antes de escapar se llevó una pequeña cantidad de dinero de la caja registradora.

Después cerró la puerta con llave y desapareció.

Otra mujer.

Otro comercio relacionado con niños.

Otro ataque.

Y nuevamente, un día 16.

Como suele decirse, “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”.

Pero en este caso no fue la víctima quien debía aprender la lección.

Era la investigación la que comenzaba a descubrir que aquellos dos crímenes podían tener un mismo autor.

EL ADN HABLÓ

Los investigadores compararon las muestras obtenidas en ambos escenarios.

El resultado fue contundente.

El material genético pertenecía a la misma persona.

Los dos asesinatos, investigados inicialmente por separado, estaban conectados.

El nombre que apareció fue el de Rubén Rodolfo Recalde.

Había limpiado sus huellas dactilares.

Había tratado de no dejar rastros.

Pero cometió un error que terminaría siendo decisivo.

Dejó su ADN.

Y ahí se cumplió aquello de que “las paredes oyen”.

Solo que, en este caso, las paredes no hablaron.

Habló la ciencia.

LOS FANTASMAS DE UNA FAMILIA

El asesinato de Sandra Colo tenía además otra historia detrás.

Su hermana Claudia había sido asesinada en enero de 2000, también en Junín.

Tenía apenas 25 años y trabajaba en una compañía de seguros.

Fue estrangulada con un cable y su cuerpo apareció envuelto en bolsas de residuos.

Por ese crimen fue condenado a prisión perpetua José Luis Correa, compañero de trabajo de la víctima.

La familia Colo había sufrido, de ese modo, dos tragedias separadas por doce años.

Dos hermanas.

Dos asesinatos.

Una familia marcada para siempre.

Y cuando el dolor golpea dos veces, ningún refrán alcanza.

¿HABÍA OTRA VÍCTIMA?

Durante la investigación apareció otro nombre: María Fernanda Repetto.

Había sido asesinada en Junín en 1999.

Algunos investigadores encontraron semejanzas entre aquel crimen y los asesinatos de Colo y Tomé.

Además, Recalde había llegado a Junín aproximadamente un año antes, después de cumplir una condena por robo y violación en Mendoza.

La sospecha comenzó a tomar forma.

¿Podía Recalde estar relacionado también con aquel crimen?

La pregunta quedó flotando durante años.

Pero hay que hacer una distinción fundamental.

Nunca se obtuvo una prueba genética que permitiera atribuirle judicialmente el asesinato de Repetto.

Por eso, ese caso permanece como una hipótesis y no como un hecho probado.

Y en materia criminal, esa diferencia es enorme.

Porque “una cosa es decirlo y otra demostrarlo”.

EL JUICIO

Las pruebas reunidas durante la investigación, el ADN y los testimonios permitieron reconstruir la responsabilidad de Recalde en los asesinatos de Sandra Colo y Paola Tomé.

El Tribunal Oral en lo Criminal N.º 1 de Junín lo encontró culpable.

Por el crimen de Colo fue condenado por homicidio agravado criminis causa.

Por el de Tomé, por homicidio criminis causa y femicidio, entre otros delitos acreditados durante el juicio.

La condena fue prisión perpetua.

La defensa recurrió la sentencia y buscó posteriormente obtener un beneficio, pero los recursos no modificaron el resultado final.

Recalde quedó condenado por dos asesinatos.

Dos mujeres que nunca volvieron a sus casas.

Dos familias que quedaron destruidas.

Y una ciudad que durante mucho tiempo intentó comprender cómo un mismo hombre podía haber cometido semejantes crímenes.

DOS DÍAS 16

Hay algo particularmente inquietante en esta historia.

Sandra Colo fue asesinada el 16 de agosto de 2012.

Paola Tomé fue asesinada el 16 de enero de 2014.

Entre ambos crímenes pasaron exactamente 518 días.

Las dos víctimas trabajaban en comercios relacionados con niños.

En ambos casos, el atacante ingresó simulando ser cliente.

En ambos hubo violencia y estrangulamiento.

En ambos hubo un intento de robo.

Y en ambos quedaron rastros que finalmente permitieron descubrir al responsable.

El primer crimen parecía un caso aislado.

El segundo permitió mirar hacia atrás.

Entonces apareció el ADN.

Y aquello que parecía una coincidencia terminó convirtiéndose en una conexión.

Como dice el viejo refrán:

“El tiempo pone a cada uno en su lugar.”

A veces tarda.

A veces demasiado.

Pero cuando la ciencia, la investigación y la memoria consiguen unir las piezas, aquello que parecía perdido puede volver a aparecer.

La Justicia pudo demostrar la responsabilidad de Rubén Recalde en los asesinatos de Sandra Colo y Paola Tomé.

Sobre otros posibles hechos, en cambio, solamente quedaron sospechas.

Y quizás esa sea la parte más inquietante de esta historia.

Porque cuando se cierran los expedientes, cuando se apagan las luces del tribunal y cuando los diarios dejan de hablar de un crimen, algunas preguntas continúan viviendo en la memoria.

UNA ÚLTIMA PREGUNTA

¿Cuántas víctimas tuvo realmente Rubén Recalde?

Tal vez nunca lo sepamos.

Pero dos nombres quedaron definitivamente unidos a su historia:

Sandra Colo.

Paola Tomé.

Dos mujeres.

Dos familias.

Dos vidas que no pudieron continuar.

Y dos días 16 que Junín nunca olvidará.

CUARTETA FINAL

Dos dieciséis guarda Junín en la memoria,
dos mujeres quedaron sin mañana;
la verdad escribió su propia historia,
y el tiempo no perdona lo que el hombre calla.