EL MALÓN DE 1853 EN EL
SUDESTE BONAERENSE
Quequén
Grande, Lobería y las estancias que perdieron miles de animales
Cuando hablamos de
los malones en la provincia de Buenos Aires, muchas veces pensamos en hechos
lejanos, ocurridos en lugares que apenas conocemos. Sin embargo, el sudeste
bonaerense también fue escenario de incursiones indígenas que dejaron una
profunda huella en las estancias y en la vida de sus pobladores.
Hoy vamos a
recordar un episodio ocurrido en 1853, en tiempos de enfrentamientos
políticos entre Buenos Aires y la Confederación Argentina. Una lucha entre los
propios argentinos que debilitó las defensas de la frontera y complicó las
relaciones con los pueblos indígenas.
Como dice el refrán
campero: «A río revuelto, ganancia de pescadores». Y en medio de aquel
desorden, la frontera volvió a sufrir las consecuencias.
Una
incursión que golpeó al sudeste
En febrero de 1853
se produjo una importante incursión indígena que afectó distintos
establecimientos rurales. Las investigaciones históricas mencionan pérdidas en
la zona de Lobería y Tres Arroyos, además de otros lugares de la frontera
bonaerense.
En estos
acontecimientos aparecen nombres como Pichuiñ, Baigorria y Calfucurá. Las
alianzas y las responsabilidades no siempre están del todo claras en los
documentos de la época, por lo que conviene evitar conclusiones apresuradas.
Hay un dato
especialmente interesante para nuestra historia regional: los documentos
mencionan a Quequén Grande. La zona formaba parte de un territorio de
circulación y presencia indígena mucho antes de que existieran las ciudades
actuales.
Esto no significa
que podamos afirmar que el malón atravesó el casco urbano de la actual Necochea
o Quequén. Lo que sí podemos decir es que el sudeste bonaerense sufrió pérdidas
importantes y que existen registros históricos que permiten conocer parte de
sus consecuencias.
Los
estancieros y los animales perdidos
Un documento de la
época, citado por la historiadora María Fernanda Barcos, reúne una relación de
los daños atribuidos a los indígenas de Quequén Grande. La lista fue
confeccionada a partir de partes recibidos por las autoridades de entonces.
Según ese registro,
las pérdidas declaradas alcanzaron 161.920 vacunos, 33.750 yeguarizos y
2.200 lanares. En total, casi 198.000 animales.
Entre los
damnificados aparecen los siguientes nombres y cantidades:
- Francisco Bosch: 20.000 vacunos y 5.000 yeguarizos.
- Guerrico:
15.000 vacunos.
- Irola: 15.000
vacunos.
- Mendiburo y compañía: 12.500 vacunos y 2.500 yeguarizos.
- Sesano Cristiano: 10.000 vacunos y 2.000 yeguarizos.
- Caseres: 8.000
vacunos.
- Coria y Arana: 5.200 vacunos y 1.150 yeguarizos.
- Luciano Medina y Pancho Paz: 4.200 vacunos, 1.250 yeguarizos y 200 lanares.
La relación
original incluye muchos otros damnificados, algunos identificados por sus
nombres y otros agrupados como personas cuyo nombre se desconocía.
Debemos aclarar que
son cantidades consignadas en el documento histórico, no cifras verificadas de
manera independiente.
Como dice el refrán
campero: «El ojo del amo engorda el ganado». Pero cuando se perdían
miles de animales en una incursión, no bastaba con cuidar la hacienda: también
estaba en juego el porvenir de las familias y de toda la economía rural.
Una
frontera en conflicto
Para comprender
estos acontecimientos, debemos recordar que la frontera no era una línea fija
ni un espacio vacío. Era un territorio disputado, donde convivían intereses
económicos, negociaciones políticas, alianzas y enfrentamientos.
Los pueblos
indígenas tenían sus propias estrategias y relaciones con las autoridades.
También hubo ataques contra establecimientos rurales, apropiación de ganado y
cautivos. Contar esta historia exige reconocer esa complejidad, sin ocultar los
sufrimientos de quienes padecieron la violencia.
La guerra civil
entre Buenos Aires y las fuerzas federales de Hilario Lagos agravó la
situación. Cuando las autoridades se enfrentaban entre sí, la protección de la
campaña quedaba debilitada.
De ahí otro dicho
muy nuestro: «Más vale prevenir que curar». Aunque en aquellos años,
muchas veces, la prevención llegaba tarde y las consecuencias eran enormes.
Una
historia que merece ser recordada
El malón de 1853
nos permite mirar de otra manera el pasado de Lobería, Tres Arroyos y la región
de Quequén Grande. Detrás de las cifras hay estancias, familias, peones y
pobladores que vivieron en una época de incertidumbre.
Los documentos no
responden todas las preguntas, pero nos acercan nombres y cantidades que de
otro modo se habrían perdido. Por eso es importante investigar, comparar las
fuentes y distinguir lo que está documentado de aquello que todavía necesita
confirmación.
Porque la historia
de nuestra región no comenzó con la fundación de sus ciudades. Mucho antes,
estas tierras ya tenían caminos, pobladores, conflictos y memorias.
Y como reflexión
final, unas coplas para recordar aquella frontera:
Por los campos del
sudeste,
la historia dejó su señal;
hubo hacienda, hubo penurias,
y una frontera sin paz.
Que los documentos nos cuenten
lo que no debemos olvidar.
Fuente histórica: María
Fernanda Barcos, «Tratos, batallas y malones. El accionar indígena en la
frontera sur durante el sitio a la ciudad de Buenos Aires», revista Corpus,
2017. La relación de pérdidas citada en el artículo proviene de documentación
histórica del Archivo General de la Nación.
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