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domingo, 18 de octubre de 2026

MUJERES ALIENADAS EN LA ARGENTINA:

 


UNA LOCA HISTORIA

 Alienadas en la Colonia

Durante la época colonial, las mujeres que padecían trastornos mentales vivían una realidad difícil. La medicina todavía no comprendía estas enfermedades como lo hace hoy, y la locura solía explicarse mediante creencias religiosas, prejuicios y juicios morales. Quienes se apartaban de las conductas consideradas normales podían terminar aisladas de sus familias y de la sociedad.

La suerte de aquellas mujeres dependía también de su posición económica. Las familias acomodadas podían mantenerlas recluidas en sus hogares; las pobres, en cambio, quedaban más expuestas al abandono, la intervención de las autoridades y el encierro en instituciones religiosas o cárceles.

Se las llamaba alienadas, como si hubieran quedado apartadas de la razón y, por eso mismo, de la comunidad. La palabra reflejaba una época en la que resultaba más sencillo separar a quien era diferente que comprender su sufrimiento.

Como dice el refrán, «Ojos que no ven, corazón que no siente». Apartar a estas mujeres de la mirada pública podía tranquilizar a la sociedad, pero no solucionaba sus problemas.

De cepos, calabozos y otras hierbas

En la Buenos Aires colonial no existía una red especializada para atender a las personas consideradas dementes. La asistencia se repartía entre hospitales, conventos y establecimientos de reclusión. En determinados casos, la cárcel se convertía en destino de quienes alteraban el orden público o eran juzgadas como peligrosas.

Los cepos, las cadenas y los calabozos eran instrumentos de contención y castigo. No constituían tratamientos médicos en el sentido moderno, sino respuestas propias de una sociedad que veía la locura como una amenaza al orden establecido.

La pobreza, los conflictos familiares y la falta de protección agravaban la situación de muchas mujeres. Algunas permanecían encerradas durante largos períodos, sin perspectivas claras de recuperación.

Pero no toda conducta considerada extraña era necesariamente una enfermedad mental. La agitación, la desobediencia y el incumplimiento de las normas sociales podían confundirse con señales de locura. En una sociedad rígida, apartarse de lo establecido podía tener consecuencias graves, especialmente para las mujeres.

El primer loquero de Buenos Aires

Con el crecimiento de la ciudad, las autoridades comenzaron a organizar establecimientos para atender a la población enferma. Los primeros hospitales generales recibían también a personas consideradas dementes, que compartían espacios con otros enfermos y personas sin hogar.

La Residencia y posteriormente el Hospital General de Hombres desempeñaron un papel importante en la concentración de pacientes alienados. Sin embargo, aquellos establecimientos eran, al mismo tiempo, lugares de asistencia y de encierro.

La palabra popular loquero resume la imagen que quedó de estos sitios: espacios donde se reunía a quienes la sociedad no sabía cómo tratar.

La falta de recursos, las condiciones sanitarias deficientes y la escasez de personal especializado dificultaban la atención. Para las mujeres, el panorama era todavía más complejo, porque dependían de establecimientos femeninos y de instituciones de beneficencia.

Con el tiempo se avanzó hacia la creación de instituciones específicas. Pero, como suele decirse, «No todo lo que brilla es oro»: separar a las pacientes en un hospital especializado no garantizaba, por sí solo, una atención digna ni la desaparición de los prejuicios.

El Protomedicato y los primeros peritajes

El Protomedicato fue una institución fundamental para organizar y regular la práctica médica durante el período colonial. Su existencia representó un paso hacia una mayor intervención de las autoridades sanitarias, aunque las creencias religiosas y morales siguieran influyendo en la interpretación de las enfermedades.

La cuestión de la locura también adquirió importancia judicial. Era necesario determinar si una persona comprendía sus actos, podía administrar sus bienes o debía responder ante la justicia. Así comenzaron a cobrar relevancia los peritajes médicos.

Sin embargo, aquellos procedimientos estaban lejos de la psiquiatría actual. Los conocimientos eran limitados y los diagnósticos dependían de las concepciones de cada época.

En el caso de las mujeres, la obediencia, la moral sexual y el cumplimiento de las obligaciones familiares pesaban especialmente en la evaluación de sus conductas. La autoridad médica fue ganando espacio para decidir quién era considerado normal y quién debía ser apartado.

La historia nos obliga a mirar con cautela aquellos diagnósticos: detrás de cada expediente había una persona, una familia y un destino que podían quedar sujetos a decisiones difíciles de revertir.

El Hospital General de Mujeres y su depósito de alienadas

Durante mucho tiempo, las mujeres consideradas dementes fueron alojadas en el Hospital General de Mujeres, sin contar con un establecimiento exclusivo para su atención.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852, la Sociedad de Beneficencia volvió a desempeñar un papel importante en la administración de instituciones asistenciales. Tomasa Vélez Sarsfield, vinculada a la inspección del Hospital de Mujeres, advirtió sobre las condiciones de las enfermas y promovió la búsqueda de un lugar más apropiado.

Se habilitó un espacio conocido como Patio de Dementes, pero la solución resultó insuficiente. El aumento de las internaciones y la precariedad de las instalaciones dificultaban la atención.

La palabra depósito expresa una realidad inquietante: las mujeres eran alojadas y vigiladas, pero no siempre recibían los cuidados que necesitaban. La prioridad parecía ser mantenerlas bajo control antes que ofrecerles posibilidades de recuperación.

La creación de un establecimiento separado fue una respuesta a esa situación. Sin embargo, también inauguró una nueva etapa en la historia del encierro psiquiátrico femenino.

Locas y peligrosas

La asociación entre locura y peligrosidad influyó durante mucho tiempo en la manera de tratar a las personas con trastornos mentales. Quienes eran considerados peligrosos podían quedar sometidos a vigilancia y aislamiento, incluso cuando esa calificación no respondía a hechos violentos concretos.

En las mujeres, los prejuicios sociales podían adquirir un peso particular. Una conducta que desafiara las normas tradicionales de obediencia y sumisión podía interpretarse como señal de anormalidad.

Esto no significa que las enfermedades fueran imaginarias ni que todas las internaciones carecieran de justificación. Significa que debemos distinguir entre la enfermedad, el diagnóstico médico y los prejuicios culturales que podían influir en las decisiones.

En medio de aquella historia, vale detenerse en el destino de tantas mujeres cuya voz apenas aparece en los documentos:

Tras los muros se apagaba
una voz que nadie oía;
la sociedad la encerraba,
pero el dolor persistía.

La cuarteta recuerda que detrás de las rejas no había solamente expedientes o diagnósticos, sino seres humanos con temores, sentimientos y derechos.

De la Convalecencia al Hospital Moyano

En 1854 se organizó en Buenos Aires un establecimiento específico para las mujeres consideradas alienadas, en el predio conocido como la Convalecencia. La iniciativa estuvo vinculada a Tomasa Vélez Sarsfield, la Sociedad de Beneficencia y el médico Ventura Bosch.

En marzo de ese año se habilitó el establecimiento y fueron trasladadas allí las mujeres internadas en el Hospital General de Mujeres. Los registros históricos mencionan aproximadamente entre 64 y 68 pacientes en aquel traslado inicial.

La apertura representó un cambio importante: las mujeres disponían ahora de una institución destinada específicamente a su atención. Sin embargo, la especialización no eliminó las dificultades. La escasez de recursos y el aumento de la población internada volvieron a generar problemas de hacinamiento.

Durante las décadas siguientes se proyectaron nuevas instalaciones. En 1894 comenzaron las gestiones para construir un hospital de mayor capacidad, con pabellones y espacios organizados para atender a las pacientes. Las obras se prolongaron durante años y el establecimiento ampliado fue inaugurado en 1908.

A través de sucesivas transformaciones institucionales, aquel lugar se convirtió en antecedente del actual Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano.

El recorrido desde los calabozos coloniales hasta el hospital especializado muestra un cambio profundo en la historia de la asistencia sanitaria. Pero también revela la persistencia de problemas: recursos insuficientes, hacinamiento y una tendencia a resolver aquello que incomodaba a la sociedad mediante el aislamiento.

La historia de las mujeres alienadas es, en definitiva, la historia de muchas personas pobres, enfermas o desprotegidas cuya voz quedó relegada al silencio de los archivos.

Sentencia final

No hay razón que justifique
despojar a nadie de su dignidad;
la verdadera humanidad
se demuestra en cómo se cuida.

Una sociedad no se mide por la manera en que trata a quienes considera normales, sino por la dignidad y la compasión que brinda a quienes más necesitan su ayuda.

Carlos Bonserio. Recopilación basada en el artículo de Andrea Orozco y Valeria Dávila y en aportes de otros autores argentinos.


 

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