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miércoles, 21 de octubre de 2026

JOSÉ DOLORES


 



EL GAUCHO BUENO: BANDIDO, CURANDERO Y LEYENDA DE SAN JUAN

Robaba ganado, ayudaba a los necesitados y conquistaba corazones. Una historia de pobreza, amor, persecución y muerte que convirtió a un gaucho perseguido por la policía en un santo popular.

En los caminos polvorientos de la vieja Argentina hubo hombres que vivieron fuera de la ley y que, sin embargo, terminaron ocupando un lugar especial en el corazón de la gente humilde.

Algunos fueron temidos. Otros, admirados. Y unos pocos alcanzaron una condición extraordinaria: después de muertos, sus nombres comenzaron a recibir plegarias, promesas y pedidos de ayuda.

José Dolores, el célebre Gaucho Bueno de San Juan, pertenece a esa última categoría.

La tradición lo recuerda como un hombre generoso, buen jinete, cantor, guitarrero y conocedor de los secretos del campo. También lo señala como cuatrero, perseguido por la policía por el robo de ganado. Pero su leyenda no terminó con sus delitos ni con su muerte: continuó creciendo hasta convertirlo en una de las figuras más conocidas de la religiosidad popular sanjuanina.

Como dice el refrán: «Haz el bien sin mirar a quién». Según sus devotos, José Dolores hizo de esa máxima una forma de vida, aunque la historia de sus correrías también obliga a mirar el otro lado de la leyenda.

Un niño marcado por la desgracia

La tradición sitúa su nacimiento el 19 de marzo de 1805, en la provincia de San Juan. Sin embargo, su identidad continúa siendo motivo de discusión: algunas versiones lo llaman José Dolores Córdoba; otras sostienen que su apellido original habría sido Bajinay o Faginay.

Según el relato popular recogido por distintos autores, sus padres eran personas muy pobres, llegadas desde Córdoba. Su madre habría muerto poco después del parto y el padre habría desaparecido de su vida.

El niño quedó entonces al cuidado de Saturnina Arce, vinculada a la familia para la que trabajaban sus padres.

La historia cuenta que recibió el nombre de José Dolores por las circunstancias dolorosas que rodearon su nacimiento. El apellido Córdoba habría quedado asociado al origen de sus progenitores.

No contamos con documentación concluyente que permita confirmar todos estos detalles. Son parte de una tradición oral transmitida durante generaciones, una narración que fue agregando episodios y explicaciones alrededor de su figura.

Pero hay algo que resulta esencial para comprender la leyenda: José Dolores aparece desde la infancia como un hombre que conoció la necesidad y dependió de la solidaridad ajena para sobrevivir.

Quizá por eso, en las historias que se contaron después, su generosidad ocupó un lugar tan importante.

Sentencia: Hay dolores que endurecen el corazón y otros que enseñan a reconocer el sufrimiento ajeno.

El gaucho de las changas y los arreos

José Dolores creció entre animales, corrales y trabajos rurales. Aprendió a montar, domar potros y reconocer rastros. También habría sido aficionado a la guitarra y a las reuniones donde los hombres del campo intercambiaban coplas, historias y desafíos.

En una época en que el caballo era una herramienta indispensable, saber manejar una tropilla podía abrir las puertas del trabajo. Los peones experimentados eran requeridos para arreos, tareas de campo y traslados de ganado por largas distancias.

Según las narraciones tradicionales, José Dolores trabajó en distintas estancias y realizó arreos que lo llevaron por regiones alejadas de San Juan, incluso en dirección a Chile.

Fue durante esos viajes, cuenta la leyenda, cuando habría conocido la miseria de numerosas familias rurales. En algunos ranchos faltaba comida; en otros, la pobreza se manifestaba en la ausencia de ropa y de los elementos más básicos.

José Dolores, según el relato popular, comenzó a ayudarlas con alimentos y animales.

Pero aquí aparece la contradicción que acompañaría toda su vida: parte de aquella ayuda habría salido de sus propios ingresos, mientras que otra parte provenía de animales que tomaba sin autorización de sus dueños.

Para los hacendados perjudicados, era un cuatrero. Para quienes recibían la carne, podía ser un benefactor.

El mismo acto adquiría dos significados distintos según quién lo contara.

Como dice el refrán: «La caridad bien entendida empieza por casa». Pero cuando alguien decide ejercerla con bienes ajenos, la frontera entre generosidad y delito se vuelve imposible de ignorar.

De peón a perseguido

Con el paso del tiempo, las correrías de José Dolores aumentaron. Se lo vinculó con el robo de ganado en distintos puntos de la provincia, especialmente en las zonas rurales de Angaco, San Martín, Pocito y otros parajes.

Su habilidad para seguir rastros y conocer los caminos le habría permitido escapar en más de una ocasión de quienes intentaban detenerlo.

La tradición sostiene que contaba con amigos dispuestos a darle alojamiento y comida. Algunos lo ayudaban porque lo apreciaban; otros, porque habían recibido favores suyos.

En el campo, una noticia podía viajar de rancho en rancho mucho antes de llegar a las autoridades. El conocimiento de los vecinos y la solidaridad entre conocidos constituían una red que podía proteger al perseguido.

Sin embargo, no todos estaban dispuestos a tolerar sus actividades. Los propietarios afectados reclamaban la intervención policial y su nombre fue quedando asociado al cuatrerismo.

La imagen del gaucho generoso comenzó a convivir con la del delincuente buscado.

Dicho campero: El que conoce el campo sabe dónde esconderse, pero no siempre sabe quién puede vender su secreto.

José Dolores habría encontrado refugio en distintos establecimientos y mantenido vínculos con personas que le ofrecían trabajo o protección. La leyenda también lo relaciona con un episodio de fuga después de haber sido incorporado a una fuerza militar o de vigilancia rural.

Como ocurre con muchos personajes de tradición oral, no todos esos episodios pueden reconstruirse con certeza. Lo importante es que el relato conserva una imagen persistente: la de un hombre que vivía entre el trabajo honrado, las correrías delictivas y una libertad cada vez más amenazada.

Un gaucho enamorado

Pero la historia de José Dolores no se compone solamente de caballos, robos y persecuciones.

También tiene una historia de amor.

Según una de las versiones más difundidas, cuando ya era un hombre maduro se enamoró de Lorenza Calazán, una joven vinculada a una familia rural. Ella, a su vez, era pretendida por un pariente suyo, Eustaquio Calazán, a quien la tradición identifica como integrante de la policía.

El romance habría despertado celos y resentimientos. La madre de Lorenza, contraria a la relación, habría terminado colaborando en un plan para atraer al gaucho a una trampa.

La historia tiene todos los elementos de un drama criollo: un amor prohibido, un rival celoso, una mujer presionada por su familia y un hombre que, acostumbrado a escapar de sus perseguidores, no sospecha que el peligro puede esperarlo en una fiesta.

Conviene aclarar que estos detalles proceden de la tradición oral y de reconstrucciones posteriores; no existe documentación concluyente que permita verificar cada circunstancia.

Sin embargo, el episodio se convirtió en el núcleo más dramático de la leyenda.

Como dice el refrán: «El amor es ciego». Y quizá el gaucho, acostumbrado a desconfiar de la policía, no imaginó que aquella noche sería el cariño por una mujer lo que terminaría conduciéndolo a la muerte.

La noche del 14 de febrero de 1858

La tradición sitúa el desenlace el 14 de febrero de 1858, precisamente el Día de los Enamorados.

Según el relato más conocido, José Dolores recibió una invitación para concurrir a una fiesta en la zona de lo que hoy es Rawson, San Juan. Allí estaría Lorenza, la mujer que amaba.

El gaucho habría llegado confiado, vestido con sus mejores prendas. La música, las guitarras, la comida y el baile componían una escena de celebración que contrastaba con la persecución que pesaba sobre él.

Pero el encuentro tenía un desenlace preparado.

En algún momento de la noche, José Dolores habría sido llamado hacia la calle. Allí lo esperaban hombres armados, entre ellos el policía señalado por la tradición como su rival.

Se produjo el ataque.

Herido, el gaucho habría conseguido alcanzar su caballo y escapar por un callejón. Pero sus fuerzas no fueron suficientes. La versión popular cuenta que cayó cerca de un árbol y que sus perseguidores lo alcanzaron y terminaron con su vida.

La historia quedó grabada en la memoria de San Juan como una muerte violenta, marcada por la traición y los celos.

No sabemos con certeza si todos los detalles sucedieron tal como se narran. Sí sabemos que el 14 de febrero de 1858 se convirtió en la fecha tradicionalmente asociada a su muerte.

El amor, que había sido motivo de esperanza, terminó ocupando el centro de su tragedia.

Sentencia: El hombre que logró escapar de tantas persecuciones no pudo huir de la última emboscada: aquella que la leyenda atribuyó a los celos.

Del gaucho perseguido al santo popular

Después de su muerte, la memoria de José Dolores tomó un rumbo inesperado.

La tradición cuenta que sus amigos se ocuparon de darle sepultura y que, con el tiempo, la gente comenzó a encender velas en el lugar donde había caído herido.

Los pedidos y las promesas se multiplicaron. Algunas personas empezaron a atribuirle favores recibidos y capacidades milagrosas. Su fama de curandero o «manosanta» se incorporó a la historia que circulaba sobre él.

El lugar de su muerte, en Rawson, quedó asociado a un santuario que todavía recibe visitantes y promesantes.

No se trata de un santo reconocido oficialmente por la Iglesia católica, sino de una figura de devoción popular. Para sus seguidores, José Dolores es el Gaucho Bueno, un protector al que recurren en busca de ayuda, consuelo y esperanza.

Este fenómeno no es exclusivo de San Juan. En distintas regiones argentinas, hombres que vivieron al margen de la ley se convirtieron, después de muertos, en figuras veneradas por sectores populares.

La razón no está solamente en sus biografías, sino también en la manera en que las comunidades interpretan esas vidas.

El pueblo no siempre recuerda al personaje por lo que dicen los expedientes. A veces lo recuerda por aquello que espera de él.

Sentencia para la reflexión: La muerte puede cerrar una vida, pero no puede impedir que una comunidad transforme su recuerdo en una creencia.

¿Bandido o benefactor?

La pregunta sigue abierta.

¿Fue José Dolores un gaucho solidario que compartía lo poco que tenía? ¿Fue un cuatrero que encontró protección entre las personas favorecidas por sus actos? ¿O fue una figura cuya historia cambió con el tiempo hasta convertirse en una leyenda?

Probablemente nunca podamos separar por completo todas esas dimensiones.

La investigación histórica advierte que no contamos con documentación concluyente sobre numerosos aspectos de su vida. Su identidad, sus fechas biográficas y muchos episodios de su trayectoria proceden de relatos transmitidos oralmente.

Pero esa falta de documentos no vuelve irrelevante su historia. Al contrario, nos permite estudiar cómo se construye una leyenda y cómo una comunidad conserva la memoria de un personaje.

Hay que reconocer también a quienes pudieron sufrir los robos de ganado. La generosidad que se le atribuye no elimina las consecuencias de los delitos que forman parte de su historia.

Comprender la devoción popular no significa afirmar que todos los hechos fueron exactamente como se cuentan.

El gaucho José Dolores pertenece, al mismo tiempo, a la historia del bandolerismo rural y al patrimonio de las creencias populares de San Juan.

Como enseña el viejo refrán: «Cada cual cuenta la feria según le va en ella».

Para algunos fue un ladrón; para otros, un hombre generoso. Para sus promesantes, es todavía una presencia a la que recurrir en momentos difíciles.

Y entre esas miradas permanece su leyenda.

Epílogo: el gaucho que no murió en la memoria

Pasaron los años, se borraron los caminos,
cambiaron las estancias, los pueblos y el paisaje;
pero siguen llegando humildes peregrinos
a buscar en su recuerdo consuelo y coraje.

Fue perseguido en vida, murió bajo el plomo,
y el pueblo, con sus velas, le dio otro destino;
hoy su nombre perdura, repetido de a poco,
como un eco que atraviesa el tiempo y el camino.

No hay tumba que encierre la historia,
ni muerte que apague una voz
el pueblo levanta su memoria
donde la esperanza encontró.

— Plaza de los Poetas- Carlos Bonserio


Nota histórica: La biografía de José Dolores se apoya principalmente en relatos orales y reconstrucciones posteriores. Las versiones discrepan sobre su apellido, sus orígenes y algunos episodios de su vida. La fecha tradicional de su muerte es el 14 de febrero de 1858. El artículo distingue esos relatos de los hechos que pueden considerarse comprobados.

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