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miércoles, 21 de octubre de 2026

MUSTAFÁ, EL PIRATA DE LAS SIERRAS


 


El bandido que encontró refugio entre las rocas

Por los caminos del sur bonaerense anduvo un hombre perseguido por la ley, dueño de mil apodos y protagonista de una historia donde se mezclan el miedo, la audacia y la leyenda. Su refugio fueron las sierras de Balcarce; su final, un tiroteo que quedó registrado en los diarios de la época.

Un nombre, muchos apodos

En la historia del bandolerismo rural argentino abundan los hombres que, perseguidos por la justicia, encontraron en la inmensidad del campo un escondite y una oportunidad para prolongar sus andanzas. Pero pocos dejaron una huella tan particular en la memoria de la región interserrana bonaerense como el llamado Turco Mustafá, el pirata de las sierras.

Las fuentes lo mencionan con distintos nombres: José Mustafá, Alí Mustafá y también Pedro o Luis Mustafá Parri. Se lo conoció, además, como Neura Mustafá, Martín Fierro y El Tejedor. Este último apodo tenía una explicación curiosa: según la tradición, acostumbraba tejer medias con agujas de acero. En torno de su figura se fueron acumulando relatos, versiones y exageraciones, como suele ocurrir con aquellos que durante años consiguen burlar a sus perseguidores.

No era un personaje de las antiguas guerras de frontera ni un gaucho de los tiempos de Juan Manuel de Rosas. Mustafá perteneció a otra época: las primeras décadas del siglo XX, cuando los pueblos crecían, los caminos cambiaban y la policía extendía su vigilancia sobre una campaña que todavía conservaba rincones solitarios.

El robo que lo puso en escena

Hacia 1920, Mustafá adquirió notoriedad por un importante robo de joyas cometido en Tres Arroyos. Según las crónicas, el valor de lo sustraído rondaba los treinta mil pesos, una suma considerable para aquellos años.

Fue detenido, condenado y destinado al presidio de Sierra Chica, en Olavarría. Sin embargo, el traslado hacia Dolores no significó el final de sus andanzas. Durante el viaje logró fugarse del tren y tomó rumbo hacia las sierras de Balcarce.

Allí comenzó otra etapa de su vida: la del fugitivo que conocía el terreno y sabía aprovechar sus accidentes naturales. Las lomas, los montes, las quebradas y los abrigos rocosos ofrecían una protección que ningún muro de cárcel podía darle.

Porque en el campo, como dice el viejo refrán, «quien conoce el camino lleva ventaja». Y Mustafá parecía conocer los secretos de aquella geografía.

La cueva del Turco

Las sierras de Tandilia guardan numerosas cuevas y aleros naturales que sirvieron de refugio a seres humanos desde tiempos remotos. Mucho después, algunos de esos mismos lugares fueron ocupados por personajes que pasaron a la memoria popular: el Tigre del Quequén, los hermanos Barrientos y el propio Mustafá.

La cueva asociada con el Turco fue motivo de interés para investigadores que trabajaron en la zona. Analía Correa y José Antonio Mateo, en su estudio sobre el bandolerismo rural en la región interserrana, partieron precisamente de esa memoria persistente para reconstruir la historia del personaje.

El escondite no era solamente un agujero en la piedra. La ubicación elevada permitía observar los alrededores, advertir movimientos y disponer de tiempo para escapar. Para un hombre perseguido, el paisaje podía convertirse en aliado.

Alrededor de Mustafá nació también la creencia de que habría ocultado en las cuevas parte del botín de sus robos. ¿Existió realmente ese tesoro? No hay que confundir la tradición oral con una prueba documental. Pero la pregunta sigue alimentando la imaginación: ¿cuántos secretos habrá guardado la sierra bajo sus piedras?

Entre el temor y la admiración

La fama de Mustafá tuvo dos caras. Para las autoridades y las víctimas de sus delitos, era un hombre peligroso, responsable de correrías que sembraban inquietud en la comarca. Para ciertos sectores humildes, en cambio, adquirió la imagen romántica del fugitivo que desafiaba a la policía y sobrevivía en condiciones difíciles.

Llegaron a compararlo con Robin Hood, el personaje legendario que robaba a los ricos para favorecer a los pobres. Pero esa comparación debe tomarse con prudencia: que alguien haya despertado simpatía popular no demuestra que repartiera el producto de sus robos ni que actuara por justicia social.

La historia suele vestir a los perseguidos con ropas de héroe y a los perseguidores con las de villanos. La realidad, como casi siempre, es más compleja.

Por la sierra va el fugitivo,
tras la piedra busca amparo;
para unos, hombre temido,
para otros, rebelde raro.

En 1923 fue capturado después de haber permanecido alrededor de treinta meses en la zona serrana. Pero la prisión tampoco logró retenerlo por mucho tiempo: según las crónicas, escapó apenas tres días después. Unos diez meses más tarde volvió a caer en manos de las autoridades.

Su historia parecía una partida interminable entre el hombre y la ley. Cada captura prometía el final; cada fuga reavivaba la leyenda.

El último tiroteo

El desenlace llegó en abril de 1937.

De acuerdo con la reconstrucción publicada por El Diario de Balcarce a partir de ejemplares antiguos de La Opinión, la policía volvió a buscarlo después de un grave ataque contra una anciana en la zona de Ramos Otero. El comisario Enrique Kelly movilizó a sus hombres y la pesquisa condujo hasta una vivienda del Cuartel IX, donde Mustafá se encontraba refugiado.

La comisión policial estaba al mando del oficial inspector Carlos Gómez. Cuando fueron a detenerlo, Mustafá respondió con disparos. El enfrentamiento fue intenso: la prensa habló de más de sesenta tiros y describió las marcas que las balas dejaron en un árbol detrás del cual se protegía el oficial.

En un momento, el fugitivo intentó escapar hacia el monte, sin dejar de disparar. Allí fue alcanzado por los tiros policiales.

El diario fechó su muerte el 2 de abril de 1937, alrededor de las cinco de la tarde. Al día siguiente, la noticia ocupó un lugar destacado en sus páginas. Para el periódico, se había terminado la carrera de un delincuente que durante años había inquietado a la comarca.

Así cayó Mustafá: no en una batalla de la frontera ni en una carga de caballería, sino en un tiroteo entre una vivienda rural, el monte y los hombres enviados a capturarlo.

La leyenda que quedó en las sierras

Después de su muerte, el Turco Mustafá siguió viviendo en los relatos de la región. Su nombre quedó unido a las cuevas, a los caminos serranos y a la posibilidad de que algún tesoro permaneciera oculto entre las piedras.

Pero su historia también nos obliga a mirar más allá de la aventura. Detrás del apodo pintoresco hubo un hombre perseguido, delitos y víctimas; detrás de la leyenda, una sociedad rural que observaba con temor —y a veces con admiración— a quienes conseguían escapar de la autoridad.

Los años borran huellas, derrumban escondites y cubren de maleza los caminos. Sin embargo, mientras alguien pregunte quién fue aquel hombre que se refugió en las sierras, Mustafá seguirá cabalgando por la memoria del sur bonaerense.

Porque el bandido puede caer bajo las balas, pero cuando la leyenda echa raíces entre las piedras, ni el tiempo consigue apresarla.

Para Plaza de los Poetas — Secretos de Necochea.

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