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miércoles, 21 de octubre de 2026

PELAYO ALARCÓN: BANDIDO RURAL DE TUCUMAN Y SALTA


 

EL BANDIDO QUE ESCAPÓ DE LA CÁRCEL DENTRO DE UNA BOLSA

Un hombre de identidad incierta, un Winchester, una banda rural y una persecución que terminó en Tucumán. La historia de uno de los bandidos que alimentaron la leyenda del norte argentino.

Hay fugas carcelarias que parecen inventadas por un novelista. La de Pelayo Alarcón fue una de ellas.

En junio de 1924, según las reconstrucciones históricas, un carrero retiraba la basura de la cárcel de Salta. Entre los desperdicios había una bolsa que parecía contener solamente residuos. Pero dentro se ocultaba un hombre que esperaba recuperar la libertad.

Ese hombre era Pelayo Alarcón, conocido también por el apodo de «El Tartancho».

La fuga fue extraordinaria, pero no era el comienzo de su historia. Alarcón llevaba tiempo moviéndose entre Tucumán y Salta, vinculado con otros perseguidos por la policía. Su nombre terminaría asociado a una banda rural que protagonizó asaltos, enfrentamientos armados y una persecución que mantuvo en alerta a las autoridades del norte argentino.

Como tantos personajes de esta serie, Pelayo Alarcón pasó a la memoria popular por sus fugas y su desafío a la ley. Pero detrás de la leyenda hubo víctimas reales y episodios violentos que también forman parte de su historia.

Un hombre de identidad incierta

¿Dónde nació Pelayo Alarcón? ¿Cuál era su verdadero nombre? ¿Qué circunstancias lo llevaron a convertirse en bandido?

Las respuestas no son definitivas.

Las investigaciones periodísticas señalan que pudo haber nacido alrededor de 1900, aunque las fuentes discrepan sobre su origen. Algunos lo sitúan en Paraguay; otros, en Tucumán, Salta o el Chaco.

Su prontuario policial lo registraba con el alias de «El Tartancho» y le atribuía la profesión de peluquero.

La imagen que se fue construyendo de él era la de un hombre que adoptó la vestimenta gauchesca, llevaba un pañuelo al cuello y tenía fama de buen tirador. Se le atribuye también una particular destreza con el rifle Winchester, arma que aparecería asociada a los enfrentamientos de su banda.

Su historia se desarrolló durante la década de 1920, cuando las provincias de Salta y Tucumán experimentaban fuertes contrastes sociales. Las grandes explotaciones azucareras, los obrajes, los trabajadores rurales y las poblaciones alejadas componían un mundo en el que la autoridad policial tenía una presencia desigual.

En ese escenario se movió Alarcón.

La fuga que lo puso en escena

Su nombre aparece en las crónicas hacia 1922, cuando ayudó desde el exterior de la cárcel de Tucumán a la fuga de Andrés Bazán Frías y Martín Leiva, otros dos hombres vinculados al mundo delictivo.

Leiva fue capturado, pero Alarcón y Bazán lograron escapar hacia Salta.

Allí comenzaron nuevas correrías. Las fuentes mencionan asaltos, el robo de un caballo y un tiroteo con la policía en Rosario de Lerma.

El vínculo entre Alarcón y Bazán Frías resulta importante para comprender los primeros pasos de su trayectoria. No se trataba de un hombre aislado, sino de alguien que construía relaciones con otros perseguidos y encontraba en ellas una forma de protección y colaboración.

Pero esa alianza no duraría para siempre.

En enero de 1923, Andrés Bazán Frías murió durante un enfrentamiento policial en Tucumán. Alarcón, que para entonces se encontraba preso en Salta, se enteró de la muerte de su compañero.

La pérdida de Bazán no terminó con su actividad delictiva. En los meses siguientes, Alarcón volvería a escapar y organizaría su propia banda.

Como dice el refrán: «El que anda entre lobos, a aullar aprende». En el caso de Alarcón, las relaciones con otros fugitivos fueron parte de una vida en la que la confianza y la supervivencia iban de la mano.

La bolsa de basura

El 5 de junio de 1924, alrededor de las once de la mañana, ocurrió la fuga que convirtió a Pelayo Alarcón en protagonista de una historia digna de una novela policial.

Según la reconstrucción publicada por Página/12, Alarcón se escondió dentro de una bolsa de basura que un carrero retiró de la prisión salteña.

La operación requería coordinación y sangre fría. El fugitivo debía permanecer inmóvil y soportar el traslado sin despertar sospechas. Una vez fuera del establecimiento, podía intentar recuperar la libertad.

Y así habría sucedido.

Cuando las autoridades descubrieron la fuga, comenzaron a buscarlo por distintos lugares, pero no consiguieron capturarlo inmediatamente.

Durante varios meses, Alarcón permaneció fuera del alcance policial. Ese período de silencio favoreció la reorganización de sus actividades y la formación de una banda que la prensa de la época identificaría como la cuadrilla de Pelayo Alarcón.

Sentencia: A veces, la puerta más difícil de abrir no es la de una cárcel, sino la que separa al hombre de su propio destino.

La fuga alimentó su fama, pero también lo convirtió en un objetivo prioritario para las autoridades.

La cuadrilla del norte

Después de recuperar la libertad, Alarcón organizó un grupo con otros hombres, entre ellos Segundo Arraya, Antonio Díaz y Norberto Figueroa, según las reconstrucciones históricas.

La banda se movió por zonas rurales de Salta, con incursiones vinculadas a fincas, establecimientos y áreas de actividad económica.

Uno de los escenarios mencionados en las crónicas fue el entorno del ingenio El Tabacal, una de las grandes explotaciones azucareras de la provincia.

A comienzos del siglo XX, los ingenios concentraban una enorme actividad económica y reunían a trabajadores de distintas procedencias. Las condiciones laborales de muchos trabajadores rurales e indígenas eran motivo de conflictos y denuncias.

Algunos relatos posteriores interpretaron la presencia de los bandoleros en esa región como una forma de desafío a los poderosos. Sin embargo, no hay que confundir esa interpretación con una prueba de que todas las acciones de la banda tuvieran motivaciones políticas o sociales.

Los hechos documentados incluyen asaltos y enfrentamientos armados que ocasionaron víctimas.

La leyenda suele encontrar una explicación sencilla para la conducta del bandido: lucha contra los poderosos, defiende a los humildes y desafía a una autoridad injusta. La realidad, en cambio, suele ser más incómoda.

Dicho popular: «No todo lo que reluce es oro».

La destreza de Alarcón para escapar y la audacia de sus operaciones no eliminan las consecuencias de sus delitos.

El asalto al obraje

A comienzos de 1925, la banda protagonizó un asalto al obraje de Gronda y Compañía, en la zona de Pichanal.

Las reconstrucciones señalan que durante el episodio tomaron un rehén, hubo personas heridas y se registraron muertes, aunque algunos detalles de las versiones disponibles no coinciden por completo.

La persecución policial se intensificó.

Las autoridades organizaron operativos para localizar al grupo y las noticias sobre sus movimientos circulaban por los pueblos y las estaciones ferroviarias. La banda tenía que desplazarse constantemente y buscar lugares donde refugiarse.

En esos años, la llegada del ferrocarril había modificado las comunicaciones del norte argentino. Las estaciones conectaban regiones distantes, pero también podían facilitar la transmisión de información a las autoridades y permitir que las partidas policiales se movilizaran con mayor rapidez.

Cada fuga de Alarcón aumentaba su fama y, al mismo tiempo, el peligro que corría.

Como dice el refrán: «Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe».

Después de años de enfrentamientos, el margen de maniobra de la banda comenzaba a reducirse.

La muerte de Pelayo Alarcón

El final llegó en Tucumán, en 1925.

La fecha señalada por las reconstrucciones periodísticas es el 1 de abril. Alarcón fue abatido por la policía cuando tenía alrededor de veinticinco años, aunque la incertidumbre sobre su nacimiento impide establecer su edad con absoluta seguridad.

Su muerte cerró la trayectoria de un hombre que había logrado escapar de la cárcel y sostener durante años una vida de persecuciones.

También dejó una historia rodeada de preguntas. Una investigación periodística señala que las autoridades hicieron circular la versión de que se había suicidado, circunstancia que debe presentarse como una versión atribuida, no como un hecho definitivamente demostrado.

Así terminó la vida de Pelayo Alarcón, el hombre que había escapado de una prisión dentro de una bolsa y que llegó a convertirse en uno de los nombres recordados del bandolerismo rural del norte argentino.

Pero su historia no desapareció.

La música y la literatura popular contribuyeron a mantener vivo su nombre. El Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla lo inmortalizaron en una zamba, mientras León Gieco lo mencionó décadas después en su canción «Bandidos rurales», junto a otros personajes del imaginario popular argentino.

De esa manera, Alarcón pasó del prontuario a la canción y de la crónica policial a la memoria colectiva.

Entre el prontuario y la leyenda

La figura de Pelayo Alarcón es compleja porque la documentación disponible es escasa y buena parte de lo que se conoce proviene de la prensa y de las investigaciones posteriores.

No sabemos con certeza dónde nació ni contamos con una biografía completa de sus primeros años. Sí existen reconstrucciones que permiten seguir sus fugas, sus asociaciones con otros perseguidos y los enfrentamientos de su banda.

Es importante distinguir la fascinación que despierta su audacia de una justificación de la violencia.

Las fugas pueden ser extraordinarias, pero los asaltos también dejaron víctimas. El hecho de que una persona se convierta en leyenda no significa que deba ser presentada como un héroe sin contradicciones.

Sentencia: La historia puede admirar la audacia de una fuga sin olvidar el sufrimiento de quienes quedaron en el camino.

Pelayo Alarcón fue un hombre de su tiempo, protagonista de una trayectoria criminal que encontró en la canción y en la memoria popular una segunda vida.

Su historia permanece porque reúne los ingredientes de una narración poderosa: una identidad incierta, una fuga casi increíble, una banda rural y un desenlace violento.

Pero la pregunta final no es si fue un héroe o un villano. Es cómo una sociedad convierte a determinados perseguidos por la ley en personajes inolvidables.

Epílogo: la última fuga

Una bolsa, una puerta,
la prisión quedó atrás;
la esperanza despierta,
pero no vuelve la paz.

Por los montes del norte
su caballo cruzó;
cada fuga, más suerte,
cada bala, un adiós.

La leyenda lo nombra,
la canción lo llevó;
pero detrás de su sombra
la historia no terminó.

Quien escapa de un muro
no escapa del destino;
ni el más audaz asegura
el final del camino.

— Plaza de los Poetas

Adapacion y recopilación Carlos Bonserio


Fuentes principales: Facundo Sinatra Soukoyan, «La fulgurante vida de Pelayo Alarcón», Página/12, 3 de octubre de 2021; Carlos Abrahan, reconstrucciones históricas sobre el bandolerismo rural salteño; Cuarto, « .

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