La recompensa, los operativos policiales, la muerte del Mono Araya y el final de Pelayo Alarcón.
El combate del puente Elordi, la muerte del Mono Araya y el último tiroteo en Tucumán
Por Carlos Bonserio — Plaza de los Poetas
Hay persecuciones que terminan cuando el perseguido cae; otras continúan mucho después, porque quedan preguntas sin responder. La historia de Pelayo Alarcón pertenece a esta segunda categoría. Entre fines de 1924 y abril de 1925, el norte argentino se convirtió en escenario de una verdadera cacería policial. Hubo emboscadas, telégrafos cortados, agentes muertos, fugitivos que desaparecieron en el monte y una recompensa atribuida al poderoso Robustiano Patrón Costas.
Pero detrás de los disparos y los partes policiales aparece una pregunta que todavía merece investigación: ¿cómo consiguió Pelayo escapar tantas veces de la persecución y quién fue, finalmente, el hombre que acabó con su vida en Tucumán?
Una cuadrilla que inquietaba al poder
Pelayo Alarcón, conocido también por el alias de El Tartancho, había conseguido fugarse de la cárcel de Salta el 5 de junio de 1924. Según la reconstrucción del historiador Marcelo Rubén Agüero Urquiza, escapó oculto en una bolsa de basura que retiraba del presidio un carrero. Después de aquella fuga, su rastro se perdió durante meses. No tardó en reaparecer al frente de una banda integrada, entre otros, por Norberto Figueroa, Segundo Araya —El Mono— y Antonio Díaz, apodado El Mocho. La prensa salteña comenzó a hablar de la «cuadrilla de Pelayo Alarcón». <sup>1</sup>
En aquella región, el poder económico y el político mantenían vínculos estrechos. En El Tabacal se encontraba el ingenio de los Patrón Costas, una de las familias más influyentes de Salta. La recompensa que se atribuye a Robustiano Patrón Costas contra los bandoleros forma parte del contexto de esta historia; para reconstruir su alcance exacto, sin embargo, es necesario establecer las condiciones, la fecha y la fuente documental del ofrecimiento.
Mientras tanto, los comerciantes de Orán estaban alarmados. El 30 de diciembre de 1924, según la investigación de Agüero Urquiza, los diarios locales registraron las quejas de vecinos que exigían medidas urgentes al jefe de Policía, Lucio Ortiz.
La persecución ya no era un asunto menor: se había convertido en un desafío a la autoridad.
El Tabacal: primer encuentro con la policía
El 30 de diciembre de 1924, la cuadrilla se enfrentó con efectivos policiales en las inmediaciones de El Tabacal. La comisión estaba al mando del subcomisario Nabor Frías.
Los bandoleros consiguieron escapar. El episodio fue una advertencia de lo que vendría: la policía tendría que internarse en una geografía difícil, con montes espesos, caminos escasos y poblaciones dispersas. Allí, conocer el terreno podía significar la diferencia entre capturar a un fugitivo o perderlo de vista.
La banda habría intentado luego llegar hasta la comisaría de San Ramón de la Nueva Orán para liberar a un preso, aunque no logró su propósito ante la resistencia policial. La presión de los comerciantes y las noticias de nuevos movimientos obligaron a intensificar la vigilancia.
Como dice el refrán, «quien conoce el terreno lleva ventaja». Y en el norte salteño, el monte era un aliado que no figuraba en ningún parte oficial.
El combate del puente Manuel Elordi
El primer gran episodio sangriento ocurrió el 1 de enero de 1925.
La cuadrilla asaltó el obraje de Gronda y Compañía, en la zona de Pichanal. Durante el ataque hubo heridos y tomaron como rehén a Julio del Prado. Las noticias llegaron a la policía, pero los fugitivos recibieron una advertencia que les permitió adelantarse a sus perseguidores.
Un maquinista ferroviario habría comunicado a Alarcón los movimientos de la comisión policial. La banda se preparó entonces cerca del puente ferroviario de Manuel Elordi, en las proximidades de Embarcación.
Cuando llegó la comisión encabezada por Nabor Frías, se desató un intenso tiroteo. La lucha se prolongó desde aproximadamente las nueve de la noche hasta la medianoche, según la reconstrucción publicada por Agüero Urquiza a partir de la prensa de la época.
El saldo fue terrible. Murieron el rehén Julio del Prado y el agente Nicolás Córdoba. El agente Manuel Burgos quedó gravemente herido y falleció posteriormente. El propio subcomisario Frías sufrió heridas serias y tuvo que ser trasladado a la ciudad de Salta.
La cuadrilla, además, había cortado los hilos del telégrafo, dificultando las comunicaciones y la coordinación de la persecución.
Aquel combate dejó una lección amarga: una comisión policial podía llegar armada y decidida, pero una emboscada bien preparada podía cambiar el resultado en cuestión de minutos.
«A río revuelto, ganancia de pescadores», dice el viejo refrán. En este caso, el desorden y la confusión favorecieron la fuga; el precio lo pagaron tanto los perseguidos como quienes salieron a capturarlos.
Campo Grande: cae el Mono Araya
El 10 de enero de 1925, una comisión policial sorprendió a la cuadrilla en el paraje conocido como La Junta del San Antonio, en Campo Grande.
Se produjo un nuevo tiroteo. Esta vez, el desenlace fue fatal para Segundo Araya, El Mono, que cayó muerto. Pelayo Alarcón y Antonio Díaz, El Mocho, consiguieron escapar internándose en el monte.
La reconstrucción de Agüero Urquiza señala que los dos fugitivos huyeron en condiciones desesperadas: sin calzado, sin camisas, sin provisiones y sin armas.
La muerte del Mono no terminó, sin embargo, con su historia. Su cuerpo fue llevado a Orán y, después de su entierro, su tumba comenzó a recibir velas y ofrendas de personas humildes. Con el tiempo, el lugar pasó a integrar el mapa de las devociones populares de la región.
Así, mientras la policía daba por abatido a uno de los integrantes de la cuadrilla, una parte de la población empezaba a convertirlo en leyenda.
El monte había devuelto un muerto, pero todavía guardaba a los dos fugitivos.
Salazuti: otro combate y más víctimas
La persecución continuó. El 15 de enero de 1925, una comisión policial que procuraba capturar a Pelayo Alarcón se enfrentó con los fugitivos en el paraje de Salazuti, en el departamento de Orán.
En el tiroteo murió el sargento Joaquín Albornoz, alcanzado por un disparo de escopeta. El soldado bombero Manuel Méndez también resultó herido, con una lesión de bala en el maxilar izquierdo.
Este último caso no depende solamente de una narración posterior: el Boletín Oficial de Salta publicó un decreto del 26 de octubre de 1925 que reconocía expresamente que Méndez había sido herido el 15 de enero mientras formaba parte de la comisión policial que intentaba capturar al prófugo Pelayo Alarcón en Salazuti. El documento señala que las secuelas lo habían dejado inutilizado para el servicio.
Es una prueba administrativa importante. Confirma la continuidad de la persecución y demuestra que sus consecuencias se prolongaron mucho después del enfrentamiento.
Sin embargo, tras la muerte de Albornoz. Alarcón y Díaz volvieron a escapar. Con policías movilizados desde distintos puntos de Salta y una región en estado de alerta, su desaparición alimentó las conjeturas. Se ha sugerido que pudieron subir clandestinamente a un tren y recibir ayuda de pobladores, pero esas explicaciones no deben presentarse como hechos comprobados.
¿Cómo lograron salir de una zona vigilada? ¿Quién les facilitó el camino? ¿Cuánto hubo de habilidad, de suerte o de colaboración?
Son preguntas que todavía necesitan respuestas documentales.
Tucumán: el último cerco
El 1 de abril de 1925, Pelayo Alarcón apareció en San Miguel de Tucumán. Tenía alrededor de 25 años y llevaba meses escapando de la persecución salteña.
La reconstrucción publicada por el historiador Carlos Abrahan señala que fue localizado en un barrio popular, en un contexto en el que se lo vinculaba con la falsificación de billetes. La policía de Investigaciones, efectivos de la fuerza local y personal militar participaron en el operativo que terminó cercándolo.
Alarcón murió de un disparo de fusil en la cabeza. Durante un tiempo circuló la versión oficial de que se había suicidado. Pero la intervención de un periodista del diario tucumano El Orden puso en cuestión esa explicación.
Aquí aparece uno de los puntos centrales de esta investigación. Agüero Urquiza incluye entre sus referencias una nota titulada «Muerte de Pelayo Alarcón», publicada por El Orden el 2 de abril de 1925, en las páginas 14 y 15. Esa edición es una fuente fundamental para reconstruir las últimas horas del bandido y determinar quién disparó contra él.
Una versión posterior sostiene que un oficial de alto rango del Ejército lo habría abatido con un fusil provisto de mira telescópica, desde una distancia considerable. Pero, mientras no se identifique al tirador mediante una fuente contemporánea confiable, ese detalle debe conservarse como una versión por verificar, no como una certeza.
El hombre que había burlado una y otra vez a sus perseguidores ya no podía hablar. La explicación de su muerte quedó en manos de las autoridades y de los periodistas que se atrevieron a investigar.
Las preguntas que deja la persecución
La historia de Pelayo Alarcón no termina con la lista de combates y muertos. También deja una serie de cuestiones históricas que merecen una investigación propia:
La recompensa: establecer el anuncio original atribuido a Robustiano Patrón Costas, su monto, sus condiciones y sus destinatarios.
El mando policial: reconstruir las órdenes impartidas por el jefe de Policía Lucio Ortiz y la actuación de Nabor Frías antes y después del combate de Manuel Elordi.
Los caídos y heridos: reunir los nombres, grados, destinos y actuaciones de los policías y soldados que participaron en los operativos.
La fuga después de Salazuti: determinar cómo consiguieron escapar Alarcón y Díaz y qué fuentes contemporáneas explican su desplazamiento hacia Tucumán.
El último disparo: consultar la edición de El Orden del 2 de abril de 1925 y buscar otras crónicas, partes policiales o documentos militares que permitan identificar al oficial involucrado.
En esta reconstrucción, el trabajo de Agüero Urquiza ofrece una cronología valiosa; la prensa de la época y los documentos oficiales permiten comprobar episodios concretos. Pero aún quedan nombres y circunstancias por establecer. La historia gana rigor cuando reconoce lo que sabe y también lo que todavía ignora.
Porque la persecución de Pelayo Alarcón fue mucho más que una sucesión de tiroteos. Fue una lucha entre una cuadrilla que conocía los caminos del monte y un aparato policial decidido a terminar con ella, en una región donde el poder económico, la autoridad política y la vida cotidiana se entrecruzaban de manera compleja.
Y como dice el refrán, «la verdad es hija del tiempo». A veces tarda décadas en salir de los archivos; otras, espera en una vieja página de diario, amarillenta y olvidada, a que alguien vuelva a leerla.
Sentencia final
Fuentes de consulta
Marcelo Rubén Agüero Urquiza, Bandoleros rurales: una motocicleta entre balas, tinta, pentagramas y celuloides, trabajo presentado en 2020. Incluye referencias a Nueva Época del 30 de diciembre de 1924 y del 5 de enero de 1925, y a El Orden de Tucumán del 2 de abril de 1925.
Boletín Oficial de la Provincia de Salta, decreto del 26 de octubre de 1925, expediente de Manuel Méndez, herido durante el operativo de captura de Pelayo Alarcón en Salazuti.
Carlos Abrahan, «Pelayo Alarcón | El bandido rural que asoló a los poderosos en Salta entre 1922-1925», Cuarto, 6 de octubre de 2025.

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