Santos Guayama es uno de los personajes más interesantes de esta serie, porque detrás del rótulo de «bandido rural» aparece una historia mucho más profunda: la de las montoneras federales, las comunidades de las lagunas de Guanacache y la lucha por conservar tierras y autonomía en el oeste argentino.
Hugo Chumbita le dedicó «Los rebeldes de Santos Guayama», publicado en Todo es Historia, n.º 368, de marzo de 1998, páginas 70–88. Décadas después, el historiador Diego Escolar volvió sobre su figura y planteó que las rebeliones en las que participó también deben estudiarse en relación con las demandas territoriales de los huarpes y otras comunidades de la región.
QUE DESAFIÓ A LOS PODEROSOS
Un caudillo perseguido, las montoneras federales y la memoria de los pueblos huarpes
En las inmensas travesías de Cuyo, donde los médanos esconden senderos y las lagunas aparecen como un milagro en medio de la aridez, hubo un hombre que durante años mantuvo en jaque a las autoridades provinciales. Se llamaba Santos Guayama y llegó a convertirse en una de las figuras más controvertidas del bandolerismo argentino del siglo XIX.
Para los partes policiales y militares era un peligroso bandido. Para numerosos pobladores de Guanacache, en cambio, fue un hombre valiente, generoso y defensor de los humildes. Su historia quedó atrapada entre los expedientes judiciales, las guerras civiles y los relatos transmitidos alrededor del fogón.
Hugo Chumbita lo estudió en «Los rebeldes de Santos Guayama», publicado en Todo es Historia, n.º 368, de marzo de 1998, páginas 70 a 88. Años después, el historiador Diego Escolar profundizó en una dimensión que permite comprender mejor al personaje: las demandas territoriales y las tradiciones políticas de las comunidades indígenas de la región.
Porque, como dice el refrán, «cuando el río suena, agua lleva»; pero para saber qué ocurrió realmente hay que distinguir los documentos de las leyendas.
1. Guanacache: una tierra de lagunas, pobreza y rebeldía
Santos Guayama desarrolló su vida en la región de las lagunas de Guanacache, un territorio que se extendía entre las actuales provincias de Mendoza, San Juan y San Luis.
Aquella zona estaba habitada por comunidades huarpes y pobladores rurales que dependían de la tierra, el agua, la pesca, la ganadería y los recursos naturales. Desde tiempos coloniales existían conflictos por la propiedad de los campos y por el derecho de las comunidades a conservar sus territorios.
La expansión de las grandes propiedades y la creciente intervención de los gobiernos provinciales fueron debilitando la autonomía de los habitantes de las lagunas.
No era una región fácil de controlar. Los pantanos, los médanos, los montes espinosos y los caminos poco conocidos permitían ocultarse, cambiar de rumbo y escapar de las partidas militares.
Guayama conocía aquel mundo. Allí encontró refugio y apoyo entre pobladores que compartían sus costumbres, sus lealtades políticas y, en muchos casos, el temor a perder las tierras de sus antepasados.
La región también recibía a desertores, perseguidos políticos, antiguos soldados y hombres que vivían fuera de la ley. En ese ambiente se desarrolló una forma de resistencia que mezclaba reivindicaciones locales, fidelidades federales y episodios de bandolerismo.
No todos los que se escondían en los médanos eran iguales, pero muchos tenían un enemigo común: la autoridad que pretendía imponerles sus condiciones.
2. De las montoneras del Chacho a la rebelión federal
Durante la década de 1860, la Argentina atravesaba una etapa de fuertes enfrentamientos políticos. Después de la batalla de Pavón, en 1861, el poder de Buenos Aires avanzó sobre las provincias federales.
En La Rioja, el caudillo Ángel Vicente Peñaloza, conocido como el Chacho, encabezó una rebelión contra el nuevo orden político. La insurrección fue derrotada y Peñaloza terminó asesinado en 1863.
Algunas fuentes vinculan a Guayama con aquellas primeras montoneras, aunque su participación inicial no está tan documentada como sus actuaciones posteriores.
Su presencia histórica se vuelve más clara durante la llamada Revolución de los Colorados, entre 1866 y 1867, cuando los federales se levantaron nuevamente en el oeste argentino. Guayama actuó junto a otros jefes montoneros y reunió fuerzas conocidas como el Batallón de los Laguneros.
Sus hombres participaron en una lucha que se extendió por distintas provincias y que tuvo entre sus protagonistas a Felipe Varela, otro caudillo federal enfrentado al poder central.
La batalla de Pozo de Vargas, librada en abril de 1867, terminó en una derrota decisiva para las fuerzas de Varela. Pero la derrota no acabó con la resistencia.
Guayama consiguió reunir a parte de los combatientes dispersos y, en 1868, participó junto con otros jefes en la toma de la ciudad de La Rioja.
Aquello ya no era solamente la historia de un hombre que asaltaba caminos. Guayama se había convertido en un dirigente armado capaz de reunir tropas, mantener contactos políticos y desafiar durante años a los gobiernos provinciales.
3. El bandido y el justiciero
Después de las derrotas federales, Guayama continuó actuando en la región. Entre 1869 y 1872 se intensificaron las persecuciones contra él y sus hombres.
Las autoridades lo responsabilizaron por asaltos a estancias, caravanas y arreos de ganado. También se registraron ataques a poblaciones y puestos fronterizos relacionados con el comercio hacia Chile.
No corresponde ocultar esos hechos para convertirlo en un héroe sin manchas. Las montoneras podían ejercer violencia, apropiarse de bienes y castigar brutalmente a quienes consideraban traidores.
Sin embargo, la memoria popular conservó otra imagen. Diversos testimonios recogidos mucho después describen a Guayama como un hombre generoso con los laguneros, que repartía parte del botín y ayudaba a viudas, huérfanos y familias necesitadas.
El historiador Alfred Métraux, que investigó la región durante el siglo XX, dejó constancia de la simpatía con que algunos habitantes todavía recordaban al caudillo.
También se transmitieron relatos sobre su elegancia, su carisma y su capacidad para obtener ayuda de los pobladores. Algunas familias de Guanacache se consideran descendientes suyas, y determinados lugares continúan asociados con sus refugios y correrías.
Esas historias no permiten demostrar que cada acto atribuido a Guayama haya ocurrido tal como se cuenta. Pero sí muestran la fuerza de su recuerdo y la distancia entre la imagen que difundían sus perseguidores y la que conservaron quienes lo consideraban uno de los suyos.
El refrán criollo parece escrito para estos personajes: «El que anda entre lobos, a aullar aprende». En un mundo de guerras, persecuciones y venganzas, la frontera entre la defensa propia y la violencia podía volverse muy delgada.
4. ¿Un bandido o un defensor de los huarpes?
Una de las interpretaciones más interesantes sobre Guayama es la que lo relaciona con la defensa de las comunidades de Guanacache.
El historiador Diego Escolar estudió los reclamos de tierras y autonomía que los habitantes de la región habían sostenido desde tiempos coloniales. Esos reclamos no desaparecieron con la independencia: continuaron durante el siglo XIX, en medio de las guerras civiles y del avance de los grandes propietarios.
Desde esta perspectiva, la rebelión de Guayama puede comprenderse también como parte de una disputa por el territorio y por el poder local.
Muchos relatos de la región lo recuerdan como un cacique justiciero que defendía a los laguneros frente a los ricos de las ciudades. Otros investigadores han cuestionado que se pueda establecer una relación directa y concluyente entre toda su actividad y una identidad política huarpe organizada.
Por eso conviene evitar una respuesta simplista. No podemos afirmar que cada una de sus acciones respondiera a un programa indígena definido. Sí existen elementos históricos para estudiar sus vínculos con las comunidades rurales y el modo en que las luchas federales se entrelazaron con antiguas demandas por la tierra.
La historia de Guayama obliga a mirar más allá del expediente policial: detrás del bandolero había una región con conflictos sociales, memorias indígenas y pobladores que no aceptaban fácilmente perder su autonomía.
5. La emboscada y el final de Santos Guayama
Después de más de una década de persecuciones, Guayama murió en 1879. Las circunstancias de su captura y muerte aparecen rodeadas de relatos que no siempre coinciden.
Una tradición recogida por Métraux sostiene que fue invitado a San Juan y cayó en una emboscada, donde lo fusilaron sin juicio previo. Otros detalles de su detención y ejecución deben manejarse con cautela, porque las versiones posteriores no ofrecen una reconstrucción completamente uniforme.
Lo cierto es que su muerte no terminó con su presencia en la memoria regional.
La tradición oral conservó la imagen del hombre que había mantenido durante años su libertad en una de las regiones más difíciles de dominar. En Guanacache se transmitieron historias sobre sus escondites, sus hombres y su generosidad.
Con el tiempo, su recuerdo adquirió incluso características religiosas populares. Diego Escolar recoge la tradición según la cual la figura de San Roque venerada en la capilla de Nuestra Señora del Rosario de Las Lagunas habría representado simbólicamente a Guayama, cuyo culto se habría mantenido de manera discreta por temor a la represión.
Es una tradición local, no un hecho que deba presentarse como probado. Pero revela hasta qué punto el caudillo pasó de ser un perseguido por las autoridades a convertirse en una figura protectora para parte de la comunidad.
6. La leyenda que sobrevivió a la persecución
Santos Guayama pertenece a esa galería de personajes que la historia oficial no siempre supo explicar. Fue montonero, jefe de hombres armados y protagonista de hechos violentos; también quedó asociado con la defensa de una población rural que reclamaba autonomía y derechos sobre su territorio.
Su figura permite comprender que el bandolerismo del siglo XIX no fue un fenómeno uniforme. Detrás de algunos hombres perseguidos por la ley había disputas políticas, antiguas lealtades y conflictos sociales que no pueden reducirse al robo o al delito común.
Chumbita lo incorporó a su estudio de los bandidos populares argentinos. Escolar, desde la investigación histórica, mostró la importancia de examinar la relación entre las montoneras, las comunidades indígenas y las luchas por la tierra.
Entre ambos enfoques aparece una historia que merece ser contada sin idealizaciones ni condenas automáticas.
Porque los gobiernos pueden vencer a un hombre, destruir su partida y borrar su nombre de los documentos oficiales. Lo que no siempre consiguen es borrar el recuerdo que ese hombre dejó entre quienes compartieron su vida.
Sentencia final
Por las lagunas marchaba,
con la noche de guardián;
lo llamaron bandolero,
lo hicieron leyenda al final.
Santos Guayama: el montonero que desafió a los poderosos y cuya historia demuestra que, detrás de cada bandido recordado por el pueblo, puede esconderse una parte olvidada de la historia nacional.
Para Plaza de los Poetas — Secretos de Necochea. Adaptación Carlos Bonserio
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