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miércoles, 21 de octubre de 2026

VICENTE GAUNA, «CHIFLÓN»: EL COMPAÑERO DEL ÚLTIMO BANDIDO RURAL


 

Una historia de persecuciones, secuestros, emboscadas y muerte en los montes del Chaco.

En la historia de los bandidos rurales argentinos hay nombres que sobreviven a sus protagonistas. Algunos quedaron asociados a la rebeldía; otros, al temor y la violencia. Y unos pocos caminaron por esa frontera incierta donde la historia, la leyenda y el prontuario terminaron mezclándose.

Vicente Gauna, conocido por el apodo de «Chiflón», pertenece a esta última categoría. Su nombre quedó unido para siempre al de Isidro Velázquez, el célebre bandido rural que desafió durante años a la policía chaqueña y terminó convertido en una figura de culto popular.

Pero Gauna no fue simplemente un acompañante. Compartió con Velázquez una vida de persecuciones y delitos, hasta encontrar junto a él un final trágico.

Como dice el viejo refrán: «Dime con quién andas y te diré quién eres». Aunque, cuando se trata de reconstruir una vida, la historia exige algo más que refranes: hay que separar los hechos de las leyendas.

El escenario de una vida al margen de la ley

El Chaco de mediados del siglo XX era una tierra de contrastes. En las zonas rurales convivían grandes establecimientos agropecuarios, trabajadores temporarios, obrajes, caminos difíciles y poblaciones dispersas. El monte ofrecía refugio, pero también imponía sus propias reglas.

En aquel territorio se movía Isidro Velázquez, quien había ganado notoriedad junto a su hermano Claudio. Después de la muerte de este último, Isidro pasó un tiempo fuera de la región y luego regresó a la Argentina.

En esa etapa de su vida apareció Vicente Gauna.

Algunas reconstrucciones biográficas ubican el nacimiento de Gauna en Empedrado, provincia de Corrientes, en enero de 1942. Sin embargo, los datos biográficos precisos requieren contrastarse con documentación de época antes de considerarlos definitivos.

Lo cierto es que su nombre quedó ligado a uno de los episodios más recordados del bandolerismo del nordeste argentino.

Dos hombres, una misma persecución

A partir de 1964, Isidro Velázquez y Vicente Gauna comenzaron a actuar juntos. La prensa y la memoria popular los asociaron bajo el nombre de «los Velázquez», aunque esa denominación había surgido originalmente de la actividad de Isidro con su hermano Claudio.

Los asaltos y los secuestros de productores rurales para exigir rescates hicieron crecer la preocupación de las autoridades. Entre los casos que las crónicas vincularon con la banda figuraron los secuestros de Carlos y Gabino Zimmerman y, posteriormente, los de Agustín Guissano y Antonio Persoglia.

La persecución se intensificó. Los operativos policiales se multiplicaron, mientras el conocimiento del terreno y las dificultades para obtener información confiable favorecían a los fugitivos.

En torno a Isidro Velázquez comenzó a crecer una imagen contradictoria. Algunos relatos populares sostenían que ayudaba a familias humildes con dinero o mercaderías. Otros lo recordaban como un delincuente peligroso, responsable de hechos que habían causado temor y sufrimiento.

Gauna, por su parte, fue descrito en diversas narraciones como un hombre de temperamento violento. La imagen romántica que posteriormente rodeó a Velázquez no se trasladó necesariamente de la misma manera a su compañero.

Aquí aparece una de las grandes contradicciones del bandolerismo rural: el pueblo puede convertir a un perseguido en leyenda, pero esa leyenda no siempre cuenta toda la historia.

Sentencia: La pobreza puede explicar el nacimiento de una rebeldía, pero no convierte automáticamente la violencia en justicia.

El monte: refugio y prisión

Para los perseguidos, el monte chaqueño era mucho más que un paisaje. Era escondite, camino de fuga y territorio conocido. Los senderos, los puestos rurales y las distancias entre poblaciones podían convertirse en aliados frente a una policía que intentaba cerrar el cerco.

Pero vivir huyendo tenía un precio.

Cada jornada exigía desconfiar de los desconocidos, medir las palabras y sospechar de cualquier movimiento extraño. La libertad del fugitivo era engañosa: podía caminar por donde quisiera, pero no podía vivir sin mirar hacia atrás.

El refranero popular lo expresa con crudeza: «El que las hace, las paga». Y otro dicho, más ligado a la experiencia del campo, advierte: «No hay monte tan espeso que tape para siempre un secreto».

Este último es un dicho de tono campero, empleado aquí como reflexión narrativa, no como una cita histórica atribuida a los protagonistas.

Con el paso del tiempo, los secuestros y las exigencias de rescate aumentaron la presión de los propietarios rurales y de las autoridades. Se ofrecieron recompensas y se intensificaron las investigaciones.

Los caminos que antes servían para escapar podían transformarse en trampas. Una confianza equivocada podía costar la libertad y una información revelada, la vida.

En el mundo del fugitivo, la desconfianza termina convirtiéndose en compañera inseparable.

Pampa Bandera: el final de la fuga

El 1 de diciembre de 1967 llegó el desenlace.

En la zona de Pampa Bandera, en el Chaco, cerca de Machagai, la policía organizó una emboscada que terminó con la vida de Isidro Velázquez y Vicente Gauna.

Las reconstrucciones del episodio describen una operación preparada para sorprender a los perseguidos. Los detalles circunstanciales deben cotejarse con las crónicas policiales originales, porque las versiones posteriores no siempre coinciden en todos sus pormenores.

Lo fundamental es que aquel día concluyó la persecución de los dos hombres que habían mantenido en vilo a buena parte de la región.

Para las autoridades, la muerte de ambos representó el cierre de un prolongado operativo. Para quienes seguían con simpatía a Isidro Velázquez, fue el final de una figura que había adquirido dimensiones legendarias.

Gauna murió junto a su compañero y quedó incorporado a esa misma memoria, aunque su personalidad y su trayectoria no despertaran necesariamente idéntica admiración.

La noticia no terminó con las historias. Por el contrario, con el tiempo comenzaron a mezclarse recuerdos, versiones orales y manifestaciones de devoción popular.

La muerte había cerrado un capítulo policial, pero abría otro en la memoria colectiva.

Del prontuario a la leyenda

En la región se desarrollaron expresiones de veneración popular relacionadas con Isidro Velázquez y Vicente Gauna. Sus nombres quedaron vinculados a relatos sobre promesas, ofrendas y pedidos de ayuda, manifestaciones que muestran cómo algunas figuras criminales pueden transformarse, después de muertas, en personajes del imaginario popular.

Ese fenómeno no es exclusivo del Chaco ni de la Argentina. En diferentes países, determinados bandidos fueron recordados como rebeldes contra las injusticias, aun cuando sus trayectorias incluyeran delitos graves.

¿Por qué sucede?

Tal vez porque las sociedades no recuerdan únicamente los hechos: también recuerdan sus propias esperanzas, sus resentimientos y sus frustraciones. En ocasiones, el bandido termina representando aquello que una comunidad cree que le fue negado.

Pero hay que distinguir entre comprender una leyenda y aceptar sin examen todo lo que cuenta.

Los secuestros tuvieron víctimas. Los asaltos provocaron daños y miedo. La admiración posterior no puede borrar las consecuencias de aquellos actos.

Sentencia para la reflexión: La leyenda puede vestir de gloria a un hombre muerto, pero no tiene poder para resucitar la inocencia de sus actos.

El hombre detrás del apodo

Vicente Gauna fue un protagonista real de una historia criminal que sacudió al nordeste argentino. Su asociación con Isidro Velázquez lo colocó en el centro de una de las narraciones más persistentes del bandolerismo rural.

Sin embargo, reconstruir su vida exige prudencia. Hay datos biográficos que necesitan documentación firme y detalles de su trayectoria que se transmitieron mediante crónicas, testimonios y versiones posteriores.

La historia no pierde fuerza por reconocer sus dudas. Al contrario: se vuelve más seria cuando diferencia aquello que puede probarse de aquello que solamente se cuenta.

En definitiva, Gauna fue un hombre que eligió —o terminó siguiendo— un camino de enfrentamientos con la ley. Su destino muestra la fragilidad de una vida construida sobre la fuga y la violencia.

Como enseña otro refrán popular: «No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla».

La persecución terminó en Pampa Bandera. Después quedaron las preguntas, las versiones y una leyenda que todavía forma parte de la memoria chaqueña.

Epílogo: el monte no olvida

El monte fue testigo de sus pasos,
de noches sin luna y de miedo;
guardó los secretos del caso
y el eco lejano del plomo.

La fama les dio su relato,
la muerte cerró su camino;
y el tiempo, con gesto ingrato,
mezcló la leyenda y el destino.

Porque el hombre se pierde en la historia,
si confunde justicia y venganza;
no hay delito que alcance la gloria
si la sangre destruye esperanza.

— Plaza de los Poetas

Adaptación Carlos Bonserio

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