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domingo, 25 de octubre de 2026

N°28 LOS HERMANOS MUGAS BANDIDOS RURALES

 


TRES GAUCHOS, FUGAS ESPECTACULARES Y UNA LEYENDA QUE SOBREVIVIÓ AL TIEMPO

En los caminos polvorientos de Córdoba y Santa Fe, hacia fines del siglo XIX, el apellido Mugas se convirtió en sinónimo de persecuciones, enfrentamientos con la policía y fugas increíbles. Pero detrás del personaje legendario habría habido tres hermanos, cuyas historias terminaron mezclándose hasta formar una sola leyenda: la del gaucho Mugas.

Cuando el apellido se convirtió en leyenda

La historia argentina está poblada de gauchos alzados, hombres que se enfrentaron a la autoridad y terminaron perseguidos por la justicia. Algunos fueron elevados a la categoría de héroes populares; otros quedaron en la memoria como delincuentes temidos. Y no faltan aquellos cuya vida real se confundió con la leyenda, hasta el punto de que resulta difícil distinguir dónde termina la historia y dónde comienza el relato popular.

Entre estos últimos aparecen los hermanos Mugas, protagonistas de episodios que circularon por la campaña cordobesa y santafesina durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.

Según las versiones recogidas por distintos relatos históricos, la familia estaba integrada por tres hermanos: Lindor, Pedro y Jesús. Sin embargo, con el correr del tiempo, sus nombres, sus correrías y sus enfrentamientos se mezclaron. Así nació una confusión que todavía persiste: muchas aventuras atribuidas al «gaucho Mugas» pudieron corresponder a más de un integrante de la familia.

Porque, como suele suceder con los personajes populares, la fama viaja más rápido que los documentos. Una hazaña contada en una pulpería, repetida en una estación ferroviaria y adornada junto al fogón podía terminar convertida en una historia extraordinaria.

Y los Mugas tenían material de sobra para alimentar esa fama.

Tres hermanos y una vida fuera de la ley

Las versiones tradicionales presentan a los Mugas como hombres acostumbrados a la vida rural, vinculados a una época en la que los conflictos por la propiedad, el ganado, el trabajo y la autoridad podían desembocar en enfrentamientos violentos.

No todos los gauchos perseguidos por la policía fueron necesariamente víctimas de una injusticia, ni todos los hombres que vivieron fuera de la ley fueron héroes. Pero para comprender estos personajes hay que mirar el mundo en el que actuaron: una campaña donde las distancias eran enormes, las comunicaciones lentas y la presencia policial desigual.

En ese escenario, un hombre conocedor de los caminos, de los montes y de las estancias podía convertirse en un adversario difícil de atrapar.

De acuerdo con una de las versiones difundidas sobre los hermanos, Pedro habría muerto en un enfrentamiento con la policía hacia 1890. Lindor y Jesús, en cambio, habrían resistido a los agentes con armas blancas, hiriendo a varios antes de terminar detenidos.

Los detalles de aquellos episodios no aparecen siempre de la misma manera en los relatos disponibles. Por eso conviene tomarlos con cautela. Lo que se repite es la imagen de una familia perseguida, de arrestos y fugas, y de hombres que parecían encontrar siempre una manera de escapar de sus guardianes.

El viejo refrán dice: «Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe». Pero en la historia de los Mugas, al menos según la tradición, el cántaro parecía romperse una y otra vez sin que sus dueños dejaran de escapar.

Lindor: una

muerte que también forma parte del misterio

La suerte de Lindor aparece rodeada de versiones que no coinciden por completo. Una de ellas sitúa su muerte en 1892, a manos de un comisario de policía.

Los relatos de la época habrían lamentado que aquel hombre, de haber tomado otro camino, podría haber llegado a ser alguien distinto. Esa clase de reflexión aparecía con frecuencia en las crónicas sobre gauchos perseguidos: junto al relato de sus delitos, se insinuaba la idea de una vida desperdiciada, de un destino que pudo haber sido otro.

Pero esa mirada no debe confundirse con una absolución. La muerte violenta, los delitos y los enfrentamientos tenían consecuencias reales para las víctimas y sus familias.

Además, las fechas atribuidas a Lindor no son uniformes en todas las versiones posteriores. Por eso, el año 1892 debe presentarse como una de las versiones de su final, no como una certeza definitiva.

En torno a los Mugas, la documentación parece abrir preguntas más que cerrarlas. Y esa incertidumbre es parte del trabajo del historiador: no llenar los vacíos con imaginación, sino señalar dónde terminan los hechos comprobables y dónde comienza la leyenda.

Jesús Mugas: el hombre que no se resignaba a la prisión

Si hubo un integrante de la familia que alimentó especialmente la fama de los Mugas, ese fue Jesús.

Su nombre aparece asociado a varias evasiones carcelarias. Una de las más conocidas ocurrió en Córdoba, donde habría logrado escapar de la Penitenciaría en 1897. La historia cuenta que, tras la fuga, fue recapturado luego de un violento enfrentamiento en el que murieron algunos de sus compañeros.

Los relatos más dramáticos sostienen que Jesús recibió numerosos impactos de bala y aun así sobrevivió. Se habla incluso de catorce heridas en el cuerpo y otra en el cráneo. Son cifras que pertenecen a versiones transmitidas sobre el episodio y que merecen ser cotejadas con documentación contemporánea antes de aceptarlas como un registro médico exacto.

Lo que sí vuelve una y otra vez en la tradición es su extraordinaria capacidad para escapar de la prisión y mantenerse fuera del alcance de sus perseguidores.

Seis años después, en abril de 1903, habría protagonizado otra fuga de la Penitenciaría cordobesa, esta vez mediante un túnel. El episodio quedó asociado a las crónicas sobre las evasiones del llamado último gaucho Mugas.

Un túnel bajo los muros de una cárcel no es poca cosa. Requería tiempo, paciencia, herramientas y, posiblemente, ayuda. También suponía correr el riesgo de que cualquier ruido, movimiento sospechoso o delación terminara con el plan.

La pregunta inevitable es cómo pudo organizarse una maniobra semejante sin que los guardianes lo descubrieran a tiempo. Los detalles precisos necesitan respaldo documental, pero la historia de la evasión explica por qué el nombre de Jesús Mugas siguió circulando durante años.

En el lenguaje popular se dice: «No hay cárcel para el hombre que sabe buscar la salida». No es un refrán tradicional en sentido estricto, sino una frase que bien podría resumir la leyenda de Jesús.

Sin embargo, escapar de una prisión no significaba quedar libre para siempre. Afuera lo esperaban los caminos, la persecución y la posibilidad de volver a caer en manos de la justicia.

El encuentro junto al ferrocarril: ¿delincuente o anfitrión?

Entre las historias atribuidas al gaucho Mugas hay una que parece salida de una novela rural.

La escena se ubica alrededor de 1918, en las cercanías de Logroño, en la provincia de Santa Fe. Un contratista que trabajaba en reparaciones de vías ferroviarias habría quedado sorprendido por una tormenta eléctrica. Sin un refugio adecuado, encontró una vivienda rural y fue recibido por un hombre que le ofreció techo, mate y un lugar donde pasar la noche.

El visitante aceptó la hospitalidad sin saber, según cuenta la tradición, que estaba bajo el techo de uno de los fugitivos más temidos de la región.

A la mañana siguiente regresó al campamento de los trabajadores. Allí le habrían advertido que había pasado la noche con el célebre gaucho Muga, a quien se atribuían numerosas muertes.

Lo extraordinario de la anécdota no es solamente que el viajero hubiera compartido la noche con un hombre buscado por la justicia. Es que, de acuerdo con el relato, el anfitrión no lo robó ni le hizo daño alguno.

¿Ocurrió exactamente así? No contamos aquí con elementos suficientes para asegurar cada detalle. La historia debe leerse como una leyenda transmitida sobre el personaje, no como un hecho plenamente comprobado.

Pero la anécdota tiene fuerza porque introduce una contradicción muy humana: el hombre temido por sus perseguidores aparece, durante unas horas, como alguien capaz de brindar refugio a un desconocido.

La hospitalidad rural era un valor importante en aquellos tiempos. Compartir el mate y ofrecer reparo al viajero formaban parte de una cultura que no desaparecía necesariamente por el hecho de que alguien viviera al margen de la ley.

Claro que una anécdota amable no borra los delitos que se le atribuyen a un personaje. Pero sí ayuda a comprender cómo se construyen las leyendas: una historia puede conservar al mismo tiempo el temor que inspiraba un hombre y la imagen de un gesto generoso.

Entre la historia y la leyenda

Los hermanos Mugas pertenecen a esa galería de personajes rurales cuya fama sobrevivió a la documentación precisa de sus vidas. Los nombres de Lindor, Pedro y Jesús aparecen ligados a episodios de violencia, persecuciones y evasiones, pero sus trayectorias se mezclaron hasta que resulta difícil separar cada aventura de su protagonista.

Jesús quedó especialmente asociado a las fugas de la Penitenciaría cordobesa. Lindor, en cambio, aparece envuelto en versiones contradictorias sobre su muerte. Pedro habría caído en un enfrentamiento policial, aunque los detalles también requieren comprobación.

Lo prudente es conservar esas diferencias y no convertir cada relato repetido en una verdad indiscutible. La historia no pierde interés por reconocer sus dudas; al contrario, se vuelve más honesta.

Los Mugas vivieron en una época de profundas transformaciones. El ferrocarril avanzaba sobre la llanura, las poblaciones crecían y el Estado extendía sus mecanismos de control. En ese mundo cambiante, el gaucho que antes podía desaparecer entre los montes encontraba cada vez menos lugares donde ocultarse.

Pero la memoria popular no siempre se rinde ante los archivos. A veces, un apellido sigue recorriendo los caminos mucho después de que sus portadores desaparecieron.

Y así, entre una muerte discutida, una prisión burlada y una noche de tormenta compartida con un desconocido, los hermanos Mugas quedaron atrapados en esa frontera donde la historia se cruza con la leyenda.

Porque, como dice el viejo refrán, «cuando el río suena, agua lleva»; pero el historiador debe averiguar cuánta agua hay en el río y cuánto ruido agregó el viento.

Para cerrar

Por los caminos de la historia,
entre el recuerdo y la verdad,
hay hombres que pierden la gloria
y ganan la inmortalidad.

No todo lo que cuenta el viento
es mentira ni es realidad:
la leyenda guarda un fragmento,
los documentos, la verdad.

Plaza de los Poetas — Historias de hombres, caminos y leyendas de nuestra tierra.

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