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martes, 27 de octubre de 2026

¿Cómo lidiar con Marcel Marcel?

Una persona que no reconoce su incompetencia o desconocimiento?

Hay personas que opinan de manera tajante sobre cualquier tema, aunque no tengan los conocimientos necesarios para hacerlo. Hablan con una seguridad que no admite dudas, subestiman a los demás y, cuando alguien intenta señalarles un error, reaccionan como si se estuviera cuestionando su autoridad. No escuchan para aprender, sino para reafirmar lo que ya creen saber.

Tratar con alguien así puede generar un profundo malestar. La primera reacción suele ser la irritación, el enojo o la tentación de demostrarle, con argumentos, que está equivocado. Sin embargo, muchas veces ese esfuerzo termina siendo inútil. Cuanto más intentamos convencerlo, más se aferra a sus opiniones, como si reconocer un error fuera una derrota personal.

La primera regla para lidiar con estas personas es conservar la calma. No todas las discusiones merecen nuestro tiempo ni todas las opiniones necesitan una respuesta. Recordemos que no podemos controlar lo que los demás dicen o piensan, pero sí podemos decidir cuánto poder les concedemos sobre nuestro estado de ánimo.

Si alguien demuestra desconocimiento sobre un asunto, su seguridad al hablar no convierte sus afirmaciones en verdades. Conviene distinguir entre quien sabe, quien reconoce que no sabe y quien, sin saber, está convencido de que posee la razón. Este último caso es el más difícil, porque el problema ya no reside solamente en la falta de conocimientos, sino también en la incapacidad de reconocerla.

Si no deseamos prolongar la conversación, podemos responder con serenidad: «He escuchado tu opinión. Gracias». Es una manera educada de poner punto final al intercambio sin entrar en una discusión estéril. No hace falta tener la última palabra para conservar la razón, ni demostrar nuestra capacidad a quien no está dispuesto a reconocerla.

Ahora bien, si realmente nos interesa ayudar a esa persona a comprender sus limitaciones, debemos evitar las expresiones que la humillen. Decirle «no sabés de lo que hablás» o «no tenés ni idea» puede ser cierto en determinadas circunstancias, pero difícilmente contribuya a que cambie de actitud. Lo más probable es que se sienta atacada, levante sus defensas y convierta la conversación en una disputa personal.

Es preferible plantear preguntas que la inviten a reflexionar: «¿En qué datos te apoyás para afirmar eso?», «¿Consideraste la posibilidad de que exista otra explicación?» o «¿Qué pasaría si los hechos fueran diferentes de lo que suponés?». Estas preguntas permiten comprobar si existe una base real para sus afirmaciones y, al mismo tiempo, le ofrecen la oportunidad de revisar sus conclusiones sin sentirse directamente humillada.

También conviene recordar que todos somos ignorantes en determinadas materias. Nadie conoce todo, nadie tiene siempre razón y hasta las personas más preparadas pueden equivocarse. Reconocer lo que desconocemos no constituye una debilidad; por el contrario, es el primer paso para aprender. La verdadera inteligencia no consiste en tener una respuesta para cada pregunta, sino en saber cuándo debemos escuchar, investigar o admitir que estamos equivocados.

El problema aparece cuando alguien confunde seguridad con conocimiento, autoridad con razón y desacuerdo con falta de respeto. En esos casos, cualquier observación se interpreta como un desafío y cualquier argumento contrario se considera una ofensa. La conversación deja de ser un intercambio de ideas y se transforma en una competencia en la que lo importante ya no es descubrir la verdad, sino evitar que el otro tenga razón.

Hay, además, una diferencia fundamental entre no saber y negarse a aprender. La primera situación se resuelve con información, paciencia y experiencia. La segunda exige una disposición personal que nadie puede imponer desde afuera. Podemos ofrecer argumentos, acercar fuentes, formular preguntas y compartir nuestra experiencia, pero no podemos obligar a otro a reconocer aquello que se empeña en negar.

Por eso, también debemos aprender a poner límites. Si una persona descalifica sistemáticamente a los demás, desprecia los argumentos ajenos o convierte cada conversación en una demostración de superioridad, no estamos obligados a seguir participando. A veces, retirarse a tiempo es una señal de inteligencia, no de debilidad. Hay batallas que se ganan no entrando en ellas.

Al fin y al cabo, la humildad intelectual consiste en comprender que siempre tenemos algo que aprender, mientras que la soberbia consiste en creer que los demás siempre tienen algo que aprender de nosotros. Y cuando alguien se considera dueño de la verdad, hasta los hechos más evidentes pueden convertirse en enemigos.

Todo esto parece sencillo cuando hablamos en términos generales. La teoría nos aconseja paciencia, respeto, preguntas oportunas y voluntad de diálogo. Pero la realidad suele ser bastante más complicada cuando tenemos delante a alguien que no admite sus errores, no reconoce sus limitaciones y está convencido de que sabe más que quienes lo rodean.

Porque, al final, para aprender hay que aceptar que uno no lo sabe todo. Y para reconocer un error hace falta una virtud que no se adquiere leyendo libros ni acumulando años: la humildad.

Y todo lo dicho es razonable, aconsejable y hasta fácil de poner en práctica… siempre que no se trate de Marcelo.

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