LAS LANCHAS AMARILLAS
De los pescadores italianos a las fábricas que se llevó el viento económico
«Quien vive del mar conoce dos cosas: la esperanza de la pesca y la incertidumbre del regreso».
Hubo un tiempo en que la banquina de Puerto Quequén era mucho más que un rincón de trabajo. Era un mundo de lanchas amarillas, redes tendidas, cajones repletos de pescado, fábricas humeantes y familias que encontraban en el mar su sustento.
Al caer la tarde, los pescadores regresaban mientras vecinos y turistas se acercaban al muelle para contemplar la descarga. En tierra, los estibadores, transportistas, fileteadores y comerciantes completaban una cadena productiva que llegó a proporcionar miles de puestos de trabajo.
Pero aquella prosperidad no duraría para siempre. Esta es la historia de una actividad que nació con el esfuerzo de inmigrantes, alcanzó su esplendor durante los años setenta y sufrió después una prolongada decadencia.
1895: los primeros pescadores italianos
Para encontrar los orígenes documentados debemos remontarnos a 1895. El naturalista Fernando Lahille, durante una recorrida por la costa bonaerense, registró en Necochea la presencia de catorce pescadores napolitanos que disponían de cuatro pequeñas embarcaciones.
Aquellos hombres trabajaban con medios modestos, redes y aparejos sencillos. La pesca todavía no constituía una industria consolidada, pero ya estaba presente la semilla de una actividad que crecería durante el siglo siguiente.
La inmigración italiana desempeñaría un papel fundamental. Llegaron pescadores procedentes de Campania, Calabria, Sicilia y Basilicata, muchos de ellos con conocimientos heredados de sus mayores.
No todos se dedicaron exclusivamente a salir al mar. Algunas familias elaboraban redes, otras comercializaban el pescado y otras terminarían vinculadas con las fábricas procesadoras.
El refrán marinero lo resume bien: «A la mar, quien sabe navegar».
Y aquellos inmigrantes sabían hacerlo. Trajeron consigo el oficio, las herramientas y una cultura en la que el mar era, al mismo tiempo, sustento, sacrificio y destino.
1930-1950: nacen las lanchas amarillas
Durante estas décadas se afianzaron las primeras lanchas de madera pintadas de amarillo, un color que permitía distinguirlas mejor sobre el agua.
Eran embarcaciones pequeñas, algunas sin cabina, con motores a nafta y escasos elementos de seguridad. Salir a pescar significaba enfrentarse a temporales y regresar muchas veces con la vida pendiente de un hilo.
Las familias Bruno y Cannattá, entre otras, participaron en los comienzos de esta tradición. La fabricación de trasmallos, redes empleadas para capturar distintas especies, formaba parte de aquel universo de trabajo.
Por entonces, el consumo de pescado todavía era limitado y parte de las capturas se destinaba a la elaboración de harina para alimentos balanceados.
El negocio estaba lejos de alcanzar su máximo desarrollo, pero el oficio se transmitía de padres a hijos. Cada embarcación representaba una pequeña empresa familiar y cada salida al mar una apuesta por el sustento cotidiano.
«Donde hay patrón, no manda marinero», dice otro refrán marinero. Sin embargo, en aquellas lanchas el patrón también dependía de sus compañeros: una red no se recogía sola ni un temporal se enfrentaba con palabras.
Los años cincuenta y sesenta: el puerto cobra vida
La actividad fue creciendo y la zona portuaria comenzó a transformarse. La llegada de las embarcaciones atraía a compradores y curiosos, mientras el pescado alimentaba una red cada vez mayor de comercios y establecimientos industriales.
Los nombres de familias como Dato, Bruno, Ruggiero, Morello, Incorvaia y Grilli quedaron ligados a la tradición pesquera local.
También existían astilleros que construían y reparaban embarcaciones, entre ellos Vanoli, el taller de Ismael Larraburu, conocido como «El Vasquito», y El Atlántico.
La pesca no vivía aislada del resto de la economía: generaba trabajo para carpinteros, mecánicos, vendedores, transportistas y pequeños comerciantes.
Y había otro acontecimiento que reunía a la comunidad: la Fiesta de los Pescadores. Los festejos incluían música, bailes, paseos en lancha, elección de la reina y homenajes a quienes habían perdido la vida en el mar.
En las cantinas de la banquina se escuchaban melodías italianas y griegas, mientras los aromas de los frutos de mar se mezclaban con las conversaciones de los trabajadores.
El puerto tenía su propio lenguaje y su propia memoria.
Los años setenta: el esplendor de la pesca
Fue durante la década de 1970 cuando la actividad alcanzó su época dorada.
Las crónicas locales recuerdan unas treinta lanchas saliendo a pescar y cerca de veinte empresas procesadoras que llegaron a proporcionar entre 3.000 y 3.500 puestos de trabajo, incluyendo el fileteado y otras tareas industriales.
Entre las firmas más importantes figuraba Mar Claro, posteriormente conocida como Bajamar. Su planta ocupaba una manzana de avenida 59, entre las calles 18 y 20, y llegó a emplear aproximadamente a 450 trabajadores.
Allí se procesaba merluza que también llegaba en barcos de mayor porte. La producción abastecía mercados y se preparaba para la exportación.
En Quequén se destacaba Huemul, perteneciente al grupo Sasetru, con instalaciones en la avenida Juncal, actual calle 536, y una flota propia. La planta llegó a contar con unos 750 empleados.
También funcionaban Industrial Pesquera, Roda Pesquera, Sitarp, La Marplatense, Papá Falcone y Engraulis, especializada en el procesamiento y envasado de anchoas.
La actividad era un engranaje económico que sostenía a miles de familias. Cuando sonaba la sirena del mediodía, conocida popularmente como «la vaca», los trabajadores salían en bicicleta y el barrio se llenaba de movimiento.
«A río revuelto, ganancia de pescadores», afirma un conocido dicho. Pero aquella prosperidad no dependía de la confusión, sino de un equilibrio delicado entre las capturas, los precios, los mercados y la continuidad de las fábricas.
1980: un puente que también separó una época
El derrumbe del puente Ignacio Ezcurra durante las inundaciones de 1980 alteró profundamente el paisaje de la zona portuaria.
Desapareció una vía de comunicación importante y, con el tiempo, también se transformaron los muelles, los accesos y los espacios donde el público contemplaba la descarga de las lanchas.
Pero sería injusto atribuirle al derrumbe la decadencia de toda la industria. La actividad ya enfrentaba problemas relacionados con la explotación de los recursos, los cambios económicos y el cierre de establecimientos.
El puente caído quedó, sin embargo, como una imagen poderosa del final de una época.
1983-1984: los reembolsos patagónicos
En 1983 se estableció el régimen de reembolsos adicionales para exportaciones efectuadas por puertos situados al sur del río Colorado. El sistema comenzó a aplicarse desde enero de 1984.
La política buscaba impulsar el desarrollo de la Patagonia, pero introdujo una ventaja económica para las exportaciones que se realizaban por los puertos comprendidos en el régimen.
Para ciertas empresas pesqueras, operar desde el sur podía resultar más conveniente, especialmente cuando se combinaba con la disponibilidad de especies de alto valor comercial, como el langostino.
En Necochea y Quequén, la pérdida de competitividad se sumó a otros problemas: la presión sobre los recursos pesqueros, los cambios en los mercados y las dificultades financieras de las compañías.
Distintas crónicas locales señalan que varias procesadoras se trasladaron a Puerto Madryn y Rawson, donde encontraron condiciones favorables para continuar sus operaciones.
Conviene ser precisos: los reembolsos no explican por sí solos la crisis, y no todas las empresas tuvieron el mismo destino. Pero constituyen una pieza importante para comprender la transformación de la industria pesquera argentina.
1990-1999: Bajamar y Vieira
El retroceso de la actividad dejó instalaciones vacías y trabajadores sin empleo.
Bajamar, que había sido una de las grandes empresas de la zona, terminó con su planta rematada en 1999. La manzana que había ocupado quedó como testimonio de una época de prosperidad industrial.
En 1996 se inauguró en avenida 59, entre las calles 20 y 22, una planta frigorífica de la empresa española Vieira. Su función era almacenar pescado congelado para enviarlo a España. La firma también trasladaría sus operaciones al sur del país, según la prensa local.
La historia de ambas compañías refleja un proceso más amplio: Necochea y Quequén perdían parte de la infraestructura y del empleo que habían convertido a la pesca en una de sus actividades características.
No todas las empresas cerraron por las mismas razones. Para reconstruir el recorrido de cada una hacen falta testimonios y documentación empresarial que permitan distinguir los problemas financieros de las decisiones de relocalización.
2011-2012: resistir para no desaparecer
La decadencia continuó durante el nuevo siglo. Industrial Pesquera quebró y parte de sus trabajadores impulsó la recuperación de la planta, dando origen a La Recuperada.
Engraulis también encontró continuidad a través de Engraucoop, una cooperativa formada por trabajadores que buscaron sostener la producción y preservar sus puestos de trabajo.
Estas experiencias demuestran que la historia no terminó solamente con cierres y fracasos. También hubo solidaridad, organización y resistencia.
Porque, como enseña otro dicho marinero, «después de la tempestad viene la calma». Aunque para quienes perdieron sus empleos, la calma no siempre llegó y la reconstrucción fue una tarea difícil.
Una historia que no debe quedar a la deriva
La pesca comercial de Necochea y Quequén fue mucho más que una sucesión de empresas. Fue una cultura del trabajo construida por inmigrantes italianos y sus descendientes, por patrones pescadores, tripulantes, fileteadoras, estibadores y familias enteras.
Las lanchas amarillas, las cámaras frigoríficas, las fábricas y las cantinas formaban parte de un mismo paisaje. Cuando desaparecieron muchas de aquellas instalaciones, no se perdieron únicamente puestos de trabajo: también se debilitaron oficios, vínculos y recuerdos compartidos.
Hoy, las fotografías de las embarcaciones y las voces de los antiguos trabajadores pueden ayudarnos a recuperar ese pasado.
Porque el mar sigue estando allí, pero la historia de quienes vivieron de él merece que no la dejemos hundirse en el olvido.


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