EL HOMBRE QUE HIZO TEMBLAR A LOS BLINDADOS
La historia de uno de los asaltantes más conocidos de la Argentina, la llamada Superbanda y una fuga que quedó grabada en la memoria policial.
«El que mal anda, mal acaba».
Hay hombres que alcanzan la fama por sus hazañas deportivas, sus descubrimientos o sus obras. Otros, en cambio, ingresan en la historia por el camino del delito. Luis Alberto Valor González, conocido popularmente como el Gordo Valor, pertenece a esta última categoría.
Durante las décadas de 1980 y 1990, su nombre quedó asociado a los asaltos contra bancos y camiones blindados. Para la Policía, llegó a convertirse en uno de los delincuentes más buscados del país. Para las crónicas policiales, fue el rostro de una época en la que las bandas organizadas desafiaban a las fuerzas de seguridad con armas de guerra, vehículos preparados y golpes cuidadosamente planificados.
Pero detrás del apodo y de la leyenda había una historia menos cinematográfica: la de un hombre que pasó buena parte de su vida entrando y saliendo de prisión.
De los primeros robos a la piratería del asfalto
Luis Alberto Valor González nació en 1953. Según relató en distintas entrevistas, sus primeros pasos en el mundo del delito estuvieron vinculados al robo de automóviles. En 1975 tuvo su primera detención, y posteriormente volvió a quedar preso por otros hechos delictivos.
Después de recuperar la libertad, fue ingresando en una modalidad que adquiría importancia en las rutas y zonas industriales del Gran Buenos Aires: la piratería del asfalto, es decir, el robo de camiones que transportaban mercaderías.
El siguiente paso sería todavía más ambicioso.
A mediados de los años ochenta, Valor y sus compañeros comenzaron a concentrarse en bancos y transportes de caudales. Los blindados que trasladaban grandes sumas de dinero se convirtieron en uno de sus principales objetivos.
El dinero, las armas y la organización transformaron aquellos asaltos en episodios que ocupaban las primeras planas de los diarios.
En una entrevista publicada por La Nación en 2006, Valor afirmó que habían llegado a realizar cinco o seis asaltos a blindados por mes. La cifra, atribuida a su propio testimonio, da una idea de la frecuencia que él adjudicaba a las operaciones del grupo.
Como suele ocurrir en el mundo del hampa, la ambición terminó imponiéndose sobre cualquier supuesto deseo de abandonar el delito.
La Superbanda: una organización que desafió a la Policía
Durante aquellos años se hizo célebre la llamada Superbanda, vinculada a los robos de bancos y camiones blindados.
En el imaginario popular, el nombre quedó asociado principalmente a Valor y a Hugo Sosa Aguirre, alias «La Garza». Sin embargo, las reconstrucciones periodísticas posteriores señalaron que la organización tuvo otros integrantes y que su conducción fue más compleja de lo que sugería la fama de sus dos figuras más conocidas.
La banda llegó a reunir numerosos hombres y utilizaba armas de gran poder de fuego. Sus integrantes se preparaban para intervenir en operaciones que podían resolverse en pocos minutos, aunque exigían una planificación previa.
Los objetivos eran elegidos por el dinero que transportaban y por las posibilidades de concretar el golpe. Después venían la huida, la dispersión de los participantes y el intento de desaparecer de la mirada policial.
A la Superbanda se le atribuyeron decenas de asaltos a bancos y blindados. Las cifras varían según las crónicas y los períodos considerados, por lo que conviene no confundir los hechos judicialmente acreditados con todas las acciones que se le adjudicaron.
La organización se convirtió en una preocupación permanente para las autoridades. La violencia de sus operaciones y el empleo de armamento pesado elevaron el riesgo tanto para los policías como para quienes quedaban atrapados en medio de los asaltos.
Porque en un robo con armas de guerra no hay garantías de que todo salga según lo previsto. Basta un disparo para que un golpe calculado termine en tragedia.
La fuga de Villa Devoto: una imagen para la historia policial
Si hubo un episodio que contribuyó a convertir al Gordo Valor en una figura reconocible para millones de argentinos, fue la fuga de la cárcel de Villa Devoto.
El 16 de septiembre de 1994, Valor escapó junto con otros cuatro presos, entre ellos La Garza Sosa. La fuga tuvo una repercusión extraordinaria y las imágenes de los fugitivos descendiendo por el muro del penal quedaron incorporadas a las crónicas policiales de aquellos años.
Los relatos periodísticos reconstruyeron una operación en la que hubo preparativos, prendas para facilitar la salida y una soga confeccionada con sábanas anudadas. Los fugitivos consiguieron superar el perímetro carcelario y ganar la calle.
La fuga no significó el final de la persecución. Por el contrario, abrió otro capítulo de la historia criminal de Valor.
A partir de entonces, su nombre volvió a ocupar los titulares y la búsqueda de los evadidos se convirtió en una prioridad policial.
Escapar de una prisión no era lo mismo que recuperar la libertad. Fuera de los muros comenzaba otra carrera: la de mantenerse oculto, evitar los controles y no caer nuevamente en manos de la Justicia.
Y aquella libertad duraría poco para algunos de los protagonistas.
La Reja: un asalto que terminó en muerte
Tres días después de la fuga, el 19 de septiembre de 1994, se produjo un asalto frustrado contra un camión blindado en La Reja, partido de Moreno.
El episodio terminó con la muerte de un policía bonaerense y dos integrantes del grupo delictivo. La violencia del hecho marcó un punto dramático en la persecución de la banda.
Valor fue condenado posteriormente a veinte años de prisión por ese caso, aunque sostuvo que no había participado en el asalto. Esa negativa debe consignarse como su versión, sin confundirla con el resultado de las actuaciones judiciales.
El episodio demuestra hasta qué punto aquellas operaciones podían desembocar en una tragedia. El dinero perseguido durante meses podía desaparecer en minutos; las consecuencias de los disparos, en cambio, no podían deshacerse.
En el ambiente del delito se habla a menudo de códigos, lealtades y reglas propias. Pero ninguna de esas palabras devuelve la vida a quien cae durante un enfrentamiento armado.
Prisiones, condenas y nuevas detenciones
La trayectoria posterior de Valor estuvo marcada por sucesivas condenas, períodos de encierro, excarcelaciones y nuevas detenciones.
En 1998 recibió una condena por la fuga de Villa Devoto. Al año siguiente fue condenado por distintos asaltos, mientras que otras sentencias se relacionaron con el caso de La Reja. Las penas fueron objeto de discusiones y recursos judiciales.
En 2007 obtuvo la libertad después de haber pasado un largo período detenido. Sin embargo, volvió a ser arrestado en 2009, luego de una persecución policial que terminó en un country de Pablo Nogués. En ese episodio se investigó su participación en un robo y se encontraron armas en el vehículo en el que se desplazaba.
En los años siguientes volvió a prisión. En 2014 obtuvo un beneficio de libertad asistida, pero fue detenido nuevamente poco después en un control policial en el que se encontraron armas de fuego. Finalmente, en julio de 2018 recuperó la libertad tras cumplir una condena de cuatro años.
Según las crónicas de La Nación, para entonces había pasado alrededor de 34 años de sus 62 años de vida en prisión.
Una existencia consumida entre golpes, persecuciones, expedientes judiciales y celdas.
El precio de la leyenda
Con los años, el Gordo Valor pasó de ser un nombre temido en los informes policiales a convertirse en un personaje habitual de entrevistas y reconstrucciones periodísticas.
Él mismo habló de su pasado y manifestó su arrepentimiento por los años dedicados al delito. También sostuvo que el dinero obtenido en los asaltos no había compensado las consecuencias de aquella vida.
En una entrevista publicada en 2020, La Nación recogió una frase suya que resumía esa experiencia: «No es negocio ser ladrón».
La sentencia tiene una sencillez que contrasta con la complejidad de su historia. Después de tantos años, la supuesta fortuna no había significado una vida tranquila ni una libertad sin sobresaltos.
La fama criminal, por otra parte, suele ser engañosa. Las películas y las crónicas pueden convertir una fuga en una aventura y un asalto en una demostración de astucia. Pero la realidad incluye víctimas, trabajadores amenazados, policías muertos y familias que padecen las consecuencias de la violencia.
El Gordo Valor quedó como uno de los nombres más reconocibles de la delincuencia argentina de fines del siglo XX. Su historia permite comprender una época en la que los asaltos a blindados alcanzaron una escala extraordinaria y la persecución policial se convirtió en noticia cotidiana.
Pero la conclusión no necesita adornos.
El delito puede fabricar una leyenda, aunque rara vez construye una vida que valga la pena imitar.
Porque, como dice el viejo refrán campero, «no hay atajo sin trabajo»; y cuando el atajo elegido conduce a la violencia, el precio puede ser mucho más alto que cualquier botín
