Fue un rebelde que convirtió sus contradicciones en canciones, desafió las convenciones y se rio de las solemnidades de la vida. Pero cuando la muerte dejó de ser una metáfora y comenzó a mostrar su verdadero rostro, el pirata descubrió que todavía quería seguir navegando.
Durante décadas, Joaquín Sabina hizo de la rebeldía una forma de vida y de la palabra un refugio para sus contradicciones. Cantó al amor y al desamor, a las noches interminables, a los bares donde se mezclaban los sueños con las decepciones y a esos personajes que, aun perdiendo casi todo, conservaban la dignidad de no arrodillarse ante nadie.
Fue el cantor de los amores imposibles, de las mujeres inolvidables, de los perdedores entrañables y de las ciudades que nunca duermen. Detrás del sombrero, la voz ronca y la ironía mordaz había un observador atento de la condición humana, alguien que desconfiaba de las verdades absolutas y encontraba en las contradicciones una de las mayores riquezas de la existencia.
Hoy, a los 77 años, después de despedirse de las grandes giras, Sabina atraviesa una etapa diferente. El hombre que durante tanto tiempo hizo de la noche su territorio parece haber descubierto el valor de la tranquilidad, de los afectos cercanos y de esas horas que antes se escapaban entre viajes, conciertos y compromisos.
Pero hay una contradicción que merece detenerse a examinar: ¿qué sucede cuando el hombre que cantó tantas veces como si la vida fuera una aventura sin retorno descubre que no está dispuesto a abandonarla?
Una vida desafiando convenciones; ahora, el desafío es aceptar el paso del tiempo.
Un rebelde que ya no cree en todas las banderas
El paso del tiempo también modificó su mirada política. Sabina se identificó durante años con la izquierda y simpatizó con movimientos revolucionarios que prometían transformar la sociedad. Sin embargo, la experiencia y la evolución de algunos de aquellos procesos lo llevaron a revisar antiguas convicciones.
No se trata necesariamente de una conversión ideológica, sino de una actitud más escéptica frente a las promesas que no se cumplen. Las banderas, por sí solas, no garantizan justicia; las palabras grandilocuentes tampoco alimentan a los hambrientos ni resuelven los problemas de la gente.
Quizá haya comprendido que ninguna ideología merece una obediencia ciega y que la fidelidad a una causa no debe confundirse con la obligación de justificar todos sus errores.
Porque una cosa es defender ideales y otra muy distinta aceptar que quienes dicen representarlos estén siempre en lo cierto.
La felicidad también puede estar en casa
Durante buena parte de su vida, Sabina pareció perseguir aquello que después transformaría en canciones: el amor complicado, la pasión, las despedidas y las noches que terminaban cuando comenzaba a amanecer.
Pero la existencia tiene sus propias ironías. A veces, aquello que alimenta la inspiración no es necesariamente lo que proporciona felicidad.
Ahora, lejos del ritmo agotador de las giras, puede dedicar más tiempo a sus afectos y a la vida cotidiana. No es un cambio menor para alguien que pasó tantos años haciendo del movimiento una costumbre.
Tal vez haya descubierto que quedarse en casa no significa renunciar a la aventura, sino aprender a encontrarla en otros lugares. Que una conversación con un amigo, una tarde sin obligaciones o la compañía de la persona amada también pueden convertirse en pequeños triunfos sobre el tiempo.
El bohemio no desaparece de un día para otro, pero puede aprender a disfrutar de una mesa familiar tanto como antes disfrutaba de una madrugada interminable.
El pirata cojo que ya no quiere morir
Joaquín Sabina compuso un montón de canciones en las que desafió las convenciones, se burló de las solemnidades y se permitió vivir muchas vidas sin abandonar la suya. En La del pirata cojo, imaginó la posibilidad de ser otro: un personaje distinto, aventurero, capaz de recorrer el mundo sin someterse a las reglas de una existencia demasiado previsible.
En sus canciones hubo noches interminables, amores que terminaban mal, excesos, derrotas y personajes que parecían caminar al borde del abismo. La muerte tampoco estuvo ausente de ese universo. Sabina la miró de frente desde la poesía, la ironía y esa manera suya de convertir las desgracias en historias que otros podían cantar.
Pero una cosa es desafiar a la muerte con una guitarra entre las manos y otra muy distinta tenerla delante, sin metáforas, sin música y sin la posibilidad de convertirla en una estrofa.
Ahora, a los 77 años, el antiguo rebelde parece dispuesto a negociar con el tiempo. Ya no se trata de vivir cada noche como si fuera la última, sino de procurar que la última noche tarde todo lo posible en llegar.
¿Es una contradicción? Desde luego. ¿Es cobardía?
Alguien podría acusarlo de ello: después de haber cantado tantas veces como si la vida fuera una apuesta sin retorno, ahora quiere conservarla. El pirata que parecía no temerle a nada descubre que también él tiene razones para aferrarse a la orilla.
Sin embargo, hay que distinguir entre desafiar a la muerte en una canción y desearla en la vida real. La valentía artística no obliga a nadie a recibir el final con los brazos abiertos. Haber escrito sobre el abismo no significa querer caer en él.
La juventud juega con el peligro porque cree que siempre habrá un mañana. La vejez, en cambio, sabe que el mañana es un regalo y no una obligación.
Sabina no renuncia necesariamente a su rebeldía por querer vivir. Pero hay algo profundamente humano en esa distancia entre el personaje que construyó con sus canciones y el hombre que, llegado el momento, prefiere seguir aquí.
Tal vez el verdadero desenlace no sea el de un cobarde que le teme a la muerte, sino el de un rebelde que, después de cantarle tantas veces, descubre que todavía tiene motivos para no marcharse.
Y queda flotando una pregunta incómoda, de esas que Sabina probablemente habría sabido convertir en una canción: ¿es más valiente quien desafía a la muerte cuando todavía se siente invencible, o quien reconoce que le tiene miedo cuando comprende que ya no puede engañarla?
Cuando el tiempo empieza a pasar factura
La juventud suele concedernos una ilusión generosa: creemos que siempre habrá otra oportunidad, otro viaje, otro amor y otra noche para recuperar lo perdido.
La vejez modifica esa perspectiva. El futuro sigue existiendo, pero deja de parecer infinito.
Sabina ha hablado de la necesidad de envejecer bien y de conservar la salud. También ha reconocido que algunas noches y algunas horas de su vida podrían haberse dedicado a otras cosas, incluso a escribir más.
No parece renegar de su pasado. Sería absurdo exigirle que se arrepintiera de todo aquello que, de alguna manera, contribuyó a construir su obra. Pero reconocer que uno pudo haber hecho algunas cosas de otra manera es una forma de sinceridad que no siempre abunda.
Hay quienes llegan a la vejez convencidos de que todo lo hicieron bien. Otros descubren que la experiencia no consiste en acumular años, sino en aprender a mirar los propios errores sin necesidad de disfrazarlos.
Sabina parece acercarse a esa segunda actitud.
El mundo que ya no entusiasma
Quizá la transformación más profunda no esté en sus costumbres, sino en su manera de contemplar el mundo.
Quien ha vivido lo suficiente para ver cambiar gobiernos, revoluciones, costumbres y generaciones sabe que el progreso material no siempre viene acompañado de un progreso moral. Tenemos más tecnología, más información y más medios para comunicarnos, pero eso no garantiza que nos comprendamos mejor.
El desencanto aparece cuando las promesas chocan una y otra vez con la realidad. Y aparece también cuando uno comprueba que los mismos errores pueden repetirse bajo distintas banderas y con diferentes protagonistas.
Sin embargo, desconfiar no significa necesariamente rendirse. El escepticismo puede ser una forma de defensa frente a los engaños, siempre que no termine convirtiéndose en indiferencia.
Quizá Sabina haya perdido parte de su entusiasmo juvenil, pero conserva algo esencial en un escritor: la capacidad de observar, cuestionar y poner en palabras aquello que muchos sienten sin saber cómo expresarlo.
La última rebeldía
Joaquín Sabina no necesita demostrar que fue un rebelde. Su trayectoria ya forma parte de la historia de la canción en español. Tampoco necesita representar eternamente al personaje de las noches sin final, como si envejecer fuera una traición a su propia leyenda.
Hay una rebeldía distinta en aceptar que la vida cambia, que las ideas se revisan y que hasta los hombres más seguros de sus convicciones tienen derecho a equivocarse.
Quizá la madurez consista precisamente en eso: dejar de discutir con el tiempo y aprender a conversar con él.
El muchacho que alguna vez quiso desafiar al mundo se encuentra ahora ante una tarea más difícil: comprenderlo sin dejar de cuestionarlo.
Y tal vez esa sea la última lección de este trovador de las derrotas, los amores y las madrugadas: que vivir intensamente no consiste en prolongar la juventud para siempre, sino en conservar la curiosidad cuando los años empiezan a cerrar algunas puertas.
Porque al final, cuando se apagan los aplausos y las luces del escenario, queda lo esencial: lo que amamos, lo que aprendimos, los amigos que siguen a nuestro lado y la serenidad de poder mirar hacia atrás sin necesidad de inventarnos otra vida.
Hay rebeldías que se gritan en las calles y otras, más silenciosas, que consisten en reconocer los propios errores. Quizá la más difícil de todas sea aprender a envejecer sin renunciar a pensar por cuenta propia.
Y el pirata cojo, aquel que tantas veces pareció dispuesto a jugarse la vida en cada canción, descubre que todavía no quiere arriar las velas.
Porque una cosa es cantarle a la muerte y otra muy distinta tener ganas de morirse.
— Plaza de los Poetas-
Carlos Bonserio


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